domingo, 14 de diciembre de 2008

EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO - J.D.Sallinger

El guardián entre el centeno
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El guardián entre el centeno Autor J. D. Salinger
Título original The catcher in the rye
País EE. UU.
Lengua Inglés
Género(s) Novela
Editorial Little, Brown, Edhasa


Fecha de publicación 1951
Seguido por Nueve cuentos
El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye), también traducido como El cazador oculto o El ingenuo seductor, es una novela de J. D. Salinger. Al publicarse en 1951 en los Estados Unidos, la novela provocó numerosas controversias por su lenguaje provocador y por retratar sin tapujos la sexualidad y la ansiedad adolescentes. Es considerado por numerosos expertos como uno de los libros más importantes del siglo XX.



Su protagonista, Holden Caulfield, se ha convertido en un icono del resentimiento adolescente. Escrito en primera persona, El guardián entre el centeno relata las experiencias de Holden en la ciudad de Nueva York, después de ser expulsado de Pencey Prep, su escuela secundaria.

El título del libro hace referencia a un poema que se explica en el propio libro, que trata sobre un “guardián entre el centeno” que evita que “los niños caigan en el precipicio”.



















Argumento


Escrito en primera persona, El guardián entre el centeno cuenta las experiencias de Holden Caulfield (el joven protagonista) en Nueva York, en los días siguientes a su expulsión de su internado “Pencey”. A medida que Holden narra su historia, se evidencia que se encuentra en un hospital psiquiátrico aunque no lo demuestra claramente.

Holden está a punto de ser expulsado de “Pencey” (el cuarto colegio al que va) por lo que decide despedirse de su profesor de historia, el Sr. Spencer. Este le reprocha su bajo rendimiento escolar, cosa que molesta a Caulfield. Regresa a su cuarto en “Pencey” en donde se entera que su compañero de cuarto, Stradlater va a salir con una chica llamada Jane Gallagher; de ella Holden se hizo amigo en unas vacaciones en Maine. Esto incomoda a Holden, debido a que sabe que Stradlater es uno de los pocos alumnos del colegio que tiene relaciones sexuales de verdad. También siente rechazo hacia el chico de la habitación de al lado, Ackley, descrito por Holden como poco higiénico y molesto.

Cuando Stradlater regresa tarde de su cita, Caulfield lo interroga respecto a lo que hicieron. Como su compañero se niega, Holden sospecha que tuvo sexo con Jane por lo que furioso lo golpea. Stralater le da una paliza y lo deja con la nariz sangrando.

Holden harto de todo decide irse unos días antes del día oficial de la expulsión para pasar el fin de semana de incógnito en Nueva York. Toma un tren y en él se encuentra con la madre de un compañero del colegio, a la que le cuenta mentiras acerca del buen comportamiento del muchacho.

Una vez en Nueva York, Holden se aloja en un hotel, desde donde llama a una mujer llamada Faith Cavendish, que trabajaba de bailarina de striptease. Al no poder convencerla para que salga con él, Holden baja al salón de baile en donde danza con un grupo de turistas.

Después de salir del salón, Holden empieza a recordar las vacaciones que pasó con Jane, cosa que lo pone melancólico. Decide ir a un club de jazz llamado Ernie; allí encuentra a Lillian Simmons antigua novia de su hermano que lo invita a tomar unas copas. Para no estar con ella pone una excusa y regresa al hotel.

En el ascensor del edificio se encuentra con Maurice, ascensorista y proxeneta que le ofrece sus servicios. Holden acepta y se va a su cuarto, donde espera a la prostituta. Cuando llega se presenta como Sunny y trata de tener sexo con Holden, pero éste se acobarda y le paga los cinco dólares que costaba el servicio. Sunny reclama diez dólares, pero Holden dice que Maurice le dijo cinco dólares como pago. La prostituta se va y regresa con Maurice, él le da una paliza a Holden y se lleva los cinco dólares restantes.

Holden se va a dormir y despierta la mañana siguiente. Llama a Sally Hayes y ambos se ponen de acuerdo para salir y ver una obra de teatro. Luego de salir del teatro se van a tomar algo en un café. Allí, Holden trata de explicarle a Sally por qué odia a todo el mundo y no se siente cómodo en ninguna parte.

Luego de una discusión con Jane, Holden llama a Carl Luce, un antiguo compañero de clases que ahora esta en la universidad. Se reúnen y toman algo en un bar. Carl le sugiere a Holden que se psicoanalice. Después de conversar con Holden acerca de sexo, Carl comienza a sentirse molesto y se va poniendo una excusa. Luego de despedirse de Luce, Holden decide ir a la casa de sus padres cuando estos duermen para poder ver a su hermana de diez años Phoebe. Esta le reprocha que no le guste nada y que no sepa qué quiere ser de mayor, a lo que Holden responde que lo que le gustaría es estar en un campo de centeno al borde de un precipicio. En el campo hay miles de niños jugando y él evita que ellos caigan en el abismo. Él seria el guardián entre el centeno.


Holden pasa la noche en casa de un antiguo profesor de literatura, el Sr. Antolini. Este lo consuela y le ofrece su sillón para que duerma allí. Holden en mitad de la noche siente sobre su cabeza una mano por lo que se despierta y descubre al Sr. Antolini. Pensando que quiere tener sexo con él, se excusa y se va del apartamento.


Holden va al colegio de su hermana y espera hasta que sea la hora de su salida. Cuando Phoebe sale se van a dar un paseo en el cual Holden le cuenta su deseo de irse al otro lado del país en autostop y empezar una vida nueva. Su hermanita le pide ir con él a lo que Holden se niega, pero convencido por su hermana decide no huir. Luego lleva a su hermana a un tiovivo en donde la observa montar en un caballo.

La novela termina de forma enigmática, Holden parece narrar que fue internado en un psiquiátrico (de donde cuenta su historia) aunque no lo indica claramente. Finalmente comenta que pronto va salir e ir a un nuevo colegio y que se encuentra mucho mejor.


Personajes del libro-

Campo de centeno.

Holden Caulfield: protagonista y narrador de la historia.

Es un adolescente de diecisiete años de edad expulsado de su internado Pencey.

A pesar de su inteligencia y sensibilidad, Holden narra su historia de un modo cínico y hastiado. Él realiza una dura critica del mundo adulto que lo rodea, tildando a la mayoría de las personas que conoce como hipócritas, superfluas y egoístas.

Ackley: chico de Pencey que vivía en la habitación continúa a la de Holden. Este último lo consideraba sucio por su mugre en las orejas y sarro en los dientes además de insoportable.

Stradlater: compañero de cuarto de Holden. Engreído, guapo y un poco haragán. Es uno de los pocos estudiantes en Pencey que tenia relaciones sexuales de verdad.

Jane Gallagher: chica con la que Holden pasó unas vacaciones en Maine a la que él quería mucho. Ella nunca aparece directamente a lo largo de la narración aunque es evocada por Holden constantemente.

Allie Caulfield: hermano menor del protagonista que murió de leucemia tres años antes del año en que se sitúa la novela, cuando Holden tenía trece años. Su muerte dejo un impacto muy profundo en Holden.

Phoebe Caulfield: la hermana menor de Holden, de diez años de edad. Ella es una de las pocas personas a las que Holden realmente quiere por su candidez y madurez.

D.B Caulfield: hermano mayor de Holden que al no poder triunfar como escritor se convirtió en guionista de cine (cosa que molesta mucho a Holden debido a su odio por el cine).

Sally Hayes: una chica muy atractiva y culta con la que Holden salió por un tiempo. Aunque él la considera estúpida y frívola.

Sr. Spencer: profesor de historia de Holden. Este le reprocha su falta de interés en el estudio.

Carl Luce: compañero de Holden en un colegio al que fue antes de Pencey. Carl tiene mucha experiencia sexual por lo que a Holden le interesaba estar con él.

Sr. Antolini: antiguo profesor de literatura de Hoden al que el muchacho guarda mucho respeto por sus conocimientos.

Maurice: ascensorista y proxeneta del hotel donde Holden se hospeda.
Sunny: prostituta que intenta tener sexo con Holden.

Controversia.

Las razones principales por las que este libro fue criticado eran principalmente su lenguaje ofensivo y sus referencias a las drogas, el alcohol y la prostitución. Los críticos ven a Holden como un instigador de masas.

Treinta años después de su publicación en 1951, El guardián entre el centeno era tanto el libro más prohibido, como el segundo más estudiado como lectura obligatoria en los institutos estadounidenses. En la década de 1990 fue el nº 13 en la lista de libros más leídos en su país según la Asociación de Bibliotecas Americanas y en el año 2005 se mantuvo entre los diez primeros.


Valor como obra de Literatura Universal.

La razón por la cual esta obra sigue vigente es que logra permearnos en el mundo de una vida solitaria y extrema, la aventura de Holden Caulfield.
Nos muestra una visión de la realidad de una persona que ha perdido la confianza y el agrado por las personas que le rodean y la sociedad en general. Hay velada ahí una crítica a la sociedad. La obra no es obscena, simplemente es fuerte por su contenido de crítica social. Por lo demás está decir que no existen en la novela referencias hacia el asesinato o la disolución social. Es más: conviene no olvidar que el protagonista no es un desarraigado absoluto: el cariño hacia su hermana permanece y le hace incluso cambiar de conducta.

De hecho, Holden es la figura de alguien desengañado por la vida, la cual acaba de conocer como adulto en forma de múltiples decepciones, pues se han corrompido aquellas cosas que más amaba (sus hermanos, su profesor, el disco, etc.). Sin embargo, es su hermana pequeña aquello por lo que aún merece la pena vivir, ya que todo le falla menos ella.


Datos extra.

La obra ha influenciado incluso la música actual. El cantante, guitarrista y compositor Billie Joe Armstrong, de la banda norteamericana Green Day, escribió la canción 'Who Wrote Holden Caulfield?' para su álbum Kerplunk! (1992) basándose en su percepción sobre el protagonista, Holden Caulfield. Armstrong explicó así su obra: "Es una canción sobre olvidar lo que vas a decir. Sobre intentar motivarte a hacer algo porque tus mayores te dicen 'tienes que motivarte'. Entonces te frustras y piensas que deberías hacer algo pero terminas haciendo nada. Pero luego lo disfrutas".

La séptima canción de Chinese Democracy, sexto álbum de Guns N' Roses, lleva el título del libro.


Asesinos relacionados con el libro.

El libro ha sido objeto de polémicas ya que en repetidas ocasiones, algunos asesinos se han visto relacionados con él.



Mark David Chapman, conocido por asesinar a John Lennon en 1980 portaba este libro en el momento de su detención, y se refirió a éste en su declaración policial poco después. También leyó un pasaje de la obra en su sentencia.


John Hinckley Jr, (que intentó asesinar a Ronald Reagan en 1981) también declaró que estaba obsesionado con el libro.

Robert John Bardo, asesino de Rebecca Schaeffer portaba el libro cuando visitó el apartamento de esta el día de su asesinato.

lunes, 8 de diciembre de 2008

teresa viejo - seres anónimos.

Seres anónimos

El teléfono sonó invariablemente a las 15.30 horas como todas las tardes desde hacía semanas; pero aquélla él estaba en casa.
—Dígame.
—Le informamos de que su línea ADSL ampliará…
—No tengo ADSL, señorita –interrumpió el usuario.
—…el ancho de red para que pueda navegar conforme…
—Se ha equivocado, guapa –y colgó.
El catarro le había congestionado la nariz y respiraba por la boca, así que la breve conversación le dejó sin aire. Regresó presto al sofá y se arropó con la manta. Andaba en un duermevela febril cuando el teléfono retornó a su costumbre diaria; habían transcurrido tan sólo quince minutos.
—¿Sí?
—Le informamos de que su línea ADSL…
—¿Otra vez usted? ¡Váyase a la mierda! –soltó el inalámbrico con rabia y se enderezó de golpe.
¿Cómo conocía la operadora cuál era su número, si él no aparecía en la guía telefónica? Tiempo atrás una antigua novia se vengó del adiós asediándole con mensajes zafios en el contestador y él liquidó tanto acoso con un nuevo número y convirtiéndose en ciudadano transparente que no constara en los ficheros de ninguna compañía. Le gustaba ser clandestino, moverse en la levedad de no existir, sentirse inabarcable e incierto, aunque sólo fuera en las páginas amarillas por mucho que lo deseara también en los archivos de Hacienda. En éstas, suena el teléfono de nuevo.
—Buenas tardes. Como usuario de eBank queremos compartir con usted…
—Ya no soy de ese banco, me borré hace meses. ¿Quién le ha dejado mi número?
—…nuestros paquetes de bonos especiales para pymes –continuaba la voz al otro lado sin solución de continuidad.
—¡Por mí como si se los come! –y optó por dejar el auricular descolgado.

Sobre los cojines del tresillo el teléfono escupía la señal de línea ocupada y él miraba al aparato tal si no lo conociera. Ese cercano objeto doméstico se transformaba ahora en un extraño, y dentro, entre terminaciones eléctricas y tornillos minúsculos, habitaban seres sin nombre que sabían de su vida más que él; de qué si no podrían adivinar que un trancazo le confinaba en casa una tarde de diciembre. No eran humanos, de ello estaba seguro. Tampoco máquinas sin alma. Más bien parecían entes curiosos por escudriñar en las menudencias de todo consumidor bajo el paraguas del servicio público, en el único afán de hacerle gastar más de lo previsto.
Los habitantes del teléfono eran comerciales avezados en tiempos de crisis, por ello no se arredraban ante la miseria ajena. Menos ante un no.
—Información telefónica, ¿en qué puedo servirle?
—Quiero que borre mi nombre de todos los ficheros en los que aparezca.
—Disculpe, pero no entiendo lo que quiere decir.
—Deseo que nadie sepa cuál es mi número de teléfono, ni dónde vivo, ni mi número de pie. Antes era así, no sé por qué ahora cualquiera puede…
—Perdón, si lo que pretende es que su referencia en nuestra base de datos no sea compartida con otras compañías debe mandarnos un fax al…

Le pesaba tanto la cabeza. Había anotado el número pero sabía que de nada serviría porque era gran agnóstico en los trámites burocráticos. Además no entendía que en la privacidad no prevaleciera la correspondencia jurídica de la presunción de inocencia: si se es inocente hasta que se demuestra lo contrario, también anónimo hasta que se busque pasar al terreno público.
Volvió a recostarse sobre el sofá abrazado por la manta. Sentía frío y una humedad impropia en su casa. Entonces la vio: en el techo que lindaba con el cuarto de baño, una gotera recorría el camino directo hacia la lámpara y derramaba una lluvia sonora sobre el parqué. Recuperó el teléfono.
—Dígale que necesito el nombre y el teléfono del que ha comprado el piso de arriba –pidió a la secretaria del administrador de la finca.
—Lo siento, dice el señor administrador que la ley de protección de datos no se lo permite. ¿Le doy el del seguro?

MILLÁS - CAJAS CHINAS Y OTROS CUENTOS.

Cajas chinas

La agenda de 2008 boquea, echa espuma, jadea, está a punto de llegar a la meta, de perecer, y yo con ella. La agenda es una especie de novela dividida en cuentos. Cada semana es un relato. Cuando decimos lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, estamos narrando un sucedido. No importa que ocurra siempre en el mismo orden. También el abecedario de hoy es idéntico al de mañana y sin embargo disfrutamos recitándoselo a los niños, que se lo cuentan a su vez a sus hermanos menores. Oye, fíjate, a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k, etcétera. La suma de las semanas da lugar a una narración de significado mayor: los meses, otro conjunto de cuentos. Enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio… La novela se titula El año y su representación gráfica es la agenda.

Boquea la agenda de 2008. Al releerla, compruebo que dentro de los relatos señalados hay todavía otro relato, éste de carácter autobiográfico. El 28 de enero, por ejemplo, hace un siglo, estuve en Barcelona, participando en el rodaje de un documental. Al día siguiente, ya en Madrid, comí con un compañero del colegio con el que hablé de la vida. Hablar de la vida, qué expresión. Queremos señalar con ella que se quedaron fuera los asuntos de actualidad, como si tales asuntos no formaran parte de la existencia. Y quizá no formen parte de ella, aunque nos matan. Véase la crisis, que cada día muestra una nueva cara. Y todavía no se ha levantado las faldas. Lo de las faldas se lo escuché ayer al pasajero de un avión en el que también volaba yo. Parecía un hombre de negocios que viajaba en compañía de un subordinado. Hablaban de los bancos, de las cuentas corrientes, de la caída de la Bolsa. Entonces, de repente, el individuo que digo tuvo una especie de iluminación y afirmó que aún no habíamos visto lo peor de la crisis.
—Espera a que se levante las faldas –añadió.

Sentí un estremecimiento. Ya habíamos visto el rostro de la crisis, su boca desdentada, sus párpados apergaminados, sus ojos de pez muerto… Parecía que la crisis sólo tenía rostro. Pero estaba dotada de genitales también. Espera a que se levante la falda y le veamos los genitales, o las bragas. Qué horror, pensé. También pensé que habían tenido mala suerte las mujeres con el hecho de que el término crisis fuera femenino. Las mujeres siempre tienen mala suerte con el lenguaje. Va en su contra. Y si se quejan, las llaman incultas, analfabetas, ignorantes de la gramática…

Me pierdo. Estaba hablando de los relatos que caben dentro de una agenda. Una agenda es una caja china: siempre se puede abrir un poco más. Así, dentro del año están los meses y dentro de los meses están las semanas y dentro de las semanas están los días, dentro de los días encontramos las horas, en cuyo vientre habitan los minutos. Pero si abres un minuto, resulta que está lleno de segundos que se agitan como lombrices en una caca marrón. Hay gente que llega más allá del segundo como hay gente que llega más allá del átomo, pero para eso hay que haber estudiado.

En febrero viajé mucho y comí la mayoría de los días fuera de casa. Está aquí, en la agenda de 2008 que agoniza (y yo con ella). Observo que podría escribir un relato con los viajes de 2008. Observo también que he viajado preferentemente de norte a sur, o viceversa, pero muy poco de este a oeste, o al revés. ¿Se tratará de una querencia mía o será la realidad la que me ha empujado a moverme de este modo? El 19 de febrero comí con una persona que murió dos días más tarde. Cuando almorzábamos aquel martes, ninguno de los de dos podía sospechar siquiera lo que sucedería el jueves. Aquel martes, por tanto, está teñido de un significado especial. Es un punto álgido de la novela de mi vida. El fin de semana que vino a continuación fue desastroso.

Y estoy en febrero. Si sigo leyendo la agenda con parsimonia me sale una novela. Una novela sobre el azar, pese a que la función de la agenda es la de prevenir. Pero también hay nacimientos. Dos amigos míos, que no se conocen entre sí, tuvieron un hijo cada uno, los dos varones. Fui a verlos y llevé un regalo para los hijos y otro para las madres. En agosto, la agenda está prácticamente muda. Fue el mes de las vacaciones. La agenda calla durante esta época. Da un poco de miedo asomarse a agosto, porque los días y las horas te miran en silencio, con un poco de rencor, o eso me parece. Cuando la agenda de 2008 muera conmigo dentro, la ataré con un cordel y la meteré en un armario de madera en el que conservo los cadáveres de muchas agendas antiguas. Un día las quemaré todas y arrojaré sus cenizas al mar, conmigo dentro. Morimos todos los años, incluso todas las semanas. He aquí otro cuento.











Escribir (II)
J.J. Millás

"13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas." Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.
Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que lo fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración.


Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.
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JUAN JOSÉ MILLÁS
El tiempo



A veces los segundos hieren más que los minutos o las horas, más que los días, los meses o los años. Esas puntas de aguja, esos residuos afilados, esas esquirlas temporales penetran en la piel o en el ánimo como limaduras de acero y, aun sin provocar heridas visibles, matan como puñales. Cuatro segundos de asfixia valen por cientos de horas de dolor. Dos segundos de humillación profesional anulan una carrera de éxito.
Los cinco segundos de sufrimiento muscular que preceden al infarto son cinco siglos de amargura. No diremos nada de las décimas de segundo que en las pruebas deportivas separan al campeón del aspirante... Contamos los días en horas para hacernos la ilusión de que el tiempo, como el dinero o los afectos, tiene una porción de calderilla, pero todo lo realmente importante nos sucede en cosa de segundos (véase el Big Bang).

A Rajoy, en la contrarréplica del debate sobre el Estado de la Nación, le sobraron 40 segundos como 40 dardos. Mientras regresaba a su escaño desde la tribuna de oradores, aquellos 40 segundos no utilizados sonaban como los clavos sobre el ataúd. Cuando se sentó y observamos su expresión, pero sobre todo la de Acebes, supimos quién había perdido el debate y quizá la vida.

No hay precedentes de lo que el martes hizo Rajoy con currículum. El espectáculo de un jefe de la oposición que no sabe qué decir cuando le toca hablar es desgarrador. Lo curioso es que más tarde, ante los periodistas, atribuiría su derrota a la falta de tiempo. ¿En qué quedamos?

Aquellos 40 segundos fueron más largos que el minuto que emplea el microondas en calentar la leche, más tensos que el tiempo que tarda el recién nacido en romper a llorar, más agobiantes que los que preceden a la apertura del sobre con un diagnóstico clínico jodido.

Nos dimos cuenta de que los cinco minutos de réplica le venían largos cuando, abrazado a ETA como Juana la Loca al cadáver de Felipe el Hermoso, empezó a gimotear.

En ese instante comprendimos que el tiempo acababa de adquirir para él las dimensiones de un abismo al que, quizá fascinado por su hondura, se arrojó. Aunque viva cien años, su biografía quedará concentrada en aquellos 40 segundos de agonía.
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La sociedad es muy cruel


Esa Tania Head (Alicia Esteve en su versión catalana) que presidía la Red de Supervivientes del World Trade Center provoca en mí la solidaridad de los impostores que no hacen daño a nadie.

La pobre sólo intentaba crearse una biografía un poco heroica y un poco dramática, como cualquiera que se precie. Hay gente que nace sin una pierna y a la que nadie le reprocha que se ponga una prótesis. Tania Head había nacido sin biografía, lo que no quiere decir que no tuviera una familia, un lugar de origen o un carné de identidad: todo eso, en fin, que garantiza cualquier cosa menos una historia. El mundo está lleno de personas sin historia. Puedes verlas en el metro, en el autobús, en los grandes almacenes, en las terrazas de las cafeterías...

Cada noche, cuando regresamos a casa, nos hemos cruzado con decenas de individuos sin un relato propio. No se trata de una amputación que se note tanto como la de un brazo o una pierna, pero quizá es más dolorosa. Y no hay en el mercado prótesis para aliviar su ausencia. Se las tiene que arreglar uno por su cuenta.

Alicia Esteve pertenece a una familia acomodada, lo que demuestra que el dinero, además de no dar la felicidad, tampoco es capaz de proporcionarte un pasado, una biografía, una novela familiar. De modo que abandonó su Barcelona natal y se fue a Nueva York, donde comenzó a llamarse Tania Head. Eso ya es un comienzo. Nuestra Alicia comenzó a moverse por las calles de aquella ciudad extranjera bajo una identidad con la que se sentía a gusto. Había fabricado, como si dijéramos, el recipiente sobre el que comenzar a construirse un pasado. Por lo general, cargamos el acento en la necesidad de hacernos un futuro, pero lo que el ser humano necesita desesperadamente es un pasado. Sin futuro te puedes presentar en cualquier sitio (¿qué futuro tienen la Tierra o la humanidad, por poner dos ejemplos?), pero sin pasado se te cierran todas las puertas. Hay, de hecho, una versión literal del pasado, a la que llamamos currículum, indispensable hasta para trabajar de botones.

Pues bien, Alicia Esteve, decidida a comenzar el edificio desde abajo, como Dios manda, se convirtió en Tania Head. ¿Y que había hecho Tania Head en la vida? Ella aún no lo sabía, pero cayó en la cuenta cuando vio por la tele el ataque a las Torres Gemelas. Ya está, se dijo, seré una superviviente de ese desastre histórico. Podía haber elegido el lugar de una de las muertas, pero quién se lo iba a creer. No puedes ir a ningún sitio diciendo que moriste en el ataque de las Torres Gemelas, no se lo creería na- die, aunque no sabemos por qué. Hay muchos hombres y mujeres en el autobús y en los bancos de los parques que murieron al ser abandonados por sus hijos, por sus amantes, por la suerte... Pero no queda bien decir que uno está muerto. Si socialmente estuviera bien visto, es probable que Tania Head se hubiera presentado ante el mundo como una de las víctimas mortales del 11-S. En cualquier caso era una víctima mortal de su propia existencia, eso es tan evidente que hasta da vergüenza decirlo.

Se quedó en superviviente, pues, y era una superviviente tan verosímil, tan real, tan digna de crédito, que en poco tiempo llegó a presidir la asociación bajo la que estas personas se habían organizado. Pese al trauma sufrido, Tania Head recordaba cada uno de los instantes de aquellos momentos dramáticos que marcarían su existencia: cuando se le incendió el vestido, por ejemplo, o cuando reptó entre los cascotes en busca de una salida, o cuando estuvo a punto de asfixiarse por culpa del polvo. Tampoco había olvidado aquel instante en el que tropezó con un moribundo que le entregaría su anillo de boda para que se lo hiciera llegar a su esposa. Tania te ponía con su relato el corazón en la garganta.

Y de repente, como en una segunda catástrofe de la que quizá no logre reponerse, todo eso se le fue al carajo también. De súbito no era Tania Head, sino Alicia Esteve, y no había nacido en Norteamérica, sino en Cataluña. Y tampoco había sobrevivido a uno de los ataques terroristas más conocidos del siglo XX. De hecho, había perecido, de alguna manera, en él. Desastre total, en fin. Hundimiento definitivo. Ruina personal categórica.

La sociedad en muy cruel. Tendríamos que tener mecanismos de ayuda para este tipo de personas que se fabrican un pasado sin hacer daño a nadie. ¿Qué nos costaba haber fingido que no nos habíamos dado cuenta de su impostura? ¿Por qué no hemos mirado hacia otra parte en vez de sacarla en todos los periódicos señalando lo que no es, cuando resulta evidente que no puede ser otra cosa?
Alicia Esteve, para mí seguirás siendo Tania Head toda la vida. Suerte.
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La importancia de resfriarse

El hermano de mi madre, que tiene 86 años, vive en una residencia de ancianos a donde voy a visitarle sin regularidad (ni ganas, para decirlo todo). La semana pasada lo sorprendí leyendo febrilmente un artículo sobre los cátaros. Aunque hizo ver que le molestaba mi presencia, decidí quedarme un rato para amortizar el viaje. Cuando terminó de devorar el artículo, dejó sobre la mesa el periódico y soltó un suspiro.
—Ojalá hubiera tenido más tiempo para leer de joven –dijo con expresión de lástima.

Al preguntarle qué le había gustado tanto de aquel texto, comprendí por su respuesta que estaba convencido de haber leído algo acerca del catarro, no sobre los cátaros. El hermano de mi madre, que había sido un catarroso crónico, creía ahora que era cátaro. Ignoro cómo logró unir el resfriado común a las doctrinas de ese antiguo movimiento religioso, pero finalmente la historia avanza gracias a malentendidos de esta naturaleza (y de este tamaño). Yo mismo, durante mucho tiempo, leía los prospectos médicos con la unción del que lee poesía mística, lo que no me hizo daño ni como lector ni como ciudadano.

Un vecino me confía los sábados por la tarde a su hijo, de nueve años, cuando va al supermercado. Yo le pongo la televisión y santas pascuas. Pero el niño, que es muy entrometido, me pregunta cosas sobre mi vida a las que respondo con monosílabos, para hacerle callar. El otro día, estaba leyendo en el periódico una biografía de Obama, el rival de Hillary Clinton en las primarias norteamericanas, cuando se acercó y comenzó a leer por encima de mi hombro, lo que me pone de los nervios. Le dije que era de mala educación hacer eso y me respondió que a él también le gustaban las aventuras de Obama.

Sorprendido, le tiré de la lengua y me enteré de la existencia de un héroe de tebeo con ese nombre. Sólo entonces caí en la cuenta de que Obama suena, en efecto, a nombre de héroe de cómic.

Leída desde esa perspectiva, la biografía del aspirante a la presidencia de Estados Unidos adquiría una dimensión colosal. A ver si nos están vendiendo un cuento, me dije. En cualquier caso, el equívoco no era muy diferente del que había presenciado en la residencia de ancianos con el hermano de mi madre. Como es lógico, el niño, tras apagar la tele, me pidió que le leyera el periódico en voz alta. Lo hice y escuchó fascinado la historia de ese negro guapo (afroamericano, decía el periódico) que desde los barrios pobres de Chicago dio el salto a los salones de la clase alta. Finalizada la lectura, le pregunté si le había gustado y dijo que sí, que mucho, que le iba a decir a su padre que comprara el mismo periódico que yo, para seguir aquellas aventuras de Obama.

—Seguramente –añadí– no sabes que se acatarra mucho.
—Como yo –replicó el niño entusiasmado.
—Y a los que se acatarran mucho los llaman cátaros. Los cátaros forman una secta muy antigua. Me pidió que le hablara de los cátaros, pero le dije que se lo pidiera a su padre.

—Mi padre no sabe nada –dijo.
—Pues que busque en internet –concluí.


Al día siguiente, leí en el periódico que las Bolsas de todo el mundo se habían desplomado por miedo a un recrudecimiento de la crisis. Se hablaba de la crisis como si fuera un personaje mitológico, por lo que me extrañó que no apareciera con mayúsculas.

“Crisis provoca un ataque de ansiedad en el parqué”, deberían haber titulado los periódicos. Imaginé una pelea entre la malvada Crisis y el héroe Obama. Crisis tenía a su favor la inflación de la zona euro (altísima), además del desempleo y la falta de liquidez bancaria. Pero Obama era un cátaro valeroso, provisto de recursos que los pertenecientes a esa secta venían transmitiéndose desde la Edad Media.

Esa tarde volví a visitar a mi tío y le llevé la biografía de Obama asegurándole que era un catarroso habitual que estaba a punto de conquistar la presidencia del país más poderoso de la Tierra.
Mi tío leyó el artículo de un tirón y luego se lamentó de no haber conocido antes la importancia del resfriado.
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¿Cuánto dura hoy la necrológica de un poeta, incluso de un buen poeta?
Nada, o menos que nada, sobre todo si cae en el sumidero del periódico. Hasta hace poco el periódico era un contenedor; ahora es un desagüe. Entras en la página web de cualquier diario, lees la portada, te levantas a por un vaso de agua, vuelves y las noticias han cambiado. Ha aumentado la esperanza de vida, sí, pero duramos menos. Hay existencias que, como los libros, no pasan ni por la mesa de las novedades. Y en medio de estas prisas, pretendemos hacer un himno para siempre.

—¿Y la música?
—La música ya está.

Un país que llama música al chunta chunta taratatachunta que tenemos por himno se merece cualquier cosa, incluso una letra que hable de los verdes valles y del inmenso mar. Es probable que el jurado seleccionador eligiera ese presunto poema porque no significaba nada. Con buen criterio, se dijeron que la primera condición de un himno es la de no decir nada, para no ofender nadie. Y el caso es que lo lees y a primera vista da la impresión de que, en efecto, carece completamente de sentido. De hecho, el primer verso dice “¡Viva España!”. Llevamos escuchando ese viva España desde la infancia en boca de políticos, de obispos, de militares, de folclóricos, de putas, de asesinos, de niños, de ladrones, de héroes, de contables, de ingenieros de puertos y caminos... Lo escuchamos como el que oye llover justamente por su inanidad.

—Oye, quería decirte algo.
—Adelante.
—Que viva España.
—Vale, hombre, pues que viva.


El primer verso cumple, pues, el requisito principal de un himno: el de no herir los sentimientos de nadie. ¡Viva España! Parece casi una declaración de principios, como ¡Viva Francia! O ¡Vivan los Estados Unidos de América! Como ¡Viva Alpedrete! incluso. No estamos a favor de la muerte de nadie. Si alguien quiere gritar ¡Viva el tomate! o ¡Viva el vino de Rioja!, contará con todo nuestro apoyo. Decimos esto en el sobreentendido de que cuando damos vivas a la dieta mediterránea, por ejemplo, no nos estamos oponiendo a la existencia de otras. ¡Viva España!, pues, por qué no, y vivan los ordenadores portátiles y viva internet, viva todo, en fin. Los versos que siguen a ese “¡Viva España!” no pasan de ser sonidos ligeramente articulados, pero sin significado real, mera retórica pemaniana (de Pemán, un eximio vate franquista) cuyo sentido es completamente imposible de descifrar. Su autor asegura que se trata de un himno pensado para aquellos que van en el metro y que compran las ofertas de Carrefour y que pagan la hipoteca, lo cual puede sonar a insulto para todos esos colectivos, ya que es como decirles que están en contra del sentido.

—¿Usted está en contra del sentido? –pregunté ayer a un señor en el híper.
—¿Del sentido de qué?
—Del sentido de la vida, claro.
—La vida es absurda, amigo mío.


La verdad es que no esperaba una respuesta tan contundente. Pero si la vida es absurda, qué mejor que un himno absurdo para sobrellevarla. Quiero decir que todo son ventajas, o que todo eran ventajas hasta que leí unas declaraciones según las cuales se trata de un himno machista porque utiliza el masculino de un modo exagerado. Y es cierto, por ejemplo, cuando dice: “Cantemos todos juntos”. Quizá debería haber dicho “cantemos todos y todas juntos y juntas”. O bien “cantemos tod@s junt@s”. A ver si la Academia legaliza de una vez esta vocal ambidextra, porque sin ella resulta imposible escribir un himno, incluso un himno completamente gilipollas, que era de lo que se trataba. De súbito, el matiz machista le ha dado un sesgo agresivo insoportable. Con todo, no nos extrañaría nada que esta mierda de himno, con perdón, acabara penetrando en nuestros corazones y durara toda una vida, es decir, más que la necrológica de un poeta, más que la lágrima de una adolescente, más que un periódico de izquierdas, más que un discurso electoral, más que una tarde de domingo... Decíamos al principio que el periódico ha devenido en una suerte de sumidero que se traga de inmediato todo lo que cae en él. Pero también es cierto que a veces, en los alrededores del desagüe se quedan inexplicablemente anclados unos pelos, no sabemos de quién, que da asco quitar. Este himno es uno de esos pelos. Enhorabuena.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Omar Viñole y su discípulo Mertens

Por Yoel Novoa


De Viñole me gustaba su improperio, su forma de incorporar la puteada sensible a la expresión literaria. Alguien lo consideró a él junto a Baron Biza, como a los "únicos" dos escritores malditos argentinos.

Nunca entendí bien el significado de "escritor maldito". Los malditos oficiales del occidental siglo XX, fueron Henry Miller y Ferdinand Celine... y la palabra maldito funcionaba como reactivo de ventas. Personalmente, creo que tanto Miller como Celine se conformaban con que el vulgo los denominara "hijos de puta" y a otra cosa, mariposa.

En el caso de Viñole, llamarlo "maldito" es mear fuera del tarro. "Marginal" sería más adecuado pues marginal es el país mismo que parió al escritor. Me refiero a cultura marginal dentro del imperio de la boludez cultural. Al hoy reconocido Arlt, se lo tuvo por un periodista que no sabía usar la gramática, que escribía mal.

Sucede que el imperio de la boludez es muy fuerte y cuando lo atacan, contraataca.

La mediocridad paga cerebros brillantes para mantenerse en su fatuidad.

El pobre Viñole apareció en medio desta maroma, embriagado de mesianismo y talento panfletario. Le llamó la atención a muchos (Neruda entre ellos) pero siempre lo tuvieron como un marginal que buscaba ser escuchado mediante el box o los paseos con su famosa vaca por el centro de la ciudad. Viñole era veterinario y paseaba por calle Florida a su vaca en el horario que él sabía que el animal tenía que mover el vientre, colmando de mierda la vía pública. Enfrentaba a la policía: "Arresten al animal, no a mi. Él es el que está cagando no yo". Viñole paseaba la vaca para concertar gente a su alrededor y transmitir a la humanidad, cachos de su ética. Hizo lo mismo peleando (peleó con algo así como "el hombre montaña") en el Luna Park y lo cagaron a golpes.
Cuando en mis lides de librero caía a mis manos algún ejemplar viñolesco, era una fiesta. Las tapas eran geniales y las barbaridades incorporadas en el texto, más geniales aún. Cumpliendo con la ley de la subsistencia, siempre vendí lo que encontré de él. Sus libros siempre los vendí más caros que cualquier libro "normal".

Un día conocí en una casa de la Boca a Armando Mertens, hijo del escritor sainetero Federico Mertens, y discípulo de Omar Viñole.

Don Armando me vendió todo lo que tenía de Viñole, aparte de rarísimas primeras ediciones, fotos y cajas llenas de manuscritos y mecanografiados. Incluso un retrato al óleo que lo representaba (excelente trabajo).

Me vendió todo por monedas, pues don Armando tomó mi gusto por Viñole por una coincidencia astrológica donde yo sería el ser encargado de retomar el mensaje de Viñole para transmitirlo al mundo "de una vez por todas".


Me comprometí con don Armando a publicar una monografía sobre Viñole (que curiosamente sería este presente trabajo que me pidió Hugo Vera, y mi promesa data de 20 años atrás). Pero el buen discípulo de Viñole quería más... Esperaba que yo fundara una iglesia donde Viñole ocuparía el lugar de Cristo y entonces la redención popular sería un hecho.

Por años mantuve el paquete viñolesco en mis manos. La promesa a don Armando, bife de chorizo y vinacho mediante, fue seria.

El análisis de los manuscritos me defraudó. El mensaje era mínimo aunque supermesiánico crístico. Siempre rescatable, pero me frenó el peronismo deslumbrado del escritor. Viñole fue uno de los que vio en el general Perón al redentor del pueblo argentino y se volcó a ensalzarlo, hasta que se defraudó y volvió a Cristo y sus trompadas con los personajes culturosos que se le ponían en el camino.
En fin... El tintero está lleno de Omar Viñole.
Un axioma chino, comentado en algún momento por Lin Yutang, divide la vida de un hombre en cuatro vidas diferentes: niñez, juventud, madurez y vejez; otorgando un promedio de veinte años para cada etapa. Ochenta años es un límite biológico rajante y puede decirse que a partir de entonces la diferenciación se convierte en sabiduría pura o eternidad no comprendida por los menores de edad.
La misma persona no es la misma persona. No es de humanos entender esos significados, por eso la enajenación, el arte y la melancolía.
El empirismo vivencial establece las diferencias: para el joven el niño es un cadáver y así sucesivamente.
Efectivamente, el pasado puede ser negado (así como aceptado) pues es simple muerte alejada, no putrefacción dentro del tacho de basura casero.
La fotografía (y el cine)es una paradoja. Al practicar estos oficios se está practicando la muerte y la muerte también es artificio entre mortales. Oscar Wilde se debió de haber reído del escándalo íntimo que le habrá provocado verse fotografiado.
Marañon está atento a los cambios de la tiroides, pituitaria e hipófisis, durante el transcurso de las veintenas y marca las conversiones, a veces tipo "dr. Jeckyl and mr. Hyde", que suceden entre un flaco y un gordo, y viceversa. Ingenieros proponía el suicidio a partir de los treinta años cumplidos, para Borges continuar vivo era una adaptación al infierno. Entonces la locura sería el placebo pertinente para los que asumen la madurez.

HUGO VERA MIRANDA

Vi salir del hospital en silla de ruedas a la última princesa que amé. Sabía yo que todas las princesas murieron y me sorprendí al verla. Enjuta, vieja y tapada con una manta. Me preguntó si me acordaba de ella. Le dije que no. Soy Rosario me dijo ¿no te acuerdas de mí?

Era la más linda del lugar. Los príncipes del pueblo la amaban. Yo también, en silencio. Los príncipes del pueblo desaparecieron. Ella sobrevivió a los contubernios, a las mareas y a los cambios de gobierno. Una vez me enteré que le extirparon algo que no recuerdo. Que vivió una temporada con un poeta maldito que se colgó en el pino de la plaza del pueblo. Se enteró que lo engañaba con un vendedor ambulante. Dejó de epitafio una esquela digna de un mamarracho ignorante: "Mi corazón no se vende". Cruzó el océano un par de veces de la mano de un estanciero rico. Hubo registros de su viaje en el diario del pueblo. La foto clásica en La Torre Eiffel. De aquello hace ya más de treinta años. Treinta años en el cuerpo de cualquier princesa hacen estragos, sino vean a las monegascas. Su vida, como cualquier vida, fue un tendal de abandonos. Se marcharon sus padres, familiares diversos y también muchos de los príncipes, se fue el poeta, el vendedor ambulante y el estanciero rico. Yo aún no parto gracias al arte de resistir. Me dijo que era imposible que no me recordara de ella. ¿Aún vives en la calle Libertad? me preguntó. Nunca viví allí le contesté. ¿Es que acaso no te llamas Hugo? No, no me llamo Hugo. Me llamo Daniel. Me pidió perdón por la confusión.

La vi cruzar la calle a duras penas y no me dio lástima. Nadie le tiene lástima a las princesas. Las princesas tampoco las tiene con uno. Ni con dos. Ni con nadie.


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2008
Neruda y Yo

Han pasado los años y aún recuerdo a Neruda como al amigo que un año antes de morir, protegí y cuidé en grado sumo. Amigos que visitan este blog y que también lo conocieron y conocieron mi devoción por él, no me dejarán mentir. No recuerdo ahora de dónde venía. Nunca se lo preguntamos. Además no nos importaba. Llegó a casa y lo acogimos como un hermano. Sabíamos al momento de llegar, que su vida no se prolongaría demasiado. Eso lo sabíamos. Mi familia y yo lo sabía, nadie más en Chile lo sabía, nadie más. Fue así que establecimos una perdurable amistad cercana al amor. Es que no hay amistad sin amor. No la hay. Me tocó ser su compañero de ruta durante un año. Era la época en que yo tibiamente comenzaba a escribir. A escribir aquellas pobres endechas monosilábicas que publicaban diarios de provincia. Yo escribía y él callaba. No aprobaba ni desaprobaba. Callaba. Aquel año que estuvimos juntos fue a todas luces inolvidable, y en donde verdaderamente aprendí, aprendí a escribir. Todo lo que soy se lo debo a Neruda. Lo que muchos sabíamos que llegaría llego. Murió Neruda. Lo matamos. Un lindo cerdito de 125 kilos que estaba realmente exquisito.


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Lucy trabajaba en una carnicería

Lucy trabajaba en una carnicería. Me lo comentó Julián. Desde los catorce años que estaba enamorado de Lucy. Hacía veinte años que no la veía. Fui a la carnicería. Estaba más linda que nunca. Me hice adicto a esa carnicería. La más completa del pueblo. Después del pedido llegaba donde Lucy que trabajaba en la caja. Cuatro veces por semana pasaba por la caja. La caja donde estaba Lucy. Frente a ella transpiraba, tartamudeaba, me ponía frenético, estúpido. Un día fui el primero en llegar a la caja. A las nueve de la mañana . Lucy no estaba. No había nadie en la caja. Esperé. Luego le pregunté al dependiente. Me dijo que la cajera estaba haciendo sus necesidades. Que esperara. Se me vino el mundo abajo. No podía ser posible que Lucy estuviera haciendo sus necesidades. No lo podía creer. No lo podía soportar. Luego llegó Lucy y ya no la veía como Lucy. La chica más linda del lugar. Sino como un matambre, una cabeza de vacuno o un cuarto de cuadril. Me sonrió, pagué y me fui. Se lo comenté a Julián. Me dijo que la vida es así. Que no me preocupara. Que las lindas también mean.









No tengo ningún título para este post

En líneas generales no he vivido una mala vida. Aunque hay dudas al respecto, vi a un yanqui caminar en la Luna. En el teatro Colón de Buenos Aires vi bailar a Mijail Baryshnikov, a Maia Plisetskaya y a Julio Bocca. Una vez le di la mano a Cortázar. Vi jugar a Maradona. No necesariamente en ese orden, planté un árbol, tuve un hijo y escribí un libro. En la librería Hernández de la calle Corrientes conocí al papá del Ché. Aquella noche contó una anécdota que ya escribiré. Fui amado y amé. Navegué por los canales del Sur cruzando el Estrecho de Magallanes. Jugué por la selección de fútbol de mi pueblo. Nadie en el mundo ha escrito un poema como el que un día yo escribí. Como a Gregory Corso, el mundo me debe un millón de dólares. Tuve amigos maravillosos. Las mejores amantes los tuve yo. Poseo una victrola de 1904. Una vez pesqué el salmón más grande. Me río de Hemingway. Una vez en Calanda los tambores tocaron para mí. He tenido la suerte de ver todas las películas de Rainer Werner Fassbinder. Nunca he ingresado a un hospital. Nunca tuve accidente de aviación. Nadie me ha dañado lo suficiente. Vivo en un lugar remoto de la Patagonia en donde es noticia un choque de automóviles. Aún así pienso que no tendría que haber nacido.

BORGES - BILLY THE KID Y BELISARIO VILLAGRÁN (Dago- el Diego)

DEMOLICIÓN DE UN MEJICANO

la Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el preciso lugar, el Llano Estacado (New México).
La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago-el Diego- es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del puño de Villagrán; después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?", dice. "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York." El borracho sigue cantando, insignificante.
Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora -ostentosamente.


Jorge Luis Borges; Historia universal de la infamia, Editorial EMECE, Buenos Aires, 1971.