miércoles, 8 de junio de 2016

Emma Zunz (El aleph 1949)



El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.


Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

sábado, 28 de mayo de 2016

Del blog El último paraguas Lucas Varela

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Hay un lugar en Escocia donde se puede pagar cerveza con lana, sin ningún tipo de patrón mercantil ni código monetario intermedio.
Hay perros que nacen cerca de reactores nucleares mal cerrados y pueden volar y son telépatas y tienen diecisiete ojos.
Hay un señor en Dallas que puede toser por las orejas.
Hay maneras de decir 'te quiero' que dan miedo.
Hay gatos siameses siameses (porque son de raza siamesa y porque nacen unidos por la cadera).
Hay lugares donde tirar una pelota al aire y recogerla sin que toque el suelo es deporte nacional.
Hay muchísimas maneras de enojarse hablando solo.
Hay un curso online para aprender a tocar la flauta dulce.
Hay un artículo en Wikipedia sobre la abeja reina.
Casi todo lo que hay no está aquí. Esto es solamente una pequeñísima muestra.

En edición limitada y hasta agotar existencias, este es mi amor por ti.

jueves, 10 de diciembre de 2015
En edición limitada y hasta agotar existencias, este es mi amor por ti. Disponible en versión Premium y en versión gratuita con publicidad, este es mi amor inefable, este es mi amor inconmensurable, este es mi amor imperecedero por ti. El primer mes es gratis con todos los beneficios del plan Premium. Después del primer mes, y si no te has dado de baja, mi amor por ti se renovará mensualmente, y podrás seguir disfrutándolo sin preocupaciones. La versión Premium incluye mi amor por ti en HD y 4K (sólo en dispositivos disponibles). Mi amor por ti no tiene contrato de permanencia. Además, los megas que no uses se guardan para el mes siguiente. Mi amor por ti tiene uno de los catálogos más completos disponibles actualmente, y sigue creciendo cada día. Mi amor por ti es seguro y puedes usarlo incluso cuando no tienes conexión a Internet. Mi amor por ti ya está disponible en más de treinta países y ha sido traducido a más de 12 idiomas. Mi amor por ti es muy fácil de usar y cuenta con una comunidad de usuarios previos que podrá ayudarte a aprender el funcionamiento básico y a encontrar respuestas a las preguntas más frecuentes. Mi amor por ti es compatible con todos los sistemas operativos y plataformas móviles. En la versión Premium, mi amor por ti se compromete a responder tus consultas en un máximo de 24 horas, siempre atento, servicial, sutil y sublime, y en la versión gratuita, en un máximo de 48-72 horas. Con una pantalla ultra resistente y con resolución Full HD a 433 ppi, mi amor por ti, siempre infinito, siempre eterno, es resistente a rayones y constituye una de las experiencias visuales y táctiles más conmovedoras de la actualidad. Si te suscribes a mi amor por ti dentro de las próximas 2 horas 28 minutos, se te entregará mañana antes de las 12 del mediodía. Y si quieres recibirlo hoy mismo, puedes solicitar mi amor por ti Express Delivery y seguir las instrucciones. Todo mi amor por ti, vasto, íntimo, atemporal, incluye una garantía de dos años que cubre cualquier tipo de defectos de software, hardware y/o packaging así como funcionamientos incorrectos o inesperados derivados de errores en su fabricación, transporte o mal uso. La garantía de mi amor por ti no es transferible a otros productos, y será automáticamente cancelada en caso de intervenciones impropias del uso esperado y estándar de mi amor por ti. Mi amor por ti cuenta con una de las coberturas más completas del país y, a través de partners internacionales, en el mundo entero. Mi amor por ti no te dejará nunca sin mi amor por ti, y ahora ya cuenta con 4G en casi todo el territorio nacional (sólo en dispositivos compatibles) para una velocidad de transferencia de mi amor por ti solo posible con las tecnologías de vanguardia, groundbreaking, cutting edge que incorpora. Mi amor por ti, majestuoso, ubicuo, único, no incluye compras integradas, sistemas de micropagos ni funciones desbloqueables con dinero real o in-app. La totalidad de mi amor por ti, sobrecogedor, cuenta con puertos USB 2.0, 3.0 y C, HDMI, DVI, ETHERNET, THUNDERBOLT y salida de audio digital. Mi amor por ti no cierra en Navidad ni año nuevo y está abierto 24 horas. Mi amor por ti está disponible en negro nacar, gris plateado, blanco inmaculado, verde tortuga, gris medieval, azul dolphin, rojo glóbulo, beige caucásico, oro rosa y amarillo. Mi amor por ti incluye un slot MicroSD para que puedas ampliar su memoria hasta 128Gb y, con 4Gb de memoria RAM, mi amor por ti puede manejar sin desfases ni ralentizaciones todas tus apps favoritas. Algunos de los contenidos de mi amor por ti podrían variar de acuerdo al país o región donde vivas. Aunque infrecuentes, algunas interrupciones en mi amor por ti podrían tener lugar en épocas de alta demanda del servicio. Mi amor por ti no contiene conservantes y presenta hasta un 8% de fruta natural. La versión light de mi amor por tí no contiene gluten y es apto para celíacos. Mi amor por ti puede contener trazas de cáscara de frutas, crustáceos, cereales, nueces, alcohol, tabaco, acidulantes y saborizantes. El teclado de mi amor por ti incluye la letra Ñ, todos los caracteres unicode y emoji y está homologado según los estándares de calidad internacionales. Mi amor por ti está hecho en papel reciclado, tintas ecológicas, mano de obra bien pagada y con certificaciones de Fairtrade International. Mi amor por ti incluye lenguaje adulto y escenas de desnudez. Se sugiere descansar 15 minutos por cada hora de uso de mi amor por ti, beber con moderación y esperar un rato antes de nadar. El consumo frecuente de mi amor por ti podría generar adicción y efectos no deseados. La exposición a temperaturas elevadas podría resultar en la inflamación y posible explosión de mi amor por ti. Se sugiere mantener mi amor por ti a la sombra y en temperaturas que no superen los 36 grados centígrados. No frizar. 

Cuando hayas terminado de usar mi amor por ti, puedes devolverlo o cambiarlo por una nueva versión en los puntos de recogida asignados. Si mi amor por ti se encuentra en buen estado, se aplicarán descuentos correspondientes.

jueves, 20 de enero de 2011 
Sumamente indignada por los acontecimientos de anoche en la Avenida Principal es que me dirijo a ustedes, señores miembros del grupo musical Infernal Twisted Brutal Homicide Warriors. Ante todo déjenme decirles que nada tengo en contra de sus canciones ni de la llamada 'música de metal', y aunque ni sus letras ni sus melodías me parecen agradables, respeto su arte como el de cualquier otro conjunto musical.
Mi hijo es, de hecho, un ferviente seguidor suyo. Ha ido a todos sus conciertos, se ha tatuado su logo en la espalda y tiene todos sus discos, desde el debut Licuemos Bebés hasta el polémico Todos Se Deberían Suicidar Menos Nostros. Es a través de mi hijo que los he conocido, y nunca tuve ningún tipo de oposición a su fanatismo. Nunca hasta anoche. No me explico cómo han decidido las autoridades invitarlos a ustedes, "señores", a tocar en el acto del día del niño. La Avenida Principal fue ayer un lugar de corrupción y oscuridad, de lágrimas y terror, y estoy segura de que encandilados por las luces del escenario ustedes no pudieron ver las caras de desesperación que los pobres infantes que asistieron al acto tenían desde el mismo momento en que comenzó su recital, con el tema La Maestra Caníbal. Ustedes tienen que darse cuenta de que estas canciones quedan bien en los antros humeantes y dejados de la mano de Dios donde suelen tocar entre la niebla del tabaco y los vapores estancados de quintales de cerveza, ¿pero en un acto del día del niño, señores?, no, en un acto del día del niiño no pueden entonar estos himnos luciferianos. Cito el primer verso de La Maestra Caníbal:

Ella es la maestra caníbal
come niños, ¡come niños!
Alfabéticamente empezó con Aníbal
come niños, ¡come niños!

Como si fuera poco, hacia la mitad del concierto no tuvieron mejor idea que liberar pollitos para luego perseguirlos alrededor del escenario pisándolos ruidosamente y salpicando de sangre a los chicos de la primera fila, entonando otra de sus bárbaras "composiciones", esta vez Licuemos Bebés,del álbum homónimo:

Llego a mi casa, no hay nada para comer
Excepto mis hijos
¡Licuemos bebés!
Los trocemos
Los piquemos
los salemos
los licuemos
¡Licuemos bebés!
(Solo de guitarra. Duración: 15 minutos)
¡Licuemos bebés con Satán!
¡Licuemos bebés con Satán!

A continuación sucedió algo que me dio la estúpida ilusión de una mejora en el espectáculo. Por un momento pensé que habían reflexionado y se habían dado cuenta de lo mal que venían. Ernesto "Vómito de sangre" Guzmán, su guitarrista principal, comenzó una hermosa melodía medieval en su guitarra, un solo introductorio de lo que prometía ser una balada amena y tranquilizadora, una canción que auspiciaría el retorno de la paz a la Avenida Principal. Por supuesto, toda está esperanza fue súbitamente pisoteada cuando comenzó a cantar el líder. Yo no me explico cómo este señor tiene el tupé de presentar esta canción como lo hizo. Mientras de fondo continuaba la hermosa melodía en guitarra, el cantante dijo lo siguiente.
—Esta canción, niñitos, fue nuestro primer éxito en la radio. Disco de titanio del año 2004. ¡Vendimos diecisiete mil billones de copias! 
(Aplausos)
—La compusimos una tarde, inspirados en algunas sonatas de Bach y en el Libro de la Adoración al Oscuro, o sea a Satán. Satán, niños, es el Señor de las Tinieblas, y los visita cada noche mientras duermen. 
(Llantos)
—Pero bueno niños, esta canción habla sobre lo que vendrá después de la muerte. El fuego eterno, la tortura perdurable. Esta canción es... ¡El infierno que nos espera a todos!

Nuestra muerte ocurrirá
en cualquier momento
los cuerpos se pudrirán
tras algún tormento.

Una bala en la cabeza
sobredosis de heroína
cirrosis por la cerveza
o un infarto en pleno día...

Fueeeeegoooo eternoooo
abrazados arderemos
del dolor de las heridas
ya nunca descansaremos

Lucifer vendrá
con su tridente incandescente
y nos penetrará
y nos romperá los dientes.

Que volverán a crecer
y nos romperá otra vez
y volverán a crecer
y nos romperá otra vez (bis)

 Fueeeeegoooo eternoooo
abrazados arderemos
del dolor de las heridas
nunca jamás descansaremos.

Niños consumidos
alumbrando el terror
de un paraje desolado
de fuego y desolación.

En nuestro ano insertará
de mil voltios un enchufe
y a todos nos rociará
con kerosene y con azufre

Imagina el terror
de arder eternamente
y la electricidad
volviéndote demente.

¡Vamos todossss!

Fueeeeegoooo eternoooo
abrazados arderemos
del dolor de las heridas
ya nunca descansaremos

Llegado este punto, muchos niños habían ya ingresado en estado de shock, y temblaban en el piso, sus boquitas rosadas supurando espuma blanca, sus piernitas contorsionadas de formas antinaturales. Aquellos que a pesar de los pollitos y de la última, horrible canción, conservaban algo de lucidez, no paraban de llorar. Se frotaban el cuerpo intentando apagar llamas imaginarias, y soplaban desconsolados sus bracitos invisiblemente incendiados, gritando «Quema, mami, quema». Las madres intentábamos por todos los medios desconectar los amplificadores de la banda pero no lo logramos, y el señor-placard que trabaja como seguridad de ustedes tuvo el coraje de empujar a varias de las señoras que no hacían más que rogarle a gritos que enmudeciera esa inconcebible inmundicia de música. Finalmente mi marido le tiró una botella de cerveza al cantante con tan buena puntería que se la puso en el medio de los ojos, y el metalerito diabólico cayó en seco, duro, a pesar de lo cual el guitarrista, compenetrado en la música y con los ojos cerrados, siguió tocando la melodía medieval, y el trío de coristas pelilargo continuó cantando el estribillo (Fuego eterno / abrazados arderemos...). Hizo falta que llegara la ambulancia y la policía para que la banda finalmente detuviera esa blasfemia, pero viendo los resultados del botellazo y de la intervención de la fuerza policial, el baterista, antes de abandonar el escenario, y como punto final de lo que es sin duda un trauma que quedará arraigado en la psique de estos pobres pequeños, gritó: «¡Recuerden niños! Todos los que han escuchado esta canción arderán eternamente. ¡No hay escapatoria! ¡WOOOOO!». Resonaron los gritos histéricos de un centenar de niños que habían asimilado, en el transcurso de una canción, no solamente la noción de muerte sino también el concepto de eternidad, de dolor imparable y de castigo irrazonable e inevitable.

Espero que esta carta les meta algo de razón en esas cabezas melenudas, y que entiendan que no los queremos ver nunca más en ningún acto público, ya sea del día del niño, de víspera de navidad o en la inauguración de un centro de jubilados. De hacerlo, vengan preparados para la tormenta de objetos contundentes que descenderá sobre ustedes.

Atentamente,

Juliana Funes de Sotello. 

P.D: en caso de enviar respuesta, por favor confirmarnos que el cantante sigue con vida.



Un lugar donde quedarse.

viernes, 14 de marzo de 2014 
Eyaculo.
Estás a mi lado y de golpe tu pelo no me gusta tanto y tus ojos son ojos de lo más normales, con pupilas normales y córnea supranormal y la parte blanca de los ojos no es ni tan blanca ni tan hermosa como me había parecido, y tus pestañas son comunes y no me sorprenden para nada y las pecas de tu nariz son absolutamente ordinarias y en general te percibo como una masa de carne y pelo y fluidos y sudor que no quiero en mi cama. El sentimiento no es mutuo. Me abrazas. Me dices cosas al oído que no proceso porque no hablo el idioma de Las Masas de Carne, Pelo y Fluidos. Mi cerebro recibe sonidos inconexos y sin sentido. Las fronteras de un hueco en tu cabeza se mueven de manera extraña. Brota un aliento cálido y agitado. Con algo parecido a un brazo te llevas algo a una válvula en tu cabeza y exhalas humo. Te acaricias una leve hinchazon abdominal y barres el semen y luego lo limpias con un poco de papel higiénico. Todas tus articulaciones son extrañas. Tus válvulas expulsan humo de nuevo, y unos trozos de piel finísima cubren tus globos oculares a intervalos más o menos regulares. El pelaje que puebla tu cabeza es suave y delicado y se mueve con el viento que entra por la ventana. Con extremidades articuladas manipulas la sábana y te tapas. Un agujero en tu cara, que coincide con la válvula que expulsa el humo, vuelve a emitir sonidos regulares que me recuerdan vagamente a cómo nos reímos los humanos. Yo empiezo a sentir un poco de esa relajación cargada de sueño poscoital, pero estás ahí, a mí lado, riendo la risa de tu especie, la risa de las Masas De Carne, cubriendo tu cuerpo con mi sábana, emitiendo sonidos y expulsando humo y estirándote por encima mío con una de tus extremidades superiores para acercarte un cenicero y depositar las cenizas de tu casi extinto cigarrillo. De repente, desde lejos llega una comprensión. Me llegan retazos de significado. De tu agujero facial lleno de dientes salen sonidos que a duras penas interpreto como una invitación a ducharnos. Acepto. 

De a poco vuelves a ser humana. Tu pelaje se convierte en algo que huele bien y me atrae. Tu cuerpo húmedo bajo la ducha me empieza a llamar de nuevo, y ya entiendo completamente lo que me dices. Me cuentas cosas de tu vida. Incluso me interesan. Me interesan mucho. Eres genial. Eres absolutamente increíble. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Tengo una erección. Te enjabono la espalda, y cuando te vuelves del revés me besas y me masturbas. Te toco. Eres de mi especie, y eres hermosa, y te deseo tanto. Tanto. Te beso toda. La ducha se alarga y asumimos diversas posturas con nuestras bocas en distintos lugares. Salimos de la ducha sin secarnos y te tiro sobre mi cama y no me importa que mojemos todo. Te hago mía. Me entrego. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. ¿Te amo? Te penetro en diversas posiciones. 
Eyaculo al cabo de un rato.

Y ahora sí que además de extrañarme me das miedo. Eres un ser desproporcionado. Gigantesco y pequeño. Tus pelos me pinchan y tus dientes no están alineados. Abundas en asimetrías. Tu piel no es ni suave ni tersa y tiene puntos negros, irregularidades. ¡Hay manchas! Vuelve a salir humo bifurcado en una V invertida. Sale a través de dos válvulas más pequeñas en tu cabeza. Tengo muchísimo miedo. No te quiero en mi cama ni en mi casa ni en mi vida. No hay nada ni remotamente parecido a sentido en ninguno de los sonidos que emites, y además tu voz suena como un constante abrir y cerrar del cajón de los cubiertos. Tienes extremidades articuladas que te permiten correr hacia mí y abrazarme y tu válvula de expulsar humo me succiona una mejilla varias veces por segundo, y luego la frente, mientras tu pelaje cae sobre mi rostro y lo humedece, y luego tu válvula se posa sobre mi boca y surge un tentáculo interior rosado y húmedo que roza mi lengua. De alguna manera eso te vuelve humana por un momento. Hay como un relámpago de orden y llego a entender palabras sueltas. Siento un deseo fugaz, pero al separarnos veo tu monstruosidad y no puedo evitar empujarte lejos de mí. Tu válvula grita y tu extremidad articulada me tira algo que quema. Es un cigarrillo. Lo violento y súbito del gesto te devuelven algo de tu humanidad, hay un desafío que funciona como un filtro que te ordena las partes. Me río y te atraigo a mí y te acaricio los senos y te beso el cuello y te toco los muslos y la entrepierna húmeda y te deseo tanto, sin duda eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, y tu boca tiene un sabor agrio por el tabaco y te separas del beso y me besas el pecho y te muevo con brusquedad y te penetro de nuevo. Te ríes y estoy muy pero muy enamorado y quiero que no te vayas nunca y te hago el amor y me encanta pero después eyaculo y te desvaneces y en tu lugar hay un ser informe que se agita y se contorsiona y está cubierto de una película de humedad que huele intensamente a algo erróneo. Huele a desviación y a monstruosidad. El cajón de los cubiertos ahora se abre y cierra sin parar. No quiero absolutamente nada con un ser así. Nada. Dos extremidades superiores se acercan y me rozan el pecho y el pelo, y la válvula succiona mi mejilla y emite un sonido breve e incomprensible. El monstruo reposa y su respiración parece regularizarse. La finísima piel cubre sus globos oculares sin volver a replegarse y su válvula mayor se cierra de forma aparentemente definitiva. De dos pequeños orificios de la cabeza sale y entra aire. Pero no es una nariz. ¿O sí? Hay algo de familiar en el orden de los miembros, en las piezas de la cabeza. En el color de la piel. El pelaje es parecido al cabello. Hay piernas. La válvula comienza a tener un cierto parecido a la boca humana. Lo que me atrapa en realidad parecen dos brazos suaves que abrazan sin amenaza. Hay como un lugar donde quedarse, en esos brazos. Donde descansar. ¿Puede ser? De repente es como si fueras una mujer durmiendo a mi lado. Quizás pueda estirarme para apagar la luz. Sin despertarte. Quizás pueda devolver el cenicero a la mesita y recostarme. Escuchar tu respiración. Creo que no te tengo miedo ni horror y que si ahora hablaras en sueños los sonidos formarían palabras. Tu piel me gusta. Te doy un beso en la frente. Dormida, sonríes y me abrazas más. Sí, quizás sí eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Un lugar donde quedarse. Apago la luz.

Blog GREAT DELAY 



Great Delay it is compilation of emails from supplier Mr. Lee, from company "Mr. Lee Exportation Kingdom of Hapiness" (sic). 

Mr. Lee is maximum boss of company and he has shipment with great delay and Mr. Lucas Varela is waiting shipment and is now favourite client but he (Mr. Varela) is very angry because great delay.
All season one of Great Delay was history of shipment that never arrive to Mr. Varela and it is history of anger of Mr. Lee because Mr. Varela put emails in blog, private emails and now everybody read emails and make fun of Mr. Lee little english capacities. You can read complete season one (in order, this is mean first you read chapter 1, then you read chapter 2, etcetera, because if you read without order you have confusion) in index of emails.

Season two begin Monday 5, May, 2011, and it is end in January when no more email and then company name and shipment in bottom of sea, so also never arrive.

Season 3 it is no season but new era of friendship, this because new company name and new ship in sea, so new contract with no guilty of past events. "Guilty of past events, no use to profit business, so forgive and start new era", that is Nietzsche famous phrase, german thinking of very high quality.


From: Lee**** @***paradise.hk

To: lucas****@****.es
Sent: Monday, April 29, 2013.
Subject: 金龍天 / theory of human emotion / suicide method / celebrate!

Dear Mr. Varela,


Here it is theory I think sunday morning, no working because sunday it is Golden Dragon Day (GDD, or 金龍天), obligation to relax in all China and Hong Kong.
Theory it is of human emotion, it is classify in HAPPY and SAD, big categories, very general, and then you put emotions inside category. For example 'hate' emotion it is put in sad because it is mean wish to kill and war. On other hand, 'love' maybe put in happy, if consumated (it is mean love making, naked bodies under blanket, slide of skin with soul mate, hand in hand, go to movie but no watching of movie because sweet kiss in mouth, then walk in beach or under rain) but 'love' also maybe put in sad category, when no simmetry, no love in other person, and so no kiss and no walk in beach, nothing but violent breaking of heart in various pieces and crying in dark of room and then sleep in wet pillow (consequence of tears in pillow).


'Anger' also put in sad general category, similar to hate. 'Depression' it is escence of sad, it is mean perception of glass empty in half, all day sadness and wet pillow, and maybe drastic suicide by method of head in oven with open gas and close window, or jump down of roof of building (very tall bulding or short falling it is mean no dead but break of legs!) or jump when train come so train it is passing over or maybe more classic method like bullet in head or hang with rope in neck and kick chair.


Then it is euphoria, opposite of depression, it is escence of happiness, for example after winning bet or when drink of wine bottle, complete bottle only one person so very drunk in happiness, or after consumation of love (it is mean coitus), euphoria and then sleep like baby. Today I am in this part of human emotion, euphoria. Very much euphoria it is in my mind and body, but not because bet winning or love making but because I receive phone call: ship it is in time, it is now in port of japan, like in schedule prediction, first time in life of Mr. Lee I see ship in port like schedule prediction, so euphoria. Liu Kang, my assistant, celebrate with me with techno dancing. He usually in depression part of human emotion, but today double Prozac and celebrate!


On regards of shipment you await: everything on time! That is correct, baby, no delay, ship in japan, like schedule, shake of ass in celebrate!


Best regards,


Mr. Lee.


domingo, 10 de abril de 2016

Botella al mar- Julio Cortázar

Botella al mar 

         Epílogo a un cuento Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco en cuyo borde se alza la casa desde donde le escribo; como si la atara al cuello de una de las gaviotas que pasan como latigazos de sombra frente a mi ventana y oscurecen por un instante el teclado de esta máquina. Pero una carta de todos modos dirigida a usted, a Glenda Jackson en alguna parte del mundo que probablemente seguirá siendo Londres; como muchas cartas, como muchos relatos, también hay mensajes que son botellas al mar y entran en esos lentos, prodigiosos sea-changes que Shakespeare cinceló en La tempestad y que amigos inconsolables inscribirían tanto tiempo después en la lápida bajo la cual duerme el corazón de Percy Bysshe Shelley en el cementerio de Cayo Sextio, en Roma. 
        Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas, lentas botellas errando en lentos mares, tal como lentamente se abrirá camino esta carta que la busca a usted con su verdadero nombre, no ya la Glenda Garson que también era usted pero que el pudor y el cariño cambiaron sin cambiarla, exactamente como usted cambia sin cambiar de una película a otra. Le escribo a esa mujer que respira bajo tantas máscaras, incluso la que yo le inventé para no ofenderla, y le escribo porque también usted se ha comunicado ahora conmigo debajo de mis máscaras de escritor; por eso nos hemos ganado el derecho de hablarnos así, ahora que sin la más mínima posibilidad imaginable acaba de llegarme su respuesta, su propia botella al mar rompiéndose en las rocas de esta bahía para llenarme de una delicia en la que por debajo late algo como el miedo, un miedo que no acalla la delicia, que la vuelve pánica, la sitúa fuera de toda carne y de todo tiempo como usted y yo sin duda lo hemos querido cada uno a su manera.  
         No es fácil escribirle esto porque usted no sabe nada de Glenda Garson, pero a la vez las cosas ocurren como si yo tuviera que explicarle inútilmente algo que de algún modo es la razón de su respuesta; todo ocurre como en planos diferentes, en una duplicación que vuelve absurdo cualquier procedimiento ordinario de contacto; estamos escribiendo o actuando para terceros, no para nosotros, y por eso esta carta toma la forma de un texto que será leído por terceros y acaso jamás por usted, o tal vez por usted, pero sólo en algún lejano día, de la misma manera que su respuesta ya ha sido conocida por terceros mientras que yo acabo de recibirla hace apenas tres días y por un mero azar de viaje. Creo que si las cosas ocurren así, de nada serviría intentar un contacto directo; creo que la única posibilidad de decirle esto es dirigiéndolo una vez más a quienes van a leerlo como literatura, un relato dentro de otro, una coda a algo que parecía destinado a terminar con ese perfecto cierre definitivo que para mí deben tener los buenos relatos. Y si rompo la norma, si a mi manera le estoy escribiendo este mensaje, usted que acaso no lo leerá jamás es la que me está obligando, la que tal vez me está pidiendo que se lo escriba. 
        Conozca, entonces, lo que no podía conocer y sin embargo conoce. Hace exactamente dos semanas que Guillermo Schavelzon, mi editor en México, me entregó los primeros ejemplares de un libro de cuentos que escribí a lo largo de estos últimos tiempos y que lleva el 2 2 título de uno de ellos, Queremos tanto a Glenda. Cuentos en español, por supuesto, y que sólo serán traducidos a otras lenguas en los años próximos, cuentos que esta semana empiezan apenas a circular en México y que usted no ha podido leer en Londres, donde por lo demás casi no se me lee y mucho menos en español. Tengo que hablarle de uno de ellos sintiendo al mismo tiempo, y en eso reside el ambiguo horror que anda por todo esto, lo inútil de hacerlo porque usted, de una manera que sólo el relato mismo puede insinuar, lo conoce ya; contra todas las razones, contra la razón misma, la respuesta que acabo de recibir me lo prueba y me obliga a hacer lo que estoy haciendo frente al absurdo, si esto es absurdo, Glenda, y yo creo que no lo es aunque ni usted ni yo podamos saber lo que es. 
         Usted recordará entonces, aunque no puede recordar algo que nunca ha leído, algo cuyas páginas tienen todavía la humedad de la tinta de imprenta, que en ese relato se habla de un grupo de amigos de Buenos Aires que comparten desde una furtiva fraternidad de club el cariño y la admiración que sienten por usted, por esa actriz que el relato llama Glenda Garson pero cuya carrera teatral y cinematográfica está indicada con la claridad suficiente para que cualquiera que lo merezca pueda reconocerla. El relato es muy simple: los amigos quieren tanto a Glenda que no pueden tolerar el escándalo de que algunas de sus películas estén por debajo de la perfección que todo gran amor postula y necesita, y que la mediocridad de ciertos directores enturbie lo que sin duda usted había buscado mientras los filmaba. Como toda narración que propone una catarsis, que culmina en un sacrificio lustral, éste se permite transgredir la verosimilitud en busca de una verdad más honda y más última; así el club hace lo necesario para apropiarse de las copias de las películas menos perfectas, y las modifica allí donde una mera supresión o un cambio apenas perceptible en el montaje repararán las imperdonables torpezas originales. Supongo que usted como ellos, no se preocupa por las despreciables imposibilidades prácticas de una operación que el relato describe sin detalles farragosos; simplemente la fidelidad y el dinero hacen lo suyo, y un día el club puede dar por terminada la tarea y entrar en el séptimo día de la felicidad. Sobre todo de la felicidad porque en ese momento usted anuncia su retiro del teatro y del cine, clausurando y perfeccionando sin saberlo una labor que la reiteración y el tiempo hubieran terminado por mancillar. 
          Sin saberlo... Ah, yo soy el autor del cuento, Glenda, pero ahora ya no puedo afirmar lo que me parecía tan claro al escribirlo. Ahora me ha llegado su respuesta, y algo que nada tiene que ver con la razón me obliga a reconocer que el retiro de Glenda Garson tenía algo de extraño, casi de forzado, así al término justo de la tarea del ignoto y lejano club. Pero sigo contándole el cuento aunque ahora su final me parezca horrible puesto que tengo que contárselo a usted, y es imposible no hacerlo puesto que está en el cuento, puesto que todos lo están sabiendo en México desde hace diez días y sobre todo porque usted también lo sabe. Simplemente, un año más tarde Glenda Garson decide retornar al cine, y los amigos del club leen la noticia con la abrumadora certidumbre de que ya no les será posible repetir un proceso que sienten clausurado, definitivo. Solo les queda una manera de defender la perfección, el ápice de la dicha tan duramente alcanzada: Glenda Garson no alcanzará a filmar la película anunciada, el club hará lo necesario y para siempre. 
       Todo esto, usted lo ve, es un cuento dentro de un libro, con algunos ribetes de fantástico o de insólito, y coincide con la atmósfera de los otros relatos de ese volumen que mi editor me entregó la víspera de mi partida de México. Que el libro lleve ese título se debe simplemente a que ninguno de los otros cuentos tenía para mí esa resonancia un poco nostálgica y enamorada que su nombre y su imagen despiertan en mi vida desde que una tarde, en el Aldwych Theater de Londres, la vi fustigar con el sedoso látigo de sus cabellos el torso desnudo del marqués de Sade; imposible saber, cuando elegí ese título para el libro, que de alguna manera estaba separando el relato del resto y poniendo toda su carga en la cubierta, tal como ahora en su última película que acabo de ver hace tres días aquí en San Francisco, alguien ha elegido un título, Hopscotch, alguien que sabe que esa palabra se traduce por Rayuela en español. Las botellas han llegado a destino, Glenda, pero el mar en el que derivaron no es el mar de los navíos y de los albatros.
        Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que había venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos a divertirnos ante la coincidencia del título de esa película y el de la novela que sería uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar su nombre en una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo, eso no era nada hasta que la botella se hizo pedazos en la oscuridad de la sala y conocí la respuesta, digo respuesta porque no puedo ni quiero creer que sea una venganza. 
        No es una venganza sino un llamado al margen de todo lo admisible, una invitación a un viaje que solo puede cumplirse en territorios fuera de todo territorio. La película, desde ya puedo decir que despreciable, se basa en una novela de espionaje que nada tiene que ver con usted o conmigo, Glenda, y precisamente por eso sentí que detrás de esa trama más bien estúpida y cómodamente vulgar se agazapaba otra cosa, impensablemente otra cosa puesto que usted no podía tener nada que decirme y a la vez sí, porque ahora usted era Glenda Jackson y si había aceptado filmar una película con ese título yo no podía dejar de sentir que lo había hecho desde Glenda Garson, desde los umbrales de esa historia en la que yo la había llamado así. Y que la película no tuviera nada que ver con eso, que fuera una comedia de espionaje apenas divertida, me forzaba a pensar en lo obvio, en esas cifras o escrituras secretas que en una página de cualquier periódico o libro previamente convenidos remiten a las palabras que transmitirán el mensaje para quien conozca la clave. Y era así, Glenda, era exactamente así. ¿Necesito probárselo cuando la autora del mensaje está más allá de toda prueba? Si lo digo es para los terceros que van a leer mi relato y ver su película, para lectores y espectadores que serán los ingenuos puentes de nuestros mensajes: un cuento que acaba de editarse, una película que acaba de salir, y ahora esta carta que casi indeciblemente los contiene y los clausura. 
       Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del FBI y del KGB, amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de best-sellers la publique en español. Una imagen hacia el final de la película muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Pantheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscotch. Usted, como siempre, es joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del club entendí que solo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque usted lo ha querido así, porque sólo ese doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel para su próxima película. 
                                                                                                             Berkeley, California, 29 de septiembre de 1980

sábado, 9 de abril de 2016

La Justicia se pone en carrera

Un país donde la Justicia haga su trabajo, tenga mayor dotación y mejora del presupuesto y sea honesta, eficiente y realmente pueda ejercer con independencia de poderes (y sanciones para aquellos funcionarios judiciales que se aparten de ese camino ético) es uno de mis sueños desde el día en que decidí estudiar abogacía y con 17 años entré en la UMSA.

No en vano estoy peleando por los Tribunales propios para mi ciudad de Avellaneda, que fue una sede de mando de la corrupción kirchnerista para la Pcia de Buenos Aires.

Duele saber que hasta que los medios no lo dicen explícitamente y con mucho ruido la ciudadanía se muestra apática frente al delito de usurpación del edificio que estaba destinado a ser Departamento Judicial de Avellaneda y al que le pusieron el bochornoso nombre de EDIFICIO MUNICIPAL DR. BALTASAR GARZÓN REAL, quien fuera el asesor legislativo del proyecto: Cristina Eterna.

Sé que tarde o temprano este ideal se producirá, pero quizás tarde otra década, porque el Intendente es uno de los responsables de la caja negra vinculada con operaciones de lavado y corrupción de los máximos dirigentes políticos (valga la redundancia porque Máximo tenía su oficina de trabajo en la sede de Racing Club, en Av Mitre) y según pude confirmar algunos personajes nefastos de la curia local tenían relaciones "deportivas" con ese club.

Nos vamos a dormir pero NO nos vamos a dormir.

Lu.

domingo, 3 de abril de 2016

Manuel Rivas



03 DE ABRIL DE 201601:37








HE conocido mucha gente que ama el mar como una matria.





Gente que nació con escamas, llevada por la madre en el canastro del pescado después de dar a luz en un camino solitario. Gente para quien la misma barca fue cuna y ataúd. Gente que naufragaba al pisar la tierra. Que se ahogaba cuando estaba lejos del agua como quien respira por branquias.





Mis héroes son navegantes solitarios, de la estirpe de ­Joshua Slocum, que eligió el hogar universal de una balandra para olvidar el desamor; el enigmático Bas Jan Ader, que hizo de su adiós oceánico una obra de arte, o la muchacha Laura Dekker, nacida en un barco, que dio la vuelta al mundo a los 16 años, y que llevaban un pasaporte no impreso por ninguna burocracia, la proclama de Baudelaire: “¡Para siempre, si eres ser libre, amarás a la mar!”.





Y aún entre ellos, Ánxel Vila, patrón del Xurelo, que en 1981 se jugó vida y barco para impedir el vertido de residuos radiactivos en la Fosa Atlántica.





Conozco gente que sabe los nombres del mapa submarino, el poema infinito de la talasonimia, con sus valles, colinas, abismos, grutas, senderos, prados de luminarias, santuarios nupciales, almeiros de cría, paraísos de cardume, pecios y naufragios, y las marcas del miedo, los infiernos del esquilme, la dinamita y las pestes químicas.





Sí, he conocido, conozco, mucha gente fascinada por el mar.





He leído noticias y he sido también testigo como periodista de algún primer encuentro. De gente muy mayor o muy joven que vivía esa experiencia por vez primera: la de poder ver el mar. Ese esperar a ver qué decían, cómo reaccionaban. Al acecho de la frase histórica que casi nunca se daba. Y echabas mano de un recuerdo de Galeano, la del niño que le dijo al padre delante del océano: “¡Ayúdame a mirar!”. A veces, el momento cósmico se hacía cómico, cuando un pícaro del grupo rompía el encanto: “¿Cuándo podemos tomar el helado, profe?”.





Pero ahora mismo, en la memoria, 20 años después, nada comparable a lo que ocurrió con Nanna Hatari. Tenía ocho años en el verano de 1996. Venía de los campamentos del exilio saharaui en el pedregal inhóspito de Tinduf, al igual que otros miles de niños acogidos por familias españolas. Ella ya había nacido en la diáspora de un pueblo expulsado de sus hogares, de su país, en 1975, en aquella operación infame en la que se permutó el dominio y la potencia marroquí ocupó el lugar de España, que se desentendió de aquellos que hasta entonces consideraba compatriotas y que tenían su propia representación en las Cortes franquistas. Los saharauis quedaron abandonados a su suerte. Mantuvieron la dignidad en ese tablero infernal. Bombardeados con napalm, perseguidos por la maquinaria bélica pesada, proclamaron la República Árabe Saharaui Democrática el 27 de febrero de 1976, en Bir Lehlu, todavía en el Sáhara Occidental. Se han cumplido 40 años. Y pese a todos los muros de cautiverio y silencio, sigue rechinando la injusticia en el calor del Sáhara. Y en la costa, una incesante declaración de libertad.





En el éxodo participaron los abuelos y padres de Nanna Hatari, huidos de la costa, cerca de El Aaiún. En el desierto, en la inclemencia de Tinduf, a cientos de kilómetros, todas las noches Nanna oía hablar del mar. De alguna forma, oía al mar. El mar era el ser vivo, extraordinario, de un relato que iba más allá de la magia. Porque parte del hechizo del mar es que su realismo es mucho más potente que lo mágico. Habían ocupado su hogar, sus posesiones. Pero había algo indomable que no podrían capturar ni encerrar.


Para Nanna el mar era un mito y, a la vez, algo muy personal. Una pertenencia. El mar era suyo. Era inmenso, inabarcable, pero podría abrazarlo.





Cuando lo vio por vez primera, en la Costa da Morte, en Galicia, su reacción fue de una sorprendente serenidad. No sabía nadar, pero no parecía importarle. Su confianza en el mar era absoluta. Era frágil y flaca, pero ya con un aura que le permitía encararse con la línea del horizonte. Ella tomaba contacto por vez primera con lo imaginado. Y el mar parecía corresponderle: también la reconocía como parte de su imaginación. De su profundidad habitada.





En los dos veranos que estuvo con nosotros, Nanna no se separó del mar. Todo lo demás era secundario, o pasaba a serlo cuando, al fin, tomábamos rumbo hacia la costa. No parecía necesitar nada más. La felicidad es una de esas palabras grandilocuentes que tanto engaño suelen causar. Pero hay momentos en la vida en que le ves el rostro y la encarnadura a esas palabras esquivas y puteadas.





Recuerdo haber visto la felicidad hace 20 años. En aquella niña saharaui llamada Nanna y en el mar de espuma que la abrazaba. Y eso, la vuelta al mar, es un sueño del desierto que la infamia no podrá borrar


Manuel Rivas


Escritor, poeta y ensayista nacido en A Coruña en 1954. Ha compaginado su trayectoria periodística en radio, prensa y televisión con su faceta de escritor. En 2009 fue elegido miembro de la Real Academia Gallega y en octubre de 2011 distinguido con el título de doctor honoris causa por la Universidad de A Coruña.

¿Y no será esto el socialismo?


Almudena Grandes

Y AL FINAL, EL SOCIALISMO

Juan vivía con su hija como si no viviera, como si la muerte de su esposa le hubiera arrancado la vida sin otorgarle el descanso de la muerte.
 03 DE ABRIL DE 201601:41


FUE la hija de Juan quien les animó con una sonrisa radiante.

–Me he enterado de que el spa que acaban de abrir en la plaza hace descuento para los jubilados –comentó mientras vaciaba el carro de la compra–. Hay piscinas de agua fría, caliente, cursos de natación… ¿Por qué no te apuntas con Pablo? A los dos os vendría muy bien hacer un poco de ejercicio.

Desde que se quedó viudo, Juan vivía con su hija como si no viviera, como si la muerte de su esposa, a la que había cuidado sin descanso durante una década, desde que tuvo un accidente vascular del que quedó malparada, le hubiera arrancado la vida sin otorgarle el descanso de la muerte. Pablo, el mejor amigo de toda su vida privada y pública, compañero de trabajo en la fábrica desde que ambos entraron de aprendices, compañero de militancia política y de lucha sindical, de comité de empresa, de mus, de dominó y de lo que hiciera falta, vivía plácidamente con su mujer. Los dos estaban bien de salud, pero él se aburría bastante. Ella no, porque asistía a un club de lectura los lunes, a clases de manualidades los martes, a aquagym el miércoles, a cocina los jueves… ¡Claro que sí, Juan!, por eso se entusiasmó tanto con la propuesta de su amigo, vamos a apuntarnos, anda. Mi señora no para en casa con todas esas cosas que hace y parece que se divierte mucho, así que, ¿por qué no vamos a divertirnos nosotros?

Juan no las tenía todas consigo, pero se dejó llevar. Se compró un bañador, un gorro, una toalla, unas chanclas y hasta una bolsa de deporte, porque desde que vivía con su hija no se gastaba ni la mitad de la pensión. El primer día estuvo a punto de rajarse porque le daba vergüenza quedarse desnudo en un vestuario y hasta estrenar cosas, a su edad, pero Pablo llamó al timbre a las diez y media de la mañana y, por la fuerza de la costumbre, se fue con él. Desde hacía cincuenta años siempre habían ido juntos a todas partes, y el spa de la plaza no podía ser una excepción, aunque lo primero que hizo la señorita que les atendió en la recepción fue separarlos.

En un despacho pequeño y luminoso, otra señorita con bata blanca, tan mona, tan joven, tan saludable como la que le había guiado hasta allí, apuntó en una ficha sus datos médicos, le auscultó, le pesó y le tomó la tensión. Pues vaya, pensó Juan, ni que esto fuera el centro de salud… Luego le tocó esperar un buen rato hasta que Pablo salió del despacho. Fueron juntos hasta el vestuario, se desnudaron entre otros hombres de su edad y, con el bañador puesto y las carnes colgando, fueron en fila india hasta la primera piscina.

La monitora de su grupo se llamaba Clara y era mucho más mona que sus colegas de la bata blanca, quizás porque llevaba un bañador de nadadora color burdeos que le sentaba como un guante. Vamos a empezar por el calentamiento, propuso. Les invitó a meterse en el agua, que estaba tibia, deliciosa, y empezó a mover los brazos, las piernas, ejecutando movimientos suaves, fáciles de seguir. Después de un cuarto de hora, les dejó diez minutos de relajación y Juan disfrutó todavía más chapoteando con Pablo como un chiquillo, pero eso fue solo el principio. Tras el agua tibia, pasaron al agua fría, donde cada uno tenía que nadar por su propia calle bajo la vigilancia de otras monitoras, monísimas todas, que corregían sus errores con una sonrisa imperturbable, animándolos y aplaudiéndolos como si estuvieran preparándose para unos Juegos Olímpicos. Al salir de la piscina, Juan ya reconocía para sí mismo que no se lo había pasado tan bien en mucho tiempo. Por su gusto, habría seguido en el agua dos horas más, pero enseguida comprobaría que la tierra firme también podía ser placentera. Diez minutos de sauna, anunció Clara, y luego, veinte de baño turco, ya veréis qué bien nos sienta… ¡Ah!, le preguntó Pablo en un susurro, ¿pero ella va a entrar con nosotros? No entró, pero les explicó muy bien qué tenían que hacer, cómo alternar el calor seco y el húmedo, las duchas templadas y las frías. ¿Qué tal?, les preguntó al final. Maravilloso, contestó Juan, de verdad, estamos encantados, no sabría decirte qué me ha gustado más. Te lo digo yo, volvió a sonreír ella, lo que más te va a gustar es lo que viene ahora.

Y en la sala de masaje, tumbados en dos camillas contiguas, boca abajo, mientras la última remesa de señoritas monísimas, de nuevo con bata blanca, les estiraban las piernas, los pies, masajeándolos con la dosis exacta de firmeza, suavidad y una crema espesa y fresca que olía a menta, Pablo se volvió hacia él.
–Oye, Juan… ¿Y no será esto el socialismo?