Adiós, Cordera!
Leopoldo Alas
De El señor y lo demás son cuentos
Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pinín y la Cordera.
El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado, le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que, aplicado al oído, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.
La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse.- Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcicos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina.- ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, después, sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella tenía que hacer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
«El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas, adelante... ¡todo eso estaba tan lejos!».
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren, se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.
En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas. Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las penas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más obscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad sonadora de la solemne y seria Naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera; que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zacala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pensados y nobles movimientos, aires y contornos de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura; y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles, Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás, la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que la hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación, y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
—Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.
Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía someter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.
* * *
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no paso de ahí; antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos aritos de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. La Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.
«Cuidadla, es vuestro sustento», parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo.
El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá, en el Somonte.
Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había qué decir palabra a los neños. Un sábado de Julio, al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. «Sin duda, mío pá la había llevado al xatu». No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos, acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
Al obscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido, porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío el que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. «No se dirá, pensaba, que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale». Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera; un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho.
El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón; como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso... Por fin, la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.
* * *
Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
Al sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.
«¡Se iba la vieja!» —pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.
«Ella ser, era una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela». Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie æternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el que les llevaba su Cordera.
El viernes, al obscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral obscuro. Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, mal humorado, clamaba desde casa:
—Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! —así gritaba de lejos el padre con voz de lágrimas.
Caía la noche; por la calleja obscura que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tin tan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
—¡Adiós, Cordera! —gritaba Rosa deshecha en llanto—. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
—¡Adiós, Cordera! —repetía Pinín, no más sereno.
—Adiós —contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de Julio en la aldea...
Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos, triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.
De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.
—¡Adiós, Cordera! —gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.
—¡Adiós, Cordera! —vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
—La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los señores, los curas... los indianos.
—¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Cordera!
Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...
—¡Adiós, Cordera!...
—¡Adiós, Cordera!...
Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el Rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín, que, por ser, era como un roble.
Y una tarde triste de Octubre, Rosa, en el prao Somonte sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.
Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba, exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:
—¡Adiós, Rosa!... ¡Adiós, Cordera!
—¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!...
«Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas».
Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo al tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbido que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos...
¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.
—¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!
Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh! bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado tomó un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad; de muerte.
En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante
—¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
martes, 23 de marzo de 2010
miércoles, 17 de marzo de 2010
Lo cristalino
Cristalino
Tenía el propósito de escribir sobre un pintor. Un verdadero artista y, como todo verdadero artista y como todo verdadero cualquier otra cosa, un verdadero desdichado.
La virtud de la expresión "verdadero artista" es que no requiere ser puesta a prueba: si el tipo no fuese verdadero, no sería artista y entonces no sería nada y puede cerrarse la cuestión. Pero este pintor, que era un verdadero artista, en cuanto tal era un verdadero desdichado: desde hacía décadas perseguía una obra para la que nunca le llegaba la oportunidad.
Una noche despertó sobresaltado sin saber por qué y de inmediato se volvió a dormir. Entonces soñó que un amigo escritor le describía un cuadro, figuración de un paisaje que por efectos de la perspectiva y del tratamiento de la materia del color -el óleo-representaba la visión normal de una persona. Es decir, en cierta zona de la imagen los detalles eran tan precisos como los de esos puntos donde el espectador fija la mirada, y, fuera de ese fragmento de la tela, las imágenes seguían siendo reales y precisas pero tenían la insubstancialidad característica de las cosas que no entran en el foco de atención de los humanos.
Parecían formas dispuestas para revelarse con absoluta nitidez y que, si no existiesen, nada del paisaje registraría un cambio.
El escritor lo instaba a materializar el cuadro objeto de ese relato y hasta le proponía un título: Lo Cristalino.
En verdad, pensaba al despertar, las cosas que se encuentran fuera del foco de la atención podrían no existir o proceder de la memoria o de la imaginación del sujeto, de modo que pertenecerían a un estado intermedio entre el arte y la vida.
-Como yo- dijo frente al espejo de su baño, rió y por un rato sintió que no era un desdichado y hasta estuvo a punto de telefonearle al escritor para agradecer su intervención en un sueño que había impreso un giro de ciento ochenta grados a su carrera artística.
Por fortuna se habían descargado las baterías de su teléfono celular y no encontró manera de conectarlo al cable del transformador eléctrico que le habían vendido con el equipo, de modo que una omisión del fabricante destinada a ganar imponiendo la compra de más baterías que las indispensables acababa de ahorrarle el riesgo de aparecer ante su amigo como un imbécil o un demente, justo a la hora del almuerzo.
Él no almorzó. Comió una galleta y un par de bananas mientras esperaba que la máquina filtrase el café. Fumó poco y pasó la tarde en la salita que había acondicionado como biblioteca. No quería ver sus pinturas ni el desorden del estudio del primer piso. Necesitaba pensar y estuvo yendo y viniendo entre el escritorio y los estantes para revisar esos libros que tan bien conocía y cuyas imágenes recorría ahora tratando de figurarse cómo la misma idea de su amigo escritor habría asistido a los proyectos de los grandes maestros, incluyendo a no pocos clásicos orientales.
Entre las páginas de un libro de croquis de Picasso encontró la fotocopia de un relato de Albero donde al viejo, que por entonces sería menor que él, le preguntaban "¿qué busca en su pintura?" como dando el pie para que teatralmente respondiese "yo no busco: encuentro". Evidentemente, en algún momento de su carrera todo artista debe representarse con una frase inolvidable.
Después estuvo hojeando dos biografías de Beethoven, una de Schoemberg, un libro de correspondencia de Mozart y el manual de Schweitzer sobre los corales de Bach. Seguía convencido de que la música y la vida de los músicos contienen una enseñanza que los artistas plásticos nunca terminan de asimilar. Hacía poco se había puesto de moda una transcripción de El Arte de Fuga para cuarteto de cuerdas y resolvió que era el momento de volver a escucharla. Cuando introdujo el disco compacto en el equipo de sonido, por primera vez en la tarde oyó el timbre de su celular: las baterías ya estaban cargadas y llamaba una mujer de parte de su marchand para consultar sobre una operación de venta de dos obras que había pintado en l980. El comprador ofrecía pagar parte del precio con dos pasajes a Madrid y, convencido de que sería el mismo coleccionista que años atrás había canjeado un collage por un crucero a los Canales Fueguinos, dejó la decisión del negocio a criterio del marchand y cortó preguntándose por qué no lo había llamado personalmente.
Encontró cuatro mensajes grabados en el celular. Ninguno sería urgente pero se dispuso a escucharlos. Hasta la cocina llegaban los sonidos del cuarteto. Se podía reconocer un fragmento de viola solista, y en su transcurso, acentuada, la sucesión de cuatro notas que habían sonado mientras corría hacia el teléfono y se repetirían todo a lo largo de la obra. Cuatro veces repitió el mensaje de una mujer. Trataba de identificar esa voz que se presentaba como la de la señora de Campo. ¿Quién sería Campo? Pensó en el campo visual, su foco de atención y en la gradual desaparición de los colores y las formas que, estando más allá, igualmente impresionan la retina aunque no integren la percepción ni queden en la memoria.
Recordaba esa voz: alguna vez habría formado parte del fondo grisáceo de algo visto u oído. Hasta llegó a asociarla con un abrigo de piel, un perfume de tierra o musgo y un tacto áspero de líquenes sobre la piedra.
En contraste, la versión de El Arte de la Fuga por los del Juillard era pura figura o foco: no tenía fondo. Así merecería ser todo el arte. Si entendió bien las observaciones de Schweitzer, hacia el fin de su vida Bach no debió distraerse imaginando a sus obras como una totalidad. Debió pensarlas como estallidos distantes que sólo vistos desde el otro lado de la colina semejan un conjunto organizado deliberadamente y tal vez nunca se concibió a sí mismo como un artista y ni siquiera como un músico que ha compuesto demasiado.
Ahora que habían vuelto a comprar pinturas suyas de los ochenta pensaba que había pintado demasiado y que siempre le seguiría faltando un cuadro: justo el único que no sería una mera repetición.
Una frase: si encontrase una frase que dijera lo mismo y a la vez expresara lo que debió decirle el escritor en su sueño podría repetir, por ejemplo, "no busco, encuentro y esta frase es mi oreja de Van Gogh". Después podría ensayar un cuaderno de imágenes inspirado en la lenta cicatrización de una cara aurotomizada. En el sur conoció a un guía andino que había perdido sus orejas por gangrena. El pelo ralo, la boca fruncida de mapuche y los costados de la cara tan lisos le daban un aspecto de lombriz que contrastaba con su voz grave de inolvidable contador de historias de montaña. Podría elaborar un cuaderno de bocetos en sepia con variaciones de reflejos de nieve y piedra contra la cara de un guía andino. "Imágenes del frío" podría llamarse y subastarse alguna vez, si valiese la pena emprenderlo. Pero difícilmente valiese la pena.
Una vez en Denver asistió a una subasta de arte y durante la cena el galerista le dijo que había vendido medio millón de dólares en obras de Rudolph Kretzer. Kretzer había sido director del hospital de Denver y decano médico de la universidad de Colorado. Montañista, tenía el hobby de fotografíar glaciares y era un buen ilustrador. Ahora, retirado, comenzaba a exponer sus pinturas: todos glaciares, documentados fotográficamente a lo largo de cuarenta años de viajes con su Leika, sus zapatones de escalar y su insignificante mujer que tomaba notas de todo. Frente a cada fotografía de glaciar en un blanco y negro de sales de plata, la galería exponía una tela al acrílico que la replicaba en un gradiente de blanco a azul, que en algunas partes aparecía invadido de reflejos rosados. Emulaba un ejercicio de Photoshop o de alguno de esos programas de digitalización de imagen para uso doméstico. Vista en Buenos Aires, la muestra le habría parecido el lanzamiento promocional de una cadena de heladerías, o la propuesta publicitaria de un nuevo concepto de agua mineral. Pero estaba en Denver, invitado por el mismo Kretzer y cuando le pidieron una opinión sobre las piezas había dicho que era un proyecto asombroso, el mensaje de toda una vida. Después fueron todos a cenar, bebieron mucho y en algún momento su comentario debió haber llegado a oídos del viejo médico que se paró y fue hacia él para estrecharle la mano por tercera vez en la noche, agradecido.
Medio millón de dólares es una fortuna para cualquiera, aunque haya sido el cirujano más prestigioso de Colorado que debió esperar hasta los sesenta y cinco años para exponer y empezar a excederse con el alcohol según demostró aquella noche.
Al parecer, sus fotografías en blanco y negro de glaciares eran un verdadero trabajo profesional. Kretzer era el único hijo nacido en América de una familia alemana de Boston que fue bastante hostigada durante la guerra. Para él las masas móviles de hielo, el celuloide y su preciosa Leika formaban un sistema cerrado, como los siete valores cromáticos para los contemporáneos de Bach. Ante la misma imagen registrada por dos cámaras, y examinando negativos y ampliaciones, ¿Podrá un experto determinar cuál fue captada por una Leika y cuál por una Nikkon? Es una pregunta sin sentido para un apasionado como Kretzer: si no existiesen las Leika él jamás habría sido fotógrafo.
-¿Y si no existiesen los glaciares?- Le había preguntado una vez y respondió en alemán que no podría responderlo, pero que en cambio estaba seguro de que si no existiese la anestesia ni él ni la mayoría de sus colegas habrían elegido ser cirujanos.
¿Cuál es mi Leika? ¿Qué será mi glaciar? -Se preguntaba el pintor y la duda venía agregarse a la ansiedad por identificar a esa señora de Campo cuya voz grabada se resistía a eliminar de la memoria del pequeño teléfono. Alguna vez llegaría a reconocerla. Más aún: en aquel momento no se sentía un desdichado, confiaba en su buena fortuna y, aunque ansioso, estaba seguro de que si subiera al primer piso y entrase a su estudio, frente al desorden de telas incompletas, taburetes y restos de carpintería iluminados por la puesta del sol recordaría algo de esa mujer y descubriría quién era. Tal vez habría estado alguna vez visitando el estudio. Debía ser una periodista, profesora, galerista, curiosa, coleccionista, amiga de alguien conocido, promotora de eventos. Tal vez fuese una fotógrafa enviada por alguien. Pero volvió a la biblioteca y desde el escritorio miró hacia la escalera resistiendo un vago impulso de subir y las ganas de sentarse de espaldas a la invasión de luz para sentir sobre los hombros y la nuca la tibieza de los últimos rayos de sol. Ahora, en el fondo de una fuga donde se escuchaban los golpes de arco de los violines como señales de esa torpeza inevitable que el arte consustanciaba con la misma música, podía reconocer las cuatro notas iniciales. Jamás podría identificar esas notas por su nombre ni por la medida de los intervalos que las separaban creando la sensación de un cuerpo que se incorpora y comienza a marchar, y, sin embargo, estaba seguro de que en los años que le quedaran por vivir podría seguir evocándolas o cantándolas.
Eternas, cuatro notas inconfundibles en la memoria. Tal vez así fuesen las moles de hielo en la memoria o en el álbum del viejo Kretzer, un destinatario naiv para las fugas y contrapuntos de los hielos de la naturaleza. Pero ningún pintor de estos países del sur podría subastar medio millón de dólares en la primera muestra de sus chapucerías. Ni un brasileño. Y menos un chileno. Es algo que solamente puede conseguirse en lo que ellos llaman América y esos quinientos mil dólares se habrán sumado a los ahorros de toda la vida del viejo cirujano para corroborar el acierto de sus búsquedas y de su encuentro imaginario con la obra.
Kretzer jamás necesitaría una frase.
Habían pensado que serían una pareja de alemanes porque los vieron leyendo Der Spiegel y después, durante la primer comida a bordo, los escucharon encargar en alemán una botella de Cabernet chileno: Rotes Wein, pidieron. No hablaban con nadie, sin embargo, sonreían a todos los pasajeros exageradamente, como los viejos americanos.
Era algo que se le había hecho evidente desde su primer viaje a lo que ellos llaman América. Los americanos parecían siempre ocupados, preocupados y apurados por terminar algo en lo que, como ellos dicen, concentraban toda su energía. Eso, hasta cierta edad. Después de los cincuenta , arrugados y encanecidos, comenzaban a sonreír.
Pero no debía ser una mera cuestión de edad. Llegó a pensar que sería un efecto de la guerra: sonreía tanto la gente que pasó su infancia en tiempos de la guerra mundial y que ahora sobrevivía satisfecha por semejante victoria: cincuenta millones de muertos. Los otros, los jóvenes circunspectos que siempre llegaban a restaurants y lugares de encuentro con miradas ansiosas y gestos de estar cumpliendo una misión serían gente nacida después de los años cincuenta, con nada que celebrar salvo sus crecientes salarios.
Pero en sucesivos viajes -treinta años viajando al norte y encontrando nuevas generaciones de viejos americanos sonrientes- descubrió que estaba equivocado y que la emergencia de la sonrisa tenía que ver con la edad y no con la época de nacimiento. Entonces descubrió los dientes: los jóvenes tenían dentaduras normales y relativamente bien cuidadas, en cambio los viejos mostraban bocas de una exagerada perfección, efectos de las prótesis y las coronas de porcelana que recubrían sus dientes opacados por el tiempo. Era algo natural: a la edad en que la propia dentadura decae, decaen también los desafíos de la vida y las posibilidades de seguir ascendiendo socialmente y de competir en el mercado de los valores convencionales. Entonces las máscaras dentarias, la cirugía y las prótesis bucales serían el medio más eficaz para producir algún cambio en los efectos que uno produce sobre los otros: vos sonreís y el otro americano te sonríe y su respuesta estimula más ganas de sonreír a la edad en que los ahorros y la nueva dentadura son los últimos motivos de satisfacción que te quedan.
Y no eran alemanes. En efecto, eran americanos, tenían las clásicas fundas dentales de porcelana y lo comprobó en la tercera noche, frente a las costas de Chiloé. Caminaban sonrientes por la cubierta de popa. La mujer le llegaba apenas a la altura del pecho y no pesaría más de cuarenta y cinco kilos. Ambos calzaban zapatones de montaña, inútiles sobre el traqueado de teca. Los había visto apoyados sobre las barandas de bronce consultando una carta marina a la luz de una pequeña linterna. Él dictaba frases en inglés y la mujercita tomaba notas en un cuaderno. Después pasaron hacia el puente y ella, sostenida por la cintura, caminaba leyéndole en inglés y con voz muy clara, lo que había anotado. Parecía un registro de bitácora: recitaba la hora, la distancia estimada de la costa en millas, la latitud y la longitud en grados, minutos y segundos y después parecía leer el diario de viajes de fin de curso de un adolescente: la voz, leyendo, se preguntaba en inglés si Pablo Neruda habría navegado por esas mismas costas y, en tal caso, qué poemas le habrían inspirado.
Imaginó que la pareja bilingüe debía pasar su vida viajando en cruceros por el mundo para registrar en cada país las probables fuentes de inspiración de sus premios Nobel más representativos. Hay infinitas maneras de viajar y cada americano encontrará la suya. Pero esas costas desparejas y oscuras y el vértigo de saber que, más allá de playas, caletas y acantilados, la bruma oculta cimas y volcanes de cinco mil metros, y que, debajo, el mar plateado por la luna menguante esconde un abismo de aguas de dos mil metros de profundidad, inspiraría cualquier cosa excepto versos que alienten la revolución proletaria o a las evoluciones del amor de las parejas atormentadas de clase media.
Pero estaba la bruma. Podrían haberlo llamado El Crucero de la Bruma: desde la salida de Valparaíso sólo habían visto brumas sobre la costa. Al parecer los chilenos vivían empecinados en quemar leña y carbón: en las ciudades, en los pueblitos, en las minas de cobre y hasta en los bosques que a medianoche se veía arder y eran manchas color naranja salpicadas de parpadeos de fuego filtrados por la bruma que ellos mismos producían.
Estaban en la mitad de la primavera y no quería pensar cómo habría sido ese cielo durante el invierno, en un país donde hasta en pleno verano el aire huele a estufa y a mezcla de ceniza de leña con gases de carbón.
Mirando al este sólo se veía costa y bruma. Hacia el oeste en cambio se veía mar azul, cielo limpio y una suerte de mensaje venido del infinito y de un pasado marino de navegantes polinesios. Eso podría inspirar a un poeta, en cambio la costa, nada. Lo mismo a un pintor. ¿Cómo representar esa visión que conjugaba el vértigo y el terror a la naturaleza con el horror de una porción de la humanidad consagrada a quemar todo lo que encuentra y sea, de alguna manera, material propicio para diseminar bruma, tufo y hollín?
Venían en un crucero promocional de unos americanos del Caribe que intentaban abrir el mercado turístico de los canales fueguinos y de la constelación de islotes y fiordos del sur chileno. A bordo la mayoría eran invitados. El pintor y su amiga brasileña habían recibido sus pasajes en canje por un cuadro experimental que hacía años había llamado la atención del dueño de una agencia de turismo y cambios en Montevideo.
Era un caso semejante al del americano que les había parecido alemán: la sonriente pareja había ganado sus pasajes en un sorteo a bordo de otro crucero por las costas del Báltico. Fue durante la fiesta del veintiuno de junio: el día sin noche, o la noche enteramente iluminada que tanto excita a los escandinavos. Otros pasajeros que fueron conociendo tenían historias parecidas: sorteos, canjes, recompensas por haber completado algún plan de ventas, premios corporativos al retiro de unos gerentes. Al parecer, los japoneses que ocupaban las mesas de la banda de babor del salón de comidas y siempre se mareaban eran los únicos legítimos turistas que habían pagado por lo que creían un viaje a la Antártida.
Con los días se fueron conociendo y terminaron integrando un pequeño grupo con una pareja de argentinos, unos diplomáticos italianos y otro médico americano que también había sospechado que el viejo Kretzer era alemán y hasta temió que hubiera sido nazi, lo que habría sido una razón para arruinarle aquellas vacaciones.
Comentaban estas mismas cosas: la bruma, las expectativas que todos tenían de conocer los fiordos chilenos y la retícula de canales fueguinos y la paradoja de que los únicos verdaderos turistas procediesen del centenar de orientales que comían a babor y estaban siempre mareados.
Era difícil comentarlo en inglés: su brasileña apenas comprendía algunas expresiones y los otros argentinos no parecían interesados en el tema. La pequeña señora de Kretzer hacía de intérprete resumiendo en portugués lo que hablaban los hombres, pero la cuestión de la verdad carecía de interés para ambas mujeres
Tenían razón: si ya estaban a bordo y los esperaban dos semanas de navegación y tours costeros, quedaban condenados a la misma experiencia de viaje y en nada cambiarían sus vidas de pasajeros saberse verdaderos o falsos turistas. No tenían más alternativa que dejarse llevar y aguardar con paciencia la llegada al aeropuerto a tiempo para abordar el vuelo de retorno.
Esa era la impresión de las mujeres y ahora, pasados más de cinco años, el pintor pensaba que aquellas primeras discusiones a bordo acerca de verdaderos y falsos turistas serían un buen ejemplo para considerar la cuestión de la naturaleza del verdadero arte. Sonaba el sexto o séptimo contrapunto del Arte de la Fuga y evocando el servicio de mesa y los vinos chilenos de aquel crucero se le ocurrió invitar a comer a su amigo escritor para comentar este tema que seguramente lo entusiasmaría. Claro, el ideal sería no invitarlo sino imitarlo, apareciendo en sus sueños para sugerirle el tema de un relato, que fuese, en palabras, la contrapartida lógica del cuadro imposible de aquella madrugada. Pero era algo que no estaba a su alcance. En cambio, convidarlo y reservar una mesa en Tomo I con el pretexto de celebrar la venta de dos viejas pinturas de los años ochenta y exponer la cuestión de los verdaderos y falsos turistas a la luz de unas botellas de buen Malbec argentino sólo requería un par de llamados desde el celular y una breve ducha antes de vestirse para salir.
Estaba a punto de llamar. Estuvo a punto de desistir. Volvió a escuchar la voz de la señora de Campo diciendo que volvería a llamar. Volvió a asociar ese tono nasal a la imagen de líquenes tapizando una roca, a un perfume de tierra seca y al tacto inesperado de un aplique de piel en el cuello de un anorak. Se sentía a punto de recordar la cara de esa mujer. Y recordar la cara, a partir del nombre y de un tono de voz es, prácticamente, identificar a una persona: la biografía y el drama, todo lo que haga a la identidad personal, se desprenden naturalmente de esos tres elementos. Parece lo contrario a la música. El disco compacto ya había recomenzado varias veces y en aquel momento reproducía un contrapunto cuyo lugar en el desarrollo del Arte de la Fuga no podía determinar. Por instantes las armonías del cuarteto parecían fragmentos de Brahms y hasta de una pieza de cámara de Borodin, o de Tchaikosky. Si fuesen parte de la banda sonora de un film publicitario sólo un músico experto los atribuiría a Bach. Pero pronto la evolución de la música volvía a afirmarse en una sucesión indeleble de notas, como firmando o confirmando la obra.
Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les habrán ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin que sólo percibirían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos ni instrumentos: tal vez así estuviese contemplando la pintura la humanidad contemporánea. Salas públicas, museos, eventos, prensa, libros de arte: lugares y cosas donde todo fondo se convertía en figura. ¿Qué pensaría su amigo escritor? ¿Y qué podría llegar a decir de lo que pensase en el curso de un sueño o de una cena en Tomo I? Debía llamarlo.
Lo llamó. Acordaron encontrarse a las nueve en un barcito. De inmediato reservó mesa para dos personas. Tenía dos horas por delante y apagó el equipo de sonido. El problema era tolerar el hambre hasta el momento de comer. Si subiese al estudio, ordenando pinturas, revisando sus avances de las últimas semanas y planificando los trabajos pendientes pasaría el tiempo y el hambre sería más tolerable. Pero subir sería traicionar su decisión de esa tarde. Decidió prepararse un café con galletas y permanecer en el estudio sin música y sin libros a la vista, sentado frente a la mesa, en la semioscuridad, pensando. Más tarde se afeitaría y después, la ducha.
El café, las galletas, la biblioteca deliberadamente a oscuras, el disco compacto inerte y mudo dentro de la bandeja del equipo, el baño, la espuma de afeitar: todo integraba un sistema dispuesto para encontrarle una armonía. La armonía imposible del artista: bastaba componerla para que estallase la necesidad de algo estridente, una nueva promesa de orden que integraría en el conjunto la identificación de la voz de una mujer, un sueño que revelaría el misterio de las figuras y los fondos, y un proyecto de representar la bruma sobre las costas del Pacífico que diese cuenta del combate de una civilización contra el frío y la atmósfera.
El silencio estaba como horadado por astillas de ruido: los crujidos de la madera de su sillón, que, montado sobre un muelle giratorio de acero, amplificaba cada movimiento del cuerpo al corregir su posición, al mirar a un lado, o al estirar el cuello elevando la cabeza para soltar el aliento como si algo hubiese venido a aliviarlo. Pero nada venía y, si viniese, nada encontraría para aliviar.
Esto es el peso y el paso del tiempo, pensó y pensó que tendría que escribirlo: muchos pintores escribieron. Idealmente, pensaba, se sentiría mejor un pintor que antes de encontrar su obra hubiese fracasado en la música, o en la poesía. Era otro tema para la comida de la noche: la experiencia del fracaso en un arte como atenuante o sustituto de la certidumbre de haber fracasado en la vida, con obra, o sin ella. Pero no es fácil hablar de los fracasos y del fracaso de la vida en uno de esos ámbitos artificiales creados para el bienestar, o para el placer. Al parecer los altos precios y tanto trabajo humano agregado armónicamente al diseño y la composición del espacio, al servicio de mesa y a la preparación del menú, confluían produciendo un efecto que neutralizaba cualquier idea de fracaso adentro o afuera del local, antes y después de la comida. Esas complejas y minuciosas operaciones podrían tener un nombre, o una notación, como la música, pero si existiesen, él no sabría identificarlos.
Ser pintor, pensó, es permanecer ciego o sordo frente a las manifestaciones de esas artes del comercio y la buena sociabilidad. Lo mismo ha de ocurrirle a un escritor, pero no sería un tema adecuado para las charlas de esa noche: en el espacio del restaurant una pareja de hombres cenando parece condenada a representar el fracaso que significaría la ausencia de mujeres, esas esposas a las que por alguna causa imaginada entre las condiciones del arte debieron renunciar: una cena de artistas convertida súbitamente en un encuentro de divorciados o solteros, por efecto de la irrupción del tema trivial del éxito y el fracaso en la vida.
Tal vez entre los comensales estuviese la señora de Campo, comiendo junto al señor Campo y un matrimonio amigo. Intentó componerse la escena: era como un boceto a lápiz, gris, en una atmósfera ensombrecida por la ironía y la denuncia social. Las figuras estaban casi a oscuras, pero al imaginarlas comenzaban a animarse y entre los trazos de grafito aparecía el fondo del papel cobrando el color de la luz apergaminada de un restaurante de preguerra. Una de las cuatro figuras en sombras debía ser la señora de Campo. Mentalmente, podría comenzar a definir un cuadro. Pintar es pintar una falta de la memoria: no parecía una frase eterna. Pero valdría la pena extender la pintura ambarina que era un reflejo de la luz entre las sombras de las figuras y los cuerpos. Y, mentalmente, bastaba aplicar la punta de un cuchillo de mesa imaginario sobre esos filamentos de luz para definir el cuello y el mentón de la mujer de la derecha: ella sería la señora de Campo, con el señor Campo de gruesos bigotes ubicado a su izquierda y enfrentando a la mujer de la otra pareja.
Pero ninguna mujer con esa voz nasal que había vuelto a escuchar grabada en su teléfono iría a una cena en Tomo I vistiendo un suéter de lana jaspeado con cuello de piel. La trama de lana y el aplique de piel se adecuaban más a la escena de un albergue de montaña: podrían estar comiendo fiambres alemanes o repostería alpina frente a un tazón de chocolate humeante. Si extendiese la luz con la punta del cuchillo, o con una espátula, se revelarían los tazones y los platos de torta inertes sobre la mesa. Y la luz ambarina, en efecto, era la de un albergue de montaña: no surgía de lámparas incandescentes atenuadas por pantallas de pergamino, sino de bombillas que reflejaban el temblor eléctrico procedente de un dínamo.
En la montaña, con el paso de las horas, el ruido de los motores diesel de dínamos y pequeñas centrales eléctricas se vuelve parte del paisaje, se deja de oír y empieza a percibirse como una luz, o como una cualidad misteriosa del aire. El ruido de la altura, el temblor de la luz.
O el temblor de la altura al cabo de tantos días flotando sobre la profundidad temblorosa del mar. El mar helado, la montaña helada: recordó el frío de aquella noche en el albergue. Fue durante aquel crucero por el sur. El barco había fondeado en una bahía, a menos de una milla de una caleta de pescadores. Todo parecía organizado: los pescadores llegaron en sus chalupas con motor fuera de borda, amarraron a la popa del barco y subieron a negociar con el capitán. Había un guía invitando a los del crucero a recorrer el campo y cruzar la montaña con caballos y mulas para conocer el lado argentino y visitar una estancia. El paseo venía a agregar al tour una suerte de aventura. Pocos quisieron ir y la mayoría prefirió sumarse a unas excursiones de pesca que no los alejaban demasiado del barco, su casa. Del grupo de pasajeros que compartía la mesa redonda de estribor sólo cinco o seis habían aceptado el programa. Los Kretzer con su Leika y sus cuadernos, la mujer de la pareja de argentinos cuyo marido odiaba el frío y la montaña, dos españoles y él. Su brasileña temía a los caballos -fobia- y se quedó mirando antiguas películas en la biblioteca del crucero, única mujer sola entre decenas de matrimonios japoneses tratando de descifrar los subtítulos en español.
La cabalgata por el valle con sus arroyos helados les ocupó toda la mañana. A mediodía almorzaron en un vivero de salmones, sin bebidas ni postre, sólo salmón, pan y café instantáneo preparado en un caldero de hierro por una indiecita. El doctor Kretzer fotografiaba todo. Su mujer anotaba todo con entusiasmo y siguió anotando cuando dejaron los caballos para montar las mulas que los llevarían por el sendero, un zanjón cavado en la nieve que subía en espiral rumbo a un humito que se divisaba muy lejos en la altura y era el albergue.
Ahora podía reconstruir el cuadro, la cena en el albergue. Luz temblorosa, sopa, vino, guiso de cordero, compotas: toda comida semilíquida en tazones y bols. Debía modificar la luz con un pincel imaginario para insinuar el revestimiento de pino en las paredes y las pequeñas ventanas desde donde llegaba a verse, en la noche, la cima de un volcán en permanente erupción de vapores sulfúricos. La pintura sustituía los vagos trazos del grafito. Pero debía mantener a oscuras la cara de la mujer. La recordaba: era la argentina de la pareja que durante todo el tiempo estuvo tocándole las manos con cualquier pretexto. Tenía la nariz finísima y enrojecida por el vino y el frío. El de bigotes sería un chileno de lugar. No era el marido ni el guía de cara lisa sin orejas que parecía una lombriz con la boca fruncida. Todos tenían sueño pero seguían bebiendo. Poco antes de la sopa había recorrido el albergue. Sin habitaciones, sólo disponía de unas pocas literas encimadas como cuchetas y acondicionadas con unas mantas mugrientas. Tampoco había baño: había un espacio que era una suerte de almacén donde se apilaban esquíes, sogas de escalar, lonas de carpas en desuso, pieles de ovejas, y más mantas mugrientas y bidones de combustible. En un rincón había una caja de madera clavada al piso, con una tapa redonda que debía permanecer cerrada porque comunicaba al vacío de una barranca de nieve desde donde subía una corriente de aire helado. Desde ese mueble debían cagar y mear los turistas y viajeros, sintiendo el aire frío y la caída de su excremento que crepitaba al impactar sobre la superficie helada, diez metros más abajo. ¿Tomaría anticonceptivos ella? Sin cuartos, sin baño, sin agua caliente, con media docena de personas del crucero semiborrachas alrededor, insistía en tomarle las manos con cualquier pretexto, festejando lo que decían los de la mesa, o lo que ella misma decía entre carcajadas. Reían del volcán, reían del absurdo de estar atrapados sin agua y sin baño a mil quinientos metros sobre el nivel del crucero y a seis horas de marcha de cualquier posible destino. Y ella reía de todo: rió al escuchar que la señora de Kretzer estudiaba lingüística con su edad de abuelita, rió al leer el marbete con la marca del vino Tarapacá y rió más al enterarse de que él era pintor.
-¡Pintor!-, exclamaba y reía tocándole nuevamente las manos. No parecía el tipo de mujer que toma anticonceptivos, pero ahora aparecía en el cuadro nítidamente su perfil y la marca de su pómulo prominente. En algún lugar de Denver, en Colorado, debía haber fotografías tomadas por la Leika aquella noche del albergue. ¿Tomaría anticonceptivos? Preguntarlo le pareció de pésimo gusto. En cambio le confesó que había resuelto no cagar hasta la mañana siguiente, porque el frío de la letrina desalentaba cualquier propósito:
-Siempre cago antes de cenar, -le dijo y ella, riendo, respondió que siempre cagaba después del desayuno. Se llamaba Marina y nunca supo el apellido, pero ahora, en el estudio, recordaba las mantas y estaba seguro de que se trataba de la señora de Campo.
No se llamaba Campo, pero cuando todos empezaron a ocupar las literas de las paredes del albergue, él le anunció que dormiría en un rincón del almacén, del cuarto de baño, y ella se había dejado conducir. Sin desnudarse -no haría más de un grado de temperatura- se cubrieron con las mantas dispuestos a dormir abrazados, y después, cuando entró una figura menuda y usó la letrina sin notarlos, o ignorándolos, se taparon también las cabezas moviéndose apenas, para no hacer ruido. La figurita se demoró eternamente en la letrina. La masa de viento helado llegaba hasta el interior de las mantas y el ruido de motor diesel del dínamo crecía con cada flujo de corriente de aire. Le habló al oído, diciendo que el olor a mierda de oveja de las mantas era insoportable y ella le dijo en voz muy baja que callara y que no era olor a oveja sino olor a campo: típico olor a campo. Entonces se besaron y ella, imitándolo, comenzó a soltarse la ropa: un pantalón de esquí. Desde abajo vino su mano y sus dedos húmedos le frotaron la nariz. Él los lamió oliéndolos y ella formó un óvalo entre el pulgar y la palma de mano instándolo a jugar allí con su lengua... No se puede pintar esa composición bajo las mantas, en medio de la oscuridad, bajo el terror al frío. Y sólo un verdadero artista podría describir con palabras la fusión rara de pudor y temor a helarse que les impidió desnudarse totalmente. Por unos minutos estuvieron tocándose mutuamente y hacia el final ella levantó las mantas para confirmar que ya no estaba el hombre o la mujer de la letrina y jadeó. Más tarde se libraron de la ropa y hasta una vez se separaron para acudir, turnándose, a la letrina helada. Por la mañana, -al parecer todos despertaron muy tarde esa mañana-, la señora de Kretzer estuvo intercambiando guiños de complicidad con ambos. Probablemente habría escuchado algo, pero nadie comentó el tema a pesar de que varias veces se habló del olor insoportable de las mantas y las literas . Olor a mugre y a oveja, coincidieron, pero ella siguió insistiendo en que era el olor natural del campo. El marido tenía un largo apellido vasco. No se llamaba Campo pero tenía grandes bigotes negros, como de campesino.
Todos habían dormido mal aquella noche de tanto frío e incomodidad en contraste con los camarotes climatizados del barco, pero como aventura, el paso de montaña hacia Argentina fue, para los que participaron, el momento más memorable de aquel crucero. Ahora a su memoria había venido a agregarse una lámina figurativa, con trazos de lápiz, sombras de grafito y surcos de pintura ambarina que pretendían representar la electricidad y el recuerdo. Otro cuadro imposible, fuera de estilo, fuera de género, ajeno a cualquier proyecto de realización.
A su amigo escritor cualquiera podría imaginarlo apareciendo en sus sueños para provocar la concepción de un plan irrealizable. Pero sería difícil suponerlo capaz de detenerse toda una tarde en la composición del fondo de un recuerdo, sólo para descubrir la identidad de alguien que lo ha llamado por teléfono.
Tal vez él fuese un verdadero artista, también un desdichado que ante cada evidencia de la obra oye el crujido de la madera de su sillón al recostarse para dejar que corra el tiempo y alivie la inminencia del tiempo. Nunca podrán saberlo. Pero durante la cena le diría que comparten un tiempo paralelo, lleno de piezas, telas, textos y episodios que se confunden y amalgaman para componer el fondo de algo que nunca terminarían de expresar, de contar, de entender.
abril de 2002
Tenía el propósito de escribir sobre un pintor. Un verdadero artista y, como todo verdadero artista y como todo verdadero cualquier otra cosa, un verdadero desdichado.
La virtud de la expresión "verdadero artista" es que no requiere ser puesta a prueba: si el tipo no fuese verdadero, no sería artista y entonces no sería nada y puede cerrarse la cuestión. Pero este pintor, que era un verdadero artista, en cuanto tal era un verdadero desdichado: desde hacía décadas perseguía una obra para la que nunca le llegaba la oportunidad.
Una noche despertó sobresaltado sin saber por qué y de inmediato se volvió a dormir. Entonces soñó que un amigo escritor le describía un cuadro, figuración de un paisaje que por efectos de la perspectiva y del tratamiento de la materia del color -el óleo-representaba la visión normal de una persona. Es decir, en cierta zona de la imagen los detalles eran tan precisos como los de esos puntos donde el espectador fija la mirada, y, fuera de ese fragmento de la tela, las imágenes seguían siendo reales y precisas pero tenían la insubstancialidad característica de las cosas que no entran en el foco de atención de los humanos.
Parecían formas dispuestas para revelarse con absoluta nitidez y que, si no existiesen, nada del paisaje registraría un cambio.
El escritor lo instaba a materializar el cuadro objeto de ese relato y hasta le proponía un título: Lo Cristalino.
En verdad, pensaba al despertar, las cosas que se encuentran fuera del foco de la atención podrían no existir o proceder de la memoria o de la imaginación del sujeto, de modo que pertenecerían a un estado intermedio entre el arte y la vida.
-Como yo- dijo frente al espejo de su baño, rió y por un rato sintió que no era un desdichado y hasta estuvo a punto de telefonearle al escritor para agradecer su intervención en un sueño que había impreso un giro de ciento ochenta grados a su carrera artística.
Por fortuna se habían descargado las baterías de su teléfono celular y no encontró manera de conectarlo al cable del transformador eléctrico que le habían vendido con el equipo, de modo que una omisión del fabricante destinada a ganar imponiendo la compra de más baterías que las indispensables acababa de ahorrarle el riesgo de aparecer ante su amigo como un imbécil o un demente, justo a la hora del almuerzo.
Él no almorzó. Comió una galleta y un par de bananas mientras esperaba que la máquina filtrase el café. Fumó poco y pasó la tarde en la salita que había acondicionado como biblioteca. No quería ver sus pinturas ni el desorden del estudio del primer piso. Necesitaba pensar y estuvo yendo y viniendo entre el escritorio y los estantes para revisar esos libros que tan bien conocía y cuyas imágenes recorría ahora tratando de figurarse cómo la misma idea de su amigo escritor habría asistido a los proyectos de los grandes maestros, incluyendo a no pocos clásicos orientales.
Entre las páginas de un libro de croquis de Picasso encontró la fotocopia de un relato de Albero donde al viejo, que por entonces sería menor que él, le preguntaban "¿qué busca en su pintura?" como dando el pie para que teatralmente respondiese "yo no busco: encuentro". Evidentemente, en algún momento de su carrera todo artista debe representarse con una frase inolvidable.
Después estuvo hojeando dos biografías de Beethoven, una de Schoemberg, un libro de correspondencia de Mozart y el manual de Schweitzer sobre los corales de Bach. Seguía convencido de que la música y la vida de los músicos contienen una enseñanza que los artistas plásticos nunca terminan de asimilar. Hacía poco se había puesto de moda una transcripción de El Arte de Fuga para cuarteto de cuerdas y resolvió que era el momento de volver a escucharla. Cuando introdujo el disco compacto en el equipo de sonido, por primera vez en la tarde oyó el timbre de su celular: las baterías ya estaban cargadas y llamaba una mujer de parte de su marchand para consultar sobre una operación de venta de dos obras que había pintado en l980. El comprador ofrecía pagar parte del precio con dos pasajes a Madrid y, convencido de que sería el mismo coleccionista que años atrás había canjeado un collage por un crucero a los Canales Fueguinos, dejó la decisión del negocio a criterio del marchand y cortó preguntándose por qué no lo había llamado personalmente.
Encontró cuatro mensajes grabados en el celular. Ninguno sería urgente pero se dispuso a escucharlos. Hasta la cocina llegaban los sonidos del cuarteto. Se podía reconocer un fragmento de viola solista, y en su transcurso, acentuada, la sucesión de cuatro notas que habían sonado mientras corría hacia el teléfono y se repetirían todo a lo largo de la obra. Cuatro veces repitió el mensaje de una mujer. Trataba de identificar esa voz que se presentaba como la de la señora de Campo. ¿Quién sería Campo? Pensó en el campo visual, su foco de atención y en la gradual desaparición de los colores y las formas que, estando más allá, igualmente impresionan la retina aunque no integren la percepción ni queden en la memoria.
Recordaba esa voz: alguna vez habría formado parte del fondo grisáceo de algo visto u oído. Hasta llegó a asociarla con un abrigo de piel, un perfume de tierra o musgo y un tacto áspero de líquenes sobre la piedra.
En contraste, la versión de El Arte de la Fuga por los del Juillard era pura figura o foco: no tenía fondo. Así merecería ser todo el arte. Si entendió bien las observaciones de Schweitzer, hacia el fin de su vida Bach no debió distraerse imaginando a sus obras como una totalidad. Debió pensarlas como estallidos distantes que sólo vistos desde el otro lado de la colina semejan un conjunto organizado deliberadamente y tal vez nunca se concibió a sí mismo como un artista y ni siquiera como un músico que ha compuesto demasiado.
Ahora que habían vuelto a comprar pinturas suyas de los ochenta pensaba que había pintado demasiado y que siempre le seguiría faltando un cuadro: justo el único que no sería una mera repetición.
Una frase: si encontrase una frase que dijera lo mismo y a la vez expresara lo que debió decirle el escritor en su sueño podría repetir, por ejemplo, "no busco, encuentro y esta frase es mi oreja de Van Gogh". Después podría ensayar un cuaderno de imágenes inspirado en la lenta cicatrización de una cara aurotomizada. En el sur conoció a un guía andino que había perdido sus orejas por gangrena. El pelo ralo, la boca fruncida de mapuche y los costados de la cara tan lisos le daban un aspecto de lombriz que contrastaba con su voz grave de inolvidable contador de historias de montaña. Podría elaborar un cuaderno de bocetos en sepia con variaciones de reflejos de nieve y piedra contra la cara de un guía andino. "Imágenes del frío" podría llamarse y subastarse alguna vez, si valiese la pena emprenderlo. Pero difícilmente valiese la pena.
Una vez en Denver asistió a una subasta de arte y durante la cena el galerista le dijo que había vendido medio millón de dólares en obras de Rudolph Kretzer. Kretzer había sido director del hospital de Denver y decano médico de la universidad de Colorado. Montañista, tenía el hobby de fotografíar glaciares y era un buen ilustrador. Ahora, retirado, comenzaba a exponer sus pinturas: todos glaciares, documentados fotográficamente a lo largo de cuarenta años de viajes con su Leika, sus zapatones de escalar y su insignificante mujer que tomaba notas de todo. Frente a cada fotografía de glaciar en un blanco y negro de sales de plata, la galería exponía una tela al acrílico que la replicaba en un gradiente de blanco a azul, que en algunas partes aparecía invadido de reflejos rosados. Emulaba un ejercicio de Photoshop o de alguno de esos programas de digitalización de imagen para uso doméstico. Vista en Buenos Aires, la muestra le habría parecido el lanzamiento promocional de una cadena de heladerías, o la propuesta publicitaria de un nuevo concepto de agua mineral. Pero estaba en Denver, invitado por el mismo Kretzer y cuando le pidieron una opinión sobre las piezas había dicho que era un proyecto asombroso, el mensaje de toda una vida. Después fueron todos a cenar, bebieron mucho y en algún momento su comentario debió haber llegado a oídos del viejo médico que se paró y fue hacia él para estrecharle la mano por tercera vez en la noche, agradecido.
Medio millón de dólares es una fortuna para cualquiera, aunque haya sido el cirujano más prestigioso de Colorado que debió esperar hasta los sesenta y cinco años para exponer y empezar a excederse con el alcohol según demostró aquella noche.
Al parecer, sus fotografías en blanco y negro de glaciares eran un verdadero trabajo profesional. Kretzer era el único hijo nacido en América de una familia alemana de Boston que fue bastante hostigada durante la guerra. Para él las masas móviles de hielo, el celuloide y su preciosa Leika formaban un sistema cerrado, como los siete valores cromáticos para los contemporáneos de Bach. Ante la misma imagen registrada por dos cámaras, y examinando negativos y ampliaciones, ¿Podrá un experto determinar cuál fue captada por una Leika y cuál por una Nikkon? Es una pregunta sin sentido para un apasionado como Kretzer: si no existiesen las Leika él jamás habría sido fotógrafo.
-¿Y si no existiesen los glaciares?- Le había preguntado una vez y respondió en alemán que no podría responderlo, pero que en cambio estaba seguro de que si no existiese la anestesia ni él ni la mayoría de sus colegas habrían elegido ser cirujanos.
¿Cuál es mi Leika? ¿Qué será mi glaciar? -Se preguntaba el pintor y la duda venía agregarse a la ansiedad por identificar a esa señora de Campo cuya voz grabada se resistía a eliminar de la memoria del pequeño teléfono. Alguna vez llegaría a reconocerla. Más aún: en aquel momento no se sentía un desdichado, confiaba en su buena fortuna y, aunque ansioso, estaba seguro de que si subiera al primer piso y entrase a su estudio, frente al desorden de telas incompletas, taburetes y restos de carpintería iluminados por la puesta del sol recordaría algo de esa mujer y descubriría quién era. Tal vez habría estado alguna vez visitando el estudio. Debía ser una periodista, profesora, galerista, curiosa, coleccionista, amiga de alguien conocido, promotora de eventos. Tal vez fuese una fotógrafa enviada por alguien. Pero volvió a la biblioteca y desde el escritorio miró hacia la escalera resistiendo un vago impulso de subir y las ganas de sentarse de espaldas a la invasión de luz para sentir sobre los hombros y la nuca la tibieza de los últimos rayos de sol. Ahora, en el fondo de una fuga donde se escuchaban los golpes de arco de los violines como señales de esa torpeza inevitable que el arte consustanciaba con la misma música, podía reconocer las cuatro notas iniciales. Jamás podría identificar esas notas por su nombre ni por la medida de los intervalos que las separaban creando la sensación de un cuerpo que se incorpora y comienza a marchar, y, sin embargo, estaba seguro de que en los años que le quedaran por vivir podría seguir evocándolas o cantándolas.
Eternas, cuatro notas inconfundibles en la memoria. Tal vez así fuesen las moles de hielo en la memoria o en el álbum del viejo Kretzer, un destinatario naiv para las fugas y contrapuntos de los hielos de la naturaleza. Pero ningún pintor de estos países del sur podría subastar medio millón de dólares en la primera muestra de sus chapucerías. Ni un brasileño. Y menos un chileno. Es algo que solamente puede conseguirse en lo que ellos llaman América y esos quinientos mil dólares se habrán sumado a los ahorros de toda la vida del viejo cirujano para corroborar el acierto de sus búsquedas y de su encuentro imaginario con la obra.
Kretzer jamás necesitaría una frase.
Habían pensado que serían una pareja de alemanes porque los vieron leyendo Der Spiegel y después, durante la primer comida a bordo, los escucharon encargar en alemán una botella de Cabernet chileno: Rotes Wein, pidieron. No hablaban con nadie, sin embargo, sonreían a todos los pasajeros exageradamente, como los viejos americanos.
Era algo que se le había hecho evidente desde su primer viaje a lo que ellos llaman América. Los americanos parecían siempre ocupados, preocupados y apurados por terminar algo en lo que, como ellos dicen, concentraban toda su energía. Eso, hasta cierta edad. Después de los cincuenta , arrugados y encanecidos, comenzaban a sonreír.
Pero no debía ser una mera cuestión de edad. Llegó a pensar que sería un efecto de la guerra: sonreía tanto la gente que pasó su infancia en tiempos de la guerra mundial y que ahora sobrevivía satisfecha por semejante victoria: cincuenta millones de muertos. Los otros, los jóvenes circunspectos que siempre llegaban a restaurants y lugares de encuentro con miradas ansiosas y gestos de estar cumpliendo una misión serían gente nacida después de los años cincuenta, con nada que celebrar salvo sus crecientes salarios.
Pero en sucesivos viajes -treinta años viajando al norte y encontrando nuevas generaciones de viejos americanos sonrientes- descubrió que estaba equivocado y que la emergencia de la sonrisa tenía que ver con la edad y no con la época de nacimiento. Entonces descubrió los dientes: los jóvenes tenían dentaduras normales y relativamente bien cuidadas, en cambio los viejos mostraban bocas de una exagerada perfección, efectos de las prótesis y las coronas de porcelana que recubrían sus dientes opacados por el tiempo. Era algo natural: a la edad en que la propia dentadura decae, decaen también los desafíos de la vida y las posibilidades de seguir ascendiendo socialmente y de competir en el mercado de los valores convencionales. Entonces las máscaras dentarias, la cirugía y las prótesis bucales serían el medio más eficaz para producir algún cambio en los efectos que uno produce sobre los otros: vos sonreís y el otro americano te sonríe y su respuesta estimula más ganas de sonreír a la edad en que los ahorros y la nueva dentadura son los últimos motivos de satisfacción que te quedan.
Y no eran alemanes. En efecto, eran americanos, tenían las clásicas fundas dentales de porcelana y lo comprobó en la tercera noche, frente a las costas de Chiloé. Caminaban sonrientes por la cubierta de popa. La mujer le llegaba apenas a la altura del pecho y no pesaría más de cuarenta y cinco kilos. Ambos calzaban zapatones de montaña, inútiles sobre el traqueado de teca. Los había visto apoyados sobre las barandas de bronce consultando una carta marina a la luz de una pequeña linterna. Él dictaba frases en inglés y la mujercita tomaba notas en un cuaderno. Después pasaron hacia el puente y ella, sostenida por la cintura, caminaba leyéndole en inglés y con voz muy clara, lo que había anotado. Parecía un registro de bitácora: recitaba la hora, la distancia estimada de la costa en millas, la latitud y la longitud en grados, minutos y segundos y después parecía leer el diario de viajes de fin de curso de un adolescente: la voz, leyendo, se preguntaba en inglés si Pablo Neruda habría navegado por esas mismas costas y, en tal caso, qué poemas le habrían inspirado.
Imaginó que la pareja bilingüe debía pasar su vida viajando en cruceros por el mundo para registrar en cada país las probables fuentes de inspiración de sus premios Nobel más representativos. Hay infinitas maneras de viajar y cada americano encontrará la suya. Pero esas costas desparejas y oscuras y el vértigo de saber que, más allá de playas, caletas y acantilados, la bruma oculta cimas y volcanes de cinco mil metros, y que, debajo, el mar plateado por la luna menguante esconde un abismo de aguas de dos mil metros de profundidad, inspiraría cualquier cosa excepto versos que alienten la revolución proletaria o a las evoluciones del amor de las parejas atormentadas de clase media.
Pero estaba la bruma. Podrían haberlo llamado El Crucero de la Bruma: desde la salida de Valparaíso sólo habían visto brumas sobre la costa. Al parecer los chilenos vivían empecinados en quemar leña y carbón: en las ciudades, en los pueblitos, en las minas de cobre y hasta en los bosques que a medianoche se veía arder y eran manchas color naranja salpicadas de parpadeos de fuego filtrados por la bruma que ellos mismos producían.
Estaban en la mitad de la primavera y no quería pensar cómo habría sido ese cielo durante el invierno, en un país donde hasta en pleno verano el aire huele a estufa y a mezcla de ceniza de leña con gases de carbón.
Mirando al este sólo se veía costa y bruma. Hacia el oeste en cambio se veía mar azul, cielo limpio y una suerte de mensaje venido del infinito y de un pasado marino de navegantes polinesios. Eso podría inspirar a un poeta, en cambio la costa, nada. Lo mismo a un pintor. ¿Cómo representar esa visión que conjugaba el vértigo y el terror a la naturaleza con el horror de una porción de la humanidad consagrada a quemar todo lo que encuentra y sea, de alguna manera, material propicio para diseminar bruma, tufo y hollín?
Venían en un crucero promocional de unos americanos del Caribe que intentaban abrir el mercado turístico de los canales fueguinos y de la constelación de islotes y fiordos del sur chileno. A bordo la mayoría eran invitados. El pintor y su amiga brasileña habían recibido sus pasajes en canje por un cuadro experimental que hacía años había llamado la atención del dueño de una agencia de turismo y cambios en Montevideo.
Era un caso semejante al del americano que les había parecido alemán: la sonriente pareja había ganado sus pasajes en un sorteo a bordo de otro crucero por las costas del Báltico. Fue durante la fiesta del veintiuno de junio: el día sin noche, o la noche enteramente iluminada que tanto excita a los escandinavos. Otros pasajeros que fueron conociendo tenían historias parecidas: sorteos, canjes, recompensas por haber completado algún plan de ventas, premios corporativos al retiro de unos gerentes. Al parecer, los japoneses que ocupaban las mesas de la banda de babor del salón de comidas y siempre se mareaban eran los únicos legítimos turistas que habían pagado por lo que creían un viaje a la Antártida.
Con los días se fueron conociendo y terminaron integrando un pequeño grupo con una pareja de argentinos, unos diplomáticos italianos y otro médico americano que también había sospechado que el viejo Kretzer era alemán y hasta temió que hubiera sido nazi, lo que habría sido una razón para arruinarle aquellas vacaciones.
Comentaban estas mismas cosas: la bruma, las expectativas que todos tenían de conocer los fiordos chilenos y la retícula de canales fueguinos y la paradoja de que los únicos verdaderos turistas procediesen del centenar de orientales que comían a babor y estaban siempre mareados.
Era difícil comentarlo en inglés: su brasileña apenas comprendía algunas expresiones y los otros argentinos no parecían interesados en el tema. La pequeña señora de Kretzer hacía de intérprete resumiendo en portugués lo que hablaban los hombres, pero la cuestión de la verdad carecía de interés para ambas mujeres
Tenían razón: si ya estaban a bordo y los esperaban dos semanas de navegación y tours costeros, quedaban condenados a la misma experiencia de viaje y en nada cambiarían sus vidas de pasajeros saberse verdaderos o falsos turistas. No tenían más alternativa que dejarse llevar y aguardar con paciencia la llegada al aeropuerto a tiempo para abordar el vuelo de retorno.
Esa era la impresión de las mujeres y ahora, pasados más de cinco años, el pintor pensaba que aquellas primeras discusiones a bordo acerca de verdaderos y falsos turistas serían un buen ejemplo para considerar la cuestión de la naturaleza del verdadero arte. Sonaba el sexto o séptimo contrapunto del Arte de la Fuga y evocando el servicio de mesa y los vinos chilenos de aquel crucero se le ocurrió invitar a comer a su amigo escritor para comentar este tema que seguramente lo entusiasmaría. Claro, el ideal sería no invitarlo sino imitarlo, apareciendo en sus sueños para sugerirle el tema de un relato, que fuese, en palabras, la contrapartida lógica del cuadro imposible de aquella madrugada. Pero era algo que no estaba a su alcance. En cambio, convidarlo y reservar una mesa en Tomo I con el pretexto de celebrar la venta de dos viejas pinturas de los años ochenta y exponer la cuestión de los verdaderos y falsos turistas a la luz de unas botellas de buen Malbec argentino sólo requería un par de llamados desde el celular y una breve ducha antes de vestirse para salir.
Estaba a punto de llamar. Estuvo a punto de desistir. Volvió a escuchar la voz de la señora de Campo diciendo que volvería a llamar. Volvió a asociar ese tono nasal a la imagen de líquenes tapizando una roca, a un perfume de tierra seca y al tacto inesperado de un aplique de piel en el cuello de un anorak. Se sentía a punto de recordar la cara de esa mujer. Y recordar la cara, a partir del nombre y de un tono de voz es, prácticamente, identificar a una persona: la biografía y el drama, todo lo que haga a la identidad personal, se desprenden naturalmente de esos tres elementos. Parece lo contrario a la música. El disco compacto ya había recomenzado varias veces y en aquel momento reproducía un contrapunto cuyo lugar en el desarrollo del Arte de la Fuga no podía determinar. Por instantes las armonías del cuarteto parecían fragmentos de Brahms y hasta de una pieza de cámara de Borodin, o de Tchaikosky. Si fuesen parte de la banda sonora de un film publicitario sólo un músico experto los atribuiría a Bach. Pero pronto la evolución de la música volvía a afirmarse en una sucesión indeleble de notas, como firmando o confirmando la obra.
Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les habrán ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin que sólo percibirían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos ni instrumentos: tal vez así estuviese contemplando la pintura la humanidad contemporánea. Salas públicas, museos, eventos, prensa, libros de arte: lugares y cosas donde todo fondo se convertía en figura. ¿Qué pensaría su amigo escritor? ¿Y qué podría llegar a decir de lo que pensase en el curso de un sueño o de una cena en Tomo I? Debía llamarlo.
Lo llamó. Acordaron encontrarse a las nueve en un barcito. De inmediato reservó mesa para dos personas. Tenía dos horas por delante y apagó el equipo de sonido. El problema era tolerar el hambre hasta el momento de comer. Si subiese al estudio, ordenando pinturas, revisando sus avances de las últimas semanas y planificando los trabajos pendientes pasaría el tiempo y el hambre sería más tolerable. Pero subir sería traicionar su decisión de esa tarde. Decidió prepararse un café con galletas y permanecer en el estudio sin música y sin libros a la vista, sentado frente a la mesa, en la semioscuridad, pensando. Más tarde se afeitaría y después, la ducha.
El café, las galletas, la biblioteca deliberadamente a oscuras, el disco compacto inerte y mudo dentro de la bandeja del equipo, el baño, la espuma de afeitar: todo integraba un sistema dispuesto para encontrarle una armonía. La armonía imposible del artista: bastaba componerla para que estallase la necesidad de algo estridente, una nueva promesa de orden que integraría en el conjunto la identificación de la voz de una mujer, un sueño que revelaría el misterio de las figuras y los fondos, y un proyecto de representar la bruma sobre las costas del Pacífico que diese cuenta del combate de una civilización contra el frío y la atmósfera.
El silencio estaba como horadado por astillas de ruido: los crujidos de la madera de su sillón, que, montado sobre un muelle giratorio de acero, amplificaba cada movimiento del cuerpo al corregir su posición, al mirar a un lado, o al estirar el cuello elevando la cabeza para soltar el aliento como si algo hubiese venido a aliviarlo. Pero nada venía y, si viniese, nada encontraría para aliviar.
Esto es el peso y el paso del tiempo, pensó y pensó que tendría que escribirlo: muchos pintores escribieron. Idealmente, pensaba, se sentiría mejor un pintor que antes de encontrar su obra hubiese fracasado en la música, o en la poesía. Era otro tema para la comida de la noche: la experiencia del fracaso en un arte como atenuante o sustituto de la certidumbre de haber fracasado en la vida, con obra, o sin ella. Pero no es fácil hablar de los fracasos y del fracaso de la vida en uno de esos ámbitos artificiales creados para el bienestar, o para el placer. Al parecer los altos precios y tanto trabajo humano agregado armónicamente al diseño y la composición del espacio, al servicio de mesa y a la preparación del menú, confluían produciendo un efecto que neutralizaba cualquier idea de fracaso adentro o afuera del local, antes y después de la comida. Esas complejas y minuciosas operaciones podrían tener un nombre, o una notación, como la música, pero si existiesen, él no sabría identificarlos.
Ser pintor, pensó, es permanecer ciego o sordo frente a las manifestaciones de esas artes del comercio y la buena sociabilidad. Lo mismo ha de ocurrirle a un escritor, pero no sería un tema adecuado para las charlas de esa noche: en el espacio del restaurant una pareja de hombres cenando parece condenada a representar el fracaso que significaría la ausencia de mujeres, esas esposas a las que por alguna causa imaginada entre las condiciones del arte debieron renunciar: una cena de artistas convertida súbitamente en un encuentro de divorciados o solteros, por efecto de la irrupción del tema trivial del éxito y el fracaso en la vida.
Tal vez entre los comensales estuviese la señora de Campo, comiendo junto al señor Campo y un matrimonio amigo. Intentó componerse la escena: era como un boceto a lápiz, gris, en una atmósfera ensombrecida por la ironía y la denuncia social. Las figuras estaban casi a oscuras, pero al imaginarlas comenzaban a animarse y entre los trazos de grafito aparecía el fondo del papel cobrando el color de la luz apergaminada de un restaurante de preguerra. Una de las cuatro figuras en sombras debía ser la señora de Campo. Mentalmente, podría comenzar a definir un cuadro. Pintar es pintar una falta de la memoria: no parecía una frase eterna. Pero valdría la pena extender la pintura ambarina que era un reflejo de la luz entre las sombras de las figuras y los cuerpos. Y, mentalmente, bastaba aplicar la punta de un cuchillo de mesa imaginario sobre esos filamentos de luz para definir el cuello y el mentón de la mujer de la derecha: ella sería la señora de Campo, con el señor Campo de gruesos bigotes ubicado a su izquierda y enfrentando a la mujer de la otra pareja.
Pero ninguna mujer con esa voz nasal que había vuelto a escuchar grabada en su teléfono iría a una cena en Tomo I vistiendo un suéter de lana jaspeado con cuello de piel. La trama de lana y el aplique de piel se adecuaban más a la escena de un albergue de montaña: podrían estar comiendo fiambres alemanes o repostería alpina frente a un tazón de chocolate humeante. Si extendiese la luz con la punta del cuchillo, o con una espátula, se revelarían los tazones y los platos de torta inertes sobre la mesa. Y la luz ambarina, en efecto, era la de un albergue de montaña: no surgía de lámparas incandescentes atenuadas por pantallas de pergamino, sino de bombillas que reflejaban el temblor eléctrico procedente de un dínamo.
En la montaña, con el paso de las horas, el ruido de los motores diesel de dínamos y pequeñas centrales eléctricas se vuelve parte del paisaje, se deja de oír y empieza a percibirse como una luz, o como una cualidad misteriosa del aire. El ruido de la altura, el temblor de la luz.
O el temblor de la altura al cabo de tantos días flotando sobre la profundidad temblorosa del mar. El mar helado, la montaña helada: recordó el frío de aquella noche en el albergue. Fue durante aquel crucero por el sur. El barco había fondeado en una bahía, a menos de una milla de una caleta de pescadores. Todo parecía organizado: los pescadores llegaron en sus chalupas con motor fuera de borda, amarraron a la popa del barco y subieron a negociar con el capitán. Había un guía invitando a los del crucero a recorrer el campo y cruzar la montaña con caballos y mulas para conocer el lado argentino y visitar una estancia. El paseo venía a agregar al tour una suerte de aventura. Pocos quisieron ir y la mayoría prefirió sumarse a unas excursiones de pesca que no los alejaban demasiado del barco, su casa. Del grupo de pasajeros que compartía la mesa redonda de estribor sólo cinco o seis habían aceptado el programa. Los Kretzer con su Leika y sus cuadernos, la mujer de la pareja de argentinos cuyo marido odiaba el frío y la montaña, dos españoles y él. Su brasileña temía a los caballos -fobia- y se quedó mirando antiguas películas en la biblioteca del crucero, única mujer sola entre decenas de matrimonios japoneses tratando de descifrar los subtítulos en español.
La cabalgata por el valle con sus arroyos helados les ocupó toda la mañana. A mediodía almorzaron en un vivero de salmones, sin bebidas ni postre, sólo salmón, pan y café instantáneo preparado en un caldero de hierro por una indiecita. El doctor Kretzer fotografiaba todo. Su mujer anotaba todo con entusiasmo y siguió anotando cuando dejaron los caballos para montar las mulas que los llevarían por el sendero, un zanjón cavado en la nieve que subía en espiral rumbo a un humito que se divisaba muy lejos en la altura y era el albergue.
Ahora podía reconstruir el cuadro, la cena en el albergue. Luz temblorosa, sopa, vino, guiso de cordero, compotas: toda comida semilíquida en tazones y bols. Debía modificar la luz con un pincel imaginario para insinuar el revestimiento de pino en las paredes y las pequeñas ventanas desde donde llegaba a verse, en la noche, la cima de un volcán en permanente erupción de vapores sulfúricos. La pintura sustituía los vagos trazos del grafito. Pero debía mantener a oscuras la cara de la mujer. La recordaba: era la argentina de la pareja que durante todo el tiempo estuvo tocándole las manos con cualquier pretexto. Tenía la nariz finísima y enrojecida por el vino y el frío. El de bigotes sería un chileno de lugar. No era el marido ni el guía de cara lisa sin orejas que parecía una lombriz con la boca fruncida. Todos tenían sueño pero seguían bebiendo. Poco antes de la sopa había recorrido el albergue. Sin habitaciones, sólo disponía de unas pocas literas encimadas como cuchetas y acondicionadas con unas mantas mugrientas. Tampoco había baño: había un espacio que era una suerte de almacén donde se apilaban esquíes, sogas de escalar, lonas de carpas en desuso, pieles de ovejas, y más mantas mugrientas y bidones de combustible. En un rincón había una caja de madera clavada al piso, con una tapa redonda que debía permanecer cerrada porque comunicaba al vacío de una barranca de nieve desde donde subía una corriente de aire helado. Desde ese mueble debían cagar y mear los turistas y viajeros, sintiendo el aire frío y la caída de su excremento que crepitaba al impactar sobre la superficie helada, diez metros más abajo. ¿Tomaría anticonceptivos ella? Sin cuartos, sin baño, sin agua caliente, con media docena de personas del crucero semiborrachas alrededor, insistía en tomarle las manos con cualquier pretexto, festejando lo que decían los de la mesa, o lo que ella misma decía entre carcajadas. Reían del volcán, reían del absurdo de estar atrapados sin agua y sin baño a mil quinientos metros sobre el nivel del crucero y a seis horas de marcha de cualquier posible destino. Y ella reía de todo: rió al escuchar que la señora de Kretzer estudiaba lingüística con su edad de abuelita, rió al leer el marbete con la marca del vino Tarapacá y rió más al enterarse de que él era pintor.
-¡Pintor!-, exclamaba y reía tocándole nuevamente las manos. No parecía el tipo de mujer que toma anticonceptivos, pero ahora aparecía en el cuadro nítidamente su perfil y la marca de su pómulo prominente. En algún lugar de Denver, en Colorado, debía haber fotografías tomadas por la Leika aquella noche del albergue. ¿Tomaría anticonceptivos? Preguntarlo le pareció de pésimo gusto. En cambio le confesó que había resuelto no cagar hasta la mañana siguiente, porque el frío de la letrina desalentaba cualquier propósito:
-Siempre cago antes de cenar, -le dijo y ella, riendo, respondió que siempre cagaba después del desayuno. Se llamaba Marina y nunca supo el apellido, pero ahora, en el estudio, recordaba las mantas y estaba seguro de que se trataba de la señora de Campo.
No se llamaba Campo, pero cuando todos empezaron a ocupar las literas de las paredes del albergue, él le anunció que dormiría en un rincón del almacén, del cuarto de baño, y ella se había dejado conducir. Sin desnudarse -no haría más de un grado de temperatura- se cubrieron con las mantas dispuestos a dormir abrazados, y después, cuando entró una figura menuda y usó la letrina sin notarlos, o ignorándolos, se taparon también las cabezas moviéndose apenas, para no hacer ruido. La figurita se demoró eternamente en la letrina. La masa de viento helado llegaba hasta el interior de las mantas y el ruido de motor diesel del dínamo crecía con cada flujo de corriente de aire. Le habló al oído, diciendo que el olor a mierda de oveja de las mantas era insoportable y ella le dijo en voz muy baja que callara y que no era olor a oveja sino olor a campo: típico olor a campo. Entonces se besaron y ella, imitándolo, comenzó a soltarse la ropa: un pantalón de esquí. Desde abajo vino su mano y sus dedos húmedos le frotaron la nariz. Él los lamió oliéndolos y ella formó un óvalo entre el pulgar y la palma de mano instándolo a jugar allí con su lengua... No se puede pintar esa composición bajo las mantas, en medio de la oscuridad, bajo el terror al frío. Y sólo un verdadero artista podría describir con palabras la fusión rara de pudor y temor a helarse que les impidió desnudarse totalmente. Por unos minutos estuvieron tocándose mutuamente y hacia el final ella levantó las mantas para confirmar que ya no estaba el hombre o la mujer de la letrina y jadeó. Más tarde se libraron de la ropa y hasta una vez se separaron para acudir, turnándose, a la letrina helada. Por la mañana, -al parecer todos despertaron muy tarde esa mañana-, la señora de Kretzer estuvo intercambiando guiños de complicidad con ambos. Probablemente habría escuchado algo, pero nadie comentó el tema a pesar de que varias veces se habló del olor insoportable de las mantas y las literas . Olor a mugre y a oveja, coincidieron, pero ella siguió insistiendo en que era el olor natural del campo. El marido tenía un largo apellido vasco. No se llamaba Campo pero tenía grandes bigotes negros, como de campesino.
Todos habían dormido mal aquella noche de tanto frío e incomodidad en contraste con los camarotes climatizados del barco, pero como aventura, el paso de montaña hacia Argentina fue, para los que participaron, el momento más memorable de aquel crucero. Ahora a su memoria había venido a agregarse una lámina figurativa, con trazos de lápiz, sombras de grafito y surcos de pintura ambarina que pretendían representar la electricidad y el recuerdo. Otro cuadro imposible, fuera de estilo, fuera de género, ajeno a cualquier proyecto de realización.
A su amigo escritor cualquiera podría imaginarlo apareciendo en sus sueños para provocar la concepción de un plan irrealizable. Pero sería difícil suponerlo capaz de detenerse toda una tarde en la composición del fondo de un recuerdo, sólo para descubrir la identidad de alguien que lo ha llamado por teléfono.
Tal vez él fuese un verdadero artista, también un desdichado que ante cada evidencia de la obra oye el crujido de la madera de su sillón al recostarse para dejar que corra el tiempo y alivie la inminencia del tiempo. Nunca podrán saberlo. Pero durante la cena le diría que comparten un tiempo paralelo, lleno de piezas, telas, textos y episodios que se confunden y amalgaman para componer el fondo de algo que nunca terminarían de expresar, de contar, de entender.
abril de 2002
viernes 3 de octubre de 2008
"Cómo arreglar el mundo" Gabriel García Marquez
Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico nervioso por la interrupción le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.
De repente se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: como te gustan los rompecabezas te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.
Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente. Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo. Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
Para su sorpresa el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?¿Cómo el niño había sido capaz de hacerlo? De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo
- Hijito tú no sabías cómo era el mundo ¿cómo lo lograste?
Papá respondió el niño, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.
"Cómo arreglar el mundo" Gabriel García Marquez
Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico nervioso por la interrupción le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.
De repente se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: como te gustan los rompecabezas te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.
Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente. Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo. Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
Para su sorpresa el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?¿Cómo el niño había sido capaz de hacerlo? De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo
- Hijito tú no sabías cómo era el mundo ¿cómo lo lograste?
Papá respondió el niño, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.
lunes, 8 de marzo de 2010
Me caí del mundo y no sé por donde se entra.
de Eduardo Galeano.
Me caí del mundo y no sé por donde se entra.
(Para mayores de 30)
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan .
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!
Pero por Dios.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo.
¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. .
¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver.. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.
Me caí del mundo y no sé por donde se entra.
(Para mayores de 30)
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan .
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!
Pero por Dios.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo.
¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. .
¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver.. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.
jueves, 18 de febrero de 2010
Junin 2009
1° PREMIO EN CUENTO
EL REGRESO
de Antonio César Libonati Bianchi, San Martín, Buenos Aires
Pedro Goldman llegó a la isla solo, en una lancha colectiva igual –así la recordaba– a la que cincuenta años antes lo había trasladado con sus amigos adolescentes. En el muelle se detuvo a mirar el cielo. Subió los escalones hasta la casilla de madera. Lo primero que hizo al entrar fue abrir las ventanas para que entrase el olor de árboles y de barro. Estiró los brazos en cruz y respiró profundo, el aire húmedo del río penetró muy adentro de sus pulmones y de su memoria. Pegó varios saltitos. Se acercó a la ventana y contempló, junto al río, las mismas plantas, las mismas flores blancas. Vio correr por la costa a sus antiguos compañeros, jóvenes como entonces y se restregó los ojos. Sonrió. Volvió hacia la mesa, abrió el bolso y acomodó las cosas que traía: un traje de baño, un buzo azul, un cuaderno. Del termo plateado, con el escudo de San Lorenzo de Almagro, se sirvió café. Se sentó. Como aquella vez, abrió un cuaderno de hojas cuadriculadas y recomenzó su diario. Expresó en pocas líneas su plácida alegría; el retorno a una época feliz. Se incorporó y volvió a la ventana a contemplar el río. Se desvistió y calzó el viejo traje de baño, al que sí el tiempo había desgastado. Descendió por la escalera de acceso hacia el frente de la isla. Sus pies frágiles, de hombre de ciudad, se resintieron, como entonces, caminando sobre las maderas rugosas del pequeño muelle. Bajó los peldaños hasta una planchada que, en ese momento en que el río permanecía bajo, estaba a ras de la superficie.
Desde ella saltó. Después de la primera sensación de frescor sintió el agua espesa y tibia, como antaño. Hundió los pies en el barro del fondo, y se actualizó la misma sorpresa. Disfrutó de la serenidad de la corriente, nadó unas pocas brazadas sin separarse más que unos metros de la orilla. Y regresó y se dejó flotar como esos camalotes florecidos que pasaban a su lado.
Con el agua hasta los hombros hizo pie durante un buen rato, mientras protegía su piel blanca con la sombra del sauce costero. Las preocupaciones, los recuerdos recientes, los avatares de la vida cotidiana sobrevolaban su cabeza. Pero no llegaban a posarse, perdidos en el follaje de ese paraíso. Había recuperado su juventud –¡tan cerca se encontraba!–, en ese delta olvidado.
Iba a permanecer toda una semana: con parsimonia distribuiría las tareas manuales y el goce de la naturaleza.
Se acercó al muelle para volver a tierra, apoyó sus manos sobre la planchada y se impulsó con un salto.
No alcanzó. Quedó colgado. Con el antebrazo derecho y la mano izquierda sobre la superficie de madera. Tiró los hombros hacia arriba para treparse, pero sus brazos no tuvieron la fuerza suficiente y volvió a caer parado dentro del agua. Sonrió: qué iluso, había pensado ser el mismo.
Sin embargo, no se preocupó. Aunque eran muy pocas las lanchas que pasaban sobre ese riacho y estaba solo en la isla, la sensación de que su instinto de conservación se mantenía joven lo tranquilizaba.
Respiró hondo para recuperar energías y volvió a intentar el salto. Pero el resultado fue el mismo, aunque con el agregado de un ligero dolor en el antebrazo. Claro, además de los años, su cuerpo se había recargado con unos cuantos kilos. Volvió a sonreír.
En ese momento pasó un bote con dos remeros, una pareja, y lo saludaron con ademanes. La muchacha era hermosa, a Pedro le dio vergüenza gritarles pidiendo auxilio; seguro de que se las iba a poder arreglar. Flotó tranquilo mientras pasaban.
Calculó que el muelle tendría algún travesaño oculto bajo el agua en el que apoyarse para trepar. Lo buscó inútilmente de un lado y de otro de la planchada. Algún tábano lo picó en el hombro, y al sacudírselo notó la piel enrojecida por el sol.
Se guareció junto a la orilla, debajo del sauce. Por allí tampoco podía subir: el fondo estaba más chirle que junto al muelle y se le hundían los pies hasta los talones. Las ramas del árbol, que llegaban hasta el agua, eran demasiado finas para sostener su cuerpo si pretendía usarlas como sogas. Los tábanos los seguían azuzando.
Creyó ver una posible salida del río a través del cruce a la otra costa poblada de juncos. Sin embargo, la correntada que se observaba en el centro podría ser más fuerte de lo que aparentaba, y arrastrarlo aguas abajo hacia el caudaloso Paraná de las Palmas. Resolvió dejarlo como última solución. Además, si su capacidad para nadar también había mermado, era probable que abandonase la travesía a los pocos metros.
Le pareció escuchar algún ruido en el agua y recordó cuando cincuenta años antes, sus amigos, a los gritos de “¡Pirañas!¡pirañas!”, mezclados con risas, entraban y salían del agua a toda carrera. Nunca había vuelto a pensar en esos peces carnívoros, pero ahora el recuerdo lo inquietaba. ¿Y la leyenda sobre las yararás traídas por los camalotes? ¿Y el terror que le había causado el cuento de Horacio Quiroga en el que un peón era picado por esa víbora? Con su superstición de hombre de ciudad se tocó un testículo debajo del agua, pero tampoco eso lo calmó.
Comenzó a maldecir su ocurrencia de ir solo a tomar un descanso en la isla y el consejo de sus amigos que lo indujeron a hacerlo “para desconectarse”. ¿Quién lo mandaba a él, casi a los setenta y con una vida sedentaria de tantos años, a querer hacerse el pendejo y meterse en aventuras? ¿No tenía bastantes líos con las finanzas de la tienda, los aportes y la cuenta del banco? De todas maneras, nadie lo iba a llorar, más que algún amigo. Lo que le daba rabia era la forma estúpida en que se había metido en esos peligros.
A pesar de que le ardían los hombros comenzó a tener frío. En ese momento, calculó que era más de mediodía, se hubiera atrevido a pedir socorro al que pasase. Pero no se veía nada que se moviera, sólo la lenta corriente del riacho y los tábanos que iban y venían con su horrible zumbido.
Calculó que faltarían por lo menos cuatro horas para que arribase la lancha colectiva de la tarde. No sabía si iba a poder resistir tanto tiempo. El cuerpo le temblaba y tenía el rostro hirviendo. Se tapó con los índices la nariz y con los pulgares las orejas. Sumergió la cabeza. Una, dos veces. Recordó las sinusitis que se había pescado de chico en la pileta del club. Tenía sed, pero no se animaba a tomar de ese agua contaminada; en la isla la filtraban con arena para sacarle el barro. Dejaba que se le humedeciesen un poco los labios, que mantenía cerrados; con la piel ardida y entumecido; las yemas de sus dedos, arrugadas por el agua, habían perdido el tacto.
De pronto se nubló, y Pedro comenzó a rogar que no se largase una lluvia intensa. Se levantó viento. Al agitarse las ramas de los árboles, notó que provenía del sudeste: la temible sudestada que inundaba el Delta periódicamente y que había motivado la típica arquitectura de sus viviendas, elevadas sobre pilares. Se largó a tronar y volvió a ver a sus amigos adolescentes escapando del agua que atraía los rayos. Ahora llovía a cántaros y para poder respirar sin ahogarse con el agua que caía, Pedro metió la cabeza debajo del muelle. Se acordó de su madre y de las oraciones que le había enseñado. Congelado, mezclaba su llanto con la lluvia y llamaba “diosito” a Dios, con asustada ternura. En su sentimiento había retrocedido ahora mucho más: casi sus setenta años.
Los truenos cesaron y después la lluvia. Como digna tormenta de verano, no duró más de media hora. Pero el río había crecido casi un metro, y el agua tapó toda la planchada baja. Sólo emergían dos peldaños debajo de la línea del muelle. Pedro se corrió y pudo apoyar los pies en las maderas sumergidas. Desde allí, como tenía pocas fuerzas, se sentó sobre los escalones superiores de acceso al muelle y, en la misma posición, reculando, se deslizó hacia el frente de la casilla.
Estuvo un rato como abombado, temblando sin parar. Luego se incorporó y, tomándose de la baranda, subió la escalera a rastras.
Cuando llegó la lancha de la tarde, lo encontró esperándola, agarrado de la columna del muelle. Algo le comentó, quizás una mentira, al marinero que no le preguntó nada, acerca de la causa por la que había anticipado el regreso.
Un breve trayecto y reconoció, sobre el muelle de otra isla, a la pareja de remeros que por la mañana, cuando estaba él en el agua, lo saludaran, y a la que le dio vergüenza pedirle auxilio. Abrazados, los dos agitaban las manos, sonriendo a los pasajeros de la lancha colectiva. Brillaban los dientes de la muchacha con el sol del atardecer.
Después, a medida que se acercaban al puerto de Tigre, Pedro advirtió que la presencia de gente en las islas era más frecuente. Leyó la frase que había escrito en su el cuaderno de páginas cuadriculadas. Cerró el diario y se puso a contemplar los sauces nuevos, las pequeñas olas que dejaba el transporte, los juncos de la orilla.
Deslizó la mano sobre el río, sintió el olor del agua mezclada con tierra del fondo, y cerró los ojos.
Cuando lo distrajeron los ruidos de los pasajeros que se preparaban para desembarcar, Pedro Goldman, sin que nadie lo notase, arrojó al agua el cuaderno de hojas cuadriculadas.
Antonio César Libonati Bianchi nació en San Martín, provincia de Buenos Aires el 2/12/1937. En la misma ciudad ejerce la escribanía desde hace 40 años.
En 2002 comenzó a escribir con más intensidad:
Publicaciones (como César Bianchi, su seudónimo): Derecho Izquierdo (2004) y Crónica de un amor buscado (2007), ambas novelas, en Editorial Corregidor.
Los haiku del Viejo Libo (2006), Editorial El Aleph (impresión a demanda) y "Los cuentos del Viejo Libo" 2009, en Ediciones De a Uno.
Escenas de barrio (poesías) en 2003.
Premios:
2003 Accésit en Los Premios del Tren "Camilo José Cela", Madrid, España.
2005 Primer Premio en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires, Concurso "Misterio en el Museo de la Ciudad"
2006: Mención de Honor y Mención Especial en JUNÍNPAÍS con el cuento "La milonga"
Además varias Distinciones con haiku y Microcuentos.
Actualmente estudia en Casa de Letras, Bs As: Tutela de novela con Esther Cross, Seminario de Letras de Tango en la Academia Nacional del Tango y música con Javier González, Rubén Robledo, Patricia Barone y Nino Falsetti.
2° PREMIO EN CUENTO
LA AUSENCIA
de Mariano Carou, Buenos Aires
Se fue de mañana, rumbeando para el lado del pueblo. Le hizo un ademán al Rufo, dándole a entender que se quedara, que él tenía que hacer. Otros perros salieron a ladrarle de las chacras vecinas, a lo que él respondió con su habitual indiferencia. Siempre le había disgustado ese ritual, pero era el único posible frente a la agresividad animal. El sol de las nueve de la mañana ya era bastante caluroso. Algunos gallos seguían cantando, pese a lo avanzado de la hora. Pasó por lo de Vega, por lo de Blásquez y por donde había sabido estar el almacén de don Elías, muchos años antes. Ya no quedaba más que una ruina de adobe y chapa, destartalada, con un “Ramos generales” despintado en el frente. Apenas podía reconocerse en ese paisaje.
Llegó al pueblo. Buscó la comisaría, la que estaba en el centro, allá por la calle Gandini. Dijo que venía por una denuncia. Un suboficial lo escuchó, sin entender en absoluto qué se proponía. Le dijo que el comisario no lo iba a atender, y que era mejor que se fuera. “Si el comisario no me atiende, ¿quién me va’tender?” “Vaya a los Tribunales”, fue la respuesta. “Y no vuelva por acá.”
Allí se encaminó. Tomó por Arias hasta la plaza, y dobló a la izquierda, reconociendo ese mamotreto moderno que servía de sede de la Justicia, frente a la Municipalidad y a la iglesia de San Ignacio. Al ver la iglesia, se santiguó, como saludándola desde lejos, y entró a los Tribunales. En la mesa de entradas lo atendió una señora de unos cuarenta años, con el pelo recogido, que lo miró absorta detrás de los anteojos cuando el hombre le expuso su causa. Con inocua amabilidad ella le respondió que “lo que pasa es que usted debería radicar una denuncia en la seccional, y recién después, de acuerdo al rumbo que tome, su abogado debería ocuparse. O si no, presentar un recurso de hábeas corpus y si dentro de las 48 hs...”
La mujer seguía hablando, pero él no entendía nada de lo que ella decía. Hizo un esfuerzo por concentrarse, mientras se abanicaba con el chambergo. Cuando la mujer terminó de hablar, le preguntó “¿Me entendió?”
-No.
La mujer se puso a recoger unos papeles y a decirle que bueno, que ella estaba ocupada, sí señorita qué desea, ah sí, cómo no, un segundo. Él miraba la escena y se aflojó un poco el pañuelo del cuello. Ya era casi el mediodía. Se sentó en uno de los sillones de cuerina negra que estaban cerca de los ventanales. No sabía muy bien qué hacer, pero no se iba a volver al rancho sin que alguien lo escuchara. Del otro lado de la plaza estaba la Municipalidad. A lo mejor, allí...
Allí se repitió la misma comedia, pero en forma más agresiva. Un empleado de unos treinta años lo trató en forma despectiva, a lo cual él respondió con la misma dignidad y la misma calma con la que se había comportado durante toda la mañana.
-Mire, joven, yo ando buscando a m’hija. Y alguien me va’tener que decir dónde está. Me tienen de aquí pa’allá como bola sin manija, pero nadies me dice dónde está l’Alicia. Ella trabajaba en la escuela que está por el lao del barrio La Morocha. Y hace una semana que no aparece. Me han dicho que se la llevaron en un auto, a la rastra. Yo no sé qué pensar.
Por una de esas causalidades fortuitas que suelen ocurrir acertó a pasar por allí el intendente de facto, Coronel M. “¿Qué se le anda ofreciendo, abuelo?” dijo el Coronel M. con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. El empleado puso mucha prisa y mucho empeño en explicar al señor intendente los motivos del visitante, informándole al señor intendente que él en realidad le había dicho que no podía ayudarlo, y dejando en claro al señor intendente que el hombre en cuestión no entraba en razones. Al Coronel M. se le fue borrando progresivamente la sonrisa de la cara. Con lo que le quedaba de mueca le dijo al anciano “a lo mejor la chica se fue con un novio, abuelo. ¿Averiguó bien?”
-M’hija no tiene novio. Y además me han dicho que vieron que se la llevaban a la rastra, por los pelos, como una yegua sin riendas que se la agarra‘e las crenchas. Y eso no se hace con un cristiano.
-A lo mejor su hija andaba en algo raro... ¿usted sabe algo de eso? Algo habrá hecho. Yo me habría preocupado antes -dijo el coronel M., jugando con su gorra.
-Usté no me va a decir cómo tengo que educar a mi hija. Mi finada esposa y yo la hicimos una muchacha decente, y ahora quiero que me la devuelvan -dijo el anciano con serenidad.
El coronel M. bajó la mirada, se puso la gorra, y sin decir nada se dirigió a la salida. El hombre no dejaba de mirarlo, mientras el empleado comenzaba a atender otras cosas. El anciano miró cada rincón de ese vestíbulo en el que se había desarrollado la escena, y salió. Se dirigió a la iglesia, contigua a la Municipalidad. El templo estaba casi vacío. “¡Qué fea que quedó esta iglesia! ¿Qué hicieron? ¡Con lo linda que era antes!”, pensó para sus adentros. Sólo había tres mujeres rezando el Rosario con voz aflautada. Acercándose a ellas reconoció a la viuda de don Funes. Siguió caminando hacia el altar, donde un hombre estaba cambiando las flores.
-Quiero ver al padrecito.
En ese momento un sacerdote de mediana edad apareció por la puerta de la sacristía.
-Ah, padrecito, a usté lo quería ver.
El sacerdote, algo desconcertado, se acercó inclinando la cabeza con mirada bonachona. El anciano le dijo qué lo había traído al pueblo, y la cara del cura fue ganando un rictus severo.
-Mire, yo no lo puedo ayudar, pero sé que su caso no es el único. ¿Ve esas tres señoras que están rezando el rosario? A una de ellas, la de azul, sé que le pasó lo mismo que a usted. ¿Por qué no se acerca y le pregunta? A lo mejor ella sí lo puede ayudar. Yo, lo siento, pero...
Se encogió de hombros, hizo un gesto de resignación con las palmas de las manos abiertas y se alejó. Las tres mujeres ya habían terminado el Rosario y se disponían a irse. El anciano se dirigió a la viuda de Funes y, después de saludarla, le explicó qué lo traía por el pueblo. Le dijo también lo que le había dicho el sacerdote. La señora de azul le dijo que ya había varios casos en Junín, y que ahí nadie las daba una respuesta. Que ella sabía que en La Plata y en Buenos Aires había gente que se estaba moviendo para averiguar y qué les dijeran qué era lo que había pasado. Que ellas al día siguiente se iban a Buenos Aires en el tren, temprano, que si él quería ir también. Él asintió. Después volvió a su casa. Una camioneta lo recogió mientras caminaba por Julio A. Roca. Cuando llegó al rancho, el Rufo salió a recibirlo, meneando la cola. Se tomó unos mates y se quedó todo el resto de la tarde sentado en la galería, mirando el horizonte. La jubilación ya se le había acabado, pero aún le quedaban unos pesos de lo que le había pasado la Alicia de su sueldo. Con eso podría arreglarse por un par de días.
Al día siguiente, muy temprano, un grupo de cuatro padres tomó el tren local que al cabo de cinco horas los dejó en la Estación Retiro del Ferrocarril San Martín. De una manera algo más sofisticada, las mismas excusas de la víspera se repitieron en la Capital. Promesas, direcciones, que nadie sabe nada, que hay un grupo de madres que se están organizando, que cuidado con quién hablan, que vuélvanse a Junín, que estamos en contacto, en fin: lo suficiente como para conformarlos por un tiempo, con esa exhausta tranquilidad que intenta vencer el miedo y el espanto, y con la creciente sensación de estar dando una batalla perdida, pero con dignidad.
Volvió al rancho. Día tras día se sentaba en la galería con la pava y el mate, el Rufo echado a sus pies, esperando que en cualquier momento apareciera la Alicia. Pasaron un par de meses. Un Viernes Santo, a eso de las tres de la tarde, supo que algo había pasado, algo funesto, algo que resonó muy dentro. Desde ese momento dejó de salir a la galería. Dos semanas después, un jueves a la hora de la siesta, oyó que alguien golpeaba con las manos. Se asomó por la ventana y vio a la hija de don Funes, que había sido compañera de la Alicia, con el marido, esperando del otro lado de la alambrada. Los hizo pasar. La chica le dijo que le habían dicho que alguien había escuchado que a la Alicia se la habían llevado y la habían torturado y que alguien la había reconocido cuando la cargaron con otros cadáveres, con rumbo desconocido. Que imaginesé que a lo mejor no es cierto, pero esta persona dice que la conocía a la Alicia, y que no quiere decir quién es porque tiene miedo, pero que ella quería avisarle porque esta persona le pidió que lo hiciera, para que no la espere más.
El anciano no dijo nada. Inclinó la cabeza y despidió a la pareja, que subió rápidamente a su Citroën y desapareció. Después de un rato le dijo al Rufo que él se iba, que si lo quería acompañar. El perro lo miraba, sacando la lengua con agitación. Fue a buscar el saco y el chambergo, cerró la puerta del rancho y salió de su propiedad. El perro se le puso a la par.
-¿Sabés qué pasa, Rufo? Ya no tengo más na’que hacer acá, ¡qué joder!
Mientras cerraba la puerta del rancho, el viejo lloraba un llanto pesado y amarillo de ausencia y lejanía. Unos tordos negros salieron volando. El hombre los vio, mientras se alejaban. Después agarró la ruta para el lado de Baigorrita.
No se lo vio más por el pago. Dos años después, a pocos kilómetros de Venado Tuerto, lo atropelló un camión mientras cruzaba la ruta. El conductor del camión no paró. Solamente el Rufo permaneció a su lado hasta el final, lamiéndole las heridas.
3° PREMIO EN CUENTO
LA CUESTIÓN DE LA MUERTE DEL REY
de Gaston Mauricio Potrebica, 9 de Julio, Bs. As.
Otoño de 1986. Al descender del ferrocarril “Los Andes” un individuo particular me esperaba al filo del andén. Vestía traje azul y portaba gafas cetrinas. De rasgos afilados, su postura se sostenía por un bastón silencioso, purpúreo, de madera pulida, que le impedía derrumbarse a la parte izquierda de su cuerpo.
Me condujo hasta un antiguo automóvil. Durante un extenso trayecto sobre adoquines comentó con detalles el urgente apremio, explicando el motivo que brevemente había explayado en la carta de mi contratación. Describió la desaparición de un tal doctor K.; anunció que mi nombre figuraba inscripto en una nota del hipotético secuestrador y que éste exigía suma reserva. El señor F. declaró conocer mi trayectoria y que por alguna razón obtendría ahora la oportunidad de verme proceder. Añadió luego que yo le parecía un hombre intuitivo, sagaz. Señaló algunas cosas más: Usted posee esa inteligencia que tiene más afinidad con la pureza de la imaginación. Debe saber que cuestiones de ingenio han sido resueltas por personas que en innumerables veces rayaban la imbecilidad. Usted no cree en la pedantería intelectual. Al final de su eximio monólogo se quitó sus gafas y se conservó en silencio.
Arribamos al fin a una mansión distinguida. Se elevaba majestuosa tras una verja de rombos de hierro algo herrumbrada. Avanzamos hasta avistar un enorme jardín que ocultaba la parte inferior de la construcción; la techumbre con sus torres empinadas sobresalían majestuosas. F. declaró ser amigo de la familia K. Me informó que se ausentaría varios días y que yo quedaba en manos de la hija del doctor, la señorita Laura. La vería de inmediato para comenzar el trabajo, previendo como segura mi aceptación. Me dejó en el vestíbulo tras llamar a la puerta.
En la casa me recibió una bella mujer. Impresionable, dulce en el trato. Con fina cortesía y maneras cautas me ofreció sus servicios. Me asombré al hallarme frente a innumerables tableros de ajedrez sobre la superficie de un mueble extraño, parecía ser una especie de escultura de Venus que a la vez era una extensa mesita de té.
-Gracias por venir –exclamó-. El señor F. ha sido muy amable al conducirlo hasta aquí. Siéntese por favor.
Al aproximarse el mediodía, una pequeña ventisca agitaba las cortinas rojas de la sala. Tuvimos una sustanciosa plática, muy informativa aunque escueta. El laconismo de la hija del doctor sorprendía por su justeza. Me explicó el supuesto rapto de su padre y me enseñó enseguida el sobre dirigido a mi persona. Éste aludía a que los caminos esperados de la búsqueda concluirían en las cosas del doctor y que no me extendiese mucho más de esto.
Luego de una exhaustiva indagación en la casa, hallé algo sospechoso. Nos encontrábamos bebiendo una taza de té en la biblioteca cuando observé un par de volúmenes sobresalidos en uno de los anaqueles. Extraña ubicación pues los demás libros se hallaban prolijamente ordenados. Aquellos formaban una distorsión muy peculiar. Irrisoria.
-La biblioteca ¿es muy transitada? -pregunté interesado.
-No más que por mi padre y por mí ocasionalmente. ¡Ah! Su pasión por los libros es extraordinaria. El día entero lee o juega al ajedrez - me ofreció enseguida que fumase. Tras negarme le señalé la extraña posición de aquellos libros. Llamó de inmediato al mayordomo. Tras estudiar a continuación el hecho no acotó nada válido.
Al mover uno de aquellos volúmenes un pequeño papel se deslizó hasta el piso. Pude leer lo siguiente:
SHAH MAT…NEL MEZZO DEL CAMMIN DI NOSTRA VITA
Por lo menos la segunda sentencia estaba escrita en italiano. La otra se me hacía asaz desconocida. Sin embargo, la hija de K. ofreció de inmediato la solución. Indicó que era una frase persa y que se traducía como jaque mate.
-Sí, shah mat…Mi padre la usaba mucho. El ajedrez es una de sus aficiones exclusivas. Casi una obsesión.
Investigué los días siguientes sobre el significado de la expresión jaque mate hasta que obtuve su completa significación: Muerte al Rey. Le manifesté a la señorita Laura que me dedicaría a indagar sobre esto ya que lo único de utilidad que poseía por ahora eran estas extrañas frases y le recordé que quien estaba detrás de todo esto aseguraba que la solución estaba entre las cosas de su padre.
-Podemos suponer -argüí luego- que quiera pasar por ingenioso. Si desea dinero, no parece la manera más sencilla; y si sólo su objetivo es bromear a costa de nuestras voluntades, algo tan complicado no sería lo exacto. Pero nunca hay que dar por seguro nada. A veces es indicado partir de lo absurdo… -la hija del doctor me observaba absorta. Le pedí que se tranquilizase. Luego de sentarse en una banquetilla señaló que su mayordomo era italiano.
A MITAD DEL CAMINO DE NUESTRA VIDA…
Tradujo la segunda oración. Yo no sabía, en un principio, por qué razón se me hacía harto familiar.
Las horas se convocaban gravitando en mi bolsillo. El aroma a jazmín y una suave brisa entorpecían mis pensamientos con una deliciosa sensación de amodorramiento. La hija de K. se había convertido en una distracción aún más sutil y peligrosa. Para la mente del que medita problemas abstractos, las imágenes bellas distraen la imaginación. La corrompen. Sin embargo se reveló de esta manera lo siguiente:
-“A mitad del camino…”-repetía con una copa en su mano-. ¡Ah, cómo extraño a mi padre! Estoy en el círculo del infierno…-tras oír esto, desde el piélago de mi memoria surgió una revelación intelectual: Dante.
-Ah ¡claro! -exclamé animado-—“a mitad del camino de nuestra vida”…Es así como se inicia el canto primero de la Divina Comedia. Sus lamentos me recordaron el libro… ¿Su padre tiene algún ejemplar en la biblioteca? —indicó que podíamos consultar el index que había en el escritorio del ampuloso doctor.
El despacho de K. estaba ataviado de objetos antiguos; un tablero de ajedrez de madera; varios lienzos y más libros. El nombre del volumen figuraba en el listado de las obras. Nos dirigimos de inmediato a la biblioteca. Fue necesario revisar al azar por todas las libreras. Me arrojé sobre un sillón y me conservé allí un instante meditando. De repente se manifestó cierta desatención que tuve, pues había olvidado aquellos libros de entre los cuales había hallado el papel que tenía las sentencias inscriptas. Recordé que los había depositado sobre una pequeña mesa de mármol. Así era. En su tapa el libro no tenía inscripciones aunque al abrirlo el nombre de Dante Alighieri resaltaba en letra gótica. En su primera página, debajo del canto primero, en español, había un párrafo que decía:
EL QUERIDO DOCTOR SOPORTARÁ LAS PENURIAS QUE VUESTRO RETRASO SIGNIFIQUE. ¡APURAOS! HE AQUÍ LA REVELACIÓN: SI EXTENDÉIS EL OBJETO CORRECTO SE ENGENDRARÁN DOS FLORES PERFECTAS E IDÉNTICAS Y EN UNO DE SUS PÉTALOS HALLARÉIS LA REDENCIÓN.
Me hallaba perplejo. Me dejé impresionar un momento por aquel nuevo misterio. Miraba una y otra vez el párrafo. Pero el extremo agotamiento socavaba mi voluntad. La señorita Laura insistió varias veces en que durmiese en una de las habitaciones de la planta alta. Subimos y me fui a descansar. Aunque más tarde esa misma noche me despertó un susurro. Descendí por las escaleras y en la cocina la hallé bebiendo leche tibia. Me senté a su lado en silencio. Se arrimó junto a mí. Me agradeció por algo que no recuerdo ahora. Y dijo otras cosas…Me insinuó el canal áureo entre sus senos. La besé con ardor, con vehemencia… El lecho dilatado de su habitación nos concibió ajenos.
A la mañana siguiente, tras el cristal empañado de la ventana, una tempestad rojiza y azulada se alejaba hacia el alba. Abrí del todo las celosías y el aroma a jazmín me envolvió dulcemente. Pensaba con insistencia: « Si extendéis el objeto…dos flores…»; la extensión tendría que ver con desarrollar algo; el objeto podría ser cualquier cosa. Mientras cavilaba, en el exterior de la casa la rama de un árbol de cedrón del jardín golpeaba con intermitencia el techo de chapa de un viejo cobertizo. Me sentía huraño en la mansión. Pensaba en el mayordomo. En el señor F. Por un instante me dispersé observando el mobiliario: había un enorme modular lleno de copas de cristal y botellas de diferentes tamaños. Una mesa de roble con sillas y almohadones color salmón. Pinturas de Rembrant y un cristo amarillo de algún autor que desconocía. Una enorme cruz de madera pendía sobre el dintel de la puerta. Me quedé observándola un instante. Era magnífica como todo lo que la casa albergaba… Pensé que debía circunscribir la búsqueda de ese objeto extensible al mundo de la abstracción, pues me parecía evidente que el secuestrador de K. se movilizaba entre libros y cosas del mundo intelectual. No se por qué pensé en figuras geométricas, aquella cruz había despertado en mí cierto recuerdo pues me vino a la mente la idea del cubo compuesto por seis caras. Me recordé en la escuela primaria construyendo esa figura tridimensional en cartón; formando el esperado cubo desde una superficie recortada en forma de cruz y plegada. Tal vez esto tendría que ver con las figuras del mensaje increíble que hallé en aquel libro. Concluí que habría que encontrar la figura geométrica que, como en la experiencia del cubo, al extenderla en sus caras, formaría flores o algo parecido. Era una posibilidad. Por lo menos la única asequible hasta el momento…Excitado por esta nueva intelección corrí al encuentro de Laura -creo que ya tengo el derecho de llamarla así-. Enseguida le narré todo y le propuse buscar algún tratado de geometría. Nos dirigimos hacia la biblioteca. Me acercó varios libros y adujo que su padre los consultaba con asiduidad. Me encontré con algo impresionante. El capítulo del libro de geometría elemental sobre “Desarrollo y Área de los cuerpos geométricos” me condujo hasta la figura buscada: “la extensión del dodecaedro regular da dos superficies poligonales estrelladas; cada una de las cuales cuenta de seis pentágonos iguales dispuestos a manera de…flor”. ¡Las dos flores! En el extremo inferior izquierdo del libro, del cual antes no me había percatado, mi nombre se distinguía en una letra rojiza.
Las cosas se tornaban confusas. La alegría intelectual que obtuve por haber hallado la solución se ennegreció por la repentina idea que luego se manifestó como el estallido de una ola en un acantilado: esto no llevaba ahora a ningún sitio. Todo se demostraba inverosímil. Imaginé una especie de broma sutil y peligrosa. Maquiavélica.
-Aún nos falta saber algo -apuntó Laura y observé que me enseñaba un papel-, esto que dice aquí: Muerte al Rey -estaba en lo cierto. El arduo trabajo que destiné a meditar sobre las demás cuestiones me había apartado de esa frase en tinieblas. La observé un momento y tras una pausa de ternura, de imprevisto Laura recordó algo.
-Pero qué torpe he sido -dijo afligida- ahora recuerdo algo. Mi padre siempre decía que el jaque mate lo hacía cavilar sobre el martirio de Cristo. Sostenía que la cruz y las siglas Rey de los judíos, significaba que los sacerdotes, neciamente burlones e ignorantes, en verdad le habían dado… ¡muerte al Rey!
-¿El doctor K. es un hombre de religión?
-Sí, es más, él diseñó y construyó la capilla del pueblo -respondió encantada.
-Tal vez allí hallemos algunas respuestas. ¡Vamos!
El camino a la capilla es un pasaje recto entre los holgados recintos del pueblo. Aquel se extendía en una planicie verdosa. Decidimos marchar a pie bajo una inminente tormenta que amenazaba la bonanza del atardecer.
Vislumbré el templo levantarse por sobre una pequeña explanada. Era un edificio realmente extraño, muy singular, como salido de una realidad fantaseada. Jamás, en mis años de viajero había visto semejante extrañeza arquitectónica. Ingresamos en la pequeña capilla. Era un ambiente con demasiados muros. Me pareció que tenía en su totalidad la forma de un círculo. Todo estaba cubierto con cuadros de santos, cristales de colores y efigies de vírgenes. Una enorme cruz colgaba sobre el púlpito. Se acercó un monje con túnica negra y un rosario monumental en su pecho.
-Padre. Él es el señor M. -me observaba con un gentil gesto. Un pequeño temblor le resplandecía el rostro.
-Padre -le interrogué- ¿algo ha sucedido fuera de lo normal? No lo sé. Algún forastero.
-No lo creo. Aquí no ocurren más que circunstancias ordinarias. Lo extraordinario es la presencia de Dios en esta casa. Sólo el señor F. que ha estado reparando uno de los muros de la iglesia. Ayer. No más que ese imprevisto.
-¿F? -exclamé estupefacto. Laura asintió. De repente todo pareció acomodarse en mi mente como las piezas de un rompecabezas… Observé el interior de la capilla. Sus muros. El cielorraso. Todo en su extraño conjunto formaba una especie de figura geométrica. Inverosímil pero cierto al fin. Recordé que las doce figuras que forman el dodecaedro son pentagonales. Por inadmisible que parezca, aquella capilla formaba un medio dodecaedro algo distorsionado, pero bastante exacto. Las paredes que al principio me parecían curvas eran en realidad poligonales. Exactamente contaba cinco. Seis junto con el techado. Recordé que la inscripción del volumen de la Divina Comedia anunciaba que hallaría a K. en uno de los pétalos de la flor, o sea en uno de los… muros pentágonos.
Si comprendía bien lo que aquello quería decir significaba sólo una cosa: Que K. estaba muerto. Sepultado en uno de los recintos de la capilla. El rey está muerto, claro, pensé…Tomé del brazo a Laura y le expliqué lo que suponía. Aunque me parecía que todo era demasiado simple. Como un juego. Nos dirigimos de inmediato hacia la casa. Iba pensando que todo era muy desatinado o tal vez una especie de error forzado y que K. estaba en otro sitio.
Tras cruzar la verja de la mansión, a dos metros del zaguán las luces de los faros de un automóvil estaban encendidas. Me acerqué con sigilo, agazapado; ya que nunca porto arma alguna siempre debo tener el mayor recaudo. Laura se mantenía a mi lado. Desde una de las ventanas se oía una risa estrepitosa de hombre. Pero luego…
-Lo siento -profirió Laura sollozando y se escabulló de mi lado hacia el jardín hasta que la perdí de vista. La risa se oía fuerte ahora, provenía del escritorio del doctor. Me acerqué a pasos menudos hasta la puerta que estaba semiabierta. Reparé que F. fumaba sentado. Vestido elegantemente con un saco marrón y una corbata a cuadros.
-Pase usted. Tranquilícese. Tome asiento -e indicó una butaca a mi izquierda-. Pase usted M. que no le voy a hacer daño como tampoco me lo he hecho a mí mismo. Lo felicito por su ingenio aunque podría haberle tomado menos tiempo. Igualmente tiene usted mis mayores elogios. Mi hija ha contribuido con el elemento religioso. Las variables humanas son importantes. ¿No lo cree así? Lo de la risa ha sido un decoro escénico. Teatral.
-Pero ¿de qué diablos habla usted? -perplejo me acerqué un poco tentado de arrojarme contra él.
-La descripción de los periódicos sobre usted no es justa -tenía una pieza de ajedrez en su mano y la movía entre los dedos-…Otra cosa. Óigame ahora… ¿Mi hermosa hija lo quiere?
Alegó luego que el valor y la inteligencia de un hombre se prueban en la guerra. En los hechos. Si quería verificar el poder de mi imaginación y considerarme digno de batallar en una disputa de ajedrez, la prueba de mis atributos era inevitable. Fingir un secuestro era cosa trivial para el locuaz doctor y su ingenio en los simulacros muy sutil.
-Mire M. -dijo ahora K. avezado y con pomposidad- de alguna manera al final estamos a mano. Yo le probé que es un hombre de valía y usted me ha robado algo más preciado aún. Más que el reconocimiento y el poder.
-¿Qué cosa? -lo interrogué sin miramientos.
-A Laura.
Derroté la astucia de K. en varias ocasiones. Debo reconocer que a pesar de que en el doctor hay algo de odioso y malévolo, el hecho de que tenga en alta estima a los libros y una hija encantadora, ha sido grato para mi melancólica existencia. Al fin y al cabo el ajedrez es solo un juego y el rey una simple pieza.
EL REGRESO
de Antonio César Libonati Bianchi, San Martín, Buenos Aires
Pedro Goldman llegó a la isla solo, en una lancha colectiva igual –así la recordaba– a la que cincuenta años antes lo había trasladado con sus amigos adolescentes. En el muelle se detuvo a mirar el cielo. Subió los escalones hasta la casilla de madera. Lo primero que hizo al entrar fue abrir las ventanas para que entrase el olor de árboles y de barro. Estiró los brazos en cruz y respiró profundo, el aire húmedo del río penetró muy adentro de sus pulmones y de su memoria. Pegó varios saltitos. Se acercó a la ventana y contempló, junto al río, las mismas plantas, las mismas flores blancas. Vio correr por la costa a sus antiguos compañeros, jóvenes como entonces y se restregó los ojos. Sonrió. Volvió hacia la mesa, abrió el bolso y acomodó las cosas que traía: un traje de baño, un buzo azul, un cuaderno. Del termo plateado, con el escudo de San Lorenzo de Almagro, se sirvió café. Se sentó. Como aquella vez, abrió un cuaderno de hojas cuadriculadas y recomenzó su diario. Expresó en pocas líneas su plácida alegría; el retorno a una época feliz. Se incorporó y volvió a la ventana a contemplar el río. Se desvistió y calzó el viejo traje de baño, al que sí el tiempo había desgastado. Descendió por la escalera de acceso hacia el frente de la isla. Sus pies frágiles, de hombre de ciudad, se resintieron, como entonces, caminando sobre las maderas rugosas del pequeño muelle. Bajó los peldaños hasta una planchada que, en ese momento en que el río permanecía bajo, estaba a ras de la superficie.
Desde ella saltó. Después de la primera sensación de frescor sintió el agua espesa y tibia, como antaño. Hundió los pies en el barro del fondo, y se actualizó la misma sorpresa. Disfrutó de la serenidad de la corriente, nadó unas pocas brazadas sin separarse más que unos metros de la orilla. Y regresó y se dejó flotar como esos camalotes florecidos que pasaban a su lado.
Con el agua hasta los hombros hizo pie durante un buen rato, mientras protegía su piel blanca con la sombra del sauce costero. Las preocupaciones, los recuerdos recientes, los avatares de la vida cotidiana sobrevolaban su cabeza. Pero no llegaban a posarse, perdidos en el follaje de ese paraíso. Había recuperado su juventud –¡tan cerca se encontraba!–, en ese delta olvidado.
Iba a permanecer toda una semana: con parsimonia distribuiría las tareas manuales y el goce de la naturaleza.
Se acercó al muelle para volver a tierra, apoyó sus manos sobre la planchada y se impulsó con un salto.
No alcanzó. Quedó colgado. Con el antebrazo derecho y la mano izquierda sobre la superficie de madera. Tiró los hombros hacia arriba para treparse, pero sus brazos no tuvieron la fuerza suficiente y volvió a caer parado dentro del agua. Sonrió: qué iluso, había pensado ser el mismo.
Sin embargo, no se preocupó. Aunque eran muy pocas las lanchas que pasaban sobre ese riacho y estaba solo en la isla, la sensación de que su instinto de conservación se mantenía joven lo tranquilizaba.
Respiró hondo para recuperar energías y volvió a intentar el salto. Pero el resultado fue el mismo, aunque con el agregado de un ligero dolor en el antebrazo. Claro, además de los años, su cuerpo se había recargado con unos cuantos kilos. Volvió a sonreír.
En ese momento pasó un bote con dos remeros, una pareja, y lo saludaron con ademanes. La muchacha era hermosa, a Pedro le dio vergüenza gritarles pidiendo auxilio; seguro de que se las iba a poder arreglar. Flotó tranquilo mientras pasaban.
Calculó que el muelle tendría algún travesaño oculto bajo el agua en el que apoyarse para trepar. Lo buscó inútilmente de un lado y de otro de la planchada. Algún tábano lo picó en el hombro, y al sacudírselo notó la piel enrojecida por el sol.
Se guareció junto a la orilla, debajo del sauce. Por allí tampoco podía subir: el fondo estaba más chirle que junto al muelle y se le hundían los pies hasta los talones. Las ramas del árbol, que llegaban hasta el agua, eran demasiado finas para sostener su cuerpo si pretendía usarlas como sogas. Los tábanos los seguían azuzando.
Creyó ver una posible salida del río a través del cruce a la otra costa poblada de juncos. Sin embargo, la correntada que se observaba en el centro podría ser más fuerte de lo que aparentaba, y arrastrarlo aguas abajo hacia el caudaloso Paraná de las Palmas. Resolvió dejarlo como última solución. Además, si su capacidad para nadar también había mermado, era probable que abandonase la travesía a los pocos metros.
Le pareció escuchar algún ruido en el agua y recordó cuando cincuenta años antes, sus amigos, a los gritos de “¡Pirañas!¡pirañas!”, mezclados con risas, entraban y salían del agua a toda carrera. Nunca había vuelto a pensar en esos peces carnívoros, pero ahora el recuerdo lo inquietaba. ¿Y la leyenda sobre las yararás traídas por los camalotes? ¿Y el terror que le había causado el cuento de Horacio Quiroga en el que un peón era picado por esa víbora? Con su superstición de hombre de ciudad se tocó un testículo debajo del agua, pero tampoco eso lo calmó.
Comenzó a maldecir su ocurrencia de ir solo a tomar un descanso en la isla y el consejo de sus amigos que lo indujeron a hacerlo “para desconectarse”. ¿Quién lo mandaba a él, casi a los setenta y con una vida sedentaria de tantos años, a querer hacerse el pendejo y meterse en aventuras? ¿No tenía bastantes líos con las finanzas de la tienda, los aportes y la cuenta del banco? De todas maneras, nadie lo iba a llorar, más que algún amigo. Lo que le daba rabia era la forma estúpida en que se había metido en esos peligros.
A pesar de que le ardían los hombros comenzó a tener frío. En ese momento, calculó que era más de mediodía, se hubiera atrevido a pedir socorro al que pasase. Pero no se veía nada que se moviera, sólo la lenta corriente del riacho y los tábanos que iban y venían con su horrible zumbido.
Calculó que faltarían por lo menos cuatro horas para que arribase la lancha colectiva de la tarde. No sabía si iba a poder resistir tanto tiempo. El cuerpo le temblaba y tenía el rostro hirviendo. Se tapó con los índices la nariz y con los pulgares las orejas. Sumergió la cabeza. Una, dos veces. Recordó las sinusitis que se había pescado de chico en la pileta del club. Tenía sed, pero no se animaba a tomar de ese agua contaminada; en la isla la filtraban con arena para sacarle el barro. Dejaba que se le humedeciesen un poco los labios, que mantenía cerrados; con la piel ardida y entumecido; las yemas de sus dedos, arrugadas por el agua, habían perdido el tacto.
De pronto se nubló, y Pedro comenzó a rogar que no se largase una lluvia intensa. Se levantó viento. Al agitarse las ramas de los árboles, notó que provenía del sudeste: la temible sudestada que inundaba el Delta periódicamente y que había motivado la típica arquitectura de sus viviendas, elevadas sobre pilares. Se largó a tronar y volvió a ver a sus amigos adolescentes escapando del agua que atraía los rayos. Ahora llovía a cántaros y para poder respirar sin ahogarse con el agua que caía, Pedro metió la cabeza debajo del muelle. Se acordó de su madre y de las oraciones que le había enseñado. Congelado, mezclaba su llanto con la lluvia y llamaba “diosito” a Dios, con asustada ternura. En su sentimiento había retrocedido ahora mucho más: casi sus setenta años.
Los truenos cesaron y después la lluvia. Como digna tormenta de verano, no duró más de media hora. Pero el río había crecido casi un metro, y el agua tapó toda la planchada baja. Sólo emergían dos peldaños debajo de la línea del muelle. Pedro se corrió y pudo apoyar los pies en las maderas sumergidas. Desde allí, como tenía pocas fuerzas, se sentó sobre los escalones superiores de acceso al muelle y, en la misma posición, reculando, se deslizó hacia el frente de la casilla.
Estuvo un rato como abombado, temblando sin parar. Luego se incorporó y, tomándose de la baranda, subió la escalera a rastras.
Cuando llegó la lancha de la tarde, lo encontró esperándola, agarrado de la columna del muelle. Algo le comentó, quizás una mentira, al marinero que no le preguntó nada, acerca de la causa por la que había anticipado el regreso.
Un breve trayecto y reconoció, sobre el muelle de otra isla, a la pareja de remeros que por la mañana, cuando estaba él en el agua, lo saludaran, y a la que le dio vergüenza pedirle auxilio. Abrazados, los dos agitaban las manos, sonriendo a los pasajeros de la lancha colectiva. Brillaban los dientes de la muchacha con el sol del atardecer.
Después, a medida que se acercaban al puerto de Tigre, Pedro advirtió que la presencia de gente en las islas era más frecuente. Leyó la frase que había escrito en su el cuaderno de páginas cuadriculadas. Cerró el diario y se puso a contemplar los sauces nuevos, las pequeñas olas que dejaba el transporte, los juncos de la orilla.
Deslizó la mano sobre el río, sintió el olor del agua mezclada con tierra del fondo, y cerró los ojos.
Cuando lo distrajeron los ruidos de los pasajeros que se preparaban para desembarcar, Pedro Goldman, sin que nadie lo notase, arrojó al agua el cuaderno de hojas cuadriculadas.
Antonio César Libonati Bianchi nació en San Martín, provincia de Buenos Aires el 2/12/1937. En la misma ciudad ejerce la escribanía desde hace 40 años.
En 2002 comenzó a escribir con más intensidad:
Publicaciones (como César Bianchi, su seudónimo): Derecho Izquierdo (2004) y Crónica de un amor buscado (2007), ambas novelas, en Editorial Corregidor.
Los haiku del Viejo Libo (2006), Editorial El Aleph (impresión a demanda) y "Los cuentos del Viejo Libo" 2009, en Ediciones De a Uno.
Escenas de barrio (poesías) en 2003.
Premios:
2003 Accésit en Los Premios del Tren "Camilo José Cela", Madrid, España.
2005 Primer Premio en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires, Concurso "Misterio en el Museo de la Ciudad"
2006: Mención de Honor y Mención Especial en JUNÍNPAÍS con el cuento "La milonga"
Además varias Distinciones con haiku y Microcuentos.
Actualmente estudia en Casa de Letras, Bs As: Tutela de novela con Esther Cross, Seminario de Letras de Tango en la Academia Nacional del Tango y música con Javier González, Rubén Robledo, Patricia Barone y Nino Falsetti.
2° PREMIO EN CUENTO
LA AUSENCIA
de Mariano Carou, Buenos Aires
Se fue de mañana, rumbeando para el lado del pueblo. Le hizo un ademán al Rufo, dándole a entender que se quedara, que él tenía que hacer. Otros perros salieron a ladrarle de las chacras vecinas, a lo que él respondió con su habitual indiferencia. Siempre le había disgustado ese ritual, pero era el único posible frente a la agresividad animal. El sol de las nueve de la mañana ya era bastante caluroso. Algunos gallos seguían cantando, pese a lo avanzado de la hora. Pasó por lo de Vega, por lo de Blásquez y por donde había sabido estar el almacén de don Elías, muchos años antes. Ya no quedaba más que una ruina de adobe y chapa, destartalada, con un “Ramos generales” despintado en el frente. Apenas podía reconocerse en ese paisaje.
Llegó al pueblo. Buscó la comisaría, la que estaba en el centro, allá por la calle Gandini. Dijo que venía por una denuncia. Un suboficial lo escuchó, sin entender en absoluto qué se proponía. Le dijo que el comisario no lo iba a atender, y que era mejor que se fuera. “Si el comisario no me atiende, ¿quién me va’tender?” “Vaya a los Tribunales”, fue la respuesta. “Y no vuelva por acá.”
Allí se encaminó. Tomó por Arias hasta la plaza, y dobló a la izquierda, reconociendo ese mamotreto moderno que servía de sede de la Justicia, frente a la Municipalidad y a la iglesia de San Ignacio. Al ver la iglesia, se santiguó, como saludándola desde lejos, y entró a los Tribunales. En la mesa de entradas lo atendió una señora de unos cuarenta años, con el pelo recogido, que lo miró absorta detrás de los anteojos cuando el hombre le expuso su causa. Con inocua amabilidad ella le respondió que “lo que pasa es que usted debería radicar una denuncia en la seccional, y recién después, de acuerdo al rumbo que tome, su abogado debería ocuparse. O si no, presentar un recurso de hábeas corpus y si dentro de las 48 hs...”
La mujer seguía hablando, pero él no entendía nada de lo que ella decía. Hizo un esfuerzo por concentrarse, mientras se abanicaba con el chambergo. Cuando la mujer terminó de hablar, le preguntó “¿Me entendió?”
-No.
La mujer se puso a recoger unos papeles y a decirle que bueno, que ella estaba ocupada, sí señorita qué desea, ah sí, cómo no, un segundo. Él miraba la escena y se aflojó un poco el pañuelo del cuello. Ya era casi el mediodía. Se sentó en uno de los sillones de cuerina negra que estaban cerca de los ventanales. No sabía muy bien qué hacer, pero no se iba a volver al rancho sin que alguien lo escuchara. Del otro lado de la plaza estaba la Municipalidad. A lo mejor, allí...
Allí se repitió la misma comedia, pero en forma más agresiva. Un empleado de unos treinta años lo trató en forma despectiva, a lo cual él respondió con la misma dignidad y la misma calma con la que se había comportado durante toda la mañana.
-Mire, joven, yo ando buscando a m’hija. Y alguien me va’tener que decir dónde está. Me tienen de aquí pa’allá como bola sin manija, pero nadies me dice dónde está l’Alicia. Ella trabajaba en la escuela que está por el lao del barrio La Morocha. Y hace una semana que no aparece. Me han dicho que se la llevaron en un auto, a la rastra. Yo no sé qué pensar.
Por una de esas causalidades fortuitas que suelen ocurrir acertó a pasar por allí el intendente de facto, Coronel M. “¿Qué se le anda ofreciendo, abuelo?” dijo el Coronel M. con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. El empleado puso mucha prisa y mucho empeño en explicar al señor intendente los motivos del visitante, informándole al señor intendente que él en realidad le había dicho que no podía ayudarlo, y dejando en claro al señor intendente que el hombre en cuestión no entraba en razones. Al Coronel M. se le fue borrando progresivamente la sonrisa de la cara. Con lo que le quedaba de mueca le dijo al anciano “a lo mejor la chica se fue con un novio, abuelo. ¿Averiguó bien?”
-M’hija no tiene novio. Y además me han dicho que vieron que se la llevaban a la rastra, por los pelos, como una yegua sin riendas que se la agarra‘e las crenchas. Y eso no se hace con un cristiano.
-A lo mejor su hija andaba en algo raro... ¿usted sabe algo de eso? Algo habrá hecho. Yo me habría preocupado antes -dijo el coronel M., jugando con su gorra.
-Usté no me va a decir cómo tengo que educar a mi hija. Mi finada esposa y yo la hicimos una muchacha decente, y ahora quiero que me la devuelvan -dijo el anciano con serenidad.
El coronel M. bajó la mirada, se puso la gorra, y sin decir nada se dirigió a la salida. El hombre no dejaba de mirarlo, mientras el empleado comenzaba a atender otras cosas. El anciano miró cada rincón de ese vestíbulo en el que se había desarrollado la escena, y salió. Se dirigió a la iglesia, contigua a la Municipalidad. El templo estaba casi vacío. “¡Qué fea que quedó esta iglesia! ¿Qué hicieron? ¡Con lo linda que era antes!”, pensó para sus adentros. Sólo había tres mujeres rezando el Rosario con voz aflautada. Acercándose a ellas reconoció a la viuda de don Funes. Siguió caminando hacia el altar, donde un hombre estaba cambiando las flores.
-Quiero ver al padrecito.
En ese momento un sacerdote de mediana edad apareció por la puerta de la sacristía.
-Ah, padrecito, a usté lo quería ver.
El sacerdote, algo desconcertado, se acercó inclinando la cabeza con mirada bonachona. El anciano le dijo qué lo había traído al pueblo, y la cara del cura fue ganando un rictus severo.
-Mire, yo no lo puedo ayudar, pero sé que su caso no es el único. ¿Ve esas tres señoras que están rezando el rosario? A una de ellas, la de azul, sé que le pasó lo mismo que a usted. ¿Por qué no se acerca y le pregunta? A lo mejor ella sí lo puede ayudar. Yo, lo siento, pero...
Se encogió de hombros, hizo un gesto de resignación con las palmas de las manos abiertas y se alejó. Las tres mujeres ya habían terminado el Rosario y se disponían a irse. El anciano se dirigió a la viuda de Funes y, después de saludarla, le explicó qué lo traía por el pueblo. Le dijo también lo que le había dicho el sacerdote. La señora de azul le dijo que ya había varios casos en Junín, y que ahí nadie las daba una respuesta. Que ella sabía que en La Plata y en Buenos Aires había gente que se estaba moviendo para averiguar y qué les dijeran qué era lo que había pasado. Que ellas al día siguiente se iban a Buenos Aires en el tren, temprano, que si él quería ir también. Él asintió. Después volvió a su casa. Una camioneta lo recogió mientras caminaba por Julio A. Roca. Cuando llegó al rancho, el Rufo salió a recibirlo, meneando la cola. Se tomó unos mates y se quedó todo el resto de la tarde sentado en la galería, mirando el horizonte. La jubilación ya se le había acabado, pero aún le quedaban unos pesos de lo que le había pasado la Alicia de su sueldo. Con eso podría arreglarse por un par de días.
Al día siguiente, muy temprano, un grupo de cuatro padres tomó el tren local que al cabo de cinco horas los dejó en la Estación Retiro del Ferrocarril San Martín. De una manera algo más sofisticada, las mismas excusas de la víspera se repitieron en la Capital. Promesas, direcciones, que nadie sabe nada, que hay un grupo de madres que se están organizando, que cuidado con quién hablan, que vuélvanse a Junín, que estamos en contacto, en fin: lo suficiente como para conformarlos por un tiempo, con esa exhausta tranquilidad que intenta vencer el miedo y el espanto, y con la creciente sensación de estar dando una batalla perdida, pero con dignidad.
Volvió al rancho. Día tras día se sentaba en la galería con la pava y el mate, el Rufo echado a sus pies, esperando que en cualquier momento apareciera la Alicia. Pasaron un par de meses. Un Viernes Santo, a eso de las tres de la tarde, supo que algo había pasado, algo funesto, algo que resonó muy dentro. Desde ese momento dejó de salir a la galería. Dos semanas después, un jueves a la hora de la siesta, oyó que alguien golpeaba con las manos. Se asomó por la ventana y vio a la hija de don Funes, que había sido compañera de la Alicia, con el marido, esperando del otro lado de la alambrada. Los hizo pasar. La chica le dijo que le habían dicho que alguien había escuchado que a la Alicia se la habían llevado y la habían torturado y que alguien la había reconocido cuando la cargaron con otros cadáveres, con rumbo desconocido. Que imaginesé que a lo mejor no es cierto, pero esta persona dice que la conocía a la Alicia, y que no quiere decir quién es porque tiene miedo, pero que ella quería avisarle porque esta persona le pidió que lo hiciera, para que no la espere más.
El anciano no dijo nada. Inclinó la cabeza y despidió a la pareja, que subió rápidamente a su Citroën y desapareció. Después de un rato le dijo al Rufo que él se iba, que si lo quería acompañar. El perro lo miraba, sacando la lengua con agitación. Fue a buscar el saco y el chambergo, cerró la puerta del rancho y salió de su propiedad. El perro se le puso a la par.
-¿Sabés qué pasa, Rufo? Ya no tengo más na’que hacer acá, ¡qué joder!
Mientras cerraba la puerta del rancho, el viejo lloraba un llanto pesado y amarillo de ausencia y lejanía. Unos tordos negros salieron volando. El hombre los vio, mientras se alejaban. Después agarró la ruta para el lado de Baigorrita.
No se lo vio más por el pago. Dos años después, a pocos kilómetros de Venado Tuerto, lo atropelló un camión mientras cruzaba la ruta. El conductor del camión no paró. Solamente el Rufo permaneció a su lado hasta el final, lamiéndole las heridas.
3° PREMIO EN CUENTO
LA CUESTIÓN DE LA MUERTE DEL REY
de Gaston Mauricio Potrebica, 9 de Julio, Bs. As.
Otoño de 1986. Al descender del ferrocarril “Los Andes” un individuo particular me esperaba al filo del andén. Vestía traje azul y portaba gafas cetrinas. De rasgos afilados, su postura se sostenía por un bastón silencioso, purpúreo, de madera pulida, que le impedía derrumbarse a la parte izquierda de su cuerpo.
Me condujo hasta un antiguo automóvil. Durante un extenso trayecto sobre adoquines comentó con detalles el urgente apremio, explicando el motivo que brevemente había explayado en la carta de mi contratación. Describió la desaparición de un tal doctor K.; anunció que mi nombre figuraba inscripto en una nota del hipotético secuestrador y que éste exigía suma reserva. El señor F. declaró conocer mi trayectoria y que por alguna razón obtendría ahora la oportunidad de verme proceder. Añadió luego que yo le parecía un hombre intuitivo, sagaz. Señaló algunas cosas más: Usted posee esa inteligencia que tiene más afinidad con la pureza de la imaginación. Debe saber que cuestiones de ingenio han sido resueltas por personas que en innumerables veces rayaban la imbecilidad. Usted no cree en la pedantería intelectual. Al final de su eximio monólogo se quitó sus gafas y se conservó en silencio.
Arribamos al fin a una mansión distinguida. Se elevaba majestuosa tras una verja de rombos de hierro algo herrumbrada. Avanzamos hasta avistar un enorme jardín que ocultaba la parte inferior de la construcción; la techumbre con sus torres empinadas sobresalían majestuosas. F. declaró ser amigo de la familia K. Me informó que se ausentaría varios días y que yo quedaba en manos de la hija del doctor, la señorita Laura. La vería de inmediato para comenzar el trabajo, previendo como segura mi aceptación. Me dejó en el vestíbulo tras llamar a la puerta.
En la casa me recibió una bella mujer. Impresionable, dulce en el trato. Con fina cortesía y maneras cautas me ofreció sus servicios. Me asombré al hallarme frente a innumerables tableros de ajedrez sobre la superficie de un mueble extraño, parecía ser una especie de escultura de Venus que a la vez era una extensa mesita de té.
-Gracias por venir –exclamó-. El señor F. ha sido muy amable al conducirlo hasta aquí. Siéntese por favor.
Al aproximarse el mediodía, una pequeña ventisca agitaba las cortinas rojas de la sala. Tuvimos una sustanciosa plática, muy informativa aunque escueta. El laconismo de la hija del doctor sorprendía por su justeza. Me explicó el supuesto rapto de su padre y me enseñó enseguida el sobre dirigido a mi persona. Éste aludía a que los caminos esperados de la búsqueda concluirían en las cosas del doctor y que no me extendiese mucho más de esto.
Luego de una exhaustiva indagación en la casa, hallé algo sospechoso. Nos encontrábamos bebiendo una taza de té en la biblioteca cuando observé un par de volúmenes sobresalidos en uno de los anaqueles. Extraña ubicación pues los demás libros se hallaban prolijamente ordenados. Aquellos formaban una distorsión muy peculiar. Irrisoria.
-La biblioteca ¿es muy transitada? -pregunté interesado.
-No más que por mi padre y por mí ocasionalmente. ¡Ah! Su pasión por los libros es extraordinaria. El día entero lee o juega al ajedrez - me ofreció enseguida que fumase. Tras negarme le señalé la extraña posición de aquellos libros. Llamó de inmediato al mayordomo. Tras estudiar a continuación el hecho no acotó nada válido.
Al mover uno de aquellos volúmenes un pequeño papel se deslizó hasta el piso. Pude leer lo siguiente:
SHAH MAT…NEL MEZZO DEL CAMMIN DI NOSTRA VITA
Por lo menos la segunda sentencia estaba escrita en italiano. La otra se me hacía asaz desconocida. Sin embargo, la hija de K. ofreció de inmediato la solución. Indicó que era una frase persa y que se traducía como jaque mate.
-Sí, shah mat…Mi padre la usaba mucho. El ajedrez es una de sus aficiones exclusivas. Casi una obsesión.
Investigué los días siguientes sobre el significado de la expresión jaque mate hasta que obtuve su completa significación: Muerte al Rey. Le manifesté a la señorita Laura que me dedicaría a indagar sobre esto ya que lo único de utilidad que poseía por ahora eran estas extrañas frases y le recordé que quien estaba detrás de todo esto aseguraba que la solución estaba entre las cosas de su padre.
-Podemos suponer -argüí luego- que quiera pasar por ingenioso. Si desea dinero, no parece la manera más sencilla; y si sólo su objetivo es bromear a costa de nuestras voluntades, algo tan complicado no sería lo exacto. Pero nunca hay que dar por seguro nada. A veces es indicado partir de lo absurdo… -la hija del doctor me observaba absorta. Le pedí que se tranquilizase. Luego de sentarse en una banquetilla señaló que su mayordomo era italiano.
A MITAD DEL CAMINO DE NUESTRA VIDA…
Tradujo la segunda oración. Yo no sabía, en un principio, por qué razón se me hacía harto familiar.
Las horas se convocaban gravitando en mi bolsillo. El aroma a jazmín y una suave brisa entorpecían mis pensamientos con una deliciosa sensación de amodorramiento. La hija de K. se había convertido en una distracción aún más sutil y peligrosa. Para la mente del que medita problemas abstractos, las imágenes bellas distraen la imaginación. La corrompen. Sin embargo se reveló de esta manera lo siguiente:
-“A mitad del camino…”-repetía con una copa en su mano-. ¡Ah, cómo extraño a mi padre! Estoy en el círculo del infierno…-tras oír esto, desde el piélago de mi memoria surgió una revelación intelectual: Dante.
-Ah ¡claro! -exclamé animado-—“a mitad del camino de nuestra vida”…Es así como se inicia el canto primero de la Divina Comedia. Sus lamentos me recordaron el libro… ¿Su padre tiene algún ejemplar en la biblioteca? —indicó que podíamos consultar el index que había en el escritorio del ampuloso doctor.
El despacho de K. estaba ataviado de objetos antiguos; un tablero de ajedrez de madera; varios lienzos y más libros. El nombre del volumen figuraba en el listado de las obras. Nos dirigimos de inmediato a la biblioteca. Fue necesario revisar al azar por todas las libreras. Me arrojé sobre un sillón y me conservé allí un instante meditando. De repente se manifestó cierta desatención que tuve, pues había olvidado aquellos libros de entre los cuales había hallado el papel que tenía las sentencias inscriptas. Recordé que los había depositado sobre una pequeña mesa de mármol. Así era. En su tapa el libro no tenía inscripciones aunque al abrirlo el nombre de Dante Alighieri resaltaba en letra gótica. En su primera página, debajo del canto primero, en español, había un párrafo que decía:
EL QUERIDO DOCTOR SOPORTARÁ LAS PENURIAS QUE VUESTRO RETRASO SIGNIFIQUE. ¡APURAOS! HE AQUÍ LA REVELACIÓN: SI EXTENDÉIS EL OBJETO CORRECTO SE ENGENDRARÁN DOS FLORES PERFECTAS E IDÉNTICAS Y EN UNO DE SUS PÉTALOS HALLARÉIS LA REDENCIÓN.
Me hallaba perplejo. Me dejé impresionar un momento por aquel nuevo misterio. Miraba una y otra vez el párrafo. Pero el extremo agotamiento socavaba mi voluntad. La señorita Laura insistió varias veces en que durmiese en una de las habitaciones de la planta alta. Subimos y me fui a descansar. Aunque más tarde esa misma noche me despertó un susurro. Descendí por las escaleras y en la cocina la hallé bebiendo leche tibia. Me senté a su lado en silencio. Se arrimó junto a mí. Me agradeció por algo que no recuerdo ahora. Y dijo otras cosas…Me insinuó el canal áureo entre sus senos. La besé con ardor, con vehemencia… El lecho dilatado de su habitación nos concibió ajenos.
A la mañana siguiente, tras el cristal empañado de la ventana, una tempestad rojiza y azulada se alejaba hacia el alba. Abrí del todo las celosías y el aroma a jazmín me envolvió dulcemente. Pensaba con insistencia: « Si extendéis el objeto…dos flores…»; la extensión tendría que ver con desarrollar algo; el objeto podría ser cualquier cosa. Mientras cavilaba, en el exterior de la casa la rama de un árbol de cedrón del jardín golpeaba con intermitencia el techo de chapa de un viejo cobertizo. Me sentía huraño en la mansión. Pensaba en el mayordomo. En el señor F. Por un instante me dispersé observando el mobiliario: había un enorme modular lleno de copas de cristal y botellas de diferentes tamaños. Una mesa de roble con sillas y almohadones color salmón. Pinturas de Rembrant y un cristo amarillo de algún autor que desconocía. Una enorme cruz de madera pendía sobre el dintel de la puerta. Me quedé observándola un instante. Era magnífica como todo lo que la casa albergaba… Pensé que debía circunscribir la búsqueda de ese objeto extensible al mundo de la abstracción, pues me parecía evidente que el secuestrador de K. se movilizaba entre libros y cosas del mundo intelectual. No se por qué pensé en figuras geométricas, aquella cruz había despertado en mí cierto recuerdo pues me vino a la mente la idea del cubo compuesto por seis caras. Me recordé en la escuela primaria construyendo esa figura tridimensional en cartón; formando el esperado cubo desde una superficie recortada en forma de cruz y plegada. Tal vez esto tendría que ver con las figuras del mensaje increíble que hallé en aquel libro. Concluí que habría que encontrar la figura geométrica que, como en la experiencia del cubo, al extenderla en sus caras, formaría flores o algo parecido. Era una posibilidad. Por lo menos la única asequible hasta el momento…Excitado por esta nueva intelección corrí al encuentro de Laura -creo que ya tengo el derecho de llamarla así-. Enseguida le narré todo y le propuse buscar algún tratado de geometría. Nos dirigimos hacia la biblioteca. Me acercó varios libros y adujo que su padre los consultaba con asiduidad. Me encontré con algo impresionante. El capítulo del libro de geometría elemental sobre “Desarrollo y Área de los cuerpos geométricos” me condujo hasta la figura buscada: “la extensión del dodecaedro regular da dos superficies poligonales estrelladas; cada una de las cuales cuenta de seis pentágonos iguales dispuestos a manera de…flor”. ¡Las dos flores! En el extremo inferior izquierdo del libro, del cual antes no me había percatado, mi nombre se distinguía en una letra rojiza.
Las cosas se tornaban confusas. La alegría intelectual que obtuve por haber hallado la solución se ennegreció por la repentina idea que luego se manifestó como el estallido de una ola en un acantilado: esto no llevaba ahora a ningún sitio. Todo se demostraba inverosímil. Imaginé una especie de broma sutil y peligrosa. Maquiavélica.
-Aún nos falta saber algo -apuntó Laura y observé que me enseñaba un papel-, esto que dice aquí: Muerte al Rey -estaba en lo cierto. El arduo trabajo que destiné a meditar sobre las demás cuestiones me había apartado de esa frase en tinieblas. La observé un momento y tras una pausa de ternura, de imprevisto Laura recordó algo.
-Pero qué torpe he sido -dijo afligida- ahora recuerdo algo. Mi padre siempre decía que el jaque mate lo hacía cavilar sobre el martirio de Cristo. Sostenía que la cruz y las siglas Rey de los judíos, significaba que los sacerdotes, neciamente burlones e ignorantes, en verdad le habían dado… ¡muerte al Rey!
-¿El doctor K. es un hombre de religión?
-Sí, es más, él diseñó y construyó la capilla del pueblo -respondió encantada.
-Tal vez allí hallemos algunas respuestas. ¡Vamos!
El camino a la capilla es un pasaje recto entre los holgados recintos del pueblo. Aquel se extendía en una planicie verdosa. Decidimos marchar a pie bajo una inminente tormenta que amenazaba la bonanza del atardecer.
Vislumbré el templo levantarse por sobre una pequeña explanada. Era un edificio realmente extraño, muy singular, como salido de una realidad fantaseada. Jamás, en mis años de viajero había visto semejante extrañeza arquitectónica. Ingresamos en la pequeña capilla. Era un ambiente con demasiados muros. Me pareció que tenía en su totalidad la forma de un círculo. Todo estaba cubierto con cuadros de santos, cristales de colores y efigies de vírgenes. Una enorme cruz colgaba sobre el púlpito. Se acercó un monje con túnica negra y un rosario monumental en su pecho.
-Padre. Él es el señor M. -me observaba con un gentil gesto. Un pequeño temblor le resplandecía el rostro.
-Padre -le interrogué- ¿algo ha sucedido fuera de lo normal? No lo sé. Algún forastero.
-No lo creo. Aquí no ocurren más que circunstancias ordinarias. Lo extraordinario es la presencia de Dios en esta casa. Sólo el señor F. que ha estado reparando uno de los muros de la iglesia. Ayer. No más que ese imprevisto.
-¿F? -exclamé estupefacto. Laura asintió. De repente todo pareció acomodarse en mi mente como las piezas de un rompecabezas… Observé el interior de la capilla. Sus muros. El cielorraso. Todo en su extraño conjunto formaba una especie de figura geométrica. Inverosímil pero cierto al fin. Recordé que las doce figuras que forman el dodecaedro son pentagonales. Por inadmisible que parezca, aquella capilla formaba un medio dodecaedro algo distorsionado, pero bastante exacto. Las paredes que al principio me parecían curvas eran en realidad poligonales. Exactamente contaba cinco. Seis junto con el techado. Recordé que la inscripción del volumen de la Divina Comedia anunciaba que hallaría a K. en uno de los pétalos de la flor, o sea en uno de los… muros pentágonos.
Si comprendía bien lo que aquello quería decir significaba sólo una cosa: Que K. estaba muerto. Sepultado en uno de los recintos de la capilla. El rey está muerto, claro, pensé…Tomé del brazo a Laura y le expliqué lo que suponía. Aunque me parecía que todo era demasiado simple. Como un juego. Nos dirigimos de inmediato hacia la casa. Iba pensando que todo era muy desatinado o tal vez una especie de error forzado y que K. estaba en otro sitio.
Tras cruzar la verja de la mansión, a dos metros del zaguán las luces de los faros de un automóvil estaban encendidas. Me acerqué con sigilo, agazapado; ya que nunca porto arma alguna siempre debo tener el mayor recaudo. Laura se mantenía a mi lado. Desde una de las ventanas se oía una risa estrepitosa de hombre. Pero luego…
-Lo siento -profirió Laura sollozando y se escabulló de mi lado hacia el jardín hasta que la perdí de vista. La risa se oía fuerte ahora, provenía del escritorio del doctor. Me acerqué a pasos menudos hasta la puerta que estaba semiabierta. Reparé que F. fumaba sentado. Vestido elegantemente con un saco marrón y una corbata a cuadros.
-Pase usted. Tranquilícese. Tome asiento -e indicó una butaca a mi izquierda-. Pase usted M. que no le voy a hacer daño como tampoco me lo he hecho a mí mismo. Lo felicito por su ingenio aunque podría haberle tomado menos tiempo. Igualmente tiene usted mis mayores elogios. Mi hija ha contribuido con el elemento religioso. Las variables humanas son importantes. ¿No lo cree así? Lo de la risa ha sido un decoro escénico. Teatral.
-Pero ¿de qué diablos habla usted? -perplejo me acerqué un poco tentado de arrojarme contra él.
-La descripción de los periódicos sobre usted no es justa -tenía una pieza de ajedrez en su mano y la movía entre los dedos-…Otra cosa. Óigame ahora… ¿Mi hermosa hija lo quiere?
Alegó luego que el valor y la inteligencia de un hombre se prueban en la guerra. En los hechos. Si quería verificar el poder de mi imaginación y considerarme digno de batallar en una disputa de ajedrez, la prueba de mis atributos era inevitable. Fingir un secuestro era cosa trivial para el locuaz doctor y su ingenio en los simulacros muy sutil.
-Mire M. -dijo ahora K. avezado y con pomposidad- de alguna manera al final estamos a mano. Yo le probé que es un hombre de valía y usted me ha robado algo más preciado aún. Más que el reconocimiento y el poder.
-¿Qué cosa? -lo interrogué sin miramientos.
-A Laura.
Derroté la astucia de K. en varias ocasiones. Debo reconocer que a pesar de que en el doctor hay algo de odioso y malévolo, el hecho de que tenga en alta estima a los libros y una hija encantadora, ha sido grato para mi melancólica existencia. Al fin y al cabo el ajedrez es solo un juego y el rey una simple pieza.
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