domingo, 24 de septiembre de 2017

¿No oyes ladrar a los perros?


NO OYES LADRAR LOS PERROS 

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. 

—No se ve nada. 
—Ya debemos estar cerca. 
—Sí, pero no se oye nada. 
—Mira bien. 
—No se ve nada. 
—Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
 —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. 
—Sí, pero no veo rastro de nada. 
—Me estoy cansando. 
—Bájame. El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces. 
— ¿Cómo te sientes? 
—Mal. Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: 
— ¿Te duele mucho? 
—Algo —contestaba él. Primero le había dicho: «Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.» Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. 
—No veo ya por dónde voy —decía él. Pero nadie le contestaba. El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo. —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado. Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. 
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme que ves, tú que vas allá arriba, Ignacio? 
—Bájame, padre. 
—¿Te sientes mal? 
—Sí. 
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse. 
—Te llevaré a Tonaya. 
—Bájame. Su voz se hizo quedita, apenas murmurada: —Quiero acostarme un rato. 
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. 
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar. 
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: «¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!» Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: «Ese no puede ser mi hijo.» 
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo. 
—No veo nada. 
—Peor para ti, Ignacio. 
—Tengo sed. 
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. 
—Dame agua. 
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo. 
—Tengo mucha sed y mucho sueño. 
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porqué ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara. Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas. 
— ¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: «No tenemos a quién darle nuestra lástima.» ¿Pero usted, Ignacio? 
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaban, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. 
— ¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. 

Juan Rulfo, El llano en llamas, 1953

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Cuánto se divertían de I. Asimov

Cuánto se divertían

[Cuento - Texto completo.]
Isaac Asimov

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
-Caray -dijo Tommy-, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
-Lo mismo digo -contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece-. ¿En dónde lo encontraste?
-En mi casa -Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo-. En el ático.
-¿De qué trata?
-De la escuela.
-¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén.
El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
-No es culpa de la niña, señora Jones -le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio -y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
Así que le dijo a Tommy:
-¿Quién querría escribir sobre la escuela?
Tommy la miró con aire de superioridad.
-Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años -y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: siglos.
Margie se sintió dolida.
-Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo -leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
-Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
-¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?
-Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
-Un hombre no es lo bastante listo.
-Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
-No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
-Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
-Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme.
Tommy soltó una carcajada.
-Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
-¿Y todos aprendían lo mismo?
-Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
-Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
-Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
-No he dicho que no me gustara -se apresuró a decir Margie.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
-¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista.
-Todavía no, mamá.
-¡Ahora! -chilló la señora Jones-. Y también debe de ser la hora de Tommy.
-¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? -le preguntó Margie a Tommy.
-Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular. La pantalla estaba iluminada.
-La lección de aritmética de hoy -habló el maestro- se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
La pantalla del maestro automático centelleó.
-Cuando sumamos las fracciones ½ y ¼…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.
FIN

“The Fun They Had”, 1951

La última pregunta (the last question)

La última pregunta

[Cuento - Texto completo.]
Isaac Asimov

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante solo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.
Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de ambos.
Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.
La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación -de un kilómetro y medio de diámetro- que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.
Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clics satisfechos y perezozos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.
Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.
-Es asombroso, cuando uno lo piensa -dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior-. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.
Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.
-No para siempre -dijo.
-Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.
-Entonces no es para siempre.
-Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.
-Veinte mil millones de años no es “para siempre”.
-Bien, pero superará nuestra época, ¿verdad?
-También la superarán el carbón y el uranio.
-De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.
-No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.
-Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros -dijo Adell, malhumorado-. Se portó muy bien.
-¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero … ¿y luego? -Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro-. Y no me digas que nos conectaremos con otro Sol.
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios solo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.
De pronto Lupov abrió los ojos.
-Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?
-No estoy pensando nada.
-Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ese es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.
-Entiendo -dijo Adell-. No grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.
-Por supuesto -murmuró Lupov-. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.
-Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía -dijo Adell, tocado en su amor propio.
-¡Qué vas a saber!
-Sé tanto como tú.
-Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.
-Muy bien. ¿Quién dice que no?
-Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste “para siempre”.
Esa vez le tocó a Adell oponerse.
-Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.
-Nunca.
-¿Por qué no? Algún día.
-Nunca.
-Pregúntale a Multivac.
-Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es posible.
Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto:
¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su juventud aun después de que haya muerto de viejo?
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como esta: ¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?
Multivac enmudeció. Los lentos resplandores cesaron, los clics distantes de los transmisores terminaron. Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente. Aparecieron cinco palabras impresas:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
-No hay respuesta -murmuró Lupov.
Salieron apresuradamente. A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían olvidado el incidente.
*
Jerrod, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en la pantalla visora mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.
-Es X-23 – dijo Jerrod con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos. Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre, gritando:
-Hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado…
-Tranquilas, niñas -dijo rápidamente Jerrodine-. ¿Estás seguro, Jerrod?
-¿De qué hay que estar seguro? -preguntó Jerrod, echando una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo.Tenía la misma longitud que la nave.
Jerrod sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos hiperespaciales.
Jerrod y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave.
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrod, que el “ac” al final de “Microvac” quería decir “computadora analógica” en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso.
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró la pantalla.
-No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.
-¿Por qué, caramba? -preguntó Jerrod-. No teníamos nada allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado-. Luego agregó, después de una pausa reflexiva: -Te aseguro que es una suerte que las computadoras hayan desarrollado los viajes interestelares, considerando el ritmo al que aumenta la raza.
-Lo sé, lo sé -respondió Jerrodine con tristeza. Jerrodette I dijo de inmediato:
-Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.
-Eso creo yo también -repuso Jerrod, desordenándole el pelo.
Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrod estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados.
Solo había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en una nave espacial y ocupar solo la mitad del espacio disponible.
Jerrod se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje interespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas.
-Tantas estrellas, tantos planetas -suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos-. Supongo que las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.
-No siempre -respondió Jerrod, con una sonrisa-. Todo eso terminará algún día, pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.
-¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II con voz aguda.
-Entropía, querida, es solo una palabra que significa la cantidad de desgaste del universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot radio-teléfono, ¿recuerdas?
-No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?
-Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.
-No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.
-Mira lo que has hecho -susurró Jerrodine exasperada.
-¿Cómo podía saber que iba a asustarla? -respondió Jerrod también en un susurro.
-Pregúntale a la Microvac -gimió Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas.
-Vamos -dijo Jerrodine-. Con eso se tranquilizarán.
Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también. Jerrod se encogió de hombros.
-Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dirá.
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:
-Imprimir la respuesta.
Jerrod retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente:
-Miren, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.
Jerrodine dijo:
-Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar.
Jerrod leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Se encogió de hombros y miró la pantalla. El X-23 estaba exactamente delante.
*
VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:
-¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión?
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.
-Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo de expansión.
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de formas esbeltas.
-Sin embargo -dijo VJ-23X- me resisto a presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico.
-Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.
VJ-23X suspiró.
-El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.
-Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito.
¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo y luego solo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años…
VJ-23X lo interrumpió:
-Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad.
-Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La Galáctica AC nos ha solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte, anuló todas las otras soluciones.
-Sin embargo, no creo que desees abandonar la vida.
-En absoluto -saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato-. No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?
-Doscientos veintitrés. ¿Y tú?
-Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene la galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?
VJ-23X dijo:
-Como problema paralelo está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.
-Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía solar por año.
-La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.
-De acuerdo, pero aun con una eficiencia de un cien por ciento, solo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy buena observación.
-Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.
-¿O con calor disipado? -preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.
-Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a Galáctica AC.
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.
-No me faltan ganas -dijo-. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar algún día.
Miró sombríamente su pequeño contacto AC. Era un objeto de apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez era parte integral suya.
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría a ver a Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de submesones ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil diez metros de ancho.
Repentinamente MQ-17J preguntó a su contacto AC:
-¿Es posible revertir la entropía?
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:
-Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.
-¿Por qué no?
-Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.
-¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J.
El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en el contacto AC en el escritorio. Dijo:
DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
VJ-23X dijo:
-¡Ves!
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.
*
La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes. ¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad… una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero,¿qué importaba? Había poco lugar en el universo para nuevos individuos.
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente.
-Soy Zee Prime. ¿Y tú?
-Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?
-Solo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?
-Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?
-Porque todas las galaxias son iguales.
-No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza humana. Eso la hace diferente.
Zee Prime dijo:
-¿En cuál?
-No sabría decirte. La Universal AC debe de estar enterada.
-¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Sin embargo una de ellas era única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado, vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.
Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:
-¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?
La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la Universal AC se mantenía independiente.
Zee Prime solo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a distancia sensible de la Universal AC, y solo informó sobre un globo brillante, de sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.
-¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? -había preguntado Zee Prime.
-La mayor parte -fue la respuesta- está en el hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día –y eso Zee Prime lo sabía- en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.
La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas.
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro:
ESTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de desilusión.
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:
-¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?
La Universal AC respondió:
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA ENANA BLANCA.
-¿Los hombres que la habitaban murieron? -preguntó Zee Prime, sobresaltado y sin pensar.
La Universal AC respondió:
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO A TIEMPO.
– Sí, por supuesto -dijo Zee Prime, pero aun así lo invadió una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la galaxia original del hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos.
No quería volver a verla.
Dee Sub Wun dijo:
-¿Qué sucede?
-Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.
-Todas deben morir. ¿Por qué no?
-Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.
-Llevará billones de años.
-No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC! ¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?
Dee Sub Wun dijo, divertido:
-¿Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.
Y la Universal AC respondió:
TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.
*
El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.
El Hombre dijo:
-El Universo está muriendo.
El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando. Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también estas llegarían a su fin.
El Hombre dijo:
-Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aun así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.
El Hombre dijo:
-¿Es posible revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.
La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía un sentido comprensible para el Hombre.
-Cósmica AC -dijo el Hombre- ¿cómo puede revertirse la entropía?
La Cósmica AC dijo:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
El Hombre ordenó:
-Recoge datos adicionales.
La Cósmica AC dijo:
LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.
-¿Llegará el momento -preguntó el Hombre- en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?
La Cósmica AC dijo:
NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS CONCEBIBLES.
El Hombre preguntó:
-¿Cuándo tendrás suficientes datos para responder a la pregunta?
La Cósmica AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
-¿Seguirás trabajando en esto? -preguntó el Hombre.
La Cósmica AC respondió:
SÍ.
El Hombre dijo:
-Esperaremos.
*
Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de desgaste. Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia. La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un espacio que solo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.
El Hombre dijo:
-AC, ¿es este el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?
AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
La última mente del Hombre se fusionó y solo AC existió en el hiperespacio.
*
La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.
Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.
Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.
Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar la respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta -por demostración- se ocuparía de eso también.
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.
Cuidadosamente, AC organizó el programa.
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un Universo y pensó en lo que en ese momento era el Caos. Debía hacerse paso a paso.
Y AC dijo:
¡HÁGASE LA LUZ!
Y la luz se hizo…
FIN

“The Last Question”, 1956

domingo, 18 de junio de 2017

El otro pie - Bradbury

EL OTRO PIE 
http://www.ddooss.org/libros/Ray_Bradbury.pdf


Cuando oyeron las noticias salieron de los restaurantes y los cafés y los hoteles y observaron el cielo. Las manos oscuras protegieron los ojos en blanco. Las bocas se abrieron. A lo largo de miles de kilómetros, bajo la luz del mediodía, se extendían unos pueblitos donde unas gentes oscuras, de pie sobre sus sombras, alzaban los ojos. Hattie Johnson tapó la olla donde hervía la sopa, se secó los dedos con un trapo, y fue lentamente hacia el fondo de la casa. -¡Ven, Ma! -¡Eh, Ma, ven! -¡Te lo vas a perder! -¡Eh, Ma! Los tres negritos bailaban chillando en el patio polvoriento. De cuando en cuando miraban ansiosamente hacia la casa. -Ya voy -dijo Hattie, y abrió la puerta de tela de alambre-. ¿Dónde oísteis la noticia? -En casa de Jones, Ma. Dicen que viene un cohete. Por primera vez después de veinte años. -¡Y con un hombre blanco dentro! -¿Cómo es un hombre blanco, Ma? Nunca vi ninguno. -Ya sabrás cómo es -dijo Hattie-. Sí, ya lo sabrás, de veras. -Dinos cómo es, Ma. Cuéntanos, por favor. Hattie frunció el ceño. -Bueno, han pasado muchos años. Yo era sólo una niñita, ¿sabéis? Fue en 1965. -¡Cuéntanos del hombre blanco, Ma! Hattie salió al patio, y miró el cielo marciano, claro y azul, con las tenues nubes blancas marcianas, y más allá, a lo lejos, las colinas marcianas que se tostaban al sol. Y dijo al fin: -Bueno, ante todo tienen manos blancas. -¡Manos blancas! Los chicos se rieron lanzándose manotones. -Y tienen brazos blancos. -¡Brazos blancos! -Y caras blancas. -¡Caras blancas! ¿De veras? -¿Blanca como ésta, Ma? -El más pequeño de los negritos se arrojó un puñado de polvo a la cara y lanzó un estornudo-. ¿Así de blanca? -Más blanca aún -dijo la negra gravemente, y se volvió otra vez hacia el cielo. Tenía como una sombra de inquietud en los ojos, como si esperara una tormenta y no pudiese verla-. Será mejor que entréis, chicos. -¡Oh, Ma! -Los negritos la miraron asombrados-. Tenemos que verlo, Ma. No va a pasar nada, ¿no? -No sé. Tengo un mal presentimiento. -Sólo queremos ver el cohete, e ir al aeródromo, y ver al hombre blanco. ¿Cómo es el hombre blanco, Ma? -No lo sé. No lo sé de veras -murmuró la mujer, sacudiendo la cabeza. -¡Cuéntanos algo más! -Bueno, los blancos viven en la Tierra, el lugar de donde vinimos todos nosotros hace veinte años. Salimos de allí y nos vinimos a Marte y construimos las ciudades, y aquí estamos. Ahora somos marcianos y no terrestres. Y ningún hombre blanco vino a Marte en todo este tiempo. Eso es todo. -¿Por qué no vinieron, Ma? -Bueno, porque... Apenas llegamos, estalló en la Tierra una guerra atómica. Pelearon entre ellos, de un modo terrible. Se olvidaron de nosotros. Cuando terminaron de pelear, no tenían más cohetes. Sólo hace poco pudieron construir algunos. Y ahora vienen a visitarnos después de tanto tiempo. -La mujer miró distraídamente a sus hijos, y se alejó unos metros-. Esperad aquí. Voy a ver a Elizabeth Brown. -Bueno, Ma. La mujer se alejó calle abajo. Llegó a la casa de los Brown en el momento en que todos se subían al coche. -Eh, Hattie, ¡ven con nosotros! -¿A dónde van? -dijo la mujer, sin aliento, corriendo hacia ellos. -¡A ver al hombre blanco! -Eso es -dijo el señor Brown, muy serio-. Mis chicos nunca vieron uno, y yo casi no me acuerdo. -¿Qué van a hacer con el hombre blanco? -les preguntó Hattie. -¿A hacer? Vamos a verlo, nada más. -¿Seguro? -¿Y qué podíamos hacer? -No sé -dijo Hattie vagamente, algo avergonzada-. ¿No van a lincharlo? -¿A lincharlo? -Todos se rieron. El señor Brown se palmeó una rodilla-. ¡Dios te bendiga, criatura! Vamos a estrecharle la mano. ¿No es cierto? Todos nosotros. -¡Claro, claro! Otro coche se acercó corriendo. Hattie lanzó un grito: -¡Willie! -¿A dónde piensan ir? ¿Dónde están los chicos? -les gritó agriamente el marido de Hattie, mirándolos con furia-. Se van como idiotas a ver a ese blanco... -Exactamente -asintió el señor Brown, sonriendo. -Bueno, llévense sus armas -dijo Willie-. Yo voy a buscar la mía ahora mismo. -¡Willie! -¡Entra en este coche, Hattie. -El negro abrió la puerta, y así la sostuvo, hasta que la mujer obedeció. Sin volver a hablar con los otros, se lanzó por el camino polvoriento. -¡Willie, no tan rápido! -No tan rápido, ¿eh? Ya lo veremos. -Willie miró el camino que se precipitaba bajo el coche-. ¿Con qué derecho vienen aquí después de tantos años? ¿Por qué no nos dejan tranquilos? ¿Por qué no se habrán matado unos a otros en ese viejo mundo, permitiéndonos vivir en paz? -Willie, no hablas como un cristiano. -No me siento como un cristiano -dijo Willie furiosamente, asiendo con fuerza el volante-. Me siento malvado. Después de hacernos, durante tantos años, todo lo que nos hicieron... A mis padres y a los tuyos... ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo colgaron a mi padre en Knockwood Hill, y cómo mataron a mamá? ¿Recuerdas? ¿O tienes tan poca memoria como los otros? -Recuerdo -dijo la mujer. -¿Recuerdas al doctor Phillips, y al señor Burton, y sus casas enormes, y la cabaña de mi madre, y a mi viejo padre que seguía trabajando a pesar de sus años? El doctor Phillips y el señor Burton le dieron las gracias poniéndole una soga al cuello. Bueno -dijo Willie-, todo ha cambiado. El zapato aprieta ahora en el otro pie. Veremos quién dicta leyes contra quién, quién lincha, quién viaja en el fondo de los coches, quién sirve de espectáculo en las ferias. Vamos a verlo. -Oh, Willie, no hables así. Nos traerá mala suerte. -Todo el mundo habla así. Todo el mundo ha pensado en este día, creyendo que nunca iba a llegar. Todos pensábamos: «¿Qué pasará el día que un hombre blanco venga a Marte?» Pues bien, el día ha llegado, y ya no podemos retroceder. -¿No vamos a dejar que los blancos vivan aquí en Marte? -Sí, seguro. -Willie sonrió, pero con una ancha sonrisa de maldad. Había furia en sus ojos-. Pueden venir y trabajar aquí. ¿Por qué no? Pero para merecerlo tendrán que vivir en los barrios bajos, y lustrarnos los zapatos, y barrernos los pisos, y sentarse en la última fila de butacas. Sólo eso les pedimos. Y una vez por semana colgaremos a uno o dos. Nada más. -No hablas como un ser humano, y no me gusta. -Tendrás que acostumbrarte -dijo Willie. Se detuvo frente a la casa y saltó fuera del coche-. Voy a buscar mis armas y un trozo de cuerda. Respetaremos el reglamento. -¡Oh, Willie! -gimió la mujer, y allí se quedó, sentada en el coche, mientras su marido subía de prisa las escaleras y entraba en la casa dando un portazo. Al fin Hattie siguió a su marido. No quería seguirlo, pero allá estaba Willie, agitándose en la buhardilla, maldiciendo como un loco, buscando las cuatro armas. Hattie veía el salvaje metal de los caños que brillaba en la oscura bohardilla, pero no podía ver a Willie. ¡Era tan negro! Sólo oía sus juramentos. Al fin las piernas de Willie aparecieron en la escalera, envueltas en una nube de polvo. Willie amontonó los cartuchos de cápsulas amarillas, y sopló en los cargadores, y metió en ellos las balas, con un rostro serio y grave, como ocultando una amargura interior. -Déjennos solos -murmuraba, abriendo mecánicamente los brazos-. Déjennos solos. ¿Por qué no nos dejan? -Willie, Willie. -Tú también... tú también. Y Willie miró a su mujer con la misma mirada, y Hattie se sintió tocada por todo ese odio. A través de la ventana se veía a los niños que hablaban entre ellos. -Blanco como la leche, dijo Ma. Blanco como la leche. -Blanco como esta flor vieja, ¿ves? -Blanco como una piedra como la tiza del colegio. Willie salió de la casa. -Chicos, adentro. Os encerraré. No habrá hombre blanco para vosotros. No hablaréis de él. Nada. -Pero, papá El hombre los empujó al interior de la casa, y fue a buscar una lata de pintura y un pincel, y sacó del garaje una cuerda peluda y gruesa, en la que hizo un nudo corredizo, con manos torpes, mientras examinaba cuidadosamente el cielo. Y luego se metieron en el coche, y se alejaron sembrando a lo largo de la carretera unas apretadas nubes de polvo. -Despacio, Willie. -No es tiempo de ir despacio -dijo Willie-. Es tiempo de ir de prisa, y yo tengo prisa. Las gentes miraban el cielo desde los bordes del camino, o subidas a los coches, o llevadas por los coches, y las armas asomaban como telescopios orientados hacia los males de un mundo en agonía. Hattie miró las armas. -Has estado hablando -dijo acusando a su marido. -Sí, eso he hecho -gruñó Willie, y observó orgullosamente el camino-. Me detuve en todas las casas, y les dije que debían hacer: sacar las armas, buscar la pintura, traer las cuerdas, y estar preparados. Y aquí estamos ahora: el comité de bienvenida, para entregarles las llaves de la ciudad. ¡Sí, señor! La mujer juntó las manos delgadas y oscuras, como para rechazar el terror que estaba invadiéndola. El coche saltaba y se sacudía entre los otros coches. Hattie oía las voces que gritaban: -¡Eh, Willie! ¡Mira! -y veía pasar rápidamente las manos que alzaban las cuerdas y las armas, y las bocas que sonreían. -Hemos llegado -dijo Willie, y detuvo el automóvil en el polvo y el silencio. Abrió la puerta de un puntapié, salió cargado con sus armas, y se metió en los campos del aeródromo. -¿Lo has pensado, Willie? -No he hecho otra cosa en veinte años. Tenía dieciséis años cuando dejé la Tierra. Y muy contento. No había nada allí para mí, ni para ti, ni para ninguno de nosotros. Jamás me he arrepentido. Aquí vivimos en paz. Por primera vez respiramos a gusto. Vamos, adelante. Willie se abrió paso entre la oscura multitud que venía a su encuentro. -Willie, Willie, ¿qué vamos a hacer? -decían los hombres. -Aquí tienen un fusil -les dijo Willie-. Aquí otro fusil. Y otro. -Les entregaba las armas con bruscos movimientos-. Aquí tienen. Una pistola. Un rifle. La gente estaba tan apretada que semejaba un solo cuerpo oscuro, con mil brazos extendidos hacia las armas. -Willie, Willie. Hattie, erguida y silenciosa, apretaba los labios, con los grandes ojos trágicos y húmedos. -Trae la pintura -le dijo Willie. Y la mujer cruzó el campo con una lata de pintura, hasta el lugar donde en ese momento se detenía un ómnibus con un letrero recién pintado en el frente: A LA PISTA DE ATERRIZAJE DEL HOMBRE BLANCO. El ómnibus traía un grupo de gente armada que salió de un salto y corrió trastabillando por el aeródromo, con los ojos fijos en el cielo. Mujeres con canastas de comida; hombres con sombreros de paja, en mangas de camisa. El ómnibus se quedó allí, vacío, zumbando. Willie se meció en el coche, instaló las latas, las abrió, revolvió la pintura, probó un pincel, y se subió a un asiento. -¡Eh, oiga! -El conductor se acercó por detrás, con su tintineante cambiador de monedas-. ¿Qué hace? ¡Fuera de aquí! -Vas a ver lo que hago. Espera un poco. Y Willie mojó el pincel en la pintura amarilla. Pintó una B y una L y una A y una N y una C y una O y una S con una minuciosa y terrible aplicación. Y cuando Willie terminó su trabajo, el conductor arrugó los párpados y leyó: BLANCOS: ASIENTOS DE ATRÁS. Leyó otra vez: BLANCOS. Guiñó un ojo. ASIENTOS DE ATRÁS. El conductor miró a Willie y sonrió. -¿Te gusta? -le preguntó Willie descendiendo. Y el conductor respondió: -Mucho, señor. Me gusta mucho. Hattie miraba el letrero desde afuera, con las manos apretadas contra el pecho. Willie volvió a reunirse con la multitud. Esta aumentaba con cada coche que se detenía gruñendo, y con cada ómnibus que llegaba tambaleándose desde el pueblo cercano. Willie se subió a un cajón. -Nombremos a unos delegados para que pinten todos los ómnibus en la hora próxima. ¿Hay voluntarios? Las manos se alzaron. -¡Adelante! Los hombres se fueron a pintar. -Nombremos a unos delegados para separar con cuerdas los asientos de los cines. Las dos últimas filas para los blancos. Más manos. -¡Adelante! Los hombres corrieron. Willie miró a su alrededor, transpirado, fatigado por el esfuerzo, orgulloso de su energía, con la mano en el hombro de su mujer. Hattie miraba el suelo con los ojos bajos. -Veamos -anunció Willie-. Ah, sí. Tenemos que votar una ley esta misma tarde. ¡Se prohíben los matrimonios entre razas de distinto color! -Eso es -dijeron algunos. -Todos los lustrabotas dejan hoy su empleo. -¡Ahora mismo! Algunos de los hombres arrojaron al suelo unos trapos que habían traído del pueblo, aturdidos por la excitación. -Votaremos una ley sobre salarios mínimos, ¿no es cierto? -¡Seguro! -Se les pagará, por lo menos, diez centavos por hora. -¡Eso es! El alcalde de la ciudad se acercó corriendo. -Oye, Willie Johnson. ¡Bájate de ese cajón! -Alcalde, nada podrá sacarme de aquí. -Estás provocando un tumulto, Willie Johnson. -Justo. -Cuando eras chico, odiabas todo esto. No eres mejor que esos blancos que ahora atacas. -Las cosas han cambiado, alcalde -dijo Willie, desviando la vista y mirando los rostros que se extendían ante él: algunos sonrientes, otros titubeantes, otros asombrados, y otros que se alejaban disgustados y temerosos. -Te arrepentirás, Willie -dijo el alcalde. -Haremos una elección y tendremos otro alcalde -dijo Willie, y volvió los ojos hacia el pueblo, donde, calles abajo y calles arriba, se colgaban unos letreros recién pintados: EL ESTABLECIMIENTO SE RESERVA EL DERECHO DE NO ACEPTAR A ALGÚN CLIENTE. Willie mostró los dientes y golpeó las manos. ¡Señor! Y se detuvo a los ómnibus y se pintaron de blanco los últimos asientos, como para sugerir quiénes serían los futuros ocupantes. Y unos hombres alegres invadieron los teatros y tendieron unas cuerdas, mientras sus mujeres los miraban desde las aceras, sin saber qué hacer. Y algunos encerraron a sus niños en las casas, para apartarlos de esas horas terribles. -¿Todos listos? -preguntó Willie Johnson, alzando una soga bien anudada. -¡Listos! -gritó media multitud. La otra mitad murmuró y se movió como figuras de una pesadilla de la que deseaban huir. -¡Ahí viene! -dijo un niño. Como cabezas de títeres, movidas por una sola cuerda, las cabezas de la multitud se volvieron hacia arriba. En lo más alto del cielo, un hermoso cohete lanzaba un ardiente penacho anaranjado. El cohete describió un círculo amplio y descendió, y todos lo miraron con la boca abierta. El campo ardió, aquí y allá, y luego el fuego se fue apagando. El cohete inmóvil descansó unos instantes. Y al fin, mientras la multitud esperaba en silencio, en un costado de la nave se abrió una puerta y dejó escapar una bocanada de oxígeno. Un hombre viejo apareció en el umbral. -Un blanco, un blanco, un blanco... Las palabras corrieron por la expectante multitud. Los niños se hablaron al oído, empujándose suavemente; las palabras retrocedieron en ondas hasta los últimos hombres y hasta los ómnibus bañados por la luz y golpeados por el viento. De las abiertas ventanillas salía un olor a pintura fresca. El murmullo se alejó lentamente, y al fin dejó de oírse. Nadie se movió. El hombre blanco era alto y esbelto, pero llevaba en el rostro las huellas de un profundo cansancio. No se había afeitado ese día, y sus ojos eran tan viejos como pueden serlo los ojos de un hombre todavía vivo. Eran ojos incoloros, casi blancos. Las cosas que había visto en su vida habían destruido la mirada. El hombre era delgado como un arbusto en invierno. Le temblaban las manos, y mientras miraba a la multitud buscó apoyo en los quicios de la puerta. El hombre blanco sonrió débilmente, y extendió una mano, y la dejó caer. Nadie se movió. El hombre observó atentamente los rostros, y quizá vio, sin verlos, los fusiles y las cuerdas, y quizá olió la pintura. Nadie llegó a preguntárselo. El hombre blanco comenzó a hablar. Comenzó lentamente, dulcemente, como si no esperase ninguna interrupción. Nadie lo interrumpió Su voz era una voz fatigada, vieja y uniforme. -No importa quién soy -les dijo-. De todos modos, no sería más que un nombre para vosotros. Yo tampoco sé vuestros nombres. Eso vendrá más tarde. -Se detuvo, cerró los ojos un momento, y luego continuó-: Hace veinte años dejasteis la Tierra. Han sido años tan largos, tan largos... Pasaron tantas cosas... Son más de veinte siglos. Cuando os fuisteis estalló la guerra. -El hombre asintió con un lento movimiento de cabeza-. Sí, la gran guerra, la tercera. Duró mucho. Hasta el año pasado. Bombardeamos todas las ciudades. Destruimos Nueva York y Londres, y Moscú, y París, y Shanghai, y Bombay, y Alejandría. Lo arruinamos todo. Y cuando terminamos con las grandes ciudades, nos volvimos hacia las más pequeñas, y lanzamos sobre ellas nuestras bombas atómicas... Y el hombre nombró ciudades y lugares y calles. Y mientras los nombraba un murmullo se elevó de la multitud. -Destruimos Natchez... Un murmullo. -Y Columbus, Georgia... Otro murmullo. -Quemamos Nueva Orleans... Un suspiro. -Y Atlanta... Un nuevo suspiro. -Y no quedó nada de Greenwater, Alabama. Willie Johnson alzó la cabeza y abrió la boca. Hattie vio el gesto de Willie y los recuerdos que le venían a los ojos. -No quedó nada -dijo el viejo, hablando lentamente-. Ardieron los algodonales. -¡Oh! -dijeron todos. -Los molinos de algodón cayeron bajo las bombas... -¡Oh! -Y las fábricas, radiactivas; todo radiactivo. Los caminos y las granjas y los alimentos, radiactivos. Todo. El hombre nombró otras ciudades y pueblos. -Tampa. -Mi pueblo -dijo alguien. -Fulton. -El mío -murmuró otro. -Memphis. Una voz indignada: -¿Memphis? ¿Quemaron Memphis? -Memphis saltó en pedazos. -¿La calle Cuatro de Memphis? -Toda la ciudad -dijo el viejo. La multitud comenzó a agitarse. Una ola los llevaba al pasado. Veinte años. Los pueblos y las plazas, los árboles y los edificios de ladrillo, los carteles y las iglesias y las tiendas familiares. Todo volvía a la superficie entre las gentes del aeródromo. Cada nombre despertaba un recuerdo, y todos pensaban en algún otro día. Todos eran, excepto los niños, suficientemente viejos. -Laredo. -Recuerdo Laredo. -Nueva York. -Yo tenía una tienda en Harlem. -Harlem, bombardeado. Las palabras siniestras. Los lugares familiares. El esfuerzo de imaginar todo en ruinas. Willie Johnson murmuró: -Greenwater. Alabama. El pueblo donde nací. Lo veo aún. -Destruido. Todo. Destruido. Todo. Así decía el hombre. Y el hombre continuó: -Destruimos todo y arruinamos todo, como estúpidos que éramos y somos todavía. Matamos a millones. No creo que los sobrevivientes pasen de quinientos mil. Y de todo ese desastre salvamos un poco de metal, construimos este único cohete, y vinimos a Marte, a pediros ayuda. El hombre se detuvo y miró hacia abajo, y escrutó los rostros como para ver qué podía esperar. Pero no estaba seguro. Hattie Johnson sintió que el brazo de su marido se endurecía y vio que sus dedos apretaban la cuerda. -Hemos sido unos insensatos -dijo el hombre serenamente-. Destruimos la Tierra y su civilización. No vale ya la pena reconstruir las ciudades. La radiactividad durará todo un siglo. La Tierra ha muerto. Su vida ha terminado. Vosotros tenéis cohetes. Cohetes que no habéis intentado usar, pues no queríais volver a la Tierra. Yo ahora os pido que los uséis. Que vayáis a la Tierra a recoger a los sobrevivientes y traerlos a Marte. Os pido vuestra ayuda. Hemos sido unos estúpidos. Confesamos ante Dios nuestra estupidez y nuestra maldad. Chinos, hindúes, y rusos, e ingleses y americanos. Os pedimos que nos dejéis venir. El suelo marciano se mantiene casi virgen desde hace innumerables siglos. Hay sitio para todos. Es un buen suelo... Lo he visto desde el aire. Vendremos y trabajaremos la tierra para vosotros. Sí, hasta haremos eso. Merecemos cualquier castigo; pero no nos cerréis las puertas. No podemos obligaros ahora. Si queréis subiré a mi nave y volveré a la Tierra. Pero si no, vendremos y haremos todo lo que vosotros hacíais... Limpiaremos las casas, cocinaremos, os lustraremos los zapatos, y nos humillaremos ante Dios por lo que hemos hecho durante siglos contra nosotros mismos, contra otras gentes, contra vosotros. El hombre calló. Había terminado. Se oyó un silencio hecho de silencios. Un silencio que uno podía tomar con la mano, un silencio que cayó sobre la multitud como la sensación de una tormenta distante. Los largos brazos de los negros colgaban como péndulos oscuros a la luz del sol, y sus ojos se clavaban en el viejo. El viejo no se movía. Esperaba. Willie Johnson sostenía aún la cuerda entre las manos. Los hombres a su alrededor lo observaban atentamente. Su mujer Hattie esperaba, tomada de su brazo. Hattie Johnson hubiese querido entrar en el interior de aquel odio, y examinarlo hasta descubrir una grieta, una falla. Entonces podría sacar un guijarro o una piedra, o un ladrillo, y luego parte de una pared, y pronto todo el edificio se vendría abajo. Ahora mismo ya estaba tambaleándose. ¿Pero dónde estaba la piedra angular? ¿Cómo llegar a ella? ¿Cómo sacarla y convertir ese odio en un montón de ruinas? Hattie miró a su marido, hundido en el silencio. No entendía qué pasaba, pero conocía a su marido, conocía su vida, y de pronto comprendió que él, Willie, era la piedra angular. Comprendió que sin él todo caería en pedazos. -Señor... -Hattie dio un paso adelante. No sabía cómo empezar. La multitud le clavó los ojos en la espalda. Sintió esas miradas-. Señor... El hombre se volvió hacia Hattie con una débil sonrisa. -Señor -dijo Hattie-, ¿conoce usted Knockwood Hill en Greenwater, Alabama? El viejo le habló por encima del hombro a alguien que estaba dentro de la nave. Un momento después le alcanzaban un mapa fotográfico. El hombre esperó. -¿Conoce el viejo roble en la cima de la colina, señor? El viejo roble. El sitio donde habían baleado al padre de Willie, donde lo habían colgado. El sitio donde lo habían descubierto, balanceado por el viento del alba. -Sí. -¿Todavía está? -preguntó Hattie. -No -dijo el viejo-. Saltó en pedazos. Toda la colina ha desaparecido, y el árbol también. ¿Ve? -Señaló el lugar en el mapa. -Déjeme ver -dijo Willie adelantándose y mirando la fotografía. Hattie parpadeó ante el hombre blanco. El corazón se le salía del pecho. -Hábleme de Greenwater -dijo rápidamente. -¿Qué quiere saber? -El doctor Phillips, ¿vive todavía? Pasó un momento. Encontraron la información en una máquina tintineante, en el interior del cohete... -Muerto en la guerra. -¿Y su hijo? -Muerto. -¿Qué pasó con la casa? -Se incendió. Como todas las casas. -¿Y qué pasó con aquel otro viejo árbol de Knockwood Hill? -Todos los árboles murieron. -¿Aquel árbol también? ¿Está usted seguro? -preguntó Willie. -Sí. El cuerpo de Willie pareció aflojarse. -¿Y qué pasó con la casa del señor Burton, y el señor Burton? -No quedó en pie ninguna casa. Murieron todos los hombres. -¿Y la cabaña de la señora Johnson, mi madre? El sitio donde la habían matado. -Desapareció también. Todo desapareció. Aquí están las fotografías. Usted mismo puede verlo. Allí estaban las fotografías. Podía tenerlas en la mano, mirarlas, pensar en ellas. El cohete estaba lleno de fotografías y respuestas. Cualquier pueblo, cualquier edificio, cualquier sitio. Willie se quedó, allí, inmóvil, con la cuerda en las manos. Estaba recordando la Tierra, la Tierra verde y el pueblo verde donde había nacido y crecido. Y pensaba en ese pueblo, hecho pedazos, destruido, arruinado, y en todos sus lugares, en todos aquellos lugares relacionados con algún mal, y en todos sus hombres muertos, y en los establos, y las herrerías, y las tiendas de antigüedades, los cafés, las tabernas, los puentes, los árboles con sus ahorcados, las colinas sembradas de balas, los senderos, las vacas, las mimosas, y su propia casa, y las casas de columnas a orillas del río, esas tumbas blancas en donde mujeres delicadas como polillas revoloteaban a la luz del otoño, distantes, lejanas. Esas casas en donde los hombres fríos se balanceaban en sus mecedoras, con los vasos de alcohol en la mano, y los fusiles apoyados en las balaustradas del porche, mientras aspiraban el aire del otoño y meditaban en la muerte. Ya no estaban allí, ya nunca volverían. Sólo quedaba, de toda aquella civilización, un poco de papel picado esparcido por el suelo. Nada, nada que él, Willie, pudiese odiar... ni la cápsula vacía de una bala, ni una cuerda de cáñamo, ni un árbol, ni siquiera una colina. Nada sino unos desconocidos en un cohete, unos desconocidos que podían lustrarle los zapatos y viajar en los últimos asientos de los ómnibus o sentarse en las últimas filas de los cines oscuros. -No tienen por qué hacer eso -murmuró Willie Johnson. Su mujer le miró las manos. Los dedos de Willie estaban abriéndose. La cuerda cayó al suelo y se dobló sobre sí misma. Los hombres corrieron por las calles del pueblo y arrancaron los letreros tan rápidamente dibujados y borraron la pintura amarilla de los ómnibus, y cortaron los cordones que dividían los teatros, y descargaron los fusiles, y guardaron las cuerdas. -Un nuevo principio para todos -dijo Hattie, en el coche, al regresar. -Sí -dijo Willie al cabo de un rato-. El Señor ha salvado a algunos: unos pocos aquí y unos pocos allá. Y el futuro está ahora en nuestras manos. El tiempo de la tortura ha concluido. Seremos cualquier cosa, pero no tontos. Lo comprendí en seguida al oír a ese hombre. Comprendí que los blancos están ahora tan solos como lo estuvimos nosotros. No tienen casa y nosotros tampoco la teníamos. Somos iguales. Podemos empezar otra vez. Somos iguales. Willie detuvo el coche y se quedó sentado, inmóvil, mientras Hattie hacía salir a los chicos. Los chicos corrieron hacia el padre. -¿Has visto al hombre blanco? ¿Lo has visto? -gritaron. -Sí, señor -dijo Willie, sentado al volante, pasándose lentamente la mano por la cara-. Me parece que hoy he visto por primera vez al hombre blanco... Lo he visto de veras, claramente.

sábado, 17 de junio de 2017

El laberinto



EL LABERINTO
Rafael Pinedo
Argentina





I.

Salgo de El Refugio.


Cuarenta y siete pasos. Giro a la izquierda. Otros cuarenta y siete pasos. Otro giro a la izquierda.






Otra vez. Nuevo giro. Los últimos cuarenta y siete.


Vuelta. Esta vez los giros son a la derecha. Los pasos son los mismos: cuatro veces cuarenta y siete.


Todos los ángulos fueron rectos.


Todos los pasos fueron iguales.


Nunca llegué al mismo lugar.


II.

Hubo otros laberintos, un Dédalo, un Minotauro.

Este no es otro, este es El Laberinto.

Inevitablemente,

El Laberinto es siempre igual.

Siempre cambiante.


III.

Apenas lo crucé, el portal se cerró con un ruido sordo.

Reconozco el lugar, ya estuve, aunque ahora entré por otro lado.

Recorro nuevamente esa galería de jaulas con rótulos,

y extraños seres ocupándolas.

Me detengo frente a una vacía, que lleva mi nombre.

Releo el cartel con la descripción.

Una sombra me cae como una llovizna.

El texto cuenta todo lo que hice desde la última vez que lo leí.


IV.

El aire se iba tornando más denso.

Congoja. La presión había bajado, la tristeza y la temperatura aumentaban.

Estaba llorando. Su nariz moqueaba y goteaba. La cantidad de lágrimas no guardaba relación con su estado.

Transpiraba. Mucho.

Un ruido extraño lo sobresaltó: gotas sobre un hierro candente.

Eran sus lágrimas, su sudor, que deshacían, disolvían lo que tocaban. No podía retener los líquidos.

Cada vez lloraba más, sudaba más, meaba, cagaba.

Podrían ocurrir dos cosas: se deshidrataba o, mucho antes, el suelo se desintegraría bajo sus pies.

Y caería. Vaya a saber dónde.

Trató de agarrarse a la pared: se derretía al contacto de su mano mojada.

Retroceder no era posible. Comenzó a avanzar.

Corría. Todo se derrumbaba detrás suyo con un ruido ensordecedor.

Un trapecio delante, lejos, más cerca, cada vez más cerca.

Saltó, los brazos estirados hacia la barra. No se deshizo al tocarla.

Menos mal. Agotado, se sentó.

Todo se derrumbó a su alrededor.

La emisión de líquidos se detuvo.

Solo quedó él, sentado en la barra del trapecio, sintiéndose ridículo.


V.

Caen afiladísimas espadas. Son intolerables. Intolerables. Las esquiva.

Duda si abrir los ojos o lanzarse de cabeza por el agujero de la pared.

Se tira, sin saber que hay mas allá.

Más allá no hay nada, salvo esas luces desesperantes, desesperadas, que más que iluminar, queman.

Tienen una regularidad que hace fácil eludirlas.

Esta vez no hay agujero en la pared.


VI.

No se lucha con El Laberinto

Solo se sobrevive


VII.

Por la escalera llegó a una oficina. Entró y caminó tranquilo hasta su escritorio de siempre.

Se sentó frente a los papeles y aceptó un café. Sumó en su máquina.

Todo era muy simple. No recordaba haber hecho nunca otra cosa.

Un par de horas después volvió el dolor de la espalda.

Recordó el consejo del médico: caminar cinco minutos cada hora, aunque sea dentro de la oficina.

Se levantó, doblándose un poco hacia atrás con las manos en la cintura.

Deambuló lentamente. Sus compañeros ya estaban acostumbrados.

Se acercó a la ventana. Miró el cielo, límpido, y luego hacia abajo.

No encontró la calle tranquila de siempre: había un charco lleno de formas gelatinosas que se movían.

Recordó. El Laberinto puede tomar cualquier forma.

Abrió la ventana y saltó con asco: era la única salida.


VIII.

Se incorporó instintivamente, sintiendo una mirada.

De pronto la vio. Dudó. Era ella, otra vez.

Estaba igual, apenas cubierta por un taparrabos. Un cuchillo colgaba de su cintura.

Inmóvil y sorprendida, no dio señales de reconocerlo.

La presencia humana en El Laberinto era desconcertante.

Una mujer.

No pudo emitir sonido alguno, la garganta como llena de arena seca y caliente.

Ella podría no escuchar ni reconocer palabras.

Podría ser un animal, bello pero salvaje.

Se quedó quieto.

Un leve movimiento y ella saltó lejos. Huyó.

Gritó. Aceleró su carrera.

Corrió detrás. Era mas rápido, no más joven, pero más rápido.

El recinto era rectangular, desnudo, sin salida.

Necesitaba agarrarla.

Ella iba, vertiginosa, hacia la pared lisa. Él se acercaba.

Ella llegó al borde. Saltó con los pies para adelante. Desapareció.

Por más que buscó no descubrió ninguna marca en la pared.


IX.

Tocó un portón más alto que él. Al apoyarse, este cedió y se abrió.

Una ovación. Encandilado cerró los ojos. Intentó ver.

Un círculo de tierra, grande. Tribunas con figuras difusas, algunas vagamente humanas.

Algo parecido a una mesa viene hacia él. Con un frasco. Silencio.

Latido en un párpado. Al girar la cabeza siente los músculos como de cuero. La boca seca. Las rodillas quieren temblar.

Le tiran objetos. Levanta el frasco. Nuevo silencio.

Se queda quieto. Un grito, dos, muchos. Vuelven a caer cosas. Algo como una lanza.

No tiene otra alternativa. Bebe del frasco.

Se le nubla la vista. Asco. Arcadas. Quema. No quiere morirse.

En el otro lado de la arena una figura hace lo mismo.

Un calor le sube. El terror vira hacia otra cosa, no sabe qué.

Pierde la conciencia, no cae.


Está tirado a un costado del círculo. Los espectadores se retiran.

Sucio. Le cuesta enfocar la vista. Alrededor hay manchas, objetos que parecen armas.

La figura del otro lado no está. No sabe dónde pueda estar.

Mira su cuerpo, sus manos chorreantes, los restos en las uñas. Comprende.

Se queda solo.

Llorando. Llorando por lo que hizo.


X.

Cualquier ser o cosa que esté dentro de El Laberinto le pertenece

Forma parte de Él

Pero no le importa


XI.

Se escuchaba ruido de agua.

Trepó por el túnel, buscando la luz que allá se vislumbraba.

Asomó primero el sombrero. No pasó nada. El aire olía bien.

Sacó una mano, la cabeza, miró alrededor.

El lugar se parecía mucho a un patio andaluz. Al salir quedó sentado en un reborde en el centro de una fuente. Con peces rojos.

Había visto suficiente Laberinto como para no creer en la imagen.

Se acuclilló en el borde, para ver mejor.

Lo que veía era muy bello,

Ya sabía, sin embargo, desconfiar.

Todo estaba muy, muy quieto. Todo era muy, muy bello.

Ni una mota de polvo en el piso.

No puso el pie en el agua, ni siquiera estaba seguro que lo fuera.

La fuente era lo suficientemente angosta como para salvarla de un tranco.

Juntó coraje y dio el paso que lo separaba del borde. No pasó nada.

Miró atentamente el diseño del suelo. Era muy antiguo, mudéjar, perfecto. El vértigo de la simetría.

Con cuidado apoyó su bota fuera de la fuente.

Algo crujió, como si hubiera pisado una alfombra de cucarachas.

Retiró el pie a toda velocidad.

Lo que había quedado bajo su suela estaba aplastado, segregaba un líquido blancuzco, y ya las baldosas de alrededor se habían desplazado, deglutiendo a las rotas.

Se había reacomodado, quedando todo como antes.

De su morral sacó un resto de carne, lo dejó caer.

Nuevo movimiento abajo. La carne desapareció.

Imposible salir por ahí.

Volvió al agujero por donde había entrado. Estaba anegado.

Tampoco por ese lado.

Se sentó.

Era improbable que hubiera otro peligro. No sabía por qué, pero raramente había más de un elemento de riesgo en cada espacio. Como si se anularan unos a otros.

O hubieran sido puestos con un propósito. O como si El Laberinto probara a sus criaturas con una cosa por vez.

Corría el riesgo de morir de inanición.

Pensó. Pensó mucho.

Las baldosas no cubrían la fuente.

Decidió probar el agua.

Introdujo un dedo con cuidado. No sintió nada.

Dejó caer una gota fuera.

Como si fuera ácido, se levantó un vaho.

El suelo tardó casi un minuto en volverse a cerrar.

Hizo cálculos. El lugar no era grande, pero solo tenía su sombrero para cargar líquido.

Lo llenó. Por los orificios salían chorros finos y constantes.

Salió abriendo un fétido y asqueroso camino.


XII.

El paraje era agradable, y no había peligros a la vista. La luz era suave.

Un prado con rocas de tonos pardos y ocres.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Relajado.

A su izquierda estaba el pasillo por el que había llegado. Podía ver cualquier cosa que apareciera por ese lado.

Disfrutaba el momento. Casi. Una sensación se le escapaba.

Una brisa lo acarició como una mano cálida.

Nunca había sentido viento en El Laberinto.

Su cuerpo pidió movimiento: caminó hacia las rocas. Trepó sigilosamente.

Todo parecía muerto.

Llegó al tope. Miró del otro lado: montones de huesos, calcinados.

El aire se calentó un poco más. Un poco más. Más.

Salió rápidamente.


XIII.

Siempre hubo El Laberinto

Su tiempo tiene que ver con otro tiempo

Con el tiempo de El Laberinto


XIV.

No vio el pozo. Cayó. Mucho tiempo. Vacío e incertidumbre. Lo inefable.

El final fue suave. Amortiguado por algo como un colchón con la consistencia del barro blando.

Oscuridad. Se quedó quieto, acostumbrando la vista.

Empezó a sentir un hormigueo suave que le subía desde las manos y los pies.

La cosquilla avanzó por sus miembros, llegó a la nuca, a la cabeza.

Se tocó el pecho. Estaba cubierto de insectos, moscas, que crujían y se rompían al apretarlas.

Avanzaron sobre él. Quiso gritar. No pudo. Lo paralizó el miedo de abrir la boca y que se le llenara de bichos.

Era una horrible manera de morir...

Sus sentidos se detuvieron.

Sin saber cuánto tiempo había pasado volvió a recuperar sus percepciones. Se sentía relajado y fresco. Percibió una tenue claridad.

De pronto recordó. Saltó. Asqueado. Nada sobre su cuerpo.

El piso y las paredes: lisos y limpios. Salir. Pronto.

Inspeccionó. Unas hendiduras en un lado servían para subir.

Escaló. Se sentía extraño, muy extraño.

La idea de que los insectos estuvieran en su interior casi lo hizo caer.

Llegó al borde. Salió. Se sentía bien. Su cuerpo parecía prestado. Era agradable.

Lo descubrió al rato, cuando tuvo ganas de hacer pis.

No le había quedado ni un rastro, ni una sombra de pelo.


XV.

Me levanto y me acerco lentamente al teclado.

Mi excitación crece, desde la base del cerebelo a los dedos.

Golpeo, cada vez más, cada vez más, más rápido, furiosamente.

Vértigo. Hay un abismo bajo mis manos que pegan, solas, a toda velocidad.

Ya no hago otra cosa que tratar de controlar el rebote de mis dedos.

Las teclas saltan. Como balas se disparan hacia mi cara.

No sé cuánto más voy a poder esquivarlas.


XVI.

En El Laberinto existen límites

Dos

Uno es la muerte

El otro es matemático


XVII.

Una especie de tobogán. Menos mal, las caídas en el vacío dan pánico.

Se deslizaba rápido.

Aterrizó violentamente sobre una plataforma que, a su contacto, comenzó a subir a toda velocidad, causándole un vacío en el estómago.

El vértigo lo hizo vomitar.

No sabe cuántas veces se repitieron las subidas y bajadas. En un momento se detuvieron y pudo seguir.


XVIII.

Durmió profundo y relajado, como hacía mucho que no podía hacerlo.

Soñó, y supo que estaba soñando.

Un húmedo recorrido desde la ingle hasta el sexo comenzó a crecer.

Un dolor al revés.

Era un juego, del que él solo participaba sintiendo placer.

Era un muñeco que devolvía goce y gemidos.

Se frotaba entre sus piernas. Lo apretaba, lo lamía, se detenía; para recomenzar.

Lo recorría, cada milímetro. La cabeza se le llenó de colores, de temperaturas, de tormentas.

Subía desde la entrepierna hasta la ingle un río de lava, que llegaba a la lengua.

El orgasmo fue violento. Eterno.

Quedó relajado. Satisfecho.

Supo que no estaba dormido, que había sido completa y totalmente real.

Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados. Negándose a abrirlos.

Le aterraba ver qué cosa estaba entre sus piernas.


XIX.

El Laberinto es silencioso. Pero no tan silencioso.

Un murmullo.

Un ruido sordo, rítmico, la marcha de muchos pies.

El sudor le corrió por la espalda.

Un redoblar golpeó directamente en sus tripas.

Ahí estaban. Doblando desde la izquierda. Una masa compacta de guerreros ocupando todo el ancho del corredor.

Con paso lento y regular, casi idénticos unos a otros en su aspecto simiesco y furioso.

Sin rasgos, las caras medio cubiertas por bronces oscuros.

Marchaban. Ordenados, regulares, macizos, sincronizados, los cuerpos inmóviles.

Los enormes pectorales protegidos por algo parecido al cuero, cruzados con cintos y cuchillos.

Unos llevaban una gigantesca maza, el as de bastos de la baraja española, otros una especie de fusil de punta afilada.

La legión llenaba la galería de lado a lado. Detrás el abismo del ascensor.

Avanzaban indiferentes a todo.

Sacó el cuchillo y se paró, dispuesto a morir aplastado, perforado.

El sudor no lo dejaba ver. Un latido en la garganta.

Se acercaban. Eran multitud.

Avanzaban con precisión de máquina.

Faltaban cinco pasos. Tres. Su decisión de pelear desapareció. Cerró los ojos.

No sintió nada.

Se abrieron para rodearlo. Como si no ocuparan todo el ancho del corredor. No lo tocaron. Avanzaron. Eran miles, millones.

Cuando los últimos pasaron pudo ver como se arrojaban, sin vacilar, por el hueco del ascensor.

Se dejó caer en el suelo. Jadeando.


XX.

No se sabe, ni se puede saber si El Laberinto siente

No hay forma de averiguar si tiene conciencia de las criaturas que sobreviven en su interior


XXI.

Otra vez las luces. Otra vez.

No sabe cómo aparecieron, pero debe evitarlas.

Duelen al tocarlas.

Ahora se mueven más despacio.

Es posible avanzar entre los círculos que se reflejan en el suelo.

Con prudencia, sin rozarlos. No gritar, hablar, ni gemir. La voz humana las enloquece.

Camina, como entre desconocidos. Sabe que si lo tocan muere.


XXII.

Allí estaba. Lleno de cajoncitos labrados, con una pequeña manija de bronce cada uno.

Alrededor no había nada.

No podía ser.

Cuando se acercó se encendió una fuerte luz cenital.

Sonó un tic-tac.

No podía ser.

No podía ser una salida.

No hay nada fortuito ni que pueda evitarse.

El tic-tac se aceleró. Tenía poco tiempo.

Abrió cajoncitos desesperadamente.

Estaban vacíos, o tenían pequeños objetos. Algunos absurdos, otros incomprensibles.

No sabía qué buscaba, ni cómo iba reconocerlo cuando lo encontrara.

Podía necesitar más de uno, o ninguno.

Estaba seguro que no encontrarlo sería terrible.

Mientras hurgaba pudo ver una puerta que no había percibido antes.

Imaginó una llave. Temió haberla dejado pasar.

El tic-tac: el plazo se acortaba.

Un cajón no se abrió, forcejeó.

Corrió a la puerta.

La empujó con el hombro y la abrió. Salió. Cerró de un portazo.

Se escuchó un estrépito de destrucción.

Suspiró aliviado: a veces los lugares de El Laberinto tienen lógica, a veces no.


XXIII.

Al frente un jardín. Parecía diseñado para él: ni salvaje, ni muy cuidado.

Plantas silvestres, rosales, caléndulas, hortensias. Todo en flor.

Insectos, sonido de pájaros, un cielo completamente azul.

Colibríes, dos, tres.

No avanzó, pero no pudo evitar la sonrisa que le aleteaba en la boca.

Se quedó en la entrada un largo rato, mirando, disfrutando.

Se quedó ahí hasta que entró esa cosa y empezó por comerse a los picaflores...


XXIV.

El Laberinto está vivo

Tiene una vida diferente a la que ningún ser vivo puede imaginar

Pero respira


XXV.

No podía creerlo: un río con una pequeña cascada.

Agua. Azul, rosa, verde.

En un rincón retozaban unas criaturas pequeñas y peludas.

No había peligro. O sí.

Tomó de su bolsa un pedazo de carne y lo puso bajo el agua: no se deshizo.

Era agua.

Definitivamente todo era inocuo. Se metió.

Estar fresco, estar limpio.

Repentinamente entró en pánico.

No era la primera vez. Los ataques se anunciaban...

pero no esta vez. Fue de golpe. En su cabeza se cambió una orden por otra: enloquecer.

Era polvo. Polvo solo y consciente.

Perdido entre arena, plantas e insectos.

Veía un tumor cerebral que crecía, una ventana opaca, un animal indescriptible.

Buscó un tren, una puerta.

Buscó los genes suicidas que lo movían.

No los encontró. Estaban ahí. Una cascada del tiempo. Un sol que se está apagando.

Lo insoportable, como siempre, era el dolor.


XXVI.

Comenzó a deslizarse. Las manos se le estaban por despellejar cuando la soga, por milagro, se llenó de nudos, que no lo dejaban resbalar.

Frenaba su ritmo, pero todo parecía estar tranquilo. Siguió bajando.

La iluminación empezó a atenuarse. Con la luz se fue la noción del tiempo.

Era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados. Lo peor era el silencio.

De tanto en tanto un ligero cambio de temperatura generaba una esperanza, pero nada modificaba la textura.

Sus pies se apoyaron. El piso cedía con el peso de su cuerpo, pero no lo dejaba hundirse.

Se agachó, colocó los dedos sobre la superficie que lo sostenía. Se aterró.

Estaba tibio. Latía.


XXVII.

El Laberinto se autojustifica,

se autoalimenta.

Existe


XXVIII.

De nuevo esa tibieza, ese placer indefinible, lo cubrió lentamente.

Por un segundo no pudo respirar. Pasó pronto.

Se aflojó, se dejó invadir por las caricias. No había manos sobre su cuerpo, sí dentro de su cabeza.

La ternura era infinita.

Su cuerpo se ablandó. Se entregó.

No sufrir, no temer, no dudar.

Los recuerdos. Solo volvían aquí. Solo aquí.

Hubo una vida anterior a El Laberinto.

La emoción es un lujo de los libres.

Es un animal que camina por adentro, que se detiene en cada orificio donde pasa el exterior, donde duele.

La primera lágrima, al recorrer su cara lo hizo pensar.

Abrió la puerta y salió, rápido.


XXIX.


Era una habitación inmensa y blanca, totalmente vacía.

La luz, como siempre, venía de algún lugar indefinible.

Las paredes desnudas resaltaban algo escrito en el lado opuesto. El tamaño del recinto era tal que tuve que caminar para alcanzar a leer lo que decía.

Era solo una frase. Una sola.

Un nudo me nació en las tripas y terminó mordiendo mi garganta.

Odié al que escribió eso, al que pudo hacerlo.

Supe, definitivamente, que nunca iba a ser capaz de decir algo así.


XXX.

Hay una sola salida a El Laberinto:

Aceptar vivir en él.


XXXI.

Ahora una selva. Detrás de unas matas se oían ruidos. Algo pasó disparado rozando su cabeza.

Corrió, lo perseguían de cerca.

Buscó una salida. No encontró.

Giró, y el pasillo terminó abruptamente, solo se abría una puerta en un costado. Detrás estaba oscuro.

No había tiempo. Entró.

Casi no se veía. A unos metros de la entrada, en el piso, ardía una vela.

Salvado.

Fue rápido, se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas, dejando que su vista y su mente se fijaran en la llama.

Entró la horda, gritando, aullando.

Trataron de alcanzarlo desde todos lados: no lo consiguieron.

"La llama es un mundo para el solitario" ()


XXXII.

Su corazón era un trueno entre las costillas.

Llegó a un borde. Enfrente nada.

Miró hacia abajo: no se veía el fondo.

La pared era lisa y vertical.

Sin salida.

Trató de recordar si alguna vez estuvo fuera de El Laberinto.

No saltó.


XXXIII.

Los habitantes de El Laberinto solo llegan.

A veces no mueren


XXXIV.

La vi. Completamente diferente.

Pero era la entrada a El Refugio.

Paso a paso avancé. Recordando. Nada era igual.

Pero el pozo estaba, lo salté.

Me agaché en el momento preciso. Esquivé el fuego.

Evité, una a una, todas las amenazas.

Despacio. Despacio. Todo está. Nada es igual.

La clave seguía activa, porque la puerta se abrió.

El Refugio.

Miré, masticando cada objeto con los ojos.

Un pedazo de tela, Un muñeco sin un brazo.

Un mango de cuchillo. Un hueso amarronado.

Y la foto. La prueba de que existe algo afuera.

No ablandarse. Había trabajo para hacer.

Revisé: las alarmas, las trampas, el depósito.

Todo intacto.

Comida. Para mucho tiempo.

Abrigo. Confianza. Hasta libros.

Dormí. Me desperté. Comí.

Volví a dormir, a comer, a despertarme.

Y así, hasta olvidar el hambre, el sueño, el cansancio.

Cerca de la puerta estaban el morral, el cuchillo, el sombrero.

Salí.

Caminé sin contar los pasos.

El Laberinto sabía. Yo también.