sábado, 21 de diciembre de 2013

Tales eran sus rostros Silvina Ocampo

¿Cómo los niños menores llegaron a saberlo? Nunca se explicará. Además falta dilucidar qué llegaron a saber, y si ya no lo sabrían los mayores. Se presume, sin embargo, que fue un hecho real, no una fantasía, y que sólo personas que no los conocieron y que no conocieron el colegio y a sus maestras podrían negarlo sin sentir algún escrúpulo. A la hora en que tocaron, inútilmente, como siempre, para mantener un rito, la campana que anuncia la leche, o un poco más tarde en el recreo, cuando se dirigieron corriendo al patio del fondo, o bien, lo que es más probable, inconscientemente, paulatinamente, diariamente, sin orden de edades ni sexos, llegaron a saberlo, y digo llegaron, porque se advirtió por múltiples manifestaciones que estaban esperando, hasta ese momento, algo que les permitiría esperar de nuevo y definitivamente, algo muy importante. A ciencia cierta, sabemos, que a partir de ese instante, que menciono de modo impreciso, pero sobre el cual se hacen miles de conjeturas, sin perder la inocencia, pero perdiendo esa despreocupación aparente, tan característica de la infancia, los niños no pensaron en otra cosa. Después de meditarlo, todo deja presumir que los niños lo supieron simultáneamente. En los dormitorios, al dormirse; en el comedor, al comer; en la capilla, al rezar; en los patios, al jugar a la mancha o al Martín Pescador, sentados niños frente a los pupitres, al hacer los deberes o cumpliendo penitencias; en la plaza cuando se hamacaban; o en los baños, dedicados a la higiene corporal (momentos importantes, porque en ellos las preocupaciones se olvidan), con la misma mirada hosca y abstraída, sus mentes, como pequeñas máquinas, hilaban la trama de un mismo pensamiento, de un mismo anhelo, de una misma expectación. La gente que los veía pasar endomingados, limpios y bien peinados, en los días patrios, en las fiestas de la iglesia, o en cualquier domingo, decía: “Estos niños pertenecen a una misma familia o a una cofradía misteriosa. Son idénticos. ¡Pobres padres! ¡No reconocerán al hijo! Estos tiempos modernos, una misma tijera corta todos los niños (las niñas parecen varones y los varones niñas); tiempos sin espiritualidad, son crueles.” En efecto, sus caras eran tan parecidas entre sí, tan inexpresivas como las caras de las escarapelas o de la vírgenes de Luján en las medallas que lucían sobre sus pechos. Pero ellos, cada uno de ellos, en el primer momento, se sentían solos, como si una armadura de hierro los revistiera, incomunicándolos, endureciéndolos. El dolor de cada uno era un dolor individual y terrible; la alegría también y por lo mismo era dolorosa. Humillados, se figuraban diferentes los unos de los otros, como los perros con sus razas tan dispares, o como los monstruos prehistóricos de las láminas. Creían que el secreto, que en ese mismo momento se bifurcaba en cuarenta secretos, no era compartido y no sería jamás compartido. Pero un ángel llegó, el ángel que asiste a veces a las muchedumbres; llegó con su reluciente espejo en alto, como el retrato del candidato, del héroe o del tirano que llevan los manifestantes, y les mostró la identidad de sus caras. Cuarenta caras eran la misma cara; cuarenta conciencias eran la misma conciencia, a pesar de la diferencia de edades y de familia. Por horrible que sea un secreto, compartido deja a veces de ser horrible, porque su horror da placer: el placer de la comunicación incesante. Pero quien supone que fuera horrible se adelanta a los acontecimientos. En realidad no se sabe si era horrible y se volvía hermoso, o si era hermoso y se volvía horrible. Cuando se sintieron más seguros de sí mismos, se escribieron cartas, en papeles mensajesde diversos colores, con festones de puntillas o con figuritas pegadas. Al principio era lacónicas; luego largas y más confusas. Eligieron lugares estratégicos, que servían de estafeta, para que los otros las recogiera. Porque eran cómplices felices, los inconvenientes habituales de la vida no los molestaban ya. Si alguno pensaba tomar una decisión, los otros inmediatamente resolvían hacer lo mismo. Como si desearan igualarse, los menores caminaban de puntillas para parecer más altos; los mayores se encovaban para parecer más bajos. Se hubiera dicho que los pelirrojos apagaban el fuego de sus cabelleras y que los morenos moderaban la oscuridad de una tez apasionadamente oscura. Los ojos lucían todos las mismas rayitas castañas o grises, que caracterizan los ojos claros. Ya ninguno se comía las uñas, y el único que se chupaba el dedo dejó de hacerlo. Estaban unidos también por la violencia de los ademanes, por las risas simultáneas, por una solidaridad bulliciosa y súbitamente triste que se refugiaba en los ojos, en el pelo lacio o levemente encrespado. Tan indisolublemente unidos, hubieran derrotado un ejército, una manada de lobos hambrientos, una peste, el hambre, la sed, o el cansancio aplicado que extermina a las civilizaciones. En lo alto de un tobogán, no por maldad sino por frenesí, estuvieron a punto de matar a un niño, que se metió entre ellos. En una calle, bajo el entusiasmo admirativo de todos, un vendedor de flores ambulante por poco no pereció con su mercadería. En los guardarropas, de noche, las faldas azul marino, tableadas, los pantalones, las blusas, la ropa interior áspera y blanca, los pañuelos se apretujaban en la oscuridad, con esa vida que les habían transmitido sus dueños, durante la vigilia. Los zapatos juntos, cada vez más juntos, formaban un ejército enérgico y organizado: caminaban tanto de noche sin ellos, como de día con ellos. Un barro espiritual se adhería a las suelas. ¡Ya bastante patéticos son los zapatos cuando están solos! El jabón que pasa de mano en mano, de boca en boca, de pecho en pecho, adquiría la forma de sus almas. ¡Jabones perdidos entre el dentífrico y loszapatos cepillos de uñas y diente! ¡Todos iguales! “La voz dispersa a los que hablan. Los que no hablan trasmiten su fuerza a los objetos que los circundan”, dijo Fabia Hernández, una de las maestras; pero ni ella, ni Lelia Isnaga, ni Albina Romarín, sus colegas,penetraba en el mundo cerrado que a veces mora en el corazón de un hombre solo (que se defiende y que se entrega a su desventura o a su dicha). ¡Ese mundo cerrado moraba en el corazón de cuarenta niños! Ellas, por amor a su trabajo, con suma dedicación, querían sorprender el secreto. Sabían que un secreto puede ser venenoso para el alma. Las madres lo temen para sus hijos; por hermoso que sea, piensan, ¡quién sabe qué víboras atesora! Querían sorprenderlos. Encendía las luces de los dormitorios intempestivamente, con el pretexto de revisar el techo donde una cañería se había roto, o con el de cazar lauchas que habían invadido las dependencias principales; con el pretexto de imponer silencio interrumpían los recreos, diciendo que la bulla molestaba a algún vecino enfermo o la ceremonia de algún velorio; con el pretexto de vigilar la conducta religiosa, entraban en la capilla, donde el misticismo exacerbado permitía en raptos de amor divino la articulación de palabras desmembradas, pero estruendosas y difíciles, frente a las llamas de los cirios que iluminaban los rostros herméticos. Los niños, como pájaros aleteando, irrumpían en los cinematógrafos o en los teatros o en alguna función de beneficencia, pues tenían oportunidad de divertirse o de distraerse con espectáculos pintorescos. Las cabezas giraban de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, al mismo tiempo, revelando la plenitud de la simulación. La señorita Fabia Hernández fue la primera en advertir que los niños tenían los mismos sueños; que cometían los mismos errores en los cuadernos y cuando les reprochó el no tener personalidad sonrieron dulcemente, cosa que no era habitual en ellos. Ninguno tenía inconveniente en pagar por las travesuras de su compañero. Ninguno tenía inconveniente en ver premiado por mérito suyo a otros compañeros. En varias oportunidades las maestras acusaron a uno o a dos de ellos de hacer los deberes del resto de los alumnos, pues de otro modo no se podía explicar que la letra fuera tan parecida y las frases de las composiciones tan idénticas. Las maestras comprobaron que ellas se había equivocado. Cuando en la clase de dibujo, la profesora, para estimularles la imaginación, les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían, todos dibujaron, durante un tiempo alarmante, alas, cuyas formas y dimensiones variaban al infinito sin restar, según ella, monotonía al conjunto. Cuando se les reprendió por dibujar siempre lo mismo, rezongaron y, por último, escribieron en el pizarrón: Sentimos las alas, señorita. Sin incurrir en un irrespetuoso error, ¿cabría decir que eran felices? Dentro de lo que pueden serlo niños con sus limitaciones, todo induce a creer que lo era, salvo en verano. El calor de la ciudad pesaba sobre las maestras. A la hora en que a los niños les gustaba correr, trepar los árboles, retozar en el pasto o bajar rodando las barrancas, la siesta, la temida costumbre de la siesta, reemplazaba los paseos. Cantaban las chicharras, pero ellos no oían ese canto que vuelve el calor más intenso. Vociferaban las radios, pero ellos no oían ese ruido que vuelve intolerable al verano, con su asfalto pegajoso. Perdían las horas esperando a la zaga de las maestras, con pantallas, que bajara el sol o que amainara el calor, haciendo cuando los dejaban solos involuntarias travesuras como llamar desde el balcón a algún perro que al ver tantos amos simultáneos daba un salto delirante para alcanzarlos, o con pitos catalanes provocaban la ira de alguna señora que tocaba el timbre para quejarse de tanta insolencia. Una inesperada donación permitió que fueran a veranear al borde del mar. Las niñas confeccionaron ellas mismas púdicos trajes de baño; los niños adquirieron los suyos en una tienda económica, cuyos géneros olían a aceite de ricino, pero que eran de corte moderno, de esos que caen bien a cualquiera. Para dar más importancia al hecho de que veranearan por primera vez, las maestras les mostraron con un puntero, sobre el mapa, el punto azul, junto al Atlántico, hacia donde viajarían. Soñaron con el Atlántico, con la arena, todos el mismo sueño. Cuando el tren partió de la estación, los pañuelos se agitaron en las ventanillas como una bandada de palomas; esto lo registra una fotografía que salió en los diarios. Cuando llegaron al mar apenas lo miraron; siguieron viendo el mar imaginado antes de ver el verdadero. Cuando se habituaron al nuevo paisaje, fue difícil contenerlos. Corrían detrás de la espuma que formaba copos parecidos a los que forma la nieve. Pero el júbilo no les hacía olvidar el secreto y gravemente volvían a las habitaciones, donde la comunicación entre ellos se volvía más placentera. Si no estaba en juego el amor, algo muy parecido al amor los unía, los alegraba, los exaltaba. Los mayores, influidos por los menores se ruborizaban cuando las maestras les hacían preguntas capciosas y respondían con rápidos movimientos de cabeza. Los menores, con gravedad, parecían adultos a quienes nada perturba. La mayoría tenía nombres de flores como Jacinto, Delio, Margarita, Jazmín, Violeta, Lila, Azuceno, Narciso, Hortensio, Camelio: apelativos cariñosos elegidos por los padres. Los grababan en los troncos de los árboles, con uñas duras como de tigre; los escribían sobre las paredes, con lápices carcomidos; en la arena húmeda, con un dedo. Emprendieron el regreso a la ciudad, con el corazón rebosando de dicha, pues viajarían, de regreso, en avión. Se iniciaba un festival de cine aquel día y pudieron entrever furtivas estrellas en el aeródromo. De tanto reír le dolía la garganta. De tanto mirar, los ojos se les pusieron punzó. La noticia apareció en los periódicos; he aquí un texto: El avión en que viajaban cuarenta niños de un colegio de sordomudos, que volvían de su primer veraneo en mar, sufrió un accidente imprevisto. Una portezuela que se abrió en pleno vuelo ocasionó la catástrofe. Sólo se salvaron las maestras, el piloto y el resto de los tripulantes. La señorita Fabia Hernández, que fue entrevistada, asegura que los niños al precipitarse en el abismo tenían alas. Quiso detener al último, que se arrancó de sus brazos para seguir como un ángel detrás de los otros. La escena la deslumbró tanto por su intensa belleza que no pudo considerarla en un primer momento una catástrofe, sino una visión celestial, que jamás olvidará. Todavía no cree en la desaparición de esos niños. -Mostrarnos el cielo para precipitarnos en el infierno, sería una mala jugada de Dios -declara la señorita Lelia Isnaga-. No creo en la catástrofe. Dice Albina Romarín: -Todo fue un sueño de los niños, que quisieron deslumbrarnos, como lo hacían en los columpios de la plaza. Nadie me persuadirá que han desaparecido. Ni el cartel rojo que anuncia el alquiler de la casa donde funcionaba el colegio, ni las persianas cerradas, desaniman a Fabia Hernández. Con sus colegas, a las cuales esta unida, como los niños lo estaban entre ellos, visita el viejo edificio y contemplo los nombres de los alumnos escritos en la paredes ( inscripciones por las que los reprendían) y algunas alas dibujadas con destreza infantil, testimonian el milagro.

Los venenos Julio Cortàzar

Los Venenos El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Bánfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y los pedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tío Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas. Me acuerdo que mi hermana vio venir a tío Carlos por la calle Rodríguez Peña, desde lejos lo vio venir en el tílbury de la estación, y entró corriendo por el callejón del costado gritando que tío Carlos traía la máquina. Yo estaba en los ligustros que daban a lo de Lila, hablando con Lila por el alambrado, contándole que por la tarde íbamos a probar la máquina, y Lila estaba interesada pero no mucho, porque a las chicas no les importan las máquinas y no les importan las hormigas, solamente le llamaba la atención que la máquina echaba humo y que eso iba a matar todas las hormigas de casa. Al oír a mi hermana le dije a Lila que tenía que ir a ayudar a bajar la máquina, y corrí por el callejón con el grito de guerra de Sitting Bull, corriendo de una manera que había inventado en ese tiempo y que era correr sin doblar las rodillas, como pateando una pelota. Cansaba poco y era como un vuelo, aunque nunca como el sueño de volar que yo siempre tenía entonces, y que era recoger las piernas del suelo, y con apenas un movimiento de cintura volar a veinte centímetros del suelo, de una manera que no se puede contar por lo linda, volar por calles largas, subiendo a veces un poco y otra vez al ras del suelo, con una sensación tan clara de estar despierto, aparte que en ese sueño la contra era que yo siempre soñaba que estaba despierto, que volaba de verdad, que antes lo había soñado pero esta vez iba de veras, y cuando me despertaba era como caerme al suelo, tan triste salir andando o corriendo pero siempre pesado, vuelta abajo a cada salto. Lo único un poco parecido era esta manera de correr que había inventado, con las zapatillas de goma Keds Champion con puntera daba la impresión del sueño, claro que no se podía comparar. Mamá y abuelita ya estaban en la puerta hablando con tío Carlos y el cochero. Me arrimé despacio porque a veces me gustaba hacerme esperar, y con mi hermana miramos el bulto envuelto en papel madera y atado con mucho hilo sisal, que el cochero y tío Carlos bajaban a la vereda. Lo primero que pensé fue que era una parte de la máquina, pero en seguida vi que era la máquina completa, y me pareció tan chica que se me vino el alma a los pies. Lo mejor fue al entrarla, porque ayudando a tío Carlos me di cuenta que la máquina pesaba mucho, y el peso me devolvió confianza. Yo mismo le saqué los piolines y el papel, porque mamá y tío Carlos tenían que abrir un paquete chico donde venía la lata del veneno, y de entrada ya nos anunciaron que eso no se tocaba y que más de cuatro habían muerto retorciéndose por tocar la lata. Mi hermana se fue a un rincón porque se le había acabado el interés por todo y un poco y un poco también por miedo, pero yo la miré a mamá y nos reímos, y todo aquel discurso era por mí hermana, a mí me iban a dejar manejar la máquina con veneno y todo. No era linda, quiero decir que no era una máquina máquina, por lo menos con una rueda que da vueltas o un pito que echa un chorro de vapor. Parecía una estufa de fierro negro, con tres patas combadas, una puerta para el fuego, otra para el veneno y de arriba salía un tubo de metal flexible (como el cuerpo de los gusanos) donde después se enchufaba otro tubo de goma con un pico. A la hora del almuerzo mamá nos leyó el manual de instrucciones, y cada vez que llegaba a las partes del veneno todos la mirábamos a mi hermana, y abuelita le volvió a decir que en Flores tres niños habían muerto por tocar una lata. Ya habíamos visto la calavera en la tapa, y tío Carlos buscó una cuchara vieja y dijo que ésa sería para el veneno y que las cosas de la máquina las guardarían en el estante de arriba del cuarto de las herramientas. Afuera hacía calor porque empezaba enero, y la sandía estaba helada, con las semillas negras que me hacían pensar en las hormigas. Después de la siesta, la de los grandes porque mi hermana leía el Billiken y yo clasificaba las estampillas en el patio cerrado, fuimos al jardín y tío Carlos puso la máquina en la rotonda de las hamacas donde siempre salían hormigueros. Abuelita preparó brasas de carbón para cargar la hornalla, y yo hice un barro lindísimo en una batea vieja, revolviendo con la cuchara de albañil. Mamá y mi hermana se sentaron en las sillas de paja para ver, y Lila miraba entre el ligustro hasta que le gritamos que viniera y dijo que la madre no la dejaba pero que lo mismo veía. Del otro lado del jardín ya se estaban asomando las de Negri, que eran unos casos y por eso no nos tratábamos. Les decían la Chola, la Ela y la Cufina, pobres. Eran buenas pero pavas, y no se podía jugar con ellas. Abuelita les tenía lástima pero mamá no las invitaba nunca a casa porque se armaban líos con mi hermana y conmigo. Las tres querían mandar la parada pero no sabían ni rayuela ni bolita ni vigilante y ladrón ni el barco hundido, y lo único que sabían era reírse como sonsas y hablar de tanta cosa que yo no sé a quién le podía interesar. El padre era concejal y tenían Orpington leonadas. Nosotros criábamos Rhode Island que es mejor ponedora. La máquina parecía más grande por lo negra que se la veía entre el verde del jardín y los frutales. Tío Carlos la cargó de brasas, y mientras tomaba calor eligió un hormiguero y le puso el pico del tubo; yo eché barro alrededor y lo apisoné pero no muy fuerte, para impedir el desmoronamiento de las galerías como decía el manual. Entonces mi tío abrió la puerta para el veneno y trajo la lata y la cuchara. El veneno era violeta, un color precioso, y había que echar una cucharada grande y cerrar en seguida la puerta. Apenas la habíamos echado se oyó como un bufido y la máquina empezó a trabajar. Era estupendo, todo alrededor del pico salía un humo blanco, y había que echar más barro y aplastarlo con las manos. "Van a morir todas", dijo mi tío que estaba muy contento con el funcionamiento de la máquina, y yo me puse al lado de él con las manos llenas de barro hasta los codos, y se veía que era un trabajo para que lo hicieran los hombres. —¿Cuánto tiempo hay que fumigar cada hormiguero? —preguntó mamá. —Por lo menos media hora —dijo tío Carlos—. Algunos son larguísimos, más de lo que se cree. Yo entendí que quería decir dos o tres metros, porque había tantos hormigueros en casa que no podía ser que fueran demasiado largos. Pero justo en ese momento oímos que la Cufina empezaba a chillar con esa voz que tenía que la escuchaban desde la estación, y toda la familia Negri vino al jardín diciendo que de un cantero de lechuga salía humo. Al principio yo no lo quería creer pero era cierto, porque en el mismo momento Lila me avisó desde los ligustros que en su casa también salía humo al lado de un duraznero, y tío Carlos se quedó pensando y después fue hasta el alambrado de los Negri y le pidió a la Chola que era la menos haragana que echara barro donde salía el humo, y yo salté a lo de Lila y taponé el hormiguero. Ahora salía humo en otras partes de casa, en el gallinero, más atrás de la puerta blanca, y al pie de la pared del costado. Mamá y mi hermana ayudaban a poner barro, era formidable pensar que por debajo de la tierra había tanto humo buscando salir, y que entre ese humo las hormigas estaban rabiando y retorciéndose como los tres niños de Flores. Esa tarde trabajamos hasta la noche, y a mi hermana la mandaron a preguntar si en la casa de otros vecinos salía humo. Cuando apenas quedaba luz la máquina se apagó, y al sacar el pico del hormiguero yo cavé un poco con la cuchara de albañil y toda la cueva estaba llena de hormigas muertas y tenía un color violeta que olía a azufre. Eché barro encima como en los entierros, y calculé que habrían muerto unas cinco mil hormigas por lo menos. Ya todos se habían ido adentro porque era hora de bañarse y tender la mesa, pero tío Carlos y yo nos quedamos a repasar la máquina y a guardarla. Le pregunté si podía llevar las cosas al cuarto de las herramientas y dijo que sí. Por las dudas me enjuagué las manos después de tocar la lata y la cuchara, y eso que la cuchara la habíamos limpiado antes. Al otro día fue domingo y vino mi tía Rosa con mis primos, y fue un día en que jugamos todo el tiempo al vigilante y ladrón con mi hermana y con Lila que tenía permiso de la madre. A la noc Al otro día fue domingo y vino mi tía Rosa con mis primos, y fue un día en que jugamos todo el tiempo al vigilante y ladrón con mi hermana y con Lila que tenía permiso de la madre. A la noche tía Rosa le dijo a mamá si mi primo Hugo podía quedarse a pasar toda la semana en Bánfield porque estaba un poco débil de la pleuresía y necesitaba sol. Mamá dijo que sí, y todos estábamos contentos. A Hugo le hicieron una cama en mi pieza, y el lunes fue la sirvienta a traer su ropa para la semana. Nos bañábamos juntos y Hugo sabía más cuentos que yo, pero no saltaba tan lejos. Se veía que era de Buenos Aires, con la ropa venían dos libros de Salgari y uno de botánica, porque tenía que preparar el ingreso a primer año. Dentro del libro venía una pluma de pavorreal, la primera que yo veía, y él la usaba como señalador. Era verde con un ojo violeta y azul, toda salpicada de oro. Mi hermana se la pidió pero Hugo le dijo que no porque se la había regalado la madre. Ni siquiera se la dejó tocar, pero a mí sí porque me tenía confianza y yo la agarraba del canuto. Los primeros días, como tío Carlos trabajaba en la oficina no volvimos a encender la máquina, aunque yo le había dicho a mamá que si ella quería yo la podía hacer andar. Mamá dijo que mejor esperáramos al sábado, que total no había muchos almácigos esa semana y que no se veían tantas hormigas como antes. —Hay unas cinco mil menos —le dije yo, y ella se reía pero me dio la razón. Casi mejor que no me dejara encender la máquina, así Hugo no se metía, porque era de esos que todo lo saben y abren las puertas para mirar adentro. Sobre todo con el veneno mejor que no me ayudara. A la siesta nos mandaban quedarnos quietos, porque tenían miedo de la insolación. Mí hermana desde que Hugo jugaba conmigo venía todo el tiempo con nosotros, y siempre quería jugar de compañera con Hugo. A las bolitas yo les ganaba a los dos, pero al balero Hugo no sé cómo se las sabía todas y me ganaba. Mi hermana lo elogiaba todo el tiempo y yo me daba cuenta que lo buscaba para novio, era cosa de decírselo a mamá para que le plantara un par de bifes, solamente que no se me ocurría cómo decírselo a mamá, total no hacían nada malo. Hugo se reía de ella pero disimulando, y yo en esos momentos lo hubiera abrazado, pero era siempre cuando estábamos jugando y había que ganar o perder pero nada de abrazos. La siesta duraba de dos a cinco, y era la mejor hora para estar tranquilos y hacer lo que uno quería. Con Hugo revisábamos las estampillas y yo le daba las repetidas, le enseñaba a clasificarlas por países, y él pensaba al otro año tener una colección como la mía pero solamente de América. Se iba a perder las de Camerún que son con animales, pero él decía que así las colecciones son más importantes. Mi hermana le daba la razón y eso que no sabía si una estampilla estaba del derecho o del revés, pero era para llevarme la contra. En cambio Lila que venía a eso de las tres, saltando por los ligustros, estaba de mi parte y le gustaban las estampillas de Europa. Una vez yo le había dado a Lila un sobre con todas estampillas diferentes, y ella siempre me lo recordaba y decía que el padre le iba a ayudar en la colección pero que la madre pensaba que eso no era para chicas y tenía microbios, y el sobre estaba guardado en el aparador. Para que no se enojaran en casa por el ruido, cuando llegaba Lila nos íbamos al fondo y nos tirábamos debajo de los frutales. Las de Negri también andaban por el jardín de ellas, y yo sabía que las tres estaban locas con Hugo y se hablaban a gritos y siempre por la nariz, y la Cufina sobre todo se la pasaba preguntando: “¿Y dónde está el costurero con los hilos?” y la Ela le contestaba no sé qué, entonces se peleaban pero a propósito para llamar la atención, y menos mal que de ese lado los ligustros eran tupidos y no se veía mucho. Con Lila nos moríamos de risa al oírlas, y Hugo se tapaba la nariz y decía: “¿Y dónde está la pavita para el mate?” Entonces la Chola que era la mayor decía: “¿Vieron chicas cuántos groseros hay este año?”, y nosotros nos metíamos pasto en la boca para no reírnos fuerte, porque lo bueno era dejarlas con las ganas y no seguírsela, así después cuando nos oían jugar a la mancha rabiaban mucho más y al final se peleaban entre ellas hasta que salía la tía y las mechoneaba y las tres se iban adentro llorando. A mí me gustaba tener de compañera a Lila en los juegos, porque entre hermanos a uno no le gusta jugar si hay otros, y mi hermana lo buscaba en seguida a Hugo de compañero. Lila y yo les ganábamos a las bolitas, pero a Hugo le gustaba más el vigilante y ladrón y la escondida, siempre había que hacerle caso y jugar a eso, pero también era formidable, solamente que no podíamos gritar y los juegos así sin gritos no valen tanto. A la escondida casi siempre me tocaba contar a mi, no sé por qué me engañaban vuelta a vuelta, y piedra libre uno detrás de otro. A las cinco salía abuelita y nos retaba porque estábamos sudados y habíamos tomado demasiado sol, pero nosotros la hacíamos reír y le dábamos besos, hasta Hugo y Lila que no eran de casa. Yo me fijé en esos días que abuelita iba siempre a mirar el estante de las herramientas, y me di cuenta que tenía miedo de que anduviéramos hurgando con las cosas de la máquina. Pero a nadie se le iba a ocurrir una pavada así, con lo de los tres niños de Flores y encima la paliza que nos iban a dar. A ratos me gustaba quedarme solo, y en esos momentos ni siquiera quería que estuviera Lila. Sobre toda al caer la tarde, un rato antes que abuelita saliera con su batón blanco y se pusiera a regar el jardín. A esa hora la tierra ya no estaba tan caliente, pero las madreselvas olían mucho y también los canteros de tomates donde había canaletas para el agua y bichos distintos que en otras partes. Me gustaba tirarme boca abajo y oler la tierra, sentirla debajo de mí, caliente con su olor a verano tan distinto de otras veces. Pensaba en muchas cosas, pero sobre todo en las hormigas, ahora que había visto lo que eran los hormigueros me quedaba pensando en las galerías que cruzaban por todos lados y que nadie veía. Como las venas en mis piernas, que apenas se distinguían debajo de la piel, pero llenas de hormigas y misterios que iban y venían. Si uno comía un poco de veneno, en realidad venía a ser lo mismo que el humo de la máquina, el veneno andaba por las venas del cuerpo igual que el humo en la tierra, no había mucha diferencia. Después de un rato me cansaba de estar solo y estudiar los bichos de los tomates. Iba a la puerta blanca, tomaba impulso y me largaba a la carrera como Buffalo Bill, y al llegar al cantero de las lechugas lo saltaba limpio y ni tocaba el borde de gramilla. Con Hugo tirábamos al blanco con la Diana de aire comprimido, o jugábamos en las hamacas cuando mi hermana o a veces Lila salían de bañarse y venían a las hamacas con ropa limpia. También Hugo y yo nos íbamos a bañar, y a última hora salíamos todos a la vereda, o mi hermana tocaba el piano en la sala y nosotros nos sentábamos en la balaustrada y veíamos volver a la gente del trabajo hasta que llegaba tío Carlos y todos lo íbamos a saludar y de paso a ver si traía algún paquete con hilo rosa o el Billiken. Justamente una de esas veces al correr a la puerta fue cuando Lila se tropezó en una laja y se lastimó la rodilla. Pobre Lila, no quería llorar pero le saltaban las lágrimas y yo pensaba en la madre que era tan severa y le diría machona y de todo cuando la viera lastimada. Hugo y yo hicimos la sillita de oro y la llevamos del lado de la puerta blanca mientras mi hermana iba a escondidas a buscar un trapo y alcohol. Hugo se hacía el comedido y quería curarla a Lila, lo mismo mi hermana para estar con Hugo, pero yo los saqué a empujones y le dije a Lila que aguantara nada más que un segundo, y que si quería cerrara los ojos. Pero ella no quiso y mientras yo le pasaba el alcohol ella lo miraba fijo a Hugo como para mostrale tía Rosa lo valiente que era. Yo le soplé fuerte en la lastimadura y con la venda quedó muy bien y no le dolía. —Mejor andate en seguida a tu casa —le dijo mi hermana—, así tu mamá no se cabrea. Después que se fue Lila yo me empecé a aburrir con Hugo y mi hermana que hablaban de orquestas típicas, y Hugo había visto a De Caro en un cine y silbaba tangos para que mi hermana los sacara en el piano. Me fui a mi cuarto a buscar el álbum de las estampillas, y todo el tiempo pensaba que la madre la iba a retar a Lila y que a lo mejor estaba llorando o que se le iba a infectar la matadura como pasa tantas veces. Era increíble lo valiente que había sido Lila con el alcohol, y cómo lo miraba a Hugo sin llorar ni bajar la vista. En la mesa de luz estaba la botánica de Hugo, y asomaba el canuto de la pluma de pavorreal. Como él me la dejaba mirar la saqué con cuidado y me puse al lado de la lámpara para verla bien. Yo creo que no había ninguna pluma más linda que ésa. Parecía las manchas que se hacen en el agua de los charcos, pero no se podía comparar, era muchísimo más linda, de un verde brillante como esos bichos que viven en los damascos y tienen dos antenas largas con una bolita peluda en cada punta. En medio de la parte más ancha y más verde se abría un ojo azul y violeta, todo salpicado de oro, algo como no se ha visto nunca. Yo de golpe me daba cuenta por qué se llamaba pavorreal, y cuanto más la miraba más pensaba en cosas raras, como en las novelas, y al final la tuve que dejar porque se la hubiera robado a Hugo y eso no podía ser. A lo mejor Lila estaba pensando en nosotros, sola en su casa (que era oscura y con sus padres tan severos) cuando yo me divertía con la pluma y las estampillas. Mejor guardar todo y pensar en la pobre Lila tan valiente. Por la noche me costó dormirme, no sé por qué. Se me había metido en la cabeza que Lila no estaba bien y que tenía fiebre. Me hubiera gustado pedirle a mamá que fuera a preguntarle a la madre pero no se podía, primero con Hugo que se iba a reír, y después que mamá se enojaría si se enteraba de la lastimadura y que no le habíamos avisado. Me quise dormir tantas veces pero no podía, y al final pensé que lo mejor era ir por la mañana a lo de Lila y ver cómo estaba, o llamar por el ligustro. Al final me dormí pensando en Lila y Buffalo Bill y también en la máquina de las hormigas, pero sobre todo en Lila. Al otro día me levanté antes que nadie y fui a mi jardín, que estaba cerca de las glicinas. Mi jardín era un cantero nada más que mío, que abuelita me había dado para que yo hiciese lo que quisiera. Una vez planté alpiste, después batatas, pero ahora me gustaban las flores y sobre todo mi jazmín del Cabo, que es el de olor más fuerte sobre todo de noche, y mamá siempre decía que mi jazmín era el más lindo de la casa. Con la pala fui cavando despacio alrededor del jazmín, que era lo mejor que yo tenía, y al final lo saqué con toda la tierra pegada a la raíz. Así fui a llamarla a Lila que también estaba levantada y no tenía casi nada en la rodilla. —¿Hugo se va mañana? —me preguntó, y le dije que sí, porque tenía que seguir estudiando en Buenos Aires el ingreso a primer año. Le dije a Lila que le traía una cosa y ella me preguntó qué era, y entonces por entre el ligustro le mostré mi jazmín y le dije que se lo regalaba y que si quería la iba a ayudar a hacerse un jardín para ella sola. Lila dijo que el jazmín era muy lindo, y le pidió permiso a la madre y yo salté el ligustro para ayudarla a plantarlo. Elegimos un cantero chico, arrancamos unos crisantemos medio secos que había, y yo me puse a puntear la tierra, a darle otra forma al cantero, y después Lila me dijo dónde le gustaba que estuviera el jazmín, que era en el mismo medio. Yo lo planté, regamos con la regadera y el jardín quedó muy bien. Ahora yo tenía que conseguir un poco de gramilla, pero no había apuro. Lila estaba muy contenta y no le dolía nada la lastimadura. Quería que Hugo y mi hermana vieran en seguida lo que habíamos hecho, y yo los fui a buscar justo cuando mamá me llamaba para el café con leche. Las de Negri andaban peleándose en el jardín, y la Cufina chillaba como siempre. No sé cómo podían pelearse con una mañana tan linda. El sábado por la tarde Hugo se tenía que volver a Buenos Aires y yo dentro de todo me alegré porque tío Carlos no quería encender la máquina ese día y lo dejó para el domingo. Mejor que estuviéramos él y yo solamente, no fuera la mala pata que Hugo se saliera envenenando o cualquier cosa. Esa tarde lo extrañé un poco porque ya me había acostumbrado a tenerlo en mi cuarto, y sabía tantos cuentos y aventuras de memoria. Pero peor era mi hermana que andaba por toda la casa como sonámbula, y cuando mamá le preguntó qué le pasaba dijo que nada, pero ponía una cara que mamá se quedó mirándola y al final se fue diciendo que algunas se creían más grandes de lo que eran y eso que ni sonarse solas sabían. Yo encontraba que mí hermana se portaba como una estúpida, sobre todo cuando la vi que con tiza de colores escribía en el pizarrón del patio el nombre de Hugo, lo borraba y lo escribía de nuevo, siempre con otros colores y otras letras, mirándome de reojo, y después hizo un corazón con una flecha y yo me fui para no pegarle un par de bifes o ir a decírselo a mamá. Para peor esa tarde Lila se había vuelto a su casa temprano, diciendo que la madre no la dejaba quedarse por culpa de la lastimadura. Hugo le dijo que a las cinco venían a buscarlo de Buenos Aires, y que por qué no se quedaba hasta que él se fuera, pero Lila dijo que no podía y se fue corriendo y sin saludar. Por eso cuando lo vinieron a buscar, Hugo tuvo que ir a despedirse de Lila y la madre, y después se despidió de nosotros y se fue muy contento diciendo que volvería al otro fin de semana. Esa noche yo me sentí un poco solo en mi cuarto, pero por otro lado era una ventaja sentir que todo era de nuevo mío, y que Podía apagar la luz cuando me daba la gana. El domingo al levantarme oí que mamá hablaba por el alambrado con el señor Negri. Me acerqué a decir buen día y el señor Negri estaba diciéndole a mamá que en el cantero de las lechugas donde salía el humo el día que probamos la máquina, todas las lechugas se estaban marchitando. Mamá le dijo que era muy raro porque en el prospecto de la máquina decía que el humo no era dañino para las plantas, y el señor Negri le contestó que no hay que fiarse de los prospectos, que lo mismo es con los remedios que cuando uno lee el prospecto se va a curar de todo y después a lo mejor acaba entre cuatro velas. Mamá le dijo que podía ser que alguna de las chicas hubiera echado agua de jabón en el cantero sin querer (pero yo me di cuenta que mamá quería decir a propósito, de chusmas que eran y para buscar pelea) y entonces el señor Negri dijo que iba a averiguar pero que en realidad si la máquina mataba las plantas no se veía la ventaja de tomarse tanto trabajo. Mamá le dijo que no iba a comparar unas lechugas de mala muerte con el estrago que hacen las hormigas en los jardines, y que por la tarde la íbamos a encender, y si veían humo que avisaran que nosotros iríamos a tapar los hormigueros para que ellos no se molestaran. Abuelita me llamó para tomar el café y no sé qué más se dijeron, pero yo estaba entusiasmado pensando que otra vez íbamos a combatir las hormigas, y me pasé la mañana leyendo Raffles aunque no me gustaba tanto como Buffalo Bill y muchas otras novelas. A mí hermana se le había pasado la loca y andaba cantando por toda la casa, en una de esas le dio por pintar con los lápices de colores y vino adonde yo estaba, y antes de darme cuenta ya había metido la nariz en lo que yo hacía, y justo por casualidad yo acababa de escribir mi nombre, que me gustaba escribirlo en todas partes, y el de Lila que por pura casualidad había escrito al lado del mío. Cerré el libro pero ella ya había leído y se puso a reír a carcajadas y me miraba como con lástima, y yo me le fui encima pero ella chilló y oí que mamá se acercaba, entonces me fui al jardín con toda la rabia. En el almuerzo ella me estuvo mirando con burla todo el tiempo, y me hubiera encantado pegarle una patada por abajo de la mesa, pero era capaz de ponerse a gritar y a la tarde íbamos a encender la máquina, así que me aguanté y no dije nada. A la hora de la siesta me trepé al sauce a leer y a pensar, y cuando a las cuatro y media salió tío Carlos de dormir, cebamos mate y después preparamos la máquina, y yo hice dos palanganas de barro. Las mujeres estaban adentro y hacía calor, sobre todo al lado de la máquina que era a carbón, pero el mate es bueno para eso si se toma amargo y muy caliente. Habíamos elegido la parte del fondo del jardín cerca de los gallineros, porque parecía que las hormigas se estaban refugiando en esa parte y hacían mucho estrago en los almácigos. Apenas pusimos el pico en el hormiguero más grande empezó a salir humo por todas partes, y hasta por entre los ladrillos del piso del gallinero salía. Yo iba de un lado a otro taponando la tierra, y me gustaba echar el barro encima y aplastarlo con las manos hasta que dejaba de salir el humo. Tío Carlos se asomó al alambrado de las de Negri y le preguntó a la Chola, que era la menos sonsa, si no salía humo en su jardín, y la Cufina armaba gran revuelo y andaba por todas partes mirando porque a tío Carlos le tenían mucho respeto, pero no salía humo del lado de ellas. En cambio oí que Lila me llamaba y fui corriendo al ligustro y la vi que estaba con su vestido de lunares anaranjados que era el que más me gustaba, y la rodilla vendada. Me gritó que salía humo de su jardín, el que era solamente suyo, y yo ya estaba saltando el alambrado con una de las palanganas de barro mientras Lila me decía afligida que al ir a ver su jardín había oído que hablábamos con las de Negri y que entonces justo al lado de donde habíamos plantado el jazmín empezaba a salir humo. Yo estaba arrodillado echando barro con todas mis fuerzas. Era muy peligroso para el jazmín recién trasplantado y ahora con el veneno tan cerca, aunque el manual decía que no. Pensé si no podría cortar la galería de las hormigas unos metros antes del cantero, pero antes de nada eché el barro y taponé la salida lo mejor que pude. Lila se había sentado a la sombra con un libro y me miraba trabajar. Me gustaba que me estuviera mirando, y puse tanto barro que seguro por ahí no iba a salir más humo. Después me acerqué a preguntarle dónde había una pala para ver de cortar la galería antes que llegara al jazmín con todo el veneno. Lila se levantó y fue a buscar la pala, y como tardaba yo me puse a mirar el libro que era de cuentos con figuras, y me quedé asombrado al ver que Lila también tenía una pluma de pavorreal preciosa en el libro, y que nunca me había dicho nada. Tío Carlos me estaba llamando para que taponara otros agujeros, pero yo me quedé mirando la pluma que no podía ser la de Hugo pero era tan idéntica que parecía del mismo pavorreal, verde con el ojo violeta y azul, y las manchitas de oro. Cuando Lila vino con la pala le pregunté de dónde había sacado la pluma, y pensaba contarle que Hugo tenía una idéntica. Casi no me di cuenta de lo que me decía cuando se puso muy colorada y contestó que Hugo se la había regalado al ir a despedirse. —Me dijo que en su casa hay muchas —agregó como disculpándose pero no me miraba, y tío Carlos me llamó más fuerte del otro lado de los ligustros y yo tiré la pala que me había dado Lila y me volví al alambrado, aunque Lila me llamaba y me decía que otra vez estaba saliendo humo en su jardín. Salté el alambrado y desde casa por entre los ligustros la miré a Lila que estaba llorando con el libro en la mano y la pluma que asomaba apenas, y vi que el humo salía ahora al lado mismo del jazmín, todo el veneno mezclándose con las raíces. Fui hasta la máquina aprovechando que tío Carlos hablaba de nuevo con las de Negri, abrí la lata del veneno y eché dos, tres cucharadas llenas en la máquina y la cerré; así el humo invadía bien los hormigueros y mataba todas las hormigas, no dejaba ni una hormiga viva en el jardín de casa. Inicio | Julio Cortázar | Rayuela Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados

sábado, 19 de enero de 2013

Felipe B.Reyes



MERCADO DE ESPEJISMO (BLOG OFICIAL DEL POETA)
UN RELATO: EL MALEFICIO

Para celebrar la visita 26.000 (cualquier pretexto sirve para celebrar algo), y para variar de registro, va este relato. (Procede del libro OFICIOS ESTELARES, en el que reuní los relatos escritos entre 1982 y 2008.)


Llegó y puso el libro sobre la mesa, entre un vaso vacío y un sobre sin abrir. “Va a gustarte”. Era una edición argentina de un poeta rumano cuyo nombre omitiremos, ya que es preferible que esta sea una historia sin nombres propios.

Tardé varias semanas en decidirme a leerlo, pero aquella misma noche comencé a soñar con dragones, a los que alguien atribuyó la condición de ser la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía.

Les evitaré el relato minucioso de aquellos sueños, porque la estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia. Permítanme, no obstante, precisar un detalle: todos los dragones que aparecían en mis sueños tenían la facultad del habla. Eran, digamos, dragones discursivos, monstruos hechos de palabras sin sentido concreto, aunque empecé a entender su idioma a partir de la noche tercera.

Al despertarme, tenía la sensación de haber luchado contra una fuerza abstracta y sublime y comenzaba el día con el agotamiento de un combatiente real.

Al quinto día de soñar con ellos, empecé a cogerle miedo a la llegada de la noche. Procuraba retrasar la hora de retirarme a dormir, y recurría al café después de la cena. Pero el sueño, aunque tarde, llega siempre, y con él llegaban los dragones, y las palabras de los dragones.

“¿Has leído ya el libro?”, me preguntó, y aproveché para hablarle de mis sueños. “Seguro que eres la única persona del mundo que aún sueña con dragones”, y bromeó: “¿Es verdad que echan fuego por la boca?”

Después de diez días seguidos de soñar con aquellas bestias prodigiosas, decidí llevar un registro de mis sueños. Allí lo contaba todo: la crónica diaria de mi trato con los monstruos habladores. Mi terror.

“¿Qué tal se portan tus dragones?”, y volvió a preguntarme si había leído ya el libro del poeta rumano. La primera pregunta no se la respondí, y a la segunda le respondí que no: no podía dedicarme a leer porque tenía que dedicarme a relatar mis sueños, a dejar constancia de su desarrollo en mi inventario de endriagos oníricos, en mi privada dragomaquia. “Pues te convendría leerlo cuanto antes”, y le dije que en cuanto pudiera.

Llegué a familiarizarme con aquella fauna hipnótica. Los dragones se habían singularizado. Ya no eran un tropel indistinto. Uno de ellos hablaba sin abrir la boca, con una especie de lenguaje bronquial. Otro devoraba grandes peces en un lago del color de la púrpura. Otro, quizás el más terrible, dormía con los ojos abiertos. Otro… mejor callarlo.

Durante el día, hacía pronósticos en torno al argumento del sueño de la noche venidera. Siempre resultaban fallidos, quizá porque todo sueño consiste en una improvisación sobre el terreno y no cabe, en fin, la previsión: entras en el sueño y no sabes adónde entras.

“Deberías leer el libro”, y le decía que sí.

Una noche, uno de los dragones me habló con mi propia voz. Recuerdo haberle respondido con una voz que debía de ser la suya.

A la noche siguiente, el mismo dragón me puso delante un espejo. “Mírate”, me dijo con mi voz. Y me miré. Y vi una silueta líquida que, muy poco a poco, iba adquiriendo la forma de un espectro. El espectro me dijo: “Mírate en mi inexistencia”. Y en su inexistencia me miré. Y vi allí, en esa incorporeidad parecida a una niebla, una cara que me resultaba familiar, aunque no sabía de quién se trataba. Aquella cara me dijo: “Mírate en mí”. Y me miré. Y vi que era mi memoria. “No me mires”, me dijo entonces mi memoria, y le obedecí, y entonces soñé que me olvidaba de todo y que un dragón devoraba mi pasado.

Una tarde decidí leer por fin el libro del poeta rumano. Había llovido. Había nubes. Busqué una nube con forma de dragón, pero no la encontré.

El quinto poema decía así:


Galopa en el lomo de la bestia de las escamas de oro.
Huye hasta salir de la habitación en que arde una vela.
Sostén entre tus manos la materia de tus sueños.
Elige una de las dos llaves.
Abre la puerta que no quieres abrir.
Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.


“¿Has leído ya el libro?” Y me miró como si supiese la respuesta.

Aquella noche volví a soñar con dragones, pero todos murieron, de una manera o de otra, a lo largo de mi sueño. Comprendí que no regresarían jamás, porque incluso los sueños tienen su lógica narrativa.

Desde entonces, sueño a veces que sueño con dragones, pero ellos ya no aparecen por allí, porque están muertos.
Y no sé durante cuánto tiempo seguiré sintiéndome culpable de ese crimen.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Leyenda del volcán - Miguel Ángel Asturias.


La leyenda del volcán.




Hubo en un siglo un día que duró muchos siglos

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.

Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.

Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.

Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.

Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.

Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.

-¡Nido!...

Pío Monte en un Ave.

Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.

Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosas a pescado femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil... ¡La Tierra de los Árboles!

Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.

Nido calmó a sus compañeros -extrañas plantas móviles-, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.

-¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!

La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con transparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.

Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto...

La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.

Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.

Dos montañas movían los párpados a un paso del río:

La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la incendió.

La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la uñas.

El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.

En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.

Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío...!

Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.

Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas...

Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.

Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.

-Nido -le dijo el corazón-, al final de este camino...

Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.

Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.

Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.

Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.

Anduvo y anduvo...

Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!

¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!

¡Nido!

Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:

¡Nido, quiero que me levantes un templo!

La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.

Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas -en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

FIN

Leyendas de Guatemala, 1930

The boarding house ( La pensión o La casa de huéspedes) James Joyce

The Boarding House






MRS. MOONEY was a butcher's daughter. She was a woman who was quite able to keep things to herself: a determined woman. She had married her father's foreman and opened a butcher's shop near Spring Gardens. But as soon as his father-in-law was dead Mr. Mooney began to go to the devil. He drank, plundered the till, ran headlong into debt. It was no use making him take the pledge: he was sure to break out again a few days after. By fighting his wife in the presence of customers and by buying bad meat he ruined his business. One night he went for his wife with the cleaver and she had to sleep a neighbour's house.

After that they lived apart. She went to the priest and got a separation from him with care of the children. She would give him neither money nor food nor house-room; and so he was obliged to enlist himself as a sheriff's man. He was a shabby stooped little drunkard with a white face and a white moustache white eyebrows, pencilled above his little eyes, which were veined and raw; and all day long he sat in the bailiff's room, waiting to be put on a job. Mrs. Mooney, who had taken what remained of her money out of the butcher business and set up a boarding house in Hardwicke Street, was a big imposing woman. Her house had a floating population made up of tourists from Liverpool and the Isle of Man and, occasionally, artistes from the music halls. Its resident population was made up of clerks from the city. She governed the house cunningly and firmly, knew when to give credit, when to be stern and when to let things pass. All the resident young men spoke of her as The Madam.

Mrs. Mooney's young men paid fifteen shillings a week for board and lodgings (beer or stout at dinner excluded). They shared in common tastes and occupations and for this reason they were very chummy with one another. They discussed with one another the chances of favourites and outsiders. Jack Mooney, the Madam's son, who was clerk to a commission agent in Fleet Street, had the reputation of being a hard case. He was fond of using soldiers' obscenities: usually he came home in the small hours. When he met his friends he had always a good one to tell them and he was always sure to be on to a good thing-that is to say, a likely horse or a likely artiste. He was also handy with the mits and sang comic songs. On Sunday nights there would often be a reunion in Mrs. Mooney's front drawing-room. The music-hall artistes would oblige; and Sheridan played waltzes and polkas and vamped accompaniments. Polly Mooney, the Madam's daughter, would also sing. She sang:

I'm a ... naughty girl.
You needn't sham:
You know I am.
Polly was a slim girl of nineteen; she had light soft hair and a small full mouth. Her eyes, which were grey with a shade of green through them, had a habit of glancing upwards when she spoke with anyone, which made her look like a little perverse madonna. Mrs. Mooney had first sent her daughter to be a typist in a corn-factor's office but, as a disreputable sheriff's man used to come every other day to the office, asking to be allowed to say a word to his daughter, she had taken her daughter home again and set her to do housework. As Polly was very lively the intention was to give her the run of the young men. Besides young men like to feel that there is a young woman not very far away. Polly, of course, flirted with the young men but Mrs. Mooney, who was a shrewd judge, knew that the young men were only passing the time away: none of them meant business. Things went on so for a long time and Mrs. Mooney began to think of sending Polly back to typewriting when she noticed that something was going on between Polly and one of the young men. She watched the pair and kept her own counsel.

Polly knew that she was being watched, but still her mother's persistent silence could not be misunderstood. There had been no open complicity between mother and daughter, no open understanding but, though people in the house began to talk of the affair, still Mrs. Mooney did not intervene. Polly began to grow a little strange in her manner and the young man was evidently perturbed. At last, when she judged it to be the right moment, Mrs. Mooney intervened. She dealt with moral problems as a cleaver deals with meat: and in this case she had made up her mind.

It was a bright Sunday morning of early summer, promising heat, but with a fresh breeze blowing. All the windows of the boarding house were open and the lace curtains ballooned gently towards the street beneath the raised sashes. The belfry of George's Church sent out constant peals and worshippers, singly or in groups, traversed the little circus before the church, revealing their purpose by their self-contained demeanour no less than by the little volumes in their gloved hands. Breakfast was over in the boarding house and the table of the breakfast-room was covered with plates on which lay yellow streaks of eggs with morsels of bacon-fat and bacon-rind. Mrs. Mooney sat in the straw arm-chair and watched the servant Mary remove the breakfast things. She mad Mary collect the crusts and pieces of broken bread to help to make Tuesday's bread- pudding. When the table was cleared, the broken bread collected, the sugar and butter safe under lock and key, she began to reconstruct the interview which she had had the night before with Polly. Things were as she had suspected: she had been frank in her questions and Polly had been frank in her answers. Both had been somewhat awkward, of course. She had been made awkward by her not wishing to receive the news in too cavalier a fashion or to seem to have connived and Polly had been made awkward not merely because allusions of that kind always made her awkward but also because she did not wish it to be thought that in her wise innocence she had divined the intention behind her mother's tolerance.

Mrs. Mooney glanced instinctively at the little gilt clock on the mantelpiece as soon as she had become aware through her revery that the bells of George's Church had stopped ringing. It was seventeen minutes past eleven: she would have lots of time to have the matter out with Mr. Doran and then catch short twelve at Marlborough Street. She was sure she would win. To begin with she had all the weight of social opinion on her side: she was an outraged mother. She had allowed him to live beneath her roof, assuming that he was a man of honour and he had simply abused her hospitality. He was thirty-four or thirty-five years of age, so that youth could not be pleaded as his excuse; nor could ignorance be his excuse since he was a man who had seen something of the world. He had simply taken advantage of Polly's youth and inexperience: that was evident. The question was: What reparation would he make?

There must be reparation made in such case. It is all very well for the man: he can go his ways as if nothing had happened, having had his moment of pleasure, but the girl has to bear the brunt. Some mothers would be content to patch up such an affair for a sum of money; she had known cases of it. But she would not do so. For her only one reparation could make up for the loss of her daughter's honour: marriage.

She counted all her cards again before sending Mary up to Doran's room to say that she wished to speak with him. She felt sure she would win. He was a serious young man, not rakish or loud-voiced like the others. If it had been Mr. Sheridan or Mr. Meade or Bantam Lyons her task would have been much harder. She did not think he would face publicity. All the lodgers in the house knew something of the affair; details had been invented by some. Besides, he had been employed for thirteen years in a great Catholic wine-merchant's office and publicity would mean for him, perhaps, the loss of his job. Whereas if he agreed all might be well. She knew he had a good screw for one thing and she suspected he had a bit of stuff put by.

Nearly the half-hour! She stood up and surveyed herself in the pier-glass. The decisive expression of her great florid face satisfied her and she thought of some mothers she knew who could not get their daughters off their hands.

Mr. Doran was very anxious indeed this Sunday morning. He had made two attempts to shave but his hand had been so unsteady that he had been obliged to desist. Three days' reddish beard fringed his jaws and every two or three minutes a mist gathered on his glasses so that he had to take them off and polish them with his pocket-handkerchief. The recollection of his confession of the night before was a cause of acute pain to him; the priest had drawn out every ridiculous detail of the affair and in the end had so magnified his sin that he was almost thankful at being afforded a loophole of reparation. The harm was done. What could he do now but marry her or run away? He could not brazen it out. The affair would be sure to be talked of and his employer would be certain to hear of it. Dublin is such a small city: everyone knows everyone else's business. He felt his heart leap warmly in his throat as he heard in his excited imagination old Mr. Leonard calling out in his rasping voice: "Send Mr. Doran here, please."

All his long years of service gone for nothing! All his industry and diligence thrown away! As a young man he had sown his wild oats, of course; he had boasted of his free-thinking and denied the existence of God to his companions in public- houses. But that was all passed and done with... nearly. He still bought a copy of Reynolds's Newspaper every week but he attended to his religious duties and for nine-tenths of the year lived a regular life. He had money enough to settle down on; it was not that. But the family would look down on her. First of all there was her disreputable father and then her mother's boarding house was beginning to get a certain fame. He had a notion that he was being had. He could imagine his friends talking of the affair and laughing. She was a little vulgar; some times she said "I seen" and "If I had've known." But what would grammar matter if he really loved her? He could not make up his mind whether to like her or despise her for what she had done. Of course he had done it too. His instinct urged him to remain free, not to marry. Once you are married you are done for, it said.

While he was sitting helplessly on the side of the bed in shirt and trousers she tapped lightly at his door and entered. She told him all, that she had made a clean breast of it to her mother and that her mother would speak with him that morning. She cried and threw her arms round his neck, saying:

"O Bob! Bob! What am I to do? What am I to do at all?"

She would put an end to herself, she said.

He comforted her feebly, telling her not to cry, that it would be all right, never fear. He felt against his shirt the agitation of her bosom.

It was not altogether his fault that it had happened. He remembered well, with the curious patient memory of the celibate, the first casual caresses her dress, her breath, her fingers had given him. Then late one night as he was undressing for she had tapped at his door, timidly. She wanted to relight her candle at his for hers had been blown out by a gust. It was her bath night. She wore a loose open combing- jacket of printed flannel. Her white instep shone in the opening of her furry slippers and the blood glowed warmly behind her perfumed skin. From her hands and wrists too as she lit and steadied her candle a faint perfume arose.

On nights when he came in very late it was she who warmed up his dinner. He scarcely knew what he was eating feeling her beside him alone, at night, in the sleeping house. And her thoughtfulness! If the night was anyway cold or wet or windy there was sure to be a little tumbler of punch ready for him. Perhaps they could be happy together....

They used to go upstairs together on tiptoe, each with a candle, and on the third landing exchange reluctant goodnights. They used to kiss. He remembered well her eyes, the touch of her hand and his delirium....

But delirium passes. He echoed her phrase, applying it to himself: "What am I to do?" The instinct of the celibate warned him to hold back. But the sin was there; even his sense of honour told him that reparation must be made for such a sin.

While he was sitting with her on the side of the bed Mary came to the door and said that the missus wanted to see him in the parlour. He stood up to put on his coat and waistcoat, more helpless than ever. When he was dressed he went over to her to comfort her. It would be all right, never fear. He left her crying on the bed and moaning softly: "O my God!"

Going down the stairs his glasses became so dimmed with moisture that he had to take them off and polish them. He longed to ascend through the roof and fly away to another country where he would never hear again of his trouble, and yet a force pushed him downstairs step by step. The implacable faces of his employer and of the Madam stared upon his discomfiture. On the last flight of stairs he passed Jack Mooney who was coming up from the pantry nursing two bottles of Bass. They saluted coldly; and the lover's eyes rested for a second or two on a thick bulldog face and a pair of thick short arms. When he reached the foot of the staircase he glanced up and saw Jack regarding him from the door of the return-room.

Suddenly he remembered the night when one of the musichall artistes, a little blond Londoner, had made a rather free allusion to Polly. The reunion had been almost broken up on account of Jack's violence. Everyone tried to quiet him. The music-hall artiste, a little paler than usual, kept smiling and saying that there was no harm meant: but Jack kept shouting at him that if any fellow tried that sort of a game on with his sister he'd bloody well put his teeth down his throat, so he would.

Polly sat for a little time on the side of the bed, crying. Then she dried her eyes and went over to the looking-glass. She dipped the end of the towel in the water-jug and refreshed her eyes with the cool water. She looked at herself in profile and readjusted a hairpin above her ear. Then she went back to the bed again and sat at the foot. She regarded the pillows for a long time and the sight of them awakened in her mind secret, amiable memories. She rested the nape of her neck against the cool iron bed-rail and fell into a reverie. There was no longer any perturbation visible on her face.

She waited on patiently, almost cheerfully, without alarm. her memories gradually giving place to hopes and visions of the future. Her hopes and visions were so intricate that she no longer saw the white pillows on which her gaze was fixed or remembered that she was waiting for anything.

At last she heard her mother calling. She started to her feet and ran to the banisters.

"Polly! Polly!"

"Yes, mamma?"

"Come down, dear. Mr. Doran wants to speak to you."

Then she remembered what she had been waiting for.


La pensión
[Cuento. Texto completo]
James Joyce

La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el señor Mooney empezó a andar en malos pasos. Bebía, metía mano a la caja registradora del dinero y se entrampó hasta los ojos. De nada servía hacerle prometer enmienda: a los pocos días, infaliblemente, quebrantaba el solemne juramento. A fuerza de reñir con su mujer en presencia de los parroquianos y de comprar carne mala, terminó por arruinar el negocio. Una noche persiguió a su mujer con la cuchilla, y ella tuvo que dormir en casa de un vecino.

Desde entonces vivieron separados. La mujer acudió al cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los hijos. No daba dinero al marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio obligado a entrar como oficial de justicia. Era un borrachín astroso, encorvado, de cara blanca y bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus ojillos surcados de venas rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el santo día sentado en el cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran algún servicio. La señora Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras la liquidación de la carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke Street, era una mujer grande e imponente. Su casa albergaba una población flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en cuando, artistas de vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de empleados de oficinas y del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con diplomacia y mano firme; sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con severidad o hacer la vista gorda. Los residentes mozos, cuando hablaban de ella, la llamaban todos la Patrona.

Los jóvenes pupilos de la señora Mooney pagaban quince chelines semanales por la pensión completa (cerveza en las comidas aparte). Eran todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta razón reinaba entre ellos franca camaradería. Discutían entre sí las probabilidades de sus caballos favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona, empleado con un agente comercial en Fleet Street, tenía reputación de ser un tipo difícil. Era aficionado a soltar obscenidades de cuartel, y por lo general llegaba a casa de madrugada. Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna diablura que contarles, y siempre estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo bueno: un caballo o una artista con posibilidades. También el boxeo se le daba de maravilla. Y las canciones cómicas. Las noches de los domingos solía haber reunión en la sala principal de la señora Mooney. Los artistas de vodevil participaban con gusto, y Sheridan tocaba valses y polkas e improvisaba acompañamientos. También solía cantar Polly Mooney, la hija de la señora. Cantaba:

Soy una... niña traviesa.
No tienen por qué fingir:
Ya saben que soy así.

Polly era una muchachita delgada, de diecinueve años; tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y rotunda. Sus ojos, grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar miraditas hacia arriba cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto de una pequeña madonna perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija en la oficina de un tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial de justicia de pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí y otro no rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre volvió a llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como Polly era muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los pupilos jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no muy lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora Mooney, juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como pasatiempo: ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho tiempo, y la señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de mecanógrafa, cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo. Vigiló a la pareja y no dijo esta boca es mía.

Polly sabía que la vigilaban; sin embargo, el persistente silencio de su madre no podía interpretarse erróneamente. No había existido complicidad manifiesta entre la madre y la hija, connivencia de ninguna clase; pero aunque los huéspedes empezaban a hablar del asunto, la señora Mooney continuaba sin intervenir. Polly empezó a volverse un poco rara en su comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba desazonado. Por fin, cuando estimó que era el momento oportuno, la señora Mooney intervino. Contendió con los problemas morales como cuchilla con la carne; y en aquel caso concreto había tomado ya su decisión.

Era una luminosa mañana de principios de verano, prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca. Todas las ventanas de la pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se inflaban suavemente hacia la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo. El campanario de San Jorge repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos, cruzaban la pequeña glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de intento su propósito en el pío recogimiento con que iban no menos que en los libritos que llevaban en sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado de desayunar, y aún estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de huevo, piltrafas y cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón de mimbre, vigilaba a la criada Mary que estaba retirando las cosas del desayuno. Le mandó recoger las cortezas y mendrugos de pan que servirían para hacer el budín del martes. Una vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos, guardados bajo llave y candado el azúcar y la mantequilla, la dueña de la pensión se puso a reconstruir la entrevista que había tenido con Polly la noche de la víspera. Todo era, en efecto, como ella sospechaba: se había mostrado franca en sus preguntas, y Polly no lo había sido menos en sus respuestas. Las dos pasaron su apuro, desde luego. Ella por deseo de no recibir la noticia de una manera demasiado franca y desconsiderada, ni parecer que había hecho la vista gorda, y Polly no sólo porque las alusiones de ese género siempre se lo causaban, sino también porque no quería dar pie a la sospecha de que ella, en su sabia inocencia, había adivinado la intención oculta tras la tolerancia de su madre.

Cuando advirtió, en su ensimismamiento, que las campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la señora Mooney echó una mirada instintiva al relojito dorado que había sobre la repisa de la chimenea. Pasaban diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más que de sobra de solventar el asunto con el señor Doran y plantarse antes de las doce en la calle Marlborough. Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía de su parte todo el peso de la opinión social: era una madre agraviada. Había permitido al seductor vivir bajo su techo, dando por supuesto que era hombre de honor, y él había abusado de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, de modo que no podía alegarse como excusa la irreflexión de la juventud; tampoco podía ser disculpa la ignorancia, ya que era hombre con sobrado conocimiento del mundo. Sencillamente se había aprovechado de la juventud y la inexperiencia de Polly; eso era evidente. ¿Qué reparación estaría dispuesto a hacer? He aquí el problema.

En tales casos se debe siempre una reparación. Para el varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco, después de haberse holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica tiene que pagar el precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante sumas de dinero; había conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella, por la pérdida de la honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.

Repasó de nuevo todas sus cartas antes de enviar a Mary arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba hablar con él. Estaba segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un libertino ni un escandaloso como los otros. Si se hubiera tratado del señor Sheridan o del señor Meade o de Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más ardua. No creía ella que Doran arrostrase la divulgación del caso. Todos los huéspedes de la pensión sabían algo del asunto; algunos hasta habían inventado pormenores. Además, llevaba trece años empleado en la oficina de un comerciante en vinos, católico cien por cien, y la divulgación tal vez significara para él la pérdida del empleo. Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser para bien. Sabía ella que el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte sospechaba que debía de tener un buen pico ahorrado.

¡Casi la media hora! Se levantó y se miró en el espejo de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y rubicundo la satisfizo, y pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de quitarse a sus hijas de encima.

El señor Doran estaba en realidad muy nervioso aquel domingo por la mañana. Había intentado por dos veces afeitarse, pero tenía el pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se le empañaban los lentes, de suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con el pañuelo. El recuerdo de su confesión de la pasada noche le causaba profunda congoja; el cura le había sonsacado hasta el último detalle ridículo del asunto, y al final había exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se le concediera un respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba hecho. ¿Qué podría hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la ciudad? No iba a tener la desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se hablaría del caso, y sin duda alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña..., todo el mundo está informado de los asuntos de los demás. En su excitada imaginación oyó al viejo señor Leonard que con su bronca voz ordenaba: «Que venga el señor Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio un vuelco tan grande el corazón que casi se le sale por la boca.

¡Todos sus largos años de servicio para nada! ¡Sus trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en grande, por supuesto; había blasonado de librepensador y negado la existencia de Dios en las tabernas ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado; había concluido totalmente... o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds's Newspaper cada semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve décimas partes del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero suficiente para tomar estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a la chica con menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y por si fuera poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama. Tenía sus barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando del asunto y riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y «hubieron». ¿Mas qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir si apreciarla o despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había hecho también. Su instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez que uno se casa es el fin, le decía.

Estaba sentado al borde de la cama, en camisa y pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando ella dio unos golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se lo dijo todo, que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z, y que su madre hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los brazos al cuello, diciendo:

-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?

Terminaría de una vez con su existencia, dijo.

Él la consoló débilmente, diciéndole que no llorara, que todo se arreglaría, que no había que temer. Sintió la agitación del pecho femenino contra su camisa.

No fue del todo culpa suya que el hecho sucediera. Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los primeros roces fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido como caricias para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se desvestía para acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta. Quería encender su vela en la de él, pues una corriente de aire se la había apagado. Se había bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de franela estampada. Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas de piel, y bajo su epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus manos y de sus muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado aroma.

Cuando volvía tarde por las noches, era ella quien le calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía, sintiéndola tan cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo solícita que se mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin dudas habría allí un vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser felices juntos...

Solían subir la escalera de puntillas, cada cual con una vela, y en el tercer rellano se daban muy a disgusto las buenas noches. Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus ojos, el contacto de su mano, el delirio en que aquello terminó por precipitarlo...

Pero el delirio pasa. Se hizo eco ahora de la frase de ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le advertía que no se comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido del honor le decía que por tal pecado debía efectuarse una reparación.

Sentado así con ella en el borde de la cama, apareció Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la sala. Se levantó para ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que nunca. Una vez vestido, se acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría, no había que temer. La dejó llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh, Dios mío!»

Cuando bajaba por la escalera se le empañaron de tal forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera querido salir por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás volviera a saber nada de aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba escalera abajo, peldaño por peldaño.

Las caras implacables de su patrón y de la señora parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto. En el último tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la despensa con dos botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con frialdad, y los ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia fisonomía de perro de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie de la escalera, echó una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo desde la puerta del recibimiento.

Entonces recordó la noche en que uno de los artistas de vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a Polly bastante desenfadada. La reunión casi terminó de mala manera debido a la violenta reacción de Jack. Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil, un poco más pálido que de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no lo había dicho con mala intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si cualquier individuo intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana, por su alma que le iba a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.

***

Polly continuó un rato sentada en el borde de la cama, llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de la toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el agua fría. Se miró en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo por encima de la oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un largo rato las almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y dulces recuerdos. Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se abandonó a sus ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su rostro.

Siguió esperando paciente, casi alegremente, sin sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco a esperanzas y visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y visiones que ya no veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni recordaba que estaba esperando algo.

Por fin oyó a su madre que la llamaba. Se puso de pie automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.

-¡Polly! ¡Polly!

-Aquí estoy, mamá.

-Baja, hija mía. El señor Doran quiere hablar contigo.

Entonces recordó lo que estaba esperando.



sábado, 7 de abril de 2012

Amamos tanto a Julio (Andy y A) ¿mentendés?

jueves,


Para A.

Todo olía a desesperación. Habían acabado de hacer el amor hacía instantes. Y como a veces suele pasar, se había adueñado del ambiente una especie de aire malévolo que tiene el sabor a la culpa y al desconsuelo.

¿Encontraré a la Maga? Hiciste conmigo algo que no se hace, me mostraste la mujer ideal. Después de eso todos buscamos a la Maga en Paris o en Ciudadela, haciendo huevos fritos, escuchando a los Beatles o a Charly Parker, haciendo el amor en una cama rodeada de libros, sahumerios, un potus, ollas sucias, decenas de vasos con puchos apagados, una novela sin abrir de Roberto Arlt.


En un departamento lejano sonaba Sandro.

"Tengo un mundo de sensaciones"

¿Encontraré a la Maga? Vos me dijiste Julio que podíamos encontrarla, no buscarla, que la Maga iba a aparecer sin necesidad de una cita, que la misteriosa ecología de la ciudad iba a juntarnos. Por tu culpa, Julio, las parejas salen separadas a encontrarse, la ciudad está cubierta de personas con aire desconcentrado que cabecean como un boxeador después de un golpe, que espían en las esquinas buscándola a ella...


Ambos se dieron vuelta hacia sus lados respectivos y se dieron cuenta inmediata y simultáneamente del error. Eran diferentes, sonaban distintas sus respiraciones. Subsanaron ese error volviendo a mirarse y a encontrarse, sonriendo delicadamente.


Te metiste en la vida, Julio, en nuestra vida; en la vida de ella y la mía. No pasa un solo embotellamiento en que no recuerde la autopista del sur; frente a cualquier discusión, particularmente las discusiones tontas, la memoria me dicta elecciones insólitas...

¿Te acordás? A uno le piden que elija y le dan un calentador Primus, una banana, una rubia de costumbres elásticas... Para desconcierto de la población y del obispo local me he quedado con la banana. Me aterra tu posibilidad de vomitar conejitos a la mañana: Julio, ya es suficiente que a la mañana el sueño duele en los ojos o el pis se resista a salir. No puedo perdonarte lo de los conejitos. Tampoco lo del límite.

Hasta que se encontraron. era un algo en el fondo de sus ojos. Él la veía, infatuizado. Sus ojos tenían esa misteriosa cualidad de atraparlo de un modo insondable. Él, que se aburría con cualquier cosa, podía quedarse hundido en esa mirada durante el resto de su vida. Pero en realidad él, no era él... sino otro par de ojos, los de otro hombre que en algún lado, que nos está vedado saber, la esperaban para mirarla así.


Yo vivía tranquilo imaginando esa pared, no tenías que decirme que la pared era una soga que se podía saltar, en ese ring los contornos se pierden, la conciencia se pierde. Vivía tranquilos en nuestro metro cuadrado hasta que apareciste vos. Y con vos, ella... ella, la prueba tangible de la continuidad de los parques.

“El hombre más alto del mundo” como escribió alguna vez mi odiado García Márquez, con los ojos separados como los de un novillo, el brazo en alto señalando hacia allá, hacia allá, a la conciencia, a la soga, a lo extraordinario, lo extraordinario saltándonos encima como un gato, al miedo y a la risa, Julio, Julio... si no fuese por vos, yo no escribiría; y si yo no escribiese, ella no me hubiera leído. Y si ella no me hubiese leído, yo no hubiera tenido ni la más mínima chance de tener una chance.

Cuando Sandro se hubo callado, ella ya dormía.. pero él no podía hacerlo. Un runrun delicado lo estremeció. Había sido descubierto. Ella abrió los ojos. Y lo descubrió mirándola. Lo habían atrapado como una liebre frente a los focos. Ahora sólo restaba el tiro del final.


Ella sabía que esto no debía continuar. Al menos, no de este modo. Había otra gente que la necesitaba. Pero cuando ella miraba el fondo de sus ojos verdes, esos ojos de gato desvelado y lúcido, podía ver la desesperación que dormía en algún rincón, acurrucado. Y de alguna manera no podía dejar de ceder a esa especie de resistencia pacífica que instantáneamente desplegaba en sus silencios, muy escasos por cierto.

Es natural que interpretes esto como un reproche, Julio. Yo quería ser feliz, hacer asados, leer a King o a Grisham, mirar como despegan los aviones en el aeroparque, no necesitar a la Maga, hacer el amor cuantas veces fuese posible, no plantearme siquiera si la vida tiene más de una dirección: tiene una sola, y es el futuro, no hay dos futuros; hay el mío, no hay conejitos en la garganta, no hay instrucciones para subir una escalera.

Yo quería ser feliz, imaginarme hasta acá, no hasta allá, no hasta ella, no adonde nunca podré llegar, sacudirme la libertad como una araña del pantalón. Tirarme la araña a la cabeza, eso hiciste. Pelo de araña, mi cabeza se mueve lentamente, nunca sé en que puede terminar, volverme cursi y niño, abrirme a la confusión. Te imagino, la imagino cada vez que miro por la ventana, o por un tunel o por un ojal, sé de memoria que puedes estar en cualquier sitio, ahora mismo cagándote de risa.

Cagándote de risa de cómo me enamoro, y quiero negarlo, tres veces como un Judas sin siquiera recompensa.


Entonces decidió que ésto se acabaría. Pero él antes hizo algo que ella no esperaba.

Le hizo una foto mental de sus ojos. Esos ojos expresivos y profundos. Esos ojos turbios para hundirse en ellos, y desfallecer, perder el conocimiento, y ahogarse.

Esos ojos a los que él le gustaba mirar cuando llegaba al orgasmo, y a los que se quedaba mirando luego de un rato para poder aprehender ese retazo de memoria.


"tengo un mundo de sensaciones..."


Sin embargo hay ciertas cosas que ocurren a lo largo de una vida juntos (que puede durar tan sólo seis meses y veintiún días) que son imposibles de recuperar.

Y desde el insondable abismo de una cama, alguien tuvo un segundo de estupor. Un vértigo atroz.

Vértigo, Julio.

¿Mentendés?

¿Y cómo hago ahora para decirle que acá arriba no puedo estar solo, Julio? Cómo hago para decirle que ella tiene la clave para que mis palabras se pongan en orden, para que las putas perras negras vengan a lamerme las manos.

Vértigo. Vértigo.

El amor es una enfermedad mental. Y aquí se está tan alto que creo que es imposible volver abajo.

Los dados de Dios (Andy Murmullos)

LOS DADOS DE DIOS.
lunes, enero 28 Publicadas por Andrés Etiquetas: relatos a la/s 11:27 AM 15 murmullo(s)







A ella, que sabe que siempre es para ella.

A veces, aunque no lo creas, Dios juega a los dados. Tiene unos dados raros, el cabrón. Unos dados que sólo él sabe interpretar. Así que nunca sabés si ganaste o no.


Aunque da igual.


La casa siempre gana.


Hace unos días, ella apostó. Y aunque no cree en ningún dios, tal vez salvo en su propio dios.


Como no me está dado saber cual fue el resultado, sólo me atrevo a reflexionar en base a sus expectativas.


Ella cree que Dios, o quienquiera que sea, es un pésimo croupier. Y yo estoy de acuerdo con ella.


Pero siempre uno puede recuperarse.


Ella sabe jugar.


Se pone su sweater verde de cuello alto y se levanta cada mañana a buscar un tapete.


A mí me encantaría acompañarla, pero ella tiene otro compañero de juego, y a veces la distancia se toma represalias.


Otras veces, como todos, ella no tiene ni putas ganas de jugar. Y ese día no habrá mesa. Aunque le pidas por favor que se siente mientras se baraja.


Los dados de Dios están cargados.


El Geómetra implacable siempre saca lo que quiere.


Ella discute las apuestas.


Sabe jugar fuerte. Y aunque tenga malas chances, ella llega hasta el final, apurando sus fichas, incluso por alguno que se cree el único pero ni siquiera es uno de ellos.


Ella quiere obtener un montón de cosas cuando juega. Cosas que sólo pueden comprarse con las fichas del casino de Dios.


Una sonrisa, una caricia de madrugada, una sopa de gambas, un hijo, la ansiada paz.


Y quiere morder al mundo, arrancarle a jirones lo que desea.


Porque alguna vez se subió a las faldas del dolor para darle una paliza, y devolverle lo que el maldito dolor le ha quitado.


Ella no cree que cada hombre que pasa sin detenerse es una historia de amor que no se concretará nunca.


Ella descree de las palabras de amor, porque elige los hechos de amor.


Ella le hace el amor a su silencio. Y yo quiero hacerle el amor a ella, saliendo de esta atmósfera rígida e insolvente. Enseñarle partes de su cuerpo que ya ha olvidado, y conseguir que vibre de una buena vez, para que yo vibre a la par.


Ella juega con los cascados dados de Dios.


Ella mantiene su esperanza intacta guardada en un cajón con telarañas.


Se toma un helado con el deseo, y se come hasta el barquillo.


A mí me encantaría mirarla dormir y sonreir como nunca.


Ella juega a los dados, con los dados agrietados de lo que ellos llaman Dios.


Y no sabe.


No sabe que hizo su mejor apuesta.


Ella apostó por mí.


Es una apuesta a futuro.


Tal vez sea una apuesta que nunca se cobre.


Pero yo, a pesar de todo, quiero que gane.