sábado, 18 de marzo de 2017

Voluntades Leon de Aranoa



Raúl Santos Garciátegui, oficial del ejército de Pancho Villa, recibió el encargo de elaborar una lista con las últimas voluntades expresadas por los condenados ante el pelotón de ejecución, instantes antes de morir. Su redacción final consigna entre paréntesis, después de cada petición, el número de veces que fue realizada, y constituye un variado muestrario de los caprichos, miedos y debilidades de la naturaleza humana, a saber:
Fumar un cigarrillo (132)
Tomar un último trago (204)
Ser escuchado en confesión por un sacerdote (78)
Ser ejecutado sentado (32)
Ser ejecutado de espaldas (17)
Rezar una oración (64)
Escuchar el himno nacional (12)
Cantar un corrido muy mentado (3)
Contemplar a una mujer desnuda (6)
Contemplar a una mujer (24)
Revelar un crimen cometido u otro acto vergonzante (8)
No recibir disparos en la cara (7)
Hacer llegar una misiva a esposa e hijos (41)
Hacer llegar una misiva a una mujer sin especificar (32, de los cuales 30 son coincidentes con los anteriores; no se extraen conclusiones)
Conocer los nombres de los soldados que componen el pelotón (9)
Estrechar sus manos (5)
Abrazarles uno a uno (3)
Bailar con el capitán al mando (1)
Dar él mismo las órdenes al pelotón de ejecución (1)


Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

Argumentum Ornithologicum

Diego Paszkowski




Estaba sentado en el sillón del living, leía un libro. Cuando escuché el timbre me sobresalté. No esperaba a nadie: nunca espero a nadie. Pocas veces alguien toca mi timbre. Algunas mañanas el portero del edificio, cuando limpia el tablero de la puerta de entrada. A veces algún vendedor, o religiosos a quienes jamás atiendo. De modo que, en mi sillón, leía un libro, escuchaba música, tomaba un trago, una copita de licor irlandés, y escuché el sonido del timbre. Pensé en quedarme así, sentado en el sillón. Después de todo no tenía por qué atender a nadie. Era sábado por la tarde, mi día de descanso. Había trabajado toda la semana, y me quedaría allí para disfrutar de mi licor Baileys, de mi libro de Carver, del disco de Chet Baker. Pero de pronto pensé otra cosa. Fue como una revelación. Podía ser ella. Sí, podía ser ella que volvía. Podía ser ella, que volvía a buscarme, a decirme que no se había olvidado de mí. Me levanté de un salto y corrí hasta levantar el auricular del portero eléctrico. Grité “hola, hola, sí, quién es, hola”. Pero nadie respondió. Abrí la puerta y salí al pasillo. Como el ascensor no funcionaba debí bajar los tres pisos, saltar rápido los escalones de dos en dos. Abajo tampoco había nadie. Mala suerte, me dije, y emprendí el lento ascenso de los tres pisos. En casa la música se había terminado y ya no quedaba licor. Quedaba el libro, pero ya no tenía ganas de leer.
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

Primer aviso Juan J. Millás



El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz angustiada había dejado el siguiente mensaje: «Mamá, soy yo, Cristina, que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme, estaré toda la tarde aquí, soy Cristina.»
Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las pare.
Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del contestador y alguien dijo: »Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU.» Evidentemente, tampoco soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo escuché: «Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta misma tarde me voy a suicidar.» Tampoco soy Miguel, pero estuve tres días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de sucesos, y así no se puede vivir.
De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el siguiente mensaje: «Marta, que vengas enseguida porque Manolito se ha caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar al bebé. Date prisa.» Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que avisa no es traidor.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

Fairy Song Gudiño Kieffer

Estaban las que ayudaban a las arañas a tejer sus telas, las que sujetaban gotas de rocío en las orejas de las prímulas, las que cantaban acompañadas por orquestas de grillos la historia del castillo de Tintagel. Estaban las que pulían escapadas mágicas, las inventoras de filtros y conjuros, las que otorgaban dones, las que reían recordando cómo ayudaban a contrabandear blondas y brandy; las que lloraban al pensar en la huida desde el malecón de Dymchurch, abandonando la vieja Inglaterra que se volvía cada vez más cruel, con sus horribles campanas de Canterbury, sus hogueras de Bulwerhithe, su inundación de Winchelsea y esa gran reina reumática y enjoyada y envuelta en tiesos brocados y encajes y para colmo virgen, qué cosa. Estaban las más traviesas, que por la noche hacían danzar fugaces lucecitas verdes en las ojivas de las iglesias y los camposantos, espantaban a los caballos, volcaban la cerveza en los delantales de las criadas y cuajaban la leche. Estaba, por último, la que se aburría y quiso cambiar, prescindiendo para siempre de su verdadera esencia; la rebelde que se arrancó las alas traslúcidas y con el tiempo se encarnó en un cuerpo de mujer. Miró al mundo a través de sus ojos oscuros y separados, lo aspiró con toda su piel, sintió cosas absolutamente nuevas y excitantes que se llaman placer, dolor, inquietud, angustia, amor. Supo que, si bien ya no podía cabalgar en un escarabajo o pintar auroras boreales o coronarse de carámbanos, podía en cambio hacer todas las cosas que hacen los humanos. Se sumergió en arduos textos metafísicos, buscó a Dios en la religión y en la ciencia, descendió a la peor abyección y trepó a la sublimidad más excelsa. Por momentos hasta sufrió. Todo era desmesurado. nada era bastante. Recordaba su condición anterior, en la que palabras como amor, vida y muerte carecían de sentido. No quería volver a eso, aunque a veces se arrepentía de haberse elegido mujer. Pero como no le quedaban más alternativas, se encogió de hombros y dejó que el amor, la vida y la muerte le acaecieran.

“Las hadas existen… pero no tanto.”

Eduardo Gudiño Kieffer

viernes, 17 de marzo de 2017

Oscar Wilde

«Ego te absolvo»


I

Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y manchadas por el polvo de los caminos, los soldados de Miralles tienen caras de bandidos, con su piel color hollín y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier momento con una rabia creciente.

¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de las fatigas de Estella, España seria suya.

Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la alegría de verterla es la que les mantiene en pie, por muy cansados y rendidos que se encuentren.

Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que murieron de hambre y de miseria en tierras extranjeras, sienten rabia de fieras contra aquellos soldados que les disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey para repartirse, sobre las gradas del trono restaurado, los cargos del reino y las riquezas de los vencidos.

Entre estos montañeses y los hombres de los partidos nuevos no median únicamente rencores políticos: existen, sobre todo, y antes que nada, viejas cuentas de asesinatos impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha.

Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus manos, ¡infeliz de él!, paga por los demás, por los que se escurren.

-Hermano, hay que morir -le dicen, apoyándole contra una roca.

El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien desciende su mano en un amén más lento, los fusiles, alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la muerte.

La víctima se desploma como un guiñapo y no se vuelve a hablar de la cosa.

Los buitres de los Pirineos hacen lo demás.

Si el cura de Miralles, un hombrecillo rechoncho y encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su fusil al hombro y absuelve o bendice al moribundo con gesto rápido.

A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le sirve para escudriñar rocas o encinares, confiesa al prisionero.

¡Un general es responsable de la vida de sus tropas, qué diantre!

Liberal, pero, eso sí, católico, el prisionero no parece sorprendido del extraño doble oficio del sacerdote soldado.

Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle, y es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado coger y porque él fusilaría lo mismo si hubiera cogido un prisionero.

Esta lógica satisface por completo las débiles exigencias de su cerebro de campesino arrancado del terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares.

Y, además, ¿para qué luchar con este hecho brutal de la muerte amenazadora, inmediata, inevitable?

Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer el equipaje bien para presentarse con todo en orden cuando le corresponda hacer su entrada en el más allá inevitable.



II

Aquella noche, al ponerse el sol, hallábase Pedro Careaga de centinela en la sima de Mallorta, cuando una mujer con un mulo dobló por el sendero de Buenavista.

Tiró al azar y fue el mulo el que cayó. La mujer corrió hacia él sin darle tiempo a cargar otra vez, y cuando la tuvo en la punta del cañón, el navarro no pudo decidirse a tirar.

La hembra era bella y deseable, con sus largos cabellos negros que caían en cascada hasta sus piernas, sus labios rojos y sus pupilas brillantes.

Pedro Careaga olvidó, por su prisionera, la causa de don Carlos y la Libertad.

La mujer, que tenía miedo, le juró además que adoraba al «rey neto». Le probó que no detestaba las caricias perfumadas con pólvora de guerra y que Pedro Careaga era, si no el más hermoso de los mortales, por lo menos el más mimado de los vencedores: todo esto entre las moles de piedra de la sima de Mallorta.

Los brazos de la prisionera rodeaban aún, como un collar de oro moreno, el cuello curtido de Careaga, cuando llegó Joaquín Martínez a relevarle.

-¡Eh, poquito a poco! -dijo-. Hay que repartir, caballerito. Las noches son frescas. No es bueno dormir sin capote, compañero. Ya veo que eres hombre precavido: dosel de pelo, brazos tibios como pañuelo del cuello y manta de carne suave. ¡Me llegó la vez, amigo!

Careaga se levantó y, colocando detrás de él a la prisionera, respondió:

-¡Te llegó la vez, mequetrefe! Donde reina Careaga, no hay otro rey. Si las noches son frescas, ve a calentarte contra esa mula que ha tirado patas arriba mi carabina, o si no tira tú otra. ¡Mi botín es mío, como Navarra es del rey Carlos, hijo de judía!

Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar, cuando la mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y mandó la bala a perderse en las nubes. Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma descargada y de un navajazo en pleno vientre tendió en el suelo a la prisionera de Careaga.

-¡Ah canalla! -aulló el navarro precipitándose hacia adelante y blandiendo su carabina.

Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario de las blasfemias. Y se desplomó arrojando una espuma blanquecina por la comisura de los labios en el charco de sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada.

Atraído por el ruido de la detonación, llegaba Miralles seguido de unos cuantos hombres.

Con sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido de un mal fusil, el cura bandolero abarcó la escena.

-¡Puercos! -gruñó sordamente-. Veamos la hembra. ¡Hermosa mujer despachada de un negro navajazo! ¡De qué te ha servido, inocente narciso! Careaga, por lo menos, ha gozado. Bien, muchacho -repuso dirigiéndose a Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él-, ¡es muy bonito eso de querer robar el botín de un compañero! ¡Eh, vosotros! Dejadme confesar a este pagano; aquí no se os necesita para nada. Di tu «confiteor», Martínez, y haz acto de contrición.

-«Ego te absolvo» -murmuró Miralles con un gesto de bendición-. ¡Puercos, malditos hijos de p... que se destrozan por una hembra!

Y en seguida, encañonando bruscamente su fusil hacia el individuo, le abrasó los sesos sobre los dos cadáveres.

-¡Si les dejase uno hacer a estos mocitos -refunfuñó- no tendría don Carlos ejército dentro de poco!





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Oscar Wilde - El eremita

  Hasta la cumbre del cerro de cristal llega la mujer. La mujer sostiene un recipiente colmado de agua azulada. A su alrededor, muere un año. Un año que desfallece entre acantilados de piedras desgastadas, atravesadas por grietas. Hendiduras que manan cenizas y polvo. Y sobre el año que se disipa, la mujer derrama su agua. Alimenta un nuevo origen. Asegura la recuperación del principio. En ese lugar quizá podamos pronunciar otra vez algunas preguntas esenciales. La pregunta por la sabiduría ausente, tal vez. ¿Cómo imaginará nuestro nuevo año el sitio del saber profundo? Que cada quien busque su respuesta. Por mi parte, quisiera compartir con ustedes, en este nuevo envío de Recuerdo de lo Sagrado, una posible respuesta a la pregunta por la sabiduría que, a través de la imaginación y la literatura, plasmó un artista, Oscar Wilde. Les propongo entonces la lectura de El maestro de la sabiduría. Seguramente, todo lector atento podrá hallar en la bahía de este relato del gran escritor irlandés su propio prisma para atraer y explorar la luz de una sabiduría posible.

Esteban Ierardo


  EL MAESTRO DE SABIDURÍA
     Desde su infancia se le había inculcado el perfecto conocimiento de Dios, y aun mientras no fue sino un chiquillo varios santos, así como ciertas mujeres de vida santa que habitaban en la ciudad libre donde él nació, se habían asombrado por la grave prudencia y sabiduría de sus respuestas.
Y cuando sus padres le entregaron la túnica y el anillo de la virilidad, los besó y, abandonándolos, recorrió el mundo porque quería hablar de Dios a toda la tierra. Porque he aquí que por aquel tiempo había muchos en el mundo que no conocían a Dios o bien tenían de El un conocimiento incompleto o adoraban a los falsos dioses que habitaban los bosques sin preocuparse de sus adoradores.   
Y poniéndose cara al sol, emprendió el viaje, caminando sin sandalias, como había visto caminar a los santos, llevando colgadas de su cinturón una bolsa de cuero y una botella de arcilla cocida llena de agua.
Y mientras andaba a lo largo del camino le embargaba ese gozo que nace del perfecto conocimiento de Dios y le cantaba alabanzas sin cesar. Y al cabo de algún tiempo llegó a un país extraño en el que había muchas ciudades.
Y atravesó once ciudades. Y algunas de ellas se hallaban en los valles, y otras en las orillas de grandes ríos, y otras en lo alto de las colinas. Y en cada ciudad encontró un discípulo que le amó y le siguió, y de cada ciudad le siguió también una gran multitud, y el conocimiento de Dios se extendió sobre toda la tierra, y muchos de sus gobernantes se convirtieron, y los sacerdotes de los templos en que había ídolos vieron como se perdía la mitad de sus ganancias y que cuando a mediodía golpeaban sus tambores nadie o muy pocos acudían con pavos reales y con ofrendas de carne, como había sido costumbre en aquella tierra antes de su llegada.
Sin embargo, cuanta más gente le seguía y mayor era el número de sus discípulos, más aumentaba su aflicción. E ignoraba por qué era tan grande su pesar, ya que, en verdad, hablaba siempre de Dios y de la plenitud del perfecto conocimiento de Dios, que Dios mismo le había dado.
Y una noche, al salir de la undécima ciudad, que era una de Armenia, seguido de sus discípulos y una gran multitud, subió a una montaña y sus discípulos le rodearon y la multitud se arrodilló en el valle.
Y he aquí que hundió la cabeza en sus manos y lloró y dijo a su alma:
-¿Por qué estoy tan afligido y siento tanto temor, y por qué cada uno de mis discípulos es como un enemigo que camina a plena luz?
Y su alma le contestó diciendo:
-Dios te ha llenado del perfecto conocimiento de El mismo y tú has dado este conocimiento a los demás. Has dividido la perla de gran valor, y la túnica sin costura la has cortado por en medio. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo. Es como el que da un tesoro a un ladrón. ¿No es Dios más sabio que tú? ¿Quién eres tú para revelar el secreto que Dios te ha confiado? En tiempos fui rica, y me has empobrecido. En tiempos vi a Dios, y ahora lo has ocultado a mi vista.
Y volvió a llorar, porque sabía que su alma le decía la verdad, y que había
entregado a los demás el perfecto conocimiento de Dios... y que su fe le iba abandonando en relación al número de los que creían en él.
Y se dijo: "No volveré a hablar de Dios. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo."
Y unas horas más tarde, sus discípulos se le acercaron e, inclinándose hasta el suelo, dijeron:
-Maestro, háblanos de Dios, porque tú posees el perfecto conocimiento de Dios, y ningún otro hombre excepto tú lo posee.
Y él les contestó diciendo:
-Os hablaré de todas las otras cosas que están en el cielo y en la tierra, pero no os hablaré de Dios. Ni ahora ni en ningún momento os hablaré de Dios.
Y ellos fueron presa de la ira y le dijeron:
-Nos has conducido al desierto para que te oyéramos. ¿Vas a despedimos hambrientos, así como a la gran muchedumbre que te ha seguido?
Y él les contestó diciendo:
-No os volveré a hablar de Dios.
Y la muchedumbre murmuró contra él, increpándole:
-Nos has conducido al desierto y no nos has dado alimentos para comer. Háblanos de Dios y nos bastará.
 Pero no les contestó ni una sola palabra, porque sabía que si les hablaba de Dios se desprendería de su tesoro. Y sus discípulos se alejaron entristecidos y la multitud regresó a sus hogares. Y muchos perdieron la vida en el camino.
Y cuando se quedó solo se levantó y, volviéndose cara a la Luna, emprendió el viaje, y viajó durante siete lunas, sin hablar a ningún hombre y sin contestar a ninguna pregunta. Y cuando la séptima luna se hubo desvanecido, llegó al desierto, que es el desierto del gran río. Y habiendo encontrado una caverna que en tiempos ocupó un centauro, la tomó por morada, y se trenzó una estera de juncos para acostarse, y se transformó en ermitaño. Y a cada hora el ermitaño ensalzaba a Dios, que le había permitido conservar algún conocimiento de El y de su inmensa grandeza.
Pero una noche, estando el ermitaño sentado ante la caverna que había tomado por morada, vio a un joven de rostro hermoso y perverso pasar ante él mal vestido y con las manos vacías. Todas las noches pasaba el joven con las manos vacías, y todas las mañanas regresaba con las manos llenas de púrpura y perlas, porque era un ladrón que desvalijaba las caravanas de mercaderes.
Y el ermitaño le miró y le compadeció. Pero no le dijo una sola palabra, porque sabía que aquel que habla pierde su fe.
Y una mañana, cuando regresaba con la manos llenas de púrpura y perlas, el joven se detuvo, ceñudo, golpeó la arena con el pie y dijo al ermitaño:
-¿Por qué me miras siempre de este modo cuando paso? ¿Qué es lo que veo en tus ojos? Porque hasta ahora ningún hombre me ha mirado así. Y esto es para mí como una espina dolorosa.
Y el ermitaño le contestó diciendo:
-Lo que ves en mis ojos es piedad. La compasión es lo que te mira desde mis ojos. Y el joven rió despectivo e increpó al ermitaño diciéndole con acritud:
-Tengo púrpura y perlas en mis manos, y tú sólo tienes una estera de juncos para acostarte. ¿Cómo puedes compadecerme? ¿Y por qué sientes esta compasión?
-Te compadezco -explicó el ermitaño- porque no tienes conocimiento de Dios.
-¿Es acaso una cosa preciosa ese conocimiento de Dios? -preguntó el joven acercándose a la boca de la caverna.
-Es mucho más precioso que toda la púrpura y las perlas del mundo -contestó el ermitaño.
-¿Y lo tienes tú? -dijo el ladrón acercándose un poco más.
-En otro tiempo poseía en verdad el perfecto conocimiento de Dios, pero, en mi locura, me desprendí de él y lo repartí con otros. No obstante, aun ahora lo poco que me queda es para mí más precioso que la púrpura y las perlas.
Y cuando el joven ladrón oyó esto, tiró la púrpura y las perlas que llevaba en sus manos y, desenvainando una afilada espada de curvo acero, dijo al ermitaño:
-Entrégame al instante ese conocimiento de Dios que tú posees o te mataré. ¿Por qué no mataría yo al que posee un tesoro mucho mayor que mi tesoro?
Y el ermitaño extendió los brazos, diciendo:
-¿No sería mucho mejor para mí llegar hasta lo más profundo de los tribunales de Dios y ensalzarle, antes que vivir en el mundo sin su conocimiento? Mátame, si ese es tu deseo, pero no te cederé mi conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón cayó de rodillas y le suplicó, pero el ermitaño no quiso hablarle de Dios ni cederle su tesoro, y el ladrón se puso en pie y dijo al ermitaño:
-Sea como tú quieras. Por mi parte, iré a la Ciudad de los Siete Pecados, que está solo a tres días de marcha de este lugar, y me darán placer a cambio de mi púrpura y me venderán alegría por mis perlas.
Y recogiendo perlas y púrpura, se alejó rápidamente.
Y el ermitaño le llamó a voces, y le siguió, y le suplicó. Por espacio de tres días siguió al joven ladrón por los caminos, suplicándole que volviera sobre sus pasos y no entrara en la Ciudad de los Siete Pecados.
Y de tanto en tanto, el joven ladrón se volvía a mirar al ermitaño y le llamaba, diciéndole:
-¿Vas a darme ese conocimiento de Dios que es más precioso que la púrpura y las perlas? Si me lo das, no entraré en la ciudad.
Y el ermitaño contestaba invariablemente:
-Te daré todo lo que tengo, excepto una sola cosa. Esa cosa no me es lícito dártela.
Y al atardecer del tercer día llegaron cerca de las grandes puertas rojas de la Ciudad de los Siete Pecados. Y de la ciudad les llegó el eco de muchas risas.
Y el joven ladrón rió en respuesta y trató de llamar a la puerta. Al darse cuenta, el ermitaño se adelantó corriendo y le retuvo por los faldones de sus vestiduras, diciéndole:
-Abre tus manos, rodea mi cuello con tus brazos y acerca tu oído a mis labios, y te diré lo que me queda del conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón se detuvo.
Y cuando el ermitaño le hubo dado su conocimiento de Dios, cayó al suelo llorando, y una gran oscuridad ocultó a su vista la ciudad y el ladrón de tal modo que no los volvió a ver más.
Y estando allí echado y llorando, notó que El estaba de pie a su lado; Aquel que estaba a su lado tenía los pies de bronce y el cabello fino como la lana, y levantó al ermitaño, diciéndole:
-Antes de ahora has tenido el perfecto conocimiento de Dios. De ahora en adelante poseerás el perfecto amor de Dios. ¿Por qué lloras?
Y le besó. (*)                              


(*) Fuente: El fantasma de Canterville y otras narraciones, de Oscar Wilde, Ed. Juventud, Barcelona.