domingo, 15 de julio de 2018

Enoch Soames


Cuento de Max Beerbohm: Enoch Soames

Cuando el señor Holbrook Jackson dio al mundo un libro sobre la literatura del 90, busqué ansiosamente en el índice el nombre de SOAMES, ENOCH. Temía que no estuviese. Y no estaba. Sin embargo, figuraban todos los demás. Muchos escritores a quienes yo olvidara por completo o solo recordaba vagamente, resucitaron ante mí, con sus obras, en las páginas del señor Holbrook Jackson. El libro era tan minucioso como brillante.

De ahí que la omisión descubierta por mí fuese la evidencia más cabal de que el pobre Soames no había dejado huella alguna en la literatura de su década.

Creo que soy la única persona que lo notó… ¡tan lamentable había sido el fracaso de Soames! Y es inútil alegar que, si hubiera conquistado algún mediano éxito, quizá se habría esfumado de mi memoria, como los demás, para retornar tan solo al llamado del historiador. Es cierto que si las dotes que poseía le hubieran sido reconocidas en vida, jamás habría celebrado el pacto que yo le vi celebrar… ese extraño pacto cuyos resultados le otorgaron para siempre un lugar en el primer plano de mis recuerdos. No obstante, es de esos mismos resultados de donde se desprende en toda su claridad cuánto hubo en él de lamentable.

No es la compasión, sin embargo, lo que me impulsa a escribir sobre él. Si por él fuera, pobre diablo, me sentiría inclinado a no mojar la pluma en el tintero. No está bien burlarse de los muertos. Pero, ¿cómo escribir acerca de Enoch Soames sin ridiculizarlo? O más bien, ¿cómo disimular la atroz realidad de que era ridículo? Imposible. Pero tarde o temprano deberé escribir sobre él. Ya se verá, a su debido tiempo, que no me queda otra alternativa. Por consiguiente, será mejor que lo haga ahora.

Durante los cursos del verano de 1893 un prodigio del cielo cayó sobre Oxford. Caló hondo, se incrustó profundamente en el suelo. Profesores y alumnos formaron pálidos corros que no hablaban de otra cosa. ¿De dónde venía aquel meteoro? De París. ¿Cómo se llamaba? Will Rothenstein. ¿Qué se proponía? Pintar una serie de veinticuatro retratos en litografía, que publicaría The Bodley Head de Londres. El asunto era urgente. Ya el Decano de A y el Director de B y el Real Catedrático de C habían “posado” humildemente. Ancianos solemnes y malhumorados que jamás consintieran en dejarse retratar por nadie, no podían resistirse a aquel extranjero menudo y dinámico. Él no suplicaba: invitaba; no invitaba: ordenaba. Tenía veintiún años. Usaba lentes que centelleaban increíblemente. Era un hombre de ingenio. Desbordante de ideas. Conocía a Whistler. Conocía a Edmond de Goncourt. Conocía a todo el mundo en París. Los conocía a todos de memoria. Era París en Oxford. Se murmuraba que apenas despachara su selección de profesores, incluiría a unos pocos alumnos de los últimos cursos. Y me sentí pleno de orgullo el día en que yo fui incluido. La simpatía que me inspiraba Rothenstein no era menor que el miedo que me infundía; sin embargo, nació entre nosotros una amistad que a medida que transcurrieron los años se hizo cada vez más cálida y más valiosa para mí.

Al término del curso, Rothenstein se estableció o más bien irrumpió meteóricamente en Londres. Gracias a él conocí por primera vez ese pequeño mundo de perdurable encanto que es Chelsea, y trabé relación con Walter Sickert y otros venerables próceres que residían allí. Fue Rothenstein quien me llevó a ver, en la calle Cambridge, de Pimlico, a un joven cuyos dibujos eran ya famosos entre la minoría: Aubrey Beardsley. En compañía de Rothenstein hice mi primera visita a The Bodley Head. Por él me introduje en otro reino de la inteligencia y la audacia, el salón de dominó del Café Royal. Ahí, aquella tarde de octubre, en una exuberante perspectiva de dorados y de terciopelos carmesíes intercalados entre simétricos espejos y erguidas cariátides, entre el humo del tabaco que se elevaba incesante hacia el pintado cielo raso pagano y el murmullo de conversaciones presumiblemente cínicas, que de tanto en tanto interrumpía el áspero tableteo de las fichas de dominó sobre las mesas de mármol, aspiré hondo y dije para mis adentros:

—Esto, sin duda, es la vida.

Era antes de la cena. Bebimos vermut. Los que conocían personalmente a Rothenstein lo señalaban a quienes solo lo conocían de nombre. Sin interrupción entraban por las puertas giratorias hombres que ambulaban lentamente en busca de mesas vacías u ocupadas por amigos. Uno de estos errabundos me interesó, porque yo estaba seguro de que pretendía llamar la atención de Rothenstein. Había pasado dos veces ante nuestra mesa, con expresión vacilante; pero Rothenstein, sumido en lo más denso de una disquisición sobre Puvis de Chavannes, no lo vio. Era un individuo encorvado, de paso inseguro, más bien alto, muy pálido, con largos cabellos parduscos. Tenía una barba rala, o más bien una barbilla que se batía en retirada al abrigo de unos cuantos pelos arracimados y tímidamente rizados. Era un sujeto de extraña catadura; pero en el noventa, las apariciones raras eran más frecuentes, creo, que en la actualidad. Los jóvenes escritores de aquella época —y yo estaba seguro de que este lo era— trataban de singularizarse por su aspecto. Mas los esfuerzos de este hombre habían sido infructuosos. Usaba un sombrero negro, blando, de corte clerical, pero de intención bohemia, y una capa impermeable de color gris que, acaso porque era impermeable, no llegaba a ser romántica. Arribé a la conclusión de que “borroso” era le mot juste para él. Yo había hecho mis primeras armas en la literatura y buscaba siempre fervorosamente le mot juste, ese Santo Grial de la época.

El hombre borroso se acercaba nuevamente a nuestra mesa, y esta vez resolvió detenerse.

—Usted no me recuerda —dijo con voz inexpresiva. Rothenstein lo miró vivamente.

—Sí, lo recuerdo —repuso al cabo de un momento, con menos efusión que orgullo: orgullo de su memoria—. Edwin Soames.

—Enoch Soames —dijo Enoch.

—Enoch Soames —repitió Rothenstein, dando a entender por el tono de su voz que ya era bastante haber acertado con el apellido—. Nos encontramos dos o tres veces en París, cuando vivía usted allí. En el Café Groche.

—Y una vez yo fui a su estudio.

—Oh, sí; lamenté haber estado ausente.

—¿Ausente? No. Me mostró algunos de sus cuadros, ¿recuerda?… Tengo entendido que ahora reside en Chelsea.

—Sí.

Me extrañó que después de este monosílabo el señor Soames no siguiera de largo. Se quedó, pacientemente, como un animal obtuso, como un asno que mira por encima de una cerca. Triste figura la suya. Se me ocurrió que hambriento era quizá le mot juste para él. Pero, ¿hambriento de qué? No parecía apetecer gran cosa. Le tuve lástima. Y Rothenstein, aunque no lo invitara a Chelsea, le pidió que se sentara y bebiera algo. Una vez sentado, pareció más seguro de sí mismo. Echó atrás las alas de la capa con un gesto que —si la capa no hubiera sido impermeable— podía interpretarse como un desafío lanzado al mundo en general. Y pidió un ajenjo.

—Je me bens toujours fidéle —le dijo a Rothenstein— à la sorcière glauque.

—Le hará mal —respondió secamente Rothenstein.

—Nada me hace mal —dijo Soames—. Dans ce monde il n’y a ni de bien ni de mal.

—¿Nada es bueno y nada es malo? ¿Qué quiere decir?

—Lo expliqué todo en el prefacio de Negaciones.

—¿Negaciones?

—Sí. Le di un ejemplar.

—Oh, sí, por supuesto. ¿Pero explicó usted, por ejemplo, que no hay diferencia entre buena y mala gramática?

—No —dijo Soames—. Naturalmente, en el arte existen el bien y el mal. Pero en la Vida… no. Liaba un cigarrillo. Tenía manos débiles y blancas, no del todo limpias, con las puntas de los dedos manchadas por la nicotina.

—En la Vida existe la ilusión del bien y del mal, pero…

Su voz decreció a un murmullo en que las palabras vieux jeu y rococo fueron apenas perceptibles. Si no me equivoco, pensaba que no se estaba haciendo justicia a sí mismo, y temía que Rothenstein señalara las falacias de su argumentación. Lo cierto es que al fin carraspeó y dijo:

—Parlons d’autre chose.

¿Creen ustedes que era un tonto? A mí no me pareció. Yo era joven y me faltaba la claridad de juicio que ya poseía Rothenstein. Soames era cinco o seis años mayor que cualquiera de nosotros. Además, había escrito un libro.

Haber escrito un libro era algo portentoso.

Si Rothenstein no hubiera estado presente, yo habría reverenciado a Soames. Aun así, me infundía respeto. Y estuve a punto de reverenciarlo, en verdad, cuando dijo que pronto publicaría otro libro. Le pregunté si podía saberse qué clase de obra era.

—Mis poemas —respondió.

Rothenstein le preguntó si ese sería el título del libro. El poeta meditó la sugerencia, pero al fin dijo que pensaba no ponerle título alguno.

—Si un libro vale por sí mismo… —murmuró, moviendo el cigarrillo en semicírculo. Rothenstein objetó que la falta de título podría perjudicar la venta.

—Si yo entro en una librería —explicó— y digo sencillamente: “¿Tienen ustedes?”, o bien: “¿Tienen un ejemplar de?” ¿cómo sabrán lo que quiero?

—Oh, desde luego, haré poner mi nombre en la tapa —replicó Soames seriamente—. Y me gustaría —añadió mirando con fijeza a Rothenstein—, me gustaría hacer dibujar mi retrato para la portada.

Rothenstein admitió que era una excelente idea, y agregó que pensaba viajar al campo, donde pasaría una temporada. Después miró su reloj, comprobó, con una exclamación, lo avanzado de la hora, pagó la adición y se marchó conmigo para cenar. Soames permaneció en su puesto, fiel a la hechicera glauca.

—¿Por qué se negó tan resueltamente a dibujar su retrato?

—¿Retratarlo? ¿A él? ¿Cómo puedo retratar a un hombre que no existe?

—Es borroso —admití, pero mi mot juste cayó en el vacío. Rothenstein repitió que Soames era inexistente.

Sin embargo, Soames era autor de un libro. Le pregunté a Rothenstein si había leído Negaciones. Admitió haberlo hojeado.

—Pero —añadió secamente—, yo no pretendo entender nada de literatura.

Reserva muy característica de la época. Los pintores de entonces se negaban a admitir que alguien, fuera de su propia cofradía, tuviese el derecho de opinar sobre la pintura. Esta ley (grabada en las tablillas que trajo Whistler de la cumbre del Fujiyama) imponía ciertas limitaciones. Si otras artes distintas de la pintura no eran completamente incomprensibles para quienes no las practicaban, la ley se venía abajo; la doctrina Monroe, por decirlo así, perdía su validez.

De ahí que ningún pintor arriesgara una opinión sobre un libro sin advertir, por lo menos, que su opinión carecía de valor. Nadie es mejor juez literario que Rothenstein; pero en aquella época habría sido imprudente recordárselo; y yo comprendí que no podía esperar su ayuda para formarme un juicio sobre Negaciones.

En aquellos días, no comprar un libro a cuyo autor acababa de conocer personalmente, habría sido para mí un imposible renunciamiento. Cuando regresé a Oxford para los cursos de Navidad, me había procurado un ejemplar de Negaciones. Solía dejarlo despreocupadamente sobre la mesa de mi cuarto, y cada vez que alguno de mis amigos lo levantaba para preguntarme de qué trataba, le respondía:

—Oh, es un libro bastante notable. Lo ha escrito un hombre a quien conozco. Pero nunca alcancé a explicar exactamente “de qué trataba”. Aquel delgado volumen verde no tenía, para mí, ni pies ni cabeza. En el prefacio no hallé clave alguna para interpretar el exiguo laberinto del texto, y en ese laberinto, nada que explicara el prefacio.

“Inclínate hacia la vida. Inclínate, muy cerca… más cerca.

“La vida es tela, y en ella ni trama ni urdimbre se encuentran, sino solamente la tela. “Es por esto que soy Católico en la iglesia y en el pensamiento, pero dejo que el veloz Capricho teja lo que la lanzadera del Capricho quiere.” Estas eran las frases iniciales del prefacio, pero las que seguían eran aún más difíciles de entender. A continuación venía “Stark”, un cuento sobre una midinette que, según alcancé a entender, había asesinado o estaba por asesinar a un maniquí. Parecía un cuento de Catulle Mendès en que el traductor hubiera salteado o eliminado una frase de cada dos. Luego, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula, que en mi opinión carecía de “chispa”. Después, algunos aforismos (titulados aforismata).

En conjunto, a decir verdad, había una gran variedad de formas. Y esas formas habían sido trabajadas con mucho cuidado. Era más bien el contenido lo que se me escapaba. ¿Había, en realidad, me pregunté, algún contenido? Ahora sí pensé: ¡Supón que Enoch Soames sea un necio! Pero enseguida nació una hipótesis contraria: ¡tal vez lo fuese yo! Opté por darle a Soames el beneficio de la duda. Yo había leído L’Après-midi d’un faune sin extraerle una pizca de significado. Y sin embargo Mallarmé —por supuesto— era un Maestro. ¿Cómo sabía yo que Soames no era otro? Su prosa tenía cierta musicalidad, que sin duda no alcanzaba a deslumbrar, pero que tal vez, pensé, tuviera la facultad de persistir en la memoria y, acaso, un significado tan profundo como la del mismo Mallarmé. Por lo tanto, me resolví a esperar sus poemas con ánimo libre de prejuicios. Y después de encontrármelo por segunda vez, los aguardé con verdadera impaciencia. Esto sucedió una tarde de enero. Al entrar en el salón de dominó, pasé junto a una mesa ante la cual estaba sentado un hombre pálido, con un libro abierto. Alzó la vista, y yo lo miré por encima del hombro, con la vaga sensación de que debía haberlo reconocido. Me volví para saludarlo. Después de cambiar unas palabras, dije echando un vistazo al libro abierto:

—Veo que lo he interrumpido.

Y estaba por seguir mi camino, pero Soames respondió con su voz inexpresiva:

—Prefiero ser interrumpido.

Me indicó con un gesto que me sentara, y yo obedecí.

Le pregunté si a menudo leía en ese lugar.

Sí. Esta clase de cosas las leo aquí —respondió, señalando el título del libro: Poemas de Shelley.

—¿Es algo que usted realmente…? —Iba a decir ¿”admira”? Pero cautelosamente dejé la frase inconclusa y enseguida me alegré, porque él dijo con inusitado énfasis:

—Es algo de segunda categoría.

Yo había leído poco de Shelley, pero murmuré:

—Desde luego; es muy desigual.

—Yo diría que lo malo es justamente su igualdad. Una igualdad mortal, Por eso lo leo aquí. El ruido de este lugar quiebra el ritmo. Aquí es tolerable. Soames alzó el libro y lo Hojeó. Se echó a reír. La risa de Soames era un sonido breve, aislado y desprovisto de alegría que brotaba de la garganta sin que su rostro se moviera o sus ojos se iluminarán.

—¡Qué época! —exclamó, dejando el libro sobre la mesa—. ¡Y qué país! —añadió.

Le pregunté, con cierta nerviosidad, si en su opinión Keats no había superado, más o menos, las limitaciones del tiempo y el espacio. Admitió que “había algunos pasajes en Keats”, pero no los mencionó. De “los viejos”, como los llamaba, el único que le gustaba era Milton. “Milton —dijo— no era sentimental.” Y además: “Milton tenía una oscura visión interior”. Y por fin:

—Siempre puedo leer a Milton en la sala de lectura.

—¿La sala de lectura?

—Del Museo Británico. Voy todos los días.

—¿De veras? Yo solo estuve una vez. Me pareció un lugar más bien deprimente. Se me ocurrió que… que le resta vitalidad a uno.

—Así es. Por eso voy yo. Cuanto menor es la propia vitalidad, tanto más sensitivo se vuelve uno al arte verdaderamente grande. Yo vivo cerca del Museo. Alquilo un departamento en la calle Dyott.

—¿Y va a la sala de lectura para leer a Milton?

—Casi siempre a Milton. —Me miró—. Fue Milton —certificó— quien me convirtió al Diabolismo.

—¿Al Diabolismo? ¿Sí? ¿Realmente? —dije con esa vaga incomodidad y ese intenso deseo de ser cortés que experimenta uno cuando un hombre le habla de su propia religión—. ¿Usted… adora al Demonio?

Soames meneó la cabeza.

—No se trata de adoración —calificó, sorbiendo su ajenjo—, sino más bien de confianza mutua.

—Ah, sí… Pero yo creí entender por el prefacio de Negaciones que usted era… católico.

—Je t’étais á cette époque. Quizá lo sea aún. Sí, soy un Diabolista Católico.

Hizo esta profesión de fe con tono casi precipitado. Advertí que lo que prevalecía en su espíritu era el hecho de que yo había leído Negaciones. Sus ojos opacos habían brillado por primera vez. Tuve la impresión de que iba a ser examinado, viva voce, sobre el tema en que me sentía más flojo. Le pregunté apresuradamente cuándo se publicarían sus poemas.

—La semana próxima —me dijo.

—¿Y sin título?

—No, por fin encontré uno. Pero no se lo diré —añadió, como si yo hubiera tenido la impertinencia de preguntárselo—. Aún no sé si me satisface del todo. Pero es el mejor que he podido encontrar. En cierto modo, sugiere la naturaleza de los poemas… Extrañas vegetaciones, naturales y salvajes, y sin embargo exquisitas y multicolores y llenas de ponzoña.


Le pregunté qué pensaba de Baudelaire. Lanzó aquel bufido que era su risa, y dijo que “Baudelaire era un bourgeois malgré lui”. Francia solo tenía un poeta: Villon, “y dos tercios de Villon eran simple periodismo”. Verlaine era un “épicier m algré lui”. Con cierta sorpresa comprobé que, en conjunto, apreciaba menos la literatura francesa que la inglesa. Había “algunos pasajes” en Villiers de l’Isle Adam.

—Pero yo —resumió— no le debo nada a Francia.

Ya verá —predijo con un movimiento afirmativo de la cabeza.

Pero, llegado el momento, no vi tal cosa. Pensé que el autor de Fungoides debía bastante —inconscientemente, desde luego— a los jóvenes decadentes de París, o a los jóvenes ingleses que a su vez debían algo a aquéllos. Aún pienso lo mismo. El librito —que compré en Oxford— está ante mí en este momento, mientras escribo. Su cubierta de bocací gris pálido y sus letras de plata no han sobrellevado muy bien el paso del tiempo. Su contenido tampoco.

Lo he examinado nuevamente, con melancólico interés. No es gran cosa. Cuando se publicó, abrigué la vaga sospecha de que lo fuera. Supongo que es mi fe en ella la que se ha debilitado, y no la obra del pobre Soames…



TO A YOUNG WOMAN

Thou art, who hast not been!

Pale tunes irresolute

And traceries of old sounds

Blown from a rotted flute

Mingle with noise of cymbals rouged with rust

Nor not strange forms and epicene

Lie bleeding in the dust,

Being wounded with wounds.

For this it is

That in thy counterpart

Of age-long mockeries

Thou hast not been nor art! (1)

Me pareció que había cierta contradicción entre la primera y la última línea. Intenté, con el ceño fruncido, resolver esta discordancia. Pero no consideré mi fracaso como totalmente incompatible con un significado en la mente de Soames. ¿No indicaría, más bien, la profundidad del significado? En cuanto a la técnica, “enrojecidos por la herrumbre” me parecía un hallazgo, y las palabras “nor not” en lugar de “and” eran extrañamente felices. Me pregunté quién era la joven, y qué había sacado en limpio de todo eso. Me asalta la triste sospecha de que Soames no habría sido capaz de encontrarle más sentido que ella. Sin embargo, aún ahora, si no trata uno de comprender el poema, y se conforma con atender al sonido, advierte cierta gracia en el ritmo. ¡Soames era un artista… en la medida en que existía, pobre diablo! Cuando leí Fungoides por primera vez, me pareció, extrañamente, que su veta diabolista era lo mejor de Soames. El Diabolismo parecía una influencia alegre y aun saludable dentro de su vida.

NOCTURNE

Round and round the shutter’d Square

I stroll’d with the Devil’s arm in mine.

No sound but the scrape of his hoofs was there

And the ring of his laughter and mine.

We had drunk black wine.

I scream’d: “I will race you, Master!”

“What matter”, lie shriek’d, “tonight

Which of us runs the faster?

There is nothing to fear tonight

In the foul moon’s light!

Then I look’d him in the eyes,

And I laugh’d full shrill at the lie he told

And the gnawing fear he would fain disguise.

It was true, what I’d time and again been told:

He was old – old. (2)

Aquella primera estrofa, pensé, tenía mucho ímpetu: un acento retozón y jovial de camaradería. La segunda, quizá, era algo histérica. Pero la tercera me gustaba: ¡era tan vivamente heterodoxa, aun con respecto a los dogmas de la extraña secta de Soames! ¡Nada de “confianza mutua” en esas líneas! Soames, triunfante, desenmascarando al Demonio como a un mentiroso, y riéndose “a gritos”, era un personaje muy alentador. Eso fue lo que pensé entonces. Ahora, a la luz de lo que sucedió más tarde, ninguno de sus poemas me deprime tanto como el “Nocturno”.

Busqué los comentarios de los periódicos metropolitanos. Se dividían en dos clases: los que decían muy poco, y los que no decían nada. La segunda era mucho más numerosa, y los términos en que se expresaba la primera eran fríos. A tal punto que el mejor elogio que pudo presentar el editor de Soames en sus anuncios publicitarios era este:

Un acento de modernismo desde el principio hasta el fin… Un ritmo ágil. –Preston Telegraph.

Yo abrigaba la esperanza de poder felicitar al poeta (cuando lo viese) por haber conmovido el ambiente, pues se me ocurría que no estaba tan seguro de su grandeza intrínseca como aparentaba. Pero cuando en efecto nos encontramos, solo atiné a decir con voz ronca: “Espero que Fungoides se venda muy bien”. Me miró a través de su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar. Según su editor, solo se habían vendido tres. Me reí, como si fuese una broma.

—¿No creerá que me importa, verdad? —dijo con algo parecido a un gruñido.

Desestimé la idea. Añadió que no era un comerciante. Dije humildemente que yo tampoco, y murmuré que un artista que daba al mundo cosas realmente nuevas y grandes, siempre debía esperar mucho tiempo a que se le tributara el debido reconocimiento. Contestó que ese reconocimiento no le importaba un sou. Y yo admití que el acto de la creación era su propia recompensa. Si yo me hubiera considerado un Don Nadie, su mal humor me habría alejado. Pero, ¡ah! ¿Acaso John Lane y Aubrey Beardsley no me habían sugerido que escribiera un ensayo para esa grande y nueva empresa que estaba en marcha The Yellow Book? ¿Y acaso Henry Harland, como jefe de redacción, no había aceptado mi ensayo? ¿Y no aparecía en el mismísimo primer número? En Oxford yo estaba todavía in statu pupillari. Pero en Londres me consideraba con todo derecho un egresado, a quien ningún Soames podía abochornar. En parte con fines de ostentación, y en parte por pura buena voluntad, le dije a Soames que debía colaborar en el Yellow Book. De su garganta brotó un sonido despreciativo destinado a esa publicación.

Uno o dos días más tarde, sin embargo, le pregunté a Harland, para sondear el terreno, si sabía algo de la obra de un tal Enoch Soames. Harland se detuvo en mitad de su característico paseo alrededor de la habitación, alzó las manos al techo y gimió que a menudo había visto a “ese absurdo individuo” en París, y que esa misma mañana había recibido de él algunos poemas manuscritos.

—¿No tiene talento? —pregunté.

—Tiene una renta. No necesita nada.

Harland era el más jovial de los hombres y el más generoso de los críticos, pero detestaba hablar de algo que no lo entusiasmara. Por consiguiente, abandoné el tema. La noticia de que Soames poseía una renta mitigó mi preocupación. Más tarde supe que era hijo de un fracasado y fallecido librero de Preston, que había heredado de una tía casada una renta anual de trescientas libras, y que no le quedaban parientes en este mundo. Materialmente, pues, “no necesitaba nada”. Pero aun así, había en él un “pathos” espiritual, agudizado ahora a mis ojos por la posibilidad de que aun el Preston Telegraph no le hubiese dedicado sus elogios si el padre de Soames no hubiera sido un vecino dé Preston. Tenía una especie de débil obstinación que yo no podía menos de admirar. Ni él ni su obra recibían el menor estímulo; pero él insistía en comportarse como un personaje, mantenía siempre al tope su deshilachada banderita. En cualquier lugar donde se congregaran los jeunes féroces de las artes, en cualquier restaurante de Soho que acabaran de descubrir, en cualquier music-hall que prefiriesen, ahí estaba Soames entre ellos, o más bien al borde: una figura borrosa pero inevitable. Nunca trataba de captarse la simpatía de sus colegas escritores, jamás deponía un ápice de su arrogancia, cuando se trataba de su propia obra, o de su desprecio, cuando se trataba de los demás. 

Con los pintores se mostraba respetuoso, y aun humilde; mas para los poetas y prosistas de The Yellow Book, y más tarde del Savoy, jamás tuvo una palabra que no fuera de desdén. Su presencia no molestaba a los demás. A nadie se le habría ocurrido que él o su Diabolismo Católico tuvieran alguna importancia. Cuando en el otoño de 1896 publicó (esta vez por cuenta propia) su tercer libro, su último libro, nadie pronunció una palabra de elogio o de censura. Yo tuve intención de comprarlo, pero me olvidé. No lo vi nunca, y me avergüenza decir que ni siquiera recuerdo cómo se titulaba. Sin embargo, cuando se publicó el libro, le dije a Rothenstein que el pobre viejo Soames me parecía en realidad una figura bastante trágica, y que la falta de resonancia de su obra acabaría realmente por matarlo.

Rothenstein se burló. Dijo que yo alardeaba de un buen corazón que en verdad no poseía; y quizá era así. Pero unas semanas más tarde, en la exposición privada del Nuevo Club Inglés de Arte, vi un retrato al pastel de “Enoch Soames, Esq.” Se le parecía mucho, y el haberlo ejecutado era característico de Rothenstein. Soames estuvo parado toda la tarde cerca del cuadro, con su sombrero hongo y su capa impermeable. Cualquiera de sus conocidos habría captado en el acto la semejanza del retrato. Pero quien no lo conociera, nunca hubiese identificado el modelo a partir de la imagen; esta “existía” mucho más que él; era inevitable. Además, no tenía esa expresión de vaga felicidad que ahora se advertía, sí, en el rostro de Soames. El hábito de la fama lo había rozado. En el transcurso de aquel mes fui dos veces más al Club de Arte, y en ambas oportunidades vi a Soames exhibiéndose en persona. Pensándolo bien, creo que la clausura de aquella exposición fue virtualmente el fin de su carrera. Había sentido en la mejilla el aliento de la fama… pero tan tarde y por tan poco tiempo… y al no sentirlo más, cedió, sucumbió, se derrumbó. Él, que nunca había parecido fuerte o saludable, ahora tenía un aspecto espectral, era una sombra de la sombra que antaño había sido. Aún frecuentaba la sala de dominó; pero, habiendo perdido el deseo de provocar curiosidad, ya no leía libros en ella.

—¿Ahora solo lee en el Museo? —le pregunté, aparentando jovialidad. Me contestó que ya no iba allí.

—No hay ajenjo en el Museo.

Era una de esas cosas que antaño habría dicho para llamar la atención; ahora la decía convencido. El ajenjo, que antes no fuera más que un factor de la “personalidad” que tan laboriosamente trataba de construirse, se había convertido en solaz y necesidad. Ya no lo llamaba “la sorcière glauque”. Había renunciado a todas las expresiones en francés. Se había convertido en un hombre de Preston, sencillo y sin barniz.

El fracaso, aun cuando sea un fracaso total, sencillo y sin barniz, aun cuando sea un fracaso mezquino, lleva siempre consigo cierta dignidad. Yo rehuía a Soames porque a su lado me sentía vulgar.

Por aquella época John Lane había publicado dos libritos míos, que tuvieron un agradable éxito de crítica. Yo era una “personalidad”… una personalidad menor, pero bien definida. Frank Harris me había contratado para que “pataleara” en el Saturday Review, Alfred Harmsworth me permitía hacer lo mismo en The Daily Mail. Yo era justamente lo que no era Soames. Él proyectaba una sombra de vergüenza sobre mi triunfo. Si yo hubiera sabido que él creía firme y verdaderamente en la grandeza de lo que realizara como artista, quizá no habría evitado su presencia. No se puede decir que ha fracasado por completo un hombre que no ha perdido su vanidad. La dignidad de Soames era una ilusión mía. Un día de la primera semana de junio de 1897 esa ilusión desapareció. Pero en la noche de ese día también desapareció Soames.

Yo había estado afuera la mayor parte de la mañana, y como se me hizo tarde para almorzar en casa, fui al “Vingtième”. Este pequeño local —cuyo nombre completo era “Restaurant du Vingtième Siècle”— había sido descubierto por los escritores y poetas en 1896, pero más tarde fue abandonado, o poco menos, en beneficio de algún hallazgo posterior.

Creo que no subsistió lo bastante para justificar su nombre; mas por ese entonces estaba aún en Greek Street, a pocos pasos de Soho Square, y casi enfrente de esa casa donde en los primeros años del siglo una chiquilla, y junto con ella un muchacho llamado De Quincey, pernoctaban hambrientos en la oscuridad, entre el polvo y las ratas y viejos pergaminos legales. El “Vingtième” no era más que un saloncito blanqueado, que por un extremo daba a la calle y por otro a la cocina. El propietario y cocinero era un francés, a quien llamábamos Monsieur Vingtième; las camareras eran sus dos hijas, Rose y Berthe; y la comida, en verdad, era buena. Las mesas eran tan angostas y estaban tan juntas que cabían en número de doce, seis de cada pared.

Cuando entré, solo las dos más próximas a la puerta estaban ocupadas. Una, por un hombre alto, llamativo, más bien mefistofélico, a quien yo solía ver de tanto en tanto en el salón de dominó y en otros lugares. En la otra estaba Soames. En aquel soleado recinto, formaban un extraño contraste: Soames, demacrado, con aquel sombrero y aquella capa que jamás le viera quitarse, y este otro, este hombre intensamente vital, ante cuya presencia volvía a preguntarme, con más insistencia que nunca, si era un mercader de diamantes, un ilusionista o el jefe de una agencia de detectives privados. Estoy seguro de que Soames no deseaba mi compañía; sin embargo, le pregunté si podía acompañarlo —no hacerlo habría sido una desconsideración atroz— y me senté frente a él. Fumaba un cigarrillo. Había dejado el plato sin probar y tenía a su lado una botella semivacía de Sauterne. Callaba con cierta obstinación. Dije que Londres estaba imposible, con los preparativos del jubileo (a decir verdad, me gustaban). Manifesté mi deseo de marcharme inmediatamente, hasta que todo aquello terminara. En vano traté de ponerme a tono con su melancolía. Él no parecía oírme ni verme. Pensé que su comportamiento me ridiculizaba a los ojos del otro parroquiano. El pasillo entre las dos hileras de mesas del “Vingtième” tenía apenas dos pies de ancho (Rose y Berthe, al servir, se rozaban siempre, riñendo en voz baja), y cualquiera que estuviera sentado a la mesa contigua compartía prácticamente la que uno ocupaba.

Pensé que mi fracasada tentativa de interesar a Soames divertía a mi vecino, y como no podía explicarle que mi insistencia era simplemente un acto de caridad, guardé silencio. Podía verlo perfectamente sin necesidad de volver la cabeza. Abrigué la esperanza de que mi aspecto fuese menos vulgar que el suyo, en contraste con el de Soames. Yo estaba seguro de que no era inglés; pero, ¿cuál era realmente su nacionalidad? Aunque tenía el cabello (negro como el azabache) cortado en brosse, no me pareció francés. A Berthe, que lo atendía, le hablaba en francés con soltura, pero sin el acento y los coloquialismos nativos. Supuse que era su primera visita al “Vingtième”, pero Berthe lo atendía sin formalidades. Él no le había causado buena impresión. Sus ojos eran atrayentes, pero —como las mesas del “Vingtième” demasiado angostos y juntos. Tenía una nariz de ave de rapiña, y las guías del bigote, que se prolongaban a ambos lados de las fosas nasales, le estereotipaban la sonrisa. Decididamente, era siniestro. Y el chaleco escarlata —tan fuera de temporada en el mes de junio—, que le ceñía ajustadamente el pecho amplio, intensificaba la sensación de incomodidad que me producía su presencia. Ese chaleco no sólo era inadecuado por el calor. Era, no sé por qué, inadecuado en sí mismo. No se habría justificado en una mañana de Navidad.

Habría sido una nota discordante la noche del estreno de Hernani. Yo estaba tratando de explicarme lo que había en él de incongruente, cuando Soames, repentino y extraño, quebró el silencio.

—¡Dentro de cien años…! —murmuró, como si estuviera en trance.

—No estaremos aquí —repuse, pronta y fatuamente.

—Nosotros no estaremos. No —zumbó—, pero el Museo estará en el mismo lugar donde ahora está. Y la sala de lectura, en el mismo lugar de ahora. Y la gente irá a leer.

Aspiró bruscamente el humo, y un espasmo de auténtico dolor le deformó el rostro. Me pregunté qué encadenamiento de ideas había estado siguiendo el pobre Soames. Pero él no aclaró mis dudas cuando dijo, después de una larga pausa:

—Usted cree que no me ha importado.

—¿Que no le ha importado qué, Soames? 

—El olvido. El fracaso.

—¿El fracaso? —dije calurosamente—. ¿El fracaso? —repetí vagamente—. El olvido, sí, quizá; pero eso es algo completamente distinto. Desde luego, usted no ha sido… apreciado. Pero, ¿qué importa? Cualquier artista que… que da… Lo que yo quería decir era esto: “Cualquier artista que da al mundo cosas nuevas y grandes, siempre debe esperar mucho tiempo a que se le tribute el debido reconocimiento”; pero el halago se negaba a salir: a la vista de aquella congoja, una congoja tan genuina y desembozada, mis labios no querían pronunciar las palabras.

Y entonces… fue él quien las dijo por mí. Me sonrojé.

—¿Eso es lo que usted iba a decir, verdad? — preguntó.

—¿Cómo lo sabe?

—Es lo que me dijo hace tres años, cuando se publicó Fungoides.

Me sonrojé aún más Innecesariamente, porque él prosiguió:

—Es lo único importante que le he oído decir. Y nunca lo he olvidado. Es cierto. Es una terrible verdad. Pero… ¿recuerda lo que yo le contesté? Le dije: “El reconocimiento no me importa un sou”. Y usted me creyó. Usted ha seguido creyendo que estoy por encima de todo eso. Usted es superficial. ¿Qué puede saber de los sentimientos de un hombre como yo? Usted imagina que cuando un gran artista tiene fe en sí mismo y en el veredicto de la posteridad, eso basta para hacerlo feliz… Usted nunca ha adivinado la amargura y la soledad, el… —su voz se quebró; pero luego prosiguió con una fuerza que yo nunca le viera—: ¡La posteridad! ¿De qué me sirve a mí? Un muerto no sabe que la gente visita su tumba, que acuden al lugar donde nació, que le ponen placas conmemorativas, que descubren estatuas suyas. Un muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡Así que pasen cien años! ¡Piense en eso! Si yo pudiera volver a la vida entonces… unas pocas horas, si yo pudiese ir a la sala de lectura y leer! ¡O mejor aún, si ahora, en este momento, pudiera proyectarme a ese futuro, a esa sala de lectura, nada más que por esta tarde! ¡A cambio de eso me vendería en cuerpo y alma al Demonio! Piense: páginas y más páginas del catálogo:

“SOAMES, ENOCH”, interminablemente… interminables ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías…

—Al llegar aquí lo interrumpió un brusco y penetrante crujido de la silla colocada ante la mesa contigua. Nuestro vecino se había levantado a medias de su asiento. Se inclinaba hacia nosotros, tratando de disculpar su intromisión.

—Perdonen ustedes… permítanme —dijo suavemente—. Me ha sido imposible no oír. ¿Puedo tomarme esta libertad? En este pequeño restaurant sans-façon —extendió las manos en amplio gesto—, ¿puedo, como suele decirse, meter las narices? No me quedó más remedio que manifestar nuestra conformidad. Berthe había aparecido en la puerta de la cocina, creyendo que el desconocido quería la cuenta. Pero él la alejó con un movimiento del cigarro, y un instante después se había sentado junto a mí, frente a frente de Soames.

—Aunque no soy inglés —explicó—, conozco a Londres muy bien, señor Soames. Su nombre y su fama (y también los del señor Beerbohm) me son muy conocidos. Ustedes Se preguntarán: ¿quién soy yo? —Miró rápidamente por encima del hombro, y añadió en voz baja—: Soy el Diablo.

No pude evitarlo: me reí. Traté de no hacerlo; sabía que no había motivo de risa, pues mi propia descortesía me avergonzaba, pero me reí cada vez más fuerte. La serena dignidad del Diablo, la sorpresa y el fastidio de sus cejas enarcadas solo aumentaron mi hilaridad. Me reí hasta desternillarme, y al final me apoyé, dolorido, en el respaldo de la silla. Me comporté deplorablemente.

—Soy un caballero —dijo él con intenso énfasis— y creía estar en presencia de caballeros.

—¡Oh! —murmuré, ya sin aliento—. ¡Oh, por favor!

—¿Curioso, nicht war? —oí que le decía a Soames—. Hay cierta clase de personas para quienes la sola mención de mi nombre es… ¡oh, tan terriblemente graciosa! En vuestros teatros, al más torpe comediante le basta decir: “¡El Diablo!” para provocar enseguida “la risa altisonante que delata a los espíritus vacíos”. ¿No es así? Yo había recobrado el aliento, lo suficiente para ofrecer mis excusas. Él las aceptó, pero fríamente, y volvió a dirigirse a Soames.

—Soy un hombre de negocios —dijo—, y siempre me ha gustado ir derecho al grano, como dicen en los Estados Unidos. Usted es un poeta. Les affaires… usted los detesta. Pero conmigo negociará, ¿verdad? Lo que acaba de decir me infunde furiosas esperanzas.

Soames no se había movido, salvo para encender un nuevo cigarrillo. Estaba agazapado, con los codos sobre la mesa y la cabeza al ras de las manos, mirando fijamente al Demonio.

—Siga —dijo moviendo afirmativamente la cabeza.

A mí ya no me quedaban ganas de reír.

—Nuestro pequeño pacto —prosiguió el Diablo— será tanto más agradable cuanto que usted… si no me equivoco, es un diabolista.

—Un diabolista católico —dijo Soames.

El Demonio aceptó de buena gana esta reserva.

—Usted —prosiguió— quiere visitar ahora, esta tarde, la sala ele lectura del museo Británico, ¿verdad? Pero tal como será dentro de cien años, ¿eh? Parfaitement. El tiempo… una ilusión. El pasado y el futuro… están siempre tan presentes como el presente, o al menos, por decirlo así, a la vuelta de la esquina. Yo lo sintonizo con cualquier época. Yo lo proyecto… ¡puf! ¿Usted quiere hallarse en la sala de lectura, tal como será en la tarde del 3 de junio de 1997? ¿Quiere encontrarse, de pie, en esa sala, más allá de las puertas giratorias, en este mismo instante, eh? ¿Y quedarse ahí hasta que cierren? ¿No es así? Soames asintió.

El Diablo miró su reloj.

—Las dos y diez —dijo—. La hora de clausura, en ese entonces, será la misma de ahora: las siete. Tendrá usted casi cinco horas. A las siete —¡puf! se encontrará nuevamente aquí, sentado ante esta mesa. Esta noche ceno dans le monde —dans le high life. Con eso termina mi presente visita a vuestra gran ciudad. Vendré a buscarlo aquí, señor Soames, en el camino de regreso a mi hogar.

—¿Su hogar? —repetí.

—¡Aunque no sea tan humilde! —dijo despreocupadamente el Demonio.

—Está bien —dijo Soames.

—¡Soames! —supliqué. Pero a mi amigo no se le movió un músculo.

El Diablo estiraba la mano a través de la mesa para tocar el antebrazo de Soames; pero interrumpió el ademán.

—Dentro de cien años, como ahora —dijo sonriendo—, no se permite fumar en la sala de lectura, Por lo tanto será mejor que…

Soames se quitó el cigarrillo de la boca y lo dejó caer en su vaso de Sauterne.

—¡Soames! —exclamé de nuevo—. Usted no puede…

Pero el Diablo ya había estirado la mano a través de la mesa, y la dejó caer lentamente… sobre el mantel. La silla de Soames estaba vacía. Su cigarrillo flotaba, hinchado, en el vino de la copa. No quedaban más rastros de él.

Durante algunos instantes el Diablo dejó descansar la mano en el sitio donde la había apoyado, mirándome con el rabillo del ojo, vulgarmente triunfal. Me asaltó un escalofrío. Me dominé con esfuerzo y me levanté de la silla.

—Muy ingenioso —dije, condescendiente—. Pero, ¿no cree usted que La Máquina del Tiempo es un libro delicioso? ¡Tan original!

—Usted se complace en el sarcasmo —dijo el Diablo, que también se había puesto de pie—, pero una cosa es escribir acerca de una máquina imposible, y otra muy distinta ser una Potencia Sobre natural.

Sin embargo, comprendí que se sentía ofendido. Berthe se acercó al oír que nos levantábamos. Le expliqué que habían llamado al señor Soames, pero que tanto él como yo cenaríamos allí por la noche. Recién cuando salí al aire libre empecé a sentirme mareado. Solo tengo un vaguísimo recuerdo de lo que hice, de los lugares por donde ambulé bajo el sol ardiente de aquella tarde interminable. Recuerdo el sonido de los martillos de los carpinteros, a lo largo de Piccadilly, y el aspecto desnudo y caótico de los “stands” a medio construir. ¿Fue en Green Park o en Kensington Gardens, dónde fue que me senté en una silla debajo de un árbol y traté de leer un periódico vespertino? El artículo de fondo traía una frase que siguió repitiéndose en mi fatigado cerebro: “Son pocas las cosas que escapan a esta augusta Señora, llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de Reinado”. Recuerdo haber concebido, en mi desesperación, una carta (que debía ser llevada a Windsor por mensajero expreso, con orden de esperar la respuesta). SEÑORA: Sabiendo perfectamente que Su Majestad está llena de sabiduría atesorada en sesenta años de Reinado, me atrevo a solicitar su consejo en este delicado asunto. El señor Enoch Soames, cuyos poemas quizá usted conozca…

¿No había manera alguna de ayudarlo, de salvarlo? Un pacto era un pacto, y yo habría sido el último en ayudar o respaldar a alguien que tratara de rehuir una obligación razonable. No habría movido un dedo para salvar a Fausto. ¡Pero el pobre Soames!, condenado a pagar sin tregua un precio eterno por nada más que una infructuosa búsqueda y una amarga desilusión…

Me parecía extraño y siniestro que él, Soames, en carne y hueso, con su capa impermeable, estuviera en aquel momento viviendo en la última década del siguiente siglo, escudriñando libros que aún no se habían escrito, viendo y siendo visto por hombres que aún no habían nacido. Y aún más siniestro y singular que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Sí, sin duda la verdad es más extraña que la ficción.

Aquella tarde fue interminable. Casi deseé haber acompañado a Soames; no para permanecer en la sala de lectura, desde luego, sino para salir a dar un excitante paseo por un Londres desconocido. Me alejé, inquieto, del parque donde había descansado.

Inútilmente traté de imaginar que yo era un ardiente turista del siglo dieciocho. La tensión de los minutos lentos y vacíos era intolerable. Mucho antes de las siete regresé al “Vingtième”.

Me senté a la misma mesa que había ocupado en el almuerzo. El aire entraba con indiferencia por la puerta abierta a mi espalda. De tanto en tanto, Rose y Berthe aparecían por un instante. Les había dicho que no pediría la cena hasta que no llegara el señor Soames. Empezó a sonar un organillo, ahogando abruptamente el vocerío de unos franceses que disputaban en la calle. Cada vez que terminaba una canción, se oía nuevamente la algarabía de la pelea. En el camino yo había comprado otro periódico vespertino. Lo abrí. Pero mis ojos se apartaban incesantemente de él, para consultar el reloj de pared colocado sobre la puerta de la cocina… ¡Faltaban cinco minutos para la hora! Recordé que en los restaurantes los relojes están cinco minutos adelantados. Concentré mi mirada en el periódico. Juré no volver a levantar los ojos. Alcé el periódico y lo desplegué en todo su ancho, pegándolo a mi rostro, para no ver otra cosa… ¿Temblaba acaso la hoja? Una corriente de aire, me dije.

Una gradual rigidez se apoderaba de mis brazos. Me dolían. Pero no podía bajarlos… ahora. Me asaltó una sospecha, me asaltó una certeza. Y bien, ¿entonces qué?… ¿Para qué otra cosa había venido? Sin embargo, seguí aferrándome enérgicamente a esa barrera del periódico. Solo el ruido de los ágiles pasos de Berthe, que venía de la cocina, me permitió, me obligó a dejarlo caer y murmurar:

—¿Qué cenaremos, Soames?

—II est souffrant, ce pauvre Monsieur Soames? —preguntó Berthe.

—Solo está… cansado.

Le pedí que trajera vino —Borgoña— y cualquier comida que estuviese lista. Soames estaba agazapado sobre la mesa, exactamente en la misma posición en que lo viera por última vez. Como si no se hubiese movido… él, que había viajado tan inconcebiblemente lejos. Una o dos veces, en el transcurso de la tarde, se me había ocurrido, por un instante, que tal vez su viaje no sería infructuoso, que acaso todos nos habíamos equivocado al juzgar la obra de Enoch Soames. Pero de su aspecto se desprendía con atroz claridad que estábamos atrozmente en lo cierto.

—No se desanime —balbucí—. Quizá usted no… no eligió un plazo suficiente. Tal vez dentro de dos o tres siglos…

—Sí —respondió su voz—. He pensado en eso.

—Y ahora… ¡ocupémonos ahora del futuro más inmediato! ¿Dónde piensa ocultarse? ¿Qué le parece si toma el expreso de París, en Charing Cross? Tiene casi una hora. Pero no vaya a París. Quédese en Calais. Radíquese en Calais. Jamás se le ocurrirá ir a buscarlo a Calais.

—Es mi destino —dijo— pasar mis últimas horas en la tierra en compañía de un asno. —Pero yo no me sentí ofendido—. Y un asno traidor —añadió extrañamente, lanzando hacia mí un arrugado trozo de papel que tenía en la mano. Eché un vistazo a lo que traía escrito… una especie de jerigonza, al parecer, y lo aparté con impaciencia.

—¡Vamos, Soames! ¡Serénese! Esto no es solo un asunto de vida o muerte. ¡Recuerde, se trata de un eterno tormento! ¿Se quedará aquí, resignadamente, hasta que el Diablo venga a buscarlo?

—No puedo hacer otra cosa. No me queda otra alternativa.

—¡Vamos! ¡La “confianza mutua” llevada al colmo! ¡Su diabolismo ha perdido el seso! —Llené su vaso de vino—. Seguramente, ahora que usted ha visto a esa bestia. . .

—Es inútil injuriarlo.

—Pero usted debe admitir, Soames, que no tiene nada de miltoniano.

—No niego que sea algo distinto de lo que yo esperaba.

—Es un hombre vulgar, un plebeyo, de esa clase de individuos que despojan a las damas de sus joyas en los pasillos de los trenes que van a la Riviera. ¡Imagínese el eterno tormento presidido por él!

—No creerá usted que lo espero con ansia, ¿verdad?

—Entonces, ¿por qué no huye silenciosamente?

Una y otra vez llené su vaso, que él vaciaba mecánicamente. Pero el vino no encendía en su interior la más pequeña chispa de iniciativa. No comía, y yo apenas probé bocado. En el fondo de mi corazón, yo no creía que la fuga pudiera salvarlo. La persecución sería instantánea, la captura cierta. Pero todo era preferible a esta espera pasiva, humilde, miserable. Le dije a Soames que el honor de la raza humana le exigía alguna manifestación de resistencia. Preguntó qué había hecho la raza humana por él.

—Además —dijo—, ¿no comprende que estoy en su poder? Usted lo vio tocarme, ¿verdad? Todo ha terminado. No tengo voluntad. Estoy sellado. Hice un gesto de desesperación. Él siguió repitiendo la palabra sellado. Empecé a comprender que el vino le había nublado el cerebro. ¡No era extraño! Sin alimentarse había viajado al futuro, y aún estaba sin comer. Lo insté a que probara por lo menos un poco de pan. Era enloquecedor pensar que él, que tenía tanto que decir, quizá no dijera nada.

—¿Qué le pareció todo… más allá? —pregunté—. ¡Vamos! Cuénteme sus aventuras.

—Serían un excelente “argumento”, ¿verdad?

—Lo siento mucho por usted, Soames, y me hago cargo de lo que le sucede; pero, ¿qué derecho tiene a insinuar que yo lo utilizaría como “argumento”? El pobre se llevó las manos a la frente.

—No sé —dijo—. Sé que he tenido algún motivo…

Trataré de recordarlo.

—Perfecto. Trate de recordarlo todo. Coma un poco más de pan. ¿Qué aspecto tenía la sala de lectura?

—Más o menos el de siempre —murmuró por fin.

—¿Mucha gente?

—Como de costumbre.

—¿Cómo eran?

Soames trató de visualizarlos.

—Eran todos muy parecidos —recordó de pronto.

Mi espíritu dio un salto atroz.

—¿Todos vestidos con mallas?

—Sí. Creo que sí.

—¿Una especie de uniforme? —Él asintió—. ¿Con un número, quizá? ¿Un número en un gran disco metálico cosido a la manga izquierda? ¿DKF 78.910, por ejemplo? —Era así—. ¿Y todos, hombres y mujeres, parecían muy bien alimentados? ¿Muy utópicos? ¿Con un fuerte olor a ácido fénico? ¿Y todos completamente calvos?

Mis previsiones resultaron exactas. El único punto acerca del cual Soames no estaba muy seguro era si los hombres y las mujeres eran calvos o estaban rapados.

—No tuve tiempo para examinarlos muy detenidamente —explicó.

—No, desde luego. Pero…

—Ellos sí que me miraban. Llamé mucho la atención. —¡Al fin había llamado la atención! Creo que más bien los atemoricé. Me rehuían cuando me aproximaba. Los hombres que ocupaban el escritorio circular en el centro de la sala parecían asaltados del pánico cada vez que me acercaba para hacer alguna averiguación.

—¿Qué hizo usted cuando llegó?

Desde luego, se había encaminado directamente al catálogo, a los volúmenes marcados con la letra S, y se había detenido largamente ante el SNSOF, incapaz de sacarlo del estante, porque su corazón latía tan apresuradamente… Al principio, dijo, no se sintió defraudado —pensó, simplemente, que estaba en uso un nuevo sistema de clasificación. Se dirigió a la mesa central y preguntó dónde estaba el catálogo de los libros del siglo veinte. Supo que aún no había más que un solo catálogo. Buscó nuevamente su nombre, contempló las tres tirillas engomadas que había conocido tan bien. Después fue a sentarse, y largo rato permaneció sentado…

—Y por fin —dijo con voz parecida al zumbido de un abejorro— consulté el Diccionario Biográfico Nacional y algunas enciclopedias… Regresé a la mesa central y pregunté cuál era el mejor libro moderno sobre la literatura de fines del siglo diecinueve. Me dijeron que el libro del señor T. K. Nupton era considerado el mejor. Lo busqué en el catálogo, y llené el correspondiente formulario. Me lo trajeron. Mi nombre no estaba en el índice, pero… ¡Sí! —dijo cambiando abruptamente de tono—. Eso es lo que había olvidado. ¿Dónde está ese pedacito de papel? Démelo.

Yo también había olvidado aquel jeroglífico. Lo encontré caído en el suelo y se lo alcancé. Él lo alisó, meneando la cabeza y mirándome con una sonrisa desagradable.

—Eché un vistazo al libro de Nupton —prosiguió—.

No es fácil de leer. Usan una especie de escritura fonética. Todos los libros modernos que vi eran fonéticos.

—Entonces no quiero saber más nada, Soames, por favor.

—En cambio, todos los nombres propios parecían escritos a la antigua. De lo contrario, quizá no habría advertido el mío.

—¿Su propio nombre? ¿De veras? ¡Oh, Soames, cuánto me alegro!

—Y el suyo.

—¡No!

—Pensé que esta noche usted me esperaría aquí. Por eso me tomé la molestia de copiar el pasaje. Léalo.

Le arranqué el papel de las manos. La escritura de Soames era característicamente borrosa. Debido a esto, a mi emoción y a la ruidosa ortografía, tardé más en comprender lo que quería decir T. K. Nupton. El documento se halla ante mis ojos en este momento. Es extraño que las palabras que copio para ustedes el pobre Soames las haya copiado para mí dentro de setenta y ocho años…

De la página 234 de Literatura inglesa 1890-1900, por T. K. Nupton, publicación del Estado, 1992. “Por ejemplo, un escritor de la época, llamado Max Beerbohm, que aún vivía en el siglo veinte, escribió un cuento en el que retrató a un personaje imaginario llamado “Enoch Soames”, un poeta de tercera categoría, que se cree un gran genio y hace un pacto con el Diablo para saber qué pensaría de él la posteridad. Es una sátira algo artificiosa, pero no carente de valor, en cuanto demuestra hasta qué punto se tomaban en serio los jóvenes de mil-ochonoventa.

Ahora que la profesión literaria ha sido organizada como un departamento de servicios públicos, los escritores han encontrado su verdadero nivel y han aprendido a cumplir su deber sin pensar en el mañana. ‘El obrero gana su salario’, y eso es todo. Felizmente, los Enoch Soames no existen hoy entre nosotros.” Advertí que pronunciando las palabras en alta voz (recurso que recomiendo a mis lectores) alcanzaba a comprenderlas, poco a poco. Cuanto más inteligibles se volvían, tanto más crecían mi azoramiento, mi congoja y mi horror. Era una pesadilla. Por un lado, a lo lejos, el vasto y siniestro panorama de lo que aguardaba a las infortunadas letras; por el otro, aquí, sentado a la mesa, mirándome con una mirada que parecía quemarme, el pobre hombre a quien, a quien evidentemente… pero no: por mucho que se envileciera mi carácter en los años venideros, yo jamás sería tan bestia como para… Examiné nuevamente el manuscrito. “Imaginario”… pero allí estaba Soames, y no era más imaginario —¡ay!— que yo. Y “labud”… ¿qué diablos era eso? (Hasta el día de hoy no he descifrado esa palabra.)

—Todo esto es muy… desconcertante —balbucí por fin.

Soames nada dijo; pero, cruelmente, no dejó de mirarme.

—¿Está usted seguro —contemporicé—, completamente seguro de que copió bien el párrafo?

—Completamente.

—Bueno, entonces es este maldito Nupton que debe de haber cometido —que cometerá— un estúpido error… ¡Escúcheme, Soames! Usted me conoce demasiado para suponer que yo… Al fin y al cabo, el nombre “Max Beerbohm” no es tan raro, y seguramente habrá varios Enoch Soames por ahí… o, más bien, “Enoch Soames es un nombre que podría ocurrírsele a cualquiera que escribiese un cuento. Además, yo no escribo cuentos: soy un ensayista, un observador, un cronista… Admito que es una coincidencia extraordinaria. Pero usted debe comprender…

—Lo comprendo todo —dijo Soames quedamente.

Y añadió, en un resabio de sus viejas actitudes, pero con una dignidad que yo nunca le había conocido-:

Parlons d’ autre chose.

Acepté de prisa esta sugestión. Y volví directamente al futuro inmediato. Pasé la mayor parte de aquella larga tarde en renovadas súplicas a Soames para que huyese y se refugiara en cualquier parte. Recuerdo haberle dicho, por último, que si en verdad yo estaba llamado a escribir sobre él, aquel presunto “cuento” podría, por lo menos, tener un epílogo feliz. Soames repitió esas tres palabras finales con expresión de intenso desprecio.

—En la Vida y en el Arte —dijo—, lo único que importa es un epílogo inevitable.

—Pero —insistí, fingiendo mayores esperanzas de las que en realidad abrigaba— un final que puede rehuirse, no es inevitable.

—Usted no es un artista —dijo con voz áspera—. Y su incapacidad artística es tan irremediable que, no pudiendo imaginar algo y darle realidad, logrará que una cosa verdadera parezca inventada. Es un miserable chapucero. ¡Maldita suerte la mía! Protesté que el miserable chapucero no era yo —no iba a ser yo— sino T. K. Nupton, y sostuvimos una discusión bastante acalorada. En lo mejor de ella, me pareció de pronto que Soames admitía su error: lo vi físicamente anonadado. Pero me pregunté por qué —y lo adiviné enseguida, con un escalofrío—, por qué miraba de esa manera algo que estaba a mi espalda.

El portador de aquel “final inevitable” llenaba el vano de la puerta.

Logré girar en mi asiento y decir, con cierta despreocupación:

—¡Ah, adelante?

En verdad, su absurdo aspecto de villano de melodrama apaciguaba en algo mi temor. El lustre de su sombrero ladeado y su pechera, la forma en que se retorcía el bigote, y en particular la magnificencia de su sonrisa, todo parecía atestiguar que sólo estaba allí para ser burlado.

De una zancada llegó a nuestra mesa

—Lamento —dijo con feroz ironía— interrumpir esta pequeña reunión…

—No la interrumpe, la completa —le aseguré—. El señor Soames y yo deseamos conversar con usted. ¿Quiere sentarse? El señor Soames no ha obtenido nada, absolutamente nada, con su viaje de esta tarde. No pretendemos insinuar que todo este negocio no ha sido más que una estafa… una vulgar estafa. Por el contrario, creemos que usted ha procedido de buena fe. Pero, desde luego, en tales circunstancias, el pacto queda rescindido.

El Diablo no contestó verbalmente. Se limitó a mirar a Soames y señalarle la puerta con el índice rígido. Soames se levantaba penosamente de la silla cuando yo, en un rápido y desesperado ademán, me apoderé de dos cuchillos que descansaban sobre la mesa y puse las hojas en cruz.

El Diablo retrocedió abruptamente contra la mesa que tenía a su espalda, desviando el rostro y estremeciéndose.

—¡Usted no es supersticioso! —dijo con voz sibilante.

—Yo no —repuse sonriendo.

—¡Soames! —ordenó, como si hablara con un lacayo, pero sin volver el rostro—. ¡Enderece esos cuchillos!

—El señor Soames —dije enfáticamente, al tiempo que intentaba refrenar a mi amigo con un gesto imperativo— es un diabolista catódico. Pero mi pobre amigo cumplió el mandato del Diablo y no el mío; y cuando los ojos del maestro volvieron a clavarse en él, se levantó y salió arrastrando los pies. Traté de hablar. Pero fue él quien habló.

—Haga lo posible —fue la plegaria que me dirigió en el preciso instante en que el Diablo lo sacaba bruscamente por la puerta—, haga lo posible por hacerles saber que yo he existido. Un segundo después salí yo también. Me quedé mirando a todos lados, a derecha, a izquierda, adelante. Vi la luz de la luna, vi la luz de los faroles, pero Soames y el otro habían desaparecido.

Aturdido, me quedé allí. Aturdido, volví por fin al reducido local: y supongo que pagué a Rose y Berthe mi cena y mi almuerzo, y también los de Soames; espero que así haya sido, porque nunca volví al “Vingtième”. Desde aquella noche no me he acercado a Greek Street. Y pasaron muchos años antes de que volviera a poner el pie en Soho Square, porque fue allí, esa misma noche, donde ambulé horas y horas con esa vaga sensación de esperanza que incita a un hombre a no alejarse del lugar donde ha perdido algo… “En torno a la plaza de cerrados postigos anduve y anduve…” Aquella línea me volvía a la memoria, en mi solitaria ronda, y junto con ella toda la estrofa, repicando en mi cerebro y haciéndome ver cuán trágicamente distinto de lo imaginado por él había sido el encuentro del poeta con ese príncipe de quien, más que de todos los príncipes, debemos desconfiar.

Sin embargo —es extraño cómo ambula y divaga la mente de un ensayista, por conmovida que esté—, recuerdo haberme detenido ante un amplio portal preguntándome si acaso era el mismo en que el joven de Quincey yacía enfermo y débil mientras la pobre Ann corría a todo lo que daban sus piernas en dirección a Oxford Street, esa “madrastra de corazón de piedra”, y regresaba con el “vaso de oporto y especias” sin el cual, según él, quizá habría muerto. ¿Era este el mismo portal que de Quincey solía visitar en su ancianidad a manera de homenaje? Medité sobre el destino de Ann y la causa de su repentina desaparición de la guarida de su amigo; y luego me reproché amargamente por dejar que el pasado desplazara al presente. ¡Pobre Soames, desaparecido! Y también empecé a sentirme preocupado por mí mismo. ¿Qué debía hacer?

¿Se produciría acaso un gran escándalo? ¿” La Misteriosa Desaparición de un Escritor”, etc.? Había sido visto, por última vez, almorzando y cenando en mi compañía. ¿No sería mejor que yo tomara un coche y fuera inmediatamente a Scotland Yard? Me creerían un lunático. Al fin y al cabo, dije para tranquilizarme, Londres es una ciudad muy grande, y un solo ser humano, muy oscuro por añadidura, puede fácilmente desaparecer sin que nadie lo advierta… especialmente ahora, en el deslumbramiento del próximo jubileo. Lo mejor, pensé, era no decir nada.

Y estaba en lo cierto. La desaparición de Soames no produjo el menor ruido. Fue olvidado por completo antes que nadie —que yo sepa— observara que ya no se lo veía. Quizá de tanto en tanto, algún poeta, algún prosista, haya preguntado a otro: ¿Qué ha sido de ese hombre Soames?, pero yo no oí jamás esa pregunta. Cabe suponer que el procurador que le entregaba su renta anual realizara averiguaciones, pero no trascendió ningún eco de las mismas. Había algo atroz, para mí, en ese desconocimiento general del hecho de que Soames había existido, y más de una vez me sorprendí preguntándome si Nupton —ese nonato— tendría razón al suponer que Soames era fruto de mi fantasía.

En ese extracto del repulsivo libro de Nupton hay un detalle que quizá os ha intrigado. ¿Cómo es que el autor, aunque yo lo he mencionado aquí por su nombre y he citado las mismas palabras que él ha de escribir, no advertirá el evidente corolario de que yo no he inventado nada? La respuesta solo puede ser la siguiente: Nupton no habrá leído los últimos pasajes de esa crónica. Semejante falta de escrupulosidad es un pecado grave en quien emprende un trabajo de investigación. Y espero que estas palabras sean descubiertas por algún rival contemporáneo de Nupton y lo lleven a la ruina.

Me agrada pensar que en algún momento dado, entre los años 1992 y 1997, alguien habrá leído esta memoria, y habrá impuesto al mundo las inevitables y sorprendentes conclusiones que extraiga de ellas. Y tengo motivos para creer que así ocurrirá. Ustedes comprenden que la sala de lectura adonde Soames fue proyectado por el Diablo era, en todos sus aspectos, tal como será en la tarde del 3 de junio de 1997. Comprenderán, por lo tanto, que esa tarde, cuando el tiempo la traiga, estará allí la misma gente, y estará allí, puntual, el mismo Soames, y tanto él como ellos harán exactamente lo que antes hicieron.

Recuerden ahora que, según Soames, su arribo produjo sensación. Alegarán ustedes que la sola peculiaridad de su atuendo bastaba para causar sensación en aquella multitud uniformada. Pero no dirían tal cosa si alguna vez lo hubieran visto. Les aseguro que en ninguna época Soames podría dejar de ser oscuro. El hecho de que ellos lo mirarán con fijeza, y lo seguirán de un lado a otro, y aparentemente le tendrán miedo, solo puede explicarse suponiendo que, de algún modo, estarán preparados para su espectral aparición. Habrán estado aguardando con ansia para comprobar si realmente aparecía. Y cuando llegue de verdad, el efecto, por supuesto, será… terrible.

Un fantasma auténtico, garantizado, demostrado, pero —¡ay!— nada más que un fantasma. Nada más. En su primera visita, Soames era un ser de carne y hueso, mientras que los seres en cuyo ámbito fue proyectado no eran, según creo, más que fantasmas… fantasmas sólidos, palpables y parlantes, pero inconscientes y automáticos fantasmas en un edificio que era apenas una ilusión. La próxima vez ese edificio y esos seres serán verdaderos. Soames será la apariencia. Ojalá pudiera creerlo destinado a regresar al mundo, verdadera, física, conscientemente.

Ojalá le estuviera reservada esta breve y única fuga, este único y pequeño placer. Nunca lo olvido mucho tiempo. Está donde está, y para siempre. Los moralistas rígidos podrán decir que es el único culpable de su suerte. Por mi parte, creo que ha sido tratado con excesivo rigor. Está bien que la vanidad sea castigada; y admito que la vanidad de Enoch Soames era superior a lo corriente y merecía un tratamiento especial. Pero no había necesidad de ensañarse. Dirán ustedes que él se comprometió a pagar el precio que está pagando. Sí; pero yo sostengo que fue inducido por medios fraudulentos. Bien informado de todas las cosas, el Diablo debía saber que mi amigo nada ganaría con su visita al futuro. Todo este asunto no ha sido más que una vilísima treta. Cuanto más pienso en ello, tanto más detestable me parece el Diablo.

Lo he visto varias veces, en distintos lugares, después de aquella tarde en el “Vingtième”. Pero solo en una oportunidad se puede decir que nos encontramos. Fue en París. Caminaba yo una tarde por la rue d’Antin cuando advertí que se acercaba desde opuesta dirección… llamativamente vestido, como de costumbre, balanceando un bastón de ébano y comportándose, en suma, como si toda la calle le perteneciera. Al pensar en Enoch Soames y en los millares de seres que sufren eternamente bajo el dominio de esta bestia, me llenó una fría cólera y me erguí en toda mi estatura. Pero… en fin, uno está tan acostumbrado a saludar y a sonreír en la calle a cualquier conocido, que esos gestos se vuelven casi independientes de uno mismo; para evitarlos, es menester un esfuerzo muy intenso y una gran presencia de ánimo. Y así, al pasar frente al Diablo, advertí con zozobra que yo lo saludaba y le sonreía. Y mi vergüenza se hizo luego más profunda y candente porque él —sí, señor— me miró con la mayor altivez y no me devolvió el saludo. Ser desairado —deliberadamente— ¡y por él! ¡Es para sacar de sus casillas a cualquiera!

Max Beerbohm

Caballo en el salitral





Cuento de Antonio Di Benedetto: Caballo en el salitral


El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni…, el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al “tren del rey”.
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque… Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: “…este es el rey, porque le da olor al campo”.
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice…
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero… su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El “tren del rey”, el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: “¡ Será ! . . . “
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.


Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las “islas” de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.


De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Solo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando solo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón.
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.


Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.

sábado, 16 de junio de 2018

La lotería de Babilonia


Cuento de Jorge Luis Borges: La lotería en Babilonia

Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aun a la impostura.


Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.

Mi padre refería que antiguamente —¿cuestión de siglos, de años?— la lotería en Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes.


Naturalmente, esas “loterías” fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública, los mercaderes que fundaron esas loterías venales comenzaron a perder el dinero. Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todopoder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primara aparición en la lotería de elementos no pecuniarios. El éxito fue grande. Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos. 

Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas.

Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza; los pobres (con envidia razonable o inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén, notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria… Un esclavo robó un billete carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma pena para el que robaba un billete.

Algunos babilonios argumentaban que merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar… Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer término, logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho —el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B— era la solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar, hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.

Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañía (que no renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.

Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos, acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré de explicarlo.

Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los juegos. El babilonio no es especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte —la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo— no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no entienden sino algunos especialistas, pero que intentaré resumir, siquiera de modo simbólico.

Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla… Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos… Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Elio Lampridio, en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.

También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Éufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles

Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía… Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía… Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.

La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.

domingo, 6 de mayo de 2018

Sin cola no hay yegua

Sin cola no hay yegua

[Cuento - Texto completo.]
Giovanni Boccaccio

El año pasado hubo en Barletta un cura llamado don Gianni de Barolo el cual, porque tenía una iglesia pobre, para sustentar su vida comenzó a llevar mercancía con una yegua acá y allá por las ferias de Apulia y a comprar y a vender. Y andando así trabó estrechas amistades con uno que se llamaba Pietro de Tresanti, que aquel mismo oficio hacía con un asno suyo, y en señal de cariño y de amistad, a la manera apulense no lo llamaba sino compadre Pietro; y cuantas veces llegaba a Barletta lo llevaba a su iglesia y allí lo albergaba y como podía lo honraba.
Compadre Pietro, por otra parte, siendo pobrísimo y teniendo una pequeña cabaña en Tresanti, apenas bastante para él y para su joven y hermosa mujer y para su burro, cuantas veces don Gianni por Tresanti aparecía, tantas se lo llevaba a casa y como podía, en reconocimiento del honor que de él recibía en Barletta, lo honraba. Pero en el asunto del albergue, no teniendo el compadre Pietro sino una pequeña yacija en la cual con su hermosa mujer dormía, honrar no lo podía como quería; sino que en un pequeño establo estando junto a su burro echada la yegua de don Gianni, tenía que acostarse sobre la paja junto a ella.
La mujer, sabiendo el honor que el cura hacía a su marido en Barletta, muchas veces había querido, cuando el cura venía, ir a dormir con una vecina suya que tenía por nombre Zita Carapresa de Juez Leo, para que el cura con su marido durmiese en la cama, y se lo había dicho muchas veces al cura, pero él nunca había querido; y entre las otras veces una le dijo:
-Comadre Gemmata, no te preocupes por mí, que estoy bien, porque cuando me place a esta yegua la convierto en una hermosa muchacha y me estoy con ella, y luego, cuando quiero, la convierto en yegua; y por ello no me separaré de ella.
La joven se maravilló y se lo creyó, y se lo dijo al marido, añadiendo:
-Si es tan íntimo tuyo como dices, ¿por qué no haces que te enseñe el encantamiento para que puedas convertirme a mí en yegua y hacer tus negocios con el burro y con la yegua y ganaremos el doble? Y cuando hayamos vuelto a casa podrías hacerme otra vez mujer como soy.
Compadre Pietro, que era más bien corto de alcances, creyó este asunto y siguió su consejo: y lo mejor que pudo comenzó a solicitar de don Gianni que le enseñase aquello. Don Gianni se ingenió mucho en sacarlo de aquella necedad, pero no pudiendo, dijo:
-Bien, puesto que lo queréis, mañana nos levantaremos, como solemos, antes del alba, y os mostraré cómo se hace; es verdad que lo más difícil en este asunto es pegar la cola, como verás.
El compadre Pietro y la comadre Gemmata, casi sin haber dormido aquella noche, con tanto deseo este asunto esperaban que en cuanto se acercó el día se levantaron y llamaron a don Gianni; el cual, levantándose en camisa, vino a la alcobita del compadre Pietro y dijo:
-No hay en el mundo nadie por quien yo hiciese esto sino por vosotros, y por ello, ya que os place, lo haré; es verdad que tenéis que hacer lo que yo os diga si queréis que salga bien.
Ellos dijeron que harían lo que él les dijese; por lo que don Gianni, cogiendo una luz, se la puso en la mano al compadre Pietro y le dijo:
-Mira bien lo que hago yo, y que recuerdes bien lo que diga; y guárdate, si no quieres echar todo a perder, de decir una sola palabra por nada que oigas o veas; y pide a Dios que la cola se pegue bien.
El compadre Pietro, cogiendo la luz, dijo que así lo haría. Luego, don Gianni hizo que la comadre Gemmata se desnudase como su madre la trajo al mundo, y la hizo ponerse con las manos y los pies en el suelo de la manera que están las yeguas, aconsejándola igualmente que no dijese una palabra sucediese lo que sucediese; y comenzando a tocarle la cara con las manos, comenzó a decir:
-Que esta sea buena cabeza de yegua.
Y tocándole los cabellos, dijo:
-Que estos sean buenas crines de yegua.
Y luego tocándole los brazos dijo:
-Que estas sean buenas patas y buenas pezuñas de yegua.
Luego, tocándole el pecho y encontrándolo duro y redondo, despertándose quien no había sido llamado y levantándose, dijo:
-Y sea este buen pecho de yegua.
Y lo mismo hizo en la espalda y en el vientre y en la grupa y en los muslos y en las piernas; y por último, no quedándole nada por hacer sino la cola, levantándose la camisa y cogiendo la herramienta y rápidamente metiéndola en el surco hecho para ella, dijo:
-Y esta sea buena cola de yegua.
El compadre Pietro, que atentamente hasta entonces había mirado todas las cosas, viendo esta última y no pareciéndole bien, dijo:
-¡Oh, don Gianni, no quiero que tenga cola, no quiero que tenga cola!
Había ya el húmedo radical que hace brotar a todas las plantas sobrevenido cuando don Gianni, retirándolo, dijo:
-¡Ay!, compadre Pietro, ¿qué has hecho?, ¿no te dije que no dijeses palabra por nada que vieras? La yegua estaba a punto de hacerse, pero hablando has estropeado todo, y ya no hay manera de rehacerlo nunca.
El compadre Pietro dijo:
-Ya está bien: no quería yo esa cola. ¿Por qué no me decíais a mí: «Pónsela tú»? Y además se la pegabais demasiado baja.
Dijo don Gianni:
-Porque tú no habrías sabido la primera vez pegarla tan bien como yo.
La joven, oyendo estas palabras, levantándose y poniéndose en pie, de buena fe dijo a su marido:
-¡Bah!, qué animal eres, ¿por qué has echado a perder tus asuntos y los míos?, ¿qué yeguas has visto sin cola? Bien sabe Dios que eres pobre, pero sería justo que lo fueses mucho más.
No habiendo, pues, ya manera de poder hacer de la joven una yegua por las palabras que había dicho el compadre Pietro, ella doliente y melancólica se volvió a vestir y el compadre Pietro con su burro, como acostumbraba, se fue a hacer su antiguo oficio; y junto con don Gianni se fue a la feria de Bitonto, y nunca más tal favor le pidió.
FIN

Novena Jornada, Narración décima, El decameró

Anastasio

Anastasio

[Cuento - Texto completo.]
Giovanni Boccaccio

Había en Rávena, antigua ciudad de la Romaña, muchos gentiles hombres, entre los que se hallaba un mozo de nombre Anastasio degli Onesti, muy rico por herencia de su padre y de su tío. Y estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Pablo Traversari. Era la joven más noble que él, mas él esperaba con su conducta atraerla para que lo amase. Pero esas obras, por hermosas que eran, solo lograban enojar a la joven, porque ella solía manifestarse tosca, huraña y dura, aunque tal vez esto se debía a que ella poseía una belleza singular o a su altiva nobleza. En resumen, a ella nada de él la complacía, lo que para Anastasio resultaba doloroso de soportar, y cuando le dolía demasiado pensaba en matarse.
Otras veces, cuando reflexionaba, se hacía a la idea de dejarla tranquila y aun de odiarla tanto como ella a él. Pero todo resultaba en vano: cuanto más se lo proponía más se multiplicaba su amor. Y, perseverando el joven en amarla sin medida, a sus familiares y amigos les pareció que él y su hacienda iban a agotarse de consumo.
Por lo cual, muchas veces le rogaron que se fuese de Rávena a morar en otro lugar por algún tiempo, para ver si lograba disminuir su amor y sus impulsos. Anastasio se burló de aquel consejo, pero ellos insistían en su solicitud y al fin decidió complacerles, y mandó organizar tantas maletas como si se fuese a España o a Francia o a cualquier otro lugar remoto; montó en su caballo y, en compañía de sus amigos, partió de Rávena y se fue a un sitio que dista de Rávena tres millas y se llama Chiassi. Una vez hubo llegado, mandó armar las tiendas y dijo a quienes le acompañaban que se devolviesen, pues pensaba quedarse donde estaba. Y ellos regresaron a Rávena. Se quedó Anastasio y empezó a hacer la más magnífica vida que jamás se conociera, invitando a tales o cuales a comer o cenar como era su costumbre. 
Y sucedió que, llegando primeros de mayo, y haciendo buenísimo tiempo y él siempre pensando en su cruel amada, mandó a todos lo suyos que le dejasen solo para poder meditar más a sus anchas, y a pie se trasladó, reflexionando, hasta el pinar. Pasaba la quinta hora del día, y habiéndose él adentrado en el pinar como una media milla, sin acordarse de comer ni de nada, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y quejas de una mujer. Interrumpido así en sus dulces pensamientos, alzó la cabeza para ver lo que fuese, y se extrañó de hallarse en pleno pinar. Y, además, mirando ante sí, vio venir, saliendo de un bosquecillo muy denso de zarzas y realezas, y corriendo hacia donde él se hallaba, una bellísima mujer desnuda, toda arañada de las zarzas y matorrales, que lloraba y pedía piedad a gritos.
Dos grandes y fieros mastines corrían tras ella, y cuando la alcanzaban la mordían. Venía detrás. sobre un negro corcel, un caballero moreno de muy airado rostro y con un estoque en la mano, amenazando de muerte a la joven con terribles y ofensivas palabras. Aquella puso a la vez maravilla y espanto en el ánimo del joven, y sintió compasión de la desventurada, por lo que se resolvió, si podía, librarla de la muerte y de tal angustia. Pero, hallándose sin armas, recurrió a coger una rama de árbol a guisa de garrote, y fue a hacer frente a los canes y al caballero. El cual, reparando en ello, le gritó de lejos:
-No intervengas, Anastasio, y déjanos a los perros y a mí hacer lo que esa mala hembra ha merecido. 
En esto, los perros, aferrando con fuerza por las caderas a la mujer, la detuvieron y el caballero se apeó del corcel. Y Anastasio, acercándosele, le dijo:
-No sé quién eres que así me conoces, pero te digo que es gran vileza que un caballero armado quiera matar a una mujer desnuda y echarle los perros detrás como a una bestia del bosque. Por cierto ten que la defenderé. 
El caballero respondió entonces:
-Anastasio, de tu misma tierra fui, y aún eras rapaz pequeño cuando yo, a quien llamaban micer Guido degli Anastagi, me enamoré tanto de esa mujer como tú ahora de la Traversari. Y su fiereza y crueldad de tal modo causaron mi desgracia, que un día, con el estoque que ves en mi mano, desesperado me maté y fui condenado a penas infernales No pasó mucho tiempo sin que esta. que de mi muerte se sintió desmedidamente contenta, muriese, y por el pecado de su crueldad y de la alegría que le causó mi muerte, no habiéndose arrepentido, fue también condenada a las penas del infierno. Mas cuando a él bajó por castigo, a los dos nos fue dado el huir siempre ella ante mí, mientras yo, que tanto la amé, habría de perseguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada. Y siempre que la alcanzo, con este estoque con que me maté, la mato, y la abro en canal, y ese corazón duro y frío en el que nunca amor ni piedad pudieron entrar, le arranco con las demás vísceras, como verás pronto, y lo doy a comer a estos perros. Y, según voluntad de la justicia y potencia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que, como si muerta no estuviera, resucite, y otra vez comience su dolorosa fuga de los perros y de mí. Y cada viernes, sobre esta hora, aquí la alcanzo y hago en ella el estrago que verás. Mas no creas que descansamos los demás días, pues entonces también la sigo y la alcanzó en otros parajes donde cruelmente pensó y obró contra mí. Y, convertido de amante en enemigo, como ves, he de seguirla así durante tantos años como ella se portó rigurosamente conmigo. Dejemos, pues, ejecutar a la divina justicia, y no te opongas a lo que no puedes evitar. 
Anastasio, al oír tales palabras, quedó tímido y suspenso, con todos los cabellos erizados, y retrocediendo y mirando a la mísera joven, comenzó temeroso a esperar lo que hiciere el caballero, el cual. acabando su razonamiento, como un can rabioso corrió estoque en mano hacia la mujer (que, arrodillada y sostenida con fuerza por los dos mastines, le pedía perdón) y con todas sus fuerzas le atravesó el pecho de parte a parte. Y cuando la mujer recibió el golpe, cayó de bruces, siempre llorando y gritando, y el caballero, poniendo mano a un cuchillo, le abrió los riñones y le sacó el corazón con cuanto lo circuía, y echólo a los dos mastines, que lo devoraron afanosamente. Casi en el acto, la joven, como si ninguna de aquellas cosas hubiere sucedido, se levantó y huyó hacia el mar, perseguida y desgarrada por los perros. Y el caballero, volviendo a montar a caballo y a requerir su estoque, la comenzó a seguir y en poco rato tanto se distanciaron, que ya Anastasio no les pudo ver.
Habiendo contemplado tales cosas, gran rato estuvo entre complacido y temeroso, y después le vino a la memoria la idea de que el suceso podría valerle de mucho, ya que acontecía todos los viernes. Y, así, habiéndose fijado bien en el paraje, se volvió con su gente y cuando le pareció hizo llamar a los más de sus parientes y amigos y les dijo:
-Durante largo tiempo me habéis incitado a que deje de amar a mi enemiga y ceje en mis gastos. Estoy dispuesto a hacerlo, siempre que una gracia me concedáis. Y es que hagáis que el viernes venidero micer Pablo Traversari, con su mujer e hija y todas las mujeres de su parentela, y las demás que os plazcan, vengan a almorzar conmigo. Entonces veréis por qué quiero eso. Parecióles a sus amigos que no era cosa difícil de hacer y, al regresar a Rávena, cuando llegó el momento, invitaron a los que Anastasio deseaba. Y, aunque mucho costó convencer a la mujer a quien amaba Anastasio, al fin ella fue con las otras.
Hizo Anastasio que se aderezase un magnífico yantar y dispuso que se colocasen las mesas bajo los pinos, junto al lugar donde presenció la agonía de la cruel mujer. Y una vez que hizo sentarse a todas las mesas hombres y mujeres, mandó que su amada fuese puesta frente al sitio donde debía acontecer el hecho.
Y habiendo llegado el último manjar, el desesperado clamor de la joven perseguida empezóse a oír. Mucho se maravillaron todos, y preguntaron qué era, y no lo supo decir nadie. Levantándose, pues, para averiguar qué sería, vieron a la doliente mujer, y al caballero y los canes, y en un momento todos estuvieron a su lado. Alzóse gran vocerío contra los perros y el caballero y muchos se adelantaron para ayudar a la joven. Pero el caballero, hablándoles como habló a Anastasio, no solo les forzó a retroceder, sino que les espantó y les llenó de pasmo. E hizo lo que la otra vez hiciera, y las mujeres presentes allí (muchas de las cuales, parientes de la joven o del caballero, no habían olvidado su amor y la muerte de él) míseramente lloraron, como si ellas mismas hubieran sufrido lo mismo. Acabó, en fin, el lance, y desaparecieron mujer y caballero, y los que aquello habían visto entregáronse a muchos y variados razonamientos. 
Pero entre los que más espanto tuvieron figuró la cruel joven amada por Anastasio. Porque habiéndolo visto y oído todo muy claramente, y conociendo que a ella más que a nadie tales cosas atañían, ya le parecía estar huyendo de la ira de él y tener los perros a los talones. Y tanto miedo de esto le sobrevino que, para no incurrir en lo mismo, en breve ocurrió (tan en breve que aquella misma tarde fue) que, mudado su odio en amor, secretamente mandó a la estancia de Anastasio una camarera de su confianza, rogándole que fuese a verla, porque estaba dispuesta a complacerle en todo. Resolvió Anastasio que ello le satisfacía mucho, y que si a ella le placía, haría con ella lo que le pluguiese, pero, para honor de la dama, tomándola por mujer. La joven, sabedora que solo por su culpa no era ya esposa de Anastasio, mandó contestar que estaba acorde. Y luego, sirviéndose de mensajera a sí misma, dijo a sus padres que quería ser mujer de Anastasio, lo que mucho les contentó. Y al domingo siguiente casó Anastasio con ella, e hiciéronse bodas, y mucho tiempo jubilosamente convivió con ella. Y no solo el temor de la dama fue factor de aquel bien, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más que antes se plegaron al placer de los hombres.



El cocinero Chichibio

El cocinero Chichibio

[Cuento - Texto completo.]
Giovanni Boccaccio

Currado Gianfiglazzi se distinguía en nuestra ciudad como hombre eminente, liberal y espléndido, y viviendo vida hidalga, halló siempre placer en los perros y en los pájaros, por no citar aquí otras de sus empresas de mayor monta. Pues bien; habiendo un día este caballero cazado con un halcón suyo una grulla cerca de Perétola y hallando que era tierna y bien cebada, se la mandó a su vecino, excelente cocinero, llamado Chichibio, con orden de que se la asase y aderezase bien. Chichibio, que era tan atolondrado como parecía, una vez aderezada la grulla, la puso al fuego y empezó a asarla con todo esmero.
Estaba ya casi a punto y despedía el más apetitoso olor el ave, cuando se presentó en la cocina una aldeana llamada Brunetta, de la que el marmitón estaba perdidamente enamorado; y percibiendo la intrusa el delicioso vaho y viendo la grulla, empezó a pedirle con empeño a Chichibio que le diese un muslo de ella. Chichibio le contestó canturreando:
-No la esperéis de mí, Brunetta, no; no la esperéis de mí.
Con lo que Brunetta irritada, saltó, diciendo:
-Pues te juro por Dios que si no me lo das, de mí no has de conseguir nunca ni tanto así.
Cuanto más Chichibio se esforzaba por desagraviarla. tanto más ella se encrespaba; así es que, al fin, cediendo a su deseo de apaciguarla, separó un muslo del ave y se lo ofreció.
Luego, cuando les fue servida a Currado y a ciertos invitados, advirtió aquel la falta y extrañándose de ello hizo llamar a Chichibio y le preguntó qué había sido del muslo de la grulla. A lo que el trapacero del veneciano contestó en el acto, sin atascarse:
-Las grullas, señor, no tienen más que una pata y un muslo.
Amoscado entonces Currado, opuso:
-¿Cómo diablos dices que no tienen más que un muslo? ¿Crees que no he visto más grullas que esta?
-Y, sin embargo, señor, así es, como yo os digo; y, si no, cuando gustéis os lo  demostraré con grullas vivas -arguyó Chichibio.
Currado no quiso enconar más la polémica, por consideración a los invitados que presentes se hallaban, pero le dijo:
-Puesto que tan seguro estás de hacérmelo ver a lo vivo -cosa que yo jamás había  reparado ni oído a nadie- mañana mismo, yo dispuesto estoy. Pero por Cristo vivo te juro que si la cosa no fuese como dices, te haré dar tal paliza que mientras vivas hayas de acordarte de mi nombre.
Terminada con esto la plática por aquel día, al amanecer de la mañana siguiente, Currado, a quien el descanso no había despejado el enfado, se levantó cejijunto, y ordenando que le aparejasen los caballos, hizo montar a Chichibio en un jamelgo y se encaminó a la orilla de una albufera, en la que solían verse siempre grullas al despuntar el día.
-Pronto vamos a ver quién de los dos ha mentido ayer, si tú o yo -le dijo al cocinero.
Chichibio, viendo que todavía le duraba el resentimiento al caballero y que le iba mucho a él en probar que las grullas sólo tenían una pata, no sabiendo cómo salir del aprieto, cabalgaba junto a Currado más muerto que vivo, y de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa si le hubiese sido posible; mas, como no podía, no hacía sino mirar a todos lados, y cosa que divisaba, cosa que se le antojaba una grulla en dos pies.
Llegado que hubieron a la albufera, su ojo vigilante divisó antes que nadie una bandada de lo menos doce grullas, todas sobre un pie, como suelen estar cuando duermen. Contentísimo del hallazgo, asió la ocasión por los pelos y, dirigiéndose a Currado, le dijo:
-Bien claro podéis ver, señor, cuán verdad era lo que ayer os dije, cuando aseguré que  las grullas no tienen más que una pata: basta que miréis aquellas.
-Espera que yo te haré ver que tienen dos -repuso Currado al verlas. Y,  acercándoseles algo más, gritó-: ¡Jojó!
Con lo que las grullas, alarmadas, sacando el otro pie, emprendieron la fuga. Entonces Currado dijo, dirigiéndose a Chichibio:
-¿Y qué dices ahora, tragón? ¿Tienen, o no, dos patas las grullas?
Chichibio, despavorido, no sabiendo en dónde meterse ya, contestó:
-Verdad es, señor, pero no me negaréis que a la grulla de ayer no le habéis gritado ¡Jojó!, que si lo hubierais hecho, seguramente habría sacado la pata y el muslo como estas han hecho.
A Currado le hizo tanta gracia la respuesta que todo su resentimiento se le fue en risas, y dijo:
-Tienes razón, Chichibio: eso es lo que debí haber hecho.
Y así fue como gracias a su viva y divertida respuesta, consiguió el cocinero salvarse de la tormenta y hacer las pases con su señor.
FIN

Sexta Jornada – Narración cuarta, El decamerón

Buena moneda - Boccaccio

Buena moneda

[Cuento - Texto completo.]
Giovanni Boccaccio

Siendo obispo de Florencia micer Antonio de Orsi, valioso y sabio prelado, vino a Florencia un noble catalán llamado micer Diego de la Ratta , mariscal del rey Roberto, el cual, siendo apuestísimo en su persona y muy gran galanteador, sucedió que entre las otras damas florentinas le gustó una que era mujer muy hermosa y era sobrina de un hermano del dicho obispo. Y habiendo sabido que su marido, aunque de buena familia era muy avaro y malvado, arregló con él que le entregaría cincuenta florines de oro y que él le dejaría dormir una noche con su mujer; por lo que, haciendo dorar popolinos de plata, que entonces se usaban, acostándose con la mujer, aunque contra el gusto de ella, se los dio. Lo que, corriéndose luego por todas partes, llenó al mal hombre de burlas y de escarnio y el obispo, como prudente, fingió no haber oído nada de todo esto.
Por lo que, tratándose mucho el obispo y el mariscal, sucedió que el día de San Juan, montando a caballo uno al lado del otro mirando a las mujeres por la calle por donde se corre el palio, el obispo vio a una joven a quien la pestilencia presente nos ha quitado ya siendo señora, cuyo nombre fue Nonna de los Pulci, prima de micer Alesso Rinucci y a quien vosotras todas habéis debido conocer; la cual, siendo entonces una lozana y hermosa joven y elocuente y de gran ánimo, poco tiempo antes casada en Porta San Pietro, la enseñó al mariscal. Luego, acercándose a ella, poniéndole al mariscal una mano en el hombro, dijo:
-Nonna, ¿qué piensas de él? ¿Crees que le vencerías?
A Nonna le pareció que aquellas palabras en algo iban contra su honestidad o que la mancharían en la opinión de quienes las oyeron, que eran muchos; por lo que, no preocupándose de limpiar esta mancha sino de devolver golpe por golpe, rápidamente contestó:
-Señor, él tal vez no me vencería a mí, que necesito buena moneda.
Cuyas palabras oídas, el mariscal y el obispo, sintiéndose igualmente vulnerados, el uno como autor de la deshonrosa cosa con la sobrina del hermano del obispo y el otro como el que la había recibido en la sobrina del propio hermano, sin mirarse el uno al otro, avergonzados y silenciosos se fueron sin decir aquel día una palabra más. Así pues, habiendo sido atacada la joven, no estuvo mal que atacase a los otros con ingenio.
FIN

Jornada sexta, narración tercera, El decamerón