domingo, 23 de octubre de 2016

Los tres instrumentos de la muerte





G.K. Chesterton


Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en la idea de que una figura tan agradable y popular tuviera la menor relación con la violencia secreta del asesinato. Porque Sir Aaron Armstrong era agradable hasta el punto de ser cómico, y popular hasta ser casi legendario. Era aquello tan imposible como figurarse que «Sunny Jim» se había colgado, o que el pacífico «el señor Pick Wicks» de Dickens había muerto en el manicomio de Hanwell. Porque, aunque Sir Aaron, como filántropo que era, tenía que conocer los oscuros fondos de nuestra sociedad, se enorgullecía de hacerlo de la manera más brillante posible. Sus discursos políticos y sociales eran cataratas de anécdotas y carcajadas; su salud corporal era tremenda; su ética, el optimismo más completo. Y trataba el problema de la embriaguez (su tópico favorito) con aquella alegría perenne y aun monótona, que es muchas veces la señal de una absoluta y provechosa abstinencia.

La historia corriente de su conversación era muy conocida en los círculos y púlpitos más puritanos: cómo, de niño, había sido arrastrado de la teología escocesa al whisky escocés; cómo se había redimido de lo uno y lo otro, y había llegado a ser (según él modestamente decía) lo que era. La verdad es que su barba blanca y bellida, su cara de querubín, sus gafas deslumbradoras, y las innúmeras comidas y congresos a que asistía, hacían difícil creer que hubiera sido nunca persona tan tétrica como un borrachín o un calvinista. No: aquél era el más seriamente alegre de todos los hijos de los hombres.

Vivía por los rústicos alrededores de Hampstead, en una hermosa casa, alta, pero no ancha: una de esas modernas torres tan prosaicas. La más estrecha de sus estrechas fachadas daba sobre la verde pendiente del camino férreo, y hasta la casa llegaban las trepidaciones del tren. Sir Aaron Armstrong, como él decía con turbulenta manera, no tenía nervios. Pero si a menudo el tren hacía trepidar la casa, aquella mañana se cambiaron los papeles, y fue la casa la que hizo trepidar al tren.

La máquina disminuyó la velocidad, y finalmente, paró justamente frente al sitio en que un ángulo de la casa se adelantaba sobre la pendiente de pasto. Generalmente los mecanismos paran poco a poco, pero la causa viviente de aquella parada fue muy rápida. Un hombre vestido rigurosamente de negro, sin omitir (como lo recordaron los testigos de la escena) el tenebroso detalle de los guantes negros, apareció en lo alto del terraplén, frente a la máquina, y agitó las negras manos como un negro molino de viento. Esto no hubiera bastado siquiera para detener a un tren lentísimo. Pero de aquel hombre salió un grito que después todos repetían como si hubiera sido algo nuevo y sobrenatural. Fue uno de esos gritos tórridamente claros, aun cuando no se entienda qué dicen. Las palabras articuladas por aquel hombre fueron: «¡Un asesinato!»

Pero el conductor asegura que si solo hubiera oído aquel grito penetrante y horrible, sin entender las palabras, hubiera parado igualmente.

Una vez detenido el tren, bastaba un vistazo para advertir las circunstancias del incidente… El hombre de luto era Magnus, el lacayo de Sir Aaron Armstrong. El baronet, con su habitual optimismo, solía burlarse de los guantes negros de su lúgubre criado; pero ahora toda burla hubiera sido inoportuna.

Dos o tres curiosos bajaron, cruzaron la ahumada cerca, y vieron, casi al pie del edificio, el cuerpo de un anciano con una bata amarilla que tenía un forro de rojo vivo. En una pierna se veía un trozo de cuerda enredado tal vez en la confusión de una lucha. Había una o dos manchas de sangre: muy poca. Pero el cuerpo estaba doblado o quebrado en una postura imposible para un cuerpo vivo. Era Sir Aaron Armstrong. A poco apareció un hombre robusto de hermosa barba, en quien algunos viajeros reconocieron al secretario del difunto, Patrick Royce, un tiempo muy célebre en la sociedad bohemia, y aun famoso en el arte bohemio. El secretario manifestó la misma angustia del criado, de un modo más vago, aunque más convincente. Cuando, un instante después, apareció en el jardín la tercera figura del hogar, Alice Armstrong, la hija del muerto, vacilante e indecisa, el conductor se decidió a obrar, se oyó un silbo, y el tren, jadeando, corrió a pedir auxilio a la próxima estación que no estaba demasiado lejos, por cierto, de aquel lugar.

Y así, a petición de Patrick Royce, el enorme secretario exbohemio, vinieron a llamar a la puerta del padre Brown. Royce era irlandés de nacimiento, y pertenecía a esa casta de católicos accidentales que solo se acuerdan de su religión en los malos trances. Pero el deseo de Royce no se hubiera cumplido tan de prisa si uno de los detectives oficiales que intervinieron en el asunto no hubiera sido amigo y admirador del detective no oficial llamado Flambeau… Porque, claro está, es imposible ser amigo de Flambeau sin oír contar mil historias y hazañas del padre Brown. Así, mientras el joven detective Merton conducía al sacerdote, a campo traviesa, a la vía férrea, su conversación fue más confidencial de lo que hubiera sido entre dos desconocidos.

-Según me parece -dijo ingenuamente el señor Merton- hay que renunciar a desenredar este lío. No se puede sospechar de nadie. Magnus es un loco solemne, demasiado loco para asesino. Royce, el mejor amigo del baronet durante años. Su hija le adoraba sin duda. Además, todo es absurdo. ¿Quién puede haber tenido empeño en matar a este viejo tan simpático? ¿Quién en mancharse las manos con la sangre del amable señor del brindis? Es como matar a san Nicolás.

-Sí, era un hogar muy simpático -asintió el padre Brown-. Mientras él vivió, al menos, así fue siempre. ¿Cree usted que seguirá siendo igual de alegre?

Merton, asombrado, le dirigió una mirada interrogadora.

-¿Ahora que ha muerto él?

-Sí -continuó impasible el sacerdote-. Él era muy alegre. Pero, ¿comunicó a los demás su alegría? Francamente, ¿había en esa casa alguna persona alegre, fuera de él?

En la mente de Merton pareció abrirse una ventana, dejando penetrar esa extraña luz de sorpresa que nos permite darnos cuenta de lo que siempre hemos estado viendo. A menudo había estado en casa de Armstrong, para cumplir con sus funciones policíacas, ciertos caprichos del viejo filántropo. Y ahora que pensaba en ello se dio cuenta de que, en efecto, aquella casa era deprimente. Los cuartos muy altos y fríos; el decorado, mezquino y provinciano; los pasillos, llenos de corrientes de aire, alumbrados con una luz eléctrica más fría que la luz de la luna. Y aunque, a cambio de esto, la cara escarlata y la barba plateada del viejo ardieran como hogueras en todos los cuartos y pasillos, no dejaban ningún calor tras de sí. Sin duda aquella incomodidad de la casa se debía a la vitalidad de la misma, a la misma exuberancia del propietario. A él no le hacían falta estufas ni lámparas; llevaba consigo su luz y su calor. Pero recordando a las otras personas de la casa, Merton tuvo que confesar que no eran más que las sombras del señor. El extravagante lacayo, con sus guantes negros, era una pesadilla. Royce, el secretario, hombre sólido, hombrachón o muñecón de trapo con barbas, tenía las barbas de paja llenas de sal gris -como de trapo bicolor-, y la ancha frente surcada de arrugas prematuras. Era de buen natural, pero su bondad era triste y lánguida, y tenía ese aire vago de los que se sienten fracasados. En cuanto a la hija de Armstrong, parecía increíble que lo fuera: tan pálida era y de un aspecto tan sensitivo. Graciosa, pero con un temblor de álamo temblón. Y Merton a veces se preguntaba si habría adquirido ese temblor con la trepidación continua del tren.

-Ya ve usted -dijo el padre Brown pestañeando modestamente-. No es seguro que la alegría de Armstrong haya sido alegre… para los demás. Usted dice que a nadie se le puede haber ocurrido dar muerte a un hombre tan feliz. No estoy muy seguro de ello: ne nos inducas in tentatione. Si alguna vez me hubiera yo atrevido a matar a alguien -añadió con sencillez- hubiera sido a un optimista.

-¿Cómo? -exclamó Merton, risueño-. ¿A usted le parece que la alegría de uno es desagradable a los demás?

-A la gente le agrada la risa frecuente -contestó el padre Brown-; pero no creo que le agrade la sonrisa perenne. La alegría sin humorismo es cosa muy cansona.

Caminaron un rato en silencio, bajo las ráfagas, por el herboso terraplén de la vía y al llegar al límite de la larguísima sombra que proyectaba la casa de Armstrong, el padre Brown dijo de pronto, como el que echa de si un mal pensamiento, mejor que ofrecerlo a su interlocutor:

-Claro es que la bebida en sí misma no es buena ni mala. Pero no puedo menos de pensar que, a los hombres como Armstrong, les convendría beber algo de tiempo en tiempo para entristecerse un poco.

El jefe de Merton, un detective muy apuesto, de pelo entregrís, llamado Gilder, estaba en la verde loma de la vía esperando al médico forense y hablando con Patrick Royce, cuyas anchas espaldas y erizados pelos le dominaban por completo. Y esto se notaba más porque Royce siempre andaba combado de una manera hercúlea, y discurría por entre sus pequeños deberes domésticos y secretariales con un aire de pesada humildad, como un búfalo que arrastra un carro.

Al ver al sacerdote, levantó la cabeza con evidente satisfacción y se apartó con él unos pasos. Entretanto, Merton se dirigía a su mayor con evidente respeto, pero con cierta impaciencia de muchacho.

-Y qué, señor Gilder, ¿ha descubierto usted este misterio?

-Aquí no hay misterio -replicó Gilder, contemplando, con soñolientas pestañas el vuelo de las cornejas.

-Bueno; para mí, al menos, sí lo hay -dijo Merton, sonriendo.

-Todo está muy claro, muchacho -dijo su mayor, acariciando su puntiaguda barba gris-. Tres minutos después de que te fuiste a buscar al párroco del señor Royce todo se aclaró. ¿Conoces a ese criado de cara de palo que lleva unos guantes negros; el que detuvo el tren?

-¡Ya lo creo! Me produce hormigueo. 

-Bien -articuló Gilder-; cuando el tren partió, ese hombre había partido también. Un criminal muy frío, ¿verdad? ¡Mira tú que escapar en el tren que va a avisar a la Policía! 

-Pero, ¿está usted seguro -observó el joven- que fue él quien mató a su amo?

-Sí, hijo mío, completamente seguro -replicó Gilder secamente-; por la sencilla razón de que ha escapado llevándose veinte mil libras en acciones que estaban en el escritorio de su amo. No: aquí lo único que merece el nombre de misterio es cómo cometió el asesinato. El cráneo se diría roto con un arma potente, pero no aparece arma ninguna, y no es fácil que el asesino se la haya llevado consigo, a menos que fuera lo bastante pequeña para no advertirse.

-O quizá lo bastante grande para no advertirse -dijo el sacerdote, dominando una risita. Gilder le preguntó al padre Brown secamente qué quería decir.

-Nada, una necedad, ya lo sé -dijo el padre Brown-. Algo que parece cuento de hadas. Pero se me figura que el pobre señor Armstrong fue muerto con una cachiporra gigantesca, una enorme cachiporra verde, demasiado grande para ser notada, y que se llama la tierra. En suma, que se rompió la cabeza contra esta misma loma verde en que estamos.

-¿Cómo? -preguntó vivamente el detective. 

El padre Brown volvió su cara de luna hacia la casa y pestañeó como un desesperado. Siguiendo su mirada, los otros vieron que en lo alto de aquel muro, y como ojo único, había una ventana abierta en el desván.

-¿No ven ustedes? -explicó, señalándola con una torpeza infantil-. Cayó o fue arrojado desde allí.

Gilder consideró la ventana con arrugado ceño y dijo después:

-En efecto, es muy posible. Pero no entiendo cómo habla usted de ello con tanta seguridad.

El padre Brown abrió sus grises ojos vacíos.

-¿Cómo? -exclamó-. En la pierna de ese hombre hay un trozo de cuerda enredado. ¿No ve usted otro trozo allí, en el ángulo de la ventana?

A aquella altura, la cuerda parecía una brizna o una hebra de cabello, pero el astuto y viejo investigador se declaró satisfecho:

-Muy cierto, caballero. Creo que ha acertado.

En este instante, un tren especial de un solo coche entró por la curva que hacía la línea a la izquierda y, deteniéndose, dejó salir otro contingente de policías, entre los cuales aparecía la carota de Magnus, el sirviente evadido.

-¡Por los dioses! ¡Lo han cogido! -gritó Gilder; y se adelantó a recibirlos con mucha precipitación-. ¿Y el dinero? ¿También lo traen ustedes? -preguntó a uno de los policías.

El agente, con una expresión singular, contestó:

-No. -Luego añadió-: Por lo menos, aquí no. 

-¿Quién es el inspector? -preguntó Magnus. 

Y al oír su voz, todos comprendieron que aquel hombre hubiera podido detener el tren. Era un hombre de aspecto torpe, negros cabellos lacios, cara descolorida, a quien los ojos y la boca, que eran unas verdaderas rajas, daban cierto aire oriental. Su procedencia y su nombre habían sido siempre un misterio. Sir Aaron le había redimido del oficio de camarero, que desempeñaba en una fonda de Londres, y aseguran las malas lenguas que de otros oficios más infames. Su voz era tan viva como su cara era muerta. Sea por esfuerzo de exactitud para emplear una lengua que le era extranjera, sea por deferencia a su amo (que había sido algo sordo), la voz de Magnus había adquirido una sonoridad, una extraña penetración. Cuando habló Magnus, todos se estremecieron.

-Siempre me lo había yo temido -dijo en voz alta con una suavidad ardorosa-. Mi pobre amo se reía de mi traje de luto, y yo siempre me dije que con este traje estaba preparado para sus funerales -hizo un ademán con sus manos enguantadas de negro.

-Sargento -dijo el inspector, mirando con furia aquellas manos-. ¿Cómo es que no le ha puesto usted las esposas a este individuo, que parece tan peligroso?

-Señor -dijo el sargento desconcertado-; no sé si debo hacerlo.

-¿Cómo es esto? -preguntó el otro con aspereza-. ¿No le han arrestado ustedes?

En la hendida boca del criado hubo una mueca desdeñosa, y el silbato de un tren que se acercaba pareció comentar oportunamente la intención burlesca.

El sargento, muy gravemente, replicó:

-Le hemos arrestado precisamente cuando salía del puesto de Policía de Highgate, donde acababa de depositar todo el dinero de su amo en manos del inspector Robinson.

Gilder contempló al lacayo asombrado.

-¿Y por qué hizo usted eso? -preguntó.

-¡Por qué había de ser! Para poner el dinero a salvo del criminal -contestó Magnus.

-Es que el dinero de Sir Aaron -dijo Gilder- estaba seguro en manos de la familia.

La cola de esta frase pareció engancharse en el estridor del tren, que se acercó temblando y chirriando. Pero, por sobre el infierno de ruidos a que aquella triste mansión estaba sujeta periódicamente, se oyeron las sílabas precisas de Magnus con toda su nitidez de campanadas:

-Tengo razones para desconfiar de la familia.

Todos, aunque inmóviles, sintieron vagamente la presencia de un recién llegado. Merton volvió la cabeza, y no le sorprendió encontrarse con la cara pálida de la hija de Armstrong, que asomaba sobre el hombro del padre Brown. Todavía era joven y bella, en aquel plateado estilo, pero sus cabellos eran de un color castaño tan opaco y sin matices, que, a la sombra, de repente parecía gris.

-Repórtese usted -gruñó Royce-. Va usted a asustar a la señorita Armstrong.

-Creo que sí -dijo el de la clara voz.

La dama retrocedió. Todos le miraron sorprendidos. Y él prosiguió así:

-Estoy ya acostumbrado a los temblores de la señorita Armstrong. La he visto temblar muchas veces durante muchos años. Unos decían que temblaba de frío; otros, que de miedo; pero yo sé bien que temblaba de odio y de perverso rencor… Esta mañana los diablos han estado de fiesta. A no ser por mí, a estas horas ella estaría lejos en compañía de su amante, y con todo el dinero de mi amo a cuestas. Desde que el pobre de mi amo le prohibió casarse con ese borracho bribón…

-¡Alto! -dijo Gilder con energía-. No nos importan las sospechas o imaginaciones de usted. Mientras no presente usted una prueba evidente. 

-¡Oh, ya lo creo que presentaré pruebas evidentes! -le interrumpió Magnus con su acento cortado-. Usted tendrá que llamarme a declarar, señor inspector, y yo tendré que decir la verdad. Y la verdad es esta: un momento después de que este anciano fuera arrojado por la ventana, entré corriendo en el desván, y me encontré a la señorita desmayada, en el suelo, con una daga roja en la mano. Permítaseme también entregarla a la autoridad competente.

Y extrajo de los faldones un largo cuchillo cachicuerno con una mancha roja, y se adelantó para entregarlo respetuosamente al sargento. Después retrocedió otra vez, y las rajas de los ojos casi desaparecieron de su cara en una inmensa mueca chinesca.

Merton se sintió enfermo ante aquella mueca, y murmuró al oído de Gilder:

-Habrá que oír lo que dice la señorita Armstrong contra esta acusación, ¿verdad?

El padre Brown levantó de pronto una cara tan fresca como si acabara de lavársela.

-Sí -exclamó con radiante candor-. Pero, ¿dirá la señorita Armstrong algo contra esta acusación?

La dama dejó escapar un grito breve y extraño. Todos se volvieron a verla. Estaba rígida, como paralizada. Solo en el marco de sus cabellos castaños resaltaba un rostro animado por la sorpresa. Se diría que acababan de ahorcarla.

-Este hombre -dijo el señor Gilder gravemente- acaba de declarar que la encontró a usted empuñando un cuchillo, e inanimada, un momento después del asesinato.

-Dice la verdad -contestó Alice.

Todos quedaron deslumbrados, y al fin se dieron cuenta de que Patrick Royce adelantaba su cabezota y decía estas singulares palabras:

-Bueno; si me han de llevar, antes he de darme un gusto.

Y, levantando los fornidos hombros, descargó un puñetazo de hierro en la blanda cara mongólica de Magnus, haciéndole caer a tierra más aplastado que una estrella de mar. Dos o tres policías pusieron al instante la mano sobre Royce; pero a los demás les pareció que la razón misma había estallado y que el Universo todo se convertía en una pantomima insensata.

-Señor Royce -gritó Gilder autoritariamente-. Le arresto a usted por agresión.

-No -contestó el secretario con una voz como un gong de hierro-, tendrá usted que arrestarme por homicidio.

Gilder miró muy alarmado al hombre agredido; pero como este estaba levantándose y limpiándose un poco de sangre de la cara, que en rigor no había recibido mucho daño, preguntó:

-¿Qué quiere usted decir?

-Que es cierto, como ha dicho este hombre -explicó Royce- que la señorita Armstrong cayó desmayada con un cuchillo en la mano. Pero no había empuñado el cuchillo para atacar a su padre, sino para defenderle.

-Para defenderle -gritó Gilder gravemente-. ¿Y defenderle de quién?

-De mí -contestó el secretario.

Alice le miró con expresión compleja y desconcertada. Después dijo con voz débil:

-Me alegro de que sea usted valiente. 

-Subamos -dijo Patrick Royce con pesadez- y les haré ver cómo pasó esta atrocidad.

El desván, que era el aposento privado del secretario -diminuta celda para tan enorme ermitaño-, ofrecía, en efecto, señales de haber sido escenario de un violento drama. En el centro, y sobre el suelo, había un revólver; por un lado rodaba una botella de whisky, abierta, pero no completamente vacía. El tapete de la mesita había caído y estaba pisoteado. Y una cuerda, como la que aparecía en la pierna del cadáver, colgaba por la ventana. En la chimenea, dos vasos rotos, y uno sobre la alfombra.

-Yo estaba ebrio -dijo Royce; y esta confesión sencilla de aquel hombre prematuramente abatido, tenía todo el patetismo del primer pecado infantil-. Todos ustedes me conocen -continuó con voz ronca-. Todos saben cómo empecé la vida, y parece que voy a acabarla de igual modo. En otro tiempo decían que yo era inteligente, y pude haber sido feliz. Armstrong salvó de la taberna este despojo de cerebro y de cuerpo y a su modo, el pobre hombre fue siempre bondadoso conmigo. Solo que no quería dejarme casar con Alice, y todos dirán que tenía razón. Bueno: ustedes pueden formular las conclusiones que gusten, y no necesitarán que yo entre en detalles. Allí, en el rincón, está mi botella de whisky medio vacía. Allí, sobre la alfombra, mi revólver completamente vacío. La cuerda que se encontró en el cadáver es la cuerda de mi baúl, y el cuerpo fue arrojado desde mi ventana. No hace falta que los detectives averigüen nada en esta tragedia: es una de esas hierbas que crecen en todos los rincones. ¡Me entrego a la horca, y basta, por Dios!

A una señal, que fue lo bastante discreta, la polilla rodeó al robusto secretario para conducirle preso. Pero esta operación fue verdaderamente interrumpida por la extrañísima actitud que adoptó el padre Brown. Este, a gatas sobre la alfombra, junto a la puerta, parecía entregado a exóticas oraciones. Como era persona que jamás se daba cuenta de la figura que hacía a los ojos de los demás, conservando siempre su actitud, volvió de pronto su cara redonda y radiante, asumiendo aspecto de cuadrúpedo con una ridícula cabeza humana.

-¡Vamos! -dijo con sencillez amable-. Esto se complica. Al principio, señor inspector, decía usted que no aparecía arma ninguna, pero ahora vamos encontrando muchas armas. Tenemos ya el cuchillo para apuñalar, la cuerda para estrangular y la pistola para disparar; y todavía hay que añadir que el pobre señor se rompió la cabeza al caer de la ventana. Esto no va bien. No es económico.

Y sacudió la cabeza junto al suelo, como caballo que pasta. El inspector Gilder abrió la boca para decir algo muy serio; pero antes de que pudiera articular una palabra, ya la grotesca figura rampante decía con la mayor fluidez:

-¡Y estas tres cosas inexplicables! Primero, estos agujeros en la alfombra, donde entraron los seis tiros. ¿A quién se le ocurre disparar a la alfombra? Un ebrio dispara a la cara de su enemigo, que está accionando ante él. Pero no riñe con los pies de su enemigo, ni les pone sitio a sus pantuflas. Y luego, la dichosa cuerda.

Y habiendo acabado con la alfombra, el padre Brown levantó las manos y se las metió en los bolsillos, pero permaneció de rodillas.

-¿En qué grado de embriaguez posible se le ocurre a un hombre atarle a su enemigo la soga al cuello para desatarla después y atársela a la pierna? Royce no estaba tan ebrio para hacer semejante disparate, porque ahora estaría más dormido que un tronco. Y finalmente, la botella de whisky, y esto es lo más claro de todo: usted quiere hacernos creer que aquí ha habido un combate de dipsómano por apoderarse del whisky, que usted ganó la botella, y que, después, la arrojó usted a un rincón, vertiendo la mitad del whisky y dejando el resto en la botella. Lo cual me parece poco propio de un dipsómano.

Se irguió de un salto y, en tono de límpida penitencia, le dijo al presunto asesino:

-Lo siento mucho, mi buen señor, pero lo que usted nos cuenta es una sandez.

-Señor -dijo Alice Armstrong al sacerdote en voz baja-. ¿Podemos hablar a solas?

Esta petición obligó al parlanchín sacerdote a salir a la estancia próxima. Y antes de preguntar nada, la dama le dijo decidida:

-Usted es un hombre inteligente, y trata de salvar a Patrick, lo comprendo. Pero es inútil. Este asunto es muy negro, y mientras más indicios encuentre usted, menos posibilidad de salvación habrá para el desdichado a quien amo.

-¿Por qué? -preguntó el padre Brown mirándola con fijeza.

-Porque -contestó ella con la misma expresión- yo misma le he visto cometer el crimen.

-¡Ah! -dijo el padre Brown impertérrito y, ¿qué fue lo que hizo?

-Yo estaba en este cuarto -explicó ella-. Esta y aquella puerta estaban cerradas. De pronto, oí una voz que decía repetidas veces «¡Infierno, infierno!» y poco después las dos puertas vibraron con la primera explosión del revólver. Hubo tres disparos más antes de que yo lograra abrir una y otra puerta. Me encontré la estancia llena de humo; pero la pistola estaba humeando en la mano de mi pobre y loco Patrick. Y yo le vi con mis propios ojos hacer el último disparo asesino. Después saltó sobre m padre, que lleno de terror, estaba encaramado en la ventana, y aferrándolo, trató de estrangularlo con la cuerda, echándosela por la cabeza; pero la cuerda se deslizó por los hombros estremecidos y cayó hasta los pies de mi padre, y se ató sola a una pierna. Patrick tiró de la cuerda enloquecido. Yo cogí entonces un cuchillo que estaba sobre la estera, y metiéndome entre ellos; logré cortar la cuerda antes de caer desmayada

-Ya lo veo todo -dijo el padre Brown con la misma cortesía impasible-. Muchas gracias.

Y mientras la dama desfallecía al evocar tales recuerdos, el sacerdote regresó rápidamente adonde estaban los otros. Allí se encontró a Gilder y a Merton solos con Patrick Royce, que estaba sentado en una silla con las esposas puestas dirigiéndose respetuosamente al inspector. Dijo:

-¿Puedo decir algo al preso en presencia de usted? ¿Y le permite usted quitarse esas cómicas manillas un instante?

-Es hombre muy fuerte -dijo Merton en baja-. ¿Para qué quiere que se las quite?

-Pues, mire usted -dijo el sacerdote con maldad-. Porque quisiera tener el honor de darle un apretón de manos.

Los dos detectives se miraron sorprendidos, y padre Brown añadió:

-¿No quiere usted decirles cómo fue la cosa? 

El hombre de la silla movió negativamente la marañada cabeza, y entonces el sacerdote decía con impaciencia:

-Pues lo diré yo. La vida privada es más importante que la reputación pública. Voy a salvar al vivo, y dejar que los muertos entierren a los muertos.

Se dirigió a la ventana fatal y se asomó:

-Le dije a usted que aquí había muchas armas para una sola muerte. Ahora debo rectificar: aquí no ha habido armas, porque no se las ha empleado para causar la muerte. Todos estos instrumentos terribles, el nudo corredizo, la sanguinolenta navaja, la pistola explosiva, han servido aquí como instrumentos de la más extraña caridad. No se han empleado para matar a Sir Aaron, sino para salvarlo.

-¡Para salvarlo! -exclamó Gilder-. ¿De qué? 

-De sí mismo -dijo el padre Brown-. Era maniático suicida.

-¿Qué? -dijo Merton con tono incrédulo-. ¡Y su Religión de la Alegría…!

-Es una religión muy cruel -dijo el sacerdote mirando por la ventana-. ¡Que no haya podido él llorar un poco, como antes habían llorado sus padres! Sus planos mentales se endurecieron, sus opiniones se volvieron cada vez más frías. Bajo la alegre máscara se escondía el espíritu hueco del ateo. Finalmente, para conservar ante el público su alegría profesional, volvió a la embriaguez, que había abandonado hacía tanto tiempo. Pero las bebidas alcohólicas son terribles para un abstemio sincero, porque le procuran visiones de ese infierno psicológico contra el cual trata de poner en guardia a los demás. Pronto el pobre señor Armstrong se encontró hundido en ese infierno. Y esta mañana se encontraba en tal estado, que se sentó aquí a gritar que estaba en el infierno, y esto con voz tan trastornada, que su misma hija no la reconoció. Le entró la locura de la muerte, y con la agilidad de mono, propia del maniático, se rodeó de instrumentos mortíferos: el lazo corredizo, el revólver de su amigo, el cuchillo. Royce entró casualmente, y, comprendiendo lo que pasaba, se apresuró a intervenir. Arrojó el cuchillo por aquella estera, arrebató el revólver, y sin tener tiempo de sacar los cartuchos los descargó tiro a tiro contra el suelo. El suicida vio aún otra posibilidad de muerte, y quiso arrojarse por la ventana. El salvador hizo entonces lo único que podía: le dio alcance, y trató de atarle con la cuerda las manos y los pies. Entonces esa desdichada joven entró aquí, y comprendiendo al revés las cosas, trató de libertar a su padre cortando la cuerda. Al principio no hizo más que rasguñar las muñecas a Royce, y esa es toda la sangre que ha habido en este asunto. Porque supongo que ustedes habrán advertido que, aunque su puño dejó sangre en la cara del criado, no dejó la menor herida. Y la pobre mujer, antes de caer desmayada, logró cortar la cuerda que retenía a su padre, el cual salió lanzado por esa ventana rumbo a la eternidad.

Hubo un silencio, y al fin se oyó el ruido metálico que hacía Gilder al abrir las esposas de Patrick Royce, a quien dijo:

-Creo que debo decir lo que siento, caballero. Usted y esa dama valen más que la esquela de defunción de Armstrong.

-¡Al diablo con Armstrong y su esquela! -gritó brutalmente Royce-. ¿No comprenden ustedes que se trataba de que ella no lo supiera?

-¿Que no supiera qué? -preguntó Merton. 

-¿Cómo qué? ¡Que es ella quien ha matado a su padre, imbécil! -rugió el otro-. A no ser por ella, estaría vivo. Cuando lo sepa va a volverse loca.

-No, no lo creo -observó el padre Brown, tomando el sombrero-. Al contrario, creo que debe decírselo. Ni la más sangrienta equivocación envenena la vida tanto como un pecado. Y creo también que en adelante ella y usted podrán ser más felices. Y me voy: tengo que ir a la Escuela de Sordomudos.

Al salir por entre el césped mojado, un conocido de Highgate le detuvo para decirle: 

-Acaba de llegar el médico. Va a comenzar la información.

-Tengo que ir a la Escuela de Sordomudos -dijo el padre Brown-. Siento mucho no poder asistir a la información.

FIN



El candor del padre Brown, 1911

Traducción de Alfonso Reyes

jueves, 13 de octubre de 2016

El amor que no podía ocultarse


"El amor que no podía ocultarse" un cuento de Enrique Jardiel Poncela









El amor que no podía ocultarse






Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.






¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.






¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.






A fuerza de entenderme con ella solo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarle. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.






Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.






Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...






-También yo te quiero con toda mi alma.


-¿Qué dices? -me preguntó.


-Que yo te quiero también con toda mi alma.


-¿Qué?


Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.


-¿Qué? -me apremiaba.


-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.


Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.


-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!


-¡Lo juro!


-¿Qué?


-¡Lo juro!


-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.


-¡Juro que te quiero!! -vociferé.


Veinte parroquianos me miraron con odio.


-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.


-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?


-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.


-¿Y... te gusto?


-¡Mucho!


-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?


-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡Tus ojos son muy melancólicos!


-¿Y mis pestañas?


-¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!






Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y solo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.






-¿Mi amor te hace dichoso?


-¡Dichosísimo!


-Y cuando puedas abrazarme...


-¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!






No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.






-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.






-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.






-¡¡Nos echan por escándalo!!






-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...






Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.





Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

La olvidada



a Jean-Luc Pidoux-Payot


No se asusten: esta vez la historia termina bien. En lo que a mí respecta, fui testigo ocular únicamente a partir del clímax. Por una de esas casualidades unas horas más tarde también presencié, en un bar a orillas del mar, dichoso, el desenlace.

Yo había bajado del Talgo Montpellier-Valencia, a eso de las seis de una tarde caliente de verano, y estaba esperando en la vereda de la estación a unos amigos que tenían que pasarme a buscar en auto para ir a un pueblito de la Costa Brava, cuando unas voces rugosas de catalanes que discutían en español me hizo volver la cabeza. La violencia desesperada del tono me turbó, y la agitación del grupo que discutía, más parecida al pánico que a la amenaza, me indujo a acercarme con discreción para tratar de entender lo que pasaba. Tan concentrados estaban en el debate, que ni siquiera se enteraron de mi presencia. (Mi objetivo en la vida es pasar desapercibido en tanto que individuo, puesto que soy editor de obras clásicas de filosofía, que otros han escrito, o traducido, o anotado, y que yo me limito, en el más riguroso anonimato, a sacar a luz en la ciudad de Lausana.)



Eran cuatro personas: un adolescente, una pareja de ancianos, y un señor de edad indefinida que parecía estar tratando de calmar los ánimos, y que debía ser sin duda un empleado de la estación. La mujer se limitaba a lloriquear y a retorcer entre sus dedos atormentados por la artrosis un pañuelito blanco con el que de tanto en tanto se secaba las lágrimas. Enseguida comprendí que los viejos eran los abuelos del adolescente.


Es imposible imaginar un contraste mayor en el aspecto del abuelo y del nieto, que eran los que discutían con aspereza. El viejo limpio, calvo y bronceado, llevaba una camisa impecable, gris perla y de mangas cortas y unos pantalones de verano recién planchados, mostrando una vez más esa sencillez en el vestir tan agradable que suelen practicar los españoles. El adolescente, en cambio, tenía puesto encima o arrastraba consigo todo lo que la moda mundial destinada a estimular el consumo en esa etapa de su vida lo inducía a comprar, a causa de uno de esos imperativos universales que no se sabe bien quién los dicta, y que reducen a los miembros de la especie humana al papel de meros compradores ya desde cuando están en el vientre de sus madres: no bien se han instalado en el óvulo que ya hay alguien que, descubriéndoles una supuesta necesidad, tiene algo para venderles. A pesar del despojamiento del anciano y de la abundancia barroca de su nieto (gorra americana con la visera al revés, en plano inclinado sobre la nuca, remera blanca con leyendas en inglés bajo una camisa abierta y demasiado amplia, color kaki, pantalones que caían en acordeón sobre unas espesas zapatillas deportivas de suela de goma, su walk-man cuyo casco pendía alrededor del cuello, sus numerosas pulseras y collares y su cinturón ancho con compartimentos diferentes para guardar dinero, llaves, documentos, pasajes, cigarrillos, etcétera) y a pesar también del antagonismo obstinado que los oponía en la discusión que iba haciéndose cada vez más exaltada y violenta, un innegable parecido físico, no exento de comicidad, con las variantes propias de la edad de cada uno, delataba su parentesco.

En pocas palabras, el problema era el siguiente: el chico, que debía tener unos quince o dieciséis años, y que venía desde Francia a pasar las vacaciones en lo de sus abuelos, se había olvidado a la hermanita dormida en el tren. Así como suena: se había olvidado en el tren a una nena de cinco años, la hermanita que, diez años después de su nacimiento y de su reinado absoluto de hijo único, sus padres, por accidente o con premeditación, habían decidido traer al mundo. La criatura gordinflona y rosada, de lindo pelo cobrizo a causa de sus antepasados catalanes, atiborrada de masitas, gaseosas y chocolate, se había dormido hecha como se dice un ovillo en el fondo de su asiento y el chico, al darse cuenta de que el tren llegaba a Figueras, con la cabeza perdida en un archipiélago imaginario de conciertos monstruo de salsa, y en proyectos de aprendizaje acelerado de planche á voile, poco habituado a viajar con otra compañía que la de sus padres o la de los profesores del secundario, los cuales tomaban por él todas las decisiones, había cargado su mochila y, atravesando el pasillo a toda velocidad, había saltado a tierra encaminándose hacia la salida. Cuando el abuelo, después de saludarlo, le había preguntado por la hermana, el Talgo Montpellier-Valencia, que el chico se había dado vuelta para mirar un poco aterrado, ya había salido de la estación y, con la previsibilidad estúpida de las cosas mecánicas inventadas por los hombres, rodaba despreocupado hacia el sur. Y en medio de la discusión recia y amarga que siguió, entré yo en escena.


Si los abuelos daban la impresión de estar muy preocupados, el muchachito, en cambio, parecía más bien apesadumbrado y perplejo, e incluso vagamente indignado. ¿Cómo diablos -parecía insinuar su actitud- podía haber cometido semejante dislate? La falta enorme era desproporcionada a su capacidad de culpa, y en su fuero interno una vocecita insistente que él trataba de no oír, le susurraba que era a la nena a quien le incumbía la responsabilidad de lo que había sucedido, que no debía de haberse quedado dormida, oronda y displicente, acostumbrada como estaba a que todo el mundo revoloteara a su alrededor para ocuparse de ella. Una rabia intensa comenzaba a cegarlo: quedándose dormida en el tren, la nena demolía sin delicadeza todos sus proyectos y sus ensoñaciones. Dejando vagar la mirada del otro lado de la calle, más allá de la parada de taxis, por la sombra espesa de los plátanos adensándose en el crepúsculo que parecía expandirse desde la plazoleta triangular, hubiese querido en ese momento que su hermanita fuese castigada como se lo merecía, para que aprendiese de una vez por todas las consecuencias que los otros debían sufrir a causa de su egoísmo monstruoso. Pero a pesar de sus sentimientos contradictorios (Siempre soy yo, yo, el que paga los platos rotos), únicamente un observador imparcial y exterior, un editor suizo de obras filosóficas por ejemplo, hubiese podido percibir algo más que pánico y real preocupación en su mirada. Como la discusión, cada vez más ardua y estéril, se prolongaba inútilmente, el empleado de los ferrocarriles, dispuesto a la acción, desabrochó el teléfono portátil que llevaba en la cintura y, elevándolo hasta la oreja derecha, salió corriendo hacia las oficinas de la estación, justo en el mismo momento en que el coche de mis amigos estacionaba a mi lado, sacándome de mi ensimismamiento con un bocinazo discreto.


Un relato -una vida- no se compone solamente de elementos empíricos, así que, viéndolos esa noche, felices, en el bar de la costa, revolotear otra vez alrededor de la nena que devoraba un sandwich y una naranjada con la crueldad desdeñosa de una diosa que acepta, imbuida de su propia importancia, sacrificios humanos, deduje de inmediato que al salir corriendo con el teléfono contra la oreja, el empleado de la estación había llamado directamente al tren para advertir al guarda de lo que pasaba y sugerirle bajar a la nena en la estación siguiente, adonde algún miembro de la familia fue a buscarla en auto. Así que ahí estaban: los abuelos, una pareja mucho más joven (los tíos sin duda), la nena y el muchachito, comiendo sándwiches y tapas de papas fritas y de calamares, tomando gaseosas o cervezas, aliviados por el reencuentro y por el desenlace provisoriamente feliz de la historia. La pequeña emperatriz rubia y regordeta, con los ojos entornados, devoraba con aplicación su interminable sándwich, empujándolo de tanto en tanto con un trago de naranjada, indiferente a la protección excesiva que los otros le prodigaban, bajo la mirada neutra y furtiva de su hermano mayor, como si de ella dependiese su supervivencia. Estaban todos inscriptos, nítidos y vivos, en mi campo visual y yo, distrayéndome de la conversación cortés y un poco irónica que reinaba en mi propia mesa, los contemplaba fascinado, moviéndose como estaban en ese espacio ambiguo, al mismo tiempo inmediato y remoto, en el que lo familiar se transfigura y empieza a parecerse a lo desconocido.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cementerio de elefantes III

Reciclaje

Finalista del VII concurso de cuentos para leer en tres minutos "Luis del Val"

– Pssst.
Era ya la tercera vez que le parecía oír chistar, y el ministro se decidió a alzar el mantel y mirar bajo la mesa. Allí estaba agazapado en cuclillas un hombrecillo rubio. Su primera reacción fue llamar a sus escoltas, pero la presencia insólita le inspiraba más curiosidad que temor.
– ¿Se puede saber qué hace usted ahí?
– Soy su reciclador, ¿no sobra nada? Oigo que empiezan a recoger.
Respondió con tanta naturalidad, que el ministro se limitó ofrecerle una bandeja de shushi casi intacta.
– ¿Mi reciclador? Ignoraba que tuviese tal.
– La maquinaria ministerial es compleja, y usted no puede estar al tanto de todo, ¡bastante tiene con sus responsabilidades!
– ¿Y lleva mucho tiempo en esto?
– Hoy es mi primer día –repuso mientras que se embutía el pescado crudo a puñados– ¿No hay nada de fiambre?
– ¿Es complicado acceder al puesto? –indagó, sin terminar de dar crédito, mientras que le tendía un plato en el que apenas restaban un par de lonchas de ahumados resecas y otro con media docena de langostinos.
– Sí lo es, no se piense; menos mal que estudié ingeniería aeronáutica, porque en el examen pusieron unas ecuaciones diferenciales que no vea ¿Y usted lleva mucho de ministro?
- Tres semanas, ¿de veras está usted contratado?
- Sí, por su ministerio, aunque nada más que para cubrir una baja; dicen que este es un puesto de alto riesgo. Fíjese que dejé un empleo muy bien pagado en la empresa privada porque mi novia prefería la seguridad de la administración, ¡y acabo de interino! Pero no ponga esa cara de incredulidad, hombre: ¿cómo pensaba, si no, que alguien podría resistir semejante ritmo de convites y banquetes?
En verdad, hoy llevaba ya tres actos, cada uno con su respectivo ágape. El hombrecillo le tendió los platos vacíos y el ministro se los cambió por el único que aún contenía algo, un par de calamares. Antes de bajar de nuevo el mantel, aún pudo escuchar.
– Si no le importa, de plato fuerte pida carne; tanto pescado me provoca urticaria.

Cementerio de elefantes II



Si hay algo que le guste a Adrián son los aviones. Por supuesto que también le encanta jugar al fútbol, comer con las manos, hacer puchas con el barro o lanzarse cabeza abajo por el tobogán, pero lo que le hace disfrutar de verdad es ver volar a los aviones. Adrián vive muy cerca del aeropuerto y, nada más despertarse, levanta su persiana y los ve aterrizar, tan lentos y decididos, como si estuviesen colgando de una cuerda invisible que los condujese directos hasta la pista. Una vez que su clase salió de excursión, les dejaron tirarse por las tirolinas; aunque al principio le daba un poco de miedo, al final le divirtió la sensación de estar suspendido en el aire y llegar hasta el otro extremo de la cuerda, justo como si fuera un avión aterrizando.
Además de chiflarle los aviones, Adrián es un niño que no se puede aguantar sin saber una cosa. Es como si un mosquito le hubiese picado dentro de la cabeza y le causase una especie de picor que no puede aliviar más que preguntando hasta obtener una respuesta que le convenza por completo.
– Mamá, ¿por qué vuelan los aviones?
– Ay, hijo, esas cosas pregúntaselas a tu padre, que se explica mejor.
Esta es la respuesta que le ofrece su madre cada vez que algo le interesa de veras. Su papá está trabajando y no vuelve hasta tarde. Aunque se muere de sueño, aguarda hasta que por fin llega para preguntárselo.
– Papá, ¿por qué vuelan los aviones?
El padre de Adrián es ingeniero, y le da una respuesta que no entiende en absoluto: no sé qué dice de corrientes de aire y de presiones. Adrián sabe que su papá se pasa el día pensando y se imagina que estará tan cansado que no atina a explicarse bien. Cuando él se encuentra agotado, también le sucede lo mismo y, si intenta jugar con la peonza, en lugar de bailar sobre la punta, rebota contra el suelo de cualquier modo y da volteretas. Por eso se lo vuelve a preguntar por la mañana, cuando se despierta. 
– Papá, ¿por qué vuelan los aviones?
– Es algo demasiado complicado para un niño, hijo, ya lo entenderás cuando seas mayor.
Es vergonzoso que su papá haya utilizado esa treta tan sucia, la misma que emplean siempre los mayores cuando no quieren explicarte algo. Adrián no se cree que si ahora, que tiene todo el día para pensar, no consigue comprender algo, vaya a poder lograrlo de mayor, cuanto se pasará todo el día igual de ajetreado que sus papás. Pero tampoco se va a conformar con esta respuesta, y prueba suerte con su profe.
– Oye, Esther, ¿por qué vuelan los aviones?
– Porque tienen alas.
– Ya, pero mi avión de juguete, que también tiene alas, no vuela: si lo tiro, se cae al suelo como si fuera una piedra.
– Claro, porque es de juguete. Si fuera de verdad, sí que volaría.
– Pero, ¿por qué?
El caso es que incluso su profe, que siempre parece saberlo todo, tampoco es capaz de explicárselo. Igual que sucede cuanto te pica un mosquito y, cuanto más te rascas, más grande se hace el grano y más te pica, cuanto más preguntaba Adrián y no obtenía respuesta, más crecía su curiosidad.
El sábado, fueron al pueblo para ver a los abuelos. Aunque el abuelo no ha estudiado tanto como su padre (que muchos días todavía estudia en casa, unos libros enormes con unas letras diminutas) el abuelo sabe muchas cosas que este ignora, como los nombres de los árboles y de los pájaros, o cuándo va a llover o granizar, así que decide intentarlo con él.
– Dime, abuelo, ¿por qué vuelan los aviones?
– Pues porque tienen alas.
– Pero mi avión de juguete tiene alas y no vuela.
– Es que los aviones también tienen motor. Si tu avión de juguete tuviese motor y fuera tan deprisa como los de verdad, seguro que volaría.
Aunque la explicación del abuelo le parece la mejor de todas las que ha recibido, tampoco acaba de convencerle por completo. Sería fantástico acoplarle un motor a su avión de juguete y comprobar si de veras volaba, pero eso suena que debe ser dificilísimo. De repente, se le ocurre una idea genial: aunque no sea capaz de colocarle un motor a su avión, si que puede lograr que vaya realmente deprisa. Coge su avión y se va a ver a Javi, un niño del pueblo que tiene diez años y es capaz de correr a más velocidad que nadie con su bicicleta; además, es el único que sabe pedalear sin agarrar el manillar con las manos, y podría levantar el avión bien alto, para ver si echa a volar. 
Javi se encuentra aburrido, y no le importa ayudarle con su experimento. Toma su bicicleta, y los dos se van a la cuesta más empinada de todo el pueblo. Adrián se queda esperándole en la mitad de la bajada.
– ¡Allá voy!
Javi pasa a su lado a una velocidad endiablada.
– ¡Suéltalo ya, a ver si vuela!
En vez de hacer lo que le pide Adrián, Javi mete la rueda en una grieta del camino y la bicicleta, el avión y él mismo acaban volando y dando vueltas a la vez, un resultado tan extraño que ni le quita la razón al abuelo ni se la termina de dar. 
Unos días mas tarde, se acabó el cole y llegaron las vacaciones. Además de esta noticia tan fantástica, su papá le obsequió por la noche con otra mejor: no sólo se iban a ir una semana a la playa, sino que lo iban a hacer en avión. Los días que restaban hasta el viaje, Adrián se encontraba tan nervioso que no era capaz de pensar en otra cosa, y su grano imaginario crecía y crecía.
Por fin llega la ocasión. Nada más entrar al avión, se encuentran a un señor vestido con traje azul. 
– Oiga, señor, ¿es usted el piloto?
– Claro que sí, caballerete.
– ¿Y por qué vuelan los aviones?
– Esta es una pregunta buena de verdad, pero, en vez de responderte y si te lo permiten tus papás, dejaremos que lo compruebes por ti mismo.
Aunque le cuesta un poco de trabajo convencer a su mamá, al final acaba sentado en la cabina, justo detrás de los pilotos.
– Ayudante Adrián, ¿está usted listo?
– Estoy preparado.
El avión comienza a acelerar y despega. Entonces, Adrián lo comprende todo: no es el avión el que vuela, sino que es el suelo el que se queda atrás, permitiendo que el avión repose en su lecho de nubes.

Cementerio de elefantes (Juan Carlos GARRIDO)


MIÉRCOLES, 15 DE DICIEMBRE DE 2010

Pactar con el diablo

Cuento ganador del XV certamen de relato Gazteleku de Sestao

Aunque suene a broma, estas líneas me han costado la salvación de mi alma inmortal. Lo más probable es que ahora usted sonría, tratando de adivinar por dónde vendrá la broma: ahórrese el esfuerzo. Yo era tan escéptico como usted, no se crea, pero, por muy tozudo que se crea uno, la realidad lo es más, y no existe argumento más convincente que los hechos consumados.
Yo también daba por supuesto, hasta hace poco, que el bloqueo del escritor no era más que un mito urbano, como la chica de la curva, o un argumento de película americana. Recuerdo un libro de Stephen King, “Un saco de huesos”, en el que, a raíz de la muerte de su esposa, un escritor sufre un bloqueo que encubre con novelas que guardaba en reserva. Yo también dispongo de un cajón repleto de novelas: media docena que han penado por buena parte las editoriales del país, por lo que no confío en que puedan serme de mucha ayuda.
Pero esta era diferente, ¡tenía que serlo! La idea me sobrevino una noche, al poco de acostarme, y tuve que levantarme a trabajar en ella, pues parecía tan brillante que te obligaba a entrecerrar los ojos. Ahora vegeta reducida a un formidable inicio de cincuenta páginas, un concepto para un final impactante y un bloqueo de campeonato entre medias.
Tras invertir toda la mañana del domingo entre navegar por páginas literarias y jugar a corazones en red, abrí de nuevo el documento de la novela. Después leer las tres últimas páginas para ponerme en situación, me quedé, una vez más, sin saber qué añadir a continuación que estuviese a la altura de lo ya escrito.
“Pactar con el diablo”: más de treinta y ocho mil entradas localizadas por Google en apenas unas décimas de segundo. Por supuesto que no esperaba de veras encontrar el modo de materializar esta descabellada idea; pero sí, lo admito: el aburrimiento es terrible. La mayoría de los documentos hacían referencia a una película, con ese mismo título, protagonizada por Al Pacino y Keanu Reeves. Me llevó un buen rato dar con la página.; era engañosamente sencilla: una pantalla en blanco en la que sólo figuraba un letrero: “Página oficial de Satanás”; y debajo un pequeño botón gris sobre el que se leía: “Pactar con el diablo” ¿Quién podría resistirse a pulsar sobre él?
Lo que aguardaba como respuesta a esta acción era alguna clase de documento multimedia, casi con certeza alguna broma soez, pero lo que sucedió desbordó todas mis expectativas. Si lo que estaba viviendo era realidad virtual, sin duda le hacía más honor al nombre que al apellido. En apariencia, me había trasladado a unas amplias oficinas de paredes acristaladas, por las que se podía contemplar una impresionante vista. Yo me encontraba en uno de los muchos cubículos separados por mamparas que se veían en ella, frente a un escritorio ocupado por un hombre joven, en torno a la treintena, con aspecto de empleado de banca, pulcramente ataviado con un discreto traje y el pelo peinado con espuma. A mi izquierda, en lo que aparentaba ser la recepción, un gran cartel anunciaba: “Satanás servicios inmobiliarios”.
– Tome asiento por favor. A la mayoría les sucede como a usted: se quedan atónitos; no obstante, como podrá comprobar, esto es real.
– ¿Es usted Satanás?
– No, claro que no, soy un delegado comercial. El gran jefe no se ocupa de estas cosas, pero, si sabe usted guardar un secreto, le adelanto que voy a ser elegido empleado del mes.
– Y lo de servicios inmobiliarios, ¿es una tapadera?
– No es más que diversificación del negocio. Aunque se le antoje increíble, cada vez era más difícil conseguir que alguien vendiese su alma por toda la eternidad, si bien resultaba insultantemente sencillo lograr que empeñase su vida por treinta años, incluso más. Pero eso era antes de la crisis financiera. Por eso que tuvimos que adaptarnos a los tiempos que corren y apostar por las nuevas tecnologías. Si no le parece mal, iremos al grano: ¿qué pretende obtener?
– ¿Qué se puede pedir?
– Cualquier cosa que se le ocurra.
– Me gustaría convertirme en un genio de la literatura.
– Debo recomendarle que medite bien su deseo, ya que, una vez firmado el contrato, no hay posibilidad alguna de enmienda, así como que procure ser lo más explícito posible si no quiere resultar defraudado. Mire lo que le ocurrió al Señor Van Gogh: también solicitó ser considerado un genio y todavía mantiene pleitos con nosotros; por supuesto, sin ninguna posibilidad de ganarlos.
– En ese caso, desearía alcanzar el éxito en la literatura.
– ¿Qué es el éxito? Para algunos podría constituirlo el hecho de ganar el certamen de su pueblo y otros, colmados de galardones, se consideran unos fracasados. Debo insistir en que sea lo más concreto que pueda.
– Estoy escribiendo una novela.
– Lo sé –repuso tras consultar su terminal– se diría prometedora.
– Deseo concluirla en tres meses y que gane el premio Planeta, ¿es posible?
– Por supuesto.
– ¿Y cuánto me costaría?
– Algo de este calibre no se lo puedo facilitar si no es por la condena eterna.
Aunque la posibilidad me seducía, no me acababa de decidir. Muchos lo habían obtenido para después ser engullidos por el gris monstruo del olvido. No parecía que unos pocos meses de gloria compensasen el penar por toda la eternidad. Como si adivinase mis pensamientos, volvió a intervenir:
– Claro, que usted se ha ido al tope de gama, pero también tenemos cosas más asequibles.
– ¿Por ejemplo?
– Podríamos ofrecerle un concurso de cuentos.
– ¿Por cuánto me saldría el Unamuno o el Rulfo?
– Depende de la temporada pero, año más o año menos, por un milenio en el purgatorio.
– ¡Mil años de purgatorio!
– No se piense que es tan malo como lo pintan, hay muchos matrimonios que son francamente peores.
– ¿Y no tiene nada en oferta?
– Vamos a ver –respondió mientras que consultaba su pantalla–. Sí, aquí tenemos una magnífica que nos acaba de entrar: el de Gazteleku, en Sestao, que se le quedaría en dos siglos de purgatorio.
– Parece demasiado bueno como para ser cierto, ¿no habrá gato encerrado?
– Es una oferta promocional, de captación de mercado. De cuando en cuando, nos aparece alguna así, si bien vuelan casi al instante.
– Parece tentador.
– Lo es. Si le resulta de su agrado, debe decidirse lo más pronto posible, antes de que la reserve otro cliente.
– No sé qué decir; doscientos años se me antojan mucho tiempo.
– No se preocupe, el purgatorio es atemporal y se le pasarán en un periquete.
– Es que el relato corto nunca ha sido mi fuerte.
– Eso no supone un problema: nosotros se lo facilitaríamos.
– No acaba de convencerme eso de andar en tratos con el diablo; su jefe no cuenta con la mejor de las reputaciones.
– Se sorprendería de lo que cuentan sobre Ud. Sus conocidos, y mucho más de lo que afirman algunos que apenas le han tratado. Por añadidura, un escritor ya es de por sí bastante parecido a un endemoniado; cómo considerar, si no, a ese afán de Uds. por pasarse el día permitiendo que otros hablen por su boca.
– Está bien, me lo quedo.
– Estupendo, ya está reservado. Le felicito por su elección. Para finalizar, tan sólo tiene que firmar aquí.
Tras proceder como me indicaba, se despidió de mí con un breve, pero firme, apretón de manos.
– Oiga, ¿no tendría que proporcionarme el relato?
– Ya lo he hecho: cuente lo que le ha sucedido, y todos pensarán que es fruto de su imaginación.