“Tienes razón —dijo el pelirrojo, señalando a Montezuma—: Éste resulta un personaje más nuevo. Veré cómo lo hago cantar un día de éstos en el escenario de un teatro.”—“¡Un fraile metido en tablados de ópera! —exclamó el sajón—: Lo único que faltaba para acabar de putear esta ciudad.” — “Pero, si lo hago, trataré de no acostarme con Almiras ni Agripinas, como hacen “otros”” —dijo Antonio, estirando la aguda nariz. — “Gracias, en lo que me respecta...”—“...Y es que me voy cansando de los asuntos manidos. ¡Cuántos Orfeos, cuántos Apolos, cuántas Ifigenias, Didos y Galateas! Habría que buscar asuntos nuevos, distintos ambientes, otros países, no sé... Traer Polonia, Escocia, Armenia, la Tartaria, a los escenarios. Otros personajes: Ginevra, Cunegunda, Griselda, Tamerlán o Scanderbergh el albanés, que tantos pesares dio a los malditos otomanos. Soplan aires nuevos. Pronto se hastiará el público de los pastores enamorados, ninfas fieles, cabreros sentenciosos, divinidades alcahuetas, coronas de laurel, peplos apolillados y púrpuras que ya sirvieron en la temporada pasada.” —“¿Por qué no inventa una ópera sobre mi abuelo Salvador Golomón? —insinúa Filomeno—: Ése sí que resultaría un asunto nuevo. Con decorado de marinas y palmeras.” El sajón y el veneciano echaron a reír en tan regocijado concierto que Montezuma tomó la defensa de su fámulo: —“No lo veo tan extravagante: Salvador Golomón luchó contra unos hugonotes, enemigos de su fe, igual que Scanderbergh luchó por la suya. Si bárbaro les parece a ustedes un criollo nuestro, igual de bárbaro es un eslavón de allá enfrente” (esto, señalando hacia donde debía hallarse el Adriático, según la brújula de su entendimiento, bastante desnortada por los morapios tragados durante la noche). — “Pero... ¿quien ha visto que el protagonista de una ópera sea un negro? —dijo el sajón—: “Los negros están buenos para máscaras y entremeses.”—“Además, una ópera sin amor no es ópera —dijo Antonio—: Y amor de negro con negra, sería cosa de risa; y amor de negro con blanca, no puede ser —al menos, en el teatro.”—“Un momento... Un momento —dijo Filomeno, cada vez más subido de diapasón por el vino romañola—: Me contaron que en Inglaterra tiene gran éxito el drama de un moro, general de notables méritos, enamorado de la hija de un senador veneciano... ¡Hasta le dice un rival en amores, envidioso de su fortuna, que parecía un chivo negro montado en oveja blanca —lo cual suele dar primorosos cabritos pintos, sea esto dicho de paso!”—“No me hablen de teatro inglés —dijo Antonio—: El Embajador de Inglaterra...”—“...Muy amigo mío” —apuntó el sajón. — “...el Embajador de Inglaterra me ha narrado unas piezas que se dan en Londres y son cosas de horror. Ni en barracas de charlatanes, ni en cámaras ópticas, ni en aleluyas de ciegos, se vieron nunca cosas semejantes”... Y fue, en el alba que iba blanqueando el cementerio, un escalofriante recuento de degollinas, fantasmas de niños asesinados; uno a quien un duque de Cornuailles saca los dos ojos a la vista del público, taconeándolos luego, en el piso, a la manera de los fandangueros españoles; la hija de un general romano a quien arrancan la lengua y cortan las dos manos después de violarla, acabando todo con un banquete donde el padre ofendido, manco a seguidas de un hachazo dado por el amante de su mujer, disfrazado de cocinero, hace comer a una Reina de Godos un pastel relleno con la carne de sus dos hijos —sangrados poco antes, como cochinos en vísperas de boda aldeana...—“¡Qué asco!” —exclamó el sajón.—“Y lo peor es que en el pastel se había usado la carne de las caras —narices, orejas y garganta— como recomiendan los tratados de artes cisorias que se haga con las piezas de fina venatería...”—“¿Y eso comió una Reina de Godos?” —preguntó Filomeno, intencionado.—“Como me estoy comiendo esta ensaimada” —dijo Antonio, mordiendo la que acababa de sacar —una más— de la cesta de las monjitas.—“¡Y hay quien dice que ésas son costumbres de negros!” —pensaba el negro, mientras el veneciano, remascando una tajada de morro de jabalí escabechado en vinagre, orégano y pimentón, dio algunos pasos, deteniéndose, de pronto, ante una tumba cercana que desde hacía rato miraba porque, en ella, se ostentaba un nombre de sonoridad inusitada en estas tierras. — “IGOR STRAVINSKY” —dijo, deletreando.—“Es cierto —dijo el sajón, deletreando a su vez—: Quiso descansar en este cementerio.” — “Buen músico —dijo Antonio—, pero muy anticuado, a veces, en sus propósitos. Se inspiraba en los temas de siempre: Apolo, Orfeo, Perséfona —¿hasta cuándo?”—“Conozco su “Oedipus Rex” —dijo el sajón—: Algunos opinan que en el final de su primer acto — “¡Gloria, gloria, gloria, Oedipus uxor!” suena a música mía.”—“Pero... ¿cómo pudo tener la rara idea de escribir una cantata profana sobre un texto en latín?” —dijo Antonio. — “También tocaron su “Canticum Sacrum” en San Marcos —dijo Jorge Federico—: Ahí se oyen melismas de un estilo medieval que hemos dejado atrás hace muchísimo tiempo.”—“Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber lo que hicieron los músicos del pasado —y hasta tratan, a veces, de remozar sus estilos. En eso, nosotros somos más modernos. A mí se me importa un carajo saber cómo eran las óperas, los conciertos, de hace cien años. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender, y basta.” — “Yo pienso como tú —dijo el sajón...aunque tampoco habría que olvidar que...”—“No hablen más mierdas” —dijo Filomeno, dando una primera empinada a la nueva botella de vino que acababa de descorchar. (...)Volvió a verse, como acrecido por la mucha luz, el nombre ruso que tan cerca les quedaba. Y, en tanto que el vino adormilaba nuevamente a Montezuma, el sajón, más acostumbrado a medirse con la cerveza que con el tinto peleón, se volvía discutidor y engorroso: — “Stravinsky dijo —recordó de repente, pérfido— que habías escrito seiscientas veces el mismo “concerto”.”—“Acaso —dijo Antonio—, pero nunca compuse una polca de circo para los elefantes de Barnum.”
viernes, 3 de septiembre de 2010
jueves, 2 de septiembre de 2010
Una flor amarilla -Julio Cortázar
Una flor amarilla
Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía—como ahora—explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía—como ahora—explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.
lunes, 12 de julio de 2010
Un artista de hambre
UN ARTISTA DEL HAMBRE (FRANZ KAFKA) CUENTO
Un artista del hambre
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.
Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
*
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.
Un artista del hambre
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.
Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
*
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.
martes, 23 de marzo de 2010
¡Adiós, Cordera!
Adiós, Cordera!
Leopoldo Alas
De El señor y lo demás son cuentos
Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pinín y la Cordera.
El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado, le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que, aplicado al oído, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.
La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse.- Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcicos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina.- ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, después, sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella tenía que hacer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
«El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas, adelante... ¡todo eso estaba tan lejos!».
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren, se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.
En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas. Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las penas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más obscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad sonadora de la solemne y seria Naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera; que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zacala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pensados y nobles movimientos, aires y contornos de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura; y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles, Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás, la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que la hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación, y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
—Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.
Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía someter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.
* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no paso de ahí; antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos aritos de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. La Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.
«Cuidadla, es vuestro sustento», parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo.
El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá, en el Somonte.
Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había qué decir palabra a los neños. Un sábado de Julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. «Sin duda, mío pá la había llevado al xatu». No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos, acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
Al obscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido, porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío el que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. «No se dirá, pensaba, que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale». Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera; un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho.
El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón; como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso... Por fin, la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.
* * *
Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
Al sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.
«¡Se iba la vieja!» —pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.
«Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela». Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie æternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el que les llevaba su Cordera.
El viernes, al obscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral obscuro. Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, mal humorado, clamaba desde casa:
—Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! —así gritaba de lejos el padre con voz de lágrimas.
Caía la noche; por la calleja obscura que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tin tan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
—¡Adiós, Cordera! —gritaba Rosa deshecha en llanto—. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
—¡Adiós, Cordera! —repetía Pinín, no más sereno.
—Adiós —contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de Julio en la aldea...
Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos, triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.
De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.
—¡Adiós, Cordera! —gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.
—¡Adiós, Cordera! —vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
—La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los señores, los curas... los indianos.
—¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Cordera!
Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...
—¡Adiós, Cordera!...
—¡Adiós, Cordera!...
Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el Rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín, que, por ser, era como un roble.
Y una tarde triste de Octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.
Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:
—¡Adiós, Rosa!... ¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!...
«Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas».
Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo al tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbido que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos...
¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
—¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!
Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh! bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado tomó un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad; de muerte.
En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante
—¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
Leopoldo Alas
De El señor y lo demás son cuentos
Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pinín y la Cordera.
El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado, le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que, aplicado al oído, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.
La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse.- Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcicos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina.- ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, después, sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella tenía que hacer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
«El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas, adelante... ¡todo eso estaba tan lejos!».
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren, se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.
En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas. Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las penas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más obscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad sonadora de la solemne y seria Naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera; que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zacala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pensados y nobles movimientos, aires y contornos de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura; y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles, Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás, la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que la hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación, y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
—Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.
Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía someter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.
* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no paso de ahí; antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos aritos de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. La Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.
«Cuidadla, es vuestro sustento», parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo.
El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá, en el Somonte.
Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había qué decir palabra a los neños. Un sábado de Julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. «Sin duda, mío pá la había llevado al xatu». No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos, acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
Al obscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido, porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío el que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. «No se dirá, pensaba, que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale». Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera; un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho.
El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón; como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso... Por fin, la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.
* * *
Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
Al sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.
«¡Se iba la vieja!» —pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.
«Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela». Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie æternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el que les llevaba su Cordera.
El viernes, al obscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral obscuro. Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, mal humorado, clamaba desde casa:
—Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! —así gritaba de lejos el padre con voz de lágrimas.
Caía la noche; por la calleja obscura que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tin tan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
—¡Adiós, Cordera! —gritaba Rosa deshecha en llanto—. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
—¡Adiós, Cordera! —repetía Pinín, no más sereno.
—Adiós —contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de Julio en la aldea...
Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos, triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.
De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.
—¡Adiós, Cordera! —gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.
—¡Adiós, Cordera! —vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
—La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los señores, los curas... los indianos.
—¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Cordera!
Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...
—¡Adiós, Cordera!...
—¡Adiós, Cordera!...
Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el Rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín, que, por ser, era como un roble.
Y una tarde triste de Octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.
Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:
—¡Adiós, Rosa!... ¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!...
«Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas».
Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo al tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbido que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos...
¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
—¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!
Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh! bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado tomó un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad; de muerte.
En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante
—¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
miércoles, 17 de marzo de 2010
Lo cristalino
Cristalino
Tenía el propósito de escribir sobre un pintor. Un verdadero artista y, como todo verdadero artista y como todo verdadero cualquier otra cosa, un verdadero desdichado.
La virtud de la expresión "verdadero artista" es que no requiere ser puesta a prueba: si el tipo no fuese verdadero, no sería artista y entonces no sería nada y puede cerrarse la cuestión. Pero este pintor, que era un verdadero artista, en cuanto tal era un verdadero desdichado: desde hacía décadas perseguía una obra para la que nunca le llegaba la oportunidad.
Una noche despertó sobresaltado sin saber por qué y de inmediato se volvió a dormir. Entonces soñó que un amigo escritor le describía un cuadro, figuración de un paisaje que por efectos de la perspectiva y del tratamiento de la materia del color -el óleo-representaba la visión normal de una persona. Es decir, en cierta zona de la imagen los detalles eran tan precisos como los de esos puntos donde el espectador fija la mirada, y, fuera de ese fragmento de la tela, las imágenes seguían siendo reales y precisas pero tenían la insubstancialidad característica de las cosas que no entran en el foco de atención de los humanos.
Parecían formas dispuestas para revelarse con absoluta nitidez y que, si no existiesen, nada del paisaje registraría un cambio.
El escritor lo instaba a materializar el cuadro objeto de ese relato y hasta le proponía un título: Lo Cristalino.
En verdad, pensaba al despertar, las cosas que se encuentran fuera del foco de la atención podrían no existir o proceder de la memoria o de la imaginación del sujeto, de modo que pertenecerían a un estado intermedio entre el arte y la vida.
-Como yo- dijo frente al espejo de su baño, rió y por un rato sintió que no era un desdichado y hasta estuvo a punto de telefonearle al escritor para agradecer su intervención en un sueño que había impreso un giro de ciento ochenta grados a su carrera artística.
Por fortuna se habían descargado las baterías de su teléfono celular y no encontró manera de conectarlo al cable del transformador eléctrico que le habían vendido con el equipo, de modo que una omisión del fabricante destinada a ganar imponiendo la compra de más baterías que las indispensables acababa de ahorrarle el riesgo de aparecer ante su amigo como un imbécil o un demente, justo a la hora del almuerzo.
Él no almorzó. Comió una galleta y un par de bananas mientras esperaba que la máquina filtrase el café. Fumó poco y pasó la tarde en la salita que había acondicionado como biblioteca. No quería ver sus pinturas ni el desorden del estudio del primer piso. Necesitaba pensar y estuvo yendo y viniendo entre el escritorio y los estantes para revisar esos libros que tan bien conocía y cuyas imágenes recorría ahora tratando de figurarse cómo la misma idea de su amigo escritor habría asistido a los proyectos de los grandes maestros, incluyendo a no pocos clásicos orientales.
Entre las páginas de un libro de croquis de Picasso encontró la fotocopia de un relato de Albero donde al viejo, que por entonces sería menor que él, le preguntaban "¿qué busca en su pintura?" como dando el pie para que teatralmente respondiese "yo no busco: encuentro". Evidentemente, en algún momento de su carrera todo artista debe representarse con una frase inolvidable.
Después estuvo hojeando dos biografías de Beethoven, una de Schoemberg, un libro de correspondencia de Mozart y el manual de Schweitzer sobre los corales de Bach. Seguía convencido de que la música y la vida de los músicos contienen una enseñanza que los artistas plásticos nunca terminan de asimilar. Hacía poco se había puesto de moda una transcripción de El Arte de Fuga para cuarteto de cuerdas y resolvió que era el momento de volver a escucharla. Cuando introdujo el disco compacto en el equipo de sonido, por primera vez en la tarde oyó el timbre de su celular: las baterías ya estaban cargadas y llamaba una mujer de parte de su marchand para consultar sobre una operación de venta de dos obras que había pintado en l980. El comprador ofrecía pagar parte del precio con dos pasajes a Madrid y, convencido de que sería el mismo coleccionista que años atrás había canjeado un collage por un crucero a los Canales Fueguinos, dejó la decisión del negocio a criterio del marchand y cortó preguntándose por qué no lo había llamado personalmente.
Encontró cuatro mensajes grabados en el celular. Ninguno sería urgente pero se dispuso a escucharlos. Hasta la cocina llegaban los sonidos del cuarteto. Se podía reconocer un fragmento de viola solista, y en su transcurso, acentuada, la sucesión de cuatro notas que habían sonado mientras corría hacia el teléfono y se repetirían todo a lo largo de la obra. Cuatro veces repitió el mensaje de una mujer. Trataba de identificar esa voz que se presentaba como la de la señora de Campo. ¿Quién sería Campo? Pensó en el campo visual, su foco de atención y en la gradual desaparición de los colores y las formas que, estando más allá, igualmente impresionan la retina aunque no integren la percepción ni queden en la memoria.
Recordaba esa voz: alguna vez habría formado parte del fondo grisáceo de algo visto u oído. Hasta llegó a asociarla con un abrigo de piel, un perfume de tierra o musgo y un tacto áspero de líquenes sobre la piedra.
En contraste, la versión de El Arte de la Fuga por los del Juillard era pura figura o foco: no tenía fondo. Así merecería ser todo el arte. Si entendió bien las observaciones de Schweitzer, hacia el fin de su vida Bach no debió distraerse imaginando a sus obras como una totalidad. Debió pensarlas como estallidos distantes que sólo vistos desde el otro lado de la colina semejan un conjunto organizado deliberadamente y tal vez nunca se concibió a sí mismo como un artista y ni siquiera como un músico que ha compuesto demasiado.
Ahora que habían vuelto a comprar pinturas suyas de los ochenta pensaba que había pintado demasiado y que siempre le seguiría faltando un cuadro: justo el único que no sería una mera repetición.
Una frase: si encontrase una frase que dijera lo mismo y a la vez expresara lo que debió decirle el escritor en su sueño podría repetir, por ejemplo, "no busco, encuentro y esta frase es mi oreja de Van Gogh". Después podría ensayar un cuaderno de imágenes inspirado en la lenta cicatrización de una cara aurotomizada. En el sur conoció a un guía andino que había perdido sus orejas por gangrena. El pelo ralo, la boca fruncida de mapuche y los costados de la cara tan lisos le daban un aspecto de lombriz que contrastaba con su voz grave de inolvidable contador de historias de montaña. Podría elaborar un cuaderno de bocetos en sepia con variaciones de reflejos de nieve y piedra contra la cara de un guía andino. "Imágenes del frío" podría llamarse y subastarse alguna vez, si valiese la pena emprenderlo. Pero difícilmente valiese la pena.
Una vez en Denver asistió a una subasta de arte y durante la cena el galerista le dijo que había vendido medio millón de dólares en obras de Rudolph Kretzer. Kretzer había sido director del hospital de Denver y decano médico de la universidad de Colorado. Montañista, tenía el hobby de fotografíar glaciares y era un buen ilustrador. Ahora, retirado, comenzaba a exponer sus pinturas: todos glaciares, documentados fotográficamente a lo largo de cuarenta años de viajes con su Leika, sus zapatones de escalar y su insignificante mujer que tomaba notas de todo. Frente a cada fotografía de glaciar en un blanco y negro de sales de plata, la galería exponía una tela al acrílico que la replicaba en un gradiente de blanco a azul, que en algunas partes aparecía invadido de reflejos rosados. Emulaba un ejercicio de Photoshop o de alguno de esos programas de digitalización de imagen para uso doméstico. Vista en Buenos Aires, la muestra le habría parecido el lanzamiento promocional de una cadena de heladerías, o la propuesta publicitaria de un nuevo concepto de agua mineral. Pero estaba en Denver, invitado por el mismo Kretzer y cuando le pidieron una opinión sobre las piezas había dicho que era un proyecto asombroso, el mensaje de toda una vida. Después fueron todos a cenar, bebieron mucho y en algún momento su comentario debió haber llegado a oídos del viejo médico que se paró y fue hacia él para estrecharle la mano por tercera vez en la noche, agradecido.
Medio millón de dólares es una fortuna para cualquiera, aunque haya sido el cirujano más prestigioso de Colorado que debió esperar hasta los sesenta y cinco años para exponer y empezar a excederse con el alcohol según demostró aquella noche.
Al parecer, sus fotografías en blanco y negro de glaciares eran un verdadero trabajo profesional. Kretzer era el único hijo nacido en América de una familia alemana de Boston que fue bastante hostigada durante la guerra. Para él las masas móviles de hielo, el celuloide y su preciosa Leika formaban un sistema cerrado, como los siete valores cromáticos para los contemporáneos de Bach. Ante la misma imagen registrada por dos cámaras, y examinando negativos y ampliaciones, ¿Podrá un experto determinar cuál fue captada por una Leika y cuál por una Nikkon? Es una pregunta sin sentido para un apasionado como Kretzer: si no existiesen las Leika él jamás habría sido fotógrafo.
-¿Y si no existiesen los glaciares?- Le había preguntado una vez y respondió en alemán que no podría responderlo, pero que en cambio estaba seguro de que si no existiese la anestesia ni él ni la mayoría de sus colegas habrían elegido ser cirujanos.
¿Cuál es mi Leika? ¿Qué será mi glaciar? -Se preguntaba el pintor y la duda venía agregarse a la ansiedad por identificar a esa señora de Campo cuya voz grabada se resistía a eliminar de la memoria del pequeño teléfono. Alguna vez llegaría a reconocerla. Más aún: en aquel momento no se sentía un desdichado, confiaba en su buena fortuna y, aunque ansioso, estaba seguro de que si subiera al primer piso y entrase a su estudio, frente al desorden de telas incompletas, taburetes y restos de carpintería iluminados por la puesta del sol recordaría algo de esa mujer y descubriría quién era. Tal vez habría estado alguna vez visitando el estudio. Debía ser una periodista, profesora, galerista, curiosa, coleccionista, amiga de alguien conocido, promotora de eventos. Tal vez fuese una fotógrafa enviada por alguien. Pero volvió a la biblioteca y desde el escritorio miró hacia la escalera resistiendo un vago impulso de subir y las ganas de sentarse de espaldas a la invasión de luz para sentir sobre los hombros y la nuca la tibieza de los últimos rayos de sol. Ahora, en el fondo de una fuga donde se escuchaban los golpes de arco de los violines como señales de esa torpeza inevitable que el arte consustanciaba con la misma música, podía reconocer las cuatro notas iniciales. Jamás podría identificar esas notas por su nombre ni por la medida de los intervalos que las separaban creando la sensación de un cuerpo que se incorpora y comienza a marchar, y, sin embargo, estaba seguro de que en los años que le quedaran por vivir podría seguir evocándolas o cantándolas.
Eternas, cuatro notas inconfundibles en la memoria. Tal vez así fuesen las moles de hielo en la memoria o en el álbum del viejo Kretzer, un destinatario naiv para las fugas y contrapuntos de los hielos de la naturaleza. Pero ningún pintor de estos países del sur podría subastar medio millón de dólares en la primera muestra de sus chapucerías. Ni un brasileño. Y menos un chileno. Es algo que solamente puede conseguirse en lo que ellos llaman América y esos quinientos mil dólares se habrán sumado a los ahorros de toda la vida del viejo cirujano para corroborar el acierto de sus búsquedas y de su encuentro imaginario con la obra.
Kretzer jamás necesitaría una frase.
Habían pensado que serían una pareja de alemanes porque los vieron leyendo Der Spiegel y después, durante la primer comida a bordo, los escucharon encargar en alemán una botella de Cabernet chileno: Rotes Wein, pidieron. No hablaban con nadie, sin embargo, sonreían a todos los pasajeros exageradamente, como los viejos americanos.
Era algo que se le había hecho evidente desde su primer viaje a lo que ellos llaman América. Los americanos parecían siempre ocupados, preocupados y apurados por terminar algo en lo que, como ellos dicen, concentraban toda su energía. Eso, hasta cierta edad. Después de los cincuenta , arrugados y encanecidos, comenzaban a sonreír.
Pero no debía ser una mera cuestión de edad. Llegó a pensar que sería un efecto de la guerra: sonreía tanto la gente que pasó su infancia en tiempos de la guerra mundial y que ahora sobrevivía satisfecha por semejante victoria: cincuenta millones de muertos. Los otros, los jóvenes circunspectos que siempre llegaban a restaurants y lugares de encuentro con miradas ansiosas y gestos de estar cumpliendo una misión serían gente nacida después de los años cincuenta, con nada que celebrar salvo sus crecientes salarios.
Pero en sucesivos viajes -treinta años viajando al norte y encontrando nuevas generaciones de viejos americanos sonrientes- descubrió que estaba equivocado y que la emergencia de la sonrisa tenía que ver con la edad y no con la época de nacimiento. Entonces descubrió los dientes: los jóvenes tenían dentaduras normales y relativamente bien cuidadas, en cambio los viejos mostraban bocas de una exagerada perfección, efectos de las prótesis y las coronas de porcelana que recubrían sus dientes opacados por el tiempo. Era algo natural: a la edad en que la propia dentadura decae, decaen también los desafíos de la vida y las posibilidades de seguir ascendiendo socialmente y de competir en el mercado de los valores convencionales. Entonces las máscaras dentarias, la cirugía y las prótesis bucales serían el medio más eficaz para producir algún cambio en los efectos que uno produce sobre los otros: vos sonreís y el otro americano te sonríe y su respuesta estimula más ganas de sonreír a la edad en que los ahorros y la nueva dentadura son los últimos motivos de satisfacción que te quedan.
Y no eran alemanes. En efecto, eran americanos, tenían las clásicas fundas dentales de porcelana y lo comprobó en la tercera noche, frente a las costas de Chiloé. Caminaban sonrientes por la cubierta de popa. La mujer le llegaba apenas a la altura del pecho y no pesaría más de cuarenta y cinco kilos. Ambos calzaban zapatones de montaña, inútiles sobre el traqueado de teca. Los había visto apoyados sobre las barandas de bronce consultando una carta marina a la luz de una pequeña linterna. Él dictaba frases en inglés y la mujercita tomaba notas en un cuaderno. Después pasaron hacia el puente y ella, sostenida por la cintura, caminaba leyéndole en inglés y con voz muy clara, lo que había anotado. Parecía un registro de bitácora: recitaba la hora, la distancia estimada de la costa en millas, la latitud y la longitud en grados, minutos y segundos y después parecía leer el diario de viajes de fin de curso de un adolescente: la voz, leyendo, se preguntaba en inglés si Pablo Neruda habría navegado por esas mismas costas y, en tal caso, qué poemas le habrían inspirado.
Imaginó que la pareja bilingüe debía pasar su vida viajando en cruceros por el mundo para registrar en cada país las probables fuentes de inspiración de sus premios Nobel más representativos. Hay infinitas maneras de viajar y cada americano encontrará la suya. Pero esas costas desparejas y oscuras y el vértigo de saber que, más allá de playas, caletas y acantilados, la bruma oculta cimas y volcanes de cinco mil metros, y que, debajo, el mar plateado por la luna menguante esconde un abismo de aguas de dos mil metros de profundidad, inspiraría cualquier cosa excepto versos que alienten la revolución proletaria o a las evoluciones del amor de las parejas atormentadas de clase media.
Pero estaba la bruma. Podrían haberlo llamado El Crucero de la Bruma: desde la salida de Valparaíso sólo habían visto brumas sobre la costa. Al parecer los chilenos vivían empecinados en quemar leña y carbón: en las ciudades, en los pueblitos, en las minas de cobre y hasta en los bosques que a medianoche se veía arder y eran manchas color naranja salpicadas de parpadeos de fuego filtrados por la bruma que ellos mismos producían.
Estaban en la mitad de la primavera y no quería pensar cómo habría sido ese cielo durante el invierno, en un país donde hasta en pleno verano el aire huele a estufa y a mezcla de ceniza de leña con gases de carbón.
Mirando al este sólo se veía costa y bruma. Hacia el oeste en cambio se veía mar azul, cielo limpio y una suerte de mensaje venido del infinito y de un pasado marino de navegantes polinesios. Eso podría inspirar a un poeta, en cambio la costa, nada. Lo mismo a un pintor. ¿Cómo representar esa visión que conjugaba el vértigo y el terror a la naturaleza con el horror de una porción de la humanidad consagrada a quemar todo lo que encuentra y sea, de alguna manera, material propicio para diseminar bruma, tufo y hollín?
Venían en un crucero promocional de unos americanos del Caribe que intentaban abrir el mercado turístico de los canales fueguinos y de la constelación de islotes y fiordos del sur chileno. A bordo la mayoría eran invitados. El pintor y su amiga brasileña habían recibido sus pasajes en canje por un cuadro experimental que hacía años había llamado la atención del dueño de una agencia de turismo y cambios en Montevideo.
Era un caso semejante al del americano que les había parecido alemán: la sonriente pareja había ganado sus pasajes en un sorteo a bordo de otro crucero por las costas del Báltico. Fue durante la fiesta del veintiuno de junio: el día sin noche, o la noche enteramente iluminada que tanto excita a los escandinavos. Otros pasajeros que fueron conociendo tenían historias parecidas: sorteos, canjes, recompensas por haber completado algún plan de ventas, premios corporativos al retiro de unos gerentes. Al parecer, los japoneses que ocupaban las mesas de la banda de babor del salón de comidas y siempre se mareaban eran los únicos legítimos turistas que habían pagado por lo que creían un viaje a la Antártida.
Con los días se fueron conociendo y terminaron integrando un pequeño grupo con una pareja de argentinos, unos diplomáticos italianos y otro médico americano que también había sospechado que el viejo Kretzer era alemán y hasta temió que hubiera sido nazi, lo que habría sido una razón para arruinarle aquellas vacaciones.
Comentaban estas mismas cosas: la bruma, las expectativas que todos tenían de conocer los fiordos chilenos y la retícula de canales fueguinos y la paradoja de que los únicos verdaderos turistas procediesen del centenar de orientales que comían a babor y estaban siempre mareados.
Era difícil comentarlo en inglés: su brasileña apenas comprendía algunas expresiones y los otros argentinos no parecían interesados en el tema. La pequeña señora de Kretzer hacía de intérprete resumiendo en portugués lo que hablaban los hombres, pero la cuestión de la verdad carecía de interés para ambas mujeres
Tenían razón: si ya estaban a bordo y los esperaban dos semanas de navegación y tours costeros, quedaban condenados a la misma experiencia de viaje y en nada cambiarían sus vidas de pasajeros saberse verdaderos o falsos turistas. No tenían más alternativa que dejarse llevar y aguardar con paciencia la llegada al aeropuerto a tiempo para abordar el vuelo de retorno.
Esa era la impresión de las mujeres y ahora, pasados más de cinco años, el pintor pensaba que aquellas primeras discusiones a bordo acerca de verdaderos y falsos turistas serían un buen ejemplo para considerar la cuestión de la naturaleza del verdadero arte. Sonaba el sexto o séptimo contrapunto del Arte de la Fuga y evocando el servicio de mesa y los vinos chilenos de aquel crucero se le ocurrió invitar a comer a su amigo escritor para comentar este tema que seguramente lo entusiasmaría. Claro, el ideal sería no invitarlo sino imitarlo, apareciendo en sus sueños para sugerirle el tema de un relato, que fuese, en palabras, la contrapartida lógica del cuadro imposible de aquella madrugada. Pero era algo que no estaba a su alcance. En cambio, convidarlo y reservar una mesa en Tomo I con el pretexto de celebrar la venta de dos viejas pinturas de los años ochenta y exponer la cuestión de los verdaderos y falsos turistas a la luz de unas botellas de buen Malbec argentino sólo requería un par de llamados desde el celular y una breve ducha antes de vestirse para salir.
Estaba a punto de llamar. Estuvo a punto de desistir. Volvió a escuchar la voz de la señora de Campo diciendo que volvería a llamar. Volvió a asociar ese tono nasal a la imagen de líquenes tapizando una roca, a un perfume de tierra seca y al tacto inesperado de un aplique de piel en el cuello de un anorak. Se sentía a punto de recordar la cara de esa mujer. Y recordar la cara, a partir del nombre y de un tono de voz es, prácticamente, identificar a una persona: la biografía y el drama, todo lo que haga a la identidad personal, se desprenden naturalmente de esos tres elementos. Parece lo contrario a la música. El disco compacto ya había recomenzado varias veces y en aquel momento reproducía un contrapunto cuyo lugar en el desarrollo del Arte de la Fuga no podía determinar. Por instantes las armonías del cuarteto parecían fragmentos de Brahms y hasta de una pieza de cámara de Borodin, o de Tchaikosky. Si fuesen parte de la banda sonora de un film publicitario sólo un músico experto los atribuiría a Bach. Pero pronto la evolución de la música volvía a afirmarse en una sucesión indeleble de notas, como firmando o confirmando la obra.
Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les habrán ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin que sólo percibirían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos ni instrumentos: tal vez así estuviese contemplando la pintura la humanidad contemporánea. Salas públicas, museos, eventos, prensa, libros de arte: lugares y cosas donde todo fondo se convertía en figura. ¿Qué pensaría su amigo escritor? ¿Y qué podría llegar a decir de lo que pensase en el curso de un sueño o de una cena en Tomo I? Debía llamarlo.
Lo llamó. Acordaron encontrarse a las nueve en un barcito. De inmediato reservó mesa para dos personas. Tenía dos horas por delante y apagó el equipo de sonido. El problema era tolerar el hambre hasta el momento de comer. Si subiese al estudio, ordenando pinturas, revisando sus avances de las últimas semanas y planificando los trabajos pendientes pasaría el tiempo y el hambre sería más tolerable. Pero subir sería traicionar su decisión de esa tarde. Decidió prepararse un café con galletas y permanecer en el estudio sin música y sin libros a la vista, sentado frente a la mesa, en la semioscuridad, pensando. Más tarde se afeitaría y después, la ducha.
El café, las galletas, la biblioteca deliberadamente a oscuras, el disco compacto inerte y mudo dentro de la bandeja del equipo, el baño, la espuma de afeitar: todo integraba un sistema dispuesto para encontrarle una armonía. La armonía imposible del artista: bastaba componerla para que estallase la necesidad de algo estridente, una nueva promesa de orden que integraría en el conjunto la identificación de la voz de una mujer, un sueño que revelaría el misterio de las figuras y los fondos, y un proyecto de representar la bruma sobre las costas del Pacífico que diese cuenta del combate de una civilización contra el frío y la atmósfera.
El silencio estaba como horadado por astillas de ruido: los crujidos de la madera de su sillón, que, montado sobre un muelle giratorio de acero, amplificaba cada movimiento del cuerpo al corregir su posición, al mirar a un lado, o al estirar el cuello elevando la cabeza para soltar el aliento como si algo hubiese venido a aliviarlo. Pero nada venía y, si viniese, nada encontraría para aliviar.
Esto es el peso y el paso del tiempo, pensó y pensó que tendría que escribirlo: muchos pintores escribieron. Idealmente, pensaba, se sentiría mejor un pintor que antes de encontrar su obra hubiese fracasado en la música, o en la poesía. Era otro tema para la comida de la noche: la experiencia del fracaso en un arte como atenuante o sustituto de la certidumbre de haber fracasado en la vida, con obra, o sin ella. Pero no es fácil hablar de los fracasos y del fracaso de la vida en uno de esos ámbitos artificiales creados para el bienestar, o para el placer. Al parecer los altos precios y tanto trabajo humano agregado armónicamente al diseño y la composición del espacio, al servicio de mesa y a la preparación del menú, confluían produciendo un efecto que neutralizaba cualquier idea de fracaso adentro o afuera del local, antes y después de la comida. Esas complejas y minuciosas operaciones podrían tener un nombre, o una notación, como la música, pero si existiesen, él no sabría identificarlos.
Ser pintor, pensó, es permanecer ciego o sordo frente a las manifestaciones de esas artes del comercio y la buena sociabilidad. Lo mismo ha de ocurrirle a un escritor, pero no sería un tema adecuado para las charlas de esa noche: en el espacio del restaurant una pareja de hombres cenando parece condenada a representar el fracaso que significaría la ausencia de mujeres, esas esposas a las que por alguna causa imaginada entre las condiciones del arte debieron renunciar: una cena de artistas convertida súbitamente en un encuentro de divorciados o solteros, por efecto de la irrupción del tema trivial del éxito y el fracaso en la vida.
Tal vez entre los comensales estuviese la señora de Campo, comiendo junto al señor Campo y un matrimonio amigo. Intentó componerse la escena: era como un boceto a lápiz, gris, en una atmósfera ensombrecida por la ironía y la denuncia social. Las figuras estaban casi a oscuras, pero al imaginarlas comenzaban a animarse y entre los trazos de grafito aparecía el fondo del papel cobrando el color de la luz apergaminada de un restaurante de preguerra. Una de las cuatro figuras en sombras debía ser la señora de Campo. Mentalmente, podría comenzar a definir un cuadro. Pintar es pintar una falta de la memoria: no parecía una frase eterna. Pero valdría la pena extender la pintura ambarina que era un reflejo de la luz entre las sombras de las figuras y los cuerpos. Y, mentalmente, bastaba aplicar la punta de un cuchillo de mesa imaginario sobre esos filamentos de luz para definir el cuello y el mentón de la mujer de la derecha: ella sería la señora de Campo, con el señor Campo de gruesos bigotes ubicado a su izquierda y enfrentando a la mujer de la otra pareja.
Pero ninguna mujer con esa voz nasal que había vuelto a escuchar grabada en su teléfono iría a una cena en Tomo I vistiendo un suéter de lana jaspeado con cuello de piel. La trama de lana y el aplique de piel se adecuaban más a la escena de un albergue de montaña: podrían estar comiendo fiambres alemanes o repostería alpina frente a un tazón de chocolate humeante. Si extendiese la luz con la punta del cuchillo, o con una espátula, se revelarían los tazones y los platos de torta inertes sobre la mesa. Y la luz ambarina, en efecto, era la de un albergue de montaña: no surgía de lámparas incandescentes atenuadas por pantallas de pergamino, sino de bombillas que reflejaban el temblor eléctrico procedente de un dínamo.
En la montaña, con el paso de las horas, el ruido de los motores diesel de dínamos y pequeñas centrales eléctricas se vuelve parte del paisaje, se deja de oír y empieza a percibirse como una luz, o como una cualidad misteriosa del aire. El ruido de la altura, el temblor de la luz.
O el temblor de la altura al cabo de tantos días flotando sobre la profundidad temblorosa del mar. El mar helado, la montaña helada: recordó el frío de aquella noche en el albergue. Fue durante aquel crucero por el sur. El barco había fondeado en una bahía, a menos de una milla de una caleta de pescadores. Todo parecía organizado: los pescadores llegaron en sus chalupas con motor fuera de borda, amarraron a la popa del barco y subieron a negociar con el capitán. Había un guía invitando a los del crucero a recorrer el campo y cruzar la montaña con caballos y mulas para conocer el lado argentino y visitar una estancia. El paseo venía a agregar al tour una suerte de aventura. Pocos quisieron ir y la mayoría prefirió sumarse a unas excursiones de pesca que no los alejaban demasiado del barco, su casa. Del grupo de pasajeros que compartía la mesa redonda de estribor sólo cinco o seis habían aceptado el programa. Los Kretzer con su Leika y sus cuadernos, la mujer de la pareja de argentinos cuyo marido odiaba el frío y la montaña, dos españoles y él. Su brasileña temía a los caballos -fobia- y se quedó mirando antiguas películas en la biblioteca del crucero, única mujer sola entre decenas de matrimonios japoneses tratando de descifrar los subtítulos en español.
La cabalgata por el valle con sus arroyos helados les ocupó toda la mañana. A mediodía almorzaron en un vivero de salmones, sin bebidas ni postre, sólo salmón, pan y café instantáneo preparado en un caldero de hierro por una indiecita. El doctor Kretzer fotografiaba todo. Su mujer anotaba todo con entusiasmo y siguió anotando cuando dejaron los caballos para montar las mulas que los llevarían por el sendero, un zanjón cavado en la nieve que subía en espiral rumbo a un humito que se divisaba muy lejos en la altura y era el albergue.
Ahora podía reconstruir el cuadro, la cena en el albergue. Luz temblorosa, sopa, vino, guiso de cordero, compotas: toda comida semilíquida en tazones y bols. Debía modificar la luz con un pincel imaginario para insinuar el revestimiento de pino en las paredes y las pequeñas ventanas desde donde llegaba a verse, en la noche, la cima de un volcán en permanente erupción de vapores sulfúricos. La pintura sustituía los vagos trazos del grafito. Pero debía mantener a oscuras la cara de la mujer. La recordaba: era la argentina de la pareja que durante todo el tiempo estuvo tocándole las manos con cualquier pretexto. Tenía la nariz finísima y enrojecida por el vino y el frío. El de bigotes sería un chileno de lugar. No era el marido ni el guía de cara lisa sin orejas que parecía una lombriz con la boca fruncida. Todos tenían sueño pero seguían bebiendo. Poco antes de la sopa había recorrido el albergue. Sin habitaciones, sólo disponía de unas pocas literas encimadas como cuchetas y acondicionadas con unas mantas mugrientas. Tampoco había baño: había un espacio que era una suerte de almacén donde se apilaban esquíes, sogas de escalar, lonas de carpas en desuso, pieles de ovejas, y más mantas mugrientas y bidones de combustible. En un rincón había una caja de madera clavada al piso, con una tapa redonda que debía permanecer cerrada porque comunicaba al vacío de una barranca de nieve desde donde subía una corriente de aire helado. Desde ese mueble debían cagar y mear los turistas y viajeros, sintiendo el aire frío y la caída de su excremento que crepitaba al impactar sobre la superficie helada, diez metros más abajo. ¿Tomaría anticonceptivos ella? Sin cuartos, sin baño, sin agua caliente, con media docena de personas del crucero semiborrachas alrededor, insistía en tomarle las manos con cualquier pretexto, festejando lo que decían los de la mesa, o lo que ella misma decía entre carcajadas. Reían del volcán, reían del absurdo de estar atrapados sin agua y sin baño a mil quinientos metros sobre el nivel del crucero y a seis horas de marcha de cualquier posible destino. Y ella reía de todo: rió al escuchar que la señora de Kretzer estudiaba lingüística con su edad de abuelita, rió al leer el marbete con la marca del vino Tarapacá y rió más al enterarse de que él era pintor.
-¡Pintor!-, exclamaba y reía tocándole nuevamente las manos. No parecía el tipo de mujer que toma anticonceptivos, pero ahora aparecía en el cuadro nítidamente su perfil y la marca de su pómulo prominente. En algún lugar de Denver, en Colorado, debía haber fotografías tomadas por la Leika aquella noche del albergue. ¿Tomaría anticonceptivos? Preguntarlo le pareció de pésimo gusto. En cambio le confesó que había resuelto no cagar hasta la mañana siguiente, porque el frío de la letrina desalentaba cualquier propósito:
-Siempre cago antes de cenar, -le dijo y ella, riendo, respondió que siempre cagaba después del desayuno. Se llamaba Marina y nunca supo el apellido, pero ahora, en el estudio, recordaba las mantas y estaba seguro de que se trataba de la señora de Campo.
No se llamaba Campo, pero cuando todos empezaron a ocupar las literas de las paredes del albergue, él le anunció que dormiría en un rincón del almacén, del cuarto de baño, y ella se había dejado conducir. Sin desnudarse -no haría más de un grado de temperatura- se cubrieron con las mantas dispuestos a dormir abrazados, y después, cuando entró una figura menuda y usó la letrina sin notarlos, o ignorándolos, se taparon también las cabezas moviéndose apenas, para no hacer ruido. La figurita se demoró eternamente en la letrina. La masa de viento helado llegaba hasta el interior de las mantas y el ruido de motor diesel del dínamo crecía con cada flujo de corriente de aire. Le habló al oído, diciendo que el olor a mierda de oveja de las mantas era insoportable y ella le dijo en voz muy baja que callara y que no era olor a oveja sino olor a campo: típico olor a campo. Entonces se besaron y ella, imitándolo, comenzó a soltarse la ropa: un pantalón de esquí. Desde abajo vino su mano y sus dedos húmedos le frotaron la nariz. Él los lamió oliéndolos y ella formó un óvalo entre el pulgar y la palma de mano instándolo a jugar allí con su lengua... No se puede pintar esa composición bajo las mantas, en medio de la oscuridad, bajo el terror al frío. Y sólo un verdadero artista podría describir con palabras la fusión rara de pudor y temor a helarse que les impidió desnudarse totalmente. Por unos minutos estuvieron tocándose mutuamente y hacia el final ella levantó las mantas para confirmar que ya no estaba el hombre o la mujer de la letrina y jadeó. Más tarde se libraron de la ropa y hasta una vez se separaron para acudir, turnándose, a la letrina helada. Por la mañana, -al parecer todos despertaron muy tarde esa mañana-, la señora de Kretzer estuvo intercambiando guiños de complicidad con ambos. Probablemente habría escuchado algo, pero nadie comentó el tema a pesar de que varias veces se habló del olor insoportable de las mantas y las literas . Olor a mugre y a oveja, coincidieron, pero ella siguió insistiendo en que era el olor natural del campo. El marido tenía un largo apellido vasco. No se llamaba Campo pero tenía grandes bigotes negros, como de campesino.
Todos habían dormido mal aquella noche de tanto frío e incomodidad en contraste con los camarotes climatizados del barco, pero como aventura, el paso de montaña hacia Argentina fue, para los que participaron, el momento más memorable de aquel crucero. Ahora a su memoria había venido a agregarse una lámina figurativa, con trazos de lápiz, sombras de grafito y surcos de pintura ambarina que pretendían representar la electricidad y el recuerdo. Otro cuadro imposible, fuera de estilo, fuera de género, ajeno a cualquier proyecto de realización.
A su amigo escritor cualquiera podría imaginarlo apareciendo en sus sueños para provocar la concepción de un plan irrealizable. Pero sería difícil suponerlo capaz de detenerse toda una tarde en la composición del fondo de un recuerdo, sólo para descubrir la identidad de alguien que lo ha llamado por teléfono.
Tal vez él fuese un verdadero artista, también un desdichado que ante cada evidencia de la obra oye el crujido de la madera de su sillón al recostarse para dejar que corra el tiempo y alivie la inminencia del tiempo. Nunca podrán saberlo. Pero durante la cena le diría que comparten un tiempo paralelo, lleno de piezas, telas, textos y episodios que se confunden y amalgaman para componer el fondo de algo que nunca terminarían de expresar, de contar, de entender.
abril de 2002
Tenía el propósito de escribir sobre un pintor. Un verdadero artista y, como todo verdadero artista y como todo verdadero cualquier otra cosa, un verdadero desdichado.
La virtud de la expresión "verdadero artista" es que no requiere ser puesta a prueba: si el tipo no fuese verdadero, no sería artista y entonces no sería nada y puede cerrarse la cuestión. Pero este pintor, que era un verdadero artista, en cuanto tal era un verdadero desdichado: desde hacía décadas perseguía una obra para la que nunca le llegaba la oportunidad.
Una noche despertó sobresaltado sin saber por qué y de inmediato se volvió a dormir. Entonces soñó que un amigo escritor le describía un cuadro, figuración de un paisaje que por efectos de la perspectiva y del tratamiento de la materia del color -el óleo-representaba la visión normal de una persona. Es decir, en cierta zona de la imagen los detalles eran tan precisos como los de esos puntos donde el espectador fija la mirada, y, fuera de ese fragmento de la tela, las imágenes seguían siendo reales y precisas pero tenían la insubstancialidad característica de las cosas que no entran en el foco de atención de los humanos.
Parecían formas dispuestas para revelarse con absoluta nitidez y que, si no existiesen, nada del paisaje registraría un cambio.
El escritor lo instaba a materializar el cuadro objeto de ese relato y hasta le proponía un título: Lo Cristalino.
En verdad, pensaba al despertar, las cosas que se encuentran fuera del foco de la atención podrían no existir o proceder de la memoria o de la imaginación del sujeto, de modo que pertenecerían a un estado intermedio entre el arte y la vida.
-Como yo- dijo frente al espejo de su baño, rió y por un rato sintió que no era un desdichado y hasta estuvo a punto de telefonearle al escritor para agradecer su intervención en un sueño que había impreso un giro de ciento ochenta grados a su carrera artística.
Por fortuna se habían descargado las baterías de su teléfono celular y no encontró manera de conectarlo al cable del transformador eléctrico que le habían vendido con el equipo, de modo que una omisión del fabricante destinada a ganar imponiendo la compra de más baterías que las indispensables acababa de ahorrarle el riesgo de aparecer ante su amigo como un imbécil o un demente, justo a la hora del almuerzo.
Él no almorzó. Comió una galleta y un par de bananas mientras esperaba que la máquina filtrase el café. Fumó poco y pasó la tarde en la salita que había acondicionado como biblioteca. No quería ver sus pinturas ni el desorden del estudio del primer piso. Necesitaba pensar y estuvo yendo y viniendo entre el escritorio y los estantes para revisar esos libros que tan bien conocía y cuyas imágenes recorría ahora tratando de figurarse cómo la misma idea de su amigo escritor habría asistido a los proyectos de los grandes maestros, incluyendo a no pocos clásicos orientales.
Entre las páginas de un libro de croquis de Picasso encontró la fotocopia de un relato de Albero donde al viejo, que por entonces sería menor que él, le preguntaban "¿qué busca en su pintura?" como dando el pie para que teatralmente respondiese "yo no busco: encuentro". Evidentemente, en algún momento de su carrera todo artista debe representarse con una frase inolvidable.
Después estuvo hojeando dos biografías de Beethoven, una de Schoemberg, un libro de correspondencia de Mozart y el manual de Schweitzer sobre los corales de Bach. Seguía convencido de que la música y la vida de los músicos contienen una enseñanza que los artistas plásticos nunca terminan de asimilar. Hacía poco se había puesto de moda una transcripción de El Arte de Fuga para cuarteto de cuerdas y resolvió que era el momento de volver a escucharla. Cuando introdujo el disco compacto en el equipo de sonido, por primera vez en la tarde oyó el timbre de su celular: las baterías ya estaban cargadas y llamaba una mujer de parte de su marchand para consultar sobre una operación de venta de dos obras que había pintado en l980. El comprador ofrecía pagar parte del precio con dos pasajes a Madrid y, convencido de que sería el mismo coleccionista que años atrás había canjeado un collage por un crucero a los Canales Fueguinos, dejó la decisión del negocio a criterio del marchand y cortó preguntándose por qué no lo había llamado personalmente.
Encontró cuatro mensajes grabados en el celular. Ninguno sería urgente pero se dispuso a escucharlos. Hasta la cocina llegaban los sonidos del cuarteto. Se podía reconocer un fragmento de viola solista, y en su transcurso, acentuada, la sucesión de cuatro notas que habían sonado mientras corría hacia el teléfono y se repetirían todo a lo largo de la obra. Cuatro veces repitió el mensaje de una mujer. Trataba de identificar esa voz que se presentaba como la de la señora de Campo. ¿Quién sería Campo? Pensó en el campo visual, su foco de atención y en la gradual desaparición de los colores y las formas que, estando más allá, igualmente impresionan la retina aunque no integren la percepción ni queden en la memoria.
Recordaba esa voz: alguna vez habría formado parte del fondo grisáceo de algo visto u oído. Hasta llegó a asociarla con un abrigo de piel, un perfume de tierra o musgo y un tacto áspero de líquenes sobre la piedra.
En contraste, la versión de El Arte de la Fuga por los del Juillard era pura figura o foco: no tenía fondo. Así merecería ser todo el arte. Si entendió bien las observaciones de Schweitzer, hacia el fin de su vida Bach no debió distraerse imaginando a sus obras como una totalidad. Debió pensarlas como estallidos distantes que sólo vistos desde el otro lado de la colina semejan un conjunto organizado deliberadamente y tal vez nunca se concibió a sí mismo como un artista y ni siquiera como un músico que ha compuesto demasiado.
Ahora que habían vuelto a comprar pinturas suyas de los ochenta pensaba que había pintado demasiado y que siempre le seguiría faltando un cuadro: justo el único que no sería una mera repetición.
Una frase: si encontrase una frase que dijera lo mismo y a la vez expresara lo que debió decirle el escritor en su sueño podría repetir, por ejemplo, "no busco, encuentro y esta frase es mi oreja de Van Gogh". Después podría ensayar un cuaderno de imágenes inspirado en la lenta cicatrización de una cara aurotomizada. En el sur conoció a un guía andino que había perdido sus orejas por gangrena. El pelo ralo, la boca fruncida de mapuche y los costados de la cara tan lisos le daban un aspecto de lombriz que contrastaba con su voz grave de inolvidable contador de historias de montaña. Podría elaborar un cuaderno de bocetos en sepia con variaciones de reflejos de nieve y piedra contra la cara de un guía andino. "Imágenes del frío" podría llamarse y subastarse alguna vez, si valiese la pena emprenderlo. Pero difícilmente valiese la pena.
Una vez en Denver asistió a una subasta de arte y durante la cena el galerista le dijo que había vendido medio millón de dólares en obras de Rudolph Kretzer. Kretzer había sido director del hospital de Denver y decano médico de la universidad de Colorado. Montañista, tenía el hobby de fotografíar glaciares y era un buen ilustrador. Ahora, retirado, comenzaba a exponer sus pinturas: todos glaciares, documentados fotográficamente a lo largo de cuarenta años de viajes con su Leika, sus zapatones de escalar y su insignificante mujer que tomaba notas de todo. Frente a cada fotografía de glaciar en un blanco y negro de sales de plata, la galería exponía una tela al acrílico que la replicaba en un gradiente de blanco a azul, que en algunas partes aparecía invadido de reflejos rosados. Emulaba un ejercicio de Photoshop o de alguno de esos programas de digitalización de imagen para uso doméstico. Vista en Buenos Aires, la muestra le habría parecido el lanzamiento promocional de una cadena de heladerías, o la propuesta publicitaria de un nuevo concepto de agua mineral. Pero estaba en Denver, invitado por el mismo Kretzer y cuando le pidieron una opinión sobre las piezas había dicho que era un proyecto asombroso, el mensaje de toda una vida. Después fueron todos a cenar, bebieron mucho y en algún momento su comentario debió haber llegado a oídos del viejo médico que se paró y fue hacia él para estrecharle la mano por tercera vez en la noche, agradecido.
Medio millón de dólares es una fortuna para cualquiera, aunque haya sido el cirujano más prestigioso de Colorado que debió esperar hasta los sesenta y cinco años para exponer y empezar a excederse con el alcohol según demostró aquella noche.
Al parecer, sus fotografías en blanco y negro de glaciares eran un verdadero trabajo profesional. Kretzer era el único hijo nacido en América de una familia alemana de Boston que fue bastante hostigada durante la guerra. Para él las masas móviles de hielo, el celuloide y su preciosa Leika formaban un sistema cerrado, como los siete valores cromáticos para los contemporáneos de Bach. Ante la misma imagen registrada por dos cámaras, y examinando negativos y ampliaciones, ¿Podrá un experto determinar cuál fue captada por una Leika y cuál por una Nikkon? Es una pregunta sin sentido para un apasionado como Kretzer: si no existiesen las Leika él jamás habría sido fotógrafo.
-¿Y si no existiesen los glaciares?- Le había preguntado una vez y respondió en alemán que no podría responderlo, pero que en cambio estaba seguro de que si no existiese la anestesia ni él ni la mayoría de sus colegas habrían elegido ser cirujanos.
¿Cuál es mi Leika? ¿Qué será mi glaciar? -Se preguntaba el pintor y la duda venía agregarse a la ansiedad por identificar a esa señora de Campo cuya voz grabada se resistía a eliminar de la memoria del pequeño teléfono. Alguna vez llegaría a reconocerla. Más aún: en aquel momento no se sentía un desdichado, confiaba en su buena fortuna y, aunque ansioso, estaba seguro de que si subiera al primer piso y entrase a su estudio, frente al desorden de telas incompletas, taburetes y restos de carpintería iluminados por la puesta del sol recordaría algo de esa mujer y descubriría quién era. Tal vez habría estado alguna vez visitando el estudio. Debía ser una periodista, profesora, galerista, curiosa, coleccionista, amiga de alguien conocido, promotora de eventos. Tal vez fuese una fotógrafa enviada por alguien. Pero volvió a la biblioteca y desde el escritorio miró hacia la escalera resistiendo un vago impulso de subir y las ganas de sentarse de espaldas a la invasión de luz para sentir sobre los hombros y la nuca la tibieza de los últimos rayos de sol. Ahora, en el fondo de una fuga donde se escuchaban los golpes de arco de los violines como señales de esa torpeza inevitable que el arte consustanciaba con la misma música, podía reconocer las cuatro notas iniciales. Jamás podría identificar esas notas por su nombre ni por la medida de los intervalos que las separaban creando la sensación de un cuerpo que se incorpora y comienza a marchar, y, sin embargo, estaba seguro de que en los años que le quedaran por vivir podría seguir evocándolas o cantándolas.
Eternas, cuatro notas inconfundibles en la memoria. Tal vez así fuesen las moles de hielo en la memoria o en el álbum del viejo Kretzer, un destinatario naiv para las fugas y contrapuntos de los hielos de la naturaleza. Pero ningún pintor de estos países del sur podría subastar medio millón de dólares en la primera muestra de sus chapucerías. Ni un brasileño. Y menos un chileno. Es algo que solamente puede conseguirse en lo que ellos llaman América y esos quinientos mil dólares se habrán sumado a los ahorros de toda la vida del viejo cirujano para corroborar el acierto de sus búsquedas y de su encuentro imaginario con la obra.
Kretzer jamás necesitaría una frase.
Habían pensado que serían una pareja de alemanes porque los vieron leyendo Der Spiegel y después, durante la primer comida a bordo, los escucharon encargar en alemán una botella de Cabernet chileno: Rotes Wein, pidieron. No hablaban con nadie, sin embargo, sonreían a todos los pasajeros exageradamente, como los viejos americanos.
Era algo que se le había hecho evidente desde su primer viaje a lo que ellos llaman América. Los americanos parecían siempre ocupados, preocupados y apurados por terminar algo en lo que, como ellos dicen, concentraban toda su energía. Eso, hasta cierta edad. Después de los cincuenta , arrugados y encanecidos, comenzaban a sonreír.
Pero no debía ser una mera cuestión de edad. Llegó a pensar que sería un efecto de la guerra: sonreía tanto la gente que pasó su infancia en tiempos de la guerra mundial y que ahora sobrevivía satisfecha por semejante victoria: cincuenta millones de muertos. Los otros, los jóvenes circunspectos que siempre llegaban a restaurants y lugares de encuentro con miradas ansiosas y gestos de estar cumpliendo una misión serían gente nacida después de los años cincuenta, con nada que celebrar salvo sus crecientes salarios.
Pero en sucesivos viajes -treinta años viajando al norte y encontrando nuevas generaciones de viejos americanos sonrientes- descubrió que estaba equivocado y que la emergencia de la sonrisa tenía que ver con la edad y no con la época de nacimiento. Entonces descubrió los dientes: los jóvenes tenían dentaduras normales y relativamente bien cuidadas, en cambio los viejos mostraban bocas de una exagerada perfección, efectos de las prótesis y las coronas de porcelana que recubrían sus dientes opacados por el tiempo. Era algo natural: a la edad en que la propia dentadura decae, decaen también los desafíos de la vida y las posibilidades de seguir ascendiendo socialmente y de competir en el mercado de los valores convencionales. Entonces las máscaras dentarias, la cirugía y las prótesis bucales serían el medio más eficaz para producir algún cambio en los efectos que uno produce sobre los otros: vos sonreís y el otro americano te sonríe y su respuesta estimula más ganas de sonreír a la edad en que los ahorros y la nueva dentadura son los últimos motivos de satisfacción que te quedan.
Y no eran alemanes. En efecto, eran americanos, tenían las clásicas fundas dentales de porcelana y lo comprobó en la tercera noche, frente a las costas de Chiloé. Caminaban sonrientes por la cubierta de popa. La mujer le llegaba apenas a la altura del pecho y no pesaría más de cuarenta y cinco kilos. Ambos calzaban zapatones de montaña, inútiles sobre el traqueado de teca. Los había visto apoyados sobre las barandas de bronce consultando una carta marina a la luz de una pequeña linterna. Él dictaba frases en inglés y la mujercita tomaba notas en un cuaderno. Después pasaron hacia el puente y ella, sostenida por la cintura, caminaba leyéndole en inglés y con voz muy clara, lo que había anotado. Parecía un registro de bitácora: recitaba la hora, la distancia estimada de la costa en millas, la latitud y la longitud en grados, minutos y segundos y después parecía leer el diario de viajes de fin de curso de un adolescente: la voz, leyendo, se preguntaba en inglés si Pablo Neruda habría navegado por esas mismas costas y, en tal caso, qué poemas le habrían inspirado.
Imaginó que la pareja bilingüe debía pasar su vida viajando en cruceros por el mundo para registrar en cada país las probables fuentes de inspiración de sus premios Nobel más representativos. Hay infinitas maneras de viajar y cada americano encontrará la suya. Pero esas costas desparejas y oscuras y el vértigo de saber que, más allá de playas, caletas y acantilados, la bruma oculta cimas y volcanes de cinco mil metros, y que, debajo, el mar plateado por la luna menguante esconde un abismo de aguas de dos mil metros de profundidad, inspiraría cualquier cosa excepto versos que alienten la revolución proletaria o a las evoluciones del amor de las parejas atormentadas de clase media.
Pero estaba la bruma. Podrían haberlo llamado El Crucero de la Bruma: desde la salida de Valparaíso sólo habían visto brumas sobre la costa. Al parecer los chilenos vivían empecinados en quemar leña y carbón: en las ciudades, en los pueblitos, en las minas de cobre y hasta en los bosques que a medianoche se veía arder y eran manchas color naranja salpicadas de parpadeos de fuego filtrados por la bruma que ellos mismos producían.
Estaban en la mitad de la primavera y no quería pensar cómo habría sido ese cielo durante el invierno, en un país donde hasta en pleno verano el aire huele a estufa y a mezcla de ceniza de leña con gases de carbón.
Mirando al este sólo se veía costa y bruma. Hacia el oeste en cambio se veía mar azul, cielo limpio y una suerte de mensaje venido del infinito y de un pasado marino de navegantes polinesios. Eso podría inspirar a un poeta, en cambio la costa, nada. Lo mismo a un pintor. ¿Cómo representar esa visión que conjugaba el vértigo y el terror a la naturaleza con el horror de una porción de la humanidad consagrada a quemar todo lo que encuentra y sea, de alguna manera, material propicio para diseminar bruma, tufo y hollín?
Venían en un crucero promocional de unos americanos del Caribe que intentaban abrir el mercado turístico de los canales fueguinos y de la constelación de islotes y fiordos del sur chileno. A bordo la mayoría eran invitados. El pintor y su amiga brasileña habían recibido sus pasajes en canje por un cuadro experimental que hacía años había llamado la atención del dueño de una agencia de turismo y cambios en Montevideo.
Era un caso semejante al del americano que les había parecido alemán: la sonriente pareja había ganado sus pasajes en un sorteo a bordo de otro crucero por las costas del Báltico. Fue durante la fiesta del veintiuno de junio: el día sin noche, o la noche enteramente iluminada que tanto excita a los escandinavos. Otros pasajeros que fueron conociendo tenían historias parecidas: sorteos, canjes, recompensas por haber completado algún plan de ventas, premios corporativos al retiro de unos gerentes. Al parecer, los japoneses que ocupaban las mesas de la banda de babor del salón de comidas y siempre se mareaban eran los únicos legítimos turistas que habían pagado por lo que creían un viaje a la Antártida.
Con los días se fueron conociendo y terminaron integrando un pequeño grupo con una pareja de argentinos, unos diplomáticos italianos y otro médico americano que también había sospechado que el viejo Kretzer era alemán y hasta temió que hubiera sido nazi, lo que habría sido una razón para arruinarle aquellas vacaciones.
Comentaban estas mismas cosas: la bruma, las expectativas que todos tenían de conocer los fiordos chilenos y la retícula de canales fueguinos y la paradoja de que los únicos verdaderos turistas procediesen del centenar de orientales que comían a babor y estaban siempre mareados.
Era difícil comentarlo en inglés: su brasileña apenas comprendía algunas expresiones y los otros argentinos no parecían interesados en el tema. La pequeña señora de Kretzer hacía de intérprete resumiendo en portugués lo que hablaban los hombres, pero la cuestión de la verdad carecía de interés para ambas mujeres
Tenían razón: si ya estaban a bordo y los esperaban dos semanas de navegación y tours costeros, quedaban condenados a la misma experiencia de viaje y en nada cambiarían sus vidas de pasajeros saberse verdaderos o falsos turistas. No tenían más alternativa que dejarse llevar y aguardar con paciencia la llegada al aeropuerto a tiempo para abordar el vuelo de retorno.
Esa era la impresión de las mujeres y ahora, pasados más de cinco años, el pintor pensaba que aquellas primeras discusiones a bordo acerca de verdaderos y falsos turistas serían un buen ejemplo para considerar la cuestión de la naturaleza del verdadero arte. Sonaba el sexto o séptimo contrapunto del Arte de la Fuga y evocando el servicio de mesa y los vinos chilenos de aquel crucero se le ocurrió invitar a comer a su amigo escritor para comentar este tema que seguramente lo entusiasmaría. Claro, el ideal sería no invitarlo sino imitarlo, apareciendo en sus sueños para sugerirle el tema de un relato, que fuese, en palabras, la contrapartida lógica del cuadro imposible de aquella madrugada. Pero era algo que no estaba a su alcance. En cambio, convidarlo y reservar una mesa en Tomo I con el pretexto de celebrar la venta de dos viejas pinturas de los años ochenta y exponer la cuestión de los verdaderos y falsos turistas a la luz de unas botellas de buen Malbec argentino sólo requería un par de llamados desde el celular y una breve ducha antes de vestirse para salir.
Estaba a punto de llamar. Estuvo a punto de desistir. Volvió a escuchar la voz de la señora de Campo diciendo que volvería a llamar. Volvió a asociar ese tono nasal a la imagen de líquenes tapizando una roca, a un perfume de tierra seca y al tacto inesperado de un aplique de piel en el cuello de un anorak. Se sentía a punto de recordar la cara de esa mujer. Y recordar la cara, a partir del nombre y de un tono de voz es, prácticamente, identificar a una persona: la biografía y el drama, todo lo que haga a la identidad personal, se desprenden naturalmente de esos tres elementos. Parece lo contrario a la música. El disco compacto ya había recomenzado varias veces y en aquel momento reproducía un contrapunto cuyo lugar en el desarrollo del Arte de la Fuga no podía determinar. Por instantes las armonías del cuarteto parecían fragmentos de Brahms y hasta de una pieza de cámara de Borodin, o de Tchaikosky. Si fuesen parte de la banda sonora de un film publicitario sólo un músico experto los atribuiría a Bach. Pero pronto la evolución de la música volvía a afirmarse en una sucesión indeleble de notas, como firmando o confirmando la obra.
Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les habrán ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin que sólo percibirían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos ni instrumentos: tal vez así estuviese contemplando la pintura la humanidad contemporánea. Salas públicas, museos, eventos, prensa, libros de arte: lugares y cosas donde todo fondo se convertía en figura. ¿Qué pensaría su amigo escritor? ¿Y qué podría llegar a decir de lo que pensase en el curso de un sueño o de una cena en Tomo I? Debía llamarlo.
Lo llamó. Acordaron encontrarse a las nueve en un barcito. De inmediato reservó mesa para dos personas. Tenía dos horas por delante y apagó el equipo de sonido. El problema era tolerar el hambre hasta el momento de comer. Si subiese al estudio, ordenando pinturas, revisando sus avances de las últimas semanas y planificando los trabajos pendientes pasaría el tiempo y el hambre sería más tolerable. Pero subir sería traicionar su decisión de esa tarde. Decidió prepararse un café con galletas y permanecer en el estudio sin música y sin libros a la vista, sentado frente a la mesa, en la semioscuridad, pensando. Más tarde se afeitaría y después, la ducha.
El café, las galletas, la biblioteca deliberadamente a oscuras, el disco compacto inerte y mudo dentro de la bandeja del equipo, el baño, la espuma de afeitar: todo integraba un sistema dispuesto para encontrarle una armonía. La armonía imposible del artista: bastaba componerla para que estallase la necesidad de algo estridente, una nueva promesa de orden que integraría en el conjunto la identificación de la voz de una mujer, un sueño que revelaría el misterio de las figuras y los fondos, y un proyecto de representar la bruma sobre las costas del Pacífico que diese cuenta del combate de una civilización contra el frío y la atmósfera.
El silencio estaba como horadado por astillas de ruido: los crujidos de la madera de su sillón, que, montado sobre un muelle giratorio de acero, amplificaba cada movimiento del cuerpo al corregir su posición, al mirar a un lado, o al estirar el cuello elevando la cabeza para soltar el aliento como si algo hubiese venido a aliviarlo. Pero nada venía y, si viniese, nada encontraría para aliviar.
Esto es el peso y el paso del tiempo, pensó y pensó que tendría que escribirlo: muchos pintores escribieron. Idealmente, pensaba, se sentiría mejor un pintor que antes de encontrar su obra hubiese fracasado en la música, o en la poesía. Era otro tema para la comida de la noche: la experiencia del fracaso en un arte como atenuante o sustituto de la certidumbre de haber fracasado en la vida, con obra, o sin ella. Pero no es fácil hablar de los fracasos y del fracaso de la vida en uno de esos ámbitos artificiales creados para el bienestar, o para el placer. Al parecer los altos precios y tanto trabajo humano agregado armónicamente al diseño y la composición del espacio, al servicio de mesa y a la preparación del menú, confluían produciendo un efecto que neutralizaba cualquier idea de fracaso adentro o afuera del local, antes y después de la comida. Esas complejas y minuciosas operaciones podrían tener un nombre, o una notación, como la música, pero si existiesen, él no sabría identificarlos.
Ser pintor, pensó, es permanecer ciego o sordo frente a las manifestaciones de esas artes del comercio y la buena sociabilidad. Lo mismo ha de ocurrirle a un escritor, pero no sería un tema adecuado para las charlas de esa noche: en el espacio del restaurant una pareja de hombres cenando parece condenada a representar el fracaso que significaría la ausencia de mujeres, esas esposas a las que por alguna causa imaginada entre las condiciones del arte debieron renunciar: una cena de artistas convertida súbitamente en un encuentro de divorciados o solteros, por efecto de la irrupción del tema trivial del éxito y el fracaso en la vida.
Tal vez entre los comensales estuviese la señora de Campo, comiendo junto al señor Campo y un matrimonio amigo. Intentó componerse la escena: era como un boceto a lápiz, gris, en una atmósfera ensombrecida por la ironía y la denuncia social. Las figuras estaban casi a oscuras, pero al imaginarlas comenzaban a animarse y entre los trazos de grafito aparecía el fondo del papel cobrando el color de la luz apergaminada de un restaurante de preguerra. Una de las cuatro figuras en sombras debía ser la señora de Campo. Mentalmente, podría comenzar a definir un cuadro. Pintar es pintar una falta de la memoria: no parecía una frase eterna. Pero valdría la pena extender la pintura ambarina que era un reflejo de la luz entre las sombras de las figuras y los cuerpos. Y, mentalmente, bastaba aplicar la punta de un cuchillo de mesa imaginario sobre esos filamentos de luz para definir el cuello y el mentón de la mujer de la derecha: ella sería la señora de Campo, con el señor Campo de gruesos bigotes ubicado a su izquierda y enfrentando a la mujer de la otra pareja.
Pero ninguna mujer con esa voz nasal que había vuelto a escuchar grabada en su teléfono iría a una cena en Tomo I vistiendo un suéter de lana jaspeado con cuello de piel. La trama de lana y el aplique de piel se adecuaban más a la escena de un albergue de montaña: podrían estar comiendo fiambres alemanes o repostería alpina frente a un tazón de chocolate humeante. Si extendiese la luz con la punta del cuchillo, o con una espátula, se revelarían los tazones y los platos de torta inertes sobre la mesa. Y la luz ambarina, en efecto, era la de un albergue de montaña: no surgía de lámparas incandescentes atenuadas por pantallas de pergamino, sino de bombillas que reflejaban el temblor eléctrico procedente de un dínamo.
En la montaña, con el paso de las horas, el ruido de los motores diesel de dínamos y pequeñas centrales eléctricas se vuelve parte del paisaje, se deja de oír y empieza a percibirse como una luz, o como una cualidad misteriosa del aire. El ruido de la altura, el temblor de la luz.
O el temblor de la altura al cabo de tantos días flotando sobre la profundidad temblorosa del mar. El mar helado, la montaña helada: recordó el frío de aquella noche en el albergue. Fue durante aquel crucero por el sur. El barco había fondeado en una bahía, a menos de una milla de una caleta de pescadores. Todo parecía organizado: los pescadores llegaron en sus chalupas con motor fuera de borda, amarraron a la popa del barco y subieron a negociar con el capitán. Había un guía invitando a los del crucero a recorrer el campo y cruzar la montaña con caballos y mulas para conocer el lado argentino y visitar una estancia. El paseo venía a agregar al tour una suerte de aventura. Pocos quisieron ir y la mayoría prefirió sumarse a unas excursiones de pesca que no los alejaban demasiado del barco, su casa. Del grupo de pasajeros que compartía la mesa redonda de estribor sólo cinco o seis habían aceptado el programa. Los Kretzer con su Leika y sus cuadernos, la mujer de la pareja de argentinos cuyo marido odiaba el frío y la montaña, dos españoles y él. Su brasileña temía a los caballos -fobia- y se quedó mirando antiguas películas en la biblioteca del crucero, única mujer sola entre decenas de matrimonios japoneses tratando de descifrar los subtítulos en español.
La cabalgata por el valle con sus arroyos helados les ocupó toda la mañana. A mediodía almorzaron en un vivero de salmones, sin bebidas ni postre, sólo salmón, pan y café instantáneo preparado en un caldero de hierro por una indiecita. El doctor Kretzer fotografiaba todo. Su mujer anotaba todo con entusiasmo y siguió anotando cuando dejaron los caballos para montar las mulas que los llevarían por el sendero, un zanjón cavado en la nieve que subía en espiral rumbo a un humito que se divisaba muy lejos en la altura y era el albergue.
Ahora podía reconstruir el cuadro, la cena en el albergue. Luz temblorosa, sopa, vino, guiso de cordero, compotas: toda comida semilíquida en tazones y bols. Debía modificar la luz con un pincel imaginario para insinuar el revestimiento de pino en las paredes y las pequeñas ventanas desde donde llegaba a verse, en la noche, la cima de un volcán en permanente erupción de vapores sulfúricos. La pintura sustituía los vagos trazos del grafito. Pero debía mantener a oscuras la cara de la mujer. La recordaba: era la argentina de la pareja que durante todo el tiempo estuvo tocándole las manos con cualquier pretexto. Tenía la nariz finísima y enrojecida por el vino y el frío. El de bigotes sería un chileno de lugar. No era el marido ni el guía de cara lisa sin orejas que parecía una lombriz con la boca fruncida. Todos tenían sueño pero seguían bebiendo. Poco antes de la sopa había recorrido el albergue. Sin habitaciones, sólo disponía de unas pocas literas encimadas como cuchetas y acondicionadas con unas mantas mugrientas. Tampoco había baño: había un espacio que era una suerte de almacén donde se apilaban esquíes, sogas de escalar, lonas de carpas en desuso, pieles de ovejas, y más mantas mugrientas y bidones de combustible. En un rincón había una caja de madera clavada al piso, con una tapa redonda que debía permanecer cerrada porque comunicaba al vacío de una barranca de nieve desde donde subía una corriente de aire helado. Desde ese mueble debían cagar y mear los turistas y viajeros, sintiendo el aire frío y la caída de su excremento que crepitaba al impactar sobre la superficie helada, diez metros más abajo. ¿Tomaría anticonceptivos ella? Sin cuartos, sin baño, sin agua caliente, con media docena de personas del crucero semiborrachas alrededor, insistía en tomarle las manos con cualquier pretexto, festejando lo que decían los de la mesa, o lo que ella misma decía entre carcajadas. Reían del volcán, reían del absurdo de estar atrapados sin agua y sin baño a mil quinientos metros sobre el nivel del crucero y a seis horas de marcha de cualquier posible destino. Y ella reía de todo: rió al escuchar que la señora de Kretzer estudiaba lingüística con su edad de abuelita, rió al leer el marbete con la marca del vino Tarapacá y rió más al enterarse de que él era pintor.
-¡Pintor!-, exclamaba y reía tocándole nuevamente las manos. No parecía el tipo de mujer que toma anticonceptivos, pero ahora aparecía en el cuadro nítidamente su perfil y la marca de su pómulo prominente. En algún lugar de Denver, en Colorado, debía haber fotografías tomadas por la Leika aquella noche del albergue. ¿Tomaría anticonceptivos? Preguntarlo le pareció de pésimo gusto. En cambio le confesó que había resuelto no cagar hasta la mañana siguiente, porque el frío de la letrina desalentaba cualquier propósito:
-Siempre cago antes de cenar, -le dijo y ella, riendo, respondió que siempre cagaba después del desayuno. Se llamaba Marina y nunca supo el apellido, pero ahora, en el estudio, recordaba las mantas y estaba seguro de que se trataba de la señora de Campo.
No se llamaba Campo, pero cuando todos empezaron a ocupar las literas de las paredes del albergue, él le anunció que dormiría en un rincón del almacén, del cuarto de baño, y ella se había dejado conducir. Sin desnudarse -no haría más de un grado de temperatura- se cubrieron con las mantas dispuestos a dormir abrazados, y después, cuando entró una figura menuda y usó la letrina sin notarlos, o ignorándolos, se taparon también las cabezas moviéndose apenas, para no hacer ruido. La figurita se demoró eternamente en la letrina. La masa de viento helado llegaba hasta el interior de las mantas y el ruido de motor diesel del dínamo crecía con cada flujo de corriente de aire. Le habló al oído, diciendo que el olor a mierda de oveja de las mantas era insoportable y ella le dijo en voz muy baja que callara y que no era olor a oveja sino olor a campo: típico olor a campo. Entonces se besaron y ella, imitándolo, comenzó a soltarse la ropa: un pantalón de esquí. Desde abajo vino su mano y sus dedos húmedos le frotaron la nariz. Él los lamió oliéndolos y ella formó un óvalo entre el pulgar y la palma de mano instándolo a jugar allí con su lengua... No se puede pintar esa composición bajo las mantas, en medio de la oscuridad, bajo el terror al frío. Y sólo un verdadero artista podría describir con palabras la fusión rara de pudor y temor a helarse que les impidió desnudarse totalmente. Por unos minutos estuvieron tocándose mutuamente y hacia el final ella levantó las mantas para confirmar que ya no estaba el hombre o la mujer de la letrina y jadeó. Más tarde se libraron de la ropa y hasta una vez se separaron para acudir, turnándose, a la letrina helada. Por la mañana, -al parecer todos despertaron muy tarde esa mañana-, la señora de Kretzer estuvo intercambiando guiños de complicidad con ambos. Probablemente habría escuchado algo, pero nadie comentó el tema a pesar de que varias veces se habló del olor insoportable de las mantas y las literas . Olor a mugre y a oveja, coincidieron, pero ella siguió insistiendo en que era el olor natural del campo. El marido tenía un largo apellido vasco. No se llamaba Campo pero tenía grandes bigotes negros, como de campesino.
Todos habían dormido mal aquella noche de tanto frío e incomodidad en contraste con los camarotes climatizados del barco, pero como aventura, el paso de montaña hacia Argentina fue, para los que participaron, el momento más memorable de aquel crucero. Ahora a su memoria había venido a agregarse una lámina figurativa, con trazos de lápiz, sombras de grafito y surcos de pintura ambarina que pretendían representar la electricidad y el recuerdo. Otro cuadro imposible, fuera de estilo, fuera de género, ajeno a cualquier proyecto de realización.
A su amigo escritor cualquiera podría imaginarlo apareciendo en sus sueños para provocar la concepción de un plan irrealizable. Pero sería difícil suponerlo capaz de detenerse toda una tarde en la composición del fondo de un recuerdo, sólo para descubrir la identidad de alguien que lo ha llamado por teléfono.
Tal vez él fuese un verdadero artista, también un desdichado que ante cada evidencia de la obra oye el crujido de la madera de su sillón al recostarse para dejar que corra el tiempo y alivie la inminencia del tiempo. Nunca podrán saberlo. Pero durante la cena le diría que comparten un tiempo paralelo, lleno de piezas, telas, textos y episodios que se confunden y amalgaman para componer el fondo de algo que nunca terminarían de expresar, de contar, de entender.
abril de 2002
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