sábado, 7 de abril de 2012

Andy ( murmullos descuidados )

Y los vuelvo a torturar con mis letras:

(****)

Cuando cayeron en la cuenta, ya era casi de noche.

Se tomaron otro café, y afuera lloviznaba. Él notaba que ella estaba rumiando algo. Aunque supo lo que se cocía en su cabeza, se hizo el distraído. Era un especialista en eso. Anduvieron por Atocha, la estación, y ella obedeció a un impulso cruel pero puramente de conservación. Pasaron por la estación y preguntó:

- ¿Tienes billete de vuelta?
- No. No sabía a qué hora volvería.
- Ven.

Y lo tomó de la mano. A él le supo a gloria. Esos dedos delgados, diminutos. Esa mano suave que calzaba a la perfección dentro de la suya, que de todas maneras no era demasiado grande. La mente desatada rumbo a no se sabe dónde. Se metieron en Atención al Cliente. Estaba lleno, pletórico de gente. Tomaron un número de esas máquinas que los expenden, y esperaron. Él quería besarla, pero parecía que ella no estaba por la labor. Ella quería besarlo pero estaba extenuada del miedo. Apenas podía moverse. Cuando los llamaron después de un largo rato, ella se adelantó dejandolo con un palmo de narices. Sacó un billete para el último tren. Saldría dentro de seis horas. Pagó ella. Él quedó anonadado.

- ¿Que hacés?
- ¿“Qué hacés”? -imitó ella, mal por cierto, su acento- Nada, es un regalo de cumpleaños.
- Pero si aún falta.
- No importa. Déjame. Tengo ganas. -Él hubiera dejado que ella hiciera cualquier cosa-.
- Pero…
- Pero nada, ¿tanto orgullo de macho ibérico has adquirido en este poco tiempo?
- Me da vergüenza.
- Vergüenza es robar. Yo te hice un regalo. ¿Es que nunca te hacen un regalo?
- No.
- Bueno, estamos debutando.

Él observó silente su boca que sonreía, enmarcada en ese pelo tenebroso y rebelde. Supo que podía amar a esa mujer por mucho tiempo. Pero… algo sobrevolaba en su ánimo. Una especie de zeppelin oscuro y venenoso. Decidió ignorarlo. Con el tiempo, aprendería a ignorar como un especialista este tipo de sentimientos, sensaciones e ideas. Idea entra, idea sale. Cero proceso. Un mecanismo peristáltico. Lo malo sería automáticamente eliminado. Descartado.

Pero aún faltaba mucho para eso.

- ¿Qué hacemos ahora? –se atrevió a preguntar él.
- Tomemos una cerveza y veamos lo que pasa.

Él sonrió, porque eso le recordaba una canción de Arjona. Pero le parecía que había que cambiar cerveza por tequila. Daba igual. Al acabar la cerveza pidieron otra. Al fin lo dejó pagar a él.

Él se puso a recordar a gags de Les Luthiers. Cuando llegó a Yogurtus Unghe, ella se reía tanto que no podía parar. Eva se levantó de repente y dijo…

- Me estoy meando.
- Oh. ¿Y por qué no vas al baño?
- Porque mi casá está a 40 metros. ¿Vamos?

Por supuesto que él asintió. Era un séptimo piso. Lo perseguían los séptimos.
Cuando entraron, Ernesto sintió una desolación única. Eso era una casa, pero no un hogar. Un televisor enorme. Un equipo de música extraordinario. Un sofá bonito, blanco, inmaculado. Dos gatos gordos, castrados, que daban vueltas por ahí y que le daban la bienvenida a Eva. Ella los alzó alternativamente, y les besó las trufas. Le ofreció un té. Él –que odiaba el té- dijo que de acuerdo. Dejó su bolsa castigada por los kilómetros en un sillón y se sentó, callado. Ella tampoco hablaba. Lió un porro. Le ofreció. Él declinó la invitación.

De repente tal vez envalentonada por las cervezas, y el peta, ella dijo:

- No estuvo mal lo de los besos, ¿no?
- Para nada.
- ¿Repetirías?
- Por supuesto.
- Bueno, superemos este momento, a ver qué pasa.

Y ella, ella… ella lo besó a él. Fue como volver a empezar. Como besar de nuevo a alguien por primera vez. Estaban en un nuevo ambiente, un entorno diferente, más acogedor. Se abrazaron fuerte. Ella le lamía los labios y sonreía de un modo leonino. Como una leona satisfecha. Pese al adrenalínico momento, la autoestima de Ernesto no estaba en su mejor momento. Le dolía su sobrepeso y no le dejaba disfrutar del todo el momento. A ella no parecía importarle. De todos modos él se sentía díscolo. Se resistía a su realidad inmutable por ahora.

Tenía que hacer algo. Entonces acudió a sus aliadas eternas, a aquellas que nunca le fallaban. A su Viagra emocional.

Le echó encima a Eva una avalancha de palabras.

Se acercó a su oído, mientras ella lo apretaba fuerte, muy fuerte. Y comenzó a hablar sin rumbo. E hizo la primera pregunta:

- Decime ¿qué sería de nosotros sin nosotros...?

Ella no entendió nada. Y él empezó a escribir. Literalmente a escribirle un relato en el oído. Perdió el control de si mismo, y las perras negras (como las llamaba Cortázar) hicieron su trabajo

- Uno que no entiende las voces del mar no es uno más.... es alguien que busca, en los pliegues de una piel celosa y gris, un minuto de calma. –ella se despegó por un instante de él, y lo miró… él tenía los ojos cerrados.- Porque aún no puedo olvidar, me esfuerzo en recordar lo poco que me queda. Porque si olvidase perdería el rumbo. Si no siguiese buscando escondería a mis ojos la sonrisa. Quien perdiese el rumbo del Haz olvida el rostro de su padre. Quien llorase por aquello que no merecía tener (ni perder) será castigado con más deterioro y olvido.
- ¿Qué dices, cielo?
- Shhh. Déjame seguir. Y citó a Dolina: “Dicen los que saben que en Flores hay una fuente de la vejez”.
- ¿Qué es Flores?
- Un barrio de Buenos Aires. En Flores, casi donde se acaba la ciudad. –bueno, aún le restan a la ciudad Floresta y Liniers antes de entrar en Ciudadela- Una fuente de la que nadie puede evitar beber porque tarde o temprano habrá sed. Y los que beben (o sea todos) están condenados a envejecer, arrugarse, achicarse y morir algún día. Por eso miro la luna una vez más. Y compro la noche con monedas ajenas y gastadas. Ella no quiere más.
- Cariño…
- Aquellos quienes crean que traducir es traicionar comprenderán el dolor de no saber las palabras exactas para decir el deseo. Porque desear es fácil, pero si uno no sabe expresar ese deseo, alto y claro, muy probablemente sucumba ante él sin poder saciarlo. Caprichos de ser occidental, el deseo solo existe en tanto su saciedad, no en tanto su supresión.
- Claro… los orientales escapan al deseo, nosotros somos hedonistas.
- Dejémosle eso a quien usan el ying y el yang, como voces en la niebla. Si quiero esconderme de vos, seré castigado. Si me muestro a vos, seré castigado. Si me quedo quieto, seré castigado.

Se hizo un silencio intenso y sólido como un lingote de plomo. Y ella lo tomó de la mano y lo llevó a la habitación que estaba oscura y fría.

Se tumbaron en la cama. Primero mirando el techo. Ella se le echó encima, muy a su estilo. Él quedó sorprendido. Estaba tan acostumbrado al dominio, a la masculinidad vacía, a la tierna gimnasia, que el hecho de que ella tomase la iniciativa de un modo tan peculiar lo desconcertaba.

Pero lo besaba tan bien…

Hacía milenios, no recordaba cuánto que no sentía que lo besaban con ganas, con algo que va más allá del deseo puro y duro.

Y hablando de durezas. Había una que parecía no haber sido invitada. Él empezó a pensar qué estaba pasando. Cuando se besaban en el parque estaba empalmado como un quinceañero –él pensó dieciseisañero, pero la verdad no sabía si existía esa palabra- Y lo mismo en el sofá. Pero ahora, a la hora de la verdad, estaba extrañamente desangelado.
Pero él sabía que era un mensaje.

Entonces comenzó a desnudarla con una fluidez envidiable –ni siquiera tuvo inconvenientes con el sujetador, joder, corpiño, ya pensaba en castellano- se puso de rodillas en la cama, a su lado… la vio desvestida, radiante, luminosa, extendida a lo largo del tálamo. Y comenzó a besarle el cuerpo con un ardor pacífico deslumbrante. Muy delicadamente, con la palma de su lengua, ajustándose a sus contornos, siguiendo la línea de sus curvas. Era Ernesto que aspiraba a besar sus redondeces. Sí... esas maravillosas formas que la naturaleza creó para el disfrute de los seres humanos. Esas turgencias que se relacionan directamente con la proporcion áurea de Leonardo y Luca Paccioli.

Redondeces.

Redondeces que esconden vidas. Que tienen un interior pletórico de pequeños latidos, y que significan mucho más que la incipiente forma que hoy definen.

Redondeces como las curvas de su cuerpo. Las formas maquiavélicas que le enseñaban que el fin justifica los medios. Los medios de sus redondeces. La mitad de su deseo se escondía en la bisectriz de su piel.

Le hizo una jaula de saliva en el vientre. Y ella se dejaba hacer. Un barrote desde su monte de Venus hasta la base de sus pechos. Y otro barrote. Y otro. Y en la noche tenue y peligrosa, esos barrotes brillaban con un fulgor argentino.

No podía parar de hacerlo. De mojarla con su fluido gris y sustancioso. Con su barba de tres días, un molusco hirsuto recorriéndola de norte a sur.

La belleza mística de una leve pulsión desmedida. La pertinaz angustia de pensar que el instante de la pasión se acabará de un momento a otro.

Entonces él lo prolongaba, y ella se dejaba hacer. Estaba una de sus piernas apoyada sobre el sexo de él. Y percibía esa inmovilidad. Y a ella le resultaba extraño. Siempre que estaban con ella, conseguía volver a los hombres locos de deseo, conseguía que quisieran penetrarla cuanto antes, con urgencia. Y sin embargo él mantenía el control. Y eso a ella, de un modo misterioso, la fascinaba.

Pero él también, no te creas. Él sentía ahora que tenía una misión. Hacerla sentir deseada más que nunca. De un modo salvaje y sosegado, apacible y brutal.
Sus redondeces. Desvaríos. Irrigaban a su sueño milagroso los adjetivos de esta nueva belleza. Redondeces que crecen y si no le importaba a él, ni le importaba a ella, a nadie más le incumbiría.

Formas curvas que llevan el deseo al punto álgido. Arcos derivados que ponían su cuerpo parcialmente en cénit. Eses que formaban sus piernas (las de ella) cuando vencen a la almohada, pero se dejan vencer por su insistencia (la de él).

Ondulaciones sagaces que seducen y atraen indefectiblemente. Ondas en la geografía de su cuerpo infinito, al que solo quería besar para encontrar un tatuaje de estrellas. No rosas. No soles.

Recodos múltiples en la orografía, circunvoluciones en el plano de su desolación infinita. Rizos perpetuos que lo alejaban de la cordura. Vueltas que lo llevaban a un lugar más allá de la prudencia.

La hélice de luces de su boca (la de ella) que lo invitaba a dejar la cautela a un lado y pensar que no es tan rápido este ocaso... que simplemente es el producto de una larga (dulce) espera.

Meandros de un Estige que quería navegar sin remos, empujado solo por las ganas de amar que lo desbordaba. Festones delicados, como el zigzag de sus rodillas. Recovecos misteriosos como el hueco de sus codos, y la elipse de sus axilas. Vuelcos peligrosos como el de sus vértebras asomándose a su piel en el rato en que él le masajeó el cuello.
Parábolas contagiosas como sus nalgas (las de ella) obtusas y tachonadas de sus besos (los de él). Rodeos a la astucia como sus pechos enhiestos y prudentes, que por algo se llaman senos.

Redondeces. Curvas, ondulaciones. Meandros. Recovecos. Recodos.

Sólo hubo una recta en su realidad (la de ellos). Y maldita sea, es la distancia que los separaría horas más tarde.

********

Cuando Eva se puso la ropa, luego de verlo dormir, de escuchar el ritmo de su respiración, de escapar a la tenue ternura que sucede al orgasmo, tomó una decisión.

Se tumbó a su lado. Lo abrazó. Estar con él era peligroso. Olía diferente. Olía a felicidad. Olía a emoción.

Entonces tomó una decisión.

Cuando lo acompañó los pocos metros que los separaban de la estación de Atocha, y luego de besarlo larga, dulcemente le dijo, con la máxima suavidad que pudo:

- Sabes que esto no se repetirá, ¿no?
- Lo sé –dijo él, sin pensar, le habría dicho que sí incluso si ella le pidiese que se zambullera de cabeza al Infierno-. Adiós.
- Adiós, cariño.

Todo lo que se ha contado de esas horas es lo que pudo haberse contado. El resto de los besos, los abrazos, los gemidos, las palabras dichas perezosamente, la noche insidiosa; y el tiempo que no hacía más que correr, queda entre las cuatro paredes de ese cuarto, y en la imaginación del amigo lector.
Cuando el tren se fue, ella lo miró partir, y se puso a llorar mansamente.

("Atocha", Capítulo 6, subcapítulo 66)

lunes, 16 de enero de 2012

El sabio

El Sabio
Un sabio, cierta tarde, llegó a la ciudad de Akbar. La gente no dio mucha importancia a su presencia, y sus enseñanzas no consiguieron interesar a la población. Incluso después de algún tiempo llegó a ser motivo de risas y burlas de los habitantes de la ciudad.

Un día, mientras paseaba por la calle principal de Akbar, un grupo de hombres y mujeres empezó a insultarlo. En vez de fingir que los ignoraba, el sabio se acercó a ellos y los bendijo.

Uno de los hombres comentó:

- "¿Es posible que, además, sea usted sordo? ¡Gritamos cosas horribles y usted nos responde con bellas palabras!".

"Cada uno de nosotros sólo puede ofrecer lo que tiene" -fue la respuesta del sabio-.

Galletitas

Cuentos

GALLETITAS.


A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.
Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.


Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.


La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.


Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.
Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.


- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.
El tren llega.
Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".
Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!

Autor: Jorge Bucay.

martes, 3 de enero de 2012

La última pelea

La última pelea [*]

Laura Chalar [**]



Después del combate en Buenos Aires, empecé a sentir que el apoyo de los hinchas había bajado. Que ya no los tenía en el bolsillo, dispuestos a jugarse hasta las medias por Helmut. Y era mucho más grave que el efecto habitual de una derrota por nocaut. Porque yo había supuesto, después de la paliza que le dio el Pichón, que se iban a poner en contra del pobre bicho. Pero nunca me imaginé que la bronca iba a ser contra mí. Yo no era más que el sparring. Y el propietario, claro. Pero que no me vengan con boludeces.

Sí, lo que más me jodió fue que empezaran con todo el tema humanitario y demás. Sobre todo la prensa. De golpe ya no era Helmut, sino "el infortunado animal" o "ese desgraciado pájaro". Mal de entrada, porque, por si no lo saben, un pterodáctilo no es un pájaro. Es un antepasado de los pájaros. Un pajarraco, en todo caso. Qué sé yo. Pero lo que me daba más bronca era eso, que empezaran ahora con todo el tema del estado de salud del bicho, su debilidad, etcétera, como si no hubieran sido ellos, los hinchas, quienes pusieron de moda la lucha de animales prehistóricos. Quienes lo convirtieron en una pasión mundial, un negocio que mueve millones, como antiguamente fuera el fútbol. Me gustaría saber quién planteó cuestionamientos éticos cuando se empezaron a crear los bichos. Sí, ¿o te pensás que los animales prehistóricos existen naturalmente en nuestro mundo? Por si no te acordabas, se extinguieron. Sí señor, se extinguieron. Cualquier nene de escuela lo sabe. Los pterodáctilos, en particular, son de la Era Mesozoica. Eso lo sé porque yo los crío. Para la lucha. A mí me gusta estar informado, porque a veces la gente pregunta, los periodistas preguntan. Bueno, cuestión que son seres que vivieron hace unos 150 millones de años. Pavadita, ¿no? Bueno, cuando los científicos empezaron a experimentar con la recreación, que así le llamaban en aquella época a fabricar animales extinguidos, ese tema de las células y los tejidos y usar los fósiles como modelo y yo qué sé qué más, bueno, todo eso que hoy es re-normal pero en su momento fue una novedad, nadie se cuestionó el aspecto ético. Nadie dijo que estuviera mal recrear triceratops y cleptodontes y brontosauros para los zoológicos, para mascotas de nenes de plata, para la lucha o para el aceite.

Al final, como todo el mundo sabe, se empezaron a usar sólo para la lucha y, en el caso particular de los pterodáctilos, para el aceite. Y dejaron de recrearse para zoológicos y mascotas. Después de lo que pasó con los chicos de aquella escuela de Minnesota, los que fueron al zoo para el paseo de fin de año. Y lo de la hija del presidente de México, pobrecita, que fue más o menos por la misma época. Porque la regla general es que los animales prehistóricos son medio bravos. Incluso los pterodáctilos. Helmut era una excepción, era bastante mansito, salvo cuando lo hacían enojar. Yo lo sé porque los crío. A Helmut no. A él lo compré. Yo en esa época todavía no criaba. Lo compré cuando era un charaboncito. Puro pico, todavía no le habían salido esos dientes largos que tienen los pterodáctilos, y el cuerno en la cabeza era apenas un chichón. Tenía las alas flacas y las patas largas, parecía un tero, salvo que claro, los teros son chiquitos, un pterodáctilo adulto puede llegar a medir hasta diez metros con las alas extendidas, y los charabones miden como dos metros. Después que empezó a entrenar fue como que se le puso más gruesa la membrana. Un pterodáctilo campeón tiene que tener las alas bien membranosas, si son muy finitas lo hacen pelota, no dura nada. Tiene que tener fuerza en las alas. Una vez un nene me preguntó por qué los pterodáctilos no tenían plumas, si eran pájaros. Yo siempre digo lo mismo. Pájaros no. Antepasados. Son pajarracos prehistóricos con alas como las de un murciélago.

Tuvimos una época dorada con Helmut. Ganaba todas las peleas. Ahí fue que me empezó a ir bien, que le compré la casa a los viejos, me compré la Bemba para mí, empecé a empilcharme mejor. Antes, mirá si yo me iba a poder comprar un Versace. La ñata contra el vidrio total. Pero el bicho empezó a rendir, y no te digo que me llené de guita, pero nos iba bien, qué sé yo. La lucha de pterodáctilos siempre movió más gente que, por ejemplo, la de tiranosaurus. Porque los tiranosaurus, por el tamaño, tienen problemas para moverse. Sumale a eso que son medio buenasnoches. Entonces es una lucha lenta, pesada, un poco como las peleas de esos gordos japoneses de tanga que había antes. Además tienen unos bracitos chiquitos y no se pueden arañar ni nada, entonces es una lucha a mordiscos nada más, y a veces coletazos. Y la única forma de que uno le gane al otro es que lo tire al suelo. Pero como son de pata grande, demoran mucho en caerse. No es emocionante, qué sé yo. Dan vueltas el uno en torno al otro y no pasa nada. Es por cansancio. En cambio los pterodáctilos vuelan. Eso ya lo hace más movidito. A veces planean, luchan en el aire, y a veces se la dan en el suelo, tipo riña de gallos. Además gritan, que otros bichos no, no hacen ruido, como los tiranosaurus, que más de un gruñido así, medio ronco, no les sacás. Pero los pterodáctilos tienen esa mezcla de graznido con cacareo que está buenísima. Y Helmut siempre fue gritón. A veces levantaban tal polvareda en la pelea, que no te dabas cuenta quién iba ganando más que por los graznidos de triunfo que se mandaba. Kwraaaaak, kwraaaaaaaaaaak, una cosa así, y era que de repente le había sacado un ojo al otro.

Cuando le ganamos al Aguilucho de Papantopoulos, lancé la línea de productos. Esa había sido una muy buena pelea, aparte que el Aguilucho era campeón sudamericano, y entonces me dije que había que sacar partido de todo eso. Empecé con los peluches para niños. Claro que el muñequito era muy tierno, estaba diseñado para el público infantil y no se parecía demasiado a Helmut, que tenía los dientes muy filosos y esos ojitos malignos, brillantes, que hasta a mí me daban escalofríos. Y eso que era mansito, pero en la lucha se transformaba. Bueno, era un peluche, todo simpaticón y gordito, no fibroso como Helmut. Y se vendió muy bien. Entonces largué las remeras, las tazas, los posters, qué sé yo, todo el resto. El álbum de figuritas vino después. Estaba bueno porque no era sólo de él, tenía también a los rivales que había derrotado. Del Aguilucho pusimos una página entera, y le tiré unos pesos a Papantopoulos, que estaba sin un mango desde la derrota.

Yo creo que el bicho me quería. Después de cada pelea, yo lo frotaba con un tónico especial que compraba para él. Se lo pasaba por las alas, le masajeaba las membranas, y ya no me daba tanto asco como al principio. Después se lo fregaba por todo el cuerpo, despacito, sonriendo para los flashes. Si había sangre en el pico, se la limpiaba. El me dejaba hacer, se quedaba muy quietito y no graznaba; de no haber sido por esos ojitos malévolos, podría haber parecido cariñoso. Menos mal que nunca se avivó de que entre los ingredientes del tónico estaba el aceite de pterodáctilo, que por esa época empezaba a ponerse de moda. Decían que servía hasta para el cáncer. A mí alguna vez me curó un herpes.

Siempre dábamos conferencia de prensa. Yo me sentaba atrás de una mesa llena de micrófonos, frente a todos los periodistas, y Helmut se perchaba en el respaldo de uno de esos sillones grandes, con las alas plegadas y mirando para todos lados. Estaba inquieto porque quería irse a cenar y a dormir a la jaula. Es que quedaba agotado. Por lo general, después de una victoria importante yo le daba premio. Me explico. Como los científicos decían que los pterodáctilos de la Era Mesozoica comían pescado, Helmut comía pescado. Yo no quería correr riesgos. Le daba salmón, sobre todo después de que ganó el Torneo Mercosur. Pero al señor no le gustaba el pescado. Le gustaba el pop. Así como te digo, el pop. Entonces yo cruzaba hasta el cine de enfrente y le compraba el grande, que venía con la Coca también grande en una promo de treinta y cinco pesos. No te imaginás cómo se lo comía. En dos segundos. La Coca me la tomaba yo, a él le hacía mal. Pero sólo cuando ganaba una pelea grande. Era un premio.

Cuando empezó a decaer, obviamente fui el primero en darme cuenta, aunque los otros sparrings tampoco eran tarados. Un día Papantopoulos me dijo que el tema era que yo nunca había querido cruzarlo, que el bicho tenía la líbido retenida y eso le hacía mal. Para mí al contrario, le daba más agresividad. Papantopoulos me lo decía porque él tenía una hembra y lo quería usar a Helmut de semental. Pero yo no quería que se me distrajera. Pensé que si probaba una vez iba a andar siempre alzado y eso iba a ser un problema mucho mayor que la ganancia que me pudieran dar los pichones.

La realidad es que el animal estaba envejeciendo. Nadie tiene muy claro cuánto vivían en la prehistoria, pero hay que tener en cuenta que éstos son bichos de probeta o hijos de bichos de probeta. Son algo artificial. Tres, cuatro años, y ya la edad se hace sentir. A Helmut le empezaron a pesar las alas, y se le notaba. Ojo, al principio no perdía. Seguía ganando, no en vano era el campeón Mercosur y el de la Copa Federación Internacional, pero le costaba, incluso con adversarios de medio pelo como Pericles, que estaba entrenado por Papantopoulos para ser el sucesor del Aguilucho pero dejaba que desear. Le costaba, sí, pobre. Pero yo tenía gastos. Viste cómo es, cuando te acostumbrás a vivir con mucha guita, con ese tren de vida, no hay quien te pare. Así como la ganás la gastás. Y en ese entonces también estaba Susy. Que se había venido a vivir conmigo y era culo veo, culo quiero, ay que la carterita, el anillo, el tapado, qué sé yo. Después bien que se borró, ella me dijo que no aguantaba más los graznidos de Helmut de noche, que le ponían la piel de gallina, pero no era eso, porque cuando chillaba en las peleas no le provocaba nada, y además los graznidos nocturnos no eran siempre, eran sólo cuando tenía pesadillas, pobre bicho. No, no fue eso, fue que se la vio venir, vio que se iba a complicar, y habrá dicho mejor voy consiguiendo un viejo con guita en serio, la muy yegua.

Había que seguir peleando. Yo tomé medidas, más tónico, suprimí el pop, cambié de veterinario. Pero no había caso, empezaron los papelones y los sponsors se empezaron a borrar. También empezaron las cartas. Me acuerdo la de la Protectora de Animales, ésa era muy correcta, de nuestra mayor consideración, nuestras respetuosas sugerencias, etcétera. También había una que firmaban cuatro o cinco viejas finolis, Mercedes Nosequé de Nosecuánto, etcétera. Y después las anónimas, siempre hay cobardes que no dan la cara, con insultos y demás. Se ve que pensaban que yo era un sádico. A nadie se le ocurrió que yo tenía un nivel de vida que mantener. ¿Qué se pensaban, que para mí era fácil verle la mirada al bicho? Ya no tenía ese brillito cruel en los ojos: los tenía como velados, como muertos. Me miraba como si no me viera. Una vez, después de que lo revoleara una gallineta lamentable que trajo Papantopoulos, la gente se puso a abuchear. Yo aún no había captado que era contra mí. Pensé que era contra Helmut. Y no me cabe duda de que él también se dio cuenta, que pensó lo mismo. Los animales tienen esa sensibilidad, viste. Incluso los animales feroces. Esa noche, a pesar de que había perdido, crucé al cine a comprarle pop. Pero se negó a probar bocado. Estoy seguro de que sentía que no se lo merecía.

Después del combate en Buenos Aires, todo se precipitó. El Pichón estaba en boca de todo el mundo, era casi un charabón y miren la paliza que le había dado a Helmut. Yo me moría de vergüenza porque el Pichón era de Gorfinkiel, y Gorfinkiel era un baboso, perder con él era peor que perder diez veces con un bicho de Papantopoulos que, al fin y al cabo, es casi un amigo. Además estaba todo el tema humanitario de por medio, y ya te dije cómo me jodía la hipocresía de todo eso, ahora le venían los escrúpulos a toda esa manga de sanguinarios. Aparte hubo mil humillaciones, un día me llamó un brasilero que tenía un circo, me hizo una buena oferta, te lo vamos a tratar bien, buena comida, no va a tener que hacer esfuerzos grandes, el látigo es de juguete y no lastima, va a pasar sus últimos años en paz. Y no era una mala oferta, el tipo sabía que con un campeón de la talla de Helmut iba a vender unas cuantas entradas, pero yo me imaginé al bicho, con toda su trayectoria y sus antecedentes, dando vueltas como un nabo adentro de una carpa remendada, y te juro que se me revolvió el estómago. Era demasiado humillante. Otro día me llamaron de Pteroil, ya sabés quiénes son, los capangas del aceite de pterodáctilo, y te juro que los mandé a cagar. Al Gerente Financiero, le dije, váyase a cagar. Claro, habían visto qué negocio iba a ser el aceite de Helmut. Hijos de puta. Se pensaban que yo iba a ser capaz de matarlo para darles de ganar a ellos.

La idea del Desafío Helmut fue de Papantopoulos, cuándo no. El siempre tiene esas ideas marketineras. Y conste que él no ganaba nada con eso, era un bicho mío y un rival para el Aguilucho y para Pericles. Pero igual me lo planteó. Por qué no tirás un desafío. Gorfinkiel agarra viaje seguro. Pero publicitalo bien, armá todo un carnaval con el tema. Desafío Helmut, el Retorno de un Campeón. Algo así. Yo le dije, vos estás loco, y después me lo hacen harina. No, pero no seas boludo, lo entrenás bien, lo ponés en estado físico, no lo mandás a la guerra con un escarbadientes, ¿me entendés? Y yo me enganché con la idea.

El resto lo sabés bien. Gorfinkiel acababa de lanzar al hermano del Pichón y lo estaba promocionando como loco. Le vino bárbaro el Desafío, y me aceptó sin problemas la condición de tres meses de plazo para entrenamiento. Le venía bien, me dijo, para hacer la campaña. Y fue como una campaña electoral, banderas, jingles, no faltó nada. Hasta promotoras con pollerita, contrató a los mejores culos de la vecina orilla y yo lo mismo pero de Montevideo. Se levantaron apuestas a lo loco. A pesar de que Helmut, o mejor dicho yo, estaba en la mala, los hinchas se la jugaron. Debe haber sido porque yo cada tanto daba una nota con el bicho, en casa, en la cancha, donde fuera, y lo veían en buen estado físico, entusiasmado, qué sé yo. En realidad era una pichicata que le daba el nuevo veterinario, yo no quería saber mucho y hacía un poco la vista gorda, que Dios me perdone.

Bueno, toda la fanfarria, qué sé yo, no te la voy a describir porque vos la viviste. Lo mismo la pelea. Vos la presenciaste, y sabés, porque tuve la franqueza de decírselo a la prensa, que a los tres o cuatro minutos supe que lo había condenado, que yo había sentenciado a muerte a Helmut. La polvareda era terrible, no se veía nada. Lo supe por los graznidos aterrorizados de Helmut, y era como escuchar llorar a mi hijo. Al hijo que no tengo. La gente gritaba, pero no eran solamente los gritos exaltados de los hinchas, muchos querían parar la pelea, hasta los que habían apostado por el hermano del Pichón. En el palco de enfrente, el palco visitante, estaba Gorfinkiel, pero con la polvareda y todo eso era imposible distinguirle la cara. Tampoco quería. Por momentos el polvo se disipaba y los veía, un ala, un pico, las fauces. Por fin pitaron y terminó. Ya sabés cómo fue todo, esos últimos minutos, así que no te los voy a contar porque además me agarra como una cosa en la garganta. No recuerdo haber dicho nada ni que nadie me haya hablado, no recuerdo a los fotógrafos que seguramente se empujaban unos a otros, no recuerdo los gritos ni el flash de las cámaras, nada, hasta que el veterinario me puso la mano en el hombro y me dijo que había que darle una inyección, era lo más caritativo. Yo lo miré a Helmut, no te quiero hablar de la sangre y el ala mocha y sobre todo el ojo, pobre ángel, y él también me miró, con el ojo sano, y fue como si me preguntara por qué me hiciste esto, gracias a quién tenés la Bemba y la cadena ésa de dieciocho quilates y la bruta casa en el Este. El sufrimiento que había en esa mirada, porque ya no se podía fingir que era otra cosa, era sufrimiento. Yo le puse la mano en la cabeza, bah, en el cuerno, y le hice una especie de caricia. Nunca lo había acariciado antes. Yo no soy muy de acariciar, Susy siempre me lo recriminaba, capaz que por eso la caricia me salió medio torpe. Después le dije al veterinario, dale nomás. Se lo dije bajito pero él me oyó. Y me di vuelta. Enfrente mío estaba Gorfinkiel, me acuerdo el asco que me dieron esos dientes de oro. No sé qué me dijo, che, lo lamento, algo así, pero no le contesté, si le hablaba era para putearlo. Esa noche me llamaron los de Pteroil, no el Gerente Financiero sino el Encargado de Compras, y esta vez les dije que sí, total, a esa altura qué mierda importaba.

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Segundo Premio de Narrativa en el concurso literario "A palabra limpia", organizado por la Filial Jai de B'nai B'rith en el año 2004

Abogada, crítica literaria y escritora .

domingo, 1 de enero de 2012

Chilano

Los vendedores
por Sebastián Chilano
¿Qué apodo les pondría Tito a esos dos? No sé, y no le puedo preguntar porque ahora Tito no les presta atención. Tito mira, distraído, las villas del otro lado de la ventana. Tito ve pasar los techos de chapas como ve pasar su propia vida. Pero si en vez de mirar tanta miseria, mirara a esos dos, ¿qué apodo les pondría? Porque a Tito le encanta poner apodos. Vive haciéndolo. Incluso creo que lee, a veces, las revistas “del corazón”, como las llama él, para reírse con los sobrenombres que se ponen los famosos. “¿Ves qué somos todos iguales?” me dice, riendo, porque es feliz. Pero cuando no es feliz, y no hojea revistas me dice otras cosas, iguales, pero distintas. “En bolas, a la hora de coger, no hay ricos ni pobres” dice y después de eso casi siempre me coge, aunque yo no tenga ganas. Él es así, medio bestia, pero es bueno. Aunque también sea bastante mujeriego, es bueno. Yo lo quiero. Lo quiero de un modo que él no entiende. Porque sé que no lo entiende. No es culpa de él ser mujeriego, digo, es culpa de esas putas que se le vienen encima. Que le tocan el culo o la pija cuando me descuido. ¿Quién de todas esas no quisiera estar en mi lugar y ser la mujer de Tito?
Creo que Tito al más alto le pondría “Torta Frita”, pero no estoy segura. Quizás yo le pondría “Torta Frita” porque me hace acordar a un amigo de Tito, que solo viene de visita los días de lluvia, según dice Tito, como el mate dulce y la torta frita. Al otro le pondría “Tono” por la voz de pito que tiene, casi insoportable. ¿Cómo puede ser vendedor con esa voz? Por eso deben andar en yunta, para no morirse de hambre, uno por feo, el otro por puto.
Entraron al vagón cuando salimos de Temperley. El Torta Frita intentó vender unos cuadernos para colorear, y El Tono una linterna que además es baliza, todo por dos pesos. Hace unos años le hubiese comprado el cuaderno para Diego, pero ahora Diego no necesita esas cosas. Cuando no anda con nosotros se mete en cosas que mejor ni saber. Y cuando le pregunto a Tito en seguida me arrepiento, es mejor no preguntarle. “¿Para qué querés que esté tu hijo en casa, si cuando está solo nos afana plata o te putea?” me contesta Tito, más o menos así.
Cierro los ojos. Hace un calor de mierda en este tren. Los abro, ahí están los dos. Los vendedores.
Les puedo leer los labios. El Torta Frita y El Tono no se dan cuenta, pero los estoy escuchando. Nadie sabe que puedo hacerlo. Es mi gran secreto. Ni siquiera Tito lo sabe. Lo aprendí de mis padres, aunque no me lo enseñaron, al menos no concientemente, sino que de tanto estar con ellos en la calle, aprendí a leer lo que decían, un poco de sus labios, un poco de sus manos. Sé mucho de gestos.
Por leerles los labios, entendí que El Torta Frita tiene otro apodo, uno que le queda mejor: Panza. Claro. Que boluda. Tanto me concentré en lo fiero de la jeta, que no me di cuenta de lo flaco que es, y si me hubiese dado cuenta de su flacura me hubiese dado cuenta de lo absurda que le queda la panza que tiene debajo de la camisa celeste. Escarbadientes embarazado, le pondría, pero es demasiado largo para ser apodo según las reglas de Tito. El otro, El Tono, se llama Rube. No tiene apodo, simplemente le mutilaron el nombre.
Tito se mueve. Lo miro.
—¿Estás cansada? —me pregunta.
Le digo que no. El me sonríe y apoya la cabeza sobre mi hombro, para dormir un rato.
El Panza nos mira. “Como le chuparía las tetas” dicen sus labios. El Rube hace una mueca. “No entiendo como pueden viajar tantas putitas solas en el tren” dicen El Rube. “Esa no está sola, está con el macho” El Rube se encoje de hombros. “Un día las van a violar a todas” dice El Rube. “Sí, un día vamos a empezar con una y nadie nos va a parar” dice El Panza. “¿Sabés por qué no empezamos?, por los vaqueros” “¿Por los pantalones?” “Sí, no viste que las muy putas se calzan unos vaqueros ajustados hasta el orto. ¿Cómo mierda se los sacás para coger rapidito si están prensadas?” El Rube se ríe. El Panza le pone una mano en el hombro. “¿Y a esa?” “A esa qué” “¿No viste como nos mira?” “¿Será yuta?” pregunta El Panza. “¿Con la pinta que tiene el macho?, ni en pedo” “¿Y entonces?” “Nos debe estar marcando” “¿Para afanar?” “¿Para qué otra cosa si no?” “Para chuparnos la pija” Los dos se ríen.
Tito mueve la cabeza. Lo acaricio. El vagón pega un bandazo. Las argollas colgadas de los pasamanos en el techo se zarandean de un costado a otro. Cuando los vuelvo a mirar, El Panza y El Rube ya no me violan con la mirada. Hay un tercero junto a ellos. Al tercero ya no me dan ganas de ponerle apodo, eso es para Tito, a mí me gusta escucharlos, poner apodos muy seguido me aburre.
“La bandita de los Arce está en el tren” dice el tercero. “Te dije, la concha de su madre” se queja El Rube, bajando la vista hacia su bolsa llena de linternas. El Panza, en cambio, me mira, con odio. “Vos sos un boludo. Hablaste de violar a la vieja, y ahora te la van a dar” “¿Por qué me la van a dar, la concha de tu madre, si fuiste vos el que empezó a hablar?” El tercero se aleja de ellos y pasa frente a mí, sin mirarme. Le va a avisar del peligro a los otros vendedores ambulantes en el tren, supongo. “Yo me largo” dice El Panza. “Pará, no te tirés en movimiento que te vas a matar, esperá la estación” le pide El Rube agarrándolo del brazo.
Los dos se van hacia el vagón siguiente. Y así los veo alejarse, ya sin vender. El tren dobla en una curva y los veo pasar a otro vagón. Tito ahora tiene los ojos abiertos, mirando la continuidad interminable de techos de chapa. Siento que a nuestras espaldas entra un grupo de chicos. Escucho sus voces, sus pedidos de monedas, sus saludos, sus puteadas. Rápidamente se acercan a nosotros. Cinco pasan de largo y el último se para frente a mí.
—Buscá dos vendedores —le dice Tito—. La están juntando fácil y hace rato que no dan nada. Andan en yunta. Uno vende cuadernitos para pintar, y el otro, además de la voz de trolo, vende linternas.
Diego asiente. Lo agarro el brazo.
—Al de los cuadernitos dásela bien dada— le digo.
—Sí, mamá —dice Diego y hace un esfuerzo por soltarse. Como una contorsión.
—Andá, pajerito —le digo—. ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza que tu madre te toque?
Diego se junta con los otros. Uno dice algo y Diego lo empuja. Después, a los saltos, corren hacia el siguiente vagón.
—El de la panza se parecía al Torta Frita, ¿no? —me dice Tito.
—Se parecía, sí.
Tito apoya su cabeza sobre mi hombro y mira, otra vez, como por la ventanilla sucia desfila el paisaje de chapas y basura que vemos todos los días.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Crónicas con fondo de agua.

El pibe de los astilleros

…ellos me daban su tiempo, abrían su dolor y evocaban su pasado, pero yo debía escribir su historia.

Los zapatos de Carlito,
Federico Lorenz

Los jóvenes que lo conocen del Centro de Cultura y Memoria El Urutaú, donde arma grupos de lectura y discusión, le preguntan por él a sus padres: ¿Flamini? ¡Qué va a ser comunista! ¡Flamini es peronista!, les contestan invariablemente. ¿Y cómo no compartir alegrías y tristezas junto a tantos peronistas si se vive en Ensenada?, se plantea desde siempre él. Esa disposición a trabajar con los muchachos, a pensar con ellos, a activar juntos por el cambio social, le trajo más de un dolor de cabeza en su partido a Oscar Flamini. Pero también hizo que ganara y ganara elecciones como delegado en Astilleros Río Santiago. En ese mismo, lugar nació su comunismo:
–Cuando tenía quince años y estaba de aprendiz, hubo un paro muy fuerte. Era la época de Frondizi, año 60, 61. Yo mucho no entendía pero andaba ahí en el montón, acompañando y haciendo cosas. Viene la infantería de marina y un gordo se les pone enfrente por más que lo apuntaran, y los empujaba los empujaba hasta que los sacó de la asamblea. ¡Los fue empujando con la panza! Yo después empecé a preguntar quién era ese tipo que me conmovió. Es comunista, me contestaron. Era Iraúl Del Valle, en ese momento el dirigente del partido con más reconocimiento en el astillero por su actitud y su firmeza. Entonces acá en el barrio le fui a preguntar a un pibe un poco más grande, 18 años tendría, y yo había escuchado alguna cosa que decían de él las vecinas. Lo agarré y le dije: che, vos sos comunista me dijeron. ¿Cómo hay que hacer para hacerse socio?
Flamini había entrado al astillero en 1959. Después de pasar la primaria sin repetir pero con algunos tropezones, rindió y aprobó el examen para la escuela de aprendices. Estuvo siempre en su cuadro de honor:
–Ahí toda la parte teórica estaba vinculada con el trabajo práctico, por eso me atraía tanto. A la mañana veíamos un tema en el aula y por la tarde lo comprobábamos en el taller. Eso era lo que me producía tanto entusiasmo: entender y ver cómo se transforma la materia. Tres años después, ya era moldeador de fundición. Por aquella época, en que la resistencia peronista se radicalizaba al influjo de las guerras de liberación nacional en el Tercer Mundo y crecía la llamada nueva izquierda, hubo una importante diáspora de militantes juveniles del Partido Comunista. Esa circunstancia, sumada al hecho de ser un obrero y tener condiciones hizo que a Oscar Flamini, aun con poca experiencia, lo nombraran secretario de la Juventud Comunista de la zona industrial, que abarcaba Berisso y Ensenada. Con el cura Ruperto, del Barrio Obrero de Berisso, trabajó mucho tiempo en solidaridad con los trabajadores del frigorífico Swift, que se quedaron
en la calle cuando la empresa pidió la quiebra. De todos aquellos a los que conoció entre tantas idas y vueltas, al que más recuerda es al yugoslavo Kiril Nikolov Chakarov, Kircho para los camaradas. Tenía una zapatería en la calle Nueva York de Berisso, a dos cuadras de la salida de los frigoríficos. En plena época de Onganía, con el comunismo prohibido por ley, tenía un cartelón que cruzaba de lado a lado su local: Afíliese ya al Partido Comunista. Estuvieron presos juntos varias veces durante las dictaduras de Onganía, de Levingston y de Lanusse. En esos bretes la que más lo ayudaba a Oscar Flamini, llevándole comida o haciendo de enlace, era su madre Luisa, hija de un español con simpatías por el anarquismo. Cuando en momentos peliagudos recurrían a Kircho, se levantaba con una sonrisa: ¡Burócratas! Miren a la hora que me vienen a buscar. ¡Las tres de la mañana! Yo soy un trabajador, tengo que levantarme temprano… Y calzándose la 45 en el pantalón preguntaba: ¿adónde hay que ir?
De las prisiones compartidas por Oscar Flamini y Kircho queda cantidad de anécdotas que conforman una especie de picaresca de la militancia:
–Durante la dictadura de Levingston nos habían llevado a la Unidad 9, nos estaban requisando, nos tenían a los dos en pelotas, y un oficial gordo nos grita muévanse carajo, que los voy a reventar, hijos de puta. Kircho, con toda la dulzura de la que fue capaz en esa situación le dijo ¿A quién vas a reventar vos, con esa cara de bueno? Dale, no te hagás más el malo y convidanos unos cigarrillos que nos morimos de ganas de fumar. Se ve que al tipo lo desubicó totalmente, porque nos dio un cigarrillo a cada uno, nos dio fuego y ahí estábamos, los dos parados en pelotas fumando frente a los milicos. Kircho dio una pitada, soltó el humo de a poquito y después, palmeándole la panza a este tipo, le dijo viste que tenía razón yo, que sos bueno. Vos te vas a llevar muy bien con nosotros. Era un pobre tipo. Kircho primero lo sacó de su papel y después lo empezó a tratar como un ser humano, como nadie lo trataba. Cuando estaba de guardia este gordo, no podíamos sacarlo de encima. Iba a conversar con nosotros. Nos llevaba las cartas sin pasarlas por la censura. Nos sacaba una hora al patio a jugar al fútbol… Otra vez, ya durante la dictadura de Lanusse, le estaban dando máquina a Kircho en dependencias de la Policía Federal, en La Plata, y en un momento les dijo a sus torturadores paren paren, esto es un despelote, pregunten de a uno. El que mandaba, desorientado por semejante salida, admitió: es cierto, es cierto, preguntemos de a uno. Kircho vio ahí una grieta y se mandó. Exagerando su pronunciación extranjera, lo que lo hacía aún más simpático, les comenzó a argumentar: Yo ignorante. Hacer siempre lo que díjome partido. Y por ahí ustedes tener razón y partido estábame cagando. ¿Y ustedes? ¿Quién a ustedes manda hacer esto? ¿Por dónde andan jefes que los mandan? ¿Vivir por su mismo barrio? ¿Les conocer la cara ustedes? ¿Ganar el mismo sueldo? Durante el Proceso, al camarada Kircho, por ser extranjero, le daban la opción de liberarlo y que se fuera del país. En la Yugoslavia del Mariscal Tito iban a recibirlo con los brazos abiertos. Se negó. Si los compañeros quedaban presos, él se quedaba con ellos. Y se aguantó cinco años en la Unidad Penal 9 de La Plata.
–El astillero siempre tuvo una tradición de lucha y de bastante unidad entre los trabajadores. Es cierto que se armaban buenos despelotes, me acuerdo en las asambleas de las discusiones, de los tironeos. Las peleas podían llegar a ser muy fuertes porque nadie era un nene de pecho, nos formábamos en las gradas, y hay que estar doce horas en las gradas en invierno, pero a la hora de salir a la calle estábamos juntos. Esa tradición de lucha y esos criterios de unidad generaban una fuerza tremenda, era como tener atrás un ejército. Eso permitió cuando se fue agudizando la represión, ya desde la época de Isabel Perón, poder plantearnos armar grupos de autodefensa, que se llegaron a formar en buena parte de las secciones. Y además siempre teníamos el ánimo de tomar la fábrica y de movilizar, de salir a buscar el apoyo popular. No podemos quedarnos con eso de decir el pueblo argentino es conservador. Las masas son como la leche, no hierve, no hierve, te das vuelta y se volcó.
Síntesis de todo eso fue el convenio colectivo de trabajo logrado en 1975 y el proceso previo de discusión, ampliamente participativo y tan democrático que no quedó rincón del astillero sin plantear alguna reivindicación específica. El astillero resultaba, por ese ejemplo de organización popular, imperdonable para los sectores dominantes, y su reacción fue despiadada. Para comprender la magnitud que tuvo, vale mencionar que en toda Ensenada, una zona de gran concentración industrial con la destilería y la propulsora siderúrgica, con altos niveles de militancia, hubo 160 desaparecidos, y de ésos entre 50 y 70 eran trabajadores del astillero. El primer ataque fuerte fue precisamente la anulación del convenio colectivo de trabajo con el Rodrigazo del año 75. A partir de eso se dieron luchas multitudinarias en julio y agosto; movilizaciones convocadas por la C.G.T. contra López Rega y el ministro de Economía Celestino Rodrigo. En paralelo se comenzó a cebar sobre el astillero la represión paraestatal y estatal. Se fueron repitiendo situaciones de persecución, de amenaza, de acoso, de secuestro.
–A mí me intentan llevar en noviembre del 75. Van a la casa de mis viejos, en Cambaceres, donde yo había estado viviendo hasta hacía un mes y medio. Cayeron como a las dos y pico de la mañana, mi mujer oyó el ruido, porque nos habíamos mudado enfrente, se asomó por la mirilla y vio tres coches parados y tipos de civil con armas que se metían en lo de mis viejos. Yo pensaba que iba a ser igual que en las dictaduras de Onganía, de Levingston, de Lanusse, cuando caían y al no encontrarme rompían algunas cosas pero no le hacían nada a ellos.
Rajamos. Pero a la cuadra está el río. ¿Cómo seguíamos, si no teníamos nada para cruzarlo? Había una casa justo ahí en la orilla, con pilotes y escalerita. Vivía la familia Tabernaberri. Me conocían del barrio pero no teníamos más trato que el saludo. Yo les golpeé. ¿Qué iba a hacer? Le dije lo que pasaba al hombre. Nos dijo vengan, vengan y subimos. Cerró y agarró una escopeta. Me enteré luego de que después de apretar un poco a mis viejos para que dijeran dónde estaba yo y de romper todo, no me buscaron más. Ya comenzaba a clarear, la gente se iba levantando para ir al trabajo así que a la patota se le podía hacer más complicado. Y posiblemente también llevaran a alguno en el baúl. Pasé meses durmiendo en varios lugares de manera rotativa. Del trabajo me sacaban en distintos autos cada día, iban dos o tres compañeros armados y yo agachado para que no pudieran verme desde afuera. Hasta diciembre anduve de esa forma, cuando pedí una licencia sin goce de sueldo por seis meses. El partido planteó sacarme del país y mandarme a la Unión Soviética a hacer un curso de formación sindical y, mientras tanto, mantenerme a salvo.
En el astillero circulaban volantes firmados por el comando peronista José Ignacio Rucci con su condena a muerte.
–Me fui en diciembre del 75. Se hacía una comida de fin de año de los muchachos de fundición del astillero en el club Pettirosi. Me llevaron en auto a la noche, cuando ya estaba toda la gente con las esposas y los hijos; entré, saludé, hablé unos cinco minutos denunciando lo que pasaba y me sacaron de nuevo en auto. Ya me llevaron para guardarme en Avellaneda. Salí del país con nombre falso y con el golpe se retrasó mi regreso, el partido planteó que la represión era muy fuerte. Cuando se decidió la vuelta, paro en Frankfurt a esperar a un compañero con el que debía hacer contacto. Íbamos a viajar juntos después de mandar una postal desde allí que sería la seña para que nos esperasen. Iríamos a Paraguay, de allí a Uruguay y luego en lancha hasta Argentina. Estaba chequeado que el control de acceso por el río era el menos estricto. En Frankfurt me puse a buscar y encontré un hotelito lindo; entro, pregunto y el conserje, que era un gallego, me atiende muy bien, además era barato así que decidí quedarme. Pide el pasaporte, el gallego, lo ve y me dice ¡ah, es de Buenos Aires usted! Tiene unos amigos acá… ¿No lo andarán buscando, no? Y yo le digo ¿por qué me van a buscar? Y el gallego me dice no, le estaba haciendo una broma, hombre, porque son de la Policía Federal… No tengo ningún problema con esa gente, le digo sonriéndome y helado por dentro. Al costado había una arcada, él llama ¡muchachos!, vengan que hay un amigo de ustedes de Buenos Aires… Y se aparecen unos que me habían torturado a mí en la época de Lanusse, en la delegación de la Policía Federal en 49 y 15. Los miro, me miran. Me conocían, seguro que me conocían, por ahí no sabían mi nombre o no se lo acordaban, pero me reconocieron. Nos hicimos todos los boludos. Les dije encantado y al más hijo de puta de todos le pedí ¿me harías un favor, no me darías un cigarrillo que no pude cambiar dólares? Me da uno, me lo prende, agarro el bolso y me voy para el lado del ascensor. Llamo el ascensor, dejo el bolso y me asomo a espiar. Estaban mirando el libro donde recién me había anotado el gallego.
Ya era tarde, así que esa noche me quedé. Pero decidí irme al otro día. Mi preocupación era que avisaran a Argentina que fulano con tal nombre volvía, o que mediante cualquier provocación en la calle me hicieran meter preso y se detectara que tenía pasaporte falso. A la otra mañana, salí a caminar, a ubicar un lugar donde poder perderlos. Volví al hotel, estuve un rato, hice que me vieran haciéndome que no los veía, volví a salir y me mandé hasta una avenida muy ancha. Ya había chequeado cuánto duraba el semáforo en verde. Cuando recién cambió, crucé corriendo a toda velocidad con los autos a centímetros. Si alguien venía atrás iba a tener un tiempo de ventaja. Del otro lado, sobre una calle lateral, a metros, paraban taxis. Me metí en uno y me fui para el aeropuerto. Había aterrizado el avión de Aeroflot en el que debía llegar mi contacto, pero no aparecía. No lo pude encontrar. Si me habían marcado, conmigo corría riesgo. Como cada uno llevaba su plata, seguí viaje por las mías. Permaneció un mes en Roma con la ayuda del Partido Comunista Italiano, pasó por la embajada soviética y le dijeron que se volviera a la Unión Soviética. Esas eran las directivas del partido desde Argentina por la evaluación que hacían de la escalada represiva. Además, a partir de su abandono del hotel en Frankfurt, de existir una denuncia Interpol podía estar al tanto.
–Cuando el avión bajó, los tanos que iban de turismo a Moscú habrán dicho viajamos con algún jerarca porque me estaban esperando en dos limusinas, me metieron en una y sin pasar por ningún trámite nos fuimos por un costado. En la Unión Soviética me ofrecieron que aprovechara para irme a recorrer. Yo dije noooo, basta de viajes, no me quiero mover a ninguna parte. Me compré las obras completas de Marx en castellano y me la pasaba leyendo en el hotel. La única comunicación que tenía con mi familia eran algunas cartas. Acá habían quedado mis dos hijas más grandes. La otra vuelta pasé por Francia, Paraguay y Uruguay, con nuevos documentos falsos y llegué en plena dictadura, en abril del 77. Me acuerdo de cuando entré acá a la Argentina, era a la nochecita, había niebla… Me prendí un cigarrillo y creo que me lo fumé de una pitada. Me había ido por dos meses y estuve casi dos años. Cuando miro todo esto a través del tiempo, con tranquilidad, me río porque parece una película de espionaje, que por ahí uno la ve y no la puede creer, pero era mi vida. Me llevaron a una casa donde estuve bastante tiempo clandestino, en San Antonio de Padua. Viví clandestino hasta fines del 83. Algún domingo iba mi hermano y nos encontrábamos un rato en una plaza. Por esos años murió mi papá acá en Ensenada y no pude venir. Muchas veces me salvó la suerte, pero la suerte nunca es total, uno va aprendiendo a moverse en la clandestinidad con la práctica. Una vez, en la estación Ciudadela, bajo del Sarmiento, se cierran las puertas y veo que venían haciendo un rastrillaje. Había quedado en medio de una pinza. Se venía el rastrillaje desde la punta del andén, vi que a unos pasos había un oficial jovencito y me di cuenta de que estaría al mando de la cosa. Justo pasan dos pibas jóvenes… Ahí nomás me acerco y le digo al tipo ¡mirá qué culitos! ¡Viste!, me contestó. Nos quedamos comentando lo buenas que estaban las pibas ésas y cuando pasa el rastrillaje, me ven hablando con él, qué me van a parar… Vino el tren, le dije chau y me mandé. Trabajé un tiempo con un gasista que me daba la mitad justa de lo que sacábamos, después en el banco Credicoop de Ramos Mejía, vendí guías de transporte. Sobrevivía. No recuerdo bien la fecha exacta en la que pude volver a Ensenada, ya se aflojaba un poco la cosa, era después de la guerra de Malvinas. Cuando me traían en auto y desde lejos vi las grúas de los astilleros me puse a llorar como un pibe. Cuando se estableció de nuevo por Ensenada, Flamini empezó a ayudar en el sindicato municipal, donde estaba como secretario general Mario Secco. Más adelante, después de una dura campaña en la que Flamini tomó parte, Secco le ganó las elecciones por la intendencia al peronista Del Negro, acusado de mafioso y muy temido. Por un tiempo Flamini fue secretario de Cultura de la nueva gestión. Después de renunciar por algunos desacuerdos relativos a la participación y al mismo concepto de cultura, reincorporarse a los astilleros se convirtió en cuestión de subsistencia. Comenzó a moverse como para recuperar el tiempo perdido: presentaba petitorios y le contestaban que, por falta de vacantes, el astillero no estaba tomando gente.
–Pero yo no iba a pedir trabajo. Iba a que me devolvieran lo que me habían quitado a la fuerza. No podían sacarse de encima el problema que era yo de manera burocrática. Yo leí a Kafka, leí El proceso, El castillo, no me vengan con pavadas. Ése era uno de mis argumentos. Y si me boludeaban demasiado, le pateaba la puerta al que cuadrara y me metía. Al secretario del gerente de Recursos Humanos, que no me quería dejar ver a su jefe, le pregunté ¿sabés quién soy yo? Soy nadie. Pero estás sentado ahí laburando en este astillero porque lo defendimos nosotros, los trabajadores. Por eso fuimos presos, torturados o nos tuvimos que exiliar. Llevé una carta al astillero, la repartí, la llevé también a los medios.
Ustedes son burócratas y me contestan desde un ángulo administrativo, les decía, pero de lo que yo estoy hablando es de política. Y si no reincorporan a los que echó la dictadura, será que los fantasmas de Videla, Massera y Agosti sobrevuelan el astillero. Y ustedes tendrán parte de responsabilidad en eso. Lo que estaba pidiendo es que así como se plantea la reparación histórica a los desaparecidos y a sus familias, se nos reconociera a quienes perdimos el trabajo en esa época por razones políticas. Después de eso me recibió el vicepresidente de astilleros. Y por ese tiempo ya lo nombran presidente a Julio César Urien. Víctor De Gennaro me contactó y me pasó su número de teléfono, y me dijo que él quería hablar conmigo. Me citó el primer lunes en el astillero. Me ofreció formar una comisión amplia de respaldo a los que habíamos sido echados por la ley antisubversiva. Pero siguieron las discusiones y los tira y aflojes, yo creo que las buenas intenciones estaban, pero daban vueltas y vueltas y no entrábamos. Fuimos a plantearle nuestra situación a Hebe de Bonafini, a ver si podía hacer algo por nosotros. Nos recibió a los treinta compañeros. La vieja es dura, pero fue la que más nos ayudó sin ningún tipo de burocracia. Costó hasta que agarrara viaje, desconfiaba. Los primeros cinco, diez minutos, fueron de tensión. Pero después comenzó a llamar por teléfono a Dios y a María Santísima: y nada de rogar, era directamente a ver cuándo nos reincorporaban. Fuimos a cada lugar al que había hablado y estaban esperándonos y nos atendían de los más bien, pero el asunto seguía sin resolverse.
Hasta que se hace en los astilleros el acto del 24 de marzo de 2006: en un momento, el presidente del astillero, Julio César Urien, invita a Hebe a colocar unas flores en la placa que se había puesto por los desaparecidos y ella, adelante de todos, adelante de miles de personas, de las autoridades, de los medios, dijo: “los compañeros desaparecidos no necesitan coronas de flores, el mejor homenaje para ellos es que se reincorpore a los treinta compañeros echados por la dictadura”. Después habla Urien: “el lunes van a ingresar los compañeros”.



De gringos


…y su ansiedad por un barco se confundió con su ansiedad por partir. Todo era una misma y única cosa.

Sudeste, Haroldo Conti

Al salir de La Plata, la calle 60, tras unas pocas cuadras, se convierte según el mapa en Avenida del Petróleo Argentino. Una desmesura de otra época, de cuando soñar aún parecía útil. Por afán de síntesis o resignación, alguien suprimió el gentilicio de los carteles indicadores a la vera del asfalto resquebrajado. Ocho kilómetros más allá, tras dejar atrás los brillos de la destilería Repsol-Y.P.F., se llega a Berisso. En lugar de apellidos de militares supuestamente heroicos o para nada heroicos, buena parte de las calles tienen nombre de puerto. La más renombrada fue siempre la Nueva York. Hace más de medio siglo era requerida por sus fondas desde donde brotaban aromas de todo el planeta, era buscada por el bar de Dawson adonde los marineros entraban con una sed de millas y de donde salían haciendo eses a la deriva, era admirada por sus milongas, era deseada por sus mujeres y era temida por sus entreveros. Hoy se quedó en leyendas y nostalgias. También están la Río de Janeiro, la Habana, la Valparaíso, la Lisboa, la Londres, la Hamburgo, la Cádiz, la Marsella, la Nápoles, la Atenas. Esa profusión de extranjería no es un capricho o un delirio toponímico, sino un tributo al áspero cosmopolitismo de las primeras décadas, cuando la mayor parte de la población venía de otras tierras y a este destino arribaban buques de los rumbos más diversos.
Justo en la esquina de Montevideo y Génova espera el muelle de lanchas colectivas. A poco de zarpar desde él por un cauce estrecho y barroso, al que flanquean quemas de basura, pero también árboles que de tantos trinos parecen a punto de volar, se enfila por el Canal del Saladero. Como tantas otras cosas por la zona, su nombre alude a algo que ya no existe: el establecimiento alrededor del cual creció la ciudad, fundado en 1871 por el inmigrante italiano Giovanni Battista Berisso, cuando a causa de las sucesivas epidemias de cólera y fiebre amarilla clausuraron su predio del Riachuelo, señalado como uno de los culpables de la peste. Tampoco son más que ruinas, a unos cientos de metros, los frigoríficos que lo sucedieron, donde millones de vacas fueron muertas, trozadas y despachadas por miles de proletarios alborotadores que cantaban y puteaban en árabe, hebreo, ruso, polaco, yugoslavo, griego, gallego, portugués, italiano, francés, inglés, armenio, euskera. Entre ellos, según se jactan las habladurías locales, un yanqui alcohólico, depresivo y pendenciero que sería Premio Nobel de Literatura: Eugene O´Neill. A minutos de los que trajinan por las calles ignorando estas aguas, este viento, estos árboles, el canal desemboca en una auténtica selva. Contra el verde se recorta la silueta de un velero. Sorprende como un anacronismo feliz, parece escapado de algún relato de Jack London. Sobre el gris pálido del río Santiago, flota como una enorme ave marina en reposo, extranjera y ensimismada. Su porte es de lejanías, de viaje siempre a punto de recomenzar. Alrededor, pese a la contaminación, no dejan de saltar las lisas: vuelan en un relámpago de agua abierta y de tiempo suspendido, vuelan y caen.
El paraje fue cementerio de barcos durante décadas. Había tramp steamers, bulk carriers, remolcadores, dreadnoughts, avisos, barreminas, recostados unos contra otros a la espera de los chatarreros. Ahora seguirán con su vocación ultramarina andando por ahí en forma de hoja de afeitar o lata de anchoas, mientras acá se quedaron algunos restos disfrazados de jungla sobre los que se posan los biguás y las garzas. Contra la ribera de Berisso, invadido por ceibos que a principios del verano lo encienden de rojo, aguanta pese a la herrumbre el Cormorán, un buque de guerra construido en Alemania a principios del siglo que pasó. Enfrente, la vegetación desmadrada ganó la isla Paulino, que proveía de fruta, verdura y vino a la región, además de ser el gran recreo popular. Eso antes de la puta creciente del 40, que barrió con todo; antes de media docena de golpes de Estado y una tonelada de ministros de economía que arrasaron con industrias y trabajadores de estas costas con tanta saña como las olas se llevaron pistas de baile, hotelitos y churrasquerías.
Todo llama, por aquí, a los fantasmas. Fantasmas de aquellas polcas, valsecitos y milongas tocados con lo que hubiese. Banjo, balalaika, bandoneón, verdulera, armónica, violín, guitarra, qué mas da. Pero con ganas. A salvo por un rato de los capataces que tronaban insultos y órdenes chapoteadas en whisky. Melodías como salieran, convirtiéndose de a poco en otro pulso, en otra danza, en una lengua de todos. Desafinadas todavía, pero suficientes para sacarse de adentro el frío de las cámaras frigoríficas donde los que por más tiempo le gambeteaban a la parca eran los rusos.
Fantasmas de aquellos bailarines que se amaban sobre la arena blanca después del último acorde, envueltos en esa otra música, la voz del río casi mar, desnudos y acariciados por el sol naciente.
Fantasmas de los inmigrantes y los presidiarios que sudaron codo a codo, abriendo a pala el canal de acceso al puerto, para que los ganado y las mieses llegaran en barco a Europa y allá los niños bien pudiesen tirar manteca al techo. Fantasmas de los barcos del loco Brown, que fondearon a menos de una milla de acá, antes de agarrarse a cañonazos con los godos por aquello de la libertad, la igualdad, la fraternidad. ¿Alguien se acuerda? Fantasmas de los que desde estas orillas vieron llegar a los invasores barbados, valientes, sucios, enfermos de alta mar, de fiebre, de espejismos, de codicia.
Hasta el mismo velero resulta una aparición del más allá. Mínimas chorreaduras de óxido sobre su costado de hierro pintado de blanco lo vuelven más real. A diferencia de los dioses o damas que se estilaban, su mascarón de proa es una indígena de rasgos angulosos y tetas que desafían a las tormentas. En popa y amuras se repiten los mismos trazos en cursiva: Gringo. Hay que trepar por una escala de gato, a bordo monta guardia su capitán, Fernando Zuccaro. Descalzo en la cubierta de madera, de mangas cortas pese a que el sudeste ya se hace notar, recibe sin protocolo:
–¿Qué tal, hermanito? Tiene la cara tallada por los vientos y el rojo del sol pegado a ella para siempre. Ningún isleño de los que pasan en sus embarcaciones deja de saludarlo alzando una mano mientras con la otra lleva el timón. Zuccaro, navegando en otro velero, cruzó el Atlántico desde la boca del Amazonas, donde había convivido un mes con una tribu. Quería llegar a Irlanda. A punto de alcanzar la meta, se topó con un temporal. Helicópteros guardacostas se acercaron a rescatarlo. Prefirió no abandonar el barco. –Suerte que mi único tripulante estaba tirado del mareo, no fuera cosa que aceptara… –cuenta, y otro brillo le gana los ojos claros, le despeja la mirada.
Aunque memorable, ese episodio, como tantos, forma parte de su prehistoria. Lo importante empieza cuando se le ocurrió comprar un remolcador radiado para irse a vivir en él. Consultó a dos que andaban en el trapicheo. No se lo quisieron vender.
–Te conocemos las mañas. No vas a aguantarte las ganas de navegarlo y vas a terminar culo al norte –le recriminaron. Mejor que se buscara alguno de los últimos mercantes a vela, aconsejaron. Esos barcos tenían buenos cascos. El Guaraní, el Noruego, el San Antonio, el Ciudad de La Plata. Y por sobre todos, esa goleta con una historia que las tripulaciones desparramaron por los boliches de la costa, donde se agrandó hasta el heroísmo: la Pegli. Según se contó por años sin que ningún mamado saltara a negarlo, durante una sudestada de rompe y raja había cruzado a Uruguay en cuarenta y cinco minutos. Aún andaba su nombre entre los viejos más viejos del río y las islas, hombres que mentan cuadernas y pantoques de fulanas esquivas como si hablaran de barcos, y se enternecen hablando de naves hace rato naufragadas como si fueran el amor de sus vidas. Pero la goleta, ¿dónde estaba?
Se hizo devoto de una sombra. Las variaciones fantasiosas de su leyenda, contadas por voces broncas, entre vaso y vaso de vino de la costa, le llegaron hondo, se convirtieron en capricho, en obsesión, en amor. Salió entonces sin mapa detrás de un improbable tesoro, porque los mandatos del corazón saben ser imperiosos, incluso violentos. Revisó cada rincón del estuario. Se encontró con fósiles pegados al barro, ya sin esperanzas de flotar. Dudó y siguió y volvió a dudar y a seguir. Hasta que un tal Beto, por un andurrial del Luján, le señaló algo y le dijo:
–Esto es lo que buscás.
Solamente asomaba lo que parecía ser el techo de la timonera. Para verificar el dato no había otra que bucear en el agua turbia. Fernando se zambulló. A oscuras, fue sintiendo en las manos, como quien reconoce en la noche el cuerpo amado, las formas de la goleta más veloz que surcara el Infierno de los Navegantes, mal llamado Río de La Plata. Ubicó al dueño. Para que no le pidiera demasiado, argumentó que iba a vender como chatarra los pedazos que rescatara de ese casco. Tuvo que vaciarlo de barro y de basura. Para ponerlo a flote, le inyectó aire a los tanques. Qué desesperación cuando comenzaron a brotar burbujas. Volvió a zambullirse y se dio cuenta: habían robado las válvulas. Fue necesario sellar los agujeros y volver a intentarlo. No flotó completamente. Pero al menos se desprendió del fondo. En el Delta, por remates y galpones, fue comprando cuantas bombas de achique encontró. Había que sacarle el agua que se pudiera. Lo hizo. Luego, con aparejos afirmados en los árboles, lo fue levantando. Cada vez que se acercaba una embarcación grande, corría a aprovechar las olas alzadas a su paso, que sumaban su fuerza para izarlo otro poco.
–Era un trabajo piramidal. Pero tenía 34 años y muchas ganas. Por eso nada era imposible –rememora catorce años después. Los del Rincón de Milberg, entonces lejos de ser uno de los barrios náuticos más cotizados, lo miraban raro. En voz baja, pero no lo suficiente como para que él no se enterase, lo llamaban “el gringo loco”. Dormía en la timonera destartalada. Todas las noches soñaba lo mismo. Para dar el gran salto, contrató una chata arenera.
–Estaba robándole al río un cadáver gigante. Si trataba de hacerlo por las mías nomás, se me podía escapar, plantarse en medio del Luján y yo terminaba preso… –explica.
Cuando al fin estuvo del todo a flote, se quedó siete días mirándola. Sí. Era ella. La goleta. ¿Y ahora? Estaba podrida de proa a popa. Pero no se rindió a semejante evidencia.
Llevó esos restos a un pequeño astillero cercano, los sacó a tierra y se puso a trabajar. Cuando casi había terminado, el establecimiento se fundió, como tantos por aquellos años de revolución productiva, generosos en desguaces de toda laya. Para devolver a su elemento el casco de 37 metros de eslora y 8 de manga, había que cavar un zanjón. Lo hizo. Instaló precariamente un motor, lo probó, anduvo. Y un día de niebla cerrada se dijo ahora o nunca. A algunos de Prefectura que de tantas andanzas ya lo tenían fichado, les avisó que estaba “por mandarse una cagada grande” y zarpó. Bajó el río Luján con los dientes apretados, encaró la marejada del río abierto y rumbeó hacia este mismo fondeadero, donde ahora conversamos a bordo de aquel barco, que a fuerza de trabajo y fantasía ya es otro, mientras el viento le arranca escamas de luz al agua.
–A cada rato venían los de Prefectura. Yo les decía soy cuidador, el dueño no está… –cuenta sin parar de reírse–. Hasta que un día se aparecieron con una lancha grande. Querían llevarse la goleta a remolque, decían que era un peligro… Me entregué. Como en Argentina los barcos no se restauran, sino que se abandonan o se desguazan, los uniformados no entendían de qué se trataba. Para ellos era un potencial problema, la posibilidad de un obstáculo a la deriva, una colisión, un sumario. Nada más. Costó discusiones largas y entreveradas volverlos cómplices de ese espejismo. Mucho menos tardaron en ponerse de su lado los soldadores del Astillero Río Santiago, habituados a parir barcos y ver cómo se van por el mundo. Así, un círculo se consumaba: allí mismo, en 1954, a la altiva goleta, hasta entonces un velero puro, le habían sacado un palo y le habían puesto motor. Ya en los 70, la habían desarbolado del todo para convertirla en una chata más de las que van y vienen por nuestro litoral. Ellos, los trabajadores del más grande astillero de América, prestaron sus manos baqueanas para concretar los últimos detalles. Con una comilona a la vera del río celebraron todos juntos la nueva vida de ese prodigio náutico. Pero hubo gente no tan comprensiva. Algunos de los más cercanos lo conminaban a Fernando:
–Eso no va a navegar.
–Eso se hunde.
–Dejate de joder.
¿Habrán sentido celos, las mujeres, de la quimera que se llevaba sus fuerzas, peor que una amante, como una muerta enamorada? Difícil competir con una goleta, es hacerlo con una sirena: felicidad de rumbos, risa de agua. Los planos que debían estar en el Registro Nacional de Embarcaciones, en algún momento habían engordado polillas o ratas si es que no fueron a parar a la basura. En cambio, en el Museo Naval de Nueva Cork guardaban algunos datos: esa goleta había sido botada como Luigi Palma en el astillero Roncallo, de Génova, en 1886. Los únicos documentos con que se contaba para reconstruir su aparejo eran fotos ajadas que corrían el peligro de volverse polvo en las manos de quien las interrogara con demasiada insistencia. En ellas, retratada con la luz de otro tiempo, lucía dos palos con velas cangrejas y escandalosas, el mayor a popa, y tres foques.
Una tarde, un viejo se apareció por la goleta. Fue como si un fantasma se encontrara con otro fantasma. Se presentó: Fausto Braganti, italiano, marino. Había pasado buena parte de su vida a bordo de ese barco. Lo creía hundido adonde lo abandonaron en 1974, después de su último viaje a Paysandú. Él confirmó que los cálculos de lastre, superficie vélica y altura de los palos –más de veinte metros– eran correctos. Además, acercó la parte olvidada de su historia.
A partir de la botadura en 1886, sucesivas tripulaciones navegaron de la Toscana, donde cargaban mármol de Carrara, a Irlanda. Allí la nueva carga era carbón de piedra. Cruzaban el Atlántico y lo iban descargando en puertos de Brasil, en Montevideo y finalmente en Buenos Aires.
También llevaban inmigrantes como bulto, pagando el precio en carbón del volumen que ocupaban. Eran responsables de sus provisiones, y como nunca lograban calcular bien o no tenían con qué adquirir lo suficiente para la travesía, pronto se les terminaban. No era raro que se armara bronca entre los hambreados y los remisos a compartir lo suyo y someterse a racionamiento. En Buenos Aires, una vez vaciadas las bodegas, la marinería las limpiaba a escoba, con las mismas escobas a modo de brochas las pintaba, cargaban trigo, y vuelta a Italia. Todo eso les llevaba entre ocho y catorce meses. Así fue hasta 1933, cuando el barco pasó a dueños argentinos y, pese a la superstición náutica que condena los cambios de nombre, se la rebautizó Pegli por el distrito de Génova del que provenían sus marineros. Entonces comenzaron a transportar papas y cebollas a Rio Grande do Sul o carga general a Mar del Plata y Necochea. Los últimos años transcurrieron lejos del mar, yendo a buscar madera y fruta a puertos del Paraná. Después, llegó la tercera vida. Y para ella, un nombre nuevo. Fernando, como sus predecesores, desoyó a quienes auguran las más crasas calamidades a cualquier artefacto flotante que no conserve el apelativo con el que fuera botado. No se trataba de una dificultad menor. El bautismo de una embarcación es cosa seria. Define su carácter. Lo saben quienes recurrieron a la música de algún nombre entrañable y se toparon, en medio de una singladura tan comprometida como reveladora, con asperezas y caprichos de ésos capaces de echar abajo el más antiguo y firme amor. Quizás como un modo de conjurar semejantes sorpresas del azar o del destino, un pescador de Quequén le puso a su lancha Ésta si me la esperaba. La elección de Fernando, lejos de ese barroquismo conceptista o de la efusión sentimental, fue casi una no elección.
–El nombre se lo puso la gente –afirma.
Nació cuando a él, en voz no tan baja, le decían “gringo loco”. Lo que principió como una fórmula de los lugareños para calificar a ese hombre de afanes inexplicables, pronto se extendió al objeto de sus desvelos. Recorremos la goleta. Brilla el barniz de la timonera rejuvenecida. A proa del palo trinquete, la cubierta está despejada para la maniobra o el ocio. Ése era el emplazamiento original de la cocina: al aire libre, expuesta al viento y a las olas, lo cual restringía las chances del cocinero apenas empeoraban las condiciones climáticas. Y en caso de tempestad, había que resignarse a comer galleta y tasajo mientras no amainara. Ahora, en cambio, hay una cocina bajo cubierta con todas las comodidades modernas. Eso sí, nada de molinetes de última generación; las velas se siguen izando, arriando y cobrando como en el siglo XIX, a brazo pelado, aunque con la ayuda de aparejos que combinan cuadernales y motones para multiplicar la fuerza. De otra manera sería imposible. El foque más pequeño tiene tanta superficie como la mayor de un velero actual de entre veinte y treinta pies de eslora. Cuando el viento lo infla, puede remontar como un barrilete a un hombre pesado que intente dominarlo. En los interiores, que incluyen alojamiento para veinte personas aparte del capitán y los tripulantes, dura el perfume a madera, como si hubiese un piano nuevo recién desembalado a la espera de las manos que lo hagan cantar. Nos ponemos cómodos en los sillones del salón, que sería amplio para una casa, Fernando Zuccaro cuenta:
–La primera navegación fue la peor. Esto era un galpón y mucha voluntad. Pero estaba listo para zarpar. Había hecho una fiesta de inauguración y tenía como setenta personas a bordo. Pasó un pampero, pasó otro. Con el tercero arranqué para Colonia… No sabía cómo parar. Iba a más de quince nudos. Estaban todos medio muertos del mareo y del susto. A mi hija Clarita, de tres meses, no había quien la pudiera atajar. Pasaron las épocas más difíciles, auqellas en las que Zuccaro debió apelar a todas sus artes de buscavidas. Aquí se han filmado varias publicidades, cada tanto se zarpa a Colonia con pasajeros y anualmente se hace una travesía marítima para instrucción de pilotos. Así y todo, el dinero alcanza, con suerte, para el mantenimiento.
–Me porfían que si la vendo me compro un buen auto, una buena casa y me queda guita. ¿De dónde sacan que quiero deshacerme de ella? No saben lo que es ver la vida desde otro lado, lo que es compartir esto con mis cuatro hijos. Si no navegara, por ahí… Pero la goleta navega. Y cómo. Cuando el viento alcanza la intensidad suficiente, hace tabletear contra los palos las drizas de los veleros que esperan en sus amarras. Ese concierto de percusión vale como aviso a los navegantes. Hay otro punto en la escala, cuando ha arreciado unos cuantos nudos, en que hace cantar a los obenques con voces que bien podrían ser las de los marinos ahogados. Esa queja tiene su traducción precisa en alarmas y recaudos. Hay otro punto, más allá, en que desborda el horizonte un bramido que parece venir desde algún lugar en el fondo del cielo. Esa llamada es intraducible. Cuando suena, es el momento más propicio para la goleta.
Cuando ya hace rato que los demás tuvieron que achicar paño y buscar refugio, ella principia a gozar de la tormenta. Así ha hecho en horas viajes que demandan días, vibrando como si fuera un instrumento musical.
Volvemos a salir a cubierta.
–Viene más viento –comenta Fernando después de estudiar las nubes y se queda callado. Acaricia la madera pensativo. Parece que acechara alguna señal entre el chapoteo del agua, los susurros del juncal, los aleteos y las zambullidas de los biguás, las olas que rompen a la distancia contra los malecones. Hasta que su voz vuelve:
–El sueño de irme lejos es permanente, me flagela –confiesa de un tirón. El viento se levanta. Pega una sacudida la cadena del ancla y la goleta se estremece bajo nuestros pies, provoca, invita. En la cara nos golpea el aliento de las islas.

martes, 16 de agosto de 2011

Las relaciones peligrosas.

Carta IV
El vizconde de Valmont a la marquesa de Merteuil, en París

Las órdenes de vmd, me encantan, y el modo de darlas es más amable aún; haría vmd. amar el despotismo. No es es la primera vez, vmd. lo sabe bien, que siento no ser su esclavo, y porque más que vmd. me llame monstruo, nunca recuerdo sin placer el tiempo en que me honraba con nombres menos duros. Aún suelo desear a menudo volver a merecerlos, y acabar por dar a vmd., al mundo, un ejemplo de constancia. Pero mayores intereses nos llaman; el hacer conquistas es nuestro destino; debemos seguirle; quizá al cabo de la carrera volveremos a encontrarnos; pues, sea dicho sin que os enfade, mi bella marquesa, vmd. me sigue a paso igual, y desde que, separándonos por el bien del mundo, predicamos la fe, cada uno por su lado, me parece que esta misión de amor convierte vmd. más gente que yo. (...). Siendo vmd. depositaria de todos mis secretos, voy a confiarle el proyecto mayor de cuantos he formado en mi vida... ¿Qué me propone vmd.?, seducir a una jovencita que no ha visto ni conoce nada; que, por decirlo así, me sería entregada sin defensa; que el primer homenaje embriagará, y a quien tal vez precipitará antes la curiosidad que el amor. Mil otros pueden lograrlo como yo. No sucede así con la empresa que medito; su logro me asegura tanta gloria como placer. El amor, que prepara mi corona, duda él mismo entre el mirto y el laurel, o más bien los reunirá para honrar mi triunfo. Vmd. misma, mi bella amiga, vmd. misma sentirá un santo respeto y dirá con entusiasmo: 'He aquí el hombre según mi corazón'.

Ya conoce vmd. a la presidenta de Tourvel, su devoción, su amor conyugal y sus principios austeros. Todo eso es lo que me propongo atacar; ése es el enemigo digno de mí; ése es el fin que pretendo conseguir.

De la quinta de..., el 5 de agosto de 17.."

El juego de venganza, seducción, placer, crueldad y perdición ha empezado. La alianza entre el libertino vizconde y la marquesa viuda está a punto de fraguarse y los enredará en una guerra mutua que los precipitará hacia la desgracia. Así es Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos (1741-1803), una obra epistolar única de la galantería, la perfidia y el refinamiento de la manipulación a través de la cual sus propios protagonistas se autorretratan carta a carta, para desplegar un juego cuya dicha está en la maldad de destruir las relaciones sentimentales. La novela es el resultado de las frustraciones del escritor y militar De Laclos, y en ella logra crear una geografía del lado oscuro de los impulsos seductores y sexuales humanos más bajos. Y más allá de esta competición establecida entre estos dos amigos, amantes y rivales, De Laclos dispara contra la aristocracia de la época, critica su frivolidad, su inhumanidad y su falta de sensatez que la podría llevar a su declive, como el propio destino que le deparó él en su libro al vizconde de Valmont y a la marquesa de Merteuil.

Volvamos, pues, al París de finales del siglo XVIII, a sus refinadas intrigas palaciegas y soberbia de sus personajes, y a ver qué le contestó la marquesa a vizconde:

"Carta V
La marquesa de Merteuil al vizconde de Valmont

¿Sabe vmd., vizconde, que su carta es sumamente insolente y que tendría yo derecho a enfadarme si quisiera? Pero he visto por ella claramente que había usted perdido la cabeza, y sólo esto le libra de mi indignación. Amiga generosa y sensible, olvido mi propia injuria para no pensar sino en el peligro de vmd., y por más que sea cosa fastidiosa el razonar, cedo a la necesidad que tiene vmd. de ello en este momento. ¡Vmd. tener a la presidenta de Tourveil! ¡Qué capricho tan ridículo! Reconozco con ello la mala cabeza de vmd., que siempre desea justamente lo que cree que no podrá lograr. ¿Qué ve vmd. en esa mujer en suma? (...) Dos mujeres como ésta bastarían para hacerle perder toda reputación. (...) Acaso vencerá usted esta dificultad, pero no se lisonjee de destruirla. Vencerá vmd. al amor de Dios, pero no al temor del diablo; y cuando tenga entre sus brazos a su amada y sienta palpitar su corazón, esté seguro que es de miedo y no de amor. (...)

Sin embargo, tal es el bello objeto por el cual vmd. me desobedece, se entierra en casa de su tía, y renuncia a la empresa más deliciosa, y más capaz de darle honor. Escuche vmd.; le hablo sin enfadarme, pero en este momento estoy tentada de creer que no merece vmd. la reputación que tiene, y sobre todo lo estoy de cesar de hacerle mi confidente. Nunca me acostumbraré a decir mis secretos al amante de la señora de Tourvel.

Sepa vmd., no obstante, que la señorita Volanges ha hecho ya una conquista. El joven Danceny está loco por ella. (...) Le aconsejo que muestre dulzura, porque en este momento nada me costaría dejarle. Estoy segura de que ahora tuviese la buena idea de romper con él, se desesperaría, y nada me divierte más que un amante desesperado. Me llamaría pérfida, y esta palabra me ha dado siempre mucho gusto. Después de la de cruel es la más dulce para el oído de una mujer, y cuesta menos merecerla. Seriamente voy a ocuparme de esta ruptura; vea vmd., sin embargo, de lo que vmd. es causa. Por eso lo echo sobre su concienca. Adiós; recomiéndeme vmd. a las oraciones de su presidenta.

París, 7 de agosto de 17..".

Pobres malvados, maquiavélicos Valmont y marquesa de Merteuil, si supieran que en unas pocas semanas su malsana y feliz alianza se irá transformando en despecho y venganza por el incumplimento de las leyes del cruel juego por parte de uno de ellos, al enamorarse de la víctima. Será Valmont, y la marquesa no lo soportará, y así los dos escribirán su desgracia sentimental y social. Una metáfora de lo que auguraba Pierre De Laclos a la aristocracia francesa si seguía por ese camino de hipocresía, ensalzamiento de las apariencias en un refinado estilo de cartas en las que se desplegaban astutas estrategias en pos de un espúreo trofeo amoroso y sexual. Previeron sortear todos los obstáculos, pero se olvidaron de sí mismos.

Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos, de una traducción anónima del francés del siglo XIX, revisada por Gabriel Ferrater (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores).

Imágenes: Fotogramas de la película Las amistades peligrosas, de Stephen Frears (1988), protagonizada por Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer, Keanu Reeves, Uma Thurman.