viernes, 24 de abril de 2009

Tropicalismo // Oiticica // Caetano Veloso

El Tropicalismo o Tropicalia fue un movimiento renovador brasileño de finales de los años 60 y principios de los 70, en plena dictadura militar, que fue mucho más allá de la música, ya que englobaba las artes plasticas, el teatro o el cine.

Su nombre se debe a Caetano Veloso, que a su vez lo tomó de una instalación llamada Tropicalia de Hélio Oiticica, un artista de vanguardia de ideas anarquistas.


El álbum colectivo Tropicália ou Panis et Circensis, en 1968, puede considerarse el manifiesto de este movimiento. Sus representantes más significativos son Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Os Mutantes, Tom Zé, Nara Leão y Rogério Duprat, así como los poetas Torquato Neto y José Capinan. En él fusionaron, con una libertad total, los ritmos brasileiros con el pop, el rock, el fado y cualquier cosa que se les ocurriese.

En 1993, para recordar el 25 aniversario de este movimiento Caetano Veloso y Gilberto Gil sacan Tropicalia 2, un disco grabado en directo en el que vuelven a fusionar los ritmos brasileños con el rock y las tendencias musicales más contemporáneas.
En este disco se encuentra la canción Haiti.


Las frases finales donde dice "E quando você for dar uma volta no Caribe" Y cuando usted vaya a dar una vuelta por el Caribe, "E quando for trepar sem camisinha" y cuando vaya a follar sin preservativo "E apresentar sua participação inteligente no bloqueio a Cuba" y a presentar su contribución inteligente en el bloqueo de Cuba. Piense en Haití, rece por Haití. Haiti es aquí, Haiti no es aquí.

O cuando dice: La fila de soldados, casi todos negros, dando golpes en la nuca de delicuentes negros, de ladrones mulatos, y de otros casi blancos, tratados como negros, sólo para mostrar a los otros casi negros (son casi todos negros)que los casi blancos, pobres como negros...

En fin, parafraseando el tema, viene a decir que negros, mulatos y blancos pobres lo tienen bien negro o casi negro.



HAITI

Quando você for convidado pra subir no adro
Da Fundação Casa de Jorge Amado
Pra ver do alto a fila de soldados, quase todos pretos
Dando porrada na nuca de malandros pretos
De ladrões mulatos
E outros quase brancos
Tratados como pretos
Só pra mostrar aos outros quase pretos
(E são quase todos pretos)
E aos quase brancos, pobres como pretos
Como é que pretos, pobres e mulatos
E quase brancos quase pretos de tão pobres são tratados
E não importa se olhos do mundo inteiro
Possam estar por um momento voltados para o largo
Onde os escravos eram castigados
E hoje um batuque, um batuque
Com a pureza de meninos uniformizados
De escola secundária em dia de parada
E a grandeza épica de um povo em formação
Nos atrai, nos deslumbra e estimula
Não importa nada
Nem o traço do sobrado, nem a lente do Fantástico
Nem o disco de Paul Simon
Ninguém, ninguém é cidadão
Se você for ver a festa do Pelô
E se você não for
Pense no Haiti
Reze pelo Haiti


O Haiti é aqui
O Haiti não é aqui


E na TV se você vir um deputado
Em pânico mal dissimulado
Diante de qualquer, mas qualquer mesmo
Qualquer qualquer
Plano de educação que pareça fácil
Que pareça fácil e rápido
E vá representar uma ameaça de democratização
Do ensino de primeiro grau
E se esse mesmo deputado defender a adoção da pena capital
E o venerável cardeal disser que vê tanto espírito no feto
E nenhum no marginal
E se, ao furar o sinal, o velho sinal vermelho habitual
Notar um homem mijando na esquina da rua
Sobre um saco brilhante de lixo do Leblon
E quando ouvir o silêncio sorridente de São Paulo
Diante da chacina: 111 presos indefesos
Mas presos são quase todos pretos
Ou quase pretos, ou quase brancos quase pretos de tão pobres
E pobres são como podres
E todos sabem como se tratam os pretos
E quando você for dar uma volta no Caribe
E quando for trepar sem camisinha
E apresentar sua participação inteligente no bloqueio a Cuba
Pense no Haiti
Reze pelo Haiti

O Haiti é aqui
O Haiti não é aquí

Traducción
Es bastante mala , pero como dirían los brasileños "da para entender"


Al ser llamados a filas en la iglesia
de la Cámara de la Fundación Jorge Amado
para ver la fila superior de los soldados, casi todos negros
dando golpes en la nuca de negros malandros
de ladrones mulatos
y otros casi blancos
tratados como negros
sólo para mostrar a los otros casi negros
(que son casi todos negros)
Y para casi blancos, negros y pobres
¿Cómo negros, mulatos y pobres
y casi blancos y casi negros son tratados como pobres ?
Y no importa si a los ojos del mundo
pueden estar vueltos por un momento hacia largo
donde los esclavos eran castigados
Y hoy en día de batuque, un batuque
con la pureza de los niños uniformados
desde la escuela secundaria en los días de cierre
Y la épica grandeza de un pueblo en la formación
Nos atrae, estimula y deslumbra
No importa nada
Ni la intersección de Sobrado, o la lente de la Fantástico
Ni el disco de Paul Simon
Nadie, nadie es ciudadano
Si ves el festival de Pelô
Y si usted no está allí
Piense en Haití
Ruega por Haití

Haití está aquí
Haití no está aquí

Y si ven en la televisión un diputado
en apenas disimulado pánico
que a la vista de todos, le da lo mismo
Cualquier cualquier
plan de educación que parece fácil
le parece fácil y rápido
Y se plantean una amenaza para la democracia
La enseñanza de primer grado
Y si el señor que defiende la adopción de la pena capital
Y el venerable cardenal dice que ve tanto espíritu en el feto
Y ninguno en el marginal
Y si, para perforar el signo, la vieja costumbre de color rojo
Nota meando un hombre en la esquina de la calle
delante de una brillante bolsa de basura en Leblon

Y cuando usted oye el silencio sonriente de Sao Paulo
frente a la masacre: 111 presos indefensos

Pero los presos son casi todos negros
O casi negros, blancos o casi negros de tan pobres
Y los pobres están podridos
Y todos saben cómo tratar con los negros
Y cuando usted esté dando una vuelta por el Caribe
Y cuando folle sin condón

y presente su contribución inteligente al embargo de Cuba
Piense en Haití
Ruege por Haití


Haití está aquí
Haití no está aquí
Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo


Fotografía Chema Madoz



En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.
En Amalfí, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.
Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel.
Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.
El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.

Julio Cortázar Historias de cronopios y de famas
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Etiquetas: Julio Cortázar
viernes 1 de agosto de 2008
Historias de cronopios y de famas






La foto salió movida


Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.




Haga como si estuviera en casa



Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: "Bienvenidos los que llegan a este hogar". Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas. Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró o hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar


El Perseguidor: Manual de instrucciones para despistados

jueves, 9 de abril de 2009

Andy de Murmullos descuidados... ( un amigo, jajaja)

JULIO, LA FOTO.
VÉRTIGO.


Todo olía a desesperación. Habían acabado de hacer el amor hacía instantes. Y como a veces suele pasar, se había adueñado del ambiente una especie de aire malévolo que tiene el sabor a la culpa y al desconsuelo.

¿Encontraré a la Maga? Hiciste conmigo algo que no se hace, me mostraste la mujer ideal. Después de eso todos buscamos a la Maga en Paris o en Ciudadela, haciendo huevos fritos, escuchando a los Beatles o a Charly Parker, haciendo el amor en una cama rodeada de libros, sahumerios, un potus, ollas sucias, decenas de vasos con puchos apagados, una novela sin abrir de Roberto Arlt.



En un departamento lejano sonaba Sandro.


"Tengo un mundo de sensaciones"

¿Encontraré a la Maga? Vos me dijiste Julio que podíamos encontrarla, no buscarla, que la Maga iba a aparecer sin necesidad de una cita, que la misteriosa ecología de la ciudad iba a juntarnos. Por tu culpa, Julio, las parejas salen separadas a encontrarse, la ciudad está cubierta de personas con aire desconcentrado que cabecean como un boxeador después de un golpe, que espían en las esquinas buscándola a ella...



Ambos se dieron vuelta hacia sus lados respectivos y se dieron cuenta inmediata y simultáneamente del error. Eran diferentes, sonaban distintas sus respiraciones. Subsanaron ese error volviendo a mirarse y a encontrarse, sonriendo delicadamente.


Te metiste en la vida, Julio, en nuestra vida; en la vida de ella y la mía. No pasa un solo embotellamiento en que no recuerde la autopista del sur; frente a cualquier discusión, particularmente las discusiones tontas, la memoria me dicta elecciones insólitas...

¿Te acordás? A uno le piden que elija y le dan un calentador Primus, una banana, una rubia de costumbres elásticas... Para desconcierto de la población y del obispo local me he quedado con la banana. Me aterra tu posibilidad de vomitar conejitos a la mañana: Julio, ya es suficiente que a la mañana el sueño duele en los ojos o el pis se resista a salir. No puedo perdonarte lo de los conejitos. Tampoco lo del límite.


Hasta que se encontraron. era un algo en el fondo de sus ojos. Él la veía, infatuizado. Sus ojos tenían esa misteriosa cualidad de atraparlo de un modo insondable. Él, que se aburría con cualquier cosa, podía quedarse hundido en esa mirada durante el resto de su vida. Pero en realidad él, no era él... sino otro par de ojos, los de otro hombre que en algún lado, que nos está vedado saber, la esperaban para mirarla así.



Yo vivía tranquilo imaginando esa pared, no tenías que decirme que la pared era una soga que se podía saltar, en ese ring los contornos se pierden, la conciencia se pierde. Vivía tranquilos en nuestro metro cuadrado hasta que apareciste vos. Y con vos, ella... ella, la prueba tangible de la continuidad de los parques.

“El hombre más alto del mundo” como escribió alguna vez mi odiado García Márquez, con los ojos separados como los de un novillo, el brazo en alto señalando hacia allá, hacia allá, a la conciencia, a la soga, a lo extraordinario, lo extraordinario saltándonos encima como un gato, al miedo y a la risa, Julio, Julio... si no fuese por vos, yo no escribiría; y si yo no escribiese, ella no me hubiera leído. Y si ella no me hubiese leído, yo no hubiera tenido ni la más mínima chance de tener una chance.


Cuando Sandro se hubo callado, ella ya dormía.. pero él no podía hacerlo. Un runrun delicado lo estremeció. Había sido descubierto. Ella abrió los ojos. Y lo descubrió mirándola. Lo habían atrapado como una liebre frente a los focos. Ahora sólo restaba el tiro del final.



Ella sabía que esto no debía continuar. Al menos, no de este modo. Había otra gente que la necesitaba. Pero cuando ella miraba el fondo de sus ojos verdes, esos ojos de gato desvelado y lúcido, podía ver la desesperación que dormía en algún rincón, acurrucado. Y de alguna manera no podía dejar de ceder a esa especie de resistencia pacífica que instantáneamente desplegaba en sus silencios, muy escasos por cierto.

Es natural que interpretes esto como un reproche, Julio. Yo quería ser feliz, hacer asados, leer a King o a Grisham, mirar como despegan los aviones en el aeroparque, no necesitar a la Maga, hacer el amor cuantas veces fuese posible, no plantearme siquiera si la vida tiene más de una dirección: tiene una sola, y es el futuro, no hay dos futuros; hay el mío, no hay conejitos en la garganta, no hay instrucciones para subir una escalera.

Yo quería ser feliz, imaginarme hasta acá, no hasta allá, no hasta ella, no adonde nunca podré llegar, sacudirme la libertad como una araña del pantalón. Tirarme la araña a la cabeza, eso hiciste. Pelo de araña, mi cabeza se mueve lentamente, nunca sé en que puede terminar, volverme cursi y niño, abrirme a la confusión. Te imagino, la imagino cada vez que miro por la ventana, o por un tunel o por un ojal, sé de memoria que puedes estar en cualquier sitio, ahora mismo cagándote de risa.

Cagándote de risa de cómo me enamoro, y quiero negarlo, tres veces como un Judas sin siquiera recompensa.


Entonces decidió que ésto se acabaría. Pero él antes hizo algo que ella no esperaba.

Le hizo una foto mental de sus ojos. Esos ojos expresivos y profundos. Esos ojos turbios para hundirse en ellos, y desfallecer, perder el conocimiento, y ahogarse.


Esos ojos a los que él le gustaba mirar cuando llegaba al orgasmo, y a los que se quedaba mirando luego de un rato para poder aprehender ese retazo de memoria.



"tengo un mundo de sensaciones..."


Sin embargo hay ciertas cosas que ocurren a lo largo de una vida juntos (que puede durar tan sólo seis meses y veintiún días) que son imposibles de recuperar.

Y desde el insondable abismo de una cama, alguien tuvo un segundo de estupor. Un vértigo atroz.

Vértigo, Julio.

¿Mentendés?

¿Y cómo hago ahora para decirle que acá arriba no puedo estar solo, Julio? Cómo hago para decirle que ella tiene la clave para que mis palabras se pongan en orden, para que las putas perras negras vengan a lamerme las manos.

Vértigo. Vértigo.

El amor es una enfermedad mental. Y aquí se está tan alto que creo que es imposible volver abajo

Andy de Murmullos descuidados... ( un amigo, jajaja)

Lucila tiene pestañas de fuego.

A veces cierra los ojos y es como si un cometa se te metiera en el pecho y te mordiese los malos recuerdos. Y cuando los abre, los destroza. Cada noche perdida en un lugar desconocido e inhóspito, cada palabra hiriente, cada sensación de soledad, cada momento de desasosiego desaparecen cuando ella abre sus ojos enormes y deshilachados por el dolor, que poco a poco van trenzándose de nuevo.

Lucila no es mía; tal vez no pertenece a nadie; o quizás se esconde en una rendija hecha de otitis, de loción para la pediculosis, de incansables intentos por tener una vida corriente. Pero ella sabe que no es corriente. Porque Lucila es capaz de ponerle esquinas a mi corazón para que tenga referencias en este camino de ceguera.

Lucila raspa el hollín de mi pensamiento para que pueda sentir, me enseña con esas palabras de maestra incansable las luces para que no me choque conmigo mismo. Me invita a destrozar los faroles de la maldita tristeza, y salimos por Avenida de Mayo a hacerle sentir a la gente que es infeliz; o al menos relativamente infeliz.

Lucila convierte una cueva en un refugio; y la calle en un meteorito helado. Me escuece el pecho para curarlo con besos de lilas y dedos de crema del cielo.

Pero hay una razón por la que Lucila me hace sentir vivo cada mañana, aunque la rutina pese y deje de ser lo cotidiano.

Lucila está.

Siempre está.

Acumula penumbras y sueños; adolece de serotoninas y misterios.

Lucila es estrellas y duendes, idas y retornos. Enseña unas palabras nuevas para voces inauditas. Es efervescente y posesiva; desprendida y tranquila. A Lucila le gusta tejer sueños y destejer mentiras ajenas, para anclarlas en una isla de alturas. Lucila te mira y te desmenuza el dolor, y te pone un poco de sol bajo la nuez.

Y pide poco. Sólo una hornalla encendida en el frío de la mañana y un horizonte ancho donde quepamos todos los indispensables. Lucila tiene las manos frías y las botas llenas de polvo por el camino recorrido.

Lucila abusa de los silencios tanto como yo abuso de las palabras. Y ama a las palabras tanto como yo sería capaz de amar a los silencios, si pudiera construírlos, y no violarlos sistemáticamente. Lucila a veces está en soledad y es feliz; y otras transpira para hervir a los demonios.

La piel de Lucila es una bella planicie de tibia arena, con el mar a lo lejos, detras de su cuello; y un cielo azul con una nube en forma de pan.

Lucila es inasible y deliciosamente abrazable. Lucila es una bella incógnita.

Lucila tiene pestañas de fuego.
Y mi tiempo se mide por sus parpadeos

sábado, 4 de abril de 2009

EN DEFENSA PROPIA


Por Fernando Sorrentino



Era sábado, serían las diez de la mañana.
En un descuido, mi hijo mayor, que es el diablo, trazó con un alambre un garabato en la puerta del departamento vecino. Nada alarmante ni catastrófico: un breve firulete, acaso imperceptible para quien no estuviera sobre aviso.
Lo confieso con rubor: al principio -¿quién no ha tenido estas debilidades?- pensé en callar. Pero después me pareció que lo correcto era disculparme ante el vecino y ofrecerle pagar los daños. Afianzó esta determinación de honestidad la certeza de que los gastos serían escasos.
Llamé brevemente. De los vecinos sólo sabía que eran nuevos en la casa, que eran tres, que eran rubios. Cuando hablaron, supe que eran extranjeros. Cuando hablaron un poco más, los supuse alemanes, austríacos o suizos.
Rieron bonachonamente; no le asignaron al garabato ninguna importancia; hasta fingieron esforzarse, con una lupa, para poder verlo, tan insignificante era.
Con firmeza y alegría rechazaron mis disculpas, dijeron que todos los niños eran traviesos, no admitieron -en suma- que yo me hiciera cargo de los gastos de reparación.
Nos despedimos entre sonoras risotadas y con férreos apretones de manos.
Ya en casa, mi mujer -que había estado espiando por la mirilla- me preguntó, anhelante:
-¿Saldrá cara la pintura?
-No quieren ni un centavo -la tranquilicé.
-Menos mal -repuso, y oprimió un poco la cartera.
No hice más que volverme, cuando vi, junto a la puerta, un pequeñísimo sobre blanco. En su interior había una tarjeta de visita. Impresos, en letras cuadraditas, dos nombres: GUILLERMO HOFER Y RICARDA H. KORNFELD DE HOFER. Después, en menuda caligrafía azul, se agregaba: y Guillermito Gustavo Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y les piden mil disculpas por el mal rato que pudieron haber pasado por la presunta travesura -que no es tal- del pequeño Juan Manuel Sorrentino al adornar nuestra vieja puerta con un gracioso dibujito.
-¡Caramba! -dije-. Qué gente delicada. No sólo no se enojan, sino que se disculpan.
Para retribuir de algún modo tanta amabilidad, tomé un libro infantil sin estrenar, que reservaba como regalo para Juan Manuel, y le pedí que obsequiara con él al pequeño Guillermito Gustavo Hofer.
Ése era mi día de suerte: Juan Manuel obedeció sin imponerme condiciones humillantes, y volvió portador de millones de gracias de parte del matrimonio Hofer y de su retoño.
Serían las doce. Los sábados suelo, sin éxito, intentar leer. Me senté, abrí el libro, leí dos palabras, sonó el timbre. En estos casos, siempre soy el único habitante de la casa y mi deber es levantarme. Emití un resoplido de fastidio y fui a abrir la puerta. Me encontré con un joven de bigotes, vestido como un soldadito de plomo, eclipsado tras un ingente ramo de rosas.
Firmé un papel, di una propina, recibí una especie de saludo militar, conté veinticuatro rosas, leí, en una tarjeta ocre, Guillermo Hofer y Ricarda H. Kornfeld de Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y al pequeño Juan Manuel Sorrentino, y les agradecen el bellísimo libro de cuentos infantiles -alimento para el espíritu- con que han obsequiado a Guillermito Gustavo.
En eso, con bolsas y esfuerzos, llegó del mercado mi mujer:
-¡Qué lindas rosas! ¡Con lo que a mí me gustan las flores! ¿Cómo se te ocurrió comprarlas, a vos que nunca se te ocurre nada?
Tuve que confesar que eran un regalo del matrimonio Hofer.
-Esto hay que agradecerlo -dijo, distribuyendo las rosas en jarrones-. Los invitaremos a tomar el té.
Mis planes para ese sábado eran otros. Débilmente, aventuré:
-¿Esta tarde...?
-No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
Serían las seis de la tarde. Esplendorosa vajilla y albo mantel cubrían la mesa del comedor. Un rato antes, obedeciendo órdenes de mi mujer -que deseaba un toque vienés-, debí presentarme en una confitería de la avenida Cabildo, comprar sándwiches, masas, postres, golosinas. Eso sí, todo de primera calidad y el paquete atado con una cintita roja y blanca que realmente abría el apetito. Al pasar frente a una ferretería, una oscura ruindad me impulsó a comparar el importe de mi reciente gasto con el precio de la más gigantesca lata de la mejor de todas las pinturas. Experimenté una ligera congoja.
Los Hofer no llegaron con las manos vacías. Los entorpecía -blanca, cremosa y barroca- una torta descomunal que hubiera alcanzado para todos los soldados de un regimiento. Mi mujer quedó anonadada por la excesiva generosidad del presente. Yo también, pero ya me sentía un poco incómodo. Los Hofer, con su charla hecha sobre todo de disculpas y zalamerías, no lograban interesarme. Juan Manuel y Guillermito, con sus juegos hechos sobre todo de carreras, golpes, gritos y destrozos, lograban alarmarme.
A las ocho me hubiera parecido meritorio que se retiraran. Pero mi mujer me musitó al oído, en la cocina:
-Han sido tan amables. Semejante torta. Tendríamos que invitarlos a cenar.
-¿A cenar qué, si no hay comida? ¿A cenar por qué, si no tenemos hambre?
-Si no hay comida aquí, habrá en la rotisería. En cuanto al hambre, ¿quién dijo que es necesario comer? Lo importante es compartir la mesa y pasar un rato divertido.
A pesar de que lo importante no era la comida, a eso de las diez de la noche, cargado como una mula, transporté, desde la rotisería, enormes y fragantes paquetes. Una vez más, los Hofer demostraron que no eran gente de presentarse con las manos vacías: en un cofre de hierro y bronce trajeron treinta botellas de vino italiano y cinco de coñac francés.
Serían las dos de la mañana. Extenuado por las migraciones, ahíto por el exceso de comida, embriagado por el vino y el coñac, aturdido por la emoción de la amistad, me dormí al instante. Fue una suerte: a las seis, los Hofer, vestidos con ropas deportivas y protegidos los ojos con lentes ahumados, tocaron el timbre. Nos llevarían en automóvil a su quinta de la vecina localidad de Ingeniero Maschwitz.
Mentiría quien dijese que este pueblo está pegado a Buenos Aires. En el coche pensé con nostalgia en mi mate, en mi diario, en mi ocio. Si mantenía abiertos los ojos, me ardían; si los cerraba, me quedaba dormido. Los Hofer, misteriosamente descansados, charlaron y rieron durante todo el trayecto.
En la quinta, que era muy linda, nos trataron como a reyes. Tomamos sol, nadamos en la pileta, comimos delicioso asado criollo, hasta dormí una siestita bajo un árbol con hormigas. Al despertarme, caí en la cuenta de que habíamos ido con las manos vacías.
-No seas guarango -susurró mi mujer-. Aunque sea comprále algo al chico.
Fui a caminar por el pueblo con Guillermito. Ante el escaparate de una juguetería le pregunté:
-¿Qué querés que te compre?
-Un caballo.
Entendí que se refería a un caballito de juguete. Me equivocaba: volví a la quinta en ancas de un bayo brioso, sujeto de la cintura de Guillermito y sin siquiera un cojinillo para mis asentaderas doloridas.
Así pasó el domingo.
El lunes, al volver de mi empleo, encontré al señor Hofer enseñándole a Juan Manuel a manejar una motocicleta.
-¿Cómo le va? -me dijo-. ¿Le gusta lo que le regalé al nene?
-Pero si es muy chico para andar en moto -objeté.
-Entonces se la regalo a usted.
Nunca lo hubiera dicho. Al verse despojado del reciente obsequio, Juan Manuel estalló en una rabieta estentórea.
-Pobrecito -comprendió el señor Hofer-. Los chicos son así. Vení, querido, tengo algo lindo para vos.
Yo me senté en la motocicleta y, como no sé manejar, me puse a hacer ruido de motocicleta con la boca.
-¡Alto ahí o lo mato!
Juan Manuel me apuntaba con una escopeta de aire comprimido.
-Nunca dispares a los ojos -le recomendó el señor Hofer.
Hice ruido de frenar la motocicleta, y Juan Manuel dejó de apuntarme. Subimos a casa muy contentos los dos.
-Recibir regalos es muy fácil -señaló mi mujer-. Pero hay que saber retribuir. A ver si te hacés notar.
Comprendí. El martes adquirí un automóvil importado y una carabina. El señor Hofer me preguntó por qué me había molestado; Guillermito, del primer tiro, rompió el farol del alumbrado público.
El miércoles los regalos fueron tres. Para mí, un desmesurado ómnibus de viajes internacionales, provisto de aire acondicionado y servicios de baño, sauna, restaurante y salón de baile. Para Juan Manuel, una bazuca de fabricación vietnamita. Para mi mujer, un lujoso vestido blanco de fiesta.
-¿Dónde voy a lucir el vestido? -comentó, decepcionada-. ¿En el ómnibus? La culpa es tuya, que nunca le regalaste nada a la señora. Por eso ahora me regalan limosnas.
Un estampido horrendo casi me dejó sordo. Para probar su bazuca, Juan Manuel acababa de demoler, de un solo disparo, la casa de la esquina, por fortuna deshabitada tiempo ha.
Pero mi mujer seguía con sus quejas:
-Claro, para el señor, un ómnibus como para ir hasta el Brasil. Para el señorito, un arma poderosa como para defenderse de los antropófagos del Mato Grosso. Para la sirvienta, un vestidito de fiesta... Estos Hofer, como buenos europeos, son unos tacaños...
Subí a mi ómnibus y lo puse en marcha. Me detuve cerca del río, en un paraje solitario. Allí, perdido en el desaforado asiento, gozando de la fresca penumbra que me brindaban los visillos corridos, me entregué a la serena meditación.
Cuando supe exactamente qué debía hacer, me dirigí al ministerio a ver a Pérez. Como todo argentino, yo tengo un amigo en un ministerio, y este amigo se llama Pérez. Por más que soy muy emprendedor, en este caso necesitaba que Pérez interpusiera su influencia.
Y lo logré.
Vivo en el barrio de Las Cañitas, al que ahora le dicen San Benito de Palermo. Para extender una vía férrea desde la estación Lisandro de la Torre hasta la puerta de mi casa, fue necesario el trabajo silencioso, fecundo e ininterrumpido de un multitudinario ejército de ingenieros, técnicos y obreros, quienes, utilizando la más especializada y moderna maquinaria internacional, y tras expropiar y demoler las cuatro manzanas de suntuosos edificios que otrora se extendían por la avenida del Libertador entre las calles Olleros y Matienzo, coronaron con éxito rotundo tan valerosa empresa. De más está puntualizar que sus dueños recibieron justa e instantánea indemnización. Es que con un Pérez en un ministerio no existe la palabra imposible.
Esta vez quise darle una sorpresa al señor Hofer. Cuando el jueves, a las ocho de la mañana, salió a la calle, encontró una reluciente locomotora diésel, roja y amarilla, enganchada a seis vagones. Sobre la puerta de la locomotora, un cartelito rezaba: BIENVENIDO A SU TREN, SEÑOR HOFER.
-¡Un tren! -exclamó-. ¡Un tren, todo para mí solo! ¡El sueño de mi vida! ¡Desde chico que quiero manejar un tren!
Y, loco de contento y sin siquiera agradecerme, subió a la locomotora, donde un sencillo manual de instrucciones lo esperaba para explicarle cómo conducirla.
-Pero espere -dije-, no sea abombado. Mire lo que le compré a Guillermito.
Un poderoso tanque de guerra destruía con sus orugas las baldosas de la acera.
-¡¡¡Bieeeennn!!! -gritó Guillermito-. ¡Con las ganas que tengo de tirar abajo el obelisco!
-Tampoco me olvidé de la señora -añadí.
Y le entregué, recién recibido de Francia, el más fino y delicado tapado de visón.
Como eran ansiosos y juguetones, los Hofer quisieron estrenar en ese mismo instante sus regalos.
Pero en cada obsequio yo había colocado una pequeña trampa.
El tapado de visón estaba interiormente recubierto de una emulsión mágica evaporante que me había cedido un hechicero del Congo, de manera que, apenas se envolvió con él, la señora Ricarda se achicharró primero y luego se convirtió en una tenue nubecilla blancuzca que se perdió en el cielo.
No bien Guillermito efectuó su primer cañonazo contra el obelisco, la torreta del tanque, accionada por un dispositivo especial, salió disparada hacia el espacio y depositó al pequeño, sano y salvo, en una de las diez lunas del planeta Saturno.
Cuando el señor Hofer puso en marcha el tren, éste, incontrolable, se lanzó raudamente por un viaducto atómico cuyo itinerario, tras cruzar el Atlántico, el noroeste del África y el canal de Sicilia, concluía bruscamente en el cráter del volcán Etna, que por esos días había entrado en erupción.
Así fue como llegó el viernes, y no recibimos ningún regalo de los Hofer. Al anochecer, mientras preparaba la comida, mi mujer dijo:
-Sea uno amable con los vecinos. Póngase en gastos. Que tren, que tanque, que visón. Y ellos, ni una tarjetita de agradecimiento.

(c) Fernando Sorrentino, [De En defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.]
Vieja, creo que tu hijo la cagó
por Jorge Valdano



Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo des­pertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltys en idénticas versio­nes. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: O-O faltando un minuto y penalty en contra; silencio ex­pectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; O-O final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-O para su equipo, pero esa his­toria le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltys mentalmente aunque él no se daba cuenta. Se acordó del tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera. Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó la enfermedad de su padre: <> hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico.

Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era su costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. «Grande maestro», le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:

-Hablás solo.

-No, pensaba.

Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.

Juntos escucharon a Johnny Lombard anunciando el partido: «A las cinco de la tarde, en el campo comunal Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de Liga en el partido más esperado del año». Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.

Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo, los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.

Desde hacia una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.

-¿Que tal en la fábrica? -preguntó Mercedes.

-Y.. esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.

Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer; entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda le había dicho: «Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?».

Felpa era un buen tipo, de veintiséis años, casado no hacía mucho tiempo y con un niño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.

En el sanatorio San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con diez años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopeta. La liebre se escapó y el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar Gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad con que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pensado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudó el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con Sus gritos que lo que respaldaba.

En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor; pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A doscientos metros de distancia era capaz de identificar, aguzando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.

Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna:

-Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.

En el camino volvió a fabricar un penalty en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. «La esperanza es el sueño de los despiertos», escuchó un día.

En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: «No te preocupes, que hoy ni se acercan...». «A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...» «¿A quién le ganaron ésos...?» Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: «Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata». Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.

Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.

Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wínes, y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:

-¿Cómo te va, embrague?

-¿Por qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.

-Porque primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó el Negro para que se riera todo el mundo.

Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.

Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.

El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: «Me quitan sensibilidad». Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después. Ahí estaba todo el pueblo.

Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.

El sermón arbitral fue breve: «A jugar y a callar», dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.

El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.

Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:

-Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.

Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.

El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron fruto de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.

Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer; faltando unos quince minutos, que «todavía podía pasar cualquier cosa». En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.

Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡ Penalty!

Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.

El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.

A once metros de distancia el Befo Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.

Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.

Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de «Felpa», «Felpa», «Felpa». Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en veinticinco años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdi-rojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalty («hay que reconocer que fue justo, vieja») y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado. "Vieja, creo que tu hijo la cagó".
Microrrelato

Maradona por Pablo Toledo

Perfil Suplemento Literatura Domingo 20 de Agosto de 2006, página 3

En 1985, Diego Maradona viaja a la Argentina para jugar un partido de las eliminatorias del Mundial de México:
en pleno auge de su carrera napolitana, jugador estrella de una selección nacional con fuertes chances, cerca del casamiento con su novia de siempre, pero ante todo líder de una corte de lacayos y bufones dedicada a satisfacer cada uno de sus caprichos, decide, dos días antes del partido, escapar de la concentración para ir a comer un asado.
El asado se improvisa en pocos minutos en un campo a 150 km. "El campo" es en realidad un pequeño casco, el galpón de herramientas, corrales: aún no se ha puesto de moda el turismo de estancias, pero el dueño maneja clubes nocturnos y conoce personas dispuestas a pagar bastante dinero por un lugar en el que cual divertirse lejos de miradas indiscretas. En los cuentos de Las mil y una noches, estos lugares eran atendidos por eunucos con la lengua cortada; en la versión pampeana del mito, los peones naces y viven a pocos kilómetros del campo y son leales a la única fuente de trabajo que conocen.
Mientras se cocina la carne, Maradona y su corte visitan los corrales. Detrás de uno de los galpones se encuentran con peones concentrados en un adolescente que hace destrezas con una pelota. Nadie se da cuenta de la presencia del ídolo hasta que aplaude la misma habilidad que ellos admiran. Creen al principio que es un broma o una condescendencia, pero Maradona está en verdad impresionado. Tras el forzoso ritual de vivas y devociones, alguien sugiere que armen un picado. Desde la corte recuerdan que están ahí para escapar de los entrenamientos, pero el mismo Maradona insiste.
Desde el principio queda claro que en la cancha hay sólo dos jugadores: Maradona y el chico se enfrentan, se miden, se adivinan, se disputan, se corren y gambetean y eluden entre sí en una danza que no necesita siquiera de cómplices, sólo de testigos. Con idénticas sonrisas en el rostro, el héroe de la liga italiana y el chico que no participó siquiera en campeonatos regionales saben por primera vez lo que es enfrentarse a un igual. Pero esa situación dura apenas unos minutos. Maradona ve con sorpresa y luego con desesperación cómo, una y otra vez, la pelota se aleja de su pie izquierdo sin que él pueda hacer nada por recuperarla. Cada uno de los intentos se choca con una respuesta insuperable y una resolución elegante que lo hace patear al aire, girar en el vacío, correr en la dirección equivocada, mirar con la boca abierta el gol del adversario.
El partido, que comenzó entre bromas, ahora se juega en silencio, y cuando la frustración termina por superarlo Maradona intenta derribar al chico con una de las barridas que siempre le dedican a él, pero hasta en eso falla. La campana del asado anuncia la comida. En silencio, Maradona se retira de la cancha y tras él los demás jugadores.
El chico, con la pelota firme bajo el pie derecho, los mira desde el área vencedora.
Nadie se atreve a quebrar el silencio, y menos a contradecir a Maradona cuando ordena el regreso a la mitad de la comida. Con un pie en el auto, le dice al dueño de la estancia "felicitalo de mi parte al pibe", y a los cortesanos "vamos, acá no pasó nada". Llegan a la concentración de la Selección nacional a tiempo para la conferencia de prensa de las seis de la tarde.



Pablo Toledo nació en Buenos Aires en 1975. Es periodista, profesor de inglés y estudió Edición en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado cuentos de diversas antologías y su primera novela, Se esconde tras los ojos, obtuvo el premio Clarín en el año 2000.