jueves, 7 de abril de 2011

Tigres azules, en La memoria de Shakespeare.

Tigres azules.



Una famosa página de Blake hace del tigre un fuego que resplandece y un arquetipo eterno del mal; prefiero aquella sentencia de Chesterton, que lo define como símbolo de terrible elegancia. No hay palabras, por lo demás, que puedan ser cifra del tigres, forma que desde hace siglos habita la imaginación de los hombres. Siempre me atrajo el tigre. Sé que me demoraba, de niño, ante cierta jaula del zoológico; nada me importaban las otras. Juzgaba a las enciclopedias y a los libros de historia natural por los grabados de los tigres. Cuando me fueron revelados los Jungle Books, me desagradó que Shere Khan, el tigre, fuera el enemigo del héroe. A lo largo del tiempo, ese curioso amor no me abandonó. Sobrevivió a mi paradójica voluntad de ser cazador y a las comunes vicisitudes humanas. Hasta hace poco -la fecha me parece lejana, pero en realidad no lo es- convivió de un modo tranquilo con mis habituales tareas en la Universidad de Lahore. Soy profesor de lógica occidental y consagro mis domingos a un seminario sobre la obra de Spinoza. Debo agregar que soy escocés; acaso el amor de los tigres fue el que me atrajo de Aberdeen al Punjab. El curso de mi vida ha sido común, en mis sueños siempre vi tigres (ahora los pueblan de otras formas).

Más de una vez he referido estas cosas y ahora me parecen ajenas. Las dejo, sin embargo, ya que las exige mi confesión.

A fines de 1904, leí que en la región del delta del Ganges habían descubierto una variedad azul de la especie. la noticia fue confirmada por telegramas ulteriores, con las contradicciones y disparidades que son del caso. Mi viejo amor se reanimó. Sospeché un error, dada la impresión habitual de los nombres de los colores. Recordé haber leído que en islandés el nombre de Etiopía era "Bláland", Tierra Azul o Tierra de Negros. El tigre azul bien podía ser una pantera negra. Nada se dijo de las rayas y la estampa de un tigre azul con rayas de plata que divulgó la prensa de Londres; era evidentemente apócrifo. El azul de la ilustración me pareció más propio de la heráldica que de la realidad. En un sueño vi tigres de un azul que no había visto nunca y para el cual no hallo la palabra justa. Sé que era casi negro, pero esa circunstancia no basta para imaginar el matiz. Meses después un colega me dijo que en cierta aldea muy distante del Ganges había oído hablar de tigres azules. El dato no dejó de sorprenderme, porque se que en esta región son raros los tigres. Nuevamente soñé con el tigre azul, que al andar proyectaba su larga sombra sobre el suelo arenoso. Aproveché las vacaciones para emprender el viaje a esa aldea, de cuyo nombre -por razones que luego aclararé- no quiero acordarme.

Arribé ya terminada la estación de las lluvias. La aldea estaba agazapada al pie de un cerro, que me pareció más ancho que alto, y la cercaba y amenazaba una jungla, que era de un color pardo. En alguna página de Kipling tiene que estar el villorio de mi aventura ya que en ellas está toda la India, y de algún modo todo el orbe. Básteme referir que una zanja con oscilantes puentes de cañas apenas defendía las chozas. Hacia el sur había ciénagas y arrozales y una hondonada con un río limoso cuyo nombre no supe nunca, y después, de nuevo, la jungla.

La población era de hindúes. El hecho, que yo había previsto, no me agradó. Siempre me he llevado mejor con los musulmanes, aunque el Islam, lo sé, es la más pobre de las creencias que proceden del judaísmo.

Sentimos que en la India el hombre pulula; en la aldea sentí que lo que pulula es la selva, que casi penetraba en las chozas. El día era opresivo y la noche no tenía frescura.

Los ancianos me dieron la bienvenida, y mantuve con ellos un primer diálogo, hecho de vanas cortesías. Ya dije la pobreza del lugar, pero sé que todo hombre da por sentado que su patria encierra algo único. Ponderé las dudosas habitaciones y los no menos dudosos manjares y dije que la fama de ese lugar había llegado hasta Lahore. Los rostros de los hombres cambiaron; intuí inmediatamente que había cometido una torpeza y que debía arrepentirme. Los sentí poseedores de un secreto que no compartirían con un extraño. Acaso veneraban al Tigre Azul y le profesaban un culto que mis temerarias palabras habrían profanado.

Esperé a la mañana del otro día. Consumido el arroz y bebido el te, abordé mi tema. Pese a la víspera, no entendí, no pude entender, lo que sucedió. Todos me miraron con estupor y casi con espanto, pero cuando les dije que mi propósito era apresar a la fiera de la curiosa piel, me oyeron con alivio. Alguno me dijo que lo había divisado en el lindero de la jungla.

En mitad de la noche me despertaron. Un muchacho me dijo que una cabra se había escapado del redil y que, yendo a buscarla, había divisado al tigre azul en la otra margen del río. Pensé que la luz de la luna nueva no permitiría divisar el color, pero todos confirmaron el relato y alguno, que antes había guardado silencio, dijo que lo había visto. Salimos con los rifles y vi, o creí ver, una sombra felina que se perdía en la tiniebla de la jungla. No dieron con la cabra, pero la fiera que la había llevado, bien podía no ser mi tigre azul. Me indicaron con énfasis unos rastros que, desde luego, nada probaban.

Al cabo de las noches comprendí que esas falsas alarmas constituían una rutina. Como Daniel Defoe, los hombres del lugar eran diestros en la invención de rastros circunstanciales. El tigre podía ser avistado a cualquier hora, hacia los arrozales del Sur o hacia la maraña del Norte, pero no tardé en advertir que los observadores se turnaban con regularidad sospechosa. Mi llegada coincidía invariablemente con el momento exacto en que el tigre acababa de huir. Siempre me indicaban la huella y algún destrozo, pero el puño de un hombre puede falsificar los rastros de un tigre. Una que otra vez fui testigo de un perro muerto. Una noche de luna, pusimos una cabra de señuelo y esperamos en vano hasta la aurora. Pensé al principio que esas fábulas cotidianas obedecían al propósito de que yo demorara mi estadía, que beneficiaba a la aldea, ya que la gente me vendía alimentos y cumplía mis quehaceres domésticos. Para verificar esa conjetura, les dije que pensaba buscar el tigre en otra región, que estaba aguas abajo. Me sorprendió que todos aprobaran mi decisión. Seguí advirtiendo, sin embargo, que había un secreto y que todos recelaban de mí.

Ya dije que el cerro boscoso a cuyo pie se amontonaba la aldea no era muy alto; una meseta lo truncaba. Del otro lado, hacia el Oeste y el Norte, seguía la jungla. Ya que la pendiente no era áspera, les propuse una tarde escalar el cerro. Mis sencillas palabras los consternaron. Uno exclamó que la ladera era muy escarpada. El más anciano dijo con gravedad que mi propósito era de ejecución imposible. La cumbre era sagrada y estaba vedada a los hombres por obstáculos mágicos. Quienes la hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad y de quedarse locos o ciegos.

No insistí, pero esa noche, cuando todos dormían, me escurrí de la choza sin hacer ruido y subí la fácil pendiente. No había camino y la maleza me demoró.

La luna estaba en el horizonte. Me fijé con singular atención en todas las cosas, como si presintiera que aquel día iba a ser importante, quizá el más importante de mis días. Recuerdo aún los tonos oscuros, a veces casi negros, de la hojarasca. Clareaba y en el ámbito de las selvas no cantó un solo pájaro.

Veinte o treinta minutos de subir y pisé la meseta. Nada me costó imaginar que era más fresca que la aldea, sofocada a su pie. Comprobé que no era la cumbre, que era una suerte de terraza, no demasiado dilatada, y que la jungla se encaramaba hacia arriba, en el flanco de la montaña. Me sentí libre, como si mi permanencia en la aldea hubiera sido una prisión. No me importaba que sus habitantes hubieran querido engañarme; sentí que de algún modo eran niños.

En cuanto al tigre... las muchas frustraciones habían gastado mi curiosidad y mi fe, pero de manera casi mecánica busqué rastros.

El suelo era agrietado y arenoso. En una de las grietas, que por cierto no eran profundas y que se ramificaban en otras, reconocí un color. Era, increíblemente, el azul del tigre de mi sueño. Ojalá no lo hubiera visto nunca. Me fijé bien. La grieta estaba llena de piedrecitas, todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro. Su regularidad le prestaba algo artificial, como si fueran fichas.

Me incliné, puse la mano en la grieta y saqué unas cuantas. Sentí un levísimo temblor. Guardé el puñado en el bolsillo derecho, en el que había una tijerita y una carta de Allabahad. Estos dos objetos casuales tienen su lugar en mi historia.

Ya en la choza, me quité la chaqueta. Me tendí en la cama y volví a soñar con el tigre. En el sueño observé el color; era el del tigre ya soñado y el de las piedritas de la meseta. Me despertó el sol en la cara. Me levanté. La tijera y la carta me estorbaban para sacar los discos. Saqué un primer puñado y sentí que aún quedaban dos o tres. Una suerte de cosquilleo, una muy leve agitación, dio calor a mi mano. Al abrirla vi que los discos eran treinta o cuarenta. Yo hubiera jurado que no pasaban de diez. Las dejé sobre la mesa y busqué los otros. No precisé contarlos para verificar que se habían multiplicado. Los junté en un solo montón y traté de contarlos uno por uno.

La sencilla operación resultó imposible. Miraba con fijeza cualquiera de ellos, lo sacaba con el pulgar y el índice y cuando estaba solo, eran muchos. Comprobé que no tenía fiebre e hice la prueba muchas veces. El obsceno milagro se repetía. Sentí frío en los pies y en el bajo vientre y me temblaban las rodillas. No sé cuanto tiempo pasó.

Sin mirarlos, junté los discos en un solo montón y los tiré por la ventana. Con extraño alivio sentí que había disminuido su número. Cerré la puerta con firmeza y me tendí en la cama. Busqué la exacta posición anterior y quise persuadirme de que todo había sido un sueño. Para no pensar en los discos, para poblar de algún modo el tiempo, repetí con lenta precisión, en voz alta, las ocho definiciones y los siete axiomas de la Ética. No sé si me auxiliaron. Temí instintivamente que me hubieran oído hablar solo, y abrí la puerta.

Era el más anciano, Bhagwan Dass. Por un instante su presencia pareció restituirme a lo cotidiano. Salimos. Yo tenía la esperanza de que hubieran desaparecido los discos, pero ahí estaban, en la tierra. Ya no sé cuantos eran.

El anciano los miró y me miró.

-Estas piedras no son de aquí. Son las de arriba- dijo con una voz que no era la suya

-Así es- le respondí. Agregué no sin desafío. que las había hallado en la meseta, en inmediatamente me avergoncé de darle explicaciones. Bhagwan Dass, sin hacerme caso, se quedó mirándolas fascinado. Le ordené que las recogiera. No se movió.

Me duele confesar que saqué el revólver y le repetí la orden en voz más alta.

Bhagwan Dass balbuceó:

-Más vale una bala en el pecho que una piedra azul en la mano.

-Eres un cobarde- le dije.

Yo estaba, creo, no menos aterrado, pero cerré los ojos y recogí un puñado de piedras con la mano izquierda. Guardé el revólver y las dejé caer en la palma abierta de la otra. Su número era mucho mayor.

Sin saberlo, ya había ido acostumbrándome a esas transformaciones. Me sorprendieron menos que los gritos de Bhagwan Dass.

-¡Son las piedras que engendran! -exclamó-. Ahora son muchas, pero pueden cambiar. Tienen la forma de la luna cuando está llena y ese color azul que sólo es permitido ver en los sueños. Los padres de mis padres no mentían cuando hablaban de su poder.

La aldea entera nos rodeaba.

Me sentí el mágico poseedor de esas maravillas. Ante el asombro unánime, recogía los discos, los elevaba, los dejaba caer, los desparramaba, los veía crecer o multiplicarse o disminuir extrañamente.

La gente se agolpaba, presa de estupor y de horror. Los hombres obligaban a sus mujeres a mirar el prodigio. Alguna se tapaba la cara con el antebrazo, alguna apretaba los párpados. Ninguno se animó a tocar los discos, salvo un niño feliz que jugó con ellos. En un momento sentí que ese desorden estaba profanando el milagro. Junté todos los discos que pude y volví a la choza.

Quizá he tratado de olvidar el resto de aquel día, que fue el primero de una serie desventurada que no ha cesado aún. Lo cierto es que no lo recuerdo. Hacia el atardecer pensé con nostalgia en la víspera, que no había sido particularmente feliz, ya que estuvo poblada, como otras, por la obsesión del tigre. Quise ampararme en esa imagen, antes armada de poder y ahora baladí. El tigre azul me pareció no menos inocuo que el cisne negro del romano, que se descubrió después en Australia.

Releo mis notas anteriores y compruebo que he cometido un error capital. Desviado por el hábito de esa buena o mala literatura que malamente se llama psicológica, he querido recuperar, no sé porqué, la sucesiva crónica de mi hallazgo. Más me hubiera valido insistir en la monstruosa índole de los discos.

Si me dijeran que hay unicornios en la luna, yo aprobaría o rechazaría ese informe o suspendería mi juicio, pero podría imaginarlos. En cambio, si me dijeran que en la luna seis o siete unicornios pueden ser tres, yo afirmaría de antemano que el hecho era imposible. Quien ha entendido que tres y uno son cuatro, no hace la prueba con monedas, con dados, con piezas de ajedrez o con lápices. Lo entiende y basta. No puede concebir otra cifra. Hay matemáticos que afirman que tres y uno es una tautología de cuatro, una manera diferente de decir cuatro... A mí, Alexandre Craigie, me había tocado en suerte descubrir, entre todos los hombres de la tierra, los únicos objetos que contradicen esa ley esencial de la mente humana.

Al principio yo había sufrido el temor de estar loco; con el tiempo creo que hubiera preferido estar loco, ya que mi alucinación personal importaría menos que la prueba de que en el universo cabe el desorden. Si tres y uno pueden ser dos o pueden ser catorce, entonces la razón es una locura.

En aquel tiempo contraje el hábito de soñar con las piedras. La circunstancia de que el sueño no volviera todas las noches me concedía un resquicio de esperanza, que no tardaba en convertirse en terror. El sueño era más o menos el mismo. El principio anunciaba el temido fin. Una baranda y unos escalones de hierro que bajaban en espiral y un sótano o un sistema de sótanos que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el fondo, en su esperada grieta, las piedras que eran también Behemoth o Leviathan los animales que significaban en la escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a transformarse.

La gente era distinta conmigo. Algo de la divinidad de los discos, que ellos apodaban tigres azules, me había tocado, pero asimismo me sabían culpable de haber profanado la cumbre. En cualquier instante de la noche, en cualquier instante del día, podían castigarme los dioses. No se atrevieron a atacarme o a condenar mi acto, pero noté que ahora eran todos peligrosamente serviles. No volví a ver al niño que había jugado con los discos. Temí el veneno o un puñal en la espalda. Una mañana, antes del alba, me evadí de la aldea. Sentí que la población entera me espiaba y que mi fuga fue un alivio. Nadie, desde aquella primera mañana, había querido ver las piedras.

Volví a Lahore. En mi bolsillo estaba el puñado de discos. El ámbito familiar de mis discos no me trajo el alivio que yo buscaba. Sentí que en el planeta persistían la aborrecida aldea y la jungla y el declive espinoso con la meseta y en la meseta las pequeñas grietas y en las gritas las piedras. Mis sueños confundían y multiplicaban esas cosas dispares. La aldea era las piedras, la jungla era la ciénaga y la ciénaga la jungla.

Rehuí la presencia de mis amigos. Temí ceder a la tentación de mostrarles ese milagro atroz que socavaba la ciencia de los hombres.

Ensayé diversos experimentos. Hice una incisión en forma de cruz en uno de los discos. Lo barajé entre los demás y lo perdí al cabo de una o dos conversiones, aunque la cifra de los discos había aumentado. Hice una prueba análoga con un disco al que había cercenado con una lima, una arco de círculo. Éste asimismo se perdió. Con un punzón abrí un orificio en el centro de un disco y repetí la prueba. Lo perdí para siempre. Al otro día regresó de su estadía en la nada el disco de la cruz. ¿Qué misterioso espacio era ése, que absorbía las piedras y devolvía con el tiempo una que otra, obedeciendo a leyes inescrutables o a un arbitrio inhumano?

El mismo anhelo de orden que en el principio creó las matemáticas hizo que yo buscara un orden en esa aberración de las matemáticas que son las insensatas piedras que engendran. En sus imprevisibles variaciones quise hallar una ley. Consagré los días y las noches a fijar una estadística de los cambios. Mi procedimiento era éste. Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. El máximo de piezas que conté fue 419; el mínimo, tres. Hubo un momento que esperé, o temí, que desaparecieran. A poco de ensayar comprobé que un disco aislado de los otros no podía multiplicarse o desaparecer.

Naturalmente, las cuatro operaciones de sumar, restar, multiplicar o dividir, eran imposibles. Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta discos, podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos. No sé cuánto pesaban. No recurrí a una balanza, pero estoy seguro que su peso era constante y leve. El color era siempre aquel azul.

Estas operaciones me ayudaron a salvarme de la locura. Al manejar las piedras que destruyen la ciencia matemática, pensé más de una vez en aquellas piedras del griego que fueron los primeros guarismos y que han legado a tantos idiomas la palabra "cálculo". Las matemáticas, dije, tienen su comienzo y ahora su fin en las piedras. Si Pitágoras hubiera operado con éstas...

Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable. Ahí estaban indómitos los discos y la perpetua tentación de tocarlos, de volver a sentir el cosquilleo, de arrojarlos, de verlos aumentar y decrecer, y de fijarme en pares o impares. Llegué a temer que contaminaran las cosas y particularmente los dedos que insistían en manejarlos.

Durante unos días me impuse el íntimo deber de pensar en las piedras, porque sabía que el olvido sólo podía ser momentáneo y que redescubrir mi tormento sería intolerable.

No dormí la noche del 10 de febrero. Al cabo de una caminata que me llevó hasta el alba, traspuse los portales de la mezquita Wazil Khan. Era la hora en que la luz no ha revelado los colores. No había un alma en el patio. Sin saber porqué, hundí las manos en el agua de la cisterna. Ya en el recinto, pensé que Dios y Alá son dos nombres de un ser inconcebible, y le pedí en voz alta que me librara de mi carga. Inmóvil, aguardé una contestación.

No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

-He venido.

A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

-Una limosna, Protector de los Pobres.

Busqué, y le respondí:

-No tengo una sola moneda.

-Tienes muchas -fue la contestación.

En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

-Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

Comprendí y le dije:

- Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

Me contestó:

-Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el ruido más leve.

Después me dijo:

-No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba. (*)

(*) Fuente: Jorge Luis Borges, "Tigres azules, en La memoria de Shakespeare, incluido en Obras Completas, v.III, Ed. Emecé, Buenos Aires, pp. 381-388.

domingo, 20 de marzo de 2011

Ella apareció de repente en mi vida como un ave perdida, de las que no permanecen mucho tiempo en un nido y vuelven a perderse y vuelven a encontrarse fugazmente -cuando se encuentran-, y a la corta o la larga vuelven de nuevo a perderse para siempre dejando un halo de incertidumbre, de lo que pudo haber sido y no fue, como dice el bolero.

Pero ella tenía un ala rota y sólo volaba penosamente en círculos y siempre volvía a mí, volvía a encontrarla siempre de un modo u otro, hasta que un día decidí que era mejor perderla que encontrarla.

La vi llegar una noche a mi apartamento romano de Via dei Vestini en compañía de dos amigas de la Facultad de Letras y me deslumbró de inmediato. Atlética y delgada. La raqueta de tenis en una mano, la mejor de las sonrisas en su linda cara, los senos discretamente altaneros, disimulados en una ajustada chaqueta deportiva de cuero.

Habían perdido el tren a Foliño, bendito tren, y me pidieron alojamiento hasta mañana, solamente hasta mañana, bendito alojamiento. Todos mis compañeros de apartamento se habían marchado a sus pueblos y yo tenía espacio de sobra. Benditos, compañeros, benditos pueblos.

Conversar con ella me hizo olvidar un poco sus encantos físicos. Había algo más seductor en ella. Su modo de hablar, su conversación intensa. Con ella no pasaba el tiempo, no pasaban las horas, era la misma hora en ese encuentro y sería la misma hora en todos los encuentros y todos los desencuentros. Ella detenía el tiempo cuando hablaba y yo me hubiera pasado la vida escuchándola como si me estuviera narrando capítulos de Las mil y una noches.

El sueño nos venció, por supuesto, como ya había vencido a sus amigas que yacían desparramadas en otro lugar del apartamento y nos dormimos apaciblemente en una misma cama en horas de la madrugada.

Nada, absolutamente nada me hacía pensar que la muchacha de Foliño sentía algún tipo de atracción hacia mí, pero la tomé por una mano cuando se levantó para ir al baño y la mano respondió con una ternura, una caricia insólita que me condujo a sus senos y a su boca y la besé con el corazón colgando de emoción, con una pasión tan maravillosa como imprevista que me llevó hasta la embriaguez de los sentidos, la borrachera del deseo. Fue una fiesta de besos y abrazos sin mayores consecuencias y luego una despedida en la estación Termini, junto a las dos amigas, pocas horas después.

Yo había terminado recientemente (al cabo de tres años de una intensa y extraña relación) con una tormentosa novia de Cerdeña, una incierta Pinuccia, que había colmado la ‘copa de mi vida’, y pensé que nadie llenaría ese vacío, pero el vacío lo llenaría con otro vacío.
Cuando volví a ver a la muchacha de Foliño era una extraña. Lo que para mí había sido el inicio de una relación maravillosa, para ella había sido un desliz, el desliz de una noche, de un amanecer. Me dijo que no se arrepentía de nada, que podíamos seguir siendo amigos. Le dije hipócritamente que lo comprendía, aunque no comprendía un carajo y estaba dolido por todos los poros. La acompañé a la universidad y me fui al cine a botar el golpe y no volví a verla durante un par de semanas. No esperaba volver a verla nunca más.

Cuando regresé a mi apartamento, un día cualquiera, después de un largo paseo, la encontré de nuevo al anochecer, sentada y como abandonada junto a la puerta de entrada con una botella de Vecchia Romaña, un brandy italiano, y su raqueta de tenis en actitud defensiva. Me quedé de una pieza. Me senté a su lado y le pregunté si estaba bebiendo, pero el brandy era sobre todo para mí. Y la raqueta para golpear a algún intruso, algún indeseable que no era yo.

Con la botella de brandy, ya en mi cama, comenzaría y terminaría otra relación. Ella no sabía si quererme o no quererme. No sabía si nunca había querido a nadie. Todo en su vida era una gran confusión. Pero a mí me quiso esa noche, quizás por distracción, sin darse cuenta, quizás por equivocación, quizás por la magia que brotaba de la botella.

Nada más abrir la magia de la botella de brandy comenzó a quererme en un juego de atracción y rechazo. Me di cuenta de que para ella lo nuestro era precisamente eso: un juego de atracción y rechazo en el que yo no podía emparejarme con ella porque a mí me dolía, porque tenía un límite que no me iba a dejar sobrepasar y me dolía. No me refiero al sexo. Hablo del corazón.

El amor y las caricias que me dispensaba me hacían sentir en la gloria y en su boca y sus pechos sorbía el champán de la vida. Pero era sólo un breve episodio, que en breve terminaría. Amanecimos juntos en otra fiesta de besos y abrazos en la que ella se ofrecía y se negaba, y al día siguiente la dejé como la primera vez en la estación Termini. Era un ave de paso y habría partido para siempre en cualquier momento, si no hubiese tenido un ala rota.

No volví a verla hasta mucho tiempo después y éramos de nuevo extraños. Con ella era siempre comenzar de nuevo y volver al amor y al desamor, jugando a la atracción y al rechazo. Ella aparecía de repente, cuando menos la esperaba pero siempre distante. Yo no quería amarla y la amaba intensamente.

Iba y venía, a su antojo, en intervalos irregulares y yo me consumía esperándola pero no la buscaba. Me consumía humillándome, loco por verla, pero no la buscaba, tragándome el deseo, tragándome el orgullo. Me sometía a su capricho a la forma que imponía a nuestra relación, pero no la buscaba, aunque siempre la esperaba.

La incertidumbre me carcomía por dentro. Encontrarla brevemente para perderla durante semanas era una tortura. Muy tarde comprendí que ella estaba tan desamparada que sólo se asía a mí como a un clavo ardiente. Había en su vida una total desolación, tan cruel como la que provocaba en la mía, una total soledad y confusión. ¿Cómo culparla? Pero yo no podía dejarme arrastrar hacia su abismo.

Mi carrera universitaria se iba a pique, faltaba a clases y no preparaba bien los exámenes. Persistir en una relación que me imponía un juego que parecía realizarse más en el rechazo que en la aceptación, con todo el dolor que el hecho me acarreaba, era como prolongar una agonía y decidí terminarla para siempre.

La muchacha de Foliño, con su ala rota, siempre ejercería su libertad para seguir su vuelo hacia ninguna parte en un mar sin orillas, partiría de nuevo una vez y otra vez en busca de sí misma sin poderse encontrar, pero yo no estaría esperándola.

Fue por última vez a mi apartamento un día en que dormitaba en mi lecho boca abajo. Se acercó y me tocó por el hombro y me dispensó la mejor de sus bellas sonrisas, me volví y la miré con un gesto fingido de despecho, como quien tiene ganas de dormir y le di la espalda, no sin ver que en su rostro se apagaba de pronto la sonrisa y se poblaba de sombras. Un gesto infame que nunca, Donatella, me he perdonado. Mientras ella salía para siempre de mi vida sentía en mi pecho un brutal desgarramiento. (a donatella sconci)
Pedro Conde Sturla es escritor
pericopepe@live.com Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots.
http://www.scribd.com/Pedro%20Conde%20Sturla

sábado, 12 de febrero de 2011

Antonio Muñoz Molina ( de su página web - escritos en un instante)

Antonio Muñoz Molina
Escrito en un instante


« Tiempo en los relojes
El faro del fin del río

Me he acordado hoy de una visita de hace más de veinte años al cabo de Creus, al acantilado donde estaba el faro que había servido como escenario para el rodaje de El faro del fin del mundo. Las rocas tenían formas horadadas como de osamentas geológicas y había bancales de olivos retorcidos por la tramuntana. El viento, los acantilados, el color del mar, la nitidez fantástica de las cosas bajo aquella luz, trstornaban el espíritu. Alguien nos dijo que el farero era un misátropo que vivía con una hija ciega y criaba serpientes.

Hoy he ido con César hasta el puente George Washington siguiendo la orilla del Hudson, en una mañana nublada y de mucho viento en la que el río tenía olas bravas que saltaban contra la corriente y una grisura metálica. Las gaviotas graznaban sobre nuestras cabezas, suspendidas con las alas muy abiertas en los torbellinos del viento. Hemos caminado durante casi dos horas, junto a la orilla rocosa, bajo puentes industriales, por extensiones desiertas en las que permanecía intacta la nieve. De vez en cuando nos cruzábamos con un ciclista embozado como un esquimal, encorvado para resistir el viento. El agua chocaba contra las rocas y los guijarros de la orilla. Un gran carguero de casco chato y oxidado avanzaba río arriba. De lejos el puente era una silueta insinuada en la niebla con una ligereza de dibujo japonés. Avanzamos y tarda en acercarse. Se hace más densa la niebla y el viento trae copos diminutos y helados de nieve y el paisaje va adquiriendo una desolación de litoral patagónico. Al volvernos hacia atrás vemos en la lejanía la silueta de la ciudad de la que nos hemos alejado.

De pronto surge el puente mucho más cerca sobre las ramas de los grandes árboles pelados. Vemos ahora la estructura metálica, la filigrana de hierro de los arcos y las vigas cruzadas. Incluso distinguimos siluetas de ciclistas que pedalean a la orilla del tráfico, por la plataforma superior.

Y entonces vemos el faro, su pintura roja contra los grises y los bronces del río, el faro empequeñecido por el tamaño del puente debajo del cual está, pero más excitante que cuando veía uno los faros en las películas de aventuras o en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne, el faro del fin del río.

Pero tan solo unos minutos más tarde, para desconcierto de César, hemos subido por una escalinata que nos devolvía a las calles y estamos caminando por Broadway, por Washington Heights, entre tiendas dominicanas y peluquerías donde se alisa el pelo rizado y se decoran las uñas con dibujos fantasiosos y puestos callejeros de frutas tropicales, y coches con altavoces que atruenan la mañana invernal de merengue. En la acera de enfrente nos reclama el gran letrero amarillo de un supermercado de colores chillones y con una bulla desastrada de zoco africano o centroamericano:

¿SU NOMBRE? JOSÉ LIBERATO

¿SU DESTINO? ¡VENDER BARATO!

Antonio Muñoz Molina ( de su página web - escritos en un instante)

Antonio Muñoz Molina
Escrito en un instante

* Diario
* Noticias
* Autorretrato
* Álbum
* Publicaciones
* Traducciones
* Artículos
* Ensayos
* [+]

« Tiempo en los relojes
El faro del fin del río
feb
13
2011

Me he acordado hoy de una visita de hace más de veinte años al cabo de Creus, al acantilado donde estaba el faro que había servido como escenario para el rodaje de El faro del fin del mundo. Las rocas tenían formas horadadas como de osamentas geológicas y había bancales de olivos retorcidos por la tramuntana. El viento, los acantilados, el color del mar, la nitidez fantástica de las cosas bajo aquella luz, trstornaban el espíritu. Alguien nos dijo que el farero era un misátropo que vivía con una hija ciega y criaba serpientes.

Hoy he ido con César hasta el puente George Washington siguiendo la orilla del Hudson, en una mañana nublada y de mucho viento en la que el río tenía olas bravas que saltaban contra la corriente y una grisura metálica. Las gaviotas graznaban sobre nuestras cabezas, suspendidas con las alas muy abiertas en los torbellinos del viento. Hemos caminado durante casi dos horas, junto a la orilla rocosa, bajo puentes industriales, por extensiones desiertas en las que permanecía intacta la nieve. De vez en cuando nos cruzábamos con un ciclista embozado como un esquimal, encorvado para resistir el viento. El agua chocaba contra las rocas y los guijarros de la orilla. Un gran carguero de casco chato y oxidado avanzaba río arriba. De lejos el puente era una silueta insinuada en la niebla con una ligereza de dibujo japonés. Avanzamos y tarda en acercarse. Se hace más densa la niebla y el viento trae copos diminutos y helados de nieve y el paisaje va adquiriendo una desolación de litoral patagónico. Al volvernos hacia atrás vemos en la lejanía la silueta de la ciudad de la que nos hemos alejado.

De pronto surge el puente mucho más cerca sobre las ramas de los grandes árboles pelados. Vemos ahora la estructura metálica, la filigrana de hierro de los arcos y las vigas cruzadas. Incluso distinguimos siluetas de ciclistas que pedalean a la orilla del tráfico, por la plataforma superior.

Y entonces vemos el faro, su pintura roja contra los grises y los bronces del río, el faro empequeñecido por el tamaño del puente debajo del cual está, pero más excitante que cuando veía uno los faros en las películas de aventuras o en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne, el faro del fin del río.

Pero tan solo unos minutos más tarde, para desconcierto de César, hemos subido por una escalinata que nos devolvía a las calles y estamos caminando por Broadway, por Washington Heights, entre tiendas dominicanas y peluquerías donde se alisa el pelo rizado y se decoran las uñas con dibujos fantasiosos y puestos callejeros de frutas tropicales, y coches con altavoces que atruenan la mañana invernal de merengue. En la acera de enfrente nos reclama el gran letrero amarillo de un supermercado de colores chillones y con una bulla desastrada de zoco africano o centroamericano:

¿SU NOMBRE? JOSÉ LIBERATO

¿SU DESTINO? ¡VENDER BARATO!

jueves, 10 de febrero de 2011

El milagro secreto

El milagro secreto
[Cuento. Texto completo]

Jorge Luis Borges

Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.

Alcorán, II, 261.

La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.

sábado, 15 de enero de 2011

Augusto Monterroso

Agusto Monterroso
La oveja negra y demás fábulas



Para mi los libros de Monterroso son los libros de bolsillo por excelencia. Y no por su encuadernación o su tamaño sino por el placer y el estimulo que supone llevarlos contigo a cualquier parte para leer, puede ser al azar, alguno de sus textos y quedarte durante un minuto o cinco, a veces más, (depende del día), saboreando su contenido y reflexionando.

Durante un tiempo llevé alguno de sus libros en mis viajes en tren, lo abría, leía el texto y me quedaba mirando como el paisaje se fundía con las palabras de Monterroso.




La Oveja negra


En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.



La fe y las montañas

Al principio la fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
Pero cuando la fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.


Augusto Monterroso. La oveja negra y demás fábulas

martes, 30 de noviembre de 2010

Juian Rodríguez - El temerario - Blog

EL SOCIO DEL DICTADOR

(La historia de Fujimori y Montesinos, en prosa poética)

El olor que emanaba aquel lupanar indecente era semejante al efluvio de las heces pestilentes que navegaban en las hediondas cloacas debajo de aquellas ciudades desgarradas. Pero estos sacrílegos no lo advertían, pues revolcados sobre la roña y el hedor nauseabundo celebraban orgías vanas masturbando sus ideales y profanando hasta sus almas mientras inhalaban como ratas aquellos fétidos aromas.



En aquel cuartucho arcano el proxeneta del imperio, ataviado de soborno y coima, corrompía las conciencias y prostituía las triviales almas de aquellos seres mimetizados con la semblanza de la codicia. Untando su polla infame con dinero mal habido seducía a estos ruines, cuales zombis hipnotizados desfilaban uno a uno por el lecho de aquel pervertido, y este ser abominable los fornicaba a todos y a todas eyectando en sus dignidades y excretando en sus valores morales.



Recuerdo aún aquellos días cuando mis ojos contemplaron burdas y patéticas escenas donde se veía al execrable estupro y regente de aquel sucio burdel (cuyo dueño era el emperador y dictador chino rata), flirtear y coquetear con aquellos desleales y tránsfugas sodomitas; cuales putas en celo traficaban sus ideales con aquel ser nefasto por un poluto dinero. Mientras, sus principios e ideales caían lastimeramente por aquellos surcos delgados que convergían en las hediondas cloacas debajo de aquellas ciudades desgarradas.









C U E N T O

El duelo

―¡Ni-ñi-ta! ¡Ni-ñi-ta! ¡Ni-ñi-ta! ―gritaban a coro, con tono burlesco, mientras rodeaban a Oscarito.

―¡Ya, pe! ¡No fastidien, ah! Le voy a decir a mi mamá, ¡ah!

―¡Ah, le voy a decir a mi mamá! ―remedó Pirulo―. Tremendo zonzonazo, y se va a quejar con su mamá. Parece mariquita, ¿no? ―preguntó a sus compinches.

―Sí, pe ―respondió Zamudio. Balladares asintió también, moviendo la cabeza.

Oscarito se volteó dándoles la espalda. Se cubrió el rostro con las manos y se sentó en la vereda de la escuela, frente al patio. Gemía lánguidamente. Unas lágrimas que recorrían su mejilla delataban que lloraba. Pirulo se dio cuenta de eso pero no tuvo compasión alguna por él. Al contrario, empezó a mofarse, imitándolo.

―Llorón ―le dijo, le propinó una patada en el tobillo y se marchó con sus dos secuaces. Atrás quedó el niño maltratado, llorando inconsolablemente y frotándose el tobillo golpeado, el cual mostraba una pequeña protuberancia, señal de que se estaba inflamando.

Estas escenas se repetían siempre a la hora del recreo: con María, con Luzmila, con Oscarito, con Juanito… Es decir, con los niños más indefensos de la escuela.

Cerca de allí, en el patio, Agustín y yo jugábamos basketball, cuando aquellos aprendices de matones vilipendiaron a Oscarito, quien era también de nuestro grado. Presenciamos todo el abuso cometido, pero no hicimos nada. Quizá por temor a que aquellos niños malos se las agarraran con nosotros. Era comprensible, ya que eran mucho más grandes y corpulentos. Sobre todo, eran tres y nosotros, solo dos.

Al marcharse los niños malos proseguimos el juego. Recuerdo que aquella vez tenía en mis manos un balón de basquetbol y trataba de encestarlo en un aro viejo y oxidado, el cual parecía estar suspendido entre las estrellas. Por más que intentaba el balón no llegaba ni a la cuarta parte de la altura donde se suspendía aquel círculo de acero. Además, el balón pesaba como una tonelada. Aquella vez, Agustín y yo unimos fuerzas. Cogimos la bola y la lanzamos en un impulso armónico, tratando, ambos, de encestar aquel maldito balón. ¡Pero nada! El aro seguía inalcanzable: parecía estar adherido al cielo. Lo intentamos dos veces más, pero al no encontrar resultado alguno no volvimos a intentarlo más.

Mientras tanto, a un costado, Oscarito gimoteaba silenciosamente. Pero los griteríos y murmullos de los niños que revoloteaban por todo el patio del colegio, se conjugaban formando un cántico desafinado. Era tal la algarabía, propia de un recreo, que nadie lo escuchaba. Excepto nosotros que estábamos muy cerca de él. Además, habíamos contemplado el abuso cometido contra su persona.

Oscarito continuaba llorando, agudamente. Y fue en aquel momento que sus lamentos palparon las hebras más finas de mi alma y me conmovieron. La furia invadió mi ser y sentí dentro de mí que germinaba un odio infantil hacia Pirulo, su agresor, quien, al otro extremo del patio, erguido, petulante y con las manos en los bolsillos, observaba cada rincón del patio de la escuela, buscando a sus próximas víctimas. Las zonas preferidas de este novel bravucón eran los lugares por donde los profesores jamás asomaban sus narices. Por aquellas zonas, operaba impunemente.

Cerca de allí unos niños de tercer grado, muy alegres, jugaban a la chapada. Uno de ellos, quien era perseguido por otro niño, pasó corriendo al frente de Pirulo. Este, en una actitud deplorable y cobarde, estiró la pierna poniéndole una zancadilla. El niño cayó estrepitosamente ante la mirada atónita de sus compañeritos. Lanzó unos quejidos de dolor pero, intentando demostrar ser un niño valiente, logró incorporarse. Miró con tirria a su agresor y apretujó los dedos de sus manos. En su mente germinó la idea de golpearlo también. Quiso cobrar venganza y hacerse justicia con sus propias manos, pero la enorme talla y la corpulencia de Pirulo lo intimidaron, y lloró de impotencia.

Entre tanto, Oscarito seguía sentado en la vereda de la escuela, frente al patio, al lado del poste que suspendía el aro de acero donde minutos antes Agustín y yo intentamos encestar el pesado balón sin éxito alguno. Estaba en el mismo lugar donde había sido vejado y maltratado por el niño malo y sus compinches. Sin embargo, ya no lloraba. El hambre había calmado un poco su tristeza y menguado su dolor, y se proponía devorar su refrigerio que muy de mañana, con amor, su madre le había preparado. Cogió su lonchera de plástico, color amarillo patito, la cual tenía impregnada un sticker con la imagen del ratón Mickey y la abrió.

A unos metros de allí, Zamudio, uno de sus agresores, lo estaba observando. Y al ver el contenido de la loncherita, exclamó:

―¡Pirulo, mira! Tenemos comida gratis.

―¡Asuuu…! ¡Y se ve riquisisísima! ―agregó Balladares.

―¡Ajá! Lo tenías bien escondidito, ¿no? ―inquirió Pirulo, acercándose a Oscarito.

―Trai pa’ cá ―le dijo, y de un zarpazo le arrebató la loncherita. La abrió en un dos por tres, sin remordimiento, y extrajo el refrigerio: dos panes con huevo frito y un biberón con jugo de papaya. Era un extraño biberón de vidrio transparente. La boca de la botella estaba asegurada por una tapa celeste con un singular chupón de jebe en forma de pezón erecto. Eso motivó que Pirulo y sus secuaces explotaran a carcajadas. Incluso, Agustín y yo nos sorprendimos. «Pero… ¿Qué le sucede a la mamá de Oscarito? ¿Acaso piensa que su hijo todavía es un bebito?», pensé. Y pareció que Agustín había leído mis pensamientos. Encogió sus hombros y abrió sus ojos como respondiéndome quizá: «Yo que sé». Nos miramos consternados e íbamos a reírnos –al menos yo estuve a punto de hacerlo–, pero nos contuvimos para que Oscarito no pensara que nosotros también nos burlábamos de él y nos estábamos confabulando con aquellos malandrines.

De pronto, Pirulo cogió el biberón y lo puso bruscamente sobre la boca del niño pusilánime, mientras decía mordazmente: «Chupa tu teta, bebito, chupa tu teta ya, chupa, chupa». Simulando ser una madre que amamanta a su retoño. Y los demás, cogiendo sus vientres, se morían de la risa. Pero Oscarito movió la cabeza y evitó que el chupón se incrustara en su boca. Intentaba, tímidamente, hacer la lucha, como un cervatillo en las garras de un depredador, para no seguir siendo objeto del ridículo. Al ver esto, Balladares y Zamudio dejaron de reírse y lo sujetaron fuertemente como quien sujeta a un muñeco de trapo. Pirulo, enfadado por la resistencia de su víctima, colocó nuevamente el biberón entre los labios de Oscarito, riendo estrepitosamente.

Aquello fue la gota que derramó el vaso. Colmó mi paciencia. Era indignante ver aquellas escenas sin hacer algo al respecto. Dejé el balón, respiré hondo, me armé de valor y me acerqué a ellos. Cogí a Oscarito y lo jalé hacia el complejo.

―Ven, Oscarito, ven a jugar con nosotros ―le dije. Él me miró, miró a Pirulo, miró a los otros niños y luego su vista se perdió entre los polvos sucios del suelo. Y no dijo nada.

―Oye, ¡no te metas, ah! ―me advirtió su agresor, con tono amenazante.

―No molestes… ¡Qué te creerás! ―respondí con vehemencia.

El abusivo dejó de amenazarme y dirigió la mirada hacia su presa. Y con la ayuda de sus dos secuaces sujetaron fuertemente al niño acuitado, quien parecía un corderito entre las garras de lobos feroces, y me lo arrebataron. Lo arrastraron con dirección a la chacra, por los matorrales detrás del colegio. Yo iba detrás de ellos. Indignado y mortificado, tratando de evitar que siguieran humillando a mi compañero.

―¡Julián!, no te metas ―me aconsejó Agustín, temeroso.

No logré oírlo o quizá no quise hacerlo y los seguí intentando rescatar a Oscarito de las garras de aquellos niños depredadores.

―Oye, chibolo, ¡no te metas, ah! ¡Tú no me conoces, ah! No nos sigas carajo, o, si no, te saco la… ―me amenazó Pirulo.

―¿Qué me vas a sacar? ―pregunté, interrumpiendo su amenaza.

―Te voy a sacar la mierda, pe.

―Y yo seré manco, ¿no?

―Ahhh. ¿Te crees valiente, no?

―Claro.

―A ver, pe. Si eres valiente, chócala pa’la salida ―retó el agresor.

―Ya, pe ―contesté.

―¡Ya, pe! ¡Chócala, pe! ¡Chócala! ―vociferó Pirulo, eufórico y excitado, provocándome. Extendió su mano y encogió el dedo índice, formando un gancho. Eso, en aquellas épocas, indicaba un desafío.

Estiré también mi dedo índice y lo enganché con el suyo. Aceptando el reto y sellando el duelo. La pelea era inevitable.

―¡Te espero a la salida, ah!, en el pampón. ¡Ojalá te chupes!

―¿Te chupes? Tú te chuparás ―contesté, valientemente, mientras el retador se alejaba mentándome la madre y lanzándome una sarta de improperios.

Oscarito, de quien, en esos momentos Pirulo y sus compinches ya se habían olvidado, temblaba a mi lado como un pollito empapado. Me observaba nervioso y asustado, pero a la vez, silencioso. No decía nada. La verdad, nunca dijo nada. No hubo agradecimiento de su parte. Cogió su loncherita, que yacía sucia y vacía en el suelo, y caminó pausadamente con dirección al salón de clases. Pues hacía un par de minutos, un gordito pintoresco de sexto grado, de tez olivácea, cachetón y a quien todos llamaban Pipón, había recorrido todo el colegio moviendo la campanita vieja que, celosamente, el director Alonso guardaba en su escritorio. Lo cual indicaba que el recreo había culminado. Nosotros, por la discusión, no nos habíamos dado cuenta. En el camino sus zapatos de cuero fino se toparon con su refrigerio: dos panes con huevo frito, o mejor dicho, dos panes con tierra y huevo frito.

―Oye, ¿tú tas loco? Ese huón te va a sacar la «eme». Es más grande que tú. A todos les pega. Además, es de sexto grado ―exclamó Agustín, angustiado.

―¿Tanto miedo le tienes? Yo no le tengo miedo a ese abusivo ―respondí enérgicamente. Pero no era cierto. La verdad, tenía miedo. En esos precisos momentos estaba sudando. La saliva descendía torpemente por mi garganta como si se arrastrara por mi esófago estremecido. Sentía en mi interior que mi estómago se encogía incontrolablemente mientras era corroído por los ácidos gástricos que se segregaban a mil por hora, producto de la ansiedad y el pánico. La zozobra me estaba matando. Mi alma compungida sucumbía al temor infinito. Pero a la vez, sentía ira y rencor. En mi alma, se producía una hibridación de furia y angustia, ya que me desagradan las injusticias. Siempre fue así, desde niño. Por eso, los sollozos de Oscarito me conmovieron aquel día y salí en su defensa, pero me gané un duelo, un duelo ajeno. Y ahora, solo pensaba en la salida. Cuando el reloj marcara la una no iría rumbo a mi casa a saborear el delicioso almuerzo que mi madre nos preparaba a mis hermanos y a mí, sino iría al pampón que está detrás de la ladrillera, a fajarme con un peso pesado de la escuela. Y eso me preocupaba… Me atormentaba… Me aterrorizaba…

Mientras caminaba cruzando el patio en dirección al salón de clases, Agustín se convertía en mi entrenador personal. Estaba enfrascado en darme consejos pugilísticos. Balanceaba su cuerpo hacia arriba, hacia abajo, a la derecha, a la izquierda, moviendo su cabeza y golpeando el aire con sus puños.

―Cuando se te abalance, te arrimas pa’un costado. ¡Que no te agarre, ah! Túmbalo, y cuando esté en el suelo, le pateas en su estómago…

―«¡Túmbalo!», exclamé en mi interior. ¿Acaso este niñito no veía con quien me iba a enfrentar? Y acaso, ¿podría una pulga tumbar a un elefante? Pero Agustín continuaba dándome indicaciones:

―Si te araña, tú también lo arañas. Si te… ―sin embargo, yo ya no lo oía. Pensaba en cómo se vería mi rostro después de la pelea. O peor: ¿qué pasaría si aquel mastodonte me noqueaba de un combazo y, por cosa fatal del destino, no despertaba jamás? Ya veía a mi madre llorando en mi velorio, y a toda la gente de mi barrio haciendo cola al lado de mi féretro blanco, desfilando uno a uno e inclinando sus narizotas por la ventanilla y diciendo: «Fue un niño bueno, fue un niño bueno».

Pero ya no había marcha atrás. El duelo se llevaría a cabo sí o sí. El encuentro era ineludible, fatalmente inevitable.

Al llegar al aula todos mis compañeros ya estaban adentro. El profesor Ovidio (un tipo bajito y gordito, con lentes de botella) estaba frente a la pizarra, de espaldas a los alumnos y escribiendo unos números. Volteó al oírnos llegar y nos apuntó con su mirada y, relativamente enojado, nos preguntó:

―¿Por qué llegan tarde? ¿No escucharon la campana?

―Estuvimos en el baño, profesor ―respondió Agustín. Claro que aquella respuesta no era cierta: mi compañero mentía, pero el profesor no lo sabía.

―Ya. Pasen, pasen.

Al llegar a mi carpeta noté que todos me miraban. No sé cómo pero ya estaban enterados del duelo. Obviamente, Pirulo había pregonado el encuentro, augurando quizá su victoria. Y pude darme cuenta, por sus miradas, que a través de ellas me compadecían. Sin embargo, Gonzales, Pepito, Changana y otros niños se solidarizaron conmigo y me alentaron.

―Sácale la «eme», dale duro. No te chupes, no le tengas miedo. Ese huón es pura finta, pura boquilla… ―me animaban.

―¡Silencio!, caramba. ¿Qué pasa ahí, ah? ―gritó el profesor ante tanto barullo. Era el único que no estaba enterado del duelo. Al menos eso creí. Siempre que había peleas en el pampón los profesores nunca se enteraban. Pero muchos decían que sí, sino que se hacían de la vista gorda. Además, eran otros tiempos. Tiempos en los cuales no había niñerías y los padres y profesores sobreprotectores no encajaban. Tiempos en los cuales los conflictos en la escuela los resolvíamos a puño limpio, en el pampón, a unos metros de la escuela, detrás de la ladrillera.

Mientras el profesor pedía un voluntario para resolver un ejercicio de matemática, y una niñita alzaba sus manos ofreciéndose a resolver aquella ecuación confusa, yo me sumergía en mis pensamientos y pensaba sólo en la pelea. Se me hacía difícil concentrarme en la clase por obvias razones.

La angustia minaba mi ser, poco a poco. Dentro de mi esmirriado cuerpo, mis tripas bailaban a un ritmo sincopado provocándome una maldita diarrea, amenazando explotar en cualquier momento. Tuve que apretujar fuertemente mis glúteos, con un esfuerzo sobrenatural, para poder contenerla y así evitar una erupción volcánica en pleno salón de clase. En aquellos momentos deseaba que de una buena vez llegara la una y que el gordito de sexto grado, el tal Pipón, hiciera sonar la campana, para ir al pampón a cumplir con el duelo, aun si el desenlace del encuentro no se inclinara a mi favor, lo cual era previsible.

Mientras divagaba, las horas que faltaban, se convirtieron en minutos, los minutos en segundos y, así, el reloj marcó la una.

―Profe, ya son la una ―dijo una niña.

―Sí, profe ―recalcó otro niño.

―¿Y les he preguntado? Ustedes piensan en salir nomás. Seguro tienen hambre, ¿no? En comer nomás piensan ustedes. Si así se preocuparan por hacer las tareas, el Perú sería distinto ―respondió y argumentó, el profesor Ovidio, y seguidamente ordenó―: Ya, ya, ya. Aquí nos quedamos. Pueden salir.

Ni bien el profesor terminó de decir «sa…lir», todos corrieron en estampida en dirección a la puerta. Algunos iban a sus casas, pero la mayoría, directo al pampón, detrás de la ladrillera, al pie del «Cerrito la merced», lugar donde hoy se erige un pueblo.

Fui el último en salir. Al llegar a la puerta del aula vi que Pirulo hacía guardia en el pasadizo con sus compinches. Me estaba esperando. Pensaría quizá que me iba a escapar, y no estaba equivocado. Mientras estaba en el salón, en plena clase de Matemática, se me cruzó por la mente la idea de salir corriendo y no parar hasta mi casa. Pero si hacía eso todos me verían como un cobarde, así que me quedé para enfrentar mi destino fatal.

―¡Vamos, pe! ―dijo al verme. Señalando el camino con la cabeza.

―Vamos, pe ―contesté, con un tono susurrante. Resignado.

Él iba adelante, seguido por Zamudio, Balladares y otros niños más, todos de su grado. Iba arrogante, presuntuoso y amenazante. Yo iba detrás de ellos, seguido por Agustín y otros niños, y también algunas niñas. Al salir del pasadizo vi a Oscarito correr alegremente y entregarse a los brazos de su madre, quien, como todos los días, lo esperaba en la puerta del colegio. Ella, al ver a su engreído, lo cogió amorosamente y le estampó un beso en la mejilla. Luego se alejaron. Oscarito iba rebosante de alegría, cogido del brazo de su madre, rumbo a su casa. Mientras yo, cabizbajo, temeroso y aterrorizado iba al matadero, al pampón detrás de la ladrillera. A cumplir con el duelo que me había ganado por defenderlo.

Mientras me dirigía al pampón, e intentaba concentrarme en la pelea, recordé las maniobras y movimientos de un púgil que, una semana antes de este inevitable encuentro, había visto en la tele. La noche del veintiuno de setiembre de aquel año, 1981. Cuando un boxeador de color, delgado, pero vigoroso, se enfrentaba en Las Vegas, en un coliseo llamado Caesars Palace, con otro púgil también de color, pero un poco más alto, fuerte y corpulento. Mi padre, mi hermano y yo vimos la pelea en la tele de mi tío Eleuterio, quien vivía a tres cuadras de mi casa, ya que al de nosotros se le había terminado la batería. Por esos años, la energía eléctrica todavía no había llegado a mi barrio.

Aquel boxeador era demasiado escurridizo, se movía ágilmente, era técnico, rápido y, sobre todo poseía un excelente juego de piernas. Por la diferencia de tamaño y volumen entre ambos boxeadores, aquel encuentro me recordó a Pirulo y a mí.

―Se mueve igualito que Muhammad Alí ―dijo mi padre, aquella vez.

―¡Nooooo! Qué va. Más se parece a Cassius Clay ―corrigió mi tío.

―Es el mismo, Eleu (apócope de mi tío). Este loco se puso ese nombre cuando se cambió de religión. Ahora es musulmán. Al menos eso oí.

―¿Sí? ¡Qué!, ¿uno también se puede cambiar de nombre? ―preguntó mi tío, muy interesado.

―¡Claro! ―respondió mi padre, e inmediatamente argumentó―: Pero eso cuesta bastante plata. No es fácil cambiarse de nombre.

―Hummm… ―al oírlo, mi tío empezó a divagar: «¿Yo no sabía que se podía cambiar de nombre? Si es así, también podría cambiar el mío, porque Eleuterio no me gusta. Menos que me digan Eleu. Mucho roche ese nombre», decía en su mente―. A ver, vamos a ver, cómo podría llamarme: Gerson, Anderson, Giovanni, Gonzalo,… Hummm…

―Pa’, ¿ese boxeador es bien cuerpudo, no pa’? ―interrumpí con mi pregunta las divagaciones de mi tío―. ¿Si le cae uno al flaquito lo tumba, no pa’?

―Así es hijo. Pero ese cuerpudo se llama Tomy Hearns ―explicó mi padre.

―¿Tomy qué?

―H-E-A-R-N-S. Tomy Hearns, hijo. Su nombre es Thomas, pero le dicen Tomy. ¡Tomy Hearns!

―Ah, ya.

Aquella pelea entre Thomas Hearns y el Gran Sugar Ray Leonard, donde este último salió airoso de aquel encuentro que fue considerado una de las mejores peleas del siglo, fue un presagio del duelo que se avecinaba. Yo era delgado y pequeño, sin embargo Pirulo era enorme y corpulento, uno de los más grandes del sexto grado de primaria y el más temido por cierto. Me llevaba una cabeza. Era de tez clara y ojos achinados. Tenía cabellos lacios y desordenados. Su caminar era torpe y, al hacerlo, lo hacía siempre con las manos en los bolsillos.

Al llegar al pampón, observé que estaba plagado de niños. Todos formaban haciendo un círculo, gritando, aullando,… Parecía el coliseo romano. O, más bien, parecía el Caesars Palace. El Caesars Palace de Esquivel.

Los bramidos de los niños, de ambos bandos, quienes nos alentaban a Pirulo y a mí, reverberaron en toda la zona del pampón y los alrededores. Tanto es así que unos jóvenes que trabajaban en la ladrillera se percataron de lo que iba a ocurrir y se acercaron.

―¡Ahhh…! Va a haber una pelea, ¿no? ―preguntó uno de ellos: un tipo alto, de porte atlético y de tez olivácea. Tenía una prominente nariz puntiaguda, lo cual me recordó a Pinocho.

―Sí ―contestaron a coro todos los niños.

―Ya. Entonces, yo voy a ser el árbitro ―señaló el joven.

―Está bien ―respondieron todos.

―Ya, a ver. ¿Quiénes son los que se van a pelear?

―Nosotros ―contestamos, Pirulo y yo.

―¡Ajá! ¿Así que ustedes son los que se van a pelear, no? ―preguntó Pinocho, es decir el tipo de la nariz puntiaguda. Observándonos meticulosamente de pies a cabeza, con los brazos cruzados y moviendo la cabeza, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo.

―Oye, ¿de qué grado eres tú? ―preguntó de pronto a Pirulo. Tal vez al notar que era mucho más grande que yo.

―De sexto.

―¿Y tú?

―De quinto.

―¿Y cuántos años tienes? ―volvió a interrogar a Pirulo.

―13.

―¿Y tú?

―10.

―¡Ahhh…! Así que tú eres abusivo, ¿no? ―inquirió el narigón, mirando a mi contrincante de una manera acusadora. Siempre moviendo la cabeza y manteniendo aún los brazos cruzados. En esos instantes una sensación de alivio recorrió mi ser. Pensé por un momento que aquel joven iba a detener el encuentro, incluso, tal vez, hasta le daría su merecido a mi retador por abusivo. Pero en eso…

―Ya, ya, ya. Que se peleen, nomás. Que importa ―dijo otro de los jóvenes, uno de los compañeros del tipo narigón, quien se había autoproclamado árbitro de la contienda.

―Ya, qué mierda, pe ―respondió este―. Ya, chibolos, se pueden pelear, pero eso sí: nada de morder ni arañar, ah. O, si no yo mismo le zampo un puñete a cada uno. Pierde el que se pone a llorar o se rinde. ¡Vamos!, sáquense la camisa. ¡Rápido, rápido! ―ordenó, ya que en esos tiempos era costumbre pelearse con el torso desnudo.

Al sacarnos la camisa noté algo inverosímil y gracioso: mi oponente tenía algo impregnado en el ombligo. Le sobresalía un pedazo de carne, como una pequeña colita. Y lo más curioso era que aquella deformidad se movía. Parecía tener vida propia. Pensé que tal vez, al nacer mi contrincante, los médicos se habían olvidado de cortarle el cordón umbilical. Era curioso ver aquella cosa revolotearse y menearse sin control, como la cola de una lagartija. No pude contenerme y sonreí maliciosamente. Pero eso fue un grave error, ya que logré que mi oponente se enfureciera más de lo que estaba.

―¿De qué te ríes? ―preguntó, iracundo. Y su rostro adquirió la semblanza de la furia. Noté que una ira incontrolable corroía su alma infantil. Se abalanzó hacia mí y lanzó el primer golpe, iniciando así el esperado encuentro.

Aquel potente puñetazo dio a parar contra mi cabeza. Era zurdo el condenado. Vi por un momento estrellitas que giraban a mi alrededor. Estaba completamente mareado y la cabeza me dolía tanto que parecía que iba a estallar en mil pedazos. Sin embargo, eso me enfureció más. En vez de amilanarme, me piqué y me llené de valor y, cual kamikaze suicida, me arrojé sobre aquel niño grande. Al estar cerca de él noté que era más alto de lo que se veía. Mi frente colisionó con su pecho y mi barbilla sintió con asco la deformidad de su ombligo. En aquel momento olvidé el dolor y, desesperado, como un pejerrey en los dientes de un tiburón hambriento, imité el movimiento de manos de Sugar Ray Leonard. Le asesté varios golpes a la altura del estómago y me zafé audazmente. Percibí que mi adversario no era tan fuerte como lo esperaba, pues oí que gemía agudamente mientras se cogía el vientre. Pero se repuso y se abalanzó contra mí, pateando a diestra y siniestra. Sus patadas golpearon fuertemente mis rodillas, mis tobillos, mis piernas y parte de mis muslos. Por un momento creí que aquellos potentes porrazos habían destrozado mis pequeñas extremidades. Solté unas lágrimas y lloré. Lloré de dolor, pero también de rabia, mas no me rendí. Froté mis partes golpeadas, y me cuadré nuevamente a lo Sugar Ray. Mi contrincante se cuadró también, pero a lo Tomy Hearns. Apretó sus puños y los elevó a la altura de su pecho. Sin embargo, sus labios balbuceantes y sus ojos rasgados, que se entrecerraban nerviosamente, lo delataban: él también tenía miedo. Aún así se movió lentamente e intentó golpearme, aplicando otro potente zurdazo, pero ya lo había estudiado y esquivé su brutal arremetida, y sus puños golpearon el eterno vacío descuidando su guardia. Aproveché aquella oportunidad y le apliqué varios golpes combinados en el rostro. Desesperado, en un acto de cobardía, estiró sus brazos, me cogió del pelo y trató de arañarme. Forcejeamos. Pero yo no dejaba de golpear: arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, en el estómago, en la cara… En eso oí un gemido: mi contrincante lloraba mientras se cubría el rostro con sus manos.

―¡Ya, ya, ya, chibolo! Déjalo ya ―gritó el joven narigón, quien fungía de árbitro.

Zamudio y Balladares se acercaron al vencido y lo consolaron. Luego se voltearon, me miraron con saña e intentaron atacarme, pero los jóvenes trabajadores de la ladrillera se los impidieron.

No pude ver el rostro de Pirulo porque estaba de espaldas hacia mí. Cogió su camisa, se la puso y se fue por el mismo camino por donde minutos antes vino arrogante, pretencioso y amenazante. Sólo pude ver que había una mancha roja en su camisa. Conjeturé que sangraba: tal vez, sus dedos manchados de sangre, al cogerla, se habían plasmado en ella. En aquel momento tuve compasión y remordimientos, y me arrepentí de haber aceptado el reto.

Todos los niños que presenciaron la pelea se me acercaron y me levantaron en hombros mientras vitoreaban mi nombre. Estaban eufóricos, sobre todo aquellos niños y niñas que días, semanas y meses antes habían sido víctimas de aquel abusivo. Luego de algunos segundos de pasearme por todo el pampón, me bajaron y se dispersaron uno a uno rumbo a sus casas.

Aquella vez llegué tarde a mi casa. Toda mi familia, excepto yo, estaba reunida en la mesa del comedor, terminando el almuerzo. Mi padre se enojó mucho y me increpó la tardanza, pero le dije una mentirilla y me creyó, no sin antes hacerme prometer que nunca más llegaría tarde. Así lo hice, y me libré de un castigo inminente.

Después del almuerzo, mientras estaba en mi cuarto haciendo las tareas del colegio, alguien tocó la puerta. Mi madre salió, y afuera estaba una señora de tez blanca, mediana estatura y con el cabello cubierto de ruleros multicolores. Parecía Doña Florinda (la del Chavo del Ocho). Estaba acompañada por un niño, casi de la misma talla que ella (que obviamente no era Quico). El niño se veía magullado y machacado. Tenía el pómulo reventado y los labios cortados.

―¿Usted es la madre del niño Rodríguez?

―Sí ―respondió mi madre.

―Mire lo que su hijo le ha hecho al mío. ¡Mire, mire! ―increpó la señora a mi madre, cogiendo del cogote a su muchacho y restregándoselo en la cara―. ¿Qué tipo de hijo cría usted, ah?

―¿Mi hijo? ¿Está usted segura?

―Por supuesto que sí. Además, le ha pegado por gusto. Su hijo es un salvaje, es un delincuente, es un abusivo, es un…

―Oiga, señora ―interrumpió mi madre―. No le permito que hable así de mi hijo. Todos mis hijos son unos muchachos decentes. Tal vez su hijo se ha confundido.

―¡Nooo! Acá vive el que me ha pegado. Acá vive ―vociferó Pirulo, con tono lloroso. Señalando la puerta de mi casa.

―Ya ve, señora. No sé. Pero ahora mismo usted lleva a mi hijo a la posta médica. Caso contrario, voy a denunciar a su hijo a la Policía.

―Está bien, está bien. A ver, voy a llamarlo ―dijo mi madre. Y mientras aún sujetaba la puerta, giró hacia adentro de la casa y gritó―: ¡Jeremíaaaaaas! Ven un rato.

Mi hermano, que en aquellos momentos estaba a mi lado, en la misma mesa, concentrado en sus tareas, no pudo oírla.

―¡Jeremíaaaaaas! Ven para acá te digo ―volvió a gritar mi madre, un poco impaciente.

Mi hermano, al oírla, me preguntó:

―¿Me llaman?

―Sí. Mamá te está llamando ―respondí.

Corrió presuroso al llamado de mi madre, quien enojada lo esperaba bajo el dintel de la puerta. Al llegar, ella lo cogió de la nuca y le dijo:

―Mira lo que le has hecho a este niño. ¿Para qué le has pegado, ah? ¿Qué te he dicho siempre? Nunca te pelees…

―No, no. Él no ha sido. Él no es el que me ha pegado ―interrumpió Pirulo.

―¿Ah, no? Entonces, ¿quien ha sido? ―inquirió extrañada su madre.

― Es otro el que me ha pegado. Él no es.

―Pero yo no tengo más hijos ―explicó mi madre―. ¿No ve, señora? Le estoy diciendo que su hijo se ha equivocado de niño.

―Nooo… Sííí… Acá vive ―insistía Pirulo. Mientras estiraba su pescuezo y asomaba dentro de mi casa, tratando de ver si por allí merodeaba el niñito que le había dado la paliza de su vida.

Mi madre, a pesar de ser una dama paciente, empezó a enojarse y le dijo a la madre del niño, levantando el tono de su voz: «Señora, usted viene a hacerme perder el tiempo y encima difama a mis niños».

―Señora…, disculpe. Es que…

―¡No, mamá! Acá vive. Acá vive el que me ha pegado ―insistía Pirulo, haciendo un berrinche.

―Ya, caramba, no seas malcriado ―le gritó su madre, quien también perdía la paciencia con aquel quejón. No obstante, Pirulo siguió insistiendo.

―Pero yo no tengo más hijos, niño. Después de este, sigue una niña y luego el último. Pero no creo que él haya sido, porque es chiquito todavía. Es menor que tú. Es solamente un niñito.

―A ver, que venga ―exigió Pirulo.

―Ay, niño. ¡Está bien, está bien!, voy a llamarlo ―expresó mi madre, suspirando de impaciencia. Giró nuevamente hacia adentro de la casa y gritó: «Juliaaaaán».

―¿Sí, ma’? ―contesté, desde adentro. Haciéndome el desentendido, como que no sabía nada. Sin embargo, ya había oído todo, y temí lo peor cuando escuché el llamado de mi madre.

―Ven un ratito.

Acudí temeroso. Y cuando llegaba a la puerta, advertí que Pirulo seguía estirando el cuello, fisgoneando dentro de mi casa.

―¡Él es, mami! ¡Él es! Ahí está el que me ha pegado ―exclamó al verme, señalándome con su dedo índice, el mismo que segundos antes se había metido a la nariz para limpiarse un moco seco mezclado con algo rojizo. Su madre, al verme, se sorprendió extrañada, igual que la mía.

―¡Qué! ¿Ese chiquito te pegó? ¿Estás seguro? ¿Cómo te va a pegar ese niñito?

―¡Sí, mami! ¡Él ha sido! Él es quien me pegó.

―¡Ay, niño! Estás equivocado. Te has confundido seguro ―explicó mi madre―. Como te va a pegar mi hijito. Si es chiquito todavía. Además, él no es abusivo. Es un poco travieso, pero abusivo no es.

Su madre estaba completamente confusa. Me miró sorprendida, vio a su hijo y le volvió a preguntar:

―Hijo, ¿estás seguro de que ese niñito te ha pegado?

―¡Sí! ¡Ya te he dicho que sí! Él me pegó por gusto ―chilló Pirulo, haciendo pataletas.

―¡Por gusto no, ya! ―respondí airadamente. Y fue en aquel instante, que la madre de Pirulo y la mía, comprendieron que aquel niño estaba en lo cierto. Por mi respuesta, coligieron que el culpable de aquella golpiza, ciertamente, era yo―. «Mejor no hubiese dicho nada», pensé.

La madre de Pirulo bajó el tono de su voz, cambió la expresión de su rostro y, un poco avergonzada, exigió a mi madre que llevara a su niño quejoso a la posta médica.

―Ya ve, señora, mi hijo tenía razón. No importa que su hijo sea solo un niñito, pero de todas maneras ha golpeado al mío. Así que por favor lleve a mi hijo a la posta médica para que le suturen las heridas y corra usted con los gastos como corresponde. ―solicitó. Pero por dentro se preguntaba: «¿Cómo pudo ese chiquitín, pegar a mi hijo? ». Lo deduje por la forma de cómo ponía su rostro mientras me miraba de pies a cabeza como si yo fuese una cosa rara.

Mi madre aceptó resignada. Y, mirándome enfurecida, me ordenó entrar a la casa, indicándome que lo esperara dentro de mi cuarto hasta que ella retornara. Luego, de un golpazo, cerró la puerta y condujo a Pirulo a la posta médica. La madre del niño magullado iba con ellos. Se veía avergonzada, pero a la vez enojada. No sé si conmigo, con mi madre o con Pirulo, su hijo. Pero en el camino a la posta médica no dijo nada ni cruzó palabra alguna con mi madre.

Aquella vez, mi madre gastó unos ahorritos que tenía guardado en un tarro, los cuales guardaba celosamente sobre una repisa de la cocina. En su ausencia, me pasó por la mente la idea de abandonar mi casa. Tenía miedo de que mi madre me sancionara. Aunque ella nunca me había castigado físicamente, imaginé que por aquel suceso tal vez podría hacerlo, razón por lo cual tuve miedo. A pesar de eso, la esperé.

Luego de dos angustiosas horas de espera, la puerta de la casa se abrió. Unas pisadas solemnes recorrieron el callejón angosto de mi casa y se acercaron raudamente a mi habitación. Eran las pisadas de mi madre quien llegaba de la posta. Entró en mi cuarto ―el cual tenía marco, pero no una puerta―, me miró directamente a los ojos y me dijo:

―No quiero que te estés peleando nunca más.

―Ya, ma’ ―contesté.

Luego se volteó para irse a la cocina a realizar los quehaceres del hogar, pero cuando estaba a punto de marcharse giró su cabeza, me miró, sonrió y me guiñó un ojo. Luego se marchó.

Supe entonces que mi madre no estaba enojada conmigo. Creo que por dentro estaba orgullosa de mí, ya que no me había dejado intimidar por aquel niño grande. Sabía que si me había peleado con aquel mastodonte había sido en defensa propia, o tal vez, por defender a un compañero. Además, ella me conocía bien: sabía que yo no era un abusivo y menos un delincuente