sábado, 4 de marzo de 2017

Nomenvasía

Manuel Mujica Lainez – 



Casi siempre, prefiere recordarse a Manuel Mujica Lainez (1910-1984) en sus farandulescas fiestas de cumpleaños de la casa porteña de Belgrano, en ciertas esotéricas reuniones de la finca cordobesa “El Paraíso”, en la pose entre irónica y altiva elegida para dejarse fotografiar por la prensa. Amigos y detractores han elegido así, insistentemente, una imagen de Mujica Lainez –o de Manucho, como le decían– marcada por la frivolidad. Del lado del elogio, la frivolidad se convierte en un goce profundo de la vida, en una capacidad para disfrutar de lo cotidiano y compartirlo en familia y con amigos. Del lado de la crítica, en cambio, la frivolidad se despliega en otro sentido: Mujica Lainez sería fútil, veleidoso, inconstante; su obra, por extensión, insustancial y ligera. Frente a la obsecuencia del círculo de pertenencia y la excesiva demanda de los medios que logran convertirlo en una suerte de “opinólogo” de su época, un cierto menosprecio acompaña el rechazo de lo que representa su figura de escritor tanto por su conservadurismo político como por el éxito de sus libros. 
Estas dos posiciones, inauguradas en la década de 1960 y definitivamente congeladas a mediados de la de 1970, apenas dan cuenta, sin embargo, de las complejidades de un autor entregado por completo a la escritura y de los matices de una obra constituida a lo largo de medio siglo. Sin dejar de ser parcialmente acertadas, ambas visiones aparecen hoy como efectos de las poses del propio autor y como lugares comunes que una lectura actual debería poder desmontar. Si la dedicación exhibe la intensidad de su relación con las letras, la obra despliega las obsesiones de Mujica Lainez y los trabajos de su imaginación: las formas de la belleza, los laberintos del deseo, los desbordes de la sensualidad. Por eso es allí, en todo caso, donde habría que volver para buscar qué hay de cierto en la frivolidad de Manucho. 
Alejandra Laera
Monemvasía
Monemvasía, 6 de agosto de 1974. Aquí, en Monemvasía, me aguardaba el sitio que tanto he buscado o, por decirlo mejor, con el que tanto soñé. Aquí hubiera querido vivir. Mientras organizo la partida, garabateo estos párrafos. Algo, misterioso y profundo, me repite que no he de regresar. Y así como Maurice Barrès, luego de recorrer el pequeño monasterio de Dafni, cerca de Atenas, escribió que dejaba en Dafni su corazón, escribo yo ahora que dejo mi corazón en Monemvasía. Durante una semana, he gozado de su hospitalidad. Lecturas y relecturas me habían preparado para ella, porque desde que, muy lejos, en el interior de la Argentina y en el azar de un libro, el nombre de Monemvasía surgió por primera vez bajo mis ojos, comprendí que una atracción secreta, todavía inexplicable, comenzaba a operar, y que ya no cejaría hasta emprender la peregrinación que la tendría por término. Pensaba yo que era algo similar a lo que años atrás me sucedió con una ciudad italiana, pero me equivocaba. Aquel fue para mí un paraje inspirador, sugeridor, que me exigía ser trasladado a muchos cuadernos minuciosos, mientras que Monemvasía es el lugar de encantamiento que no requiere su transposición literaria, sino que simplemente me insinúa, me pide que me quede, porque aquí sería feliz. 
No bien comenzó a perfilarse su roca estriada de ocre, delante del barco que me traía desde el Pireo, al cabo de siete horas de viaje, supe que la realidad de Monemvasía no solo no estaba destinada a defraudarme sino a sobrepasar la imagen fantástica que me había formado a través de arduas lecturas. Estaba delante de mí, extraña y obsesionante como un fondo de cuadro de Brueghel. La peña eleva su orgullo hasta trescientos metros sobre el nivel del mar. El Egeo la circunda y suele azotarla con tenaz violencia. Un puente la une al territorio, al Peloponeso, de modo que según se la considere es una isla y es una península. Los antiguos valoraron el mérito estratégico de esa singularidad, a la que Monemvasía debió su fama durante siglos. Porque Monemvasía, hasta hace poco olvidada, fue célebre. En las centurias medievales, su nombre retumbó a través de Grecia y de Italia y resonó en Constantinopla. Era el baluarte último, la fortaleza invencible, el escudo del Peloponeso señorial, erguido siempre frente a las máquinas de guerra y a los asedios. Era, en verdad, el refugio, y esa calidad está tan adentrada en sus piedras, que así la he visto yo ahora, ahora mientras Monemvasía sobrevive en medio de ruinas nostálgicas: como un refugio. Lo fue de gente muy diversa. En tiempos de Justiniano, hallaron auxilio aquí los griegos que huían de los eslavos invasores, y a partir de entonces la escena se reprodujo, como si la inmensa roca, tantas veces comparada con Gibraltar, fuese una diosa armada. ¡En cuántas y cuántas ocasiones pretendieron reducirla! No lo consiguieron los normandos, y sí lo consiguió Guillaume de Villehardouin, uno de los barones franceses establecidos en el Peloponeso, fue después de tres años de un sitio atroz, en el curso del cual los monemvasiotas devoraron a los gatos y a las ratas y terminaron por devorar sus propios cadáveres. Durante trece años, Monemvasía perteneció a Villehardouin, quien levantó parte de sus murallas. Al promediar el siglo XIII, el emperador griego de Constantinopla lo derrotó a su vez y lo tomó prisionero. Para recuperar la libertad, el paladín debió entregar, entre otras plazas fuertes, a Monemvasía. Bizancio la dominó hasta el siglo XV, y mi ciudad conoció centurias de esplendor. Gran centro comercial, en cuyos muelles fondeaban las naves ricas que acudían de Oriente y de Europa, base militar y sede religiosa, acogió a filósofos, a sabios, a príncipes. Veneciana de 1446 a 1540; bizantina de nuevo; posesión del Papa, quien planeó ubicar en ella una academia consagrada a los estudios clásicos; veneciana una vez más; y turca; y veneciana y turca; hasta que en 1821 los patriotas helenos la sitiaron renovando la trágica historia de sus asedios crueles, y la liberaron por fin, con lo cual Monemvasía tuvo el privilegio de ser la primera ciudad griega que sacudió la otomana esclavitud… Cada una de esas etapas dejó su huella en su rostro. Aquí, en un relieve, es un descabezado león de Venecia; allá, un cañón turco; más allá, una cruz de Bizancio, un águila bicéfala. Tal paño de muralla, muy derruido, evidencia ser, por su composición, obra de los ingenieros de un dux; tal otro es muy anterior. De las viñas ilustres, apenas resta el recuerdo. En ellas afirmó Monemvasía, antaño, su prestigio refinado, porque con sus uvas se elaboraba el vino dulce que en Francia llamaban Malvoisie; en Italia, Malvasía; y Malmsey en Inglaterra. Pero los turcos arrasaron y quemaron las viñas. Sobre ellas, como sobre las murallas y sobre el caserío, anduvieron la Destrucción, la Decadencia y el Olvido, como fabulosas arañas que tejieran sus redes grises de fachada a fachada, de calleja a calleja, de ruina a ruina. ¿Será eso lo que me sedujo? ¿La poesía de esa desolación, de ese abandono? ¿La traza de madriguera, de laberinto pétreo, que todo tiene aquí? ¿El enorme silencio y el enorme canto del mar? Durante la semana entera, la luna blanqueó las fortificaciones, y el viento sopló en el puente que enlaza a la vieja Monemvasía con la actual, la sin carácter, la de los negocios y los cafés. Y durante la entera semana no paré de imaginar lo muy hermoso que sería vivir aquí. En ese tiempo, la exploré de punta a punta. Visité las iglesias de la parte baja, la de Elkómenos, donde se ha salvado, nadie sabe por qué prodigio, una admirable tabla pintada, una Crucifixión del 1300, en tanto que el icono del Cristo Llagado maravilló tan intensamente al emperador Isaac el Ángel, que se lo llevó a Constantinopla. He trepado, como pude, las escaleras y senderos infinitos que a través de peñascos conducen a la parte más alta, allá donde, entre cisternas seculares que recogen el agua de lluvia, la pequeña iglesia de Santa Sofía, revestida, como por un manto multicolor, por su perfección arquitectural, ora junto al abismo. Y me he metido en el dédalo de las superpuestas callejuelas, como si me internase en un grabado negro y gris; me he asomado a habitaciones como grutas y a terrazas de la Bella Durmiente, que invade la hierba mustia o sombrea una higuera solitaria. De noche, apenas unos escasos faroles de aceite alumbran los peldaños que se hunden en la oscuridad y en la leyenda. Pero la luna suple y mejora cualquier iluminación. Y entonces uno esperaría que el Señor de Villehardouin, Príncipe de Acaia (el que casó muchas veces, y a los cuarenta años se consideraba viejo, quizás con razón), descendiera esos mismos escalones haciendo crujir sus metales, o que los subieran, desnudas las cimitarras, los soldados del Sultán. En lugar de ellos, unos pocos turistas requieren, a los tropezones, el socorro de la única taberna, y pronto se oye freír los pescados, las “barbunias”, que brillan como el casco de Villehardouin. De la posibilidad de la guerra y de los afanes de Chipre, nadie habla. Se habla mucho, eso sí, de política, porque los griegos son habladores, y desde temprano. Cuando cruzo a desayunarme, bajo un gran toldo, en un café de la zona nueva, ya están los griegos conversando y arrojando apasionadamente los dados sobre el tablero del juego de “tabli”, aunque no sea domingo. El barco que nos comunica con el Pireo y con Atenas viene dos veces por semana, el ómnibus diario que va a Esparta no trae más que periódicos en griego. Este es, pues, un paraíso, al que embellecen el fulgor esmaltado del mar, la geometría policroma de las montañas y el dibujo poético del caserío. Sí, aquí habría que vivir, pero ¿por cuánto tiempo? Porque Monemvasía, como tantos otros lugares descollantes, empieza a demostrar que en su reclusión y alejamiento reside el peligro de su fin. Ya la acecha el turismo devorador; ya la señalan los periodistas; ya se la fotografía y comenta; ya los comerciantes se atreven a descontar su futuro; ya la rondan los ricos perezosos y celosos, cuyos yates comienzan a detenerse, aunque sea por unas horas, en el puerto, entre las barcas. Se aviva la curiosidad, ante la actitud de unos cuantos que, sagazmente, distinguieron las posibilidades de refugio que destacan a Monemvasía y que, como antes dije, constituyen su rasgo histórico esencial. Esos buscadores de paz, artistas, estudiosos, adquirieron, hace años, los vestigios de unas casas y las reconstruyeron. Entonces se vendían por cuarenta mil dracmas. Ahora, los asombrados propietarios –muchos de ellos ancianas o pescadores– piden un millón por meros escombros. Y lo obtienen. En las plazoletas, en los recodos de las escalinatas, noto los síntomas afiebrados de la restauración. Tensos piolines marcan niveles; acumúlanse tejas y vigas; se preservan las piedras venerables, los fragmentos de mármol. Felizmente, desde Mistra, cerca de Esparta, los arqueólogos velan, y los planos necesitan su aprobación para llevarse a cabo. Se desea conservarle a la población su fisonomía, y evidentemente se lo logra. Monemvasía colabora en la labor, ofreciendo sus tesoros. Así, por ejemplo cuando sin permiso me deslicé en una de esas casas que se reconstruyen, tuve la sorpresa de encontrarme, al bajar su escalera empinada, con una eclesiástica cripta que hasta hoy defendió el tiempo y que la piqueta devolvió a su dueño flamante. Y doquier aparecen las balas de piedra, redondas, de cualquier tamaño, que se emplean en la decoración. Todo esto está muy bien, y Monemvasía, apuntalada, refrescada, “maquillada”, exhibirá un rostro digno de sus épocas mejores. Conservará su rostro, pero ¿conservará su alma? Me parece difícil. El poder vigilante de los arqueólogos se reduce a lo exterior. Monemvasía, actualmente asediada, será invadida una vez más, en esta ocasión por la turba barullera de los que no pueden tolerar que otros se aíslen, sin aislarse ellos también, porque si el aislamiento significa un privilegio, entonces hay que aislarse, hay que pagar para aislarse, o sea para estar con los que se aíslan. Y al actuar así no advierten que lo que hacen no es ganar el privilegio, sino destruirlo, pues el aislamiento deja de ser tal, obviamente, si es compartido por la multitud: en este caso, por la peor multitud, esa, lujosa, que va de isla en isla, de valle en valle, de cumbre en cumbre, persiguiendo las huellas de los que en verdad necesitan estar solos, o acompañados por unos pocos que participan de su sensibilidad. Sí, Monemvasía saldrá ganando, y si yo volviera aquí dentro de cinco años, la vería transformada en una ciudad de cuento, un precioso entrecruzarse de almenas, de arcos, de puentes, de ojivas, de cúpulas, de tejados (de ventanas cerradas, asimismo tras las cuales se ampararán las víctimas del asedio)… una red de callejas románticas que transitarán grupos anhelosos, fotografiantes, precedidos por guías masculinos y femeninos que vociferarán en varios idiomas y con pronunciaciones múltiples el nombre de Villehardouin. Pero no volveré. 
De Placeres y fatigas de los viajes I-II (1984)

La pulsera de cascabeles 1720

 
La pulsera de cascabeles 1720
Por el ventanuco enrejado, Bingo espía a los negreros ingleses. Sus figuras se recortan en la barranca del Retiro, con fondo de crepúsculo, más allá de las higueras y de los naranjos. Fuman sus largas pipas de tierra blanca, con los sombreros echados hacia atrás, y sus casacas color pasa, color aceituna, color miel y color tabaco se empañan y confunden sus tonos frente al esclavo que llora. Bingo vuelve los ojos hacia su hermana muerta, que yace junto a él sobre el suelo duro. A lo largo de la habitación, apíñanse los cuerpos sudorosos. Hay treinta o cuarenta negros, hombres y mujeres, los unos sobre los otros, como fardos. Su tufo y sus gemidos se mezclan en el aire que anuncia el otoño, como si fueran una sola cosa palpable. 
En la barranca, los ingleses de la South Sea Company pasean lentamente. Rudyard, el ciego, tantea la tierra con su bastón. Ríe de las bromas de sus compañeros, con una risa pastosa que estremece sus hombros de gigante. Se han detenido frente a la fosa que cavan los africanos, más allá de la huerta. Ya sepultaron a doce apestados. Basta por hoy. 
Bingo salmodia con su voz gutural, extraña, una oración por la hermana que ha muerto. Su canto repta y ondula sobre las cabezas de los esclavos como si de repente hubiera entrado en la cuadra una ráfaga del viento de Guinea. Incorpóranse los otros encarcelados y mientras la noche desciende suman sus voces a la melopea dolorosa. 
Pero a los empleados de la South Sea Company poco les importan los himnos lúgubres. Están habituados a ellos. Tampoco les importa la peste que diezma a los cautivos. Mañana fondeará en el Riachuelo un barco que viene de África con cuatrocientos esclavos más. Los negocios marchan bien, muy bien para la Compañía. Hace siete años que adquirió el privilegio de introducir sus cargamentos en el Río de la Plata, y desde entonces más de una fortuna se labró en Londres, más de un aventurero adquirió carroza y se insinuó entre las bellas de Covent Garden y del Strand, porque en el otro extremo del mundo, en la diminuta Buenos Aires, los caballeros necesitan vivir como orientales opulentos, dentro de la sencillez de sus casas de vastos patios. 
Rudyard, el ciego, muerde la pipa blanca. Pronto llegará la hora de buscar a su favorita, a Temba, la muchachita frágil que lleva en la muñeca su pulsera de cobre con tres cascabeles. Ignora que Temba ha muerto también. Ignora que en ese mismo instante Bingo, su hermano, la está despojando del brazalete. 
Desnúdase la noche, velo a velo. El edificio de la factoría comienza a fundirse con las sombras. Los negreros se enorgullecen de él. Es uno de los pocos de Buenos Aires que cuenta con dos pisos. Se levanta en las afueras de la ciudad, entre enhiestos tunales, en un solar que antes perteneció al gobernador Robles, al general don Miguel de Riglos y a la Real Compañía portuguesa, y que se extiende con más de mil varas de frente, sobre el río, y una legua de fondo, hacia la llanura. 
A esa casa regresan los ingleses. Junto a la fosa, sobre la tierra removida, las palas quedaron espejeando, abandonadas a la luz de las estrellas. En la galería los hombres se separan de Rudyard. Ríen obscenamente porque saben a dónde va. Palmean las anchas espaldas del ciego, quien se aleja, vacilando, hacia la cuadra hedionda. 
Su mujer de la pulsera… su mujercita de la pulsera… Bajo los ojos incoloros, inmóviles, terribles, apagados para siempre por la enfermedad cruel de Guinea, se le frunce la nariz y le tiembla la papada colgante. Esto de la pulsera de cascabeles es invención suya, solo suya. Cuando descargan en el Retiro una remesa de África, Rudyard anda una hora entre las hembras, manoseándolas o rozándolas apenas con las yemas sutiles. Hasta que escoge la preferida y le ciñe, para reconocerla entre el rebaño oscuro, la pulsera de cobre. Nunca se equivoca en la elección. Sus compañeros lo comentan chasqueando la lengua, maravillados. Ni tampoco osará la mujer quitarse la ajorca. Una lo hizo y recibió cien azotes, a la madrugada. Había muerto ya cuando iban por la mitad de la cuenta. Su cabeza pendía a un costado, como una gran borla crespa, y seguían azotándola. 
El ciego palpa los muros. Titubea su bastón. Su mujercita de la pulsera, miedosa, fina… Será su última noche, porque mañana aparecería por la factoría, después de atravesar la ciudad por el camino del bajo, desde la barraca del Riachuelo, la caravana de carne nueva. 
Descorre el cerrojo y empuja la puerta. Su enorme masa ventruda bloquea la entrada. Llama impaciente: 
—¡Temba! ¡Temba! 
En el rincón le responde el son familiar de los cascabeles, asustado. El ciego sonríe. Noche a noche repite la escena que le divierte. Se hace a un lado para que la muchacha pase. La cazará al vuelo, al cruzar la puerta, como si fuera un pájaro veloz, y la arrastrará al jardín. 
Bingo se alza y toca en silencio la mejilla de su hermana. Sesenta ojos están fijos en él. Brillan en la inmensa habitación, como luciérnagas. Solo los ojos de Rudyard, espantosamente claros, no relampaguean. Todo calla en torno suyo. Se oyen las respiraciones jadeantes. El olor es tan recio que, con estar acostumbrado a él, el inglés se lleva una mano al rostro. 
El negro es elástico, delgado y pequeño como su hermana. Se le señala el esqueleto bajo la piel. Avanza encorvado hacia el enemigo y a su paso los cuerpos de ébano se apartan, sigilosos. 
—¡Temba! ¡Temba! 
Temba descansa para siempre, rígida, y Bingo levanta en la diestra, como una sonaja de bailarín, la pulsera de cobre. Solo tres metros le separan ahora del gigante ciego. Calcula la distancia y de un brinco salta por el vano de la puerta. Rudyard le arroja el bastón entre las piernas, pero yerra el golpe. Las sonajas cantan su victoria afuera, en la galería. 
Rudyard asegura los cerrojos y se echa a reír. Arriba, los negreros ríen también, borrachos de gin, acodados sobre la mesa como personajes de Hogarth. Escuchan los trancos inseguros del ciego, los choques de su bastón contra las columnas, la vocecita de los cascabeles. 
—¡Temba! ¿Dónde estás? 
Temba está en la cuadra, con los brazos sobre los pechos de mármol negro. Los esclavos no osan acercarse. Se acurrucan en los rincones. Hoy no podrán dormir. Escuchan, escuchan, como sus amos, el claro repiqueteo de las bolas de cobre. 
Bingo baila, enloquecido, alrededor del hombracho. El inglés no para de reír y revolea su rama de pino. Han dejado el corredor y van el uno detrás del otro, hacia el declive de la barranca: el que huye, ágil como un simio; el perseguidor, pausado, macizo como un oso. Y todo el tiempo cantan los cascabeles. Hasta que Rudyard, fatigado, termina por enfurecer. Fustiga los limoneros, los perales. Embarulla los idiomas: 
—¡Temba! ¿Dónde te escondes? ¿Where are you, tigra? 
Sus botas destrozan las coles de la huerta, las cebollas, los ajos, las lechugas. 
Han alcanzado el lugar en el cual fueron sepultados los negros . Bingo salta sobre la fosa y hace sonar los cascabeles. Es como si una serpiente llamara entre las tunas, con sus crótalos, con su tentación. 
El ciego da un paso, dos, tres, balanceándose pesadamente, y su capuchón se derrumba en la humedad del hoyo. El negro no le concede un segundo de respiro. Levanta la pala como un hacha y, de un golpe, le parte el cráneo. Luego, sin un instante de reposo, empieza a cubrirlo de tierra. La pulsera de cascabeles lanza por última vez su pregón al aire, cuando cae en la fosa, sobre la casaca color aceituna. 
En la factoría roncan los ingleses su borrachera, y los esclavos despiertos se abrazan, tiritando de frío. 
De Misteriosa Buenos Aires (1951

Narciso de Mujica Láinez

Narciso
Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo. 
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia. 
Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en 
la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador. 
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne, cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento, se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Este sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior. 
Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono. 
Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así la mañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullando desconsoladamente. 
Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna –y que podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles– cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal. 
Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, y empezaron a destrozarle la ropa . 
1969
De El brazalete y otros cuentos (1978) 
Los dominios de la belleza. Antología de relatos y crónicas Manuel Mujica Lainez / Alejandra Laera (Autor / Selección y prólogo). Fondo de Cultura Económica Argentina.

miércoles, 1 de marzo de 2017

La perra Vasili Grossman



En su infancia pasó hambre y no tuvo hogar; sin embargo, la infancia es la época más feliz de la vida.

Su primer mayo –esos días primaverales a las afueras de la ciudad– fue especialmente bueno. El olor de la tierra y de la hierba joven colmaban su alma de alegría. Sentía una punzante, casi intolerable dicha; a veces era demasiado feliz como para incluso comer. Todo el día había un vapor verde y cálido en su cabeza y en sus ojos. Se agachaba sobre sus patas delanteras frente a un diente de león y emitía unos ladridos felices, enojados, infantiles, entrecortados; le estaba pidiendo a la flor que se uniera y corriera con ella, y la fijeza de su obstinado tallo verde la sorprendía y frustraba. Entonces, súbitamente, cavaba un hoyo con frenesí; salían volando pedazos de tierra debajo de su estómago y sus patas rosas y negras casi se quemaban con la tierra pedregosa. Su carita adoptaba un gesto preocupado; más que jugar un juego, parecía cavar para salvar su vida. Tenía una panza regordeta y rosada y sus patas eran anchas, aunque comía muy poco en esa buena época de su vida. Era como si la alegría la engordara, la dicha de estar viva.

Y entonces esos fáciles días de infancia terminaron. El mundo se colmó de octubre y noviembre, de hostilidad e indiferencia, de lluvias heladas y aguanieve, de lodo, de restos de comida repugnantes y viscosos cuyo olor le provocaba náuseas hasta a una perra hambrienta.

Pero incluso en su vida sin hogar había cosas buenas: un compasivo rostro humano, una noche pasada junto al fuego, un hueso dulce. En su vida de perra había lugar para la pasión, para el amor perruno, para la luz de la maternidad.

Era una callejera pequeña y patizamba. Pero vencía a las fuerzas hostiles porque amaba la vida y era lista. Sabía de qué lado podía atacarla un problema. Sabía que la muerte no hacía mucho ruido ni alzaba la mano amenazadoramente, que no lanzaba pedradas ni pisaba fuerte; no, la muerte se acercaba con una sonrisa congraciadora, sosteniendo un pedazo de pan y con una red escondida detrás de la espalda.

Sabía del poder asesino de coches y autobuses y tenía un conocimiento preciso de sus diferentes velocidades; sabía cómo esperar pacientemente mientras pasaba el tráfico y atravesar velozmente cuando una luz roja detenía a los vehículos. Sabía del abrumador, pero inflexible, poder de los trenes eléctricos, y del hecho de que mientras se mantuviera a unos centímetros de distancia, hasta un ratón estaba a salvo de ellos. Conocía los rugidos, silbidos y runrunes de jets y aviones de hélice, al igual que la matraca de los helicópteros. Conocía el olor de las chimeneas de gas y sabía dónde hallar el calor que despedían las tuberías subterráneas. Conocía el ritmo de trabajo de los camiones de basura de la ciudad; sabía cómo meterse a todo tipo de cubos de basura y reconocía inmediatamente la envoltura de celofán de las carnicerías y el papel encerado alrededor del bacalao, la perca y el helado.

Un cable eléctrico negro, salido del suelo, le provocaba más terror que una víbora: una vez puso una pata sobre uno de esos cables pelados.

Probablemente, esta perra sabía más de tecnología que una persona inteligente e informada de hace tres siglos.

No es que fuera solamente hábil: era instruida. Si hubiera fracasado su educación sobre la tecnología de mediados del siglo XX, habría muerto. Los perros que llegaban de los pueblos a la ciudad a veces duraban sólo unas horas. Pero el conocimiento y la experiencia tecnológicos tampoco eran suficientes; un entendimiento de la esencia de la vida era igualmente importante para la lucha. No hubiera podido sobrevivir sin una sabiduría mundana.

Esta perra callejera sin nombre sabía que la piedra fundacional de su vida era la errancia –el cambio perpetuo. De vez en cuando una persona amable se apiadaba de la vagabunda de cuatro patas. Le daba unas sobras de comida y le encontraba un lugar para dormir. Pero de traicionar ella su esencia errante, lo habría pagado con la vida. De haberse establecido, la perra hubiera dependido de una persona amable y de cien personas crueles.

La gente creía que la perra peregrina era incapaz de sentir devoción, que la vagancia la había corrompido. Estaban equivocados. No era que la vida hubiera endurecido el corazón del can errante; era sencillamente que nadie necesitaba el bien que anidaba en ese corazón.


La atraparon de noche, mientras dormía. En lugar de matarla, la llevaron a un instituto científico. La bañaron en un líquido tibio, y después no volvió a tener problemas de pulgas. Durante varios días vivió en un sótano, en una jaula. La alimentaban bien, aunque ella no tenía ganas de comer. Extrañaba su libertad, y la perseguía la sensación de una muerte inminente. Sólo aquí, en esta jaula con un lecho confortable, con comida sabrosa y un cuenco limpio, valoró verdaderamente y por primera vez la felicidad de sus días en libertad.

Le irritaban los ladridos estúpidos de sus vecinos. Gente con batas blancas la examinaba a profundidad. Uno de ellos, un hombre delgado con ojos brillantes, le dio unas palmadas en la cabeza. Entonces la llevaron a otra habitación más silenciosa.

Estaban a punto de presentarle la tecnología más avanzada del siglo XX; estaban a punto de prepararla para algo trascendental.

Le dieron el nombre de Petrushka.

Probablemente, ni emperadores enfermos ni primeros ministros fueron sometidos a tantos análisis médicos. Delgado y de ojos brillantes, Alexei Georgievich estudió todo lo que había que saber sobre el corazón, los pulmones, el hígado, el intercambio de gases, la composición sanguínea, los reflejos nerviosos y los jugos digestivos de Petrushka.

Petrushka supo que ni el personal de limpieza, ni los técnicos del laboratorio, ni los generales cubiertos de medallas eran los amos de su vida y muerte, de su libertad, de su última agonía. Al entender esto, su corazón cedió todo su flamante amor a Alexei Georgievich, y nada pudo hacer todo el horror de su pasado y presente para endurecerla frente a él.

Sabía que todo –las inyecciones, los viajes nauseabundos en la centrifugadora y en las cámaras de vibración, la molesta sensación de ingravidez que de repente se apoderaba de su consciencia, de sus patas delanteras, de su cola, de su pecho, de sus patas traseras– era responsabilidad de su amo, Alexei Georgievich. Pero saberlo no cambiaba nada. Siempre estaba a la espera del amo que había encontrado; languidecía cuando no estaba, rebosaba alegría cuando escuchaba sus pisadas; y cuando se iba, por las tardes, sus ojos cafés parecían cuajarse de lágrimas.

Después de alguna sesión matutina particularmente difícil, Alexei Georgievich solía visitar la habitación de Petrushka. Jadeando, con la lengua de fuera, la cabeza apoyada en sus grandes patas, Petrushka lo miraba sumisamente.

De alguna manera extraña e incomprensible, este hombre, que se había convertido en el amo de su vida y destino, estaba mezclado con el recuerdo de aquel vapor verde de la primavera, con esa sensación de libertad. Miraba al hombre que la había condenado a la prisión y el sufrimiento, y lo que brotaba en su corazón era la esperanza.

A Alexei Georgievich le llevó algún tiempo darse cuenta de que sentía compasión y ternura hacia Petrushka, de que no estaba simplemente concentrado en los detalles prácticos de un proyecto.

En una ocasión, viendo a un perro de laboratorio, pensó en lo absurdo que era que la gente que cría animales –millones, en todo el mundo– sintiera un amor devoto por los cerdos y las gallinas que iba a sacrificar. Y ahora, su sentimiento por esos ojos nobles, por esa nariz húmeda presionando contra la mano del asesino, no era menos absurdo.


Pasó el tiempo; pronto llegaría el día del viaje de Petrushka. Ahora hacía ejercicios en la mismísima cápsula espacial. La criatura de cuatro patas estaba abriéndole camino al hombre; su viaje en la lejana distancia iba a ser un ensayo para el vuelo más largo y más lejano del hombre.

Alexei Georgievich no le caía bien a sus subordinados. Algunos le temían; tenía poca paciencia y solía tratar con rudeza a sus ayudantes de laboratorio. Sus superiores tampoco le querían.

Tampoco era fácil relacionarse con él en casa; solía tener jaquecas y el ruido más ligero le irritaba. Padecía acidez y creía que su esposa no le alimentaba bien, que siempre estaba ayudando secretamente a sus numerosos familiares en lugar de atender a su esposo.

Con sus amistades no era diferente; siempre perdía la paciencia, y los acusaba de envidia o indiferencia. Se peleaba con ellos, se deprimía y luego le costaba un gran esfuerzo hacer las paces.

Alexei Georgievich no era menos duro consigo mismo; a veces musitaba amargamente: “Sí, todos están hartos de mí, y no hay nadie más harto que yo”.

La callejera patizamba no tenía nada que ver con las intrigas de laboratorio, no podía ser acusada de no cuidar bien a Alexei Georgievich y parecía libre de envidia. Como Cristo, hacía el bien a cambio del mal, pagándole con amor por todo el sufrimiento que le había provocado.

Él examinaba sus electrocardiogramas, o los análisis de su presión sanguínea o sus reflejos, y los ojos marrones de la perra lo observaban con devoción. Una vez comenzó a explicarle en voz alta que las personas pasaban por el mismo entrenamiento y que también les parecía difícil. Era cierto, prosiguió, que los riesgos a los que ella se exponía eran más grandes que los riesgos a los que se exponían las personas; sin embargo, a ella le iba mucho mejor que a la pobre Laika, cuya muerte en el espacio había sido un desenlace inevitable.

Una vez le dijo a Petrushka que iba a ser la primera criatura, desde que comenzó la vida en la Tierra, en avizorar la verdadera profundidad del cosmos. Le había tocado un destino maravilloso. Iba a adentrarse en el espacio cósmico: el primer mensajero de la razón libre iba a ser enviado al universo.

La perra parecía entenderle. Era, después de todo, inusualmente lista –a su canina manera. Los técnicos del laboratorio y el personal de limpieza solían bromear: “¡Nuestra Petrushka debe haber cursado tecnología básica!” La vida entre aparatos científicos no era difícil para ella; parecía entender los diversos utensilios y ser capaz de orientarse hábilmente en un mundo de abrazaderas, pantallas, tubos electrónicos y dispositivos automáticos.

Más que nadie, Alexei Georgievich tenía la habilidad de configurar el panorama completo de las funciones vitales de un organismo volando en pleno espacio, a miles de millas de distancia de los laboratorios terrestres. Era uno de los fundadores de una nueva ciencia: la biología cósmica. En esta ocasión, sin embargo, no estaba solamente fascinado por la complejidad del proyecto; Petrushka la patizamba había logrado, de alguna manera, que todo pareciera un poco diferente.

Miraba los ojos de la perra. Esos ojos amables, no los ojos de Niels Bohr, iban a ser los primeros en otear el cosmos, en ver un espacio cósmico no limitado por el horizonte. Un espacio sin viento y con débiles fuerzas gravitacionales, un espacio sin lluvia, sin nubes, sin mariposas, un espacio de fotones y ondas electromagnéticas.

Y le parecía a Alexei Georgievich que los ojos de Petrushka iban a ser capaces de decirle lo que habían visto. Y él leería y entendería el más arcano de los cardiogramas: el cardiograma secreto del universo.

Todos los que conocían a Alexei Georgievich –superiores y subordinados, familiares y amigos– eran conscientes de los cambios extraños que se producían en él; nunca había sido tan dócil, tan amable, tan triste.

Este nuevo experimento era especial. No se trataba solamente de que la cápsula, saliéndose de órbita, se internara en las profundidades del espacio y dejara a la Tierra cientos de miles de kilómetros atrás. No, lo que era especial era la presencia de una criatura viviente, penetrando el cosmos con su psique. O mejor: el cosmos iba a penetrar en la psique de un ser viviente. Esto era lo que importaba, no solamente las cuestiones de sobrecarga, vibraciones, la sensación de ingravidez…

Ante esos mismos ojos la superficie plana de la Tierra comenzaría a curvear. Los ojos de un animal viviente iban a confirmar la verdad de la visión de Copérnico. ¡Un globo! ¡Un geoide! Y más, mucho más. Un sol más joven, desembarazándose del peso de dos billones de años, se levantaría desde la negrura espacial ante los ojos de una perra pequeña y patizamba. El horizonte terrestre desaparecería en flamas violetas, lilas y naranjas. Ese globo milagroso cubierto de nieve y arena ardiente, lleno de una vida inquieta y maravillosa, no sólo desaparecería debajo de las patas del animal sino saldría de su campo de conciencia; entonces las estrellas tomarían cuerpo, se cubrirían de una carne termonuclear –una brillante, ardiente sustancia.

La psique de una criatura viviente iba a ser penetrada por un reino no cubierto por el calor de la Tierra, por suaves nimbos, por el poder del flogisto. Ojos vivientes mirarían por vez primera el abismo sin aire, el espacio de Kant y de Einstein, el espacio de los filósofos, los astrónomos y los matemáticos; verían ese espacio no a través de la especulación, no a manera de fórmula, sino tal como es, sin montañas ni árboles, sin rascacielos, sin pueblerinas casuchas.

Nadie alrededor de Alexei Georgievich podía entender lo que le estaba pasando.

Le parecía que estaba descubriendo una nueva forma de conocimiento, más alto que el conocimiento derivado de ecuaciones diferenciales y del testimonio de los instrumentos. Este nuevo conocimiento era transferido de alma a alma, de ojos vivientes a ojos vivientes. Y todo lo que le irritaba, que lo volvía suspicaz o rencoroso, había dejado de importar.

Le parecía a Alexei Georgievich que una nueva calidad estaba a punto de entrar en la vida de los seres terrestres, enriqueciendo y elevando esta vida –y que con esta nueva calidad vendría el perdón y la justificación de su propia vida.


La nave despegó. Como a través de un hoyo en el hielo, un animal se sumergió en el espacio. Los botones y monitores estaban dispuestos de tal manera que, a donde girara la cabeza, el animal sólo viera el espacio, perdiendo toda consciencia de lo que era terrestre y familiar. El universo estaba penetrando el cerebro de un perro.

Alexei estaba convencido de que su conexión con Petrushka permanecía inquebrantable; podía sentir esta conexión incluso cuando la cápsula estaba a cientos de miles de kilómetros de distancia. Y esto no tenía nada que ver con las señales automáticas de radio que registraban el pulso acelerado de Petrushka y los súbitos brincos en su presión sanguínea.

La mañana siguiente, Apresyan, el técnico del laboratorio, le dijo: “Estuvo aullando, aullando durante mucho tiempo”. Y agregó bajando la voz: “Da miedo: un perro solo en el universo, aullando”.

Todos los instrumentos funcionaron con total e inverosímil precisión. El grano de arena que había salido al cosmos encontró su camino de regreso a la Tierra, al grano de arena que lo había engendrado. Los sistemas de frenado funcionaron impecablemente; la cápsula aterrizó en el punto elegido de la superficie terrestre.

Apresyan sonrió y le dijo a Alexei Georgievich. “El impacto de ciertas partículas cósmicas habrá reestructurado los genes de Petrushka y tendrá cachorros con extraordinarias habilidades creativas para todo lo que tenga que ver con álgebra avanzada y música sinfónica. Los nietos de nuestra Petrushka compondrán sonatas tan buenas como las de Beethoven. Construirán las máquinas cibernéticas de nuevos Faustos”.

Alexei Georgievich no le respondió al bromista.

Alexei Georgievich viajó a donde había aterrizado la cápsula. Tenía que ser el primero en ver a Petrushka, ningún asistente podía tomar su lugar.

Su encuentro fue todo lo que Alexei Georgievich quería que fuera.

Ella corrió hacia él, moviendo tímidamente la punta de la cola.

Pasó un tiempo antes de que él pudiera ver los ojos que habían recibido al universo. La perra no dejaba de lamer sus manos como señal de obediencia, como señal de su renuncia eterna a una vida de libertad y errancia, como señal de su aceptación de todo lo que fue y será. ~

Traducción del inglés de Santiago Bucheli

© Vasili Grossman

La leche

Cuento de Jaime Panqueva: Leche

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Semillero
*Este cuento pertenece al libro El final de los tiempos, editado en 2013 por Ediciones Nortestación
¿Quién es Jaime Panqueva?
*
Era de noche y se había terminado la leche. No quedaba nada en el refri y tampoco en el cajón de la alacena donde guardábamos los empaques de tetrabrik. Aunque aquel invierno hacía mucho frío, mis hijos insistían en desayunar cereal. Cualquiera habría decidido salir rápido por un par de litros mientras ellos duermen, con mayor razón si, como yo, odian salir de madrugada a buscarla. Sólo había que ir a la planta baja, cruzar la calle, caminar unos metros y comprarla en la tienda de abarrotes. Nadie se inquietaría por dejarlos solos unos pocos minutos en los brazos de Morfeo, pero yo sí, y la probabilidad de que alguno despertara y me echara en falta me inquietaba.
Cuando estuve casado sucedió una vez durante nuestras vacaciones, dejamos dormida a nuestra hija mayor en la habitación mientras fuimos a cenar al restaurante del hotel. Ella tendría unos dos años y medio, y ya una vez conciliado el sueño dormía sin interrupciones hasta el día siguiente. En eso confiábamos mi mujer y yo, hasta que poco antes de los postres una pareja entró al restaurante con Antonia en brazos. La pobre había despertado y salido en piyama del cuarto para buscarnos. Adriana, mi mujer, con lágrimas en los ojos tuvo que aguantar parte del sermón de la pareja salvadora y cargar con la pequeña de regreso a la cama. Yo soporté el resto del regaño mientras pagaba la cuenta y me retiraba con el postre en dos platos. Desde entonces, Antonia desarrolló un complejo de pérdida que tardó algunos años y muchas terapias en diluirse, en parte porque la experiencia no volvió a repetirse, y por otra porque Adriana se convirtió en una madre obsesionada porque su hija estuviera siempre acompañada. La situación mejoró a partir del nacimiento de nuestro segundo hijo, pero tras la muerte de Adriana dos años después yo me apropié de su celo en el cuidado de mis niños.
Debía ir por leche a la tienda de la esquina, no esperaría al día siguiente pues añadiría prisas a nuestra salida a la oficina y el colegio. Me puse el abrigo, mi sombrero, y en lo que me envolvía la bufanda revisé a los niños en su cuarto para volver a cobijarlos. Había salido así un par de veces antes, pero nunca después de quedarme viudo. En las contadas ocasiones que salí de noche me aseguré siempre de que una niñera se quedara en casa o por lo menos que una de mis hermanas los acogiera en la suya. Apagué todas las luces del departamento y sólo dejé encendida la de mi cuarto. Tomé la bolsa del mandado que cuelga a la entrada y cerré la puerta sin hacer ruido. Empecé a sudar de camino al elevador. Al cruzar el portal sentí empapados mi cuello y sienes. A paso redoblado llegué a la tienda y, mientras despachaban a una muchacha que había llegado antes, me desembaracé de la bufanda y el sombrero. Pagué a la carrera y volví trotando. Cuando entré en el elevador y me enfrenté contra el espejo de la pared del fondo (no entiendo por qué siguen construyendo elevadores con espejos), tuve la sensación de que algo había cambiado en mí. No eran mis ojeras ni los pelos mal rasurados que asomaban en mi quijada, ni los rastros brillosos de mi transpiración. Sentía que algo andaba mal, que no debía abandonar a mis hijos de esa manera. Si Adriana viviera me lo recriminaría con toda seguridad, como lo hacía al aparecerse cotidianamente en mis sueños después del accidente. Al abrirse la puerta en mi piso, pensé que irrumpiría el humo de mi departamento incendiándose, o quizás otra pareja entraría al elevador llevando a mis hijos de la mano. Revisé mi reloj, mi salida no había tardado más de ocho minutos. Avancé con rapidez por el corredor, de uno de los departamentos cercanos al mío se escuchaba un televisor con algún tipo de noticiero.
Pudieron haberse despertado con eso, pensé, pero la puerta de mi hogar se hallaba tan bien cerrada, como la había dejado. Por alguna razón no la abrí de inmediato, posé mi oreja sobre ella como si temiera encontrar a los niños destruyendo la vajilla o pulverizando los controles del Guitar Hero. Nada, la madera de la puerta rezumaba silencio. Recosté mi cabeza contra ella, me reí por un momento de mis temores. Luego entré.
Las luces estaban encendidas, todas, aún las de la cocina y el bar. Aventé la bolsa con la leche en la entrada, cerré de un portazo y me abalancé hacia la habitación de mis hijos. La luz estaba apagada y ambos dormían a pierna suelta. Sus cobertores estaban como los dejé al salir. Contrariado me dirigí de nuevo a la sala y ahí lo encontré, estaba sentado en mi sillón. Un minotauro, sin duda, y aunque lo vi por pocos segundos en aquella posición, no tardé en reconocer aquella bestia. Primero pensé que se trataba de un espejismo, la sudoración que experimenté al salir bien podría ser un síntoma de fiebre. No tuve tiempo para más. Él me observó resoplando, no me concedió un segundo, se arrojó con furia para empitonarme. Le arrojé la bufanda que llevaba en la mano y apenas pude lanzarme detrás del sofá. El monstruo con el impulso que llevaba se adentró en el corredor que conducía a las habitaciones y en lo que me puse en pie regresó a la carrera bufando para intentar una nueva embestida. Corrí para esquivarlo con poca fortuna, pues rasgó mi abrigo y me empujó con el resto de su cuerpo contra la pared. Luego giró e hizo pedazos una de las mesitas de centro con sus pezuñas. Yo no quería combatirlo, el miedo me compelía sólo a salvar el pellejo, así que me pareció buena idea emplear la barra del bar como burladero. Con cada embestida las pocas botellas que quedaban estallaban y la madera crujía y se astillaba. El minotauro era inmune a mis súplicas y explicaciones, le dije que la leche se necesitaba temprano en la mañana para el desayuno de los niños, que si seguía tratando mis muebles de esa manera los pobres iban a despertarse, que tuviera alguna consideración también con mis vecinos. Pero su mitológica cabeza no hacía más que estrellarse una y otra vez contra la barrera. Me armé de valor y con una mano empuñé una de las botellas estrelladas, con la otra blandí un picahielos. Cuando la bestia se retiró para tomar impulso de nuevo, salí de detrás del bar y lo encaré. Esa vez pude verlo con más precisión; su cuerpo humano no era muy diferente del mío; además de venirle bien una liposucción no era demasiado musculoso, un adulto común y corriente, pero su ferocidad provenía de la cabeza de miura que resoplaba amenazante. Como ya había agotado las palabras, me lancé contra él como una fiera que defiende a sus cachorros, aunque creo que eso lo pensé después para justificarme porque en ese instante no sabía cómo terminaría todo. Forcejeamos primero, pero luego entre gritos y resoplidos la escaramuza se convirtió en una lucha a muerte. Cuando clavé el picahielos en su costado estaba enceguecido por la violencia. El monstruo aulló y se revolcó sobre el parquet, no me detuve hasta que se convirtió en un pedazo de carne inmóvil. Me bañé en su sangre como con seguridad lo hizo Teseo y, tras comprobar que mis hijos dormían inalterados, con cuidado de no despertarlos, les unté una de sus mejillas con una tenue mancha escarlata. Después regresé a la sala para tenderme sobre el piso junto al minotauro y descansar. Más allá de la medianoche empecé a recoger el estropicio. Limpié hasta la última gota de sangre con blanqueador. Apilé los muebles rotos y el cadáver del monstruo en el trastero. Terminé al amanecer. A la mañana siguiente inventé algunas historias para no inquietar a los niños. Tuve que cambiar los muebles de la sala y comprar un nuevo abrigo. El picahielos se convirtió en un accesorio inseparable, lo cargo a todas partes como si se tratara de una navaja suiza. Desde aquella noche mantengo una reserva de leche en la alacena que es renovada cada mes sin falta.
Remodelé la sala; la cabeza de toro disecada ocupa un lugar privilegiado. También, a partir de entonces, dejé de soñar con Adriana.

viernes, 17 de febrero de 2017

Charles Bukowski

Quince centímetros

Los primeros tres meses de mi matrimonio con Sara fueron aceptables, pero luego empezaron los problemas. Era una buena cocinera, y yo empecé a comer bien por primera vez en muchos años. Empecé a engordar. Y Sara empezó a hacer comentarios.
—Ay, Henry, pareces un pavo engordando para el Día de Acción de Gracias.
—Tienes razón, mujer, tienes razón —le decía yo.
Yo trabajaba de mozo en un almacén de piezas de automóvil y la paga apenas me rendía. Mis únicas alegrías eran comer, beber cerveza e irme a la cama con Sara. No era precisamente una vida majestuosa, pero uno ha de conformarse con lo que tiene. Sara era suficiente. Respiraba SEXO por todas partes. La había conocido en una fiesta de Navidad de los empleados del almacén. Trabajaba allí de secretaria. Me di cuenta de que ninguno se acercaba a ella en la fiesta y yo no podía entenderlo. Jamás había visto mujer tan guapa y además no parecía tonta. Sin embargo, tenía algo raro en la mirada. Te miraba fijamente como si entrara en ti y daba la impresión de no parpadear. Cuando se fue al lavabo me acerqué a Harry, el camionero.
—Oye Harry —le dije—. ¿Cómo es que nadie se acerca a Sara?
—Es que es bruja, hombre, una bruja de verdad. Ándate con cuidado.
—Vamos, Harry, las brujas no existen. Está demostrado. Las mujeres aquellas que quemaban en la
hoguera antiguamente, era todo un error horrible, una crueldad. Las brujas no existen.
—Bueno, puede que quemaran a muchas mujeres por error, no voy a discutírtelo. Pero esta zorra es bruja, créeme.
—Lo único que necesita, Harry, es comprensión.
—Lo único que necesita —me dijo Harry— es una víctima.
—¿Cómo lo sabes?
—Hechos —dijo Harry—. Dos empleados de aquí. Manny, un vendedor, y Lincoln, un dependiente.
—¿Qué les pasó?
—Pues sencillamente que desaparecieron ante nuestros propios ojos, solo que muy lentamente… podías verles irse, desvanecerse…
—¿Qué quieres decir?
—No quiero hablar de eso. Me tomarías por loco.
Harry se fue. Luego salió Sara del baño de señoras. Estaba maravillosa.
—¿Qué te dijo Harry de mí? —me preguntó.
—¿Cómo sabes que estaba hablando con Harry?
—Lo sé —dijo ella.
—No me dijo mucho.
—Pues sea lo que sea, olvídalo. Son mentiras. Lo que pasa es que lo he rechazado y está celoso. Le
gusta hablar mal de la gente.
—A mí no me importa la opinión de Harry —dije yo.
—Lo nuestro puede ir bien, Henry —dijo ella.
Vino conmigo a mi apartamento después de la fiesta y te aseguro que nunca había disfrutado tanto. No había mujer como aquella. Al cabo de un mes o así nos casamos. Ella dejó el trabajo inmediatamente, pero yo no dije nada porque estaba muy contento de tenerla. Sara se hacía su ropa, se peinaba y se cortaba el pelo ella misma. Era una mujer notable, muy notable.
Pero como ya dije, hacia los tres meses empezó a hacer comentarios sobre mi peso. Al principio
eran solo pequeñas observaciones amables, luego empezó a burlarse de mí. Una noche llegó a casa y me dijo:
—¡Quítate esa maldita ropa!
—¿Cómo dices, querida?
—Ya me oíste, so cabrón. ¡Desvístete!
No era la Sara que yo conocía. Había algo distinto. Me quité la ropa y las prendas interiores y las eché en el sofá. Me miró fijamente.
—¡Qué horror! —dijo—. ¡Qué montón de mierda!
—¿Cómo dices, querida?
—¡Digo que pareces una gran bañera llena de mierda!
—Pero querida, qué te pasa… ¿Estás en plan de bronca esta noche?
—¡Calla! ¡Toda esa mierda colgando por todas partes!
Tenía razón. Me había salido un michelín a cada lado, justo encima de las caderas. Luego cerró los puños y me atizó fuerte varias veces en cada michelín.
—¡Tenemos que machacar esa mierda! Romper los tejidos grasos, las células…
Me atizó otra vez, varias veces.
—¡Ay! ¡Que duele, querida!
—¡Bien! ¡Ahora, pégate tú mismo!
—¿Yo mismo?
—¡Sí, venga, condenado!
Me pegué varias veces, bastante fuerte. Cuando terminé los michelines aún seguían allí, aunque estaban de un rojo subido.
—Tenemos que conseguir eliminar esa mierda —me dijo.
Yo supuse que era amor y decidí cooperar…
Sara empezó a contarme las calorías. Me quitó los fritos, el pan y las papas, los aderezos de la ensalada, pero me dejó la cerveza. Tenía que demostrarle quién llevaba los pantalones en casa.
—No, de eso nada —dije—, la cerveza no la dejaré. ¡Te amo muchísimo, pero la cerveza no!
—Bueno, de acuerdo —dijo Sara—. Lo conseguiremos de todos modos.
—¿Qué conseguiremos?
—Quiero decir, que conseguiremos eliminar toda esa grasa, que tengas otra vez unas proporciones razonables.
-¿Y cuáles son las proporciones razonables? —pregunté.
—Ya lo verás.
Todas las noches, cuando volvía a casa, me hacía la misma pregunta.
—¿Te pegaste hoy en los lomos?
—¡Si, mierda, sí!
—¿Cuántas veces?
—Cuatrocientos puñetazos de cada lado, fuerte.
Iba por la calle atizándome puñetazos. La gente me miraba, pero al poco tiempo dejóde importarme porque sabía que estaba consiguiendo algo y ellos no…
La cosa funcionaba. Maravillosamente. Bajé de noventa kilos a setenta y ocho. Luego de setenta y ocho a setenta y cuatro. Me sentía diez años más joven. La gente me comentaba el buen aspecto que tenía. Todos menos Harry, el camionero. Solo porque estaba celoso, claro, porque no había conseguido nunca bajarle los pantis a Sara.
Una noche di en la báscula los setenta kilos.
—¿No crees que hemos bajado suficiente? —le dije a Sara—. ¡Mírame!
Los michelines habían desaparecido hacía mucho. Me colgaba el vientre. Tenía la cara chupada.
—Según los gráficos —dijo Sara—, aún no has alcanzado el tamaño ideal.
—Pero oye —le dije—, mido uno ochenta, ¿cuál es el peso ideal?
Y entonces Sara me contestó en un tono muy extraño:
—Yo no dije «peso ideal», dije «tamaño ideal». Estamos en la Nueva Era, la Era Atómica, la Era Espacial, y, sobre todo, la Era de la Superpoblación. Yo soy la Salvadora del Mundo. Tengo la solución a la Explosión Demográfica. Que otros se ocupen de la Contaminación. Lo básico es resolver el problema de la superpoblación; eso resolverá la Contaminación y muchas cosas más.
—¿Pero de qué demonios hablas? —pregunté, abriendo una botella de cerveza.
—No te preocupes —contestó—. Ya lo sabrás.
Empecé a notar entonces, en la báscula, que aunque aún seguía perdiendo peso parecía que no adelgazaba. Era raro. Y luego me di cuenta de que las perneras de los pantalones me arrastraban… y también empezaban a sobrarme las mangas de la camisa. Al coger el coche para ir al trabajo me di cuenta de que el volante parecía quedar más lejos. Tuve que adelantar un poco el asiento del coche.
Una noche me subí a la báscula. Sesenta kilos.
—Oye Sara, ven.
—Sí, querido…
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Parece que estoy encogiendo.
—¿Encogiendo?
—Sí, encogiendo.
—¡No seas tonto! ¡Eso es increíble! ¿Cómo puede encoger un hombre? ¿Acaso crees que tu dieta te encoge los huesos? Los huesos no se disuelven! La reducción de calorías solo reduce la grasa. ¡No seas imbécil! ¿Encogiendo? ¡Imposible!
Luego se echó a reír.
—De acuerdo —dije—. Ven aquí. Coge el lápiz. Voy a ponerme contra esta pared. Mi madre solía hacer esto cuando era pequeño y estaba creciendo. Ahora marca una raya ahí en la pared donde marca el lápiz colocado recto sobre mi cabeza.
—De acuerdo, tontín, de acuerdo —dijo ella
Trazó la raya. Al cabo de una semana pesaba cincuenta kilos. El proceso se aceleraba cada vez más.
—Ven aquí, Sara.
—Sí, niño bobo.
—Vamos, traza la raya.
Trazó la raya.
Me volví.
—Ahora mira, he perdido diez kilos y veinte centímetros en la última semana. ¡Estoy derritiéndome! Mido ya uno cincuenta y cinco. ¡Esto es la locura! ¡La locura! No aguanto más. Te he visto metiéndome las perneras de los pantalones y las mangas de las camisas a escondidas. No te saldrás con la tuya. Voy a empezar a comer otra vez. ¡Creo que eres una especie de bruja!
—Niño bobo…
Fue poco después cuando el jefe me llamó a la oficina. Me subí en la silla que había frente a su mesa.
—¿Henry Markson Jones II?
—Sí señor, dígame.
—¿Es usted Henry Markson Jones II?
—Claro señor.
—Bien, Jones, hemos estado observándolo cuidadosamente. Me temo que ya no sirve usted para este trabajo. Nos fastidia muchísimo tener que hacer esto… quiero decir, nos fastidia que esto acabe así, pero…
—Oiga, señor, yo siempre cumplo lo mejor que puedo.
—Lo conocemos, Jones, lo conocemos muy bien, pero ya no está usted en condiciones de hacer un
trabajo de hombre.
Me echó. Por supuesto, yo sabía que me quedaba la paga del desempleo. Pero me pareció una
mezquindad por su parte echarme así…
Me quedé en casa con Sara. Con lo cual, las cosas empeoraron: ella me alimentaba. Llegó un
momento en que ya no podía abrir la puerta del refrigerador. Y luego me puso una cadenita de plata.
Pronto llegué a medir sesenta centímetros. Tenía que cagar en una bacinilla. Pero aún me daba mi
cerveza, según lo prometido.
—Ay, mi muñequito —decía—. ¡Eres tan chiquitín y tan mono!
Hasta nuestra vida amorosa cesó. Todo se había achicado proporcionalmente. La montaba, pero al cabo de un rato me sacaba de allí y se echaba a reír.
—¡Bueno, ya lo intentaste, gatito mío!
—¡No soy una mascota, soy un hombre!
—¡Oh mi hombrecín, mi pequeño hombrecito!
Y me cogía y me besaba con sus labios rojos…
Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:
—¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!
En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio
mientras ella batía palmas y reía.
Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron hemorroides. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance.
Le hacía canciones a Sara y las llamaba así: Canciones para Sara:
sí, no soy más que un mosquito,
no hay problema mientras no me ponga caliente,
entonces no tengo dónde meterla,
salvo en una maldita cabeza de alfiler.
Sara aplaudía y se reía.
si quieres ser almirante de la marina de la reina
no tienes más que hacerte del servicio secreto,
conseguir quince centímetros de altura
y cuando la reina vaya a mear
atisbar en su chorreante chochito…
Y Sara batía palmas y se reía. En fin, así eran las cosas. No podían ser de otro modo…
Pero una noche pasó algo muy desagradable. Estaba yo cantando y bailando y Sara en la cama, desnuda, batiendo palmas, bebiendo vino y riéndose. Era una excelente representación. Una de mis mejores representaciones. Pero, como siempre, la radio se calentó y empezó a quemarme los pies. Y llegó un momento en que no pude soportarlo.
—Por favor, querida —dije—, no puedo más. Bájame de aquí. Dame un poco de cerveza. Vino no.
No sé como puedes beber ese vino tan malo. Dame un dedal de esa estupenda cerveza.
—Claro, queridito —dijo ella—. Lo has hecho muy bien esta noche. Si Manny y Lincoln lo hubiesen hecho tan bien como tú, estarían aquí ahora. Pero ellos no cantaban ni bailaban, no hacían más que llorar y cavilar. Y, peor aún, no querían aceptar el Acto Final.
—¿Y cuál es el Acto Final? —pregunté.
—Vamos, queridín, bébete la cerveza y descansa. Quiero que disfrutes mucho en el Acto Final. Eres mucho más listo que Manny y Lincoln, no hay duda. Creo que podremos conseguir la Culminación de los Opuestos.
—Sí, claro, cómo no —dije, bebiendo mi cerveza—. Llénalo otra vez. ¿Y qué es exactamente la
Culminación de los Opuestos?
—Saborea la cerveza, monín, pronto lo sabrás.
Terminé mi cerveza y luego pasó aquella cosa repugnante, algo verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí, entre sus piernas; las tenía abiertas, pero solo un poquito. Y me vi ante un bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro… había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba un gemido superiluminado.
Y empezó a moverme más deprisa, más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo, zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.
De pronto, me vi fuera de aquel terrible túnel. Sara me alzó hasta su cara.
—¡Vamos, condenado! ¡Vamos! —exigió.
Estaba totalmente borracha de vino y pasión. Me sentí embutido otra vez en el túnel. Me zarandeaba muy deprisa arriba y abajo. Y luego, de pronto, sorbí aire para aumentar de tamaño y luego concentré saliva en la boca y la escupí… una, dos veces, tres, cuatro, cinco, seis veces, luego paré… El hedor resultaba ya increíble, pero al fin me vi otra vez levantado en el aire. Sara me acercó a la lámpara de la mesita y empezó a besarme por la cabeza y por los hombros.
—¡Oh, querido mío! ¡Oh, mi linda pinguita! ¡Te amo! —me dijo.
Y me besó con aquellos horribles labios rojos y pintados. Vomité. Luego, agotada de aquel arrebato de vino y pasión, me colocó entre sus pechos. Descansé allí, oyendo los latidos de su corazón. Me había quitado la maldita correa, la cadena de plata, pero daba igual. No era más libre. Uno de sus gigantescos pechos había caído hacia un lado y parecía como si yo estuviese tumbado justo encima de su corazón: el corazón de la bruja. Si yo era la solución a la Explosión Demográfica, ¿por qué no me había utilizado ella como algo más que un objeto de diversión, un juguetito sexual? Me estiré allí, escuchando aquel corazón. Decidí que no había duda, que ella era una bruja. Y entonces alcé los ojos. ¿Saben lo que vi? Algo sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos, escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de su nariz. Muy lentamente llegué hasta su ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y alcancé el pelo… me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición segura y estiré el brazo… estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler. La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta para los chicos del almacén, Feliz Navidad.
Por fin llegué de nuevo a aquel pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar
el punto exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, un lunar. Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura, tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía estar a menos de veintidós centímetros.
Alcé el alfiler y lo clavé. Justo debajo de la mancha marrón. Sara se agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a punto de tirarme al suelo… lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido. Luego toda ella pareció estremecerse como si sintiese escalofríos. Me incorporé y le hundí los siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa cabeza de cristal púrpura chocó con la piel. Entonces quedó inmóvil. Escuché. Oí el corazón, uno, dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno… Se paró.
Y entonces, con mis manitas asesinas, me agarré a la sábana y me descolgué hasta el suelo. Medía quince centímetros y era un ser real y aterrado y hambriento. Encontré un agujero en una de las ventanas del dormitorio que daba al Este, me agarré a la rama de un matorral y descendí por ella al interior de este. Solo yo sabía que Sara estaba muerta, pero desde un punto de vista realista no significaba ninguna ventaja. Si quería sobrevivir, tenía que encontrar algo que comer. De todos modos, no podía evitar preguntarme qué decidirían los tribunales sobre mi caso. ¿Era culpable? Arranqué una hoja e intenté comerla. Inútil. Era intragable. Entonces vi que la señora del patio del sur sacaba un plato de comida de gato para su gato. Salí del matorral y me dirigí al plato, vigilando posibles movimientos, animales. Jamás había comido algo tan asqueroso, pero no tenía elección. Devoré cuanto pude… peor sabía la muerte. Luego volví al matorral y me encaramé en él.
Allí estaba yo, quince centímetros de altura, la solución a la Explosión Demográfica, colgando de
un matorral con la barriga llena de comida de gato.
No quiero aburrirlos con demasiados detalles de mis angustias cuando me vi perseguido por gatos y perros y ratas. Percibí que poco a poco mi tamaño aumentaba. Los vi llevarse de allí el cadáver de Sara. Entré y descubrí que era aún demasiado pequeño para abrir la puerta de la nevera.
Un día el gato estuvo a punto de cazarme cuando le comía su almuerzo. Tuve que escapar.
Ya medía entonces entre veinte y veinticinco centímetros. Iba creciendo. Ya asustaba a las palomas. Cuando asustas a las palomas puedes estar seguro de que vas consiguiéndolo. Un día sencillamente corrí calle abajo, escondiéndome en las sombras de los edificios y debajo de los setos y así. Y corriendo y escondiéndome llegué al fin a la entrada de un supermercado y me metí debajo de un puesto de periódicos que hay junto a la entrada. Entonces vi que entraba una mujer muy grande y que se abría la puerta eléctrica y me colé detrás. Una de las dependientas que estaba en una caja registradora alzó los ojos cuando yo me colaba detrás de la mujer.
—¿Oiga, qué demonios es eso?
—¿Qué —preguntó una cliente.
—Me pareció ver algo —dijo la dependienta—, pero quizá no. Supongo que no.
Conseguí llegar al almacén sin que me vieran. Me escondí detrás de unas cajas de legumbres cocidas. Esa noche salí y me di un buen banquete. Ensalada de papas, pepinos, jamón con arroz y cerveza, mucha cerveza. Y seguí así, con la misma rutina. Me escondía en el almacén y de noche salía y hacía una fiesta. Pero estaba creciendo y cada vez me era más difícil esconderme. Me dediqué a observar al encargado que metía el dinero todas las noches en la caja fuerte. Era el último en irse. Conté las pausas mientras sacaba el dinero cada noche. Parecía ser: siete a la derecha, seis a la izquierda, cuatro a la derecha, seis a la izquierda, tres a la derecha: abierta. Todas las noches me acercaba a la caja fuerte y probaba. Tuve que hacer una especie de escalera con cajas vacías para llegar al disco. No había modo de abrir, pero seguí intentándolo. Todas las noches. Entretanto, mi crecimiento se aceleraba. Quizá midiese ya noventa centímetros. Había una pequeña sección de ropa y tenía que utilizar tallas cada vez mayores. El problema demográfico volvía. Al fin una noche se abrió la caja. Había veintitrés mil dólares en metálico. Tenía que llevármelos de noche, antes de que abrieran los bancos. Cogí la llave que utilizaba el encargado para salir sin que se disparase la señal de alarma. Luego enfilé calle abajo y alquilé una habitación por una semana en el Motel Sunset. Le dije a la encargada que trabajaba de enano en las películas. Solo pareció aburrirla.
—Nada de televisión ni de ruidos a partir de las diez. Es nuestra norma.
Cogió el dinero, me dio un recibo y cerró la puerta.
La llave decía habitación 103. Yo ni siquiera había visto la habitación. Las puertas decían noventa y ocho, noventa y nueve, cien, 101, y yo caminaba rumbo al Norte, hacia las colinas de Hollywood, hacia las montañas que había tras ellas. La gran luz dorada del Señor brillaba sobre mí, y yo crecía.
FIN