miércoles, 18 de abril de 2018

Si me olvido de ti, oh Tierra

Si me olvido de ti, oh Tierra…

[Cuento - Texto completo.]
Arthur C. Clarke

Cuando Marvin tenía diez años, su padre lo condujo por los largos y resonantes corredores que subían a través de Administración y Fuerza, hasta que al fin llegaron a los niveles superiores y se encontraron entre la vegetación de las Tierras de Labrantío, que crecía rápidamente. A Marvin le gustaba observar las grandes y esbeltas plantas que ascendían con impaciencia casi visible hacia la luz del sol que se filtraba a través de las cúpulas de plástico para salir a su encuentro. Flotaba en todas partes un olor a vida, despertando anhelos indecibles en su corazón; ya no respiraba el aire seco y fresco de los niveles residenciales, donde solo se percibía un débil olor a ozono. Quiso quedarse un rato allí, pero su padre no se lo permitió. Siguieron adelante hasta llegar a la entrada del Observatorio, que Marvin nunca había visitado. Pero no se detuvieron, y el chico comprendió, con creciente excitación, que solo quedaba un objetivo. Por primera vez en su vida, saldría al Exterior.
En la gran cámara de servicio había una docena de vehículos de superficie, con anchos neumáticos y cabinas presurizadas. Sin duda estaban esperando a su padre, pues los condujeron inmediatamente al pequeño coche todoterreno que esperaba junto a la gran puerta circular de la cámara estanca. Tenso de expectación, Marvin se acomodó en la pequeña cabina mientras su padre ponía el motor en marcha y comprobaba los controles. Se abrió la puerta interior de la cámara y luego se cerró tras ellos; el muchacho oyó desvanecerse lentamente el zumbido de las grandes bombas de aire al bajar a cero la presión. Entonces se encendió la señal de «Vacío», se abrió la puerta exterior y, delante de Marvin, se extendió un terreno en el que nunca había estado.
Lo había visto en fotografías, desde luego, y lo había observado cien veces en las pantallas de televisión. Pero ahora estaba a todo su alrededor, ardiente bajo los fuertes rayos del sol que se deslizaba despacio en un cielo negro como el azabache. Miró hacia el oeste, resguardándose de aquella luz cegadora, y allí estaban las estrellas, como le habían dicho y él no había creído del todo. Las contempló durante mucho rato, maravillándose de que algo pudiese ser tan brillante y al mismo tiempo tan pequeño. Eran unos puntos de luz intensa y fija, y de pronto recordó unos versos que había leído una vez en uno de los libros de su padre:
Centellea, centellea, estrellita.
Siempre me pregunto qué serás.
Bueno, él sabía lo que eran las estrellas. La persona que se había planteado aquella pregunta debía de ser muy tonta. ¿Y qué quería decir con «centellea»? Se podía ver inmediatamente que todas las estrellas brillaban con la misma luz fija, no centelleante. Entonces se desentendió del problema y dirigió su atención al paisaje que lo rodeaba.
Estaban rodando en una llanura a casi ciento cincuenta kilómetros por hora; los gruesos neumáticos levantaban nubéculas de polvo detrás de ellos. No había señales de la Colonia: en los pocos minutos en que él había estado mirando las estrellas, las cúpulas y torres de radio se habían ocultado detrás del horizonte. Sin embargo, había otros indicios de la presencia del hombre, pues a eso de un kilómetro delante de ellos pudo ver unas estructuras de formas curiosas arracimadas alrededor de la boca de una mina. De vez en cuando salía una nube de vapor de una chimenea baja y se dispersaba al momento.
Dejaron la mina atrás en un instante: padre conducía con una habilidad desenfrenada, como si se tratase de escapar de algo (era extraño que la mente de un niño concibiese semejante idea). En pocos minutos llegaron al borde de la meseta en la que había sido construida la Colonia.
El suelo descendía bruscamente a sus pies, en una vertiente vertiginosa cuyos trechos más bajos se perdían en la sombra. Al frente, hasta donde podía alcanzar la vista, había un heterogéneo desierto de cráteres, cadenas montañosas y quebradas. Las crestas de las montañas, al recibir la luz del sol próximo al ocaso, ardían como islas de fuego en un mar de oscuridad; y, sobre ellos, las estrellas seguían brillando como antes.
No podían seguir adelante… Pero sí que podían. Marvin cerró los puños al pasar el coche sobre el borde de la pendiente e iniciar el largo descenso. Entonces vio el rastro casi invisible en la falda de la montaña y se tranquilizó un poco. Por lo visto, otros hombres habían pasado antes por allí.
De pronto se hizo de noche cuando cruzaron la línea de sombra, y el sol se ocultó detrás de la meseta. Se encendieron los faros gemelos, proyectando franjas blancoazuladas en la piedra que tenían delante, de manera que apenas era necesario reducir la velocidad. Durante horas rodaron a través de valles y más allá de los pies de montañas cuyos picos parecían tocar las estrellas, y a veces salían momentáneamente a la luz del sol al subir a tierras más altas.
A la derecha, se extendía una llanura rugosa y polvorienta y, a la izquierda, con sus murallas y terrazas elevándose kilómetro tras kilómetro en el cielo, había una cadena de montañas que se desparramaba a lo lejos, hasta que sus picachos se perdían de vista detrás del borde del mundo. No había señales de que el hombre hubiese explorado este terreno, pero en una ocasión pasaron por delante del esqueleto de un cohete que se había estrellado, y a su lado había una lápida rematada por una cruz de metal.
A Marvin le pareció que las montañas se extendían hasta el infinito; pero al fin, muchas horas más tarde, la cordillera terminó en una imponente y escarpada punta de tierra que se elevaba en fuerte pendiente desde un racimo de pequeñas colinas. Cuando descendían a un valle profundo que describía un gran arco hacia el otro lado de las montañas, Marvin se dio cuenta poco a poco de que algo muy extraño sucedía en la tierra que tenían delante.
El sol estaba ahora detrás de los montes de la derecha: el valle que tenían delante hubiese debido estar envuelto en una oscuridad total. Sin embargo, estaba inundado por una irradiación blanca y fría que pasaba por encima de los riscos bajo los cuales circulaban. Entonces se encontraron de pronto en campo abierto, y la fuente de aquella luz apareció ante ellos en todo su esplendor.
Una vez parados los motores reinó un silencio total en la cabina. El único sonido era el débil susurro de la alimentación de oxígeno y alguna crepitación metálica ocasional, al irradiar calor las paredes exteriores del vehículo; no llegaba ningún calor desde la gran medialuna de plata que flotaba baja sobre el lejano horizonte e inundaba este terreno de una luz perlina. Brillaba tanto que pasaron varios minutos antes de que Marvin pudiese aceptar su desafío y mirarla fijamente; pero al fin pudo discernir siluetas de continentes, la brumosa frontera de la atmósfera y las blancas islas de nubes. E incluso a tanta distancia pudo percibir el resplandor del sol sobre el hielo polar.
Era un bello espectáculo que lo conmovió a través del abismo del espacio. Allí, en aquella medialuna, estaban todas las maravillas que nunca había conocido: los matices de los cielos al ponerse el sol, el gemido del mar sobre las costas pedregosas, el repiqueteo de la lluvia, la pausada bendición de la nieve. Estas y otras mil cosas hubiesen debido ser su legítima herencia, pero solo las conocía por los libros y los relatos antiguos, y esta idea le producía la angustia del exilio.
¿Por qué no podían volver allá? ¡Parecía todo tan tranquilo debajo de aquellas nubes en movimiento! Entonces, con los ojos ya no cegados por el resplandor, vio que la parte del disco que hubiese debido estar a oscuras brillaba débilmente con una fosforescencia maligna; y recordó. Estaba contemplando la pira funeraria de un mundo, la secuela radioactiva de Armagedón. A través de casi medio millón de kilómetros de espacio, todavía era visible el resplandor de los átomos moribundos, perenne recordatorio de un pasado ruinoso. Transcurrirían siglos antes de que aquel resplandor letal se extinguiese en las piedras y la vida pudiese volver a llenar aquel mundo vacío y silencioso.
Y ahora padre empezó a hablar, contando a Marvin la historia que hasta este momento no había significado para él más que los cuentos de hadas escuchados en su infancia. Había muchas cosas que no podía entender: le era imposible imaginarse el esplendoroso y multicolor estilo de vida en el planeta que nunca había visto. Tampoco podía comprender las fuerzas que lo habían destruido al fin, dejando a la Colonia como único superviviente, gracias a su aislamiento. Pero podía compartir la angustia de los días últimos, cuando la Colonia se había convencido al fin de que nunca volverían a llegar naves abastecedoras, entre las estrellas, trayendo regalos desde casa. Una a una, las emisoras de radio habían dejado de llamar; se habían ido extinguiendo en el globo en penumbra, y ellos habían quedado finalmente solos, más solos de lo que nunca había estado el hombre, con el futuro de la raza en sus manos.
Entonces habían seguido unos años de desesperación y la larga batalla por la supervivencia en este mundo terrible y hostil. Aquella batalla se había ganado, aunque a duras penas: este pequeño oasis de vida estaba a salvo de lo peor que podía hacer la Naturaleza. Pero a menos que hubiese una meta, un futuro para el que trabajar, la Colonia perdería la voluntad de vivir, y ni las máquinas, ni la habilidad, ni la ciencia, podrían salvarla.
Así comprendió Marvin, al fin, el objetivo de esta peregrinación. Nunca caminaría por la orilla de los ríos de aquel mundo perdido y legendario, ni oiría retumbar el trueno sobre sus montes suavemente redondeados. Sin embargo, un día, (¿cuándo?) los hijos de sus hijos volverían allí para reclamar su herencia. El viento y la lluvia limpiarían los venenos de las tierras quemadas y los llevarían al mar, en cuyas profundidades perderían su poder hasta que no pudiesen perjudicar a los seres vivientes. Las grandes naves que estaban todavía esperando aquí, en las silenciosas y polvorientas llanuras, se elevarían de nuevo en el espacio y pondrían rumbo a casa.
Este era el sueño, y Marvin, con un súbito destello de perspicacia, supo que un día lo transmitiría a su propio hijo aquí, en este mismo lugar, con las montañas a su espalda y recibiendo en su semblante aquella luz de plata de los cielos.
No miró atrás al empezar el viaje de regreso a casa. No podía soportar la angustia de ver el frío esplendor de la Tierra en medialuna extinguiéndose en las peñas que la rodeaban, mientras iba a reunirse con su pueblo en el largo exilio.
FIN

“If I Forget Thee, Oh Earth…”,
Future, 1951

Arthur C. Clarke



Los nueve mil millones de nombres de Dios

[Cuento - Texto completo.]Arthur C. Clarke


-Esta es una petición un tanto desacostumbrada -dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… ejem… establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme qué intentan hacer con ella?

-Con mucho gusto -contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la máquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.

-No acabo de comprender…

-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.

-Naturalmente.

-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.

-¿Qué quiere decir?

-Tenemos motivos para creer -continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.

-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?

-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.

-Oh -exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras máquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?

El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.

-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias. Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, solo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.

-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA… y han continuado hasta ZZZZZZZ…

-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio. Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar más de tres veces consecutivas.

-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.

-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.

-Estoy seguro de ello -dijo Wagner, apresuradamente-. Siga.

-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.

El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan, situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas naturales no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país, aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación, llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún límite a las locuras de la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El cliente siempre tenía razón…

-No hay duda -replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.

-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.

-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?

-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.

-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas -el doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa-. Hay otras dos cuestiones… -antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.

-Este es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.

-Gracias. Parece ser… hum… adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla… pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tienen ustedes?

-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios. Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias.

-Desde luego -admitió el doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.

*

La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.

Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamás. El “Proyecto Shangri-La”, como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías. Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las máquinas de escribir electromagnéticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.

George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que lo habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo…

-Escucha, George -dijo Chuck con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.

-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la máquina? -esta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos representaría un vínculo con su tierra.

-No, no es nada de eso -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.

-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.

-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca…

-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.

-…pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el último ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo… y entonces me lo explicó.

-Sigue; voy captando.

-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve mil millones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.

-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?

-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y… ¡listos!

-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo.

Chuck dejo escapar una risita nerviosa.

-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes qué ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:

“No se trata de nada tan trivial como eso”.

George estuvo pensando durante unos momentos.

-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.

-Sí… pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la trompeta final no suene (o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea), nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.

-Comprendo – dijo George lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas ha ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Luisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.

-Bueno, pero esto no es Luisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio, y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.

-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que -dijo Chuck pensativamente- siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.

-¿Estás loco? Eso empeoraría las cosas.

Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.

-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedaré y aceptaré lo que venga.

*

-Sigue sin gustarme -dijo, siete días más tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña los llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto cómo se lo va a tomar Sam.

-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que en realidad lo abandonábamos, pero que no le importó porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso… claro que, para él, ya no hay ningún después…

George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación? ¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?

Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes principiantes las sacaban de las máquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, pensó George, eran ya como para subirse por las paredes.

-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?

Ciertamente lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.

La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: solo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su última preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.

-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.

Chuck no contestó, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck: era un óvalo blanco vuelto hacia el cielo.

-Mira -susurró Chuck; George alzó la vista hacia el espacio. (Siempre hay una última vez para todo.)

Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.

FIN
The Nine Billion Names of God, 1953

jueves, 12 de abril de 2018

Por qué el pequeño francés lleva la mano en cabestrillo


Por qué el pequeño francés lleva la mano en cabestrillo


Claro que sí! Está en mi tarjeta de visita (y en papel satinado color rosa); cualquiera que desee puede leer en ellas las interesantes palabras: «Sir Patrick O’Grandison, Baronet, 39, Southampton Row, Rusell Square, Parroquia de Bloomsbury». Y si quisiera usted descubrir quién es el rey de la buena educación y el que da el último grito del buen tono en la ciudad de Londres… pues aquí lo tiene. No vaya a asombrarse (y mejor será que deje de pellizcarse la nariz), pues por cada pulgada de las seis vigilias afirmo que soy un caballero, y desde que salí de los pantanos irlandeses para convertirme en baronet, vuestro Patrick ha estado viviendo como un emperador, educándose y refinándose. ¡Caracoles, para sus ojos sería una bendición si se posaran un momento sobre Sir Patrick O’Grandison, Baronet, cuando se viste para ir a la ópera o va a subir a su coche para dar una vuelta por Hyde Park! A causa de mi elegante figura, todas las damas se enamoran de mí. ¿Va a negarme alguien que mido seis pies y tres pulgadas, con los calcetines puestos, y que soy perfectamente bien proporcionado? En cambio, el extranjero, el pequeño francés que vive frente a mi casa, mide apenas tres pies y un poquitín más. ¡Sí, el mismo que se pasa el día comiéndose con los ojos (¡para su mala suerte!) a la preciosa viuda Mistress Tracle, vecina mía (¡Dios la bendiga!) y excelente amiga y conocida! Habrá usted observado que el pequeño gusano anda un tanto alicaído y que lleva la mano izquierda en cabestrillo; bueno, precisamente me disponía a contarle por qué.
La verdad es muy sencilla, sí, señor; el mismísimo día en que llegué a Connaught y salí a ventilar mi apuesta figura a la calle, apenas me vio la viuda, que estaba asomada a la ventana, ¡zas, su corazón quedó instantáneamente prendado! Me di cuenta en seguida, como se imaginará, y juro ante Dios que es la santa verdad. Primero de todo vi que abría la ventana en un santiamén y que sacaba por ella unos ojazos abiertos de par en par, y después asomó un catalejo que la lindísima viuda se aplicó a un ojo, y que el diablo me cocine si ese ojo no habló tan claro como puede hacerlo un ojo de mujer, y me dijo: «¡Buenos días tenga usted, Sir Patrick O’Grandison, Baronet, encanto! ¡Vaya apuesto caballero! Sepa usted que mis garridos cuarenta años están desde ahora a sus órdenes, hermoso mío, siempre que le parezca bien.» Pero no era a mí a quien iban a ganar en gentileza y buenos modales, de manera que le hice una reverencia que le hubiera partido a usted el corazón de contemplarla, me quité el sombrero con un gran saludo y le guiñé dos veces los ojos, como para decirle: «Bien ha dicho usted, hermosa criatura, Mrs. Tracle, encanto mío, y que me ahogue ahora mismo en un pantano si Sir Patrick O’Grandison, Baronet, no descarga una tonelada de amor a los pies de su alteza en menos tiempo del que toma cantar una tonada de Londonderry».
A la mañana siguiente, cuando estaba pensando si no sería de buena educación mandar una cartita amorosa a la viuda, apareció mi criado con una elegante tarjeta y me dijo que el nombre escrito en ella (porque yo nunca he podido leer nada impreso a causa de ser zurdo) era el de un Mosiú, el conde Augusto Luquesi, maître de danse (si es que todo esto quiere decir algo), y que el dueño de esa endiablada jerigonza era el pequeño francés que vive enfrente de casa.
En seguida apareció el pequeño demonio en persona, me hizo un complicado saludo, diciendo que se había tomado la libertad de honrarme con su visita, y siguió charlando y charlando largo rato, y maldito si le comprendía una sola palabra, salvo cuando repetía, y me soltaba una carretada de mentiras, entre las cuales (¡mala suerte para él!) que estaba loco de amor por mi viuda Mrs. Tracle y que mi viuda Mrs. Tracle estaba enamoradísima de él.
Cuando escuché esto, ya puede suponerse usted que me puse más rabioso que un leopardo, pero me acordé que era Sir Patrick O’Grandison, Baronet, y que no estaba bien que la cólera pudiera más que la buena educación, de manera que disimulé la rabia y me conduje con mucha gentileza, y al cabo de un rato, ¿qué piensa usted que el pequeño demonio me propone? Pues me propone visitar juntos a la viuda, agregando que tendría el placer de presentarme.
«¿Conque ésas tenemos?», me dije. «Patrick, hijo mío, eres el hombre más afortunado de la tierra. Muy pronto veremos si Mistress Tracle está enamorada de este Mosiú Metré Dedans o de mi apuesta persona.»
Así fue como llegamos en un santiamén a casa de la viuda, y bien puede creerme si le digo que era una casa muy elegante. Había una alfombra en el piso, y en un rincón un piano y un arpa, y el diablo sabe cuántas cosas más, y en otro rincón había un sofá que era la cosa más bonita de toda la naturaleza, y sentada en el sofá estaba nada menos que ese preciosísimo ángel, Mistress Tracle.
—¡Buenos días tenga usted, Mrs. Tracle! —le dije, a tiempo le hacía una reverencia tan elegante que usted se hubiera quedado con la lengua afuera.
—Woully woo, parley woo —dijo el pequeño forastero francés—. Mrs. Tracle —agregó—, este caballero es su reverencia Sir Patrick O’Grandison, Baronet, el mejor y más íntimo amigo que tengo en el mundo.
Entonces la viuda se levantó del sofá, nos hizo el saludo más bonito que se ha visto nunca y volvió a sentarse. ¿Querrá usted creerlo? En ese mismo momento el condenado Mosiú Metré Dedans se instaló tranquilamente en el sofá, a la derecha de la viuda. ¡Que el diablo se lo lleve! Por un momento creí que los ojos se me iban a salir de la cara, tan furibundo estaba. Pero pensé: «¿Conque ésas tenemos? ¿Conque así nos portamos, Mosiú Metré Dedans?» Y al mismo tiempo me instalé a la izquierda de su alteza, a fin de estar a la par con el miserable. ¡Condenación! Usted se hubiera sentido feliz de presenciar la doble guiñada que le hice a la viuda en plena cara, con un ojo después del otro.
El pequeño francés no sospechaba nada, y con todo atrevimiento se puso a cortejar a su alteza.
—Woully wou —le decía—. Parley wou —agregaba.
«Todo esto no te servirá de nada, Mosiú Rana, bonito mío», pensaba yo, y entonces me puse a hablar en voz muy alta y continuamente, hasta atraer la atención de su alteza gracias a la elegante conversación que mantenía con ella sobre mis queridos pantanos de Connaught. Y una que otra vez me dedicaba su preciosísima sonrisa, abriendo la boca de oreja a oreja, con lo cual yo me sentía más osado que un cerdo, y por fin le atrapé la punta del dedo meñique de la manera más delicada que se pueda imaginar en toda la naturaleza, al mismo tiempo que la miraba con los ojos en blanco.
No tardé en percatarme de lo inteligente que era aquel hermoso ángel, pues apenas observó que quería estrecharle la mano la retiró en un santiamén y se la puso a la espalda, como si me dijera: «Ahí tienes, Sir Patrick O’Grandison, te ofrezco una oportunidad mejor, bonito mío, pues no es muy gentil que me tomes la mano y me la aprietes en presencia de este pequeño forastero francés, Mosiú Metré Dedans».
Entonces le guiñé a fondo el ojo, como para decirle: «No hay como Sir Patrick para esta clase de triquiñuelas», me puse en seguida a la tarea, y usted se hubiera muerto de risa de haber visto la forma tan astuta con que deslicé el brazo derecho entre el respaldo del sofá y la espalda de su alteza, hasta encontrar, como es natural, su preciosa manecita, que parecía esperarme y decirme: «Buenos días tenga usted, Sir Patrick O’Grandison, Baronet». Y yo no hubiera sido quien soy si no le hubiera dado un apretón muy suave, el más gentil del mundo, para no hacer daño a su alteza, ¿verdad? Pero entonces, ¡condenación!, ¿qué diría usted al saber que a cambio de mi apretón recibí otro, el más delicado y gentil de todos los apretones? «Sangre y truenos, Sir Patrick, querido mío —pensé para mis adentros—, ¡cómo se ve que eres el hijo de tu madre, y nadie más que él, y que nunca se vio hombre más elegante y afortunado desde que dejaste los pantanos y saliste de Connaught!»
Y sin perder tiempo apreté con más fuerza la manita, y por mi alma que el apretón que me dio a su vez su alteza era también mucho más fuerte. Pero en ese momento a usted se le hubieran roto una a una las costillas de reírse si hubiese visto cómo se comportaba Mosiú Metré Dedans. Nunca se vio semejante parloteo, sonrisas estúpidas, parley wou y todo lo que dedicaba a su alteza. ¡Nunca se vio algo así en la tierra! Y que el diablo me queme si no lo vi con mis propios ojos cuando el condenado se permitía guiñarle uno de los suyos a mi ángel… ¡Condenación! ¡Si no me puse más furioso que un gato de Kilkenny, quisiera que me lo dijesen!
—Permítame informarle, Mosiú Metré Dedans —le dije con la mayor educación—, que no es nada gentil, aparte de que a usted no le queda nada bien estar mirando a su alteza de manera tan descarada.
Y al mismo tiempo apreté la mano de la viuda como para decirle: «¿No es verdad que Sir Patrick la protegerá a usted ahora, joya mía, encanto?»
Y como respuesta recibí otro buen apretón de ella, con el cual quería decirme muy claramente: «Verdad es, Sir Patrick, encanto mío; es usted el más cumplido de los caballeros de este mundo». Y al mismo tiempo la vi abrir sus preciosísimos ojos de manera tal que creí que se le saldrían instantáneamente y por completo de la cara, mientras miraba furiosa como un gato a Mosiú Rana y después me miraba a mí sonriéndose como un ángel.
—¿Cómo? —dijo entonces el miserable—. ¡Cómo! Woully wou, parley wou.
Y al mismo tiempo se encogió tanto de hombros que pensé que iba a quedarle el faldón de la camisa al aire haciendo simultáneamente una mueca despectiva con su condenada boca. Y ésa fue la única explicación que conseguí de él.
Créame usted, el que se puso furibundo en aquel momento fue Sir Patrick, y mucho más al darme cuenta de que el francés insistía con sus guiñadas a la viuda, mientras la viuda seguía apretándome muy fuerte la mano, como si me dijera: «¡No se deje intimidar, Sir Patrick O’Grandison, bonito mío!». Por lo cual solté un terrible juramento, mientras decía:
—¡Maldita rana insignificante, condenado gusano impertinente!
¿Creerá usted lo que hizo entonces su alteza? Dio un salto en el sofá como si acabaran de morderla y corrió a la puerta, mientras yo la miraba muy asombrado y estupefacto y la seguía en su carrera con mis dos ojos. Se dará usted cuenta de que yo tenía mis razones para saber que mi ángel no podía salir del salón aunque quisiera, puesto que tenía su mano en la mía, y que el diablo me queme si pensaba soltarla. Por eso le dije:
—¿No está usted olvidando un poquitín que le pertenece, su alteza? ¡Vuelva usted, encanto mío, que pueda yo devolverle su manita!
Pero ella salió corriendo escaleras abajo sin escucharme, y entonces miré al pequeño forastero francés. ¡Condenación, que me cuelguen si su maldita mano, pequeña como era, no estaba perfectamente instalada dentro de la mía!
Y que vuelvan a colgarme si en ese momento no estuve a punto de morirme de risa al ver la cara del pobre diablo cuando se dio cuenta de que lo que había tenido todo el tiempo en la mano no era la de la viuda, sino la de Sir Patrick O’Grandison. ¡Ni el mismo demonio contempló nunca una cara tan larga como aquélla! En cuanto a Sir Patrick O’Grandison, Baronet, no es hombre de preocuparse por una equivocación tan insignificante. Baste con decir que antes de soltar la mano del condenado Mosiú (y esto sólo ocurrió después que el lacayo de la viuda nos hubo echado a puntapiés escaleras abajo) le di un apretón tan grande que se la dejé convertida en jalea de frambuesa.
—Woully wou —dijo él—. Parley wou—agregó—. ¡Maldición!
Y por eso es que ahora anda con la mano izquierda en cabestril

domingo, 1 de abril de 2018

Esa mujer... (¿mejor cuento del siglo XX?


ESA MUJER, de Rodolfo Walsh, el mejor cuento argentino del siglo XX

El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.

-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N…
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.
Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento… usted será el primero…
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

viernes, 16 de marzo de 2018

El padre Antonio Dal Masetto

El padre

Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. En realidad tengo la impresión de que nunca hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.
Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañía General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro de que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré de que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: “Para cuando venga Antonio”. Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. Mi padre dijo: “Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes”. No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: “Papá murió”.
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: “Qué hermoso era papá”. Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo.
Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañía, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.

sábado, 24 de febrero de 2018

Millás Tokio

Tokio, por Juan José Millás

Por: Por Juan José Millás/El Mañana - 25 marzo 2012

  

VATIOS DE CONSUMO. En el centro de Tokio. anuncios y escaparates -algunos. auténticas instalaciones artísticas- compiten por captar la atención del público.

Allí donde el deseo viaja en asépticos trenes de alta velocidad en busca de lolitas. y los neones impiden a las estrellas salir. allí donde parece que no queda sitio para nadie, se levanta la capital de un país de otro planeta.

El viaje físico comenzó en el vuelo Madrid - Londres; el mental, de carácter alucinatorio, en el de Londres-Tokio, donde el japonés que iba a mi lado cambiaba cada poco de edad.
Lo miro ahora y tiene treinta años, pero si lo vuelvo a mirar al cabo de quince o veinte minutos tiene sesenta y siete.
Sé lo digo en voz baja a Jordi Sodas, el compañero fotógrafo, que lee El elogio de la sombra en el asiento del pasillo contiguo al mío:
-Mira, este hombre es a veces viejo y a veces joven.

Sodas confirma mi apreciación, pero duda de que sea un hombre.
Me fijo bien y, en efecto, con la edad cambia a veces también de sexo.

Viajamos en ANA (All Nipon Airlines), una compañía de allí donde, en contra de todas las probabilidades estadísticas, nos atiende una azafata gallega, Ingrid, que se alegra mucho de vernos porque tiene un novio irlandés al que enseña castellano obligándole a leer.
Ingrid es una chica afilada y dulce que al acabar Económicas, y dado que no se podía financiar un máster en Madrid, se matriculó en un curso de aviación civil de tres meses, al cabo de los cuales se enteró de que había una vacante de azafata en esta compañía japonesa.
Como es una chica lista, aprobó a la primera, así que la enviaron a Tokio para estudiar las nociones básicas de japonés necesarias a bordo, también para que aprendiera a andar, a agacharse y a levantarse de acuerdo a los rituales de la zona.
Tiene el pelo rizado, pero ha de planchárselo para no parecer demasiado occidental, y se mueve por el mundo con más soltura de la que yo me muevo por mi barrio.
Trabaja cuatro días a la semana y vive en Madrid los tres restantes, de modo que no es fácil imaginarse las relaciones existentes entre su sueño y su vigilia.
En todo caso, está muy agradecida a AH Nipon Airlines, donde cree que encontrará el modo de progresar y sacar partido a sus estudios de Económicas.
Nos cuida mucho (sopa de miso a discreción) durante un viaje que dura casi doce horas, de las que dormimos tres o cuatro gracias a los orfidales que lleva Sodas en su botiquín portátil.

Llegamos a Tokio a las 15, un desfase horario de nada comparado con el mental, debido en parte al cansancio y en parte a los cambios de edad y de identidad sexual de mi compañero/a de asiento, que por cierto no ha ido al baño una sola vez en todo el viaje.
En el momento de abandonar el avión ha devenido en una mujer de unos cincuenta años muy alta y atractiva. 

Luego resulta que, a la luz del día, Tokio no es Tokio, sino la suma desquiciada de un sinfín de ciudades tipo Dubai, Hong Kong, Barcelona o París (torre Eiffel incluida), por citar solo cuatro, aunque elevadas ala quinta o la sexta potencia cada una.

Las dimensiones son tales, que Nueva York, muy clonada también, parece Cuenca si la comparas con la capital de Japón.
En ese avispero de más de treinta millones de habitantes no verás un papel en el suelo, no digamos una mierda de perro o una monda de naranja.

Uno había estado en ciudades de semejante tamaño (México o Nueva Delhi, por poner dos ejemplos), pero la idea previa de que sus magnitudes las hadan inviables justificaba y hasta mitificaba su realismo sucio, su miseria alargada, su uralita gris, sus suburbios infinitos, su hambre feroz y todo aquello que permite, en fin, un turismo condescendiente y compasivo, cuando no de aventuras.

Tokio es la excepción a la fuerza de la gravedad, a los estatutos de la lógica, a la segunda ley de la termodinámica, es un caso monstruoso de entropía inversa donde hasta los retretes públicos tienden al orden: si entras, por ejemplo, a las ocho de la tarde en los servicios de una estación de metro por la que han pasado ya millones de viajeros, te parecerá una exposición de sanitarios recién inaugurada.

Por cierto, que gran parte de la publicidad de los vagones del metro está formada por carteles de papel o cartón que cuelgan del techo, al alcance de la mano, y que no resistirían un simple tirón.

Un tirón que nadie da porque a nadie, increíblemente, se le ocurre, ni eso ni sacár un rotulador y pintar bigotes o gafas a los personajes de esos anuncios tan vulnerables.

Créanme, en Tokio, todo es a estrenar, no hay nada de segunda mano, como si la ciudad entera se inaugurase cada día.

Por funcionar, funcionan hasta los secadores de manos, pensados, por raro que parezca, para secar las manos.


TOKIO ES UNA MAQUINARIA descomunal, productora de un orden mecánico, sin alma, que recuerda el de las piezas transportadas por las cadenas de montaje.

Cada tokiota es una de las piezas del conjunto y se mueve arrastrado por una fuerza que parece ajena a su voluntad.
Hay en el barrio de Shibuya, por ejemplo, un cruce famoso que tiene dos pasos de cebra en forma de cruz, y que siendo el más transitado del mundo resulta el menos caótico.

Cuando uno espera, junto a cientos de personas, que el semáforo cambie y ve las decenas de transeúntes que aguardan también en la acera de enfrente, piensa que el choque entre los dos ejércitos dejará innumerables heridos o muertos sobre la calzada.


Pero la verdad es que cuando el semáforo cambia a verde y las multitudes de uno y otro lado se ponen en marcha, sucede un milagro inexplicable, y es que en el momento de encontrarse, en vez de chocar, los viandantes se entretejen como átomos programados o como los hilos de un telar, formando por unos instantes un tapiz homogéneo en el que alterna el color oscuro de las nucas que van con el color claro de los rostros que vienen.

Observado desde la ventana de uno cualquiera de los edificios gigantescos que dan a ese cruce, el experimento se resuelve en un tapiz fugaz, pues se hace y se deshace a velocidad de vértigo y con una precisión que recuerda más las labores de ganchillo que las de punto.

Se trata de una experiencia urbana memorable que Sodas y yo repetíamos fascinados, de día y de noche, como que el que sube a una atracción de feria irresistible.

Nos colocábamos en primera fila y al abrirse el semáforo comenzábamos a movernos, excitados, en dirección a la masa que venía de frente sabiendo que en el instante del encuentro una mecánica ajena a nuestra voluntad nos guiaría entre los cuerpos obligándonos a colaborar en la construcción, primero, y la deconstrucción, después, de ese tejido que se forma y se deshilacha en cuestión de segundos, al modo de una instalación artística perecedera que se repite como un bucle a lo largo del día.

Hay algo vertiginosamente oscuro, morbosamente placentero, en esas fugaces pérdidas de la identidad individual durante láS que tus piernas devienen en piezas prescindibles de un artefacto colectivo superior y en las que tus pulmones se asocian al aparato respiratorio del grupo.

La experiencia del enjambre a ratos, y a ratos, la experiencia de la línea de montaje donde todos los movimientos deben estar sincronizados para que la industria funcione y funciona en todos sus niveles, pues Tokio posee una dimensión horizontal electrizante y una dimensión vertical nerviosa.

Horizontalmente se divide en prefecturas o barrios cuya vida se ordena en torno a una estación de metro o de tren que recuerda por su dinamismo el borde de un hormiguero.
Verticalmente, posee varias alturas, pues al subsuelo (con su red de alcantarillado), y al suelo (con sus edificios gigantes),.
hay que añadir los pasos elevados, las carreteras aéreas y las VÍas del metro o del tren que flotan en el aire, a veces por encima de las casas, componiendo imágenes que recuerdan las de Blade Runner, la película de Ridley Scott inspirada en esta urbe.
Sobre las aceras existe también una dimensión rugosa ininterrumpida, dedicada al bastón de los ciegos, que recorre toda la ciudad y por la que resulta más difícil extraviarse que por la de los videntes.

Si te pierdes en Tokio, cierra los ojos y sigue uno de estos carriles, perfectamente distinguibles al tacto de los pies, con la seguridad de que te conducirá a algún sitio.

En cuanto al subsuelo, y dado que las dimensiones escondidas hablan más que las que aparecen a la vista, Socías y yo tuvimos la curiosidad y el arrojo de visitar unas instalaciones subterráneas situadas en la prefectura de Saitama, que es y no es Tokio a la vez, pues se trata de una provincia vecina, aunque sin separación alguna de la capital.

Si significara algo, diríamos que estaba lejos, pero es que en Tokio todo estaba lejos, lo que quiere decir que uno mismo estaba siempre lejos.

Incluso, cuando llegabas a casa o al hotel seguías estando lejos.

Dirán ustedes que cerca y lejos son conceptos relativos (de qué o de dónde), lo que sirve perfectamente para el pensamiento occidental.

En Tokio, lejos es un valor absoluto, porque cerca ni existe.

El caso es que ubimos el metro y nos fuimos lejos, a Saitama, desde donde un taxi nos condujo a una especie de búnker de hormigón situado en medio.
de un paisaje de aspecto prehistórico.

No había dinosaurios, pero sí cientos de libélulas que volaban en formación (jamás habíamos visto nada se mejante) y que, sin dejar de ser bichos antediluvianos, parecían también robots voladores, capaces de grabar cualquier movimiento sucedido alrededor del búnker.

Poco después nos encontrábamos en lo que parecía la sala de mandos de una central nuclear, y que era, en realidad, el centro de control de una cloaca única en el mundo, y no solo por su tamaño.
Aquello era el corazón del llamado Proyecto del Río Edogawa, diseñado para evitar inundaciones en una zona que se encuentra en la ruta de al menos una docena de tifones, una zona muy deprimida e inundable en la que en tiempos hubo arrozales y donde ahora hay viviendas.
La cloaca, que empezó a construirse en 1992 y que ya funciona a pleno rendimiento, está compuesta de cinco vasos gigantes (65 metros de altura por 32 de diámetro) que desembacan en una especie de catedral inmensa y subterránea dotada de 59 columnas como 59 árboles milenarios petrificados.
Dispone, asimismo, de un sistema de turbinas capaces de arrojar 200 toneladas de agua por segundo al río Edogawa, que canaliza y reparte el exceso entre una serie de ríos y afluentes menores.
La red de túneles del conjunto supera los seis kilómetros.

EMPEÑADOS EN VISITAR las entrañas del monstruo, comenzamos a descender por las escaleras del formidable sumidero, y al llegar al fondo, cuando temíamos un ataque de claustrofobia, sentimos, dadas las dimensiones del compléjo, uno de agorafobia.
Parecíamos ratones buscando desesperadamente un agujero en medio de un templo-cloaca feroz, de una sala de columnas cruel, de una construcción gótica sin ventanas.
Si hablábamos, nuestra voz rebotaba de columna en columna, recorriendo como un hurón cada uno de los rincones de la sala monumental y oscura hasta regresar a nosotros, que apenas nos atrevíamos a movernos.
Si se nos escapaba una risa nerviosa, esta se multiplicaba ligeramente deformada, de manera siniestra, como en una sala de espejos contrahechos.
En las paredes de hormigón se abrían bocas del tamaño de los ojos impares de los cíclopes por donde escapaban, a modo de lágrimas legañosas, fugas de agua cuyo sonido constituía la música ambiente del recinto.
Parecía imposible que un templo subterráneo de aquellas características no hubiera sido erigido, bajo la coartada de evitar inundaciones, para una divinidad inversa, un monstruo mitológico, un súcubo descomunal al que nuestros pasos podrían despertar.
Porque o despertaba el monstruo o despertábamos nosotros, ya que aquello solo podía ser una pesadilla.
De hecho, y debido al calor húmedo del recinto, nos había atacado ya ese sudor disolutivo con el que empapamos las sábanas en las noches de terror.

Pero ni se despertaba el monstruo ni nos despertábamos nosotros, atrapados como nos encontrábamos aún en el viajemental, decarácter alucinatorio, iniciado en el trayecto Londres-Tokio.
La alucinación nos conducía ahora, escaleras arriba, al paisaje prehistórico, repleto de libélulas-robot, que habíamos abandonado en una vida anterior.
Una vez fuera, por decir algo, pues en Tokio siempre estás dentro de algo, y al hacer un comentario amable acerca de la arquitectura diabólica de la que acabamos de escapar, el guía japonés nos corrigió: "Aquí no hay ninguna idea de arquitectura, solo ingeniería, solo se tuvieron en cuenta requerimientos.
técnicos".
Lo que nos sonó igual que si un crítico literario hubiera dicho que en Anna Karenina no había escritura creativa, solo requerimientos técnicos.
A continuación, y sin asomo de ironía, nos preguntó por la canalización del río Manzanares, de la que tenía él más información que nosotros.

Pero nuestro sufrimiento no había acabado, pues enseguida nos invitaron a entrar en uno de los tanques que recogían las aguas del tifón para volcarlas luego sobre las naves del templo-cloaca que acabábamos de abandonar.
Ya hemos mencionado antes sus dimensiones (65 metros de altura por 30 de diámetro).
Se trataba de un vaso de hormigón del tamaño de un edificio de 15 o 20 pisos, cuyo borde interior estaba recorrido por un voladizo de metal dotado de una ligera barandilla y sujeto a la pared del vaso por un conjunto de escuadras que no parecían suficientemente sólidas.


Asomarse al fondo del tanque desde esa galería era como asomarse al infierno.
El agua de los tifones caía en estos vasos como un conejo en una trampa, y desde allí era canalizada hasta la sala de columnas a través de las cuencas vacías de los ojos de los cíclopes.
Luego, discurría por una red de túneles donde unas turbinas potentísimas se encargaban de arrojarla al río.
Las turbinas, que también visitamos, pues habíamos decidido apurar la experiencia hasta las heces, eran en realidad cuatro motores de avión, los que, sumados, daban lugar a la potencia de despegue de dos Boeing 737.
Imaginen la vibración y el ruido que pueden organizar cuatro motores de ese tamaño atrapados en un bloque de hormigón y funcionando a pleno rendimiento.

ES LO MISMO ESTAR DENTRO de una cloaca gigantesca que llevar dentro una cloaca gigantesca.
Ahora, mientras regresábamos al centro de Tokio, estábamos fuera, pero la llevábamos dentro, incrustada en la conciencia a la manera en que las turbinas permanecían presas dentro del hormigón del colector infernal.
El metro de regreso, medio vacío debido a la hora, tiene completamente abiertas las puertas que comunican un vagón con otro, convirtiéndose así el tren entero en una especie de larguísimo intestino flexible y sinuoso que en las curvas provoca suaves movimientos peristálticos y antiperistálticos con los que vamos siendo digeridos a medida que llegamos a nuestro destino.
Al otro lado de los cristales discurre sin solución de continuidad un Japón de clase media que vamos horadando, unas veces a la altura de sus azoteas, otras a la de las ventanas del tercer o cuarto piso, lo que nos permite contemplar fugaces escenas domésticas que se suceden como un conjunto de fotogramas que forman parte de la misma película.
Somos las bacterias de un gusano de acero enorme que se dirige al corazón de ciudad, que es también el corazón de la manzana de Eva.
Nada de poesía, pura ingeniería, solo requerimientos técnicos.
Durante el viaje, la megafonía no cesa de impartir instrucciones o consejos que, aun sin entenderlos, calan eficazmente en lo que nuestra cabeza tiene de mero disco duro, instándonos a un modo de obediencia a las normas ajeno a nuestros hábitos.

Ya hemos aprendido, por ejemplo, a salir del metro, y a entrar en él, lo que requiere ciertas nociones de formación militar.
Encontrar tu sitio en una fila no es como encontrar tu sitio en el mundo, pero casi.
Cierto grado de descolocación, sobre todo si obedece a alguna pauta, se tolera, pero hay límites que no debes traspasar.
Tranquilo, estés donde estés, siempre habrá una voz impartiendo instrucciones, señalándote lo que tienes que hacer o la dirección que debes tomar.
A medida que el tren avanza hacia la noche, pues el viaje es largo, los vagones se van llenando de japoneses que están lejos de su casa, lejos de ti (aunque los tengas pegados), pero sobre todo, y a juzgar por sus expresiones ausentes, lejos de sí mismos.

Ya decíamos que el Tokio de verdad, al menos el Tokio que uno lleva en la cabeza, es el que se manifiesta por la noche, sobre todo en los barrios del centro, donde a estas horas la ciudad hierve como una cazuela de luciérnagas.
Parece un amanecer eléctrico, todo'él a base de neón y de pantallas gigantes de televisión que cuelgan de los rascacielos y que emiten pura psicodelia a velocidad de dibujo animado.
Tú mismo, si logras evitar el ataque de epilepsia propio de este tipo de estímulos eléctricos, te conviertes en un dibujo animado que recorre con asombro las calles que durante el día parecían calles y que ahora han devenido en meros callejones oscuros del alma a los que los parpadeos del neón fulminan espiritualmente como fuegos artificiales procedentes de otro mundo.
Y aunque tampoco en esta versión nocturna de la ciudad (en esta versión Hyde, podríamos decir) se puede escupir ni arrojar papeles al suelo, hayal alcance de la mano transgresiones que compensan de largo no poder hacerlo.

Pongamos que caes en el barrio de Shinjuku, donde se encuentra la estación de trenes más utilizada del mundo (unos tres millones de pasajeros diarios) y que constituye una mezcla rara de comercio furioso y administración reposada.
Aquí está, por ejemplo, el hotel Park Hyatt Tokio, que aparece en Lost in Translation, la película de Sofia Coppola.
Si eliges para pasear el lado este del barrio, experimentarás emociones morales que en ningún otro barrio chino del mundo vivirías.
Aquí, todo tiene carácter industrial también, nada de literatura o amor, solo ingeniería, requerimientos técnicos.
Este barrio es el escenario de innumerables historias de animación y manga, tantas, que ocupa más espacio en la ficción que en la realidad, por eso mismo, tú tampoco eres real cuando caminas, confuso, por el centro de una cualquiera de·sus calles, pasmado ante la cantidad de establecimientos cuyas puertas parecen labios pintados que se abren y cierran pronunciando tu nombre, invitándote a entrar.
De vez encuando, roza tu cuerpo el cuerpo de una prostituta arregladísima que, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corre sobre sus zapatos de tacón de aguja hacia un agujero de bordes fluorescentes por el que se pierde invitándote a seguirla.
Algunas de estas chicas van vestidas incluso como Alicia, pues hay en Tokio una extraña pasión por la prostituta niña, una pulsión desasosegante hacia la pederastia de ficción, de la que hallaremos abundantes muestras a lo largo de este viaje mental, de carácter alucinatorio.

DE SÚBITO, EN MEDIO DE ESA NOCHE oscura del alma, pasas junto a un establecimiento de donde procede un ruido estremecedor, como si en la gran cloaca que llevas dentro de la cabeza desde la visita al proyecto del río Edogawa estuviera entrando a gran presión una tromba de agua.
y si te asomas al interior del establecimiento, descubres a cientos de japoneses de todas las edades sentados frente a unos raros artefactos recreativos en los que introducen compulsivamente bolitas de acero que en el interior del artefacto giran a gran velocidad antes ser enviadas, unas, hacia el interior de la máquina, y otras, hacia el exterior.
Se trata del Pachingo, uno de los juegos más populares de Japón.
Las bolitas obtenidas se pueden canjear por premios de distinta naturaleza, aunque también por dinero.
El caso es que si permaneces dos minutos de pie en el interior de una de estas salas, dejándote penetrar pasivamente por el estruendo de los rodamientos, llega un instante en el que no solo escuchas el ruido el acero, sino que lo respiras y lo exhalas trece veces por minuto, como si el nitrógeno, el oxígeno, el argón y demás componentes de la atmósfera hubieran sido sustituidos por este estruendo que acaba introduciéndose también en tu torrente sanguíneo para ser distribuido a través de él por toda tu geografía corporal.



No hay cálculos sobre las toneladas de bolitas de acero o semen que Shinjuku produce cada noche, ni información sobre el modo en que son canalizadas y hacia dónde.
Al sexo le viene bien un poco de misterio, de desinformación, de oscuridad, incluso, por eso, la mayoría de los restaurantes que alternan en estas calles con los burdeles y las salas de espectáculos resultan un poco lóbregos también.
Si has leído El elogio de la sombra, de Tanizaki, libro que muchos consideran de lectura imprescindible antes de visitar Japón, llevas en la cabeza todos los matices del claroscuro Y conoces, por tanto, el grado de luminosidad atenuada con el que conviene acercarse a los labios una taza de sopa de miso.

Entretanto, se ha ido haciendo tarde y llevas sobre tus espaldas un cambio horario importante, además de un desfase mental de categoría y muchas horas de tren, de metro, de zapatos que empiezan a quejarse de la jornada laboral a la que los has sometido.
Si tienes, como nosotros, la suerte de vivir en Shibuya, que se encuentra al sur de Shinjuku, llegas en un santiamén, pero cuando llegas te repugna la idea de meterte en el hotel porque no es fácil salir del tripi en el que andas metido.
Todavía te apetece repetir la experiencia del famoso cruce y callejear con el rostro alucinado, pues Shibuya, de noche al menos, es el barrio más tokiota de Tokio, y el más joven.
El que marca tendencia, por tanto.
La actividad comercial es tal, que, si te dejas llevar, todavía puedes deambular un par de horas entrando y saliendo de sus establecimientos' sean grandes almacenes, bares, clubes o restaurantes.

Finalmente, si creías que dormir en una habitación del piso décimo de un hotel y ver pasar el metro a la altura de tu ventana era una cosa de película, Tokio es una película, porque sucede eso 'y mucho más, así que mientras te cepillas los dientes para darle su tiempo al orfidal descorre la cortina de la ventana y espera: tarde o temprano escucharás un traqueteo y enseguida pasará por delante de tus ojos un tren con sus vagones encendidos en cuyo interior la gente cabecea.
Sobre la cama, planchado, hallarás siempre una especie de camisón que no debes ponerte.

Pero, si te lo pones, no deberías ceder a la tentación de mirarte en el espejo, porque son camisones como de manicomio, o sea, camisones de loco que acentúan la sensación de viaje alucinante.
En algunos hoteles, como cortesía de la dirección, colocan sobre estos pijamas un muñequito de papel que recuerda a los unicornios del cazador de replicantes de Blade Runner.
Sobra decir que esa noche nos tomamos doble ración de orfidaly que nos metimos en la cama aterrados y felices, todo a la vez, aun sin necesidad de habernos puesto el camisón de loco.

EN TOKIO TIENES QUE MADRUGAR porque ya hemos dicho que las distancias son las que son y se te hace de noche todo el rato.
Pongamos que te levantas a las seis de la mañana.
Pensarás que hay tiempo para todo.
Pues no, depende, por ejemplo, del que gastes jugando, antes de meterte en la ducha, con la tapadera de la taza del retrete, que está completamente robotizada.
Algunas se abren al verte entrar en el cuarto de baño y se cierran cuando te marchas, como el que hace una reverencia.
Poseen estas tapas'para e trasero tanto cerebro, que sin darte cuenta les das los buenos días y las buenas noches, además de las gracias por tener siempre la temperatura ideal para tus muslos.
Sin nece'sidad de leer ningún libro de instrucciones, solo fijándote en sus mandos, situados a la derecha del sedente, y aplicando el sentido común, puedes obtener de estas tapaderas prestaciones, de carácter escatológico, que no detallaremos aquí.
Solo Se trataba de advertir que el tiempo, si no pierdes detalle de cuanto te rodea, se escurre entre los dedos como el agua por el sumidero.

Pongamos que caes en el barrio de Shinjuku, donde se encuentra la estación de trenes más utilizada del mundo (unos tres millones de pasajeros diarios) y que constituye una mezcla rara de comercio furioso y administración reposada.
Aquí está, por ejemplo, el hotel Park Hyatt Tokio, que aparece en Lost in Translation, la película de Sofia Coppola.
Si eliges para pasear el lado este del barrio, experimentarás emociones morales que en ningún otro barrio chino del mundo vivirías.
Aquí, todo tiene carácter industrial también, nada de literatura o amor, solo ingeniería, requerimientos técnicos.
Este barrio es el escenario de innumerables historias de animación y manga, tantas, que ocupa más espacio en la ficción que en la realidad, por eso mismo, tú tampoco eres real cuando caminas, confuso, por el centro de una cualquiera de·sus calles, pasmado ante la cantidad de establecimientos cuyas puertas parecen labios pintados que se abren y cierran pronunciando tu nombre, invitándote a entrar.
De vez encuando, roza tu cuerpo el cuerpo de una prostituta arregladísima que, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corre sobre sus zapatos de tacón de aguja hacia un agujero de bordes fluorescentes por el que se pierde invitándote a seguirla.
Algunas de estas chicas van vestidas incluso como Alicia, pues hay en Tokio una extraña pasión por la prostituta niña, una pulsión desasosegante hacia la pederastia de ficción, de la que hallaremos abundantes muestras a lo largo de este viaje mental, de carácter alucinatorio.



Entretanto, se ha ido haciendo tarde y llevas sobre tus espaldas un cambio horario importante, además de un desfase mental de categoría y muchas horas de tren, de metro, de zapatos que empiezan a quejarse de la jornada laboral a la que los has sometido.
Si tienes, como nosotros, la suerte de vivir en Shibuya, que se encuentra al sur de Shinjuku, llegas en un santiamén, pero cuando llegas te repugna la idea de meterte en el hotel porque no es fácil salir del tripi en el que andas metido.
Todavía te apetece repetir la experiencia del famoso cruce y callejear con el rostro alucinado, pues Shibuya, de noche al menos, es el barrio más tokiota de Tokio, y el más joven.
El que marca tendencia, por tanto.
La actividad comercial es tal, que, si te .
dejas llevar, todavía puedes deambular un par de horas entrando y saliendo de sus establecimientos' sean grandes almacenes, bares, clubes o restaurantes.

Entre unas cosas y otras, se ha hecho de día y tú mismo te miras en el espejo y eres de nuevo el respetable señor J ekyll.
Estás recién duchado y recién peinado y te haspuesto ropa limpia, tu madre estaría orgullosa de ti si te viera por el ojo de una cerradura.
Así que bajas, pletórico, a desayunar, y si el restaurante es muy japonés, como el nuestro, solo te ofrecen desayunos japoneses que, al ser analfabeto en ese idioma, has de elegir de entre una carta donde aparecen fotografiados, Eliges este, que resulta ser un tazón de arroz blanco caldoso con un huevo escalfado por encima.
Esoyun té verde, que en Japón es verde de verdad, y con el estómago reconfortado sales a la calle y te dices: Vamos a ir, por ejemplo, a Omotesando, por la cosa de la arquitectura de vanguardia, pues es sabido que ni siquiera desde la cultura se presta demasiada atención a este mundo.
Tu madre estaría muy orgullosa también de que dedicaras la mañana a esta actividad tan poco peligrosa en apariencia para el alma.

Omotesando es el escaparate arquitectónico más importante del mundo.
Vale la pena ir solo por ver el edificio de Prada, diseñado por los suizos Herzog y de Meuron, y formado por facetas de vidrio que le dan un aspecto de joya gigantesca tallada a mano.
No es necesario que averigües enseguida si te gusta o no, incluso no es necesario que lo averigües nunca.
Si quieres disfrutar, procura olvidarte de estas categorías pequeño-burguesas relacionadas con el gustar y el no gustar.
El edificio de Prada, por decirlo rápido, es la hostia, tanto de día, que parece una alhaja, como de noche, que parece una lámpara descomunal, aunque por la noche posee ese toque Hyde que se coloca también en la mirada del espectador, en la tuya, y que consigue que entre el edificio y tú se establezca una comunicación misteriosa, como si durante unos segundos fuerais novios o algo semejante.

Ser novio de un edificio da mucho miedo, porque tiene que haber mucha locura en el edificio o en ti, cuando no en los dos, para que eso suceda.
Pues bien, en Omotesando te enamoras de un edificio detrás de otro, y ellos se enamoran de ti, lo notas, sabes que es así, aunque no puedas demostrarlo, lo que te coloca directamente en el interior de una novela de Stephen King, o de varias, porque lo lógico es que salgas de uno y que entres en otro como en una orgía de enamoramientos sucesivos.
Están construidos por los mejores arquitectos del mundo, incluido nuestro Bofill, responsable del de Gucci, y en ellos se refugian las mej ores marcas de moda, y las más caras: Cartier, Prada, Yamamoto .
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Arquitectura y lujo, pues, todo junto y en unos grados que le hacen a uno recordar aquel verso de Rilke según el cual la belleza no es más que ese grado de lo terrible que todavía soportamos, La zona, de día al menos, es más parisina que tokiota (una de sus calles es conocida como Les Champs Elisées), lo que enloquece lo suyo también, pues no se puede viajar tantas horas para llegar a la vuelta de la esquina.


HEMOS LLEGADO A UN MUNDO, en fin, en el que las pastelerías parecen joyerías, y las peluquerías, galerías de arte.
Yen el que las iglesias católicas de mentira parecen iglesias católicas de verdad.
Decirnos esto porque en nuestro paseo alucinante por aquella pequeña Europa nos salió de repente al paso una iglesia de intenciones góticas cuya presencia resultaba chocante hasta que nos explicaron que se trataba, en efecto, de una falsa iglesia católica donde se efectuaban falsas bodas católicas cuyo objetivo era fotografiarse luego en las escalinatas, al estilo de las parejas europeas que vemos en las revistas de papel satinado.
Les gustan formalmente nuestras bodas, aunque no crean en su sustancia, pero cuando a un japonés le gusta formalmente algo, lo copia, mejorándolo, y se lo queda.
En la medida en que contenido y forma sean asuntos separables, ellos Viven tan presos de las formas como nosotros de los contenidos.
Son todos expertos en diseño porque aprender su escritura equivale a hacer una carrera universitaria de arte.
Mientras los artistas occidentales, incluidos los modistos, se' mueren por entrar en los museos, los artistas japoneses sacan el museo a la calle, que es en sí misma una galería de arte.
Hay museos, claro, pero están unos dentro de otros, como las cajas chinas.


Y bien, lo que llamaba la atención de nuevo en este barrio, Omotesando, era que todo estuviese a estrenar.
¿Nos encontrábamos acaso en una ciudad que no envejecía? Envejecía, claro, como todas las ciudades del mundo, pero se renovaba continuamente.

Ese templo budista, por ejemplo, de no sabemos cuántos siglos de antigüedad, no está intacto porque se conserve bien, sino porque se ha derribado varias veces y sobre sus cimientos se ha construido otro idéntico.
Nos lo explicó Toyo Ita, un conocido arquitecto:
-Ustedes -dijo- vienen de la piedra, y nosotros, de la madera.
Además, levantamos nuestros edificios sobre terrenos sísmicos.
Nosotros, arquitectónicamente hablando, pertenecemos a una cultura de lo efímero.

-Pero el terremoto del 11 de marzo -le decimos- ha demostrado que la tecnología antisísmica funciona.
En Tokio, donde la tierra se movió lo suyo, no hay un edificio con una sola fisura.

-Sí, el 11- M fue un test para la tecnología antisísmica, pero no creo que eso haya cambiado la idea de los japoneses respecto a la arquitectura.
Para nosotros, los edificios son obras efímeras que cada 10 años se cambian, aunque el terreno sobre el que están hechos losedificios sea hereditario y no cambie de propiedad.
Tenemos asumido como algo natural el cambio de imagen de la ciudad, que conlleva la renovación periódica de los edificios.

-¿Aunque pudieran durar siglos?
-En Tokio ha habido muchos edificios provistos de tecnología antisísmica que fueron derribados para dar paso a otros nuevos.
La renovación no tiene que ver con la resistencia antisísmica, sino con razones, por ejemplo, de orden económico.
Los japoneses no comparten la idea de que los edificios se deban restaurar para seguir utilizándolos.

-Cuesta creer que el hermoso edificio diseñado por usted en Omotesando (nos referimos al de Tod' s) vaya a ser demolido en 10 o 15 años.

- El edificio de Prada, que está muy cerca, tiene una gran reputación desde el punto de vista arquitectónico, pero al año de ser construido cambió de dueño y no se sabe qué va a suceder.


LA IDEA DE QUE AQUEL EDIFICIO tan desequilibrado psíquicamente y del que nos habíamos enamorado pudiera ser demolido, víctima de esa pasión por lo efímero, nos convenció de que Tokio, al menos de momento, era demasiado Tokio para los que veníamos de la cultura de la piedra, de modo que, ya que había salido a relucir el asunto del terremoto, decidimos hacer las maletas y poner rumbo a Fukushima, donde la central nuclear ardía casi un año después de aquel funesto 11 de marzo y más de 60 años después de Hiroshima y Nagasaki.

AHÍ NOS TIENEN, EN EL COCHE recién alquilado, donde, además de Jordi Socías y un servidor de ustedes, va Gonzalo Robledo, un colombiano que lleva 30 años en Japón y que, aparte de conocer el idioma, sabe conducir por la izquierda.
Gonzalo es esa clase de guía que se queda fuera cuando un grupo de locos se toma un ácido.
Nosotros no nos habíamos tomado ningún ácido, apenas el orfidal de cada noche, para coger el sueño, pero el "viaje continuaba siendo más mental (y siempre de carácter alucinatorio) que físico.
El coche era un Toyota o un Honda, ahora no caigo, en cuyo salpicadero habíamos colocado, como todo el mundo (nadie se fiaba ya de los datos del Gobierno), un contador Geiger, para medir la radiactividad a la que nos expondríamos una vez alcanzada la zona del desastre, que se encontraba a unos 300 kilómetros.
Cogimos mucha lluvia porque nuestro trayecto, para que al tripi no le faltara de nada, coincidió con el de un tifón, quizá el de los jueves, o el de los sábados, no recordamos ahora qué día de la semana era.

En medio de aquel desorden mental y físico, con las ráfagas de lluvia golpeando furiosamente el techo del automóvil y la pantalla del Geiger parpadeando como el reloj de un microondas trastornado, repasamos nuestras notas y resultó que había en Japón 54 centrales nucleares, de las que en aquellos momentos solo funcionaban 12, sin que se advirtiera por parte alguna síntomas de restricciones eléctricas (el Tokio nocturno era una llama de neón).
¿Por qué tantas, entonces, aparte del negocio gigantesco que representan su instalación y mantenimiento?
La radiactividad, como la tensión alta, es un asesino silencioso.
No duele cuando la respiras, ni cuando entra en el torrente sanguíneo a través de las verduras o el pescado.
Tú vas tranquilamente (es un decir) en el coche, y cuando oyes que el contador Geiger se pone a pitar no sientes nada aparte de un temor mitológico que te lleva a respirar más despacio, como si de ese modo tragaras menos veneno.
En el caso de Fukushima, aparte de los efectos que la radiación tenga en el futuro sobre la salud física, ha provocado ya efectos nocivos sobre la salud mental, pues ha abierto fisuras entre la población y sus políticos, de quienes se piensa que mintieron.
El arquitecto Toyo Ita, en la conversación antes citada, señaló:

-Creo que los políticos japoneses son una vergüenza grande, y en esta, que es la mayor crisis de los últimos años, los partidos y los políticos solo se preocupan de pelear por sus intereses.
Por eso mucha gente está decepcionada.
No se sabe hasta qué punto el gobierno ha ocultado información o ha dicho lo correcto.
En el caso de fukushima, por ejemplo, no sabemos si estamos ante una situación de alta peligrosidad o no.
No hayun criterio sobre el que basarse para tomar una decisión correcta.

-¿Cree que podría haber entrado la radiactividad en la cadena alimentaria?
-Es posible, pero no sé hasta qué punto.

Hasta ahora, el gobierno ha difundido mucha información falsa y hemos llegado al punto en el que no sabemos qué creer.
Cuando vaya thoku llevo mi contador geiger para medir la radiactividad.

- ¿Es partidario de la energía nuclear?
-Creo que se debería abolir cuanto antes.

La desconfianza de ita era general.
Mucha gente evitaba ya comprar alimentos procedentes del norte de la isla.

A mitad del camino (ydel tifón) hicimos un alto en un bar de carretera con aspecto de guardería.
Las mesas y las sillas, más bien ·bajas para nuestras costumbres, estaban pintadas en tonos pasteles, y los saleros y las vinagreras parecían de juguete.
Había también muchos muñequitos por aquí y por allí (los japoneses son los inventores de helio kitty, que, más que una muñeca, es la muñequez misma).
La luz, abundante y alegre, resaltaba los colores llamativos de los dulces y pasteles puestos a la venta, que parecían también versiones platónicas del objeto pastel.
Otra vez la alucinación, pensamos con inquietud, hasta que nos explicaron que se trataba de un tipo de bar de carretera muy frecuente en japón.

En un ambiente como el descrito, yatendidos por un personal de una amabilidad extrema, dotado de unas excelentes articulaciones lumbares, resultaba casi imposible no volverse un poco niño, de modo que nos pusimos a curiosear con espíritu infantil cada uno de los rincones del establecimiento hasta que tropezamos con una estantería repleta de cómic s manga, de la que sacamos uno al azar para hojearlo allí mismo, de pie, cándidamente.
Pero cuando nos hallábamos en pleno goce de aquella atmósfera inofensiva y
Protectora, nos arrancó de ella, con la violencia de un puñetazo en el estómago, una viñeta del cómic en la que se violaba con toda naturalidad a una niña de 13 o 14 años, con las manos atadas a la espalda, una niña que lloraba y gemía, no quedando claro si de dolor o de placer.
Con el corazón en la garganta, abandonamos el cómic cuidadosamente en el sitio de donde lo acabábamos de sacar, nos limpiamos instintivamente los dedos en los pantalones y regresamos a nuestra mesa de colorines para observar a vista de pájaro aquel entorno de guardería, comprobando que se trataba de un establecimiento familiar, pues había padres y madres merendando inocentemente con sus niños, algunos de ellos muy cerca de la estantería de los tebeos manga.
El té verde era gratis.

De vuelta al coche, y mientras avanzábamos en medio del tifón y de nuestro desorden mental, gonzalo robledo hizo un comentario sobre la furia de la naturaleza al que el compañero fotógrafo, jordi so cías, respondió con una frase curiosa:
-Yo siempre he estado en contra de la naturaleza y nunca me he subido a.
Una montaña.

En ese mismo instante, el contador geiger empezó a emitir una especie de gruñido continuo, acompañado del parpadeo agobiante de unas luces rojas.
Acabábamos de entrar en una zona de radiactividad baja (0,11 según el monitor) que iría aumentando a medida que nos acercáramos a la poblaoión de fukushima.
Como la radiactividad subía y bajaba en función de la zona que atravesábamos y quizá de la dirección del viento, decidimos eliminar del aparato la función del pitido, que era muy alarmante, y llegamos al hotel tarde y agotados, retirándonos enseguida a nuestras habitaciones.

Esa noche, para colocarme a la altura de las circunstancias, me puse el camisón de loco, cortesía de la dirección, sobre el que había una papiroflexia de blade runner, de modo que me acosté un poco replicante y un poco asustado, pues no había logrado comprender el plano con las rutas de evacuación del hotel para el caso de que hubiera un terremoto durante la noche.
Pusimos los despertadores a las cinco de la mañana, pero servidor de ustedes abrió los ojos espontáneamente a las 4.
50, Después de haber soñado profusamente con puertas de emergencia detrás de las cuales siempre había otra puerta de emergencia.

Al abandonar el hotel, el geiger marcaba ya 0,63 de radiactividad (microcyberpor hora, la unidad de medida estándar, nos dijeron).
Los efectos de la radiactividad son acumulativos, por lo que los niños de las escuelas con los que nos cruzábamos llevaban colgado del cuello, al modo de un escapulario, un dosímetro individual dotado de una memoria que registraba el historial radiactivo del crío.

Abandonado el centro urbano de la ciudad de fukushima, pusimos rumbo a minamisoma (siempre dentro de la prefectura de fukushima), que se encontraba a 25 kilómetros de la central nuclear, casi en la frontera de la llamada zona de exclusión.
Bastó recorrer 200 metros en esa dirección para que el contador subiera a 0,70.

Minamisoma, centro de la provincia, resultó ser umi ciudad de casas bajas que, según nos explicaron, venía viviendo hasta el desastre nuclear de.
La agricultura y de la manufactura (componentes de motor, alta tecnología, energía solar .

La noche había sido lluviosa, por el tifón, y aún chispeaba.

Gonzalo robledo conducía despacio por sus calles para que viéramos el panorama y socías d~cidiera si había algo fotografiable, pero lo cierto es que la gente parecía llevar una vida normal.

Había grupos de estudiantes detenidos disciplinadamente frente a los semáforos en rojo o junto a las paradas de los autobuses.
Dentro del coche, el contador geiger emitía un gruñido como de mal humor.

Nos dijeron que había aquí una discusión permanente acerca de las cantidades de radiactividad que podía soportar un ser humano' de forma prolongada sin sufrir daños a medio o largo plazo.
Más de 0,7, según algunos, ya era peligrosa, pero no se sabría con seguridad hasta dentro de algunos años.

Por si acaso, la agricultura de la zona sufría continuas revisiones, a fin de vigilar si sus niveles de cesio (la partícula radiactiva que penetra en la cadena alimentaria) eran los adecuados.

La alarma había surgido por el estudio de unas muestras de carne de vacuno.
En todo caso, no había una posición definida.

Unos decían galgos y otros podencos, mientras el enemigo invisible avanzaba .
.

En un momento dado, ya en las afueras de la ciudad, el geiger empezó a marcar 0,84.
Allí nos cruzamos con un colegio entero de niños provistos de mascarillas.
Luego, tras atravesar un río que despedía vapores de niebla, dejamos atrás la ciudad, y la carretera empezó a discurrir por un hermoso valle, de un verde muy estimulante, que recordaba los paisajes del norte de España.

Un edén sometido a una radiactividad que en aquellos instantes era ya de 1,81.

Daba pena pensar que la gente tuviera que mirarse aquí todos los días la radiactividad acumulada como el que se mira una herida abierta, pero no quedaba otro remedio porque el suelo y la vegetación absorben mucha radiación.
Toda aquella hierba de aspecto tan saludable ya no se podía consumir, y los animales que la habían probado estaban bajo sospecha.