sábado, 24 de febrero de 2018

El gigante que quiso ser grande



El gigante que quiso ser grande

Leila Guerriero
18 FEB 2007



No. Esta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo, allí un pueblo de nombre El Colorado -donde 17.000 personas viven del trabajo en la Administración pública y la cosecha del algodón- tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del gigante.

Son las dos de la tarde de un día de noviembre. Las calles del pueblo se revuelven a 43 grados de calor y en el hotel Jorgito una mujer joven, de andar cansado, dice pase, le muestro su cuarto. Los cuartos son así: cama, el baño. Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda -la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda- dice:

-Al fin. Ahora estás en mi territorio.

Desde su casa, a cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el gigante, se ríe.

Un resumen diría lo que sigue: que Jorge González nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, hijo del matrimonio de Mercedes y Felipe, ama de casa ella, empleado de la construcción él, y que vivió con esa familia compartiendo lo poco que compartir se podía: un cuarto con sus hermanos (Plácida, Zunilda, Ricardo, Omar) y apenas la comida. Diría también que después de iniciarse a los nueve años en trabajos de los brutos -cosechar algodón, desmontar monte cerrado- a los 16 le propusieron integrar un equipo de baloncesto en un club de la vecina provincia de Chaco y él dijo sí. Que jugó en la selección argentina, fue elegido en el draft de la NBA, devino estrella de la lucha libre, viajó por treinta países, participó en la serie Los vigilantes de la playa, y que hoy vive en el pueblo que lo vio nacer sin poder caminar, solo y diabético. Y diría también que todo eso le sucedió a Jorge González por ser una criatura extraordinaria de dos metros y treinta y un centímetros de alto -un gigante-, y que a eso -a esa altura- le debe toda su suerte. Le debe toda su desgracia.

El aire está asediado por una tormenta líquida que durará tres días con sus noches, pero por la calle de Salta -de tierra, a cinco cuadras del centro- todavía se puede caminar. El barrio es humilde, y allí, bajo la galería de una casa, junto a una camioneta Ford Bronco roja y vieja, sentado en un enorme sillón de madera, fumando, Jorge González hace lo de todos los días: espera, intenta hacer sus bromas.

-Ya me viniste a molestar. Pasá.

Después se pone de pie y se aferra a la silla de ruedas de construcción casera que usa como andador -negra, de hierro- y queda claro que 2,30 metros es la altura de una casa.

En el living hay un ordenador, fotos de antiguas glorias de la NBA. Hacia el fondo, una cocina sin ventanas, el cuarto de Carlitos -medio hermano de Jorge, de ocho años, hijo del segundo matrimonio de su padre- con un televisor siempre encendido.

Jorge González empezó a construir esta casa el mismo día en que se fue de El Colorado, cuando tenía planes de volver e instalarse aquí con Mercedes, su madre. Ahora, a un lado y otro viven sus hermanos: Omar, de 32 años, empleado de un taller mecánico, y Ricardo, de 33, desocupado, padre de Valentino, un niño de dos.

-Carlitooo.

-Quéee.

-¿Me traés la insulina, papi?

Carlitos aparece con los aplicadores de las 150 unidades de insulina diarias que necesita su hermano mayor. Jorge se levanta la camiseta, apoya un aplicador en la cintura, duda un segundo, aprieta.

-Carlitos vive acá desde que murió mi viejo, en agosto pasado. Sabe que no lo necesito, pero que para quedarse acá tiene que cumplir mis reglas.

-¿Y cuáles son tus reglas?

-No te las voy a decir.

Después asegura que solo tiene buenos recuerdos de su infancia.

-Cuando uno no es consciente de la miseria, lo pasa bien.

Jorge González creció sabiendo qué cosa eran los lujos: todo lo que él y su familia no podían hacer. Ir al cine, comprar ropa, tomar gaseosas, un helado: "Éramos muy pobres, pero yo tenía un gran alivio cuando llegaba a casa. Mi mamá era todo para mí".

Empezó a trabajar a los nueve años vendiendo diarios, cosechando algodón, y aunque a los seis parecía de 14 y a los 15 calzaba un 56, nadie -ni él ni su madre ni su padre- vio en eso nada extraño. Hasta la mañana del 21 de septiembre de 1982, cuando -16 años, 2,18 metros- entró a aquel bar y lo vio un viajante que se quedó mudo.

-Me dijo que iba a hablar con los dirigentes del Hindú Club de Resistencia, un club de baloncesto. Dos días después vinieron dos tipos y me preguntaron si quería probarme. Y fui.

-¿Te gustaba el baloncesto?

-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?

Y así, sin vocación, Jorge se fue.

-Se fue por nosotros -dirá después su hermano Omar-. Si hubiera sido por él, no se habría ido nunca. Pero no pensó en él.

Aquel septiembre, el hijo de Felipe y de Mercedes tuvo una ambición desmesurada: no la de hacerse rico, sino la de salvar a un pequeño grupo de personas: Felipe, Mercedes, Plácida, Zunilda, Ricardo y Omar. Sus padres, sus hermanos.

Llegó al Resistencia con lo puesto -un jean, una camisa- y empezó a aprender las reglas de ese deporte que ignoraba.

La noticia del enorme jugador de aquel club de provincias no tardó en esparcirse. Ese mismo año fue contratado por el Gimnasia y el Esgrima de La Plata, una ciudad a más de mil de kilómetros de su pueblo natal; en 1985 pasó al Sport Club de Cañada de Gómez, y al poco tiempo fue convocado por la selección nacional.

-Empecé a viajar por todo el mundo y en diciembre de 1987 fuimos a España con la selección para jugar el torneo de Navidad. Tuvimos que quedarnos a pasar el 24 de diciembre en Madrid. Fue la mejor Navidad de mi vida. La pasé solo, en el hotel, comida, champán. Por la ventana se veía el paseo de la Castellana, nieve, luces en los árboles…

Y mientras él comía y brindaba y veía la nieve caer, en Estados Unidos un hombre llamado Richard Kane, cazatalentos de los Atlanta Hawks, equipo de baloncesto del emporio de Ted Turner, miraba un vídeo de la selección argentina durante el torneo de Navidad en Madrid y se relamía con eso que no parecía posible: un increíble hombre ágil de 2,30 metros.

Y ese fue el principio del fin.

Es de noche y la calle de Salta es un vórtice oscuro. En el living, Jorge fuma despacio. Sobre la silla negra hay cigarrillos, un mate, sus boquillas.

-Pidamos pizza.

La silla oficiará de mesa para los vasos, la pizza, la gaseosa. Carlitos, sentado a espaldas de su hermano, comerá cinco porciones mirando al suelo. Jorge, ninguna.

-Yo nunca ceno.

-¿Eso es bueno para tu diabetes?

Se encogerá de hombros con desprecio. Mirará la calle, una víscera brillante y resbalosa.

-Nunca va a parar de llover.

Cada año, la NBA realiza su 'draft', una selección de jugadores que implica un contrato provisorio con el equipo. Aquella Navidad de 1987, Richard Kane había visto jugar a Jorge González en España y pensado que valía la pena apostar por él. El draft de 1988 se realizó en junio y Jorge quedó seleccionado: tercera ronda, puesto número 54. En enero de 1989 viajó a Atlanta para hacerse pruebas y regresó a Argentina con instrucciones que incluían la de bajar de peso. Si las cumplía, jugaría en la NBA desde la temporada siguiente. Pero Fernando Bastide, su representante durante años, asegura que las posibilidades en la NBA siempre fueron remotas.

-Un año después del viaje de Jorge me llamó Richard Kane y me preguntó por sus condiciones físicas. Le respondí que estaba igual, y me dijo que entonces las posibilidades de la NBA eran remotas, si le interesaba hacer lucha libre en la compañía del grupo Turner. Llamé a Jorge, y él preguntó: "¿Hay plata?". Le respondí que para saber teníamos que viajar a Atlanta. Ya en el avión me dijo que por lo menos quería 2.000 dólares por mes para terminar su casa en El Colorado. Él no tenía idea de las cantidades.

El contrato está fechado en 1990, entre Jorge González y la WCW (World Championship Wrestling) y promete un pago de 150.000 dólares el primer año, 225.000 dólares el segundo y 350.000 el tercero. Jorge vio esos números, regresó a Buenos Aires, se despidió del baloncesto, volvió a Atlanta y debutó el 20 de mayo de 1990 con un sobrenombre obvio: El Gigante.

-¿Te gustaba la lucha?

-Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?

Empezó a viajar por Estados Unidos a razón de 27 pueblos en 30 días y sin descanso. Tenía chófer, hoteles de cinco estrellas, dicen que mujeres y regresaba cada tanto a El Colorado, portando maletas repletas de ropa para dejarlas allí, en esa casa donde tenía previsto su futuro.

Pero el 9 de febrero de 1992, a los 45 años, Mercedes, su madre, murió por una dolencia cardíaca. Jorge llegó tres días después del entierro.

-Desde ese momento -dice Jorge- me quedé sin planes y no creí más en nada. Mi mamá era todo para mí.

Después de aquella muerte, su padre empezó amores con quien sería madre de Carlitos; sus hermanas se fueron del pueblo, y Omar y Ricardo, los hermanos de 15 y 16, quedaron solos. Jorge se quedó en El Colorado más tiempo del que la compañía le había permitido, y cuando regresó a Estados Unidos se encontró con el contrato rescindido por incumplimiento. Así, como si nunca hubieran existido, los 350.000 dólares por el tercer año de trabajo se desvanecieron en el aire.

La puerta está abierta y la casa exuda un silencio ominoso, amenazante.

-¿Puedo pasar?

-No -retumba la voz calculada: descortés.

La lluvia ha colapsado este pueblo sin cloacas, y el baño de la casa del hombre que estuvo en hoteles de cinco estrellas rebosa humanas inmundicias. Ese día, todo el día, delegaciones de estudiantes se acercarán para preguntar si pueden tomarse fotos, pero él dirá que no, que está ocupado.

-Soy el oso del circo. Vienen a ver al monstruo de 2,30 metros. Mañana vas a tener que venir temprano porque tengo que mirar la carrera de fórmula 1.

Carlitooo… A veces pasa noches así: los pies le arden como si tuviera clavos y se levanta con humores perros. Un Nerón déspota, enloquecido.

Después de la muerte de su madre, la carrera de Jorge no se detuvo. En 1993 firmó contrato con otra compañía de lucha, participó en un capítulo de Los vigilantes de la playa e hizo series como Trueno en el paraíso I y II, en las que fue enemigo del rubio de bigotes Hulk Hoogan. En las fotos de esos años aparece en Florida, musculado, sonriente, junto a un Ferrari o a muchachas en biquini.

-Cuando nos quedamos solos, Jorge empezó a darnos plata -dice su hermano Omar-. Pero nosotros teníamos 15 años, y sin un adulto que nos ponga límites fue un descontrol. Despilfarramos mucho.

Mientras, en Japón y en Florida, en México y en Atlanta, Jorge hacía su trabajo: golpear y dejarse golpear. Fueron tres años de masacre sobre un cuerpo castigado. Porque aunque él dice no saber que era diabético, se retiró de la lucha en 1996 después de una pelea en Japón, asustado por una lipotimia que lo derribó del ring, sus hermanos aseguran que en 1996 hacía cuatro años que Jorge lo sabía.

-Él tuvo un coma diabético en Estados Unidos después de la muerte de mi madre -dice su hermana Zunilda- y desde entonces se empezó a aplicar insulina.

Después de aquella pelea en Japón, Jorge abandonó la lucha para siempre y regresó a su pueblo natal.

-Quería vivir seis meses en Nueva York y seis meses en El Colorado.

Pero jamás volvió a salir de allí.

La camioneta -la Ford Bronco roja, vieja- se desliza bajo la lluvia. Para apretar el acelerador o el freno, Jorge levanta la pierna derecha con la mano y la arroja sobre el pedal. Mientras conduce, señala los negocios pujantes, los que no, los que podrían ser suyos.

-Aquel hijo de puta me debe 600 dólares. Yo podría tener un departamento en Buenos Aires. Pensar que tenía una American Express y trajes carísimos.

Cada tanto, la camioneta se detiene frente a una verdulería, un quiosco, y un verdulero o un quiosquero se acercan y Jorge grita:

-Dos kilos de bananas, cuatro alfajores.

Son las cinco y media de la tarde cuando se detiene frente a una carnicería, y está a punto de abrir la puerta -de bajar a hacer sus compras- cuando se acuerda.

-Ah, no, cierto -dice.

Un hombre con delantal de carnicero se acerca, pregunta qué va a llevar, y Jorge imperturbable dice:

-Un pollo.

En 1996, cuando regresó al pueblo, ningún club de baloncesto mostró interés por un hombre con el cuerpo resentido por la lucha, y un año después, lleno de dolor por un pinzamiento de las vértebras, Jorge viajó a Buenos Aires para hacerse estudios más completos. Y fue allí, en el hospital Italiano, donde escuchó por primera vez el diagnóstico que nunca había sospechado: el de una enfermedad llamada gigantoacromegalia, con una prevalencia de tres personas por millón, producida por el exceso de una hormona de crecimiento llamada IGF-1, cuyos síntomas, además del crecimiento descontrolado del cuerpo, son pérdida de la visión, agrandamiento de las vísceras abdominales y del corazón, impotencia sexual y, claro, diabetes. Para cuando supo que la suya era una enfermedad que debió haberse tratado en la infancia, llevaba dos décadas sacándole provecho al atributo que lo estaba aniquilando, y cuando volvió a su pueblo, las cosas se pusieron peor.

-Un día se me durmió un pie, después el otro, y ya no pude caminar. Es una neuropatía provocada por la hiperglucemia.

Entonces mandó construir esa silla de ruedas negra y chirriante, no volvió a caminar, empezó a vivir de ahorros y a gastar, exactamente, 200 euros al mes.

Hace mucho que la vida se transformó en esto que es: supervivencia.

Son las seis de la tarde y no ha comido nada desde el día anterior.

-Pensé que la mujer de Ricardo me iba a cocinar, pero no pudo. Y no me gustan las cosas recalentadas.

-¿Y Carlitos?

-Él tampoco comió, me quiere acompañar.

Esa noche comprará cinco hamburguesas con huevo, mayonesa, lechuga, tomate, mostaza y ketchup. Comerá dos; Carlitos, tres.

Será una noche rara. Hablará durante horas y, cuando termine, habrá dejado de llover, la calle será una alfombra de insectos bajo la luz lechosa de los faroles, y al día siguiente habrá un sol incendiario. Interminable.

Empezará hablando de sus sueños.

Que una vez soñó con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban en su cajón al cementerio. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el chófer y el Cadillac y Willie Nelson en el radiocasete, y que nadie puede acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado. Que de todos modos, si es que existe algo santo y grande y poderoso, lo que le pasó es todo bendición, porque antes de ser lo que fue era un chico que plantaba melones y sandías y después conoció grandes hoteles y mujeres y autos de lujo. Que no se quiere morir, pero que igual se muere. Que si tuviera muchísimo dinero arreglaría su Ford Bronco viejo y rojo e intentaría que sus hermanos no tengan apuros económicos. Que si alguien le hubiera dicho en su momento cuál era la diferencia entre 1.000, 10.000 y 100.000 dólares, habría hecho otras cosas. No sabe cuáles: otras.

-Pero los deportistas pobres no tenemos masters en economía.

En el silencio claro de la noche -el aire blando todavía de humedad- se agacha sobre las rodillas, se mira los pies inútiles.

-Qué pena que esto me pasó ahora. Si hubiera sido a los 50… Pero ahora…

Desde el cuarto de Carlitos llegan las risas, los ruidos de una película de Jackie Chan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de febrero de 2007

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