martes, 13 de diciembre de 2016

Resurrección de M. Figueras



Autor: Marcelo Figueras

Fui el primer sorprendido al despertar, porque nadie espera regresar de la muerte.

Todavía tenía fresca la angustia del final. En aquel momento sufrí algo peor que la agonía: el temor de no haber muerto del todo. Mi mente seguía funcionando entre los pliegues de un cuerpo inútil. Era como estar atrapado en un ascensor, en las entrañas de un edificio abandonado: nadie oía los gritos, un trueno dentro de mi cabeza. Pensé con horror que iban a enterrarme en ese estado. Pero la oscuridad sobrevino de golpe, misericorde. Por eso creí al regresar que no había muerto, en realidad; que se había tratado de una pesadilla. Sin embargo los médicos seguían allí. Aunque no identifiqué a ninguno (tampoco reconocía el lugar, ese techo abovedado, el racimo de lámparas), se los veía exultantes. Me preguntaron si podía oír, si comprendía sus palabras. Mis pulmones se abrieron, resurgía al cabo de una inmersión prolongada. En lugar de aire, el pecho y la garganta se me llenaron de fuego. Tuvieron que sedarme.

Cuando desperté me recibió un dolor tolerable, pero todavía no podía moverme. Me pidieron que expresase afirmación con un parpadeo y negación con dos. Parpadeé. Eso los puso contentos. El médico más viejo me preguntó si recordaba haber muerto. Tardé unos instantes en parpadear. (Más tarde confesaron que había vertido una lágrima.) Después quiso saber si era consciente de haber resucitado. Cerré mis ojos dos veces. Entonces levantaron un espejo por encima del cuerpo desnudo. Vi la cicatriz que me partía el pecho en forma de Y.

El médico del turno noche tuvo la gentileza de explicar lo ocurrido. El equipo del doctor Rien (así se llamaba el viejo) llevaba décadas trabajando en técnicas de resucitación. Tres horas después de la muerte mi cuerpo había sido sumergido en un líquido: una sopa similar a la amniótica, para preservarlo de la descomposición. Mientras flotaba se lo estimuló mediante diversas técnicas. Según el médico, la principal actuaba en el nivel de lo molecular. Cada ser humano está compuesto por trillones de átomos, que trabajan en sintonía para que el individuo sea quien es y no otro, u otra cosa. En la hora de la muerte esas partículas comprenden que la asociación ya no es válida e inician un proceso de emigración y recombinación. (Esto nos iguala a todos: algunos de nuestros átomos pertenecieron alguna vez a un jabalí, a un herrero, a Jack el Destripador.) Con un dejo de humor, el médico sugirió que la estimulación persuadía a esos átomos de seguir creyendo en mi existencia.

El primer latido de la sobrevida se registró setenta horas después de mi muerte: una burbuja que estalló en lo hondo del pecho. Tardé otro día y medio en regresar a la conciencia. Los médicos ignoraban cuánto demoraría en recuperar dominio sobre el resto de los músculos, aún respiraba de manera asistida. Cada caso era diferente, dijeron; todavía no habían reunido la experiencia necesaria para fijar patrones. Debía tener paciencia, mis músculos estaban siendo masajeados mediante impulsos eléctricos. Comprendí que el olor a quemado que había sentido al despertar era mi propio olor, y recordé la imagen del espejo. Ahora entendía por qué no quedaba un solo pelo sobre mi cuerpo.

Había presentado un caso ideal para el procedimiento. La autopsia reveló que mi muerte se debió a una malformación en la válvula mitral, un problema que habría sido solucionado si hubiese obtenido un diagnóstico oportuno. Una vez abierto el pecho era sencillo reparar la válvula con una intervención post mortem, eliminando la causa del deceso y asegurándose, así, de que no volviese a hundirme a poco de resucitado.

La ley requería un consentimiento que mis familiares firmaron. Apenas recuperé el habla, los médicos preguntaron si estaba dispuesto a verlos. Quise saber cuánto les habían pagado. Mis familiares nunca habían tenido interés en más ciencia que la del propio beneficio. Diplomático, el doctor Rien dijo que comunicaría mi inquietud al departamento contable del Instituto. Le solicité que mientras tanto me evitase el penoso trámite de las visitas. (Yo también podía ser diplomático.)

Por las noches el Instituto se vaciaba. Eran mis horas favoritas. Podía pasearme libre de enfermeras que me trataban como un juguete frágil y caro. Disfrutaba de la penumbra que era un bálsamo para mis ojos, mientras arrastraba mi báculo de suero. Pero no era el único en gozar de libertad a esas horas: también estaba Víctor, el hijo del jefe de seguridad, que vivía en la planta alta. Era un niño de seis años, taciturno y aun así movedizo, con el que nunca pude hablar: nos separaban cristales. Sin embargo nos cruzábamos noche a noche, en algún punto del trayecto; jugaba a no ser visto y yo jugaba a buscarlo. El médico que cubría ese turno preguntó una vez si el niño era una molestia. Respondí que me complacía tratar con alguien que no intentase pincharme o llenarme de píldoras.

Me lo imaginaba explorando el Instituto con avidez. Pretendiéndose en el interior de un castillo o de una nave espacial. Víctor me ayudaba a recordar una infancia que tenía la consistencia de una bruma; en esta segunda vida había nacido viejo.

¿Qué podía rescatar de mi vida anterior? Había sido un hijo desangelado. Mis padres murieron a edad prematura. Nunca encontré una vocación que me persuadiese de construir un futuro, apilando ladrillo sobre ladrillo. Trabajé a desgano, protestando por un dinero que nunca alcanzaba para lo que pretendían venderme. Mis amores no fueron duraderos, porque nunca les fui ni me fueron fieles. Ni siquiera merecí la confianza de mi perro, que se mandó a mudar. Y aun así, a pesar de lo gris de aquella existencia, mi apego a la vida había sido extremo hasta el último segundo. La experiencia me había enseñado que la única forma de transitar la muerte era comprender su beneficio, el alivio que deriva de la promesa de ya no sufrir afanes, frío, desamor. Pero la sobrevida me condenaba a lidiar otra vez con cosas insoportables. El dolor físico. La mezquindad del género humano. ¡La incertidumbre de un mañana en semejante compañía!

Que me hubiesen impuesto el papel de Lázaro no significaba que debiese aguantarlo. Mis quejas eran constantes: por el dolor de los huesos, por las interminables sesiones de rehabilitación, por la pésima comida (en realidad era mi gusto el que se había atrofiado), por la negativa de mis cabellos a crecer. La estimulación no había engañado a los átomos que conforman el pelo.

Perdemos y ganamos, le gustaba decir al doctor Rien, para quien el universo funcionaba sobre un equilibrio en permanente reinvención. Pero yo sólo veía las pérdidas. Al poco tiempo de resucitado, todo el personal del Instituto me consideraba intratable.

Tanto malhumor terminó perturbando hasta a los médicos. Alegaban que esa disposición ralentaba mi progreso, pero el verdadero motivo de su molestia era otro: como daban por descontado que debía estarles agradecido, les ofendía mi resentimiento. Cuando al fin Rien protestó por mis desplantes, le pregunté si le temía a la muerte. Me dijo que sí, como todo el mundo: ¡incluso en su circunstancia, cuando le constaba que no necesariamente era el final! Le pregunté entonces qué sentiría si estuviese condenado a morir dos veces. No volvió a dialogar conmigo más que para los chequeos de rigor.

Una noche el pequeño Víctor usó un dedo vacilante para escribir sobre el cristal que nos separaba. Lo primero que dibujó fue una letra V. Supuse que quería comunicarme su nombre (que yo ya sabía), y que su escaso dominio del alfabeto se lo dificultaba. Me aproximé al cristal para ayudarlo. No llegué siquiera a tocar la superficie. Se puso pálido y salió corriendo.

Pasaron tres noches sin que regresase. Había empezado a preocuparme por su salud cuando lo vi llegar, caminando de puntillas. Volvió a escribir la letra V. Esta vez me quedé quieto, no quería entrometerme. Para mi sorpresa la segunda letra fue una E, que me llegó invertida como si la viese en un espejo. Dio dos trazos más a las apuradas, como si estuviese retrasado para otra cita.

No fue su nombre lo que escribió. La palabra era vete.

El niño me veía como un fantasma. Yo era la figura calva y cenicienta que arrastraba sus grilletes por las noches, gimiendo ante cada esfuerzo que demandaban sus músculos. El espectro que salía a su encuentro en todos los cristales, un Fantasma de Navidades Futuras. ¿Cómo no comprender que reclamase mi desaparición?

Cuando descubrieron que la lentitud de mi progreso había sido una farsa, ya era tarde. Me había escapado del Instituto, abusando de las limitaciones de la guardia nocturna. Deben haberme buscado de manera febril. Imagino la presión que habrá ejercido el departamento contable, después de invertir tanto en mí; aunque estoy seguro de que el personal celebró en silencio mi partida.

A veces me pregunto si esta nueva existencia no será el Purgatorio del que me hablaban, cuando tenía la edad de Víctor. En ese caso debo estar haciendo un buen trabajo. Esta segunda vida me da más satisfacciones que la original, desprolija como sólo puede serlo un borrador. Al amenazar a mis familiares con la perspectiva de un juicio, recuperé parte del dinero que cobraron por mi resurrección. Alcanzó para comprarme una buhardilla sobre la que el sol brilla el año entero. Administrando el sobrante vivo frugalmente, lo que no es difícil ahora que estoy más allá de los apetitos. Y aun así me doy los gustos que siguen contando para mí. Leer libros. Atracarme de películas y series. Bañarme en el mar cuando atardece. (Escribir es un placer nuevo, en el que quizás persevere.) Si necesito reír, visito a gente que me detestaba y que, atrasada de noticias, piensa todavía que lo último que hice fue morirme. La expresión de sus rostros al abrir la puerta justifica por sí sola esta segunda vida.

Pero lo que más me gusta es disimular mis rasgos bajo un sombrero y pasear cerca del Instituto. El pequeño Víctor suele ayudar a su madre en la huerta. Es obvio que disfruta de la labor, tiene un talento innato para cuidar de cosas que crecen. ¿Le habrá revelado ese instinto cuán antinatural era esta gárgola en que me convirtieron?

De tanto en tanto regreso por las noches y dejo una planta en medio de la huerta. Lo hago cuando sé que mira a través de las ventanas, para que sepa que es el fantasma quien lo malcría. Mi deseo es que comprenda (más pronto que yo, de ser posible) algunas cuestiones fundamentales: que es posible esperar algo bueno de alguien malo, y viceversa; que a menudo aquello que debería sernos más preciado nos llena de miedo, y por eso nos apartamos de cosas que deberíamos abrazar. Para muchos la vida es el tiempo que les lleva desandar la distancia que han puesto entre sus personas y sus deseos más profundos. Y a veces ese tiempo ni siquiera es suficiente.

Creo en esto que digo, pero admito que la verdadera razón de mis apariciones es otra, más egoísta. Sé que Víctor me espera. Con pavor, con curiosidad, pero me espera. Y eso es algo nuevo para mí.

Morir esta segunda vez va a ser más difícil que la primera. Pero por algún motivo (al cual Víctor no es ajeno, estoy seguro; a veces fantaseo que soy una de sus plantas y que el niño me ayuda a crecer) ya no tengo miedo.

Perdemos y ganamos, mientras el universo continúa expandiéndose.

La zorra roja

La zorra roja 
Inés Garland



Se levantó viento y las olas crecieron en la oscuridad. El farol de la calle se balanceaba a un lado y a otro barriendo de luz la fina capa de arena que volaba a ras del camino. Los postigos abiertos de las ventanas que daban a la galería tiraron de los ganchos con un golpe metálico. Pero lo que despertó a Julián fue el ruido de cosas que se estrellaban contra la pared. A lo mejor ella había gritado antes. Siempre empezaba gritando. Después, si él no se levantaba y hacía algo para que no siguieran peleándose, ella se pondría a gritar otra vez. Julián se levantó y fue a la cocina.
Su padre estaba parado con las manos sobre la mesada. Cualquiera que lo hubiera visto sin sonido, sin verla a ella, hubiera pensado que estaba conversando tranquilo o mirando cocinar a alguien, a una mujer posiblemente, a una mujer amada, aunque esto último habría durado poco porque la mirada era dura, cargada de un hastío que levantaba una pared que ella, tal vez, estaba tratando de romper.
Apenas vio a Julián, ella se puso a llorar. Tu padre, tu padre, decía, pero no acababa de decir lo que quería decir y el padre no se movía, y Julián se acercó a ella y ella dijo cosas; él también dijo cosas que después, nunca más en su vida, podría recordar. Pero supo siempre que eran cosas un poco inconexas donde lo único que tenía importancia era el tono, como si hablara con un perro que no decodifica el lenguaje pero entiende claramente el calor de la voz. Ella, entonces se calmó y se acercó y se refugió en él, acaso entrando en un espacio que lo rodeaba y donde ella se sentía a salvo. Le tiró los brazos al cuello. Él miró a su padre. Su padre soltó un bufido y se dio media vuelta y lo dejó solo en la cocina con ella, con la pelirroja del demonio que lo había separado de la madre de sus hijos, de su mujer a los ojos de Dios.
¿Adónde vas, Talo? , dijo ella.
El padre no contestó. Se escuchó la puerta de entrada y una ráfaga de viento con olor a sal y a pescado muerto entró en la casa.
Julián la llevó a uno de los cuartos del piso de abajo porque ella se lo pidió. Tal vez hasta la ayudó a acostarse, aunque no pueda recordarlo. Seguramente le acomodó las almohadas y pensó que se quedaría en la cama de al lado velando por su sueño. Cree que ella hasta durmió un rato.
Afuera el viento soplaba con tanta fuerza que hubiera sido imposible estar en la playa sin llenarse la boca de arena. Julián cerró los postigos, uno por uno, recorrió la casa tirando de las aldabas, girándolas, los postigos del living, los de los cuartos de arriba, los de la cocina. Los iba cerrando y ella dormía. O eso creía él.
Cuando fue a ver si era así, ella tenía los ojos abiertos y lo miró. Había llorado, pero ahora estiró los brazos como si le suplicara algo que él no podía dilucidar. Qué. Qué querés, le quería decir él desde el vano de la puerta, con la casa entera detrás, los postigos cerrados contra el viento, los cuartos a oscuras. Pero se acercó y se sentó en el borde, a medio camino entre la cabecera y los pies de la cama, muy en el borde, casi cayéndose.
El movimiento que hizo ella fue rápido. Lo enganchó con las piernas como en una toma de yudo y lo abrazó con los pies. Y al mismo tiempo, o por lo menos así le pareció a él, se sacó la camisola, dejó el torso desnudo, la piel muy blanca, las pecas, los pezones rosados, y las piernas que le abrazaban la espalda, la pollera se había deslizado y estaba toda junta ahora arrugada, apilada, y ella tenía las piernas blancas abiertas, la piel suave del interior de los muslos expuesta, y tiraba de él con fuerza, los pies de canto, los huesos de los tobillos contra su espalda. Cuánta fuerza eran capaces de hacer esas piernas tan suaves.
Fue como caerse.
Un enchastre. Todo afuera, en la colcha y sobre sus propias piernas, en los muslos, no la había llegado a besar ni a tocar, no había querido mirar, pero había mirado. Debajo de la pollera, ella estaba desnuda. Ahora se desenredaba y se ponía de costado, se hacía un ovillo. Y él seguía ahí sentado, desbandado, sin mirarla.
Voy a dormir en la cama de al lado, dijo él.
Cuarenta años más tarde, después de un largo matrimonio que terminó en divorcio, se pregunta si con esta mujer que lo mira desde el otro lado de la mesa podrá hacer algo diferente con su vida.
̶ Por suerte yo tenía quince años y apenas me tocó acabé—dice, y abre las manos en el aire, como si dibujara una fuente de agua.
̶ ¿Y tu padre?  ̶ dice la mujer, como si estuviera acostumbrada a cuentos como este.
̶ Pensó que yo la había acompañado para que no enloqueciera. Al día siguiente se volvió a Buenos Aires y me dejó con ella todo el mes de enero. Yo le dije “nunca más me tocás un pelo”. Nunca más se me acercó. A la mañana me encontraba en la cocina con sus amantes, siempre jóvenes, pero no tanto como yo. Colorada del infierno.
La mujer frente a él no sabe por qué se siente en una balsa en medio de un mar, un puntito que sube y baja con las olas en un vaivén que no tiene fin. Le da vueltas el poema de una inglesa que vive en Gales. No se lo acuerda completo. El poema está ahí, como un fantasma. Qué poco se necesita para derribar las maleables geometrías del sexo, para perder el valor de amar. No el amor en sí. El valor necesario, la fe loca del pimpollo.
Ella también se pregunta si será posible este hombre que le está diciendo que una colorada del infierno lo hizo pensar por un momento que le había ganado al padre. No es eso lo que él le está diciendo, es ella que trata de interpretarlo todo como si eso pudiera salvarla de algo. Nunca le sirvió para nada estar atenta a todos los frentes, dar vueltas husmeando todos los rincones cuando sale con un hombre. Los ve, los escucha, los puede prever, pero no puede defenderse aunque crea saber confusamente lo que le espera. No sabe por qué siguió saliendo con Julián, pero un día cualquiera en esos primeros meses de salidas esporádicas, lo vio parado en la vereda del restorán, mirando hacia la esquina equivocada, él se giró hacia ella y sonrió, y la cara se le iluminó de alegría de verla, ella sintió que también se alegraba, y cuando lo abrazó fue consciente del calor que emanaba de él y de los bordes de su propio cuerpo, le gustó la conversación durante la comida, se sintió cómoda por primera vez, no tuvo necesidad de contarle demasiado, como si los dos hubieran pensado que eso recién empezaba y que tenían todo el tiempo del mundo, y al salir, el aire de la noche de verano le acarició la cara y los brazos, y en el abrazo de despedida hubo cierta torpeza de él  ̶ quiso abrazarla y apoyar el casco sobre el asiento de la moto a la misma vez y fue imposible y la golpeó sin querer. Las cosas tenían menos importancia de pronto, y al día siguiente ella se preguntaba “¿Qué fue? ¿Qué fue?”. Y de pronto lo supo: la dulzura de la vida.
Otro día, hablando de su divorcio, él dice: Durante un tiempo soñé. Soñé mucho. En los sueños estábamos todavía juntos y yo no quería que se acabara. Después no soñé más. Ella le cuenta la pesadilla que la despertaba a la mitad de la noche convencida de que había hecho algo irreparable. Hablan de esos ratos de entresueño, cuando la pesadilla todavía se aferra a la realidad y es como sacar telarañas con las manos.
Pero ella está pensando en la voz ronca de él. Es como un cable de acero. Se corta en los momentos menos pensados.
̶ ¿Nos vemos hoy?—dice el mensaje de texto un miércoles.
̶ ¿Qué haríamos?—tipea ella.
̶ De todo— escribe él.
̶ Me hiciste saltar el corazón.
̶ Decíle que no exagere.
En la autopista, en un viaje largo en auto, ella empieza a fantasear con darle clases de sexo. Se pregunta si sería posible hablar claramente, si él se ofendería o si tendría la franqueza de reconocer que coge como un adolescente de colegio de curas. Otro día se pelean por una pavada y él se va furioso. Después se arreglan sin demasiados aspavientos. Él se refiere a la pelea como a “el cortocicuito”. A ella por primera vez le molesta que él se levante de la mesa y salga fumar a cada rato y le siente el olor acre de los cigarrillos. En esa salida se equivoca con el plato que elije. Hace demasiado calor para la salsa de hongos. Ella se da cuenta de que él nunca le ofrece un bocado de sus platos y de que es él, siempre, el que se aparta cuando se abrazan. Y de que corta los besos. Cuando los besos se vuelven vertiginosos, tira la cabeza hacia atrás. Durante la comida, después de batallar un rato con la salsa de hongos, ella habla de cosas que le importan. Se le cruza la expresión “darse a conocer”. Una expresión ridícula. Él parece hacer muchos esfuerzos para escucharla, pero contesta con generalizaciones. Está bien. Ella puede estar chapoteando en la orilla todo el tiempo que sea necesario.
̶ No va andar. No va a andar—piensa un día cualquiera de finales del verano.
Acaban de llegar a su casa y él da vueltas como un perro que busca acomodarse en la cucha. Y después le da un beso. Besarse les sale realmente bien, es lo que mejor les sale si no fuera porque la mayoría de las veces él termina apartándose. Alguna vez no. Esta, no. Lo que sigue es decepcionante, rápido y torpe como las otras veces.
̶ Perdón, perdón —dice él cuando acaba.
Si por lo menos pudiera sentir gratitud en lugar de culpa.
̶ ¿Estás bien? —pregunta después.
Qué le puede decir ella cuando lo ve desnudo y satisfecho a su lado, cuando sabe, porque lo sabe, que él está esperando un tiempo prudencial para vestirse y salir a fumar. La harpía se despierta de su modorra y afila las uñas. ¿Cómo va a estar bien? Acaban de echarse un polvo de, a lo sumo, diez minutos, y no fue precisamente uno de esos rapiditos en los que los dos vienen hace rato preparando el choque de los cuerpos y se sacan las ganas contra una pared o en el baño de una fiesta. Trata de concentrarse en el calor de estar desnudos en la cama. Piensa en las mujeres que viven sin acabar, en las mujeres que siguen casadas toda la vida con un hombre que no sabe o no puede hacerles el amor, y que logran armar su vida lo más bien, cuidar a los hijos, cuidar a los maridos que nunca dejan de ser adolescentes, mujeres que dedican su vida a un hombre enfermo o paralítico. Son el ejemplo que le dieron las monjas durante trece años. El ejemplo que encastra perfectamente con las ideas subliminales o no tan subliminales del colegio de curas de él, con las enseñanzas del brother de catequesis que les hablaba de pijas que se pudrían por meterlas ahí, ahí donde él nunca la toca, ahí donde no mira, el agujero negro de todas las mujeres del mundo. Pero ella no es abnegada. Ella lo resiente. No solo por eso. Lo resiente porque a su lado se siente voraz.
Ah, la calma por fuera y la ira por dentro. ¿Cómo se atreve él a llamar a eso “un polvo“? Lo mira vestirse. Ya le dijo la primera vez que no tiene el hábito de andar desnudo. Sale a fumar.
Lo deja un jueves. Es imposible saber si a él le duele. No le hace preguntas. No quiere saber por qué lo deja. Están sentados en una mesa en la calle y él puede fumar tranquilo. Y fuma.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Poema para Matilde

Juan José Gómez Cadenas

Poema para Matilde

Yo que tantos hombres he sido, no he sido nunca, aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach. J. L. Borges


Sevilla, un domingo de febrero de 1920. sea que eres de Argentina. Ya me parecía a mí que tenías un acento curioso. Y argentino universal además, tan joven y todo lo que has viajado. ¿Y hasta hace poco vivías en Ginebra? No hombre, qué va, yo en Ginebra no he estado nunca. En realidad yo no he estado en casi ninguna parte, soy uno de esos tipos sin curiosidad, a los que viajar les trae sin cuidado. He salido de mi barrio, como aquel que dice sólo una vez y fue a la fuerza. No sería más viejo que tú cuando me tuve que marchar a Barcelona, donde malviví muchos años. Pero hablábamos de ti. Así que lo tuyo es la literatura. ¿Y dices que acabas de publicar un poema al mar? Si hombre, claro que conozco la revista Grecia, ¿Cómo no la voy a conocer? Precisamente yo tengo una librería, Librería Renacimiento se llama, aunque en el barrio todavía la conoce todo el mundo como la librería del ciego, le viene del apodo de Matías, mi suegro, que fue el propietario hasta que murió, ya hace algunos años. No, qué va, no era ciego, sólo muy miope, es que a los andaluces nos gusta exagerar. Yo aprendí el oficio de él. Pero ya estamos otra vez, si me dejas hablar no tengo freno. ¿No tienes por ahí tu poema? ¿Sí? Pues claro que me encantaría que lo leyeras, adelante, no seas tímido. ¿Qué me parece? Muy bien, muy bien, tienes más imaginería que una procesión de Semana Santa, qué bonito todo eso de La Copa de Estrellas y Las Oriflamas de Faroles... Ahora, que si me permites la sinceridad, te diré que me parece que se te nota en los versos que el mar y tú no sois tan íntimos como dices. ¿Sabes? mientras leías estaba acordánO 224 Juan José Gómez Cadenas dome yo del mar. Allá en Barcelona, se puede decir que no hice otra cosa que trabajar como una bestia. Estaba pluriempleado, por las ma- ñanas corregía pruebas para la editorial Boix y por las tardes trabajaba de dependiente en la Librería Alfau, la más grande de la ciudad. Así que los días de la semana se pasaban sin sentir, menos los domingos, que se me hacían interminables. Y es que no tenía más compañía que mis libros, las cartas de Matilde y mucha amargura. A veces, para distraerme, tomaba un tren de cercanías a alguno de los pueblos vecinos. Una de aquellas veces acabé en Salou, que tiene unas playas enormes y aquel día lo pasé entero frente al mar. No hice otra cosa que pasear, mojarme los pies y echar lagrimones. Pero cuando volví a mi semisótano de la calle Muntaner me sentía menos solo y un poco menos desgraciado. Regresé al domingo siguiente y al siguiente y al otro. Así durante veinte años. Y mira, en todo aquel tiempo nunca acerté a descubrir en el mar imágenes rojas y lumínicas, ni Thulés ebrias de luz y lepra ni ninguna de todas esas cosas tan bonitas que escribes. Lo veía cambiar de color, eso sí, cuando llegaba a Salou, a eso de las siete era de un azul muy oscuro, casi gris, y conforme avanzaba la mañana se iba volviendo esmeralda y después azul otra vez, al avanzar la tarde. Cambiaba de color y cambiaba de humor también, muy temprano solía estar tranquilo y volvía a adormilarse con el crepúsculo, pero durante el día se agitaba sin cesar como si quisiera decirme algo. La playa solía llenarse de gaviotas, que parecían ángeles en el aire y diablejos sucios cuando iban saltando por la arena, buscando desperdicios para alimentarse. Yo me sentaba en las dunas, o paseaba playa arriba y playa abajo. Tomé la costumbre de contarle mis penas. Me dio por pensar que me entendía, ya ves, aunque lo único que me contestaba a todo era el poom–ta–ta– poom de las olas. Ni siquiera el día que nos despedimos cambió de conversación. Había llegado, por fin, la carta de Matilde que yo había esperado por cuatro lustros, pidiéndome que regresara. Aquel domingo tomé por última vez un tren para Salou y le leí al mar aquella carta mil veces, primero a gritos y luego con la voz ronca de tanto desgañitarme, llorando y riéndome como un demente. ¿Y sabes qué me contestaba? Poom–ta–ta–poom. Y sin embargo, después, a lo largo de los años, me he acordado de aquel mar muchas veces, el único amigo que tuve por entonces, y el único consuelo. ¿Lo ves? Ya he vuelto a desvariar. Eso es la vejez, hijo. En lugar de hacernos más sabios, con la edad se nos reblandecen los sesos. ¿De verdad que no estás molesto conmigo? Me das una alegría, los poetas jóvenes se amoscan enseguida que no les aplauden los versos y yo soy muy criticón. Lo que quería decirte es que a mí me parece que un poe- Poema para Matilde 225 ma, un auténtico poema es una cosa que tarda tiempo en gestarse, algo que se escribe cuando te han calado las experiencias, por decirlo así. Cuando te has pasado décadas acudiendo al mar y después te has olvidado de él para dedicarte a otra cosa, a vender libros, por ejemplo. Y a lo mejor todavía años más tarde, puedes sentarte frente a un papel y en unas pocas líneas expresar todo eso que has vivido y luego olvidado y vuelto a recordar y ya es más que un recuerdo, es poesía. No sé, esa poesía a la que yo me refiero sería como un brandy viejo, mientras que los versos que tú escribes son como los finos de esta tierra, que se te suben a la cabeza sin sentir y te alegran la mañana. Si acaso les falta algo son esos veinte años que todo brandy que se precie tiene que dormir en la barrica, ¿no te parece? ¿Qué si me puedes hacer una pregunta personal? Faltaría más hombre. A ver, Curro, pon otras dos manzanillas. Vinos como éstos no tendréis en Ginebra ¿verdad? Venga, a tu salud. Tú dirás. ¿Qué por qué me fui a Barcelona? ¿Y quién es Matilde? No, si ya te digo. Como no te andes con tiento acabarás por pasarte el domingo como el mar de Salou, oyéndome monologar. Matilde es mi mujer. Y mis veinte años de destierro en Barcelona, una larga historia. No, no me importa contártela, si tienes la paciencia de escucharla. ¿Estás seguro? Entonces ponte cómodo porque tenemos para un rato. Matilde era la única hija de Matías el ciego. Ella tiene tres años y medio menos que yo. Cuando empecé de aprendiz en la librería aún era una mocosa que no levantaba un palmo del suelo. Parecía una gitanilla, con su piel tiznada y el pelo oscuro como la obsidiana. Solía venir al mediodía a buscar a su padre, con el recado de que la comida estaba lista y por las tardes la madre la mandaba a traernos un café a la hora de la merienda. A veces, Matías la dejaba quedarse enredando en la tienda, cuando no había mucho trabajo. Matilde se pegaba a mí como una remorilla y yo me hacía el importante enseñándole libros raros y presumiendo de poeta porque me sabía de corrido algunos versos de don Manuel Machado. Aunque yo también hice mis pinitos como poeta, no creas, fue una carrera corta la mía, pero muy fructífera. Verás. Yo acababa de cumplir dieciocho años cuando Matilde se ausentó un tiempo, ocho o nueve meses por lo menos, se fue con la madre a cuidar a un abuelo, que estaba muy enfermo. Ya casi ni me acordaba de ella y cuando entró por la puerta de la librería, era un veinticinco de mayo, faltó poco para que me cayera muerto al suelo, no sé cómo explicarte, la miraba y no la co- 226 Juan José Gómez Cadenas nocía, yo recordaba a la chiquilla morena que me perseguía por la tienda y tenía delante una mujer como no se ha visto otra igual en Sevilla. Vaya, no te esperabas que me pusiera tan vehemente, ¿verdad? Pues si te dijera que intento no exagerar para que no pienses que chocheo. En fin, aquella misma noche empecé a escribirle versos y no paré hasta darle el primer beso. Eso sí, después no perseveré. Era primavera en Sevilla, el aire olía a jazmines y yo me desvelaba cada noche pensando en sus ojos, en sus labios, en aquel cuerpo suyo como una espiga. Perdí el apetito y tenía calentura y los pies no me tocaban el suelo, pero cada vez que intentaba traducir tantos sentimientos a palabras sólo acertaba a escribir simplezas. Así que lo dejé sin remordimientos. Mira, yo creo que deberías venirte a comer a casa y seguimos la conversación allí. Es decir, si todavía te queda paciencia. Aunque te advierto que los guisos de Matilde merecen aguantarme la charla. Pues claro que lo digo en serio, además, estoy seguro de que a mi mujer le va a encantar tu poema. ¿Qué, te decides? Estupendo. Déjame, ya pago yo. Insisto, hombre. Ya invitarás tú cuando ganes algún premio. Qué seguro que lo ganas. No, hijos no hemos tenido, por desgracia. Matilde no puede. ¿De veras quieres que siga con esa historia? Bueno, hombre, de acuerdo, a condición de que nos tomemos otro fino antes de llegar a casa, porque de estas cosas, prefiero no hablar delante de ella. ¿Por dónde iba? Nos hicimos novios. Matías me quería como un hijo y nos dio su bendición desde el principio. Lo malo es que nos veíamos venir uno de esos noviazgos eternos, a la andaluza. Nosotros, a los dos años ya no podíamos más, Matilde y yo, ya me entiendes, nos quemá- bamos con sólo mirarnos. Así que al final me armé de valor y hablé con Matías. Él empezó con lo de siempre, que éramos muy críos, que había que labrarse un porvenir, pero cuando me puse terco acabó por confesarme que el negocio no iba bien. Tú no conocerás mucho España, me imagino, pero aquí nadie gasta en libros. En este país la gente compra libros para presumir, no para leérselos y por desgracia, dan poco margen de beneficio y en aquellos años menos, así que Matías se las veía y se las deseaba para seguir tirando. Debía dinero. Unos años atrás había pedido un préstamo para hacer reformas en la librería. El pobre había sido muy optimista o no había entendido que los intereses eran abusivos o las dos cosas. Y claro, en esas condiciones no quería ni oír hablar de boda. Al final pasó lo inevitable. Murió aquel abuelo que Matilde había estado cuidando tantos meses y sus padres tuvieron que ausentarse y con las prisas no se acabaron de dar cuenta de que nos dejaban Poema para Matilde 227 solos. No te voy a contar lo que fueron aquellas tres noches, pero te aseguro que me pondría delante de un toro por recuperar una sola de ellas. El caso es que ella se quedó embarazada y, aparte del disgusto que les supuso a los viejos, nosotros nos las prometíamos tan felices, porque la única salida decente pasaba por la vicaría. Y ese sería el final de mi historia, imagino, de no haber cruzado la desgracia a Juan Urbano en nuestro camino. Según se mire, todo fue culpa de un libro. Al destino le gustan las bromas pesadas, Juan no habría sabido jamás de Matilde de no ser por la única devoción que hemos tenido en común, la de los libros viejos. Pero déjame que te cuente. La familia Urbano es una de las más pudientes de Andalucía. El padre de Juan vino de Alemania, dicen que era judío, su apellido era Urbuch, o Urbach, o algo por el estilo, pero al poco de llegar lo cambió para que sonara a cristiano. Abrió una tienda de antigüedades, que según afirman las malas lenguas no era más que una tapadera para encubrir un negocio de usura. El caso es que le fue bien, ganó dinero, aunque sus negocios eran insignificantes en comparación con los que montó su hijo tiempo después. Y sin embargo, de muy joven, Juan parecía querer salirse por peteneras, pasó unos años deambulando de un sitio para el otro, París, Viena, Madrid, dedicándose a la bohemia. Matías, que lo conoció por aquella época, aseguraba que era un mozo soñador, con talento para la música, un poco crápula. Un señorito, vamos, como hay tantos en Sevilla. Y de repente cambió de actitud, o más bien de personalidad, Matías decía que era como si fuera otro hombre distinto. Si para la música tenía talento, para los negocios resultó ser un genio. Empezó dedicándose a la compraventa de fincas, parecía tener un sexto sentido que le decía en qué tierras valía la pena invertir y en cuáles no, cuándo vender y cuándo comprar y a qué precio, luego se introdujo en el negocio del aceite como si llevara toda su vida en eso y después abrió fábricas, compró una naviera, se hizo con dos de los tres mayores bancos de la provincia. Era como el rey Midas, transformaba en oro todo lo que tocaba. En poco tiempo se convirtió en el hombre más poderoso de Sevilla. Tenía cosa de quince años más que yo. Era muy agraciado, igual que su padre. Fornido, rubio, que aquí son raros, con unos ojos muy azules, como es corriente entre los teutones. Recuerdo haberlo visto, siendo yo un mocoso, paseándose a caballo por la feria, alto y tieso como la Giralda, saludando a las damas de tronío desde lo alto de su jaca. Era un jinete de primera, y en todas las ferias se lucía en las carreras, por no decir cuando salía a la plaza a rejonear. ¿Que cómo podía destacar en 228 Juan José Gómez Cadenas tantas cosas? Eso mismo se preguntaba toda Sevilla, créeme, daba la impresión de que había pactado con Belcebú para poder desdoblarse en una docena de hombres diferentes, uno que llevaba los negocios de la familia con mano de hierro y otro que se bebía la noche en los tablaos, el que se la jugaba delante de los toros y el que entraba de vez en cuando en la librería a charlar con el ciego y a husmear catálogos, buscando libros raros, por los que tenía auténtica pasión. ¿Tomamos la última? Fue uno de esos libros, como te decía, el causante de nuestras desdichas. Matías consiguió un ejemplar de Los abismos cotidianos, de Costamagna, una obra rarísima que Juan codiciaba desde tiempo atrás. Recuerdo que me mandó a buscarlo con la noticia y que Juan se empeñó en acompañarme inmediatamente a la librería y como fuimos todo el camino conversando sobre literatura. Mal que me pese tengo que reconocer que era un erudito. Pagó un precio exorbitante por el libro, el doble de lo que Matías había sugerido, sin pestañear. Era su forma de ser. Compraba lo que se le antojaba sin importarle el precio. El viejo mandó recado para que su mujer nos bajara una botella de anís para celebrar el trato y a la pobre vieja, ¿qué iba a saber ella?, no se le ocurrió mejor idea que enviar a Matilde. Te vas a reír, pero desde el mismísimo momento en que la vi entrar por la puerta supe lo que se nos venía encima. Tenías que haber visto cómo la miraba Juan, era como si le doliera verla, como si se le fuera a partir el corazón, y a la vez la miraba como había mirado el libro de Costamagna, por un momento me pareció que se iba a arrodillar delante de ella y luego que le iba a ofrecer a Matías un precio por su hija allí mismo. Pasó una eternidad. Matilde sirviendo las copas, Juan sin quitarle la vista de encima, como si no existiera nadie más en el mundo, el ciego mascullando insensateces y yo saboreando un anís que me sabía a cicuta. Pero debieron ser tan sólo unos instantes, al cabo de los cuales Matilde se había retirado, Matías envolvía el libro y yo me envenenaba con mi propia bilis. Aquella mañana empezó nuestro Calvario. No fue sólo el mío y el de Matilde y mis pobres suegros. Juan también sufrió lo suyo. Yo creo que hasta entonces había conseguido siempre lo que se le metía entre las dos cejas. Supongo que, al principio, ni se le pasó por la cabeza que conquistar a Matilde tuviera dificultad alguna. Para qué decirte que Juan era un rompecorazones, que no había mujer en Sevilla que se le resistiera, que se contaban historias de arañazos y bofetadas y hasta alguna cuchillada por dormir en su cama. Cómo se iba a imaginar que le resultara indiferente a Matilde. La abrumó con regalos, recuerdo que Poema para Matilde 229 le mandaba cada día diecisiete docenas de rosas, una docena por cada año de ella. Después de las flores empezaron a llegar vestidos como para el ajuar de una reina, con sus etiquetas de las tiendas de París y un ejército de modistillas para ajustarle todas aquellas telas, daba igual que ella protestara, que se negara a probarse nada, que las despidiera con pocos miramientos. Al día siguiente llegaban otras vez las flores y los vestidos, y aparecía el dueño de la joyería más cara de la ciudad con unos pendientes de oro en los que brillaban unas perlas como huevos de paloma. Cuantos más regalos llegaban y más caros, más se enfurecía Matilde. Supongo que Juan no conseguía entender que una niña de diecisiete años pudiera tener el corazón tan firme, que lo desdeñara a él, que era como un príncipe en Sevilla, que prefiriera a un aprendiz de librero, que no tenía donde caerse muerto. Y sin embargo así era. Cuantos más regalos llegaban, cuanto más insistía él en cortejarla, más intentaba ella convencer a su padre para acelerar los trámites y casarnos de inmediato. Pero el pobre Matías tenía miedo de desairar al cacique y se convencía de que era mejor esperar unas pocas semanas, hasta que se le pasara la obsesión. Pero ya te imaginarás que la obsesión le iba a más cada día. Finalmente se decidió a declararse a Matilde, como no había hecho antes en su vida, según le confesó. Ella le dijo que no, por las buenas primero y por las regulares cuando él no quiso avenirse a razones y al final por las malas. Tanto le insistió que tuvo que confesarle que estaba embarazada de dos meses y que nos íbamos a casar en unas semanas. Después de lo cual le pidió sin disimulos que nos dejara tranquilos. Al día siguiente Juan hizo llamar a Matías. Ya te he dicho que el viejo debía dinero. Todo el que tiene un negocio en España debe dinero y todo el que debe en este país está acostumbrado a renegociar los pagarés vencidos. Pero en cuanto Juan dio sus órdenes, Matías se encontró con que no podía hacer frente a sus deudas. No sólo era perder el negocio. En Sevilla, los jueces también estaban en la nómina de la familia Urbano. Para el ciego no había más alternativa que doblegarse a la voluntad de Juan o enfrentar la ruina. ¿Qué hice yo? Pues a mí, que era un poco infeliz y tenía la cabeza muy caliente, me pareció que el asunto se arreglaba echándole un par de cojones. Fui a buscarlo un día, a una de sus fincas, con mi cortaplumas en el bolsillo. Todavía cojeo un poco, ya te has dado cuenta antes. Eso fue de la paliza. También las marcas debajo de los ojos y algunas costillas rotas. Juan me tenía tanta inquina como yo a él y desde luego sabía manejar los puños y también las punteras de sus botas de montar, te lo 230 Juan José Gómez Cadenas aseguro. Me pasé más de un mes en el hospital y luego otros dos entre rejas por allanamiento de morada, intento de agresión y no sé cuántas cosas más. Piénsalo. A Matilde no le quedaba otro remedio que casarse con Juan o cargar con la responsabilidad de que nos pudriéramos en la cárcel su padre y yo. Él ni siquiera se arredró porque estuviera embarazada ni porque deseara ese hijo con toda su alma. La pobre chiquilla acababa de cumplir los dieciocho el día que le hicieron la carnicería. Faltó poco para que no lo contara. Eso fue un accidente imprevisto, desde luego. Más tarde Matilde me contó que Juan estuvo a punto de estrangular con sus propias manos a la bruja que le practicó el aborto. Cuando salí de la cárcel ya se había celebrado el matrimonio. De eso me enteré por el sicario que me acompañó, por decirlo de alguna manera, a la estación de tren. Recuerdo que era un tipo bajito, jovial, muy afable y que llevaba un bulto muy aparatoso bajo la chaqueta, a la altura del sobaco. Mientras esperábamos el tren, me repitió unas cuantas veces que me convenía no volver a pisar Sevilla. Por si no lo había entendido bien, dejó que viera la culata de su revólver, cuando se abrió la chaqueta para sacar un billete de ida a Barcelona. Y así empezó mi destierro. De los primeros tiempos, prefiero no acordarme. Llevaba ya casi un año en Barcelona cuando me llegó la primera carta de Matilde. Yo no había vuelto a dar señales de vida desde que escapé de Sevilla y pensaba que nunca iba a volver a saber de ella, pero me localizó sin mucho esfuerzo gracias al dueño de la librería Alfau, donde yo trabajaba, que era amigo de su padre. Recuerdo lo que lloré con aquella primera carta, no tanto por las desgracia que nos había caí- do encima, que ya no tenía remedio, sino acordándome de la chiquilla que me perseguía entre los libros, llenando la tarde de cascabeles. Matilde acababa de cumplir los veinte años cuando me escribió aquella carta, pero lo mismo hubiera podido tener doscientos. Era una carta larga, serena, más amarga que el zumo de la mandrágora. La leí y releí hasta sabérmela de memoria y durante semanas la llevé en el pecho, como un escapulario. Por las noches me dormía llorando encima de aquellas cuartillas y las abrazaba en sueños, como si pudieran acercarme a ella. Intenté no contestar. Me parecía inútil, cruel, una forma estúpida de prolongar nuestra agonía. Pero no pude evitarlo. Y así empezó una correspondencia que duró veinte años. Yo le mandaba las cartas a la librería Renacimiento donde ella las recogía aprovechando las visitas a sus padres. Supongo que Juan no ignoraba todo aquel ir y venir de cartas, pero prefirió no darse por entera- Poema para Matilde 231 do. Yo en cambio, casi a mi pesar, empecé a mentarlo en mis cartas, aunque Matilde, al principio, se negaba a hablar de él, y las raras veces que lo hacía no usaba su nombre de pila. Se refería a su marido llamándole por el apellido alemán, como si fuera un extranjero. ¿Por qué me interesaba yo por el hombre que más me ha dañado en esta vida? Pues te confieso que, sobre todo, fue darme cuenta, cuando el rencor me dejó pensar, que no conseguía entenderlo. ¿Por qué nos había destruido a todos para casarse con una mujer que lo odiaba? Él, por quién suspiraban todas las hembras de Andalucía. Todas menos su esposa, ya te digo que al destino le gustan las bromas pesadas. Matilde me contaba en sus cartas que él nunca cejó en su empeño de ganarle el corazón, de hacerse perdonar. Ella nunca le dio una oportunidad. Quizás por aquel niño que perdió a la fuerza, quizás por los hijos que nunca podría tener. No sé. Si te soy sincero, a veces me da la impresión de que cada uno de nosotros interpretó durante décadas su papel, como actores de una tragedia que no conocieran del todo el guión de la obra. A menudo me he preguntado por qué no intenté rehacer mi vida en Barcelona, empezar de nuevo, olvidarme de un pasado que llegó a ser tan remoto como un sueño de la niñez. Cómo pude alimentarme tanto tiempo con el recuerdo de tres noches de primavera y unos ojos negros. De dónde saqué aquella fe absurda, que, a veces me da por pensar que era la misma a la que se aferraba Juan Urbano, esperando que Matilde lo perdonara. Venga, acábate eso y vámonos que se nos va a hacer tarde. ¿Qué pasó después? Pues pasó mucho tiempo. Hasta que Juan murió de cirrosis, un domingo de Pentecostés. Matilde me había contado en sus cartas que bebía mucho. Fue una enfermedad lenta y solitaria. Ella no lo perdonó ni siquiera en su lecho de muerte. A veces, cuando lo pienso, se me antoja que acabó por sufrir más que nosotros, que la tristeza lo mató más que las borracheras. Dejó entre sus papeles centenares de cartas que le había escrito en secreto. Es posible que le escribiera más que yo mismo, a lo largo de todos aquellos años. No pude vencer la tentación de leer alguna de ellas. Eran cartas de amor. Folios y folios, desesperados, hirviendo de pasión, cuajados de poemas. Si alguien, veinte años atrás me hubiera jurado delante de la Virgen que yo lloraría por Juan hubiera pensado que estaba loco. Pero así fue, no sé si llegué a compadecerme de él o fueron aquellos versos tan lúcidos, tan tristes, que Matilde nunca leyó. Cuando le di las cartas las quemó sin vacilar, sin tomarse la molestia de abrir una sola de ellas. 232 Juan José Gómez Cadenas Ya llegamos. Sube, sube, tú delante. Pasa hombre, estás en tu casa. Bueno, te voy a presentar, Matilde, este joven es poeta, lleva toda la mañana soportándome, te haces cargo, ¿verdad? He pensado que lo menos que podía hacer por él era invitarlo a comer. Venga, siéntate. A los postres nos lees otra vez ese poema tuyo tan bonito. No le hagas ningún caso a mis desvaríos de antes ¿eh? En confianza, yo creo que lo que me pasa es que me da envidia que sepas escribir todas esas cosas siendo tan joven, a mí ya me gustaría, no sé, dar con un poema para Matilde, uno que resumiera todo lo que te he contado. Lo que hablábamos hace un rato ¿verdad? Un poema que contara una vida en unas pocas líneas. A veces me da por pensar que ese poema ya lo escribió Juan Urbach y se quemó sin que nadie lo leyera. Pero no importa. Yo creo que un poema, un auténtico poema, existe para siempre en la mente de Dios y Él lo susurra de tarde en tarde al oído de los elegidos. A lo mejor, un día, te dicta a ti esos versos.


 Juan José Gómez Cadenas Valencia 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Prólogo a la Antología de la literatura fantástica

Prólogo a la “Antología de la literatura fantástica”


Adolfo Bioy Casares

1. Historia
Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño del Aposento Rojo y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P’ing Mei y Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en fantasmas y sueños. Pero no sabemos cómo estos libros representan la literatura china; ignorantes, no podemos conocerla directamente, debemos alegrarnos con lo que la suerte (profesores muy sabios, comités de acercamiento cultural, la señora Perla S. Buck), nos depara. Ateniéndonos a Europa y a América, podemos decir: como género más o menos definido, la literatura fantástica aparece en el siglo XIX y en el idioma inglés. Por cierto, hay precursores; citaremos: en el siglo XIV, al infante Don Juan Manuel; en el siglo XVI, a Rabelais; en el XVII, a Quevedo; en el XVIII, a De Foe1 y a Horace Walpole2; ya en el XIX, a Hoffmann.
2. Técnica
No debe confundirse la posibilidad de un código general y permanente, con la posibilidad de leyes. Tal vez la Poética y la Retórica de Aristóteles no sean posibles; pero las leyes existen; escribir es, continuamente, descubrirlas o fracasar. Si estudiamos la sorpresa como efecto literario, o los argumentos, veremos cómo la literatura va transformando a los lectores y, en consecuencia, cómo estos exigen una continua transformación de la literatura. Pedimos leyes para el cuento fantástico; pero ya veremos que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos. Habrá que indagar las leyes generales para cada tipo de cuento y las leyes especiales para cada cuento. El escritor deberá, pues, considerar su trabajo como un problema que puede resolverse, en parte, por las leyes generales y preestablecidas, y, en parte, por leyes especiales que él debe descubrir y acatar.
a) Observaciones generales:
El ambiente o la atmósfera. Los primeros argumentos eran simples por ejemplo: consignaban el mero hecho de la aparición de un fantasma y los autores procuraban crear un ambiente propicio al miedo. Crear un ambiente, una “atmósfera”, todavía es ocupación de muchos escritores. Una persiana que se golpea, la lluvia, una frase que vuelve, o, más abstractamente, memoria y paciencia para volver a escribir cada tantas líneas, esos leitmotive, crean la más sofocante de las atmósferas. Algunos de los maestros del género no han desdeñado, sin embargo, estos recursos. Exclamaciones como ¡Horror! ¡Espanto! ¡Cuál no sería mi sorpresa!, abundan en Maupassant. Poe no, por cierto, en el límpido M. Valdemar aprovecha los caserones abandonados, las histerias y las melancolías, los  mustios otoños.
Después algunos autores descubrieron la conveniencia de hacer que en un mundo plenamente creíble sucediera un solo hecho increíble; que en vidas consuetudinarias y domésticas, como las del lector, sucediera el fantasma. Por contraste, el efecto resultaba más fuerte. Surge entonces lo que podríamos llamar la tendencia realista en la literatura fantástica (ejemplo: Wells). Pero con el tiempo las escenas de calma, de felicidad, los proyectos para después de las crisis en las vidas de los personajes, son claros anuncios de las peores calamidades; y así, el contraste que se había creído conseguir, la sorpresa, desaparecen.
La sorpresa. Puede ser de puntuación, verbal, de argumento. Como todos los efectos literarios, pero más que ninguno sufre por el tiempo. Sin embargo, pocas veces un autor se atreve a no aprovechar una sorpresa. Hay excepciones: Max Beerbohm, en Enoch Soames, W.W. Jacobs, en La Pata de Mono. Max Beerbohm deliberadamente, atinadamente, elimina toda posibilidad de sorpresa con respecto al viaje de Soames a 1997. Para el menos experto de los lectores habrá pocas sorpresas en La Pata de Mono; con todo, es uno de los cuentos más impresionantes de la antología. Lo prueba la siguiente anécdota, contada por John Hampden: Uno de los espectadores dijo3 después de la representación que el horrible fantasma que se vio al abrirse la puerta, era una ofensa al arte y al buen gusto, que el autor no debió mostrarlo, sino dejar que el público lo imaginara; que fue, precisamente, lo que había hecho.
Para que la sorpresa del argumento sea eficaz, debe estar preparada, atenuada. Sin embargo, la repentina sorpresa del final de Los caballos de Abdera es eficacísima; también la que hay en este soneto de Banchs:

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.

Y  despereza  el  músculo alevoso
de los ijares, lánguido y  perverso,
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en  reprimido  acecho… así  es mi odio4.

El Cuarto Amarillo y el Peligro Amarillo
. Chesterton señala con esta fórmula un desiderátum (un hecho, en un lugar limitado, con un número limitado de personajes) y un error para las tramas policiales, creo que puede aplicarse, también, a las fantásticas. Es una nueva versión 
periodística, epigramática de la doctrina de la tres unidades. Wells hubiera caído  en el peligro amarillo si hubiera hecho, en vez de un hombre invisible, ejércitos de hombres invisibles que invadieran y dominaran el mundo (plan tentador para novelistas alemanes), si en vez de insinuar sobriamente que Mr. Lewisham podía estar “saltando de un cuerpo a otro” desde tiempos remotísimos y de matarlo inmediatamente, nos hiciera asistir a las historias del recorrido por los tiempos, de este renovado fantasma.
b) Enumeración de argumentos fantásticos
Argumentos en que aparecen fantasmas. En nuestra antología hay dos5, brevísimos y perfectos: el de Ireland y el de Loring Frost. El fragmento de Carlyle (Sartor Resartus), que incluimos, tiene el mismo argumento, pero al revés.
Viajes por el tiempo. El ejemplo clásico es Lmáquina del tiempo. En este inolvidable relato, Wells no se ocupa de las modificaciones que los viajes determinan en el pasado y en el futuro, y emplea una máquina que él mismo no se explica. Max Beerbohm, en Enoch Soames emplea al diablo, que no requiere explicaciones, y discute, aprovecha, los efectos del viaje sobre el porvenir.
Por su argumento, su concepción general y sus detalles muy pensados, muy estimulantes del pensamiento y de la imaginación, por los personajes, por los diálogos, por la descripción del ambiente literario de Inglaterra a fines del siglo pasado, creo que Enoch Soames es uno de los cuentos largos más admirables de la antología.
“El más hermoso cuento del mundo”, de Kipling, es también de riquísima invención de detalles. Pero el autor parece haberse distraído en cuanto a uno de los puntos más importantes. Nos afirma que Charlie Mears estaba por comunicarle el más hermoso de los cuentos pero no le creemos, si no recurría a sus “invenciones precarias”,  tendría algunos datos fidedignos o, a lo más, una historia con toda la imperfección de la realidad, o algo equivalente a un atado de viejos periódicos, según H.  G. Wells a la obra de Marcel Proust. Si no esperamos que las confidencias de un botero del Tigre sean la más hermosa historia del mundo, tampoco debemos esperarlo de las confidencias de un galeote griego que vivía en  un  mundo menos civilizado, más pobre.
En este relato no hay, propiamente, viaje en el tiempo; hay recuerdos de pasados muy lejanos. En El destino es chambón de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta el viaje es alucinatorio.
De las narraciones de viajes en el tiempo, quizá la de invención y disposición más elegante sea El brujo postergado, de don Juan Manuel.
Los tres deseos. Hace más de diez siglos empezó a escribirse este cuento; colaboraron en él escritores ilustres de épocas y de tierras distantes, un oscuro escritor contemporáneo ha sabido acabarlo con felicidad.
Las primeras versiones son pornográficas; las encontramos en el Sendebar, en Las mil y unanoches (Noche 596: El hombre que quería ver la noche de la omnipotencia), en la frase “más desdichada que Banús” registrada en el Kamus, del persa Firuzabadi.
Luego, en Occidente, aparece una versión chabacana. Entre nosotros dice Burton (el cuento de los tres deseos) ha sido degradado a un asunto de morcillas.
En 1902, W. W. Jacobs, autor de sketches humorísticos, logra una tercera versión, trágica, admirable.
En las primeras versiones, los deseos se piden a un dios o a un talismán que permanece en el mundo. Jacobs escribe para lectores más escépticos. Después del cuento no continúa el poder del talismán (era conceder tres deseos a tres personas y el cuento refiere lo que sucedió a quienes pidieron los últimos tres deseos). Tal vez lleguemos a encontrar la pata de mono Jacobs no la destruye pero  no  podremos utilizarla.
Argumentos con acción que sigue en el infierno. Hay dos en la antología, que no se olvidarán: el fragmento de Arcana Coelestia, de Swedenborg, y Donde su fuego nunca se apaga, de May Sinclair. El tema de este último es el del Canto V de La divina comedia:
Questi,   che  mai,   da   me,   non   fia   diviso,La  bocca  mi  bacio tutto  tremante.
Con personaje soñado. Incluimos: El impecable Sueño infinito de Pao Yu, de Tsao Hsue Kin; el fragmento de Through the Looking-Glass, de Lewis Carrol;La Última visita del caballero enfermo, de Papini.
Con metamorfosis. Podemos citar La transformación, de Kafka; Sábanas de tierra, de Silvina Ocampo; Ser polvo, de Dabove;  Lady  into Fox, de Garnett.
Acciones paralelas que obran por analogía. La sangre en el jardín, de Ramón Gómez de la Serna: La secta del Loto Blanco.
Tema de la inmortalidad, Citaremos El Judío Errante; Mr. Elvisham“, de Wells. Las islas nuevas, de María Luisa Bombal; She“, de Rider Haggard; L´Atlantide“, de Pierre Benoit.
Fantasías metafísicas. Aquí lo fantástico está, más que en los hechos, en el razonamiento. Nuestra antología incluye: Tantalia“, de Macedonio Fernández; un fragmento de Star Maker“, de Olaf Stapledon; la historia de Chuang Tzu y la mariposa, el cuento de la negación de los milagros; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges.
Con  el  Acercamiento   a   Almotásim.   con   Pierre   Menard, con Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“, Borges ha creado un nuevo género literario, que participa del ensayo y de la ficción; son ejercicios de incesante inteligencia y de imaginación feliz, carentes de languideces, de todo elemento humano, patético o sentimental, y destinados a lectores intelectuales, estudiosos de filosofía, casi especialistas en literatura.
Cuentos y novelas de Kafka. Las obsesiones del infinito, de la postergación infinita, de la subordinación jerárquica, definen estas obras; Kafka, con ambientes cotidianos, mediocres, burocráticos, logra la depresión y el horror; su metódica imaginación y su estilo incoloro nunca entorpecen el desarrollo de los argumentos.
Vampiros y castillos. Su paso por la literatura no ha sido feliz: recordemos a Drácula, de Bram Stoker (Presidente de la Sociedad Filosófica y Campeón de Atletismo de la Universidad de Dublín), a Mrs. Amworth, de Benson. No figuran en esta antología.
Los cuentos fantásticos pueden clasificarse, también, por la explicación:
a) Los que se explican por la agencia de un ser o de un hecho sobrenatural.
b) Los que tienen explicación fantástica, pero no sobrenatural (“científica” no me parece el epíteto conveniente para estas intenciones rigurosas, verosímiles, a fuerza de sintaxis).
c) Los que se explican por la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural,  pero  insinúan, también, la posibilidad de una explicación natural (Sredni Vashtar de Saki); los que admiten una explicativa alucinación. Esta posibilidad de explicaciones naturales  puede  ser un  acierto, una complejidad mayor; generalmente es  una debilidad,  una escapatoria del autor, que no ha sabido proponer con verosimilitud lo fantástico.
3. La antología que presentamos
Para formarla hemos seguido un criterio hedónico; no hemos partido de la intención de publicar una antología. Una noche de 1937 hablábamos de literatura fantástica, discutíamos los cuentos que nos parecían mejores; uno de nosotros dijo que si los reuniéramos y agregáramos los fragmentos del mismo carácter anotados en nuestros cuadernos, obtendríamos un buen libro
Compusimos este libro.
Analizado con un criterio histórico o geográfico parecerá irregular. No hemos buscado, ni rechazado, los nombres célebres. Este volumen es, simplemente, la reunión de los textos de la literatura fantástica que nos parecen mejores.
Omisiones. Hemos debido resignarnos, por razones de espacio, a algunas omisiones. Nos queda material para una segunda antología de la literatura fantástica.
Deliberadamente hemos omitido: a E. T. W. Hofmann, a Sheridan Le Fanu, a Ambrose Bierce, a M. R. James, a Walter de la Mare.
Aclaración. La narración titulada El destino es chambón perteneció a una proyectada novela de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta sobre la revolución del 90.
Gratitudes. A la señora Juana González de Lugones y al señor Leopoldo Lugones (hijo), por el permiso de incluir un cuento de Leopoldo Lugones.
A los amigos, escritores y lectores, por su colaboración.
Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, 1940
POSTDATA
Veinticinco años después, la favorable fortuna permite una nueva edición de nuestra Antología de la literatura fantástica de 1940, enriquecida de textos de Acutagawa, de Bianco, de León Bloy, de Cortázar, de Elena Garro, de Murena, de Carlos Peralta, de Barry Perowne, de Wilcok. Aun relatos de Silvina Ocampo y de Bioy se nos deslizaron, pues entendimos que su inclusión ya no pecaba de impaciente. El editor se opone a la supresión del prólogo de la edición original y me pide que escriba otro. Dejaré que me persuada, redactaré siquiera una postdata, porque en aquel prólogo hay afirmaciones de las que siempre me he arrepentido. Para consolarme argumenté alguna vez que si un escritor vive bastante descubrirá en su obra una variada gama de yerros y que no resignarse a tal destino entrañaría soberbia intelectual. Trataré, sin embargo, de no desperdiciar la oportunidad de enmienda.
En el prólogo, para describir los relatos de Borges, encuentro una fórmula admirablemente adecuada a los más rápidos lugares comunes de la crítica. Sospecho que no faltan pruebas de su eficacia para estimular la deformación de la verdad. Lo deploro. En otro párrafo, llevado por el afán de análisis o por la voluntad de las frases, detenidamente señalo un presunto error en el relato de Kipling. Tal reparo, ni una palabra sobre méritos, configuran una opinión que no es la mía. Probablemente el párrafo en cuestión estaba maldito. No solo ataco en él un cuento predilecto; también hallo el modo, a despecho del ritmo natural del lenguaje, que no tolera paréntesis tan largos, de agregar una referencia a Proust, no menos arbitraria que despreciativa. Me avengo a que mucho quede sin decir; no a decir lo que no pienso. Ocasionales irreverencias resultan saludables, pero ¿por qué dirigirlas entre lo que más admiramos? (Ahora creo recordar que hubo un momento en la juventud en que el sacrificio incomprensible me llenaba de orgullo.)
Lo que tan reiteradamente me arrojaba en el error acaso fuera un bien intencionado ardor sectario. Los compiladores de esta antología creíamos entonces que la novela, en nuestro país y en nuestra época, adolecía de una grave debilidad en la trama, porque los autores habían olvidado lo que podríamos llamar el propósito primordial de la profesión: contar cuentos. De este olvido surgían monstruos, novelas cuyo plan secreto consistía en un prolijo registro de tipos, leyendas, objetos, representativos de cualquier folklore, o simplemente en el saqueo del diccionario de sinónimos, cuando no del Rebusco de voces castizas del P. Mir. Porque requeríamos contrincantes menos ridículos, acometimos contra las novelas psicológicas, a las que imputábamos deficiencia de rigor en la construcción. En ellas, alegábamos, el argumento se limita a una suma de episodios, equiparables a adjetivos o láminas, que sirven para definir a los personajes; la invención de tales episodios no reconoce otra norma que el antojo del novelista, ya que psicológicamente todo es posible y aun verosímil. Véase Yet each man kills the thing he loves, porque te quiero te aporreo, etcétera. Como panacea recomendábamos el cuento fantástico.
Desde luego, la novela psicológica no peligró por nuestros embates: tiene la perduración asegurada, pues como un inagotable espejo refleja rostros diversos en los que el lector siempre se reconoce. Aun en los relatos fantásticos encontramos personajes en cuya realidad irresistiblemente creemos: nos atrae en ellos, como en la gente de carne y hueso, una sutil amalgama de elementos conocidos y de misterioso destino. ¿Quién no tropezó alguna tarde, en la Sociedad de Escritores o en el PEN Club,  con  el pobre  Soames  del  inolvidable   cuento  de Max Beerbohm? Entre las mismas piezas que incluye la presente antología hay una, el curioso apólogo de Kafka, donde la descripción de caracteres, el delicado examen idiosincrático de la heroína y de su pueblo, importa más que la circunstancia fantástica de que los personajes sean ratones. Con todo, porque son ratonesel autor nunca lo olvida el admirable retrato resulta menos individual que genérico.
Tampoco peligra el cuento fantástico, por el desdén de quienes reclaman una literatura más grave, que traiga alguna respuesta a las perplejidades del hombre no se detenga aquí mi pluma, estampe la prestigiosa palabra: moderno. Difícilmente la respuesta significará una solución, que está fuera del alcance de novelistas y de cuentistas; insistirá más bien en comentarios, consideraciones, divagaciones, tal vez comparables al acto de rumiar, sobre el tema de actualidad: política y economía hoy, ayer o mañana la obsesión que corresponda. A un anhelo del hombre, menos obsesivo, más permanente a lo largo de la vida y de la historia, corresponde el cuento fantástico: al inmarcesible anhelo de oír cuentos; lo satisface mejor que ninguno, porque es el cuento de cuentos, el de las colecciones orientales y antiguas y, como decía Palmerín de Inglaterra, el fruto de oro de la imaginación.
Perdone el amable lector las efusiones personales. Estuvo siempre este libro el primero en su género en que colaboramos con Borges muy mezclado a nuestra vida. En la última parte de la frase hablo por fin en nombre de los tres antologistas.
A.B.C., Rincón Viejo, Pardo, 16 de marzo de  1965
FIN

1. A True Relevation of the Apparition oí One Mrs. Veale, on September 8, 1705, y The Botetham Ghost, son de invención pobre; parecen, más bien, anécdotas contadas al autor por personas que le dijeron que habían visto a los aparecidos, o -después de un rato- que habían visto a las personas que habían visto a los aparecidos.

2. The Castle of Otranto debe ser considerado antecesor de la pérfida raza de castillos teutónicos, abandonados a una decre­pitud  en telarañas, en tormentas,  en   cadenas,   en   mal  gusto.

3. El autor hizo para  el teatro una adaptación de su cuento.

4. Enrique Banchs:  La Urna.

5. Y uno es variación del otro.