jueves, 11 de noviembre de 2010

Joaquín Tejeiro Trompeta

Primer premio Concurso del Tren 2007

Trueno de aldabas

Joaquín Tejeiro Trompeta



A Rocío Jambrina, la dueña del secreto.

A los 18 años tuve un profesor de Literatura llamado Juan José, aunque en realidad era así como le llamaban en la sala de profesores porque nosotros, sus alumnos, sólo le llamábamos Juanjo. La técnica de Juanjo consistía en mirar por la ventana mientras daba clase. Entraba en el aula, se quitaba la chaqueta de cuero y se colocaba justo en frente de la ventana, después clavaba los ojos en el cristal o en alguna parte invisible del patio y su voz, como un río subterráneo, subía hasta nuestros oídos y allí desembocaba y se pudría. Decía: las palabras carnívoras, las ideas voladoras, la selva, Macondo ... Qué bonito. En más de una ocasión me hubiese levantado de mi sitio para no volver jamás pero mi padre, o mejor dicho los puños de mi padre, me lo impedían. Después Juanjo se sentaba, ponía sus botas encima de la mesa y abría un libro, sin mirar a nadie decía ¿quién ha leído la primera parte de El siglo de la luces?,¿Y de El reino de este mundo?, ¿ Y de Cien Años de Soledad?, pero nadie contestaba y entonces Juanjo decía ¡qué coño vais a leer vosotros!, y volvía a la ventana.

Por aquel entonces mi padre y yo vivíamos en las afueras de la ciudad, cerca de las cocheras del ferrocarril. Mi padre decía que era un barrio tranquilo, yo decía que era lo que queda de un barrio después de una explosión nuclear. A veces, cuando no podía dormir, me asomaba a la ventana, a esas horas no pasaba ningún tren, los raíles brillaban, intentaba seguirlos con la mirada, fruncía el ceño desesperadamente pero los raíles y los cables y los semáforos apagados desaparecían en la primera curva.

Tenía 18 años y todos los días, a primera hora de la mañana, en vez de ir a clase me escondía en un viejo vagón jaula, un vagón jaula para transporte de ganado, y esperaba a que pasara Úrsula, sólo para mirarla, sólo para deshacerme, sólo para sufrir, aunque durante un año entero sólo la vi dos veces, tres a lo sumo, y siempre acompañada de un chico al que no conocía de nada, ellos se abrazaban y se reían al pasar, yo fumaba y apretaba los puños lo más fuerte que podía. Después de que Úrsula pasara iba hasta una biblioteca a las afueras de la ciudad, no recuerdo el nombre, una biblioteca en la que nunca vi a nadie, ni a lectores o estudiantes ni a bibliotecario o bibliotecaria o conserje alguno, el caso es que cuando yo llegaba, normalmente a primera hora de la mañana, las puertas y las ventanas estaban abiertas, yo entraba y cogía los libros que me interesaban, volvía al vagón jaula y leía durante toda la mañana: Ramos Sucre, Pierre Menard, algo de literatura de terror, surrealistas franceses, escritores de nombres extrañísimos, hombres y mujeres desconocidos e invisibles, al menos para mí, historias que estaban lejos del exotismo y la falsedad de las lecturas obligadas y muy cerca, demasiado, de un barranco o de una profanación de tumbas o de una alcantarilla que con el tiempo se convertía en un espejo, nombres que me hicieron reír y llorar y esperanzarme, nombres como Paulina J.Vichiotti, Bruno Parrás, Berto Molinero Azúmaga, Alan Caballero Martín, Aymé Périgord, Adelfo Ackercknecht, Rosaura Cebrián ... Cuando me cansaba de leer daba un paseo. Después devolvía los libros, cogía otros y volvía al vagón, un lugar fresco, espacioso, tranquilo, un lugar en el que estuve desde los 16 hasta los 19 años, un pasillo iluminado a veces por los minúsculos rayos de sol que atravesaban las maderas, el lugar de la esperanza y las pesadillas, un pasillo sin salida aparente, la avenida donde una mañana me quedé dormido y soñé que Juanjo era el alcalde de Macondo y de Trinidad (al mismo tiempo) y Bernal Díaz del Castillo y Alonso de Ercilla charlaban con él en una cantina, todos completamente borrachos, Juanjo con unas patillas enormes, como de prócer de la Revolución, Bernal y Alonso sucios y despeinados, con ojeras, como una entelequia literaria vomitada por la selva.

Una vez, después de clase, me acerqué a Juanjo y le dije que había leído a V.S. Naipul y a Carpentier, y que me había gustado más (aunque la palabra gustar tal vez no sea la más indicada, tal vez sea mejor llenar o aplastar) el primero, mientras que el segundo, añadí, me había aterrorizado. Juanjo recogió sus papeles y sin decirme nada salió de la clase, le seguí hasta la salida, mientras se colocaba el casco y se abrochaba la cazadora le dije que, desde mi punto de vista, Carpentier sólo miraba el cielo y su mirada seguía a los dulces pájaros que cambiaban de árbol aunque la mirada del cubano no se detenía ahí, sino que seguía a las aves a través de los continentes y de las estaciones, incluso a través de la historia del Hombre, y que tal vez el señor Alejo no se había dado cuenta o tal vez sí, y ahí estaba el error, pero siempre se trataba de los mismos bellos pájaros: guacamayos, tocororos, zunzuncito... Por el contrario, seguí diciendo mientras Juanjo arrancaba la moto, los ojos de Naipul atravesaban el suelo y deambulaban por minas abandonadas y descansaban, si es que lo hacían, en una cripta, y sus oídos, seguí diciendo, los oídos peludos de Naipul, justo después de vomitar, sólo escuchaban determinadas palabras y veían determinados pájaros, todos enormes y furiosos, y los ojos huecos de Naipul, dije al borde de las lágrimas, sólo veían cuevas atestadas de gente bien vestida o una ciudad en mitad del desierto donde la gente iba caminando a todas partes con una serenidad que te ponía los pelos de punta. Torturas, conspiraciones, malos cálculos, toda la verdad de sopetón, añadí. Con el casco puesto Juanjo me miró y me dijo: vete a la mierda. Después arrancó su moto y se marchó.

Al día siguiente, después de mirar por la ventana durante más de diez minutos, Juanjo anunció un examen sorpresa. Todas las preguntas trataban sobre la Literatura Hispanoamericana del siglo XX y, como era de esperar, abundaban las relativas a la vida y obra de Carpentier, aunque sería más sensato decir que todas las preguntas versaban sobre Carpentier y García Márquez, sobre la alegría y la selva, sobre la isla de Trinidad y Macondo, sobre una isla dentro de otra isla, sobre un escritor dentro del estómago de otro escritor, la Literatura Latinoamericana para Juanjo sólo iba, como los tocororos, los guacamayos y los zunzuncitos, de un árbol cubano a otro colombiano, y viceversa, es decir ni Rastro de Bioy, ni rastro de Rulfo, ni rastro de Cortázar, a Monterroso mejor lo aplastamos como una mosca, ¿qué iba a hacer Monterroso en la cabeza de un chico de 18 años? Perturbarle, sodomizarle, hacerle perder la noción de la realidad, como chico y como lector y no digamos ya como aspirante a escritor.

El examen se completaba con preguntas adicionales, preguntas de reserva para los más estudiosos, aunque aquéllas, advirtió Juanjo, trataban sobre la primera explosión o la explosión base, es decir sobre los que encendieron la mecha y luego salieron corriendo, como me gustaba decir a mí. Como había hecho otras veces, Juanjo abandonó la clase en mitad del examen y volvió pasada media hora, ausencia que permitió a Úrsula sacar los apuntes y colocarlos encima de la mesa con una parsimonia total, como quien exhibe el pescado fresco sobre la piedra húmeda de la lonja, mientras los demás se dedicaban, o al menos eso parecía, a intentar responder a las preguntas de Juanjo, o a juzgar por las caras de algunos a intentar descifrar las preguntas de Juanjo. Por mi parte, saqué un libro de Efraín Huerta y me puse a leer.

¿Dónde iba Juanjo en mitad del examen? ¿Se encerraba en el baño a fumar mientras leía al revés El Siglo de las Luces? ¿Recorría el instituto ayudado por un lampadario? ¿Salía al patio a observar los pájaros mientras silbaba una cumbia, un ballenato o un mapalé? ¿Cambiaba el aceite de su moto? Nunca lo sabremos.


Tres días después del examen Juanjo anunció los resultados. Como era de esperar, suspendí. Como era de esperar, sólo Úrsula aprobó y sus labios, si es que esto es posible, enrojecieron y se juntaron en un beso para toda la clase pero tal vez, y esto es lo más probable teniendo en cuenta mi obsesión enfermiza y esquizofrénica, en un gesto cándido y pícaro, pues aprobar con Juanjo, según las lenguas blancas, era un privilegio sólo al alcance de unos pocos, y si uno además aprobaba un examen sobre Literatura Hispanoamericana o Literatura macondiana o cubana, ésta última en toda su extensión, entonces el privilegio ascendía a la categoría de galardón o coronación, aunque a decir verdad las lenguas negras decían que Juanjo era sólo un motorista y que por tanto daba igual aprobar o no un examen de Literatura Hispanoamericana o de Literatura Australiana, si es que hasta allí llegaba la Literatura, pues ibas a suspender igual pasara lo que pasara.

Una mañana, antes de entrar a clase, me acerqué a Úrsula con la excusa de pedirle unos apuntes. ¿No estuviste ayer en clase de Historia?, dijo Úrsula, no, respondí, pues juraría que te vi, dijo ella, sería un espejismo, añadí, y tuve ganas de salir corriendo, pero sus ojos verdes me lo impidieron. No tengo aquí los apuntes, pero puedes pasarte por casa esta tarde, me dijo. ¡¡¡Alabado Jacques Vaché, alabado Théodore Fraenkel, alabado Pierre Louys, cuidad de mi padre, pues yo ya no volveré !!! Pero volví. Úrsula me atendió en el umbral de la puerta, ¿te gustaría dar una vuelta?, dije después de que ella me entregara los apuntes que yo ya tenía, no puedo, contestó, tengo que cuidar de mi hermana pequeña, mi madre trabaja hasta las diez, si consigo que la enana se duerma podré estudiar un poco. Puede venir con nosotros, dije, ¿quién?, dijo Úrsula, tu hermana, añadí, puede venir si quiere, sólo daremos un paseo, si os apetece puedo enseñaros un vagón jaula parecido a los que utilizaban los nazis, no puede venir, dijo Úrsula, tiene cinco años y está enferma del corazón, está en la cama, no puede moverse, antes de que se duerma procuro contarle algo, cómo me ha ido el día, cómo van mis estudios, lo que sea para entretenerla, después se duerme y yo estudio un rato, hasta que llega mi madre. Dije de acuerdo, otro día será, y Úrsula hizo ademán de cerrar la puerta pero dijo no espera, es broma, mi hermana está bien, yo estoy bien, sólo que hoy no puedo quedar contigo. Tuve ganas de besarla, pero me marché.

Como Víctor Hughes sonámbulo, como el coronel Aureliano Buendía completamente borracho o desesperado, como dijo (¿mientras dormía?) el doctor Carpentier, Juanjo llegaba a clase en mitad de un trueno de aldabas o de herraduras claramente audibles desde la planta baja (una melodía bellísima, un huracán caribeño), pero no para lograr la liberación de los oprimidos, no para sanar a los enfermos, sino para drogarlos o hipnotizarlos y tirarles luego desde una moto en marcha. Juanjo se desabotonaba la camisa y oraba para nosotros, decía boom y todos abríamos los ojos como los últimos corderos en la jornada del matarife, decía boom y alguien, tal vez yo, añadía ¿qué es eso?, ¿ un disparo, un cohete?, ¿hoy es fiesta? Y Juanjo me decía: Joaquinito, tú no te enteras de nada. El honor y el horno, tan juntitos.

Úrsula tenía 17 años y los ojos verdes, era una chica amable y valiente, pero no fui a su entierro. Un día no apareció por clase, al día siguiente nos dieron la noticia. Todo fue rápido y decisivo. Los compañeros de clase me dijeron que Juanjo tampoco fue al entierro, no me extrañó en absoluto, tal vez Juanjo pensaba que Úrsula viviría 115 años y en lo más profundo de su éxtasis literario recibiera el mazazo del desencanto, tal vez Juanjo acabara de masturbarse en el baño del instituto pensando en Úrsula Buendía y nada más abrir la puerta el director del centro, que se lavaba las manos mientras silbaba una ranchera, le diera la noticia, la noticia real, la verdadera, no la que se contaba una semana después de haber enterrado el cuerpo, a saber: que el fantasma de Úrsula se paseaba por los pasillos del instituto en horas de clase, que el fantasma de Úrsula accedía con total libertad a la sala de profesores y revolvía los papeles, etc ¿Estaba el cielo limpio la mañana del 3 de noviembre de 1987? ¿ Los semáforos funcionaban correctamente? ¿Los empleados entraban a trabajar en fila a las cocheras del ferrocarril? ¿La gente iba a los supermercados, subía a los autobuses, compraba el periódico? Probablemente si, probablemente los demás estarían bailando o llorando o atracando algún establecimiento en esta ciudad fantasma, o celebrando una boda o haciendo el amor o firmando un contrato falso o simplemente durmiendo, mientras yo (y esto es seguro) estaría escondido en el vagón jaula, a oscuras, mientras la madre de Úrsula entraba en la habitación de su hija y la tocaba en la mejilla y después se ponía a gritar como sólo es capaz de gritar una mujer cuando se le muere una hija de 17 años y con los ojos verdes.

Mientras los ectoplasmas de Carpentier y García Márquez sobrevolaban nuestras cabezas, mientras los ojos de Úrsula se hundían irremediablemente en el fango ignominioso de la memoria, a mi padre le despidieron del trabajo. Durante los últimos 20 años de su vida transportó mercancías peligrosas por ferrocarril, pero la empresa se fue a pique y los que no se suicidaron se buscaron otro empleo o se marcharon de la ciudad, pero mi padre aguantó, si se puede llamar así, mi madre no, mi madre se marchó con un compañero de trabajo, no aguanto más, me dijo, lo sé, dije yo, este es tu sitio, será mejor que te quedes con tu padre, añadió ella, no me digas cuál es mi sitio, yo sé lo que tengo que hacer, no te enfades, dame un beso, dijo mi madre, y ya no la volví a ver. Poco después, quiero decir 7 u 8 meses después de estar al borde de la mendicidad (a veces no comíamos, del aseo diario es mejor no hablar) mi padre encontró trabajo: dejar bien limpio el sex show que había a dos manzanas de casa, un tugurio que se caía a pedazos pero que tenía clientela fija, normalmente hombres de unos cincuenta años, universitarios y a veces universitarios y universitarias, solas o acompañadas de hombres de unos cincuenta años, etc ...
Antes de que mi padre aceptara la oferta le sugerí que tal vez era yo quien debía ponerse a trabajar, pero él me dijo consigue una beca y vete lo más lejos que puedas, todavía puedo apañarme solo. El trabajo de mi padre consistía en pasar la fregona por las cabinas recién usadas, había restos de semen y papeles arrugados y monedas que alguna mano nerviosa no acertó a colocar en la ranura. Cuando terminaba con las cabinas se ocupaba de los baños que, sin saber por qué, siempre estaban más limpios que aquéllas. Después limpiaba el camerino de las chicas, limpiaba la parte del video club y la sección de juguetes eróticos. Por fin, sacaba la basura y se fumaba un cigarrillo mirando las nubes. Esporádicamente, aparte de limpiar, también se dedicaba a ejecutar y a hacer guardar la seguridad del local, como decía él, y en más de una ocasión intervino en una pelea, aunque siempre salió mal parado, pero la violencia era la última opción, normalmente intentaba dialogar, mantener un tono sereno, elegir bien las palabras, pero un puñetazo acababa con todo y entonces no quedaba más remedio.

Las bailarinas eran todas extranjeras, normalmente africanas, aunque también había polacas, mexicanas y dos japonesas, estas últimas el verdadero reclamo, pero ninguna de ellas era fija durante mucho tiempo. Cuando mi padre entraba en el camerino todas le abrazaban, todas le contaban su vida arruinada o incomprensible, como si acabaran de salir de un cine y las calles estuvieran vacías y los edificios derribados, es decir las polacas le hablaban de cadáveres diarios al borde del río Warta, las africanas de sus hijos perdidos y tal vez olvidados para siempre, una mexicana le hablaba, indistintamente, de un sueño o encuentro con la Virgen de Guadalupe, donde ésta la conminaba con un tono marcial a dedicarse al espectáculo, o de otro sueño, éste mucho más aterrador, donde se ve a un a mujer de unos setenta años a punto de cruzar una calle junto a un malecón, tal vez Palenque o tal vez la Avenida Costera Miguel Alemán, en Acapulco, el caso es que la mujer, antes de cruzar la calle, se fija en un niño sentado en un banco del paseo marítimo, está leyendo con las rodillas juntas y encogidas, hasta que una ola gigante le aplasta, por un momento el paseo desaparece pero en pocos segundos el mar se retira y el niño sigue allí, leyendo, apartando el agua de las páginas mientras sonríe.

La otra mexicana no hablaba nunca. Las japonesas, por el contrario, sólo le hablaban de sadomasoquismo.

Una noche fui a buscar a mi padre a la salida del trabajo. Había pasado la tarde en el vagón, a veces leyendo, a veces fumando y viendo desaparecer el humo, estaba aburrido y me apetecía despejarme. Entré en el local y eché un vistazo a las películas, todas a años luz (o no) de lo real maravilloso. Apareció mi padre acompañado de una chica. Era bajita, morena, y no tendría más de 25 años, llevaba el pelo suelto y en sus ojos, o mejor, alrededor de sus ojos, se oxidaba una locomotora abandonada. Soy Jennifer Jones, me dijo, ¿cómo la actriz de Vittorio de Sica en Estación Termini?, dije yo, tontamente, con una voz que no reconocí, no, dijo ella, como mi madre. Pero Jennifer no era americana, tampoco argentina, tampoco chilena ni mexicana ni italiana, sino japonesa, y días después, cuando mi padre me dijo que Jennifer leía bastante y que además le hacía compañía, mucha compañía, salí en su busca y la invité a dar un paseo. No sé cuanto tiempo caminamos, o si caminamos o volamos, el caso es que Jennifer me dijo que no recordaba gran cosa de su Kobe natal, tan sólo que su abuelo fue piloto kamikaze en la Segunda Guerra Mundial y que su padre se había suicidado sin ningún motivo aparente y, después de mucho tiempo analizando el asunto, tampoco sin ningún motivo razonable o de peso, se suicidó una tarde del mes de mayo y ahí se acabó todo. Al día siguiente de la tragedia su madre, como cualquier desesperado que corre para dejar atrás un incendio, se cambió el nombre por el de Jennifer Jones, aunque según Jennifer (hija) su madre ignoraba quién era la actriz americana.

Una mañana, con 23 años, Jennifer salió de su casa sin avisar a su madre y cogió un tren hasta Tokio y luego un barco hasta Shangai, ahí cogió el Transmongoliano hasta Moscú y ahí el Transiberiano hasta la República de Karachar-Cherkesía, aunque tal vez fuera al revés, y luego pasó a Ucrania y después de Praga cogió otro tren (éste muy caro, según me contó) y en ese tren durmió por primera vez en no sabe cuánto tiempo, tal vez dos meses, tal vez tres, aunque a mí me parecía demasiado sin dormir para un cuerpo tan menudo y también muy poco tiempo de viaje para tanta distancia, pero según Jennifer se echó a dormir y despertó en esta ciudad, trabajó de camarera, limpió casas, dio clases de japonés, después empezó a bailar en varias discotecas, empezó a leer, a pasear, a veces acompañada, la mayoría de las veces sola y sin rumbo fijo, se metía en una calle, doblaba, aparecía en otra, subía, salía a una avenida, después a un callejón, aunque a decir verdad los callejones los esquivaba, tenía, según me dijo, un olfato especial para detectar los callejones antes de verlos, entrar en un callejón suponía tener que retroceder y eso, retroceder, era cosa de cobardes.

Mientras caminábamos tuve la tentación de preguntarla si era masoquista, pero ella se adelantó y me preguntó a qué me gustaría dedicarme en un futuro, ¿en un futuro?, dije, si, dijo ella, cuando seas mayor, ¿a qué vas a dedicar tu tiempo?, no lo sé, respondí, aunque luego añadí que tal vez sólo me dedicara a leer, pero no en esta ciudad, tal vez consiga una beca y me vaya lejos, y después de decir esto tuve ganar de reír pero me aguanté.

Antes de despedirnos pregunté a Jennifer si salía con mi padre y acto seguido ella me preguntó por mis escritores favoritos, he preguntado yo primero, dije, no, dijo ella, pero hablamos mucho, nos divertimos juntos, ¿sabes que a tu padre le hubiese gustado ser conductor de trenes de lujo? Conducir Le Train Bleu y llegar a París al amanecer, conducir el Rheingold Express y disfrutar de su cúpula transparente, de las viñas al borde del Rhin, de las montañas suizas, ... ¿ A ti no te parece mucho más elegante que cualquier otra cosa transportar nitrato de amonio en vagones cisterna de acero inoxidable austenítico?, ¿quiénes son tus escritores favoritos?, volvió a preguntar Jennifer, ¿tú nunca respiras?, la dije, y luego contesté, con los ojos cerrados: García Márquez y Carpentier, y ella se rió, ¿en serio?, me dijo, en serio, añadí. Después Jennifer Jones me dio dos besos y se marchó.

Una mañana el encargado le dijo a mi padre que se marchara, había contratado a alguien mejor. ¿Mejor que yo?, dijo mi padre, y el encargado respondió: si. Desde ese día mi padre se encerró en casa, a veces le veía leyendo o revisando viejos papeles, cuando yo llegaba del instituto hacíamos juntos la comida, intentábamos mantener una conversación animada sobre varios temas, le preguntaba por cómo había pasado el día, le preguntaba si había salido, si había visitado a alguien, en un ataque de ansiedad le preguntaba por mi madre, le preguntaba si todavía la quería, pero no contestaba, después él me preguntaba por mis clases, por los compañeros, ¿tienes novia?, decía, y después añadía: estudia o te machaco. No te preocupes por mí, le decía, y seguía comiendo, entonces él dejaba los cubiertos y respondía ¿cómo que no me preocupe por ti?, ¿por quién debo preocuparme entonces, eh, listillo?, no te preocupes, le decía yo, estoy estudiando mucho. Después de comer mi padre lavaba los platos y salía a pasear por la ciudad, cogía su cámara fotográfica y mientras paseaba fotografiaba las nubes. Más tarde a cada foto, a cada nube, según su forma, le daba un nombre de país, después colocaba las fotos en un álbum que siempre titulaba Mapamundi. Llegaba a casa al anochecer, borracho, sujetando contra el pecho la cámara de fotos, yo le llevaba hasta la cama y allí le tumbaba y le desnudaba, a veces tenía la tentación de leerle algo de Carpentier, de García Márquez, sólo para que le atrapara el sueño y volara, pero luego pensaba que no tenía ningún motivo para apalear a mi padre de esa manera, así que sólo esperaba en silencio a que se durmiera, después me preparaba la cena, después me iba un rato al vagón jaula, con la ayuda de una linterna me dedicaba a leer y a escribir lo que fuera en mi libreta. A las once y media volvía a casa y me iba a dormir.

Durante dos semanas más profundizamos en Alejo, en Gabriel, en la realidad caribeña y universal, en la realidad, digamos, perfumada y de retrato total, y Juanjo propuso un juego para la semana próxima, una composición real maravillosa sobre lo que quisiéramos, aunque nos advirtió que nos esmeráramos, pues lo tendría en cuenta para la nota final.

La ciudad dormitorio - Molina Foix

Primer premio

La ciudad dormitorio
Vicente Molina Foix



Fue el perfume y no los zapatos. Los zapatos eran llamativos, sobre todo vistos desde atrás, avanzando firmemente por el pasillo del vagón, sosteniendo las piernas muy delgadas de la mujer; unos tacones altos plateados y un empeine de piel de serpiente. Pero había sido el aroma de lima, verbena y espliego, una fragancia fuerte, poco femenina, lo que sacó de su sueño ligero a Sixto. ¿Dónde había él olido antes ese perfume?

Llegó a la Estación Central y se olvidó de la mujer olida por la espalda; tenía que repasar en la cabeza, mientras caminaba hacia los laboratorios, el plan de trabajo. Ese martes se presentaba como un día agobiante; por muchas vueltas que le daba, no veía el modo de hacer en los dos turnos de cuatro horas todo lo que su jefe, el Doctor Leire, le había marcado. Así que acabó tarde, más tarde de su hora y más tarde que sus compañeros; el tren de regreso iba casi vacío, y en su vagón ninguna mujer.

El miércoles se estuvo fijando en las piernas femeninas que subían al tren o estaban ya acomodadas en los asientos, sin ver los tacones plateados ni la lustrosa piel de serpiente. Era el mismo convoy de todos los días, el de las 7.57, y las caras de los viajeros las mismas de todas las mañanas, hombres y mujeres recién despejados bajo la ducha, leyendo el periódico, sonriendo con añoranza a la pantalla del móvil, repasando sus obligaciones en el ordenador. Todos vivían en la misma ciudad periférica, todos trabajaban en la capital como él, en empresas similares a la suya, tal vez a las órdenes de jefes tan mandones como el Doctor Leire, y con ninguno de ellos hablaba ni hablaría seguramente en el trayecto diario del tren-lanzadera. La mujer del aroma cítrico. No le había visto la cara ayer, ni recordaba siquiera cómo iba vestida más allá de sus zapatos altos de vampiresa.

Al ir a abandonar el vagón, mientras veía por la ventanilla el reloj del andén señalando exactamente las 8.21, Sixto olió el perfume de la mañana anterior. Venía de una rebeca de punto color azul cielo doblada encima de un asiento de pasillo, el más cercano a la puerta, y posiblemente olvidada. Se detuvo, dejó pasar a los viajeros que hacían cola detrás de él, dudó entre tomar la rebeca para dársela al revisor o esperar a que la dueña volviese. Al cabo de unos minutos decidió bajar, pero antes se inclinó sobre la prenda de lana y, levantándola con cuidado, la olió escrupulosamente. Luego se dirigió a pie hasta el laboratorio, donde ya el Doctor Leire estaría aguardando la llegada de los empleados con el ceño fruncido y el tufo cenagoso de su bata blanca.

El viernes a las seis acabó la jornada laboral y se fue en ‘metro’ a casa de su hermano, que vivía en el centro de la capital, cerca de las multi-salas Astoria donde pasaba la mayor parte de su tiempo. Nicolás era crítico de cine en un periódico ‘online’ y no pagaba por ver las películas, incluso las que veía sin tener que escribir de ellas. Su pase personal e intransferible valía para dos personas, y los fines de semana en que no tenía con él a su hijo los hermanos no salían del cine, que a Sixto le apasionaba mucho menos que a Nico Carver, el ‘nickname’ profesional de Nicolás. Aun así, Sixto prefería ir saltando de una sala a otra del complejo cinematográfico, vaciando ansiosamente los cucuruchos de palomitas, sorbiendo ruidosamente los refrescos, viendo a veces sólo un tercio de las películas, a tener que escuchar desde la cama-turca del salón donde dormía las angustiadas confesiones de Nicolás, que en casa bebía vino por el cuello de la botella y se ponía auto-crítico.

Los dos acababan de separarse, en ambos casos por iniciativa de sus mujeres, y si la suya llevaba tiempo anunciándoselo, y él esperándoselo, la de su hermano, decía éste derramando el vino sobre su camisa, lo había decidido “a traición”, con una maldad sinuosa que, por mucha memoria que hiciera, no encontraba en ninguna de las mujeres fatales del cine negro. Y su dolor, comparable según él mismo al de los más taciturnos personajes de la cinematografía escandinava, no se mitigaba con el paso de los días, agravado por la cara larga de su hijo de siete años al ser depositado delante del portal de Nicolás en los fines de semana alternos que le correspondían; el niño prefería jugar al balón-volea con los amiguitos en el jardincillo de la casa de su madre a ver películas, algunas habladas en coreano, con su padre.

El domingo, después de haber visto en una sesión matinal de los multicines Astoria una película de terror ambientada en Toledo que Nico Carver -en los gustos de cine muy anti-español- pensaba destrozar en su página online, Sixto se despidió precipitadamente de su hermano, comió un bocadillo en la estación, hizo tiempo paseando por el mercadillo de artesanía del hall de Llegadas y tomó un tren de regreso a las 18.39. Al llegar a su apartamento de la ciudad periférica encendió el televisor, se quitó la ropa, descongeló un pastel de queso y frambuesa y se puso a ver por costumbre una película empezada que daba Tele 5. No quería más cine, ni siquiera cómico. Se puso el albornoz y se asomó a la única ventana del apartamento: la ciudad estaba apagándose.

El lunes se levantó con mal cuerpo, se duchó sin enjabonarse, se tomó el café en el bar de la estación, se quemó la lengua, por la prisa, y encontró un asiento de ventanilla, confiando en seguir dormitando, como solía hacer, en los veinticuatro minutos del viaje. Cuando había dado la segunda cabezada le despertó una acidez; la mujer con auriculares sentada frente a él estaba pelando una mandarina y hablando sola. Al ver que él la miraba fijamente, dejó de hablar, dejó la mandarina a medio pelar en el reposa-brazos de su asiento, se incorporó, tropezó con las piernas de Sixto, le pidió perdón con una sonrisa y salió a la plataforma del tren, donde siguió hablando sin manos hasta que el tren llegó a la estación. Viéndola mover los labios al otro lado de la puerta automática de cristal se dio cuenta de dos cosas, no tuvo tiempo de más. Llevaba puesta la rebeca azul de punto que el día anterior él había visto doblada y abandonada. No era una mujer sino una chica de poco más de veinte años, morena, de pómulos salientes y zapatos dorados de tacón alto.

Fue una semana muy lánguida. El Doctor Leire dijo estar escamado por el ritmo lento, como de caracoles, de sus trabajadores, y en los trenes que tomó Sixto no viajó la chica de la rebeca azul cielo y los zapatos de oropel. Aun así Sixto le dijo el jueves por teléfono a su hermano, que le esperaba ese fin de semana (el niño había cogido la varicela y su madre lo tenía en cuarentena), que no lo pasaría con él, ni ése ni los siguientes. Iba a cambiar de hábitos. Ver menos cine, leer más, ir al gimnasio. Oyó al otro lado de la línea un silencio, una aspiración profunda y el descorche de una botella.

El viernes volvió a casa en el tren de las 19.55, lleno de gente exaltada por las esperanzas del fin de semana, fue a su apartamento, se cambió y salió, cruzando el Parque Reyes de España, hasta la Avenida de la Constitución, que estaba colapsada. Los fue contando. No los coches en el atasco sino los ‘pubs’ abarrotados a esa hora, la hora antes de la cena. Entró en uno llamado ‘Cancún’ a tomarse el aperitivo, y la chica que atendía la barra se volvió a mirarle con sorpresa al oír que le había pedido una cerveza; era la hora feliz, y sólo se servían margaritas, dos al precio de una. Sixto le guiñó un ojo y se sentó en el taburete más alto. La camarera dio media vuelta, abrió un armario de cristales opacos y allí estaban, como flores frescas, las margaritas hechas. Treinta o más, iluminando con su amarillo verdoso la cara de la muchacha.

Estuvo en tres de los dieciséis ‘pubs’ de la avenida, cenó pasadas las once en un ‘sushi-bar’ que hacía desfilar la comida en un trenecito eléctrico de platillos separados, y se puso a hacer cola delante de la discoteca ‘Prince’, que abría pasadas las doce. Vio amanecer dando tumbos.

El sábado se levantó al mediodía, con mareo, y abrió, por segunda vez desde que había alquilado el apartamento, las ventanas del salón-cocina-aseo-tendedero-dormitorio. Daba al patio del edificio de enfrente, pero como su casa estaba en el último piso, el patio dejaba ver las copas de los árboles del parque Reyes de España. Las copas. Se hizo un café instantáneo, se tomó una aspirina, se puso un chándal y salió a la calle sintiéndose el explorador de una ciudad dormida. El supermercado vacío. La lavandería de autoservicio sin clientes, la ‘boutique’ del pan con las ‘baguettes’ apiladas como balas en los banastos. De la ciudad periférica donde vivía desde hacía dos meses sólo conocía la estación, la calle que llevaba a la estación, la tienda de los chinos en la plazoleta y el estanco a dos manzanas de su domicilio; la separación le había devuelto las ganas de fumar.

Empezó a salir todas las noches de la semana, y se hizo amigo de la camarera de las margaritas, que se llamaba Ludivina, un nombre que a él le gustó mucho y ella odiaba. Prefería ser conocida como Divina, aunque diera risa al principio. Un domingo quedaron a primera hora de la tarde en casa de él, se contaron sus infancias de pueblo, se fumaron un paquete y medio, bebieron pacharán y sin darse cuenta estaban acostándose, llevado él por la mano de ella. La chica cambió de opinión bajo las sábanas, tapándose la cara y diciendo sólo una palabra varias veces: “Atada”. Sixto nunca había atado a ninguna mujer, y menos que a ninguna a aquella con la que se casó, pero su formación científica le inducía al experimento. ¿Tendría cuerdas en el tendedero? No era lo que él pensaba. “Me siento atada. Todavía”. Y se lo explicó, mientras volvía a vestirse: atada por un novio chileno que la dejó de golpe una noche y desde entonces le mandaba mensajes de móvil llamándola “mi divina luz“ y diciéndole que quería volver con ella. Pero nunca volvía. Sixto la desató del compromiso adquirido en la cama, le sirvió el último pacharán, la abrazó con cariño, y Divina se fue al ‘pub’, donde empezaba su turno a las ocho.

En los meses siguientes, Sixto no se apuntó al gimnasio, no vio a su hermano, no leyó ningún libro ni se encontró de nuevo en el tren con la chica de la rebeca azul perfumada. Su vida trascurrió entre el laboratorio de productos químicos y el apartamento de un solo ambiente, entre la rutina del trabajo y la costumbre de salir todas las noches. El Doctor Leire le ascendió a jefe de personal, impresionado, le dijo con un dejo de burla, más que por su olfato por su tacto. Divina, que acabó por aceptar su nombre de bautismo, volvió con su ex para abrir juntos una tetería a la que pusieron ‘Ludivina & René’.

Los ‘pubs’, las marisquerías, los bares de tapas, los estancos. Las chicas eslavas de las barras americanas, los solteros incomprendidos, los casados bebidos, los aparcacoches confidenciales. Todo lo fue enumerando Sixto, mientras contaba los días. Había llegado al final de las existencias de su ciudad periférica, y se sentó –era un miércoles- en el sillón de su apartamento, y allí se quedó dormido antes del anochecer. A las 7 de la mañana le despertó la alarma del móvil, pero al abrir el grifo de la ducha se acordó de que no tenía que ir a trabajar; era fiesta en la capital, el santo patrón. Así que no se duchó, desayunó una lata de té sin azúcar y un paquete de rosquillas horas antes de caducar, y bajó, con la ropa de día laborable, a comprar tabaco. Entonces la vio.

Andaba deprisa unos cincuenta metros por delante de él, y no tuvo duda; el modo de andar, la rebeca, los zapatos de alto tacón y piel de cebra a tiras. Llegó a la estación casi al mismo tiempo que ella, y no se interpuso. Era mejor seguirla, pasar al andén 2 mostrando su abono mensual, esperar la llegada del tren de las 9.15, sentarse en el mismo vagón que ella pero no frente a ella, no decirle nada, no acercarse a husmearla.

Al llegar a la Estación Central la perdió en el tumulto de un grupo de peregrinos del Camino de Santiago al mando de un guía con un bordón de conchas sostenible: al ser izado con brío delante de la locomotora a punto de arrancar, el bastón jacobeo emitía un rayo láser. La recuperó en el hall, donde ella se había parado a comprar un periódico. Siguió poniendo distancias en el ‘metro’. La chica tomó la línea Circular y bajó en la parada más cercana a la casa de Nicolás. Subieron en paralelo, él por la escalera de piedra y ella, pasando lentamente las hojas del periódico, por la mecánica. Hacía frío fuera, las familias cogían sitio esperando la procesión del Santo, y la chica se dirigía a la calle donde estaban los cines preferidos de Nico Carver.

Al aparecer el santo patrón en andas, acompañado por una banda de música y un coro de niños con traje talar, la chica desapareció entre los fieles. Sixto cruzó la doble fila de los que desfilaban y llegó a la fachada de los multicines Astoria, donde el portero único de todas las salas, ante la poca afluencia de público en aquella ’matinée’ festiva, había salido a la acera para ver pasar al Patrono. Acostumbrado a no pagar, Sixto se coló, aprovechando la devoción del portero (arrodillado ahora encima de la alfombra roja exterior y mezclado su timbre de barítono a las voces blancas en el cántico), y entró en la primera sala de la planta baja, la Sala 1, que aún estaba a oscuras. En la 2 había un adulto y a su lado tres niñas con gafas de cartón mirando hacia atrás, como si esperasen la entrada por esa puerta del fondo del Conejo en tres dimensiones que venían a ver; la figura plana de Sixto les resultó de poco interés, y en el mismo instante de su menosprecio se apagaron las luces y empezó la sesión infantil.

La chica no estaba en ninguna de las salas, pero ya que había entrado decidió quedarse, temiendo que el portero le descubriese al salir él solo tan pronto. El cartel que más le atrajo fue el de la Sala 8, se asomó, estaban poniendo un trailer, entró, se sentó en la última fila, creyendo ser el único espectador. No era el único. En la segunda fila, encajonado en un asiento cercano a la pared acolchada, estaba su hermano, sin hijo y con libreta de apuntes. Al verle, Sixto se encajonó también en el suyo. Las primeras imágenes de la película cuyo cartel le había hecho entrar eran de una nave espacial que se estrellaba en el océano, saltando de su interior, como caballitos de mar, un grupo de mujeres extraterrestres; el bolígrafo-linterna de Nicolás ya se estaba moviendo como una mosca azul por la mini-sala. Sixto se levantó sin hacer ruido, descorrió las cortinas, abrió la puerta, salió al corredor y oyó unas pisadas acercándose. Tenía frente a él, sin cartel de cine ni número de sala, un portón metálico pintado de blanco, y por allí se metió, furtivamente. Qué olor tan grato y ácido en la oscuridad de aquel lugar cerrado. Las pisadas se detuvieron en el exterior, y la pequeña puerta se abrió, dejando entrar un poco de luz. Se agachó, aunque una esquina dura se le clavaba en un costado. Alguien venía a coger algo que no necesitaba ver en la penumbra del cuarto. Sintió junto a su cabeza el paso de una mano, el sonido de un clic, la caída de un líquido. A continuación, la intensidad de aquel olor nada extraño, el cierre del portón desde fuera.

Cuando habían pasado cinco minutos y el corredor parecía tranquilo, Sixto se incorporó y fue hasta la salida tanteando. Tubos en la pared, depósitos de plástico llenos de una sustancia caldosa que goteaba por la boca de sus llaves de paso. El interruptor. No quería ser descubierto, pero tenía curiosidad. Lo pulsó. Era el almacén de las películas de la semana, o quizá del mes, pues los rollos se amontonaban dentro de las latas, dejando sólo entre cada montón el sitio para un cuerpo. Enlatadas todas eran iguales, y ni su hermano, pensó, podría adivinar de qué país venían, la historia que contaba cada una, el color de la piel de sus actores. Así que apagó la luz y salió. En el corredor, frente al portón, a medio metro de él, estaba la chica de la rebeca azul cielo. Algo había cambiado en ella. La miró a los pies. Sólo llevaba medias, sin zapatos, y eso la reducía.

- ¿Qué hacía ahí dentro?

- ¿Yo? Iba buscando el aseo.

- Pues ahí no es.

- Ya me he dado cuenta.

- ¿Y en qué sala está usted?

- La 8 creo. La película de marcianos.

- ¿Ahí?

- Sí.

- Bueno. Pues el váter está al fondo a la derecha. Y hay otro en la planta baja, junto a la salida.

- No, si yo no me voy.

Sixto se alejó por el pasillo, hacia la puerta señalizada con los bigotes de un Clark Gable en bajorrelieve, pero antes de pasar se volvió; la chica había entrado en el almacén de las latas metálicas y los tubos. Abrió el grifo del agua fría, lo dejó correr, se miró al espejo, salió del lavabo y entró en la Sala 10, donde era improbable que a su hermano se le ocurriese entrar a ver, ni siquiera a mitad, la película francesa. Él la aguantó entera.
Llevaba más de ocho horas dentro de los Astoria, burlando en sus entradas y salidas de las mini-salas al portero, a Nico Carver en su deambular de alma en pena, al encargado del puesto de venta de las chucherías, abierto para las sesiones de tarde. Por ninguna parte la chica del tren. Sixto aguantó hasta las siete y media, cuando había colas de día de fiesta en los corredores, en el vestíbulo, incluso ante las grandes puertas de cristal, donde la alfombra roja estaba empapada. El Santo, atendiendo a las rogativas del coro, había terminado con la sequía.

Al salir de los cines la vio, detrás de la mampara de la taquilla, inmóvil, con la cabeza baja. Las lucecitas rojas del exterior indicaban que las entradas para todas las salas se habían agotado. Sixto se acercó a la mampara y la miró sin que ella, absorta en la lectura de un libro grueso, se diera cuenta. Sentada en un taburete alto, la rebeca azul colgaba de una percha al lado de un cartel de ‘Titanic’, y cerca de sus pies descalzos estaban alineados tres pares de zapatos de tacón. Llovía con efectos especiales de tornado en la lejanía.

Nicolás no se sorprendió de oír su voz por el telefonillo. Ni siquiera le respondió; abrió desde arriba el portal y Sixto entró en el edificio. Su hermano estaba borracho ante el ordenador, tecleando serenamente los juicios ‘online’ de Nico Carver. Le ofreció empanadillas sin apartar la vista de la pantalla. Sixto hizo sus cálculos mirando el reloj y la página de la cartelera. A las 10 y cuarto se despidió de su hermano, bajó andando los cuatro pisos, comprobó que la fachada de los Astoria iba apagándose por tramos, y tomó un taxi. Ya no silbaba el viento ni llovía. A las 10.50 estaba sentado en un banco de la estación ferroviaria, cuando entró la chica. La esperó al otro lado del arco detector de metales.

- Hola. ¿Te acuerdas de mí?

- Pues…Tú estabas esta tarde…donde no tenías que estar.

- Sí.

- ‘Mujeres vengadoras de Saturno’. ¿No me habrás seguido…?

- No. Te he visto llegar y me he dicho: “qué casualidad”

- ¿Te gusta el cine?

- Me gustan los Astoria. Y no pago.

- ¿Te cuelas?

- Me invita mi hermano que es crítico.

- Las películas me gustarían si no tuviera que estar a todas horas con ellas.

- ¿Las ves?

- A cachos. Estoy trabajando.

- Yo pensaba que ahora la gente no iba al cine.

- Eso depende. Pero es que yo no sólo vendo las entradas. Yo…

Había llegado el último tren-lanzadera del día, subieron juntos, se sentaron juntos, siguieron hablando todo el trayecto, y así supo Sixto que se llamaba María, “o Mar si lo prefieres”, y llevaba casi seis meses trabajando en los mini-cines como taquillera y como encargada, pues era la primera en llegar, la que conectaba el generador, la que le abría al portero y al proyeccionista, la que accionaba la máquina reguladora del ambientador de las salas, perfumadas -era la política de la empresa- incluso cuando no tenían público. La que hacía caja antes de marcharse.

Salieron de la estación, que con ellos dos dio por acabadas sus funciones de aquella jornada. Ni él ni ella decían dónde querían ir, pero un instinto por encima de la voluntad parecía dirigirles, desdeñando las grandes avenidas, hacia un lugar. ¿Qué lugar? Los bloques de viviendas muertos, los jardines cerrados, las mesas recogidas en el exterior de los restaurantes rápidos. Sixto vio de reojo el edificio donde vivía, igual de apagado, y no se detuvo. Seguían caminando y conversando. Enfrente de una casa de dos alturas y una veleta de gallo roto le dio a él la impresión de haber llegado al fin del mundo. Así lo dijo ella, de un modo menos peliculero.

- Aquí se acaba la ciudad dormitorio. Y ahí vivo yo, en la segunda planta. ¿Quieres subir?

A la mañana siguiente, sin haberse cambiado de ropa, sin haber dormido, calculando mal la distancia que tenía que recorrer desde la casa del fin del mundo, Sixto tomó el tren de las 7.57 cuando las portezuelas ya empezaban a cerrarse, encontró un sitio incómodo junto a la puerta automática del vagón, y aun así se durmió. No le despertó el trasiego de la llegada a la Estación Central, sino el olor. Lima o bergamota, verbena, espliego. No había ninguna mujer perfumada delante. La fragancia venía de su chaqueta, la chaqueta del día anterior, que se había quitado antes de sentarse y mantuvo doblada todo el viaje sobre sus rodillas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Los votos de Asunta, Ricardo Iribarren

jueves 21 de enero de 2010
Los votos de Asunta







Faltaban cuatro días para que la Hermana Asunta pronunciara los votos definitivos y en vez de la paz celestial prometida y prevista, las tentaciones de la carne palpitaban a flor de piel. Sola en la celda, la novicia vestía el cilicio, una prenda gruesa con el interior cubierto de cerdas puntiagudas que se clavaban en su vientre y en su espalda; tomaba un látigo pequeño con fibras largas recorridas por perlas de acero y bajo los ojos del Salvador, descubría sus blancos hombros; con una pasión meticulosa, se aplicaba siete golpes con la disciplina. Al llegar al cuarto, una línea roja se sugería entre las escápulas. En el quinto, una gota de sangre corría en dirección al cóccix y en el sexto, eran cinco los arroyos escarlatas, mientras el dolor producía estallidos en sus entrañas. Con el séptimo golpe, el sufrimiento atravesaba su cuerpo como una sinfonía de vibraciones brillantes
Al terminar, se envolvía en el cilicio y lo apretaba, procurando que las púas se clavaran en su vientre. Tenía piojos, no sólo en el cabello cubierto día y noche por la cofia, sino en todo el cuerpo, especialmente en las axilas y en las ingles. Un sueño le había revelado que los pequeños insectos eran ángeles encargados de reforzar el dolor de los castigos.
Cuando contaba esto a su director espiritual, recibía regaños. Como respuesta, bajaba la cabeza y sólo de tanto en tanto se animaba a expresar su posición.
—Cristo sufrió por nosotros. Quienes somos sus hijos debemos vivir en nuestras carnes el mismo dolor...
El sacerdote replicaba.
—Hija, hace mucho que la iglesia desaconseja el uso de castigos como los que te aplicas. Fomentan la vanidad e impiden el desarrollo espiritual…
—Padre, ¿cómo puedo cumplir con mis votos si no mortifico mi cuerpo?
El sacerdote esgrimía un último y definitivo argumento
—La pobreza, la obediencia y la castidad deben surgir de ti misma como las flores del verano, sin esfuerzo. Cuando se conviertan en una segunda naturaleza, iniciarás el camino que conduce a Nuestro Señor…
Sola en su celda, Asunta meditaba esas palabras. Las flores del verano no eran tan inocentes. Tenían en sí mismas los dos sexos y eso significaba placer pecaminoso, aún cuando fueran criaturas carentes de alma inmortal. Las hermosas y brillantes corolas eran un lujo que contradecía la modestia y la pobreza. Además, no obedecían a nadie y ejercían una desfachatada y fastidiosa libertad. Por otro lado, el sacerdote hablaba de una segunda naturaleza. ¿Cómo obtenerla sin destruir por completo la primera? Para hacerlo no había nada mejor que la penitencia brutal. Tallar con sangre el Hombre Nuevo del que hablara San Pablo.
Una parte de Asunta, siguiendo el consejo del confesor, se negaba al sufrimiento, pero otra ansiaba la mordedura del cilicio y el relámpago candente de la disciplina. Tan sólo evocarlos le producía un placer profundo que la acercaba a las regiones celestes.


En el convento, se convocó a un retiro espiritual de tres días en una lejana y apartada casa de oración. A Asunta se le concedió el permiso de permanecer sola en la celda. Era la víspera de sus votos y ansiaba recluirse para ayunar y someterse a más castigos. Había conseguido un cilicio en forma de faja de acero con púas agudas y filosas que se clavaban en su carne con fuerza y rapidez.
Aquella tarde esperó que todas se fueran. Cesaron los murmullos y cuando se aseguró de estar sola, se arrodilló frente al crucifijo y se colocó el nuevo cilicio. El dolor le quitó la respiración. Se descubrió la espalda y la golpeó con la disciplina. Luego del séptimo latigazo, siguió hasta quedar exhausta, bañada en sangre y retorciéndose de dolor.
Cayó en una profunda inconsciencia de la que despertaba a medias cuando sentía las púas en su bajo vientre. Soñó que Cristo bajaba de la cruz y bailaba con él, recorriendo el cuarto. El Salvador la apretaba contra sí y hundía la boca en su espalda ensangrentada, bebiendo ávidamente.


Al despertar, a contraluz del resplandor que entraba por la ventana, distinguió la silueta de un hombre. Pensó que habían llegado las otras novicias y esperó escuchar los murmullos y los pasos en el corredor, pero todo seguía en silencio. Se protegió los ojos con la mano. El hombre, sentado en el sillón, la miraba fijamente; inmóvil, parecía atento a su despertar. Asunta estaba a solas con un desconocido, pero no sentía miedo. Intentó incorporarse y advirtió una laguna verde y maloliente que se extendía debajo de su túnica. Solía vomitar cuando atravesaba el límite del dolor.
El hombre era gordo, de baja estatura, calvo, moreno y con un bigote muy fino. Al respirar, jadeaba y entreabría sus gruesos labios. Vestía un traje con pantalón y chaqueta azules, atravesados por líneas blancas verticales. Los zapatos negros relucían a pocos pasos del rostro de la novicia que permanecía en el piso.
— ¿Eres Jesús? – preguntó
—No soy Jesús.
— ¿Eres un ángel?
—Algo así. Te aclaro que no soy quien esperas. Antes de hablar de mí, quiero saber por qué te castigas de este modo.
El hombre se inclinó hacia delante dispuesto a escuchar. Su labio inferior colgaba con un gesto de avidez.
—La semana que viene debo realizar mis votos de pobreza, obediencia y castidad. Entonces cambiaré el velo blanco de novicia por el negro de profesa y leeré con devoción el Libro de las Profesiones. Debo ser la esposa de mi Señor Jesús, y para hacerlo sufriré como él… ¿Has venido a ayudarme?
— ¿Aún no sabes quién soy?
Asunta negó con la cabeza. El hombre se sentó, enderezó su cuerpo y la miró fijamente.
—Soy Satanás. Siempre que alguien inicia el camino de la santidad, vengo a tentarlo. Puedes estar satisfecha, ya que tu penitencia y tu celo lograron atraerme…
Al escucharlo, Asunta se incorporó y retrocedió hacia la pared. Llevó la mano a su cuello, tomó el escapulario que contenía un trozo de la túnica de San Simeón el Estilita y lo blandió hacia el hombre.
— ¡Fuera demonio! ¡Fuera Satanás!.
Tembló al ver que se levantaba de la silla. Sentado, sus pies no llegaban al piso, pero al incorporarse era más alto de lo esperado.
— Déjate de tonterías, Asunta. Vendrás conmigo. No te haré daño. No soy tan terrible como me pintan…
El hombre estiró su brazo y a pesar de los esfuerzos de la novicia por apartarse, la sostuvo fácilmente con una de sus manos. La apretó contra sí y ambos se elevaron. Asunta no supo si habían salido por la ventana o por el techo de la habitación. El cielo de la tarde se acercó a ellos y la noche llegó con rapidez. La angustiaba pensar que si llegaban las otras novicias y el prior, la encontrarían abrazada al mismo Satanás.
En el vuelo, rozaron las nubes de la noche que brillaban con luz propia. Las atravesaron, descendieron y Asunta vio el resplandor de la ciudad. Por encima del ruido del viento, escuchó la voz de Satanás.
— Puedes ver el mundo. Es mi reino. Mira qué hermoso es…
Las luces formaban figuras: la silueta de una mujer, la confusa sucesión de un asesinato, una pareja abrazándose y una masacre.
Se detuvieron en la cumbre de una montaña desde la cual vieron el amanecer. Asunta sintió la mordedura del frío. Nevaba, estaba descalza y sólo la cubría su túnica. Satanás había vuelto a tomar el aspecto de un hombre petiso y gordo; su aliento se condensaba en nubes con olor a salame.
La novicia miró el paisaje. Su afán de castigo, su celo su devoción habían desaparecido y ansiaba saber lo que iba a ocurrir
—Aquí es donde puedes hacer tus votos – dijo el Demonio.
—Sólo puedo hacer mis votos frente a Jesucristo…
— ¿Es que tu Salvador no está en todas partes? Debes saber que mis seguidores también formulan en mi nombre votos de obediencia y castidad. Yo no quiero tu alma inmortal. Tampoco me interesa apartarte de la senda piadosa. Sólo quiero una parte de tus votos…
— ¡No lo haré ¡—exclamó Asunta —Hay muchas santas que murieron por oponerse a ti. No pronunciaré mis sagrados juramentos frente a tu persona…
—No tienes que hacerlo con la boca, sino con todo tu ser. Eso me basta.
Satanás chasqueó los dedos y surgieron ante ella riquezas incontables. Carros cargados de oro subían por la montaña y cantidad de esclavos se arrodillaban a sus pies ofreciéndole fortunas.
—Te ofrezco estos tesoros. No querrás aceptarlos y eso bastará para que afirmes tu voto de pobreza en mi presencia. Es lo que me importa, niña. Me tiene sin cuidado que cambies tu cofia blanca por la negra y que leas el Libro de las Profesiones. Negarte a esto es optar por la pobreza.
El lugar resplandecía. El sol y el brillo de la nieve reverberaban en las superficies doradas. Asunta vaciló. Por un instante sintió el deseo de quedarse con alguno de aquellos objetos, quizá ese vaso con gruesas asas de oro o aquel prendedor, también de oro con bordes de rubíes que tanto la atraía. De hacerlo, derrotaría a Satanás, pero no cumpliría con su voto. La codicia aleteaba en sus entrañas, tentándola más que el propio demonio. Sin decir una palabra, dio la espalda a los tesoros y bajó la cabeza.
—No esperaba otra cosa de ti. Te niegas a la riqueza y yo tomaré tu voto…
Satán estiró su mano y aferró una vibración invisible que rodeaba su cuerpo. La llevó a la boca, la tragó y eructó con satisfacción. La novicia cayó de rodillas y llorando oró a Jesús y a San Simeón. Cerró los ojos y los abrió al sentir un soplo de aire caliente. A su alrededor, las riquezas habían desaparecido lo mismo que la nieve y el lugar se había transformado en un cálido jardín.
Escuchó música y una voz armoniosa. Alguien entonaba canciones de su infancia. Por los senderos en los que habían crecido enredaderas de rosas, llegó un hombre alto de cabellos largos. Tañía una guitarra y cantaba para ella. Satanás se acercó y habló en su oído.
—De no haber sido monja, este hombre se convertiría tu marido y con él tendrías muchos hijos. ¿Cederás? ¿Te entregarás a sus brazos y lo besarás hasta volverte loca? ¿O te negarás y de ese modo yo tomaré parte de tu voto de castidad?. Del voto que realices con tu cuerpo y con tu alma, no sólo con tu lengua. Piensa que me quedo sólo con una parte, que no guardo todo para mí. Soy magnánimo como verás…

El hombre dejó de cantar y se acercó a Asunta ofreciéndole una flor. Su piel olía a nardos recién cortados. La novicia se incorporó temblando. Jadeaba y traspiraba. Retrocedió y se recostó contra una de las rocas del lugar. El hombre se acercó a ella con expresión implorante, pero Asunta apartó la cabeza, cerró los ojos con fuerza y oró nuevamente entregándose a Cristo y a San Simeón. Cuando volvió a mirar, el hombre ya no estaba. Más allá, Satanás volvía a estirar su mano y a apoderarse de algo invisible que rodeaba su cuerpo.

Pasaron los minutos. El silencio era total y Asunta seguía orando, arrodillada y con los ojos cerrados. Los abrió una vez más y comprobó que caía la tarde. El demonio se había marchado. Se incorporó con espanto. Satán la había traído hasta allí en un largo vuelo y no sabía cómo regresar al convento. Sin embargo, hallaba familiares los setos, los bancos y los senderos. Se incorporó. Reconocía esa imagen de San Francisco dando de comer a las palomas; aquella Virgen con los brazos abiertos. Escuchó pasos y un coro de cantos religiosos. Retrocedió al ver una figura surgiendo de las sombras. Su director espiritual le sonreía.
—Hija mía, te estamos esperando. Va a ser la hora de tus votos, pero no estás vestida adecuadamente. Ve a tu habitación, cálzate y ponte tu vestido blanco. Te esperamos en la iglesia…
Asunta estuvo a punto de contar lo que había ocurrido; no podía tomar sus votos, ya que el Demonio se había apoderado de ellos, pero se contuvo. Su silencio era una forma de ejercer la obediencia.

Mientras caminaba a su cuarto, escuchó la respiración jadeante y le pareció ver en el aire de la tarde el belfo goteante de Satanás. Sintió miedo y a la vez una extraña sensación de bienestar. Fue a su celda, se bañó y se colocó las vestiduras blancas. De pronto advirtió que ya no estaba obsesionada por el castigo, por la necesidad de flagelarse y de vestir el cilicio.
En la iglesia, arrodillada, junto a las otras novicias, esperó que llegara su turno y leyó el Libro de las Profesiones.
Yo, Sor Asunta, hago Profesión, y prometo obediencia á Dios, a Santa María, á nuestro Padre San Simeón, y al Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Don Cacote, Obispo de este Obispado de Tauro de los Ángeles, y á sus Sucesores, y en su nombre al señor Américo, sacerdote oficiante, en cuyas manos hago esta Profesión: y prometo vivir toda mi vida en OBEDIENCIA, CASTIDAD, POBREZA, SIN COSA PROPIA, EN PERPETUO ENCERRAMIENTO, y según la Regla de nuestros Padres San Simeón y San Benito, prometiendo ser obediente hasta la muerte.
Escuchó arrodillada el resto de la misa. Aquello era un nuevo nacimiento.. Al salir contempló los rostros que sonreían, el sol brillante cayendo en los senderos y sospechó por primera vez que aquel no era el convento donde había ingresado como novicia. Quienes la rodeaban eran los mismos, pero algo había cambiado. ¿Sería por la intervención de Satanás? Quizá las paredes del monasterio, testigos de sus brutales castigos, estuvieran en un lugar lejano, donde una monja idéntica a sí misma, ofrecería diariamente el martirio de su carne a una imagen de Cristo crucificado.


Pasaron los años y en la vida de quien fuera Sor Asunta, se presentó muchas veces esta duda. En medio de sus oraciones, le parecía ver en el aire un rostro burlón, un belfo grueso y húmedo y una mano peluda que tomaba algo invisible alrededor de su cuerpo, lo llevaba a la boca y lo tragaba con satisfacción.

Ricardo Iribarren
Registro de Derechos de Autor (Colombia) Nº 10─198─148

Si encuentras un Buda, Ricardo Iribarren

martes 27 de abril de 2010
"Si encuentras un Buda..."


— ¡Sangha…!

Varios niños jugaban en el portal del templo; en las cercanías del altar, una pareja de ancianos ofrendaba una flor de loto. Surachai, el viejo sacerdote, encendía las velas junto a la estatua de Buda y como siempre se preguntaría por el significado de alguno de los doscientos cincuenta preceptos del Theravada.

— ¡Sangha…!

Ninguno de ellos escuchaba la voz femenina, el tono cálido lleno de ecos, así como tampoco oían el rugido del Tigre de la Impermanencia que llegaba de las montañas del este. La bestia no saltaba de pronto. El ataque era lento, diferido, creando la ilusión de que el tiempo y la vida eran eternos.

— ¡Sangha…!

Era mi segundo nombre, el que fuera elegido por los dioses. Sólo conocido por mis padres y por el prior de un templo lejano, ahora llegaba de las profundas piedras de la pagoda. En silencio, mi cuerpo respondía, aunque mi mente sólo pronunciaba la primera parte de una frase.

— Si encuentras un Buda…

Faltaba una palabra que no llegaba a mi lengua, pero recorría mis miembros y cosquilleaba en las puntas de mis dedos.

— !Sangha…!¡Sangha…!

La voz pronunciando mi segundo nombre me hacía vibrar como una casa en medio de un terremoto; como un condenado al escuchar por última vez el canto de los pájaros.

— Si encuentras un Buda… — Otra vez mi respuesta truncada; otra vez mi vientre dispuesto a saltar.

De pronto los árboles dejaron de agitarse y los pájaros de volar Los niños quedaron inmóviles en distintas posturas de juego. En las cercanías del altar, el anciano miraba con ternura a su mujer y levantaba la mano en una caricia suspendida. Más allá, Surachai había interrumpido el gesto de encender una vela.. Un vendaval luminoso arreció en mis entrañas y me trajo recuerdos de otras eras que vibraron en el inerte viento de la tarde. En aquel mundo quieto, yo me llenaba de luz; el llamado provenía de la pagoda y a la vez de las puertas del Nirvana. La Iluminación latía en el aire. Amenazaba desgarrar mi ser para ofrecerme la conciencia absoluta, única forma de vencer al Tigre de la Impermanencia. Aquello explicaba mi alegría ante el reclamo, aunque la voz y la presencia de una mujer pudieran resucitar mis deseos mundanos a los que consideraba vencidos.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Mi respuesta seguía incompleta. Pronuncié en voz alta las cuatro palabras: Si encuentras un Buda… El resto de la frase atravesaba las plantas de mis pies, trepaba por mis piernas y se detenía en mi sexo.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Parecía absurdo, pero aquello que debía precipitarme en la Iluminación, también me llenaba de anhelos vagos y lejanos.

— ¡Sangha…!¡ Sangha…!¡ Sangha…!

El llamado implacable se elevaba como humo desde las viejas piedras, desde los cimientos de la pagoda.

Caminé hasta el salón donde los otros monjes oraban en círculo. También estaban inmóviles y callados, con las cuentas entre los dedos y las cabezas bajas.

— ¡Sangha…!

La voz llegaba de la base cuadrada de la estupa. Mientras descendía las gradas, una luz celeste que provenía del sótano, recorrió mi piel.

— ¡Sangha! ¡Sangha…!

La alegría desbordante, casi escandalosa, entró por mi nariz, mis orejas y mis ojos. No me sorprendió encontrar una mujer desnuda parada frente a mí, con los cabellos sueltos. Vi su imagen borrosa; había llegado al límite del abismo luminoso y bastaba un soplo, el suave roce de un ala o la levedad de un pensamiento para precipitarme en él.

Ella me miró sin hablar. Era la propia Iluminación. Sólo así podía conocer mi nombre oculto. De unirme a su cuerpo, lo haría con el Buda del centro del universo; conocería los remotos eones sin abandonar la pagoda; desde las eras más lejanas, hasta cada una de las flores de los cerezos del parque.

Abracé a la mujer. Su piel era suave y luminosa, pero algo me impedía hundirme en el abismo; era el vaivén de un pensamiento que llegaba, partía y luchaba contra la luz embriagadora; contra el avasallante conocimiento que mostraría todo.

— ¡Sangha! — repitió ella junto a mi oído

— Si encuentras un Buda…— contesté una vez más

La otra parte de la frase llevó a mis ojos a contemplar la enorme hacha que colgaba de la pared a pocos pasos de donde estábamos. Con ella, el monje Thaksin cortaba diariamente la leña. Lejano, perdido en las montañas del este, aún escuchaba el rugido del Tigre de la Impermanencia.

Continuaba la diferencia entre lo agradable y lo desagradable, entre el placer y el dolor, pero frente a mí estaba el punto en que todo se extinguía. Allí las cosas se convertían en almohadas; en velas agonizantes. Supe de mis vidas anteriores: había sido un santo, un Anāgāmī, pero también un monje corrupto y un emperador asesino dominado por los tres venenos. Mi mente era una sombra débil en medio de la luz; una llama oscura a punto de extinguirse bajo el viento de la Iluminación. La mujer se había arrodillado a mis pies con una ofrenda de frutas, dispuesta a adorar al Buda que asomaría por mi pecho.

— Si encuentras un Buda…

Mis manos tomaron el hacha, la blandieron y me bastaron dos golpes para separar la cabeza de su tronco. La sangre saltó, cubriendo mi túnica azafrán. En medio de espasmos dolorosos, mi cuerpo y mi mente se oscurecieron y los eones se alejaron vertiginosos. El mar de luz crepitó y las aguas me devolvieron a la playa que era el mismo sótano en la base de la pagoda. La cabeza de la mujer tenía los ojos abiertos y me miraba con ternura. Lo último que recuerdo es haberla colocado sobre el cuerpo, cubriéndolos piadosamente con mi túnica.


Al despertar escuché a los monjes orando. Habían empezado sin mí. . Estaba desnudo y mi túnica permanecía a pocos pasos, limpia, sin huellas de sangre No vi el cadáver ni había rastros del asesinato. Me vestí, subí al salón circular y empecé a orar junto a los otros.

— Ayer estuviste a las puertas de la Iluminación — me dijo en un susurro el monje más anciano mientras marchábamos al refectorio.

— Fue un engaño — expliqué— Los deseos mundanos se vistieron de Iluminación.

— Está bien — asintió el maestro — Seguirás la senda del peregrino, practicarás el sacrificio y los preceptos y luego de muchos eones, renacerás como Bodhisattva Quizá, en otra eternidad, puedas convertirte en Buda.

Miré el rostro del anciano. Otra vez la frase que atravesaba mi garganta como una daga oscura. Pronuncié para mis adentros la primera parte: Si encuentras un Buda… el resto volvía a agitar mis miembros, intentando llegar a mi cerebro.

Durante la segunda ronda de oración, nos sentamos en círculo. En silencio, esperaríamos que el prior diera tres vueltas alrededor de nosotros. El pensamiento regresó. Ya no era la respuesta a la voz de la pagoda que pronunciaba mi nombre. Arrancaba de mis entrañas como una ola incontenible y mientras la sentía llegar, recordé vagamente un Sutra que describía la oscuridad como otra cara de la luz. Luego las palabras me anegaron. En medio de un cielo negro, vi la frase completa, iluminada por un siniestro sol. Debía pronunciarla, aunque desatara una tormenta.

— Si encuentras un Buda, ¡mátalo!

Los monjes interrumpieron sus oraciones y me miraron con horror. Algunos se incorporaron y quisieron escapar, pero fue inútil. Como hojas en medio de un vendaval, sus pieles cayeron mostrando los tejidos, los músculos y los huesos. Rápidamente se convirtieron en un puñado de cadáveres y las paredes de la estupa se derrumbaron. Corrí, procurando salvarme de las piedras que caían. Una vez fuera, vi como el edificio se convertía en puñados de polvo gris arrastrados por el viento de la mañana. Mi túnica se deshizo y quedé desnudo en el desierto.




Después de muchos años de la catástrofe, los campesinos siguen venerándome por ser el único sobreviviente. Me ofrecen alimentos, reclaman bendiciones y guardan mis harapos como amuletos. Cuando muera, disputarán los trozos de mi carne y cada uno de mis huesos. Muchos se postran frente a mí y me llaman Maitreya, adorándome como a Buda.

Todas las mañanas, un niño llamado Luang me traía una hogaza de pan. Ahora es un joven que sigue alimentándome y recibiendo mis mensajes sobre la vida, la muerte y la Iluminación.

Hoy hablo acerca del sufrimiento. Luang me escucha atentamente, con un brillo familiar en los ojos y advierto que además del trozo de pan, ha traído un hacha. Me interrumpo y aclaro que no soy un Buda, pero la frase se ha liberado en su cuerpo. Asentirá a lo que diga y esperará a que baje la cabeza; entonces cercenará mi cuello, abandonará mi cadáver y se internará en el desierto para hacer penitencia entre los buitres y los alacranes, tratando de obtener la Iluminación.

Dejo de hablar. Nos miramos fijamente. El silencio es intenso, casi doloroso.

Desde las lejanas montañas del este, vuelvo a escuchar el rugido del Tigre de la Impermanencia.

Ricardo Iribarren
Registro Nacional de Derechos de Autor — Colombia— Nº 1-2009-9557

La esfera y el Rayo - Ricardo Iribarren

jueves 6 de mayo de 2010
La Esfera y el Rayo







1
Cuadros, esculturas y tapices, convertían la oficina del señor Arkadin en un museo que se alteraba diariamente debido a la reflexión de la luz al atravesar los ventanales biselados y polarizados por un bailarín tailandés que trabajara en ellos siete días y siete noches al son de danzas tradicionales y que al terminar se suicidara colgándose de la viga central del techo; los vidrios cambiaban la apariencia de las cosas y las personas de acuerdo a las horas del día y era así que entre las siete y las once, se iniciaba el Tiempo del Bronce y las paredes, las obras de arte y el propio Arkadin junto a su secretaria Aurelia, parecían objetos de metal y tanto ellos como los visitantes, permanecían inmóviles unos frente a otros, mirándose fijamente, como las estatuas de la plaza cercana y cuando debían caminar, lo hacían con mucha lentitud, suponiendo que aquellos serían los movimientos de las figuras de cobre y concreto que durante las noches bajaban de sus pedestales para recorrer la grama cubierta de rocío; entre las once y las dos de la tarde, el sol a través de los vidrios inauguraba el Tiempo de la Madera en el que los objetos y la gente se mostraban como grandes troncos con vetas profundas y cortezas nudosas y el señor Arkadin ordenaba que la actividad se interrumpiera y que Aurelia, retocando su manicura, entonara las canciones de Tom Bombadil, mientras en su cabeza la luz reemplazaba los finos cabellos rubios por hojas de abeto francés; el resto de la tarde hasta el crepúsculo, el sol, al cruzar los vidrios, llenaba la habitación de globulosas estructuras blancuzcas que se deshacían ante cualquier contacto, por lo que llamaban a este período el Tiempo del Yeso, donde la actividad disminuía y todos se desplazaban con lentitud, como si estuvieran dentro de una gran burbuja, y era en los minutos que precedían al atardecer, cuando los efectos desaparecían y las cosas y las personas tomaban sus dimensiones y apariencias reales que enseguida se sumergían en las nieblas amarillas de la luz artificial.



Clientes, visitantes ocasionales y todos aquellos que recibían la noticia de su existencia, procuraban entrar en la oficina para admirar la escultura más amada por Arkadin y su secretaria, que ocupaba el centro de la habitación y que mostraba un rayo atravesando espacios diferentes, sugeridos por tenues planchas de acrílico al que interrumpía de pronto una esfera, de modo que el movimiento zigzagueante y rectilíneo era quebrado por la suavidad de la forma circular, lo que disminuía la tensión del primero y graduaba las desviaciones de la quebrada trayectoria, como años atrás explicara Arín Puspín, su creador, en la única y magistral conferencia que brindó acerca del trabajo y que luego sería desarrollada por críticos de toda laya que no dejaban de brindar charlas, filmar películas y promocionar la obra exponiendo su significación profunda, por la cual las dulces formas de la esfera interrumpían la tensión propia de este siglo.

En aquella conferencia inaugural sobre la escultura, Puspín habló sobre los significados del rayo como distintivo de los dioses escandinavos para quienes era un símbolo del poder y exhumó el sentido de la esfera que entre los chinos simbolizaba el cielo y para los presocráticos la perfección y el cese de todos los movimientos, así como la forma redonda de las caderas de las mujeres, anticipando la procreación y el sentido del Yin que es mucho más poderoso que el Yang según el Tao Te King; en la filmación de la conferencia se veía al escultor gordo, rubicundo, mientras su obra aparecía pequeña, casi deslucida, comparándola con la belleza contundente que adquiriera en años posteriores y en la cual el creador, que ya en esa época tomara el camino sin retorno de la droga, no había intervenido para lograr la apariencia que durante el día, en la oficina del señor Arkadin, pasaba por las formas del bronce, la madera y el yeso para al final de la tarde deslumbrar unos minutos con la perfección que trasuntaba la síntesis de los elementos opuestos, de la esfera y el rayo.

Al señor Arkadin y a su secretaria no les importaba que los libros, los teléfonos, las computadoras, se alteraran con la luz ni que el Picasso y el Chagall que se levantaban majestuosos en la pared del fondo, se metalizaran, se convirtieran en madera plena de vetas o en obesos glóbulos de yeso; no importaba que los tapices elaborados por varias generaciones de artistas en el lejano Reino de Siam, se sumergieran en las aguas aberrantes de la luz pervertida, (como gustaba llamarla Aurelia, repitiendo la frase a todo el que quisiera oírla y marcando la “erre” de aberrante); no importaba que Arkadin, su secretaria, los clientes y los visitantes se convirtieran en seres morenos, teniendo en cuenta su propia aprehensión por la gente de color y que el azogue le devolviera la imagen de un hombre de piel oscura con labios blancos; lo importante era que La Esfera y el Rayo, esa pieza bienamada, se disolviera, destruyera y volviera a armarse diariamente, pese a que en los atardeceres, cuando las cosas de la oficina regresaban por unos instantes a la normalidad, mostrara una belleza lejana y sensual como nunca la había tenido; el temor de Arkadin era que alguna vez se sumergiera para siempre en ese caos cotidiano y no retornara, aunque su secretaria le hacía notar que la vitalidad de la pieza era muy superior a la que aparecía en las antiguas fotos, y afirmaba: ¡La obra se está creando a sí misma! ¿No lo cree así, señor Arkadin?,


Arkadin no lo creía y aquel cambio era para él la interrupción de un devenir en el que reinaba la estable esfera del sol por otro cubierto de nubarrones, truenos y rayos; la interrupción de la paz y la serenidad que debía trasuntar la obra por impulsos oscuros que agitaban los corazones de las gentes que día tras día formaba largas colas en la puerta de la oficina con la esperanza de apreciar unos segundos la escultura que obligaba a su propietario a tocarla una y otra vez para probar con el sentido del tacto aquello que se escabullía sombríamente a los ojos.


2
Grupo numeroso y selecto de visitantes. Arkadin se disculpa.

— Tenemos problemas con la luz, pero ustedes pueden palpar suavemente la obra, completando con el tacto lo que oculta la vista por esta jugarreta del sol al atravesar los vidrios biselados y polarizados.

Ante las palabras del señor Arkadin, todos se abalanzan sobre la escultura y compiten entre ellos por colocar encima de la pieza sus manos ansiosas y temblonas.

— ¡Yo también quiero tocarla, madre, quiero apoyar mis pequeñas manos sobre la suavidad de la piedra!

Niño de gorro azul, pantalones cortos y una paleta de franjas incandescentes con sabor a fresa. A él también lo fascina la serenidad gozosa de El rayo y la Esfera.

Con la bendición de Arkadin, su madre lo levanta y toca la escultura. Nadie advierte que un momento antes sus manitas se habían posado sobre la chupeta. En un principio, ni el señor Arkadin, ni Aurelia, ni el resto de las personas, excitadas por haber tenido contacto con la famosa obra, advierten la mancha con forma de corazón que crece implacable hacia el interior de la pieza.

Al otro día, en el Tiempo del Bronce, Arkadin descubre un pequeño triángulo grasoso en la intersección del rayo con la esfera. Allí, la cardíaca silueta se muestra como un batiente corazón de acero. En el Tiempo de la Madera, la mancha se traslada hasta uno de los tres quiebres del rayo donde se acurruca. ¡Parece un pollito!, exclama Aurelia con voz chillona, señalando sus estrías similares a plumas y alerones

En el Tiempo del Yeso, crece hasta cubrir toda la pieza que parece atravesada por la intangible sombra de un corazón. Finalmente en la noche, cuando la escultura recobra su aspecto original, el pequeño triángulo se convierte en un punto luminoso que salta una y otra vez a lo largo del rayo y se introduce en la esfera

— ¡Un restaurador! ¡Mi vida por un restaurador! — Clama Arkadin con tono dramático mientras Aurelia llama por teléfono a uno de ellos, famoso por sus treinta años de experiencia.

Fauna extraña y caprichosa pero necesaria — piensa el propietario mientras observa al restaurador preparar una alquímica batería de elementos cuidadosamente calibrados. Antes de empezar su trabajo, el técnico reflexiona.

— Creo que el corazón queda bien ¿No pensó en consultarlo con el escultor?

— Señor restaurador, ni usted ni yo somos artistas, pero nuestra misión es mantener el impulso original que llevó a esta pieza a ser lo que es. Yo con mi dinero, usted con sus líquidos, entre ambos exorcizaremos esta diabólica mancha.

El técnico termina su trabajo cerca del mediodía. Bajo el Tiempo del Bronce, la pieza aparece pura, rotunda, sin nubarrones de manchas rebeldes. Arkadin y Aurelia aplauden con entusiasmo y el restaurador saluda con una reverencia antes de marcharse.

En el Tiempo de la Madera, la mancha vuelve a perfilarse, primero tímidamente, luego como un diseño aceitoso en la corteza. En el Tiempo del Yeso, adquiere una consistencia granulosa y blanca, se separa de la obra y marcha por toda la habitación. El señor Arkadin se hala los cabellos y llama nuevamente al restaurador, quien regresa al otro día en el Tiempo del Bronce. En la escultura, el corazón late desfachatadamente. Un nuevo diálogo entre los hombres.

— Señor restaurador, su trabajo ha sido oneroso, pero superficial. La obra de arte vuelve a mostrar los vestigios de la mancha. Esperamos los resultados de su accionar.

— ¿Está seguro que ese detalle no estaba desde antes? — pregunta a su vez el restaurador — ¿Cómo sabe cuál era la forma original de la escultura si usted mismo me dice que cambia con la luz? Cierta vez en mi larga carrera, encontré una obra que se creaba a sí misma al margen de quien le había dado origen. ¿Está seguro que no es éste un caso parecido?

Con aire triunfal, Aurelia trae las fotos de la escultura y el video que la muestra junto a su autor.

— Deben reconocer que estos documentos gráficos no exhiben la fuerza y majestuosidad que ha cobrado la obra en este tiempo, cualidades que han sido reforzadas por la mano inocente que trazara este dulce corazón en el punto exacto donde el rayo se une con la esfera; es la fuerza que invade lo receptivo; el ósculo agresivo sobre la piel cerúlea de la amada.
— Quiero que la retire de la base y la lleve a mi apartamento privado — ordena secamente Arkadin. El restaurador se niega.


— Debe saber que una obra de arte es más sensible que un ser humano a los cambios de temperatura, de presión, a las alteraciones de los husos horarios, al jet lag, a las emociones de su dueño y todo lo que lo acompaña.

— Señor restaurador, le insisto que cumpla la orden. La escultura es mía y pagué por ella. Si quiero destruirla, puedo hacerlo.

— Señor Arkadin, si desea despedazar la obra, busque otro hombre. Yo no destruyo obras de arte.

— No le estoy pidiendo eso, sino que la traslade.

— ¿Se ha fijado cómo está sujeta a la mesa? — el restaurador muestra un grupo de caños muy pequeños que la atraviesan y forman parte del conjunto estético — hay que desguazarla en tres o cuatro trozos y ensamblarlos en el destino. Para eso debe encontrar al artista, ya que usted pretende conservar el impulso originario, la emoción eidética, la imagen ideal de lo que fue en su origen la obra de arte. Sólo él puede modificarla. Sólo él dispone de la sagrada llama.

— ¿Y dónde encuentro al artista?

— Ese es su problema, señor Arkadin. Para eso debiera ayudarle su dinero.



3

El señor Arkadin atravesará el Reino de Siam, las Nieves del Kilimanjaro y los caminos de Katmandú buscando a Arín Puspín, el creador de la Esfera y el Rayo y mientras cruce desiertos y llanuras cubiertas de nieve, en su oficina la escultura seguirá cambiando, la gente reclamará verla y se instalarán en las calles y encenderán hogueras para alumbrarse y calentarse durante la noche, en tanto que Aurelia, sin una explícita orden, no sabrá que hacer; hospitales, barrios apartados, grupos de gente muy pobre, sabrán que en esa obra llamada La Esfera y el Rayo, un niño habría dejado su corazón y la noticia se trasmitirá de boca en boca y atravesará las fronteras de la ciudad, llegará a los pueblos vecinos y todos se presentarán en largas caravanas, entonando cánticos y exigiendo ver aquello que se convertirá en el sentido de sus vidas.

América Latina, África, Asia hasta sus confines, serán los destinos del señor Arkadin y en antros de perdición, morideras y lugares innombrables, pagará verdaderas fortunas a personas que afirmarán conocer a Arín Pouspín, para finalmente encontrarlo en una playa abandonada del estrecho de Gibraltar, donde el artista, enloquecido por las drogas, se dedicará a comer arena de a puñados, mientras las multitudes lo rodearán como a una atracción turística

— La escultura… — el hombre observará al señor Arkadin con cara de imbécil. — Claro, alguna vez fui artista y gané premios internacionales.
— Se llama La Esfera y el Rayo, ¿la recuerda?
— Tendría que verla. En el hotel tengo fotos….

Lo conducirá a un hotel destartalado, lleno de gatos, prostitutas y traficantes y en un sucio cuarto, exhumará otra fotografía que lo mostrará sonriente junto a la pieza, la que parecerá un simple esbozo, un borrador, algo carente de la belleza serena y agresiva del original.

A muchos kilómetros, en la oficina del señor Arkadin, Aurelia no tendrá tiempo de arreglar sus uñas, ya que las manchas en la escultura se multiplicarán, como si los ácidos que le aplicara el restaurador la hubieran convertido en algo vivo con capacidad de reproducirse y emitir sonidos, al principio suaves murmullos, luego tiernas melodías, acordes sinfónicos e himnos llamando a la guerra y a la paz, mientras afuera se formará una religión con adeptos, sacerdotes y ofrendas en torno a La Esfera y el Rayo como objeto de culto y emergiendo del cemento de las calles, surgirán profetas capaces de interpretar los cambios de la obra y traducir los mensajes ocultos en su música y ante los numerosos reclamos, Aurelia deberá permitir las visitas y contratará los servicios de una vigilancia privada que será impotente ante la fuerza creciente de la masa y en una de las manifestaciones, un guardia, asustado, recordará las palabras de Napoleón: Cuando muchos se rebelan, basta con matar unos pocos en las líneas delanteras para que las demás retrocedan y disparará ciegamente asesinando a un joven de un balazo en la cabeza, ante lo cual, en el centro de la esfera se formará una hermosa flor roja que supurará líquido espeso, gelatinoso, de un color similar al del cinabrio y con esa muerte se suspenderán las visitas, pero uno de los sacerdotes de La Esfera y el Rayo, sabrá lo de la flor encarnada y volverá a los adeptos afirmando que la obra llora sangre, con lo que se dividirán los fieles y se acusarán unos a otros de vacilaciones, de falta de decisión, y de producir el sufrimiento de la escultura.



Arkadin y Arín Puspín llegarán a una ciudad tomada en la que el ejército bloqueará el edificio donde se encuentra la oficina y para acceder, ambos deberán aguardar muchas horas a que el comandante del arma los reconozca y acepte la entrada, mientras en la calle la multitud se preparará para la guerra, ya que todos sabrán que se encuentra el autor de la escultura y temerán que la misma se venda, traslade o sea retirada del país.

— Esta no es la obra que modelé hace diez años — afirmará Arín Puspín frente a la enorme estructura roja, vibrante, llena de sangre y a punto de explotar — Nunca pude ni podré hacer una cosa como ésta.

Los sonidos que escaparán del vientre de la obra, reproducirán una disonante marcha fúnebre y las notas plañideras llegarán hasta la calle y se mezclarán con el sonido de las ametralladoras, los fusiles y los cañones, mientras los ondulantes reflejos de las llamas alumbrarán los rostros furiosos de la masa.

— Cierre las ventanas — pedirá Arkadin a su secretaria. — Tengo necesidad de descansar.
— ¿Qué edad tiene, don Arkadin? — preguntará Arín Puspín.
— Cincuenta y tres
— Están muy bien los cincuenta y tres, porque no son cincuenta y dos ni cincuenta y cuatro, y mucho menos cincuenta y uno. Cinco y tres son ocho, y ése es el número perfecto, el número que lleva la paz.

Dicho esto, Arín Puspín se abrazará a la escultura mientras retumbarán disparos, gritos, golpes y en la escalera el ejército procurará detener a la multitud que intentará subir por la fuerza a la oficina.

— ¿Y cómo se obtiene la paz, señor escultor?
— Escuche a la obra. Aunque yo lo haga, no hay nada que pueda aprender; ya no es lo que creara en un tiempo entre los vahos del alcohol y la heroína.
— Señor Arkadin, dice el ejército que no puede controlar a la multitud. — afirmará una Aurelia, despeinada, con las uñas rotas y herida de muerte, que en sus últimos momentos se arrodillará en un postrero gesto de adoración a la escultura.
— Es la guerra — dirá Arín Puspín con una sonrisa— Un movimiento colosal de todas las cosas que tiende a un nuevo orden. Ya nada será como antes. Su objetivo de trasladar la pieza, será imposible.

Vibrará la oficina y de la escultura manará sangre, escurriendo hasta la calle y uniéndose a las heridas de los fieles; se escucharán gritos en las escaleras y la multitud abrirá la puerta con un aullido de júbilo, mientras Arkadin y Arín Puspín, procurando la paz, saltarán por la ventana olvidando que se encuentran en un décimo piso, pero ambos flotarán en el aire de la tarde, en las nubes bajas y flotarán y flotarán sobre la guerra y la muerte y con una sensación de serena euforia, verán abajo a las personas y a las cosas como pequeñas hormigas.

Reventarán las ventanas de la oficina y la multitud devorará a la escultura que se transformará en una sustancia leve y carnosa, la que reproducirá al instante cada parte que le quiten y sus fieles descontrolados, comerán trozo a trozo y al tragar su carne, se convertirán en cucarachas tornasoles, brillantes y furiosas que morirán lánguidamente no sin antes morder a los demás y convertir la humanidad en un gran cucarachero suicida, hasta que los edificios y los cadáveres sean desguazados por el tiempo, el abandono y el olvido.

Arkadin y Arín Puspín sentirán que el viento de la noche embolsa sus trajes y en vez de caer planearán hacia el sur, se extenderán por encima de las hogueras y de los crecientes muertos, sintiendo un júbilo desconocido y en las calles incendiarán casas, automóviles, animales y toda la civilización, entonando cánticos agoreros de un futuro celeste.

El escultor y el empresario seguirán flotando y viajarán a un lado y al otro empujados por las brisas y se unirán con los seres invisibles que pueblan las capas de la atmósfera y con ellos tendrán hijos, mientras en la tierra se abrirán agujeros negros y los sobrevivientes de la guerra se transformarán en ratas y en alimañas.

Pasarán los años, vendrán los alados nietos de Arín Puspín y Arkadin, hasta que una tarde, en el filo del fin de los tiempos, sus vuelos los devolverán al sitio donde había estado la oficina y en el que la escultura se habrá convertido en una enorme planta carnívora, quizá lo único vivo en el planeta, y allí, en el punto exacto en que se arrojaran por la ventana aquel día lejano, cuando buscaran la paz en medio de la guerra, perderán su condición de alados y se estrellarán contra el suelo.

Los últimos que morirán en un mundo de muertos.

Ricardo Iribarren




inscripción en el Registro Nacional de Derecho de Autor (Colombia) Nº:1-2009-5960

viernes, 3 de septiembre de 2010

“Tienes razón —dijo el pelirrojo, señalando a Montezuma—: Éste resulta un personaje más nuevo. Veré cómo lo hago cantar un día de éstos en el escenario de un teatro.”—“¡Un fraile metido en tablados de ópera! —exclamó el sajón—: Lo único que faltaba para acabar de putear esta ciudad.” — “Pero, si lo hago, trataré de no acostarme con Almiras ni Agripinas, como hacen “otros”” —dijo Antonio, estirando la aguda nariz. — “Gracias, en lo que me respecta...”—“...Y es que me voy cansando de los asuntos manidos. ¡Cuántos Orfeos, cuántos Apolos, cuántas Ifigenias, Didos y Galateas! Habría que buscar asuntos nuevos, distintos ambientes, otros países, no sé... Traer Polonia, Escocia, Armenia, la Tartaria, a los escenarios. Otros personajes: Ginevra, Cunegunda, Griselda, Tamerlán o Scanderbergh el albanés, que tantos pesares dio a los malditos otomanos. Soplan aires nuevos. Pronto se hastiará el público de los pastores enamorados, ninfas fieles, cabreros sentenciosos, divinidades alcahuetas, coronas de laurel, peplos apolillados y púrpuras que ya sirvieron en la temporada pasada.” —“¿Por qué no inventa una ópera sobre mi abuelo Salvador Golomón? —insinúa Filomeno—: Ése sí que resultaría un asunto nuevo. Con decorado de marinas y palmeras.” El sajón y el veneciano echaron a reír en tan regocijado concierto que Montezuma tomó la defensa de su fámulo: —“No lo veo tan extravagante: Salvador Golomón luchó contra unos hugonotes, enemigos de su fe, igual que Scanderbergh luchó por la suya. Si bárbaro les parece a ustedes un criollo nuestro, igual de bárbaro es un eslavón de allá enfrente” (esto, señalando hacia donde debía hallarse el Adriático, según la brújula de su entendimiento, bastante desnortada por los morapios tragados durante la noche). — “Pero... ¿quien ha visto que el protagonista de una ópera sea un negro? —dijo el sajón—: “Los negros están buenos para máscaras y entremeses.”—“Además, una ópera sin amor no es ópera —dijo Antonio—: Y amor de negro con negra, sería cosa de risa; y amor de negro con blanca, no puede ser —al menos, en el teatro.”—“Un momento... Un momento —dijo Filomeno, cada vez más subido de diapasón por el vino romañola—: Me contaron que en Inglaterra tiene gran éxito el drama de un moro, general de notables méritos, enamorado de la hija de un senador veneciano... ¡Hasta le dice un rival en amores, envidioso de su fortuna, que parecía un chivo negro montado en oveja blanca —lo cual suele dar primorosos cabritos pintos, sea esto dicho de paso!”—“No me hablen de teatro inglés —dijo Antonio—: El Embajador de Inglaterra...”—“...Muy amigo mío” —apuntó el sajón. — “...el Embajador de Inglaterra me ha narrado unas piezas que se dan en Londres y son cosas de horror. Ni en barracas de charlatanes, ni en cámaras ópticas, ni en aleluyas de ciegos, se vieron nunca cosas semejantes”... Y fue, en el alba que iba blanqueando el cementerio, un escalofriante recuento de degollinas, fantasmas de niños asesinados; uno a quien un duque de Cornuailles saca los dos ojos a la vista del público, taconeándolos luego, en el piso, a la manera de los fandangueros españoles; la hija de un general romano a quien arrancan la lengua y cortan las dos manos después de violarla, acabando todo con un banquete donde el padre ofendido, manco a seguidas de un hachazo dado por el amante de su mujer, disfrazado de cocinero, hace comer a una Reina de Godos un pastel relleno con la carne de sus dos hijos —sangrados poco antes, como cochinos en vísperas de boda aldeana...—“¡Qué asco!” —exclamó el sajón.—“Y lo peor es que en el pastel se había usado la carne de las caras —narices, orejas y garganta— como recomiendan los tratados de artes cisorias que se haga con las piezas de fina venatería...”—“¿Y eso comió una Reina de Godos?” —preguntó Filomeno, intencionado.—“Como me estoy comiendo esta ensaimada” —dijo Antonio, mordiendo la que acababa de sacar —una más— de la cesta de las monjitas.—“¡Y hay quien dice que ésas son costumbres de negros!” —pensaba el negro, mientras el veneciano, remascando una tajada de morro de jabalí escabechado en vinagre, orégano y pimentón, dio algunos pasos, deteniéndose, de pronto, ante una tumba cercana que desde hacía rato miraba porque, en ella, se ostentaba un nombre de sonoridad inusitada en estas tierras. — “IGOR STRAVINSKY” —dijo, deletreando.—“Es cierto —dijo el sajón, deletreando a su vez—: Quiso descansar en este cementerio.” — “Buen músico —dijo Antonio—, pero muy anticuado, a veces, en sus propósitos. Se inspiraba en los temas de siempre: Apolo, Orfeo, Perséfona —¿hasta cuándo?”—“Conozco su “Oedipus Rex” —dijo el sajón—: Algunos opinan que en el final de su primer acto — “¡Gloria, gloria, gloria, Oedipus uxor!” suena a música mía.”—“Pero... ¿cómo pudo tener la rara idea de escribir una cantata profana sobre un texto en latín?” —dijo Antonio. — “También tocaron su “Canticum Sacrum” en San Marcos —dijo Jorge Federico—: Ahí se oyen melismas de un estilo medieval que hemos dejado atrás hace muchísimo tiempo.”—“Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber lo que hicieron los músicos del pasado —y hasta tratan, a veces, de remozar sus estilos. En eso, nosotros somos más modernos. A mí se me importa un carajo saber cómo eran las óperas, los conciertos, de hace cien años. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender, y basta.” — “Yo pienso como tú —dijo el sajón...aunque tampoco habría que olvidar que...”—“No hablen más mierdas” —dijo Filomeno, dando una primera empinada a la nueva botella de vino que acababa de descorchar. (...)Volvió a verse, como acrecido por la mucha luz, el nombre ruso que tan cerca les quedaba. Y, en tanto que el vino adormilaba nuevamente a Montezuma, el sajón, más acostumbrado a medirse con la cerveza que con el tinto peleón, se volvía discutidor y engorroso: — “Stravinsky dijo —recordó de repente, pérfido— que habías escrito seiscientas veces el mismo “concerto”.”—“Acaso —dijo Antonio—, pero nunca compuse una polca de circo para los elefantes de Barnum.”

jueves, 2 de septiembre de 2010

Una flor amarilla -Julio Cortázar

Una flor amarilla



Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.


Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía—como ahora—explicarlo.


Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.


—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.


Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.


Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.


—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?


No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.


—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.


Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.


—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Pagué.